ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas a final de página.


IMBRANATO


CUATRO

Lovina dio un largo suspiro al finalmente arribar a la capital. Agradecía enormemente a su hermana menor haber pedido el día libre en el trabajo para así poder ayudarla a escoger un sitio donde vivir —y como era normal en ella, ni se le pasó por la cabeza el hecho de agradecerle— . Sabía que con el dinero que disponía en ese momento, el comprar un departamento o casa estaba fuera de su alcance, así que arrendar algo era a lo que podía aspirar… al menos hasta que se estabilizara económicamente, pues estaba más que consiente que ahí no seguiría recibiendo la misma suma de dinero mensual. Comenzaría desde abajo, como todos. Claro, sus años de experiencia la harían escalar rápidamente, o al menos eso esperaba.

Anteriormente había buscado en internet departamentos en arriendo ajustados a su presupuesto y dispuso a visitar cada uno de ellos… después de todo estaría sólo un día en Roma. Algunos de los sitios eran de su agrado, otros no tanto; aunque no lo admitiera, buscaba siempre la aprobación de la menor. Felicia le recomendó buscar un lugar cerca del hospital para así aminorar el cansancio que a largo plazo se haría insoportable.

Luego de visitar todas las posibles opciones, finalmente se decidió por el departamento que estaba cerca del hospital, haciéndole caso en primera instancia a su hermana. El lugar no estaba del todo mal y hasta era amplio, más afortunadamente bajo su presupuesto. Constaba de tres habitaciones, sala de estar, comedor, dos baños y la cocina. Lamentablemente no pudo firmar el contrato inmediatamente con el dueño, pues el abogado debía redactar el documento y luego ir a notaría. Suspiró. Acordó con el rentista una fecha en la cual la mujer volvería a Roma para cerrar el trato; claro que tuvo que dejar un avance monetario…

Es para reservarle el departamento —había señalado el hombre—. No es que desconfíe de usted, sé que en la fecha acordada firmará el contrato, es sólo que si viene alguien más, le diré que el lugar está reservado.

¿Y qué podía hacer ante ello? Sólo gruñir por lo bajo, simular una sonrisa y pagarle, después de todo, era el mejor lugar que había encontrado para establecerse.

—A estos comerciantes no se les escapa una —lamentó Felicia—. Sí que saben hacer su trabajo y asegurarse con lo que les conviene, ve~

—Sí, lo que sea.

—¿Mal humor, sorella?

—Cansancio —bufó pesadamente.

—Oh, ¿entonces dejamos lo del colegio de Adamo para otro día?

—Demonios. Lo había olvidado por completo —hizo una pausa en la que pareció meditar algo—. Aún es temprano; vamos.

Odió admitirlo a viva voz, más aún con su hermana cerca, por lo que sólo lo internalizó; cuando aquel hombre había mencionado a su abogado, no pudo evitar pensar en Antonio y sintió un nudo en el estómago, más sabía que la posibilidad era mínima y esperanzada, pensaba que la vida no podía odiarla tanto.

Era ella la que la odiaba por ser tan…

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Creyó que jamás en la vida había estado tan cansada. Si en su momento había creído que los asientos del auto de Felicia eran cómodos, abolió esa idea luego de poco más de dos horas de viaje hasta Roma. Bueno, alrededor de cinco horas si tomaba en cuenta que era ida y vuelta. Además de todo lo que había tenido que caminar…

Agotada se dejó caer sobre la cama.

El tiempo pasó en banda. Nuevamente sintió como si Chronos jugara con ella. Antes de siquiera darse cuenta tuvo que viajar nuevamente a Roma, más en ésta ocasión lo hizo sola. Tenía algo más en mente… Se juntó junto al rentista y grande fue su sorpresa al ver que el abogado de éste no era otro sino Arthur Kirkland, el eterno enamorado de Emily Jones. El inglés no pudo evitar que su boca se abriera en una perfecta "O" y no dudó un segundo en acercarse a la italiana y darle un caluroso abrazo. El tercero carraspeó fuertemente, aludiendo luego al hecho que ya tendrían tiempo de recordar el pasado… o lo que sea.

Lovina gruñó. Conocido era su mal humor, sin embargo acató las palabras y se dejó guiar por ambos hombres hasta la notaria y que Arthur le explicara los pormenores del contrato de arrendamiento.

Aburrido.

