ADVERTENCIA: POV de nuestro albino favorito. En sí no contribuye mucho a la historia principal.
IMBRANATO
GILBERT 1
El despertador sonó incesante. Sintiendo la mano más pesada de lo normal, tanteó la mesita de noche hasta hallar la causa del escándalo y luego de un rato, lo apagó. Sonrió para sí y retomó su cálido sueño, más tres minutos después el escándalo nuevamente se hizo presente. Bufó exasperado. La noche anterior se había acostado muy tarde debido a trabajo atrasado y estaba seguro que no quería volver a ver un plano en su vida... o al menos en un muy largo tiempo. Apagó el despertador y cuando dispuso a levantarse, dos cálidos brazos la tomaron por la cintura, inmovilizándolo.
—Tengo que ir a trabajar —habló con desánimo—. Suéltame, Eli.
—Quédate un ratito más —habló adormilada la húngara.
—Si me quedo, llegaré atrasadísimo —bufó. Se giró para encarar a su esposa y la besó suavemente en los labios—. Suéltame, tengo que ducharme, elegir la ropa adecuada para verme asombroso, ayudarte a obligar a Daniel a ir al colegio y estar en la oficina… todo eso en menos de una hora.
—Pero si es verano —le recordó con una risilla—. Déjalo dormir un poco.
Gilbert recibió pasmada aquella información. Estaba tan acostumbrado a ver las peleas matutinas de su esposa e hijo menor que había olvidado por completo aquel mínimo detalle de las vacaciones. Sonrió levemente y recordó el sueño que había tenido en donde, curiosamente, Elizabeta recurría a una correa de perro para arrastrar a Daniel al colegio. Pero bueno, no todos los sueños tienen que cumplirse.
—Lo había olvidado —suspiró—. Somos nosotros los que casi no tenemos vacaciones —exageró su pesar, muy propio a su estilo y su esposa rodó los ojos.
—No te culpes —comentó la húngara con una risilla—. Daniel tiene tus narcisistas genes, por eso es tan… especial —mofó, sin perder visión del hombre que caminaba hasta el baño—, con Julchen es el mismo cuento, las mismas peleas —alzó una ceja, en señal de reproche.
—Creo que esos son tus genes, marimacha kesesese —contraatacó—. Pero mira el lado bueno; Julchen ya está en la universidad y ha cambiado mucho desde que está ahí.
—Voy a morir de rabia antes de que Daniel vaya a la universidad —bufó. Gilbert hizo una mueca y entró al baño.
Maldijo el frío de la mañana, así que puso el agua lo más caliente que pudo, ya luego regularía la temperatura para no quemarse. Las duchas matutinas eran cualquier cosa menos asombrosas, la llave nunca se posicionaba en el lugar perfecto, siempre el agua estaba o muy fría o tan caliente como lava. Sonrió con algo más de alegría al pensar que había terminado con todo el trabajo pendiente, más prontamente refunfuñó al recordar a los arquitectos que debía supervisar… y aunque algunos eran muy buenos, otros eran unos completos ineptos que no sabían nada del asunto y ello sólo implicaba trabajo extra para su asombrosa persona. Salió del baño cubierto sólo por una toalla y Elizabeta entró justo después. El albino rápidamente eligió su asombrosa ropa, para ir a su asombrosa oficina en su asombroso auto. Apenas y se decidió cuando Elizabeta ya salía de la ducha y es que para algunas cosas el autodenominado prusiano era peor que una mujer.
Por mera costumbre ingresó sin llamar a la habitación del menor de sus hijos y sus ojos casi se salen de sus cuencas al ver al adolescente de quince años, duchado y listo para salir. Cauteloso, se acercó a él.
—¿Se puede saber a dónde vas tan temprano? —inquirió con reproche, a su vez deseoso de saber la respuesta del menor—. ¿O estás enfermo? —rápidamente posó su mano en la frente de él—. ¡Marimacho! ¡Ven enseguida!
—Estoy bien, papá —habló el adolescente, alejándose molesto de su progenitor—. ¿Por qué tanto escándalo? Eso no es para nada asombroso.
—¿No te parece obvio? —lo miró inquisitoriamente. Daniel rodó los ojos, tomó su mochila y salió de su habitación, ignorando olímpicamente los gritos de su padre. Abrió el refrigerador, sacó un yogurt, se despidió de su madre y salió de su hogar, simple y campante—. ¡DANIEL BEILSCHMIDT! ¡VUELVE AQUÍ EN ESTE INSTANTE! —gritó desde el marco de la puerta de entrada a su casa, más el adolescente no lo escuchó, ya estaba doblando en la esquina y encima tenía los audífonos puestos.
—Gilbo… —habló Elizabeta, dándole un masaje en los hombros—. Relájate. Si estuviera metido en algo malo seríamos los primeros en saber. Además, si sigues gritando vas a despertar a Gilbird y a Julchen, y sabes que los gritos de nuestra hija no son, eh… asombrosos.
—Esa niña debería hacer algo con su vida —bufó, aún molesto con la actitud del menor de sus hijos.
—Ya, ya. No te preocupes por Daniel. Anoche me dijo que iba a salir con sus amigos de paseo, por eso salió tan temprano.
—¿Y por qué no me dijo a mi?
—Porque llegaste tardísimo del trabajo y supongo que asumió que yo te lo iba a decir.
—Pero… es tan…
—Igual a ti —completó la frase—. Ven, vamos a desayunar.
Accedió de mala gana, sintiéndose luego incómodo ante las palabras emitidas por su esposa con anterioridad; no quería perder la relación con sus hijos. Si bien era un tanto… excéntrico, sólo quería lo mejor para ellos. Vio a Elizabeta comiendo y hablándole a ratos sobre algo a lo que apenas y prestó atención, aunque sí pudo notar que la húngara parecía muy animada con sus palabras. Recordó que su hija le había dicho que se iría temprano de compras con sus amigas y que Daniel seguramente no regresaría en todo el día. Le propuso entonces a su esposa ir a comer a algún sitio lindo, tal y como hace mucho que no hacían. Elizabeta aceptó y le pidió que fuera a buscarla a su oficina cerca de las dos de la tarde.
Una vez en el estacionamiento, se despidió de su esposa; subieron a sus respectivos autos y se dirigieron a sus trabajos. Gilbert no pudo quitarse de la cabeza la actitud de su hijo; se prometió indagar más en eso, pidiendo la ayuda de Julchen de ser necesario, pues sabía que Daniel le contaba todo a su asombrosa hermana, lo malo era que éste no le decía nada, pues eran "asombrosos pactos de gente asombrosa" Refunfuñó. Toda su "asombrosidad" se había repartido entre ellos, así que él era más asombroso que sus dos asombrosos hijos juntos. Encendió la radio y lo dejó en la emisora que ponía, no quería realmente escuchar música, sólo quería un poco de ruido.
El portero lo recibió con una sonrisa y él respondió con una propia; aquel hombre era una de las pocas personas que realmente le simpatizaba. Siempre había sido alguien de personalidad fuerte y el entrar de lleno en un mundo tan competitivo no hizo más que acentuar su carácter. Más ello no le molestaba, después de todo era el jefe de sección; eran los otros quienes debían buscar su simpatía y no al revés. Mientras el ascensor subía hasta el quinto piso, sacó su teléfono celular del maletín y lo dejó en el bolsillo de su traje. Al salir, fue rápidamente interceptado por su secretaria que le indicó cada uno de sus compromisos del día. Suspiró más que agotado; el haber terminado con el trabajo pendiente no implicaba no tenerlo al día siguiente.
Pasadas las doce del medio día no aguantó más y dejó todos los papeles arrumados a un lado de su escritorio, pidió un café a Pamela, su secretaria, y se reclinó en la silla, sintiendo la cabeza más pesada que nunca.
—Juro que no puedo llegar a entender por qué demonios la empresa sigue contratando gente tan inútil —bufó exasperado—. Soy demasiado asombroso como para estar haciendo el trabajo de otros.
—¿Se le ofrece algo más, señor Beilschmidt?
El aludido se limitó a negar con la cabeza, aún refunfuñando por lo bajo. Pamela sólo atinó a sonreír nerviosamente y salir lo más rápido posible de la oficina.
El albino tomó su celular e ingresó a su perfil en línea. Se prometió estar ahí sólo un par de minutos, luego retomaría el trabajo. Rió ante las tonterías publicadas por Antonio, dio un par de clicks a aplicaciones y comentarios que fueron de su agrado y… hizo una mueca de desconcierto al ver que su número de amigos había aumentado en una unidad. Curioso, indagó en su perfil y sus ojos casi se salen de sus cuencas al percatarse que esa unidad que había hecho la diferencia no era otra sino Lovina Vargas. Un mes luego de su matrimonio con Antonio, ella había sido literalmente tragada por la tierra y ni Elizabeta —quien fuera su mejor amiga— ni él habían vuelto a saber de ella en más de diecisiete años… hasta ahora. Vio la hora en el reloj que reposaba en la pared, faltaban veinte minutos para las una de la tarde y, sabiendo que no iba a poder volver a concentrarse en su trabajo, le habló a Pamela por el intercomunicador y le anunció que iría a almorzar. Luego llamó a su esposa y le avisó que la iría a buscar a su oficina.
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—¿Estás preocupada por algo, marimacho?
Elizabeta rió por lo bajo ante la pregunta. Tantos años junto a la misma persona le había enseñado que no todo lo que otro podría considerar una ofensa lo era en verdad. Por raro que parezca, el albino la llamaba así a modo de cariño. Ella adoraba que él fuera tan atento para con su persona; llevaban juntos veinticinco años, de los cuales diecinueve eran de casados. Salvo peleas esporádicas el cariño no había desaparecido ni mermado en todo ese tiempo y aquello era algo que ambos agradecían enormemente.
—Tengo mil cosas en la cabeza —bebió un poco del vino blanco que su esposo había pedido y permaneció con la vista fija en su plato unos segundos. El albino se inquietó ante la actitud de la fémina y sólo atinó a tomarle la mano en un intento por el que ella volviera a la realidad.
—¿Sucede algo malo?
—Lovina…
Se inquietó; hablar de ella había pasado a ser algo así como tabú… un día simplemente había desaparecido y ni siquiera Antonio supo encontrarla. Fijó la vista en la húngara y le alentó a seguir, pues estaba seguro que lo mejor estaba por venir.
—Mira… —sacó su celular y buscó el mensaje que la mujer le había dejado.
—¿Es una broma? —inquirió luego de varios minutos pues, al igual que a su esposa, el mensaje lo había impactado—. ¿Por qué regresaría justo ahora? Después de tantos años.
—No tengo idea —tomó el celular y lo guardó—. Tengo que admitir que me alegra saber de ella luego de tanto tiempo, aunque tengo unas ganas enormes de golpearla —medio rió y el autodenominado prusiano le acompañó—. Pero, no sé…
—¿Le responderás?
—Ya lo hice —efectuó una mueca. Gilbert supo que no debía ahondar en conocer la respuesta, pues Elizabeta ya lucía bastante molesta.
—¿Sabes si se comunicó con alguien más? La canadiense esa… ¿cómo se llamaba?
—¿Marguerite? —suspiró—. No tengo idea —hizo una larga pausa para ingerir sus alimentos y sorber algo más de licor—. Ella es otra con la que casi no hablo; hace meses que no nos vemos.
—Al menos no son años —señaló con desdén. Estaba seguro de que si un amigo le hubiera hecho lo que Lovina a su querida marimacho, de plano lo hubiera mandado al carajo… y luego de un par de golpes tal vez escucharía su historia. Miró a su esposa y sonrió levemente, más su alegría se esfumó al ver la hora en su reloj
— Debo regresar al trabajo —se adelantó la húngara con pesar. El tiempo junto al albino siempre era efímero a su parecer.
—Sí. Yo debo regresar para supervisar a esos ineptos no asombrosos —frunció los labios y la mujer solo pudo estallar en carcajadas. Con el tiempo había aprendido a amar el carácter de su esposo.
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Tal y como lo supuso, el resto de la tarde no fue menos agotadora que la mañana. Poco antes de finalizar la jornada laboral, Gilbert se dirigió a la oficina del representante en Marino de Chassier S.A. cuyas oficinas principales estaban en Roma. Previo saludo de cortesía le señaló su descontento ante ciertos profesionales que se habían contratado. El empresario se removió incómodo en su gran silla y adoptó postura de acorde a las circunstancias; Gilbert explicó que la ineficiencia de ciertas personas le obligaba a él a hacer prácticamente todo el trabajo y la sobrecarga de estrés no era buena para nadie. Vash Zwingli le aseguró que tomaría cartas en el asunto, sugiriéndole luego que vaya a descansar, pues el cansancio de la noche anterior aún estaba reflejado en su rostro en forma de antiestéticas bolsas oscuras bajo sus peculiares ojos rubí.
Asintió con la cabeza y se marchó. El trayecto a su casa se le hizo mucho más corto y apenas cruzó la puerta de su habitación, cayó rendido sobre la cama. Se quitó los zapatos y encendió el televisor, necesitaba distraerse en algo. Más en ello no tuvo mucho efecto, pues prontamente recordó a Lovina y Antonio… se preguntó cuándo la vida de ellos había tomado un giro tan radical. No podía evitar pensar en la universidad; ella y Antonio eran la pareja perfecta y si bien peleaban, prontamente solucionaban sus diferencias y estaban tan felices como siempre. Primero fueron amigos, eventualmente entablaron una relación y se casaron apenas ella terminó la universidad… hasta donde recordaba, eran muy felices.
Luego en contra parte, recordó su relación con Elizabeta; pensó seriamente que nunca antes una persona le había hecho sentir tantas cosas: amor, bochornos, malos ratos… sobre todo malos ratos. Y para qué hablar de "AQUEL" mal rato. En ese momento lo había sentido como lo peor, al quedar Elizabeta embarazada a finales de su penúltimo año sintió como todos sus sueños se truncaban; pensó que tendría que abandonar sus estudios y ponerse a trabajar, pues un bebé es muy demandante. Sin embargo al contrario de lo que pensó en primera instancia, su hija sólo pudo darle fuerza para sacar su título y ser un profesional hecho y derecho, y si bien el camino no fue fácil, sobre todo considerando que tuvieron que dejar a Julchen luego de que cumpliera un año al cuidado de sus padres, bien valió la pena. Al poco tiempo de terminar la universidad, le propuso a Elizabeta irse a vivir con él, sin embargo la húngara le rechazó, rompiendo la comunicación por meses, retomándola recién en el matrimonio de Lovina y Antonio. Y si bien su nuevo comienzo no fue de lo mejor, el tener a Julchen suavizó mucho las cosas y se establecieron como una pareja estable. Cuando la niña cumplió cuatro años, Gilbert le pidió matrimonio y desde entonces su vida junto a ella fue todo lo que siempre deseó y más.
¿Acaso la vida se trata de ciclos? Vale decir, ¿si sufres un tiempo, luego te toca ser feliz y viceversa? ¿Con altos y bajos como en una montaña rusa?
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Pensaba subir el sábado, pero estoy de tan buen humor, ¡me fue excelente en cálculo III! Casi lloré de felicidad. Así que mi consejo de vida para ustedes es que SI vale la pena matarse estudiando.