Al menos luego de ello ocuparon el tiempo de espera en conversar sobre la vida. Arthur le comentó que vivía en Roma hace ya casi diez años. Cuando la italiana le preguntó por Emily, el inglés simplemente se removió incómodo y cambió abruptamente el tema; enseguida supuso que las cosas no habían terminado muy bien entre ambos. Claro, seguro Arthur supuso lo mismo pues la reacción de la fémina fue igual cuando le preguntó por Antonio.

¿Es que siempre debía estar en todas las conversaciones? Comenzaba a molestarse.

Vio la hora en su reloj de pulsera; se impacientó, había acordado juntarse con alguien dentro de una hora y aún estaban esperando para firmar el contrato notarial. Suerte para ella que casi de inmediato fue su turno, y si bien el proceso tomó su tiempo, fue el justo y necesario para no llegar atrasada a su otra reunión. Se despidió del rentista luego de que éste le pasara la llave de su nuevo departamento, indicándole que podía empezar a llevar sus cosas en cuanto quisiera. Luego se despidió de Arthur y éste le hizo prometer que se juntarían un día de esos para beber juntos una deliciosa taza de té.

Caminó presurosa hasta la parada de autobús. Había sido precavida y el día anterior se fijó por internet cuál era el que le servía para ir a Marino. Quince minutos le tomó llegar a la ciudad vecina y otros veinte al café que había acordado.

Simplemente no se sintió capaz de ir a la casa de Elizabeta, no después de tanto tiempo. No podía simplemente llegar con un pastel para degustar junto a un café, en conjunto, claro, de una enorme y brillante sonrisa… ¡No era tan cínica! Jugueteó con la servilleta que estaba a su lado en tanto esperaba a la mujer; creyó seriamente que una cafetería sería muchísimo mejor lugar para reunirse después de tantos años… al menos ahí no podría gritarle como loca. Sintió un nudo en el estómago cuando una mujer apenas un par de años mayor, de cabello castaño claro y ojos verdes se posó frente a ella… divisó cada detalle; seguía casi igual a como la recordaba, sólo que ahora maquillaje acentuaba su piel y tímidas líneas de expresión comenzaban apenas a asomar. Su semblante era implacable, tal y como lo recordaba… por un momento se sintió intimidada. La recién llegaba se sentó frente a ella y continuó taladrándola con los ojos.

Apenas y desvió la cabeza y el rostro se le desfiguró. ¡¿Qué demonios hacía ahí el patatero narcisista?! Tuvo ganas de vomitar y golpearlo; ella sólo había citado a Elizabeta, y si bien Gilbert era el esposo de ella, también era amigo de Antonio y posiblemente le diría algo a él. Gruñó frustrada.

—¿Qué haces aquí, macho patatero? —gruñó y luego miró acusadora a la húngara. Ésta simplemente se encogió de hombros y se sentó en una silla disponible, dejando su cartera apoyado justo al lado. Gilbert pareció ofenderse a sobremanera al escuchar a la italiana.

—¿Cómo te atreves a hablarle así al asombroso yo?

—Asombroso mi trasero —se cruzó de brazos—. Quiero hablar con Eli, no contigo.

—¿Y tú crees que la voy a dejar luego de lo mal que lo pasó cuando desapareciste? —golpe bajo para ella. Definitivamente no esperó esa respuesta.

—Gilbo, dijiste que solo vendrías a dejarme —habló Elizabeta por primera vez. El albino se notó molesto ante las palabras de su esposa y no dudó en decirle que sólo hacía falta una llamada telefónica para que acudiera a buscarla. Se despidió cariñosamente de ella y salió de la cafetería, no sin antes dar una mirada de rencor a la italiana sureña.

—No sé si sabías que aquí no admiten animales —mofó, mas su sonrisa se aplacó al ver el rostro serio de la húngara. Se removió incómoda—. Eh, ¿Te apetece un café?

—Más bien quisiera que empezaras con tu historia —exigió. Acto seguido suspiró pesadamente—. Aunque un café me vendría bien…

La italiana relajó levemente su semblante y dispuso a llamar al garzón, en tanto Elizabeta ocupó ese tiempo a observar a su acompañante… estaba algo más delgada a lo que recordaba, y aquello era decir demasiado, su cabello lo tenía apenas un poco más corto a como lo usaba en la universidad. Divisó su rostro y algo la inquietó, no supo identificar bien de qué se trataba, pero era como si una sombra de melancolía y tristeza la rodeara. Se removió incómoda.

—No sé por dónde empezar —admitió avergonzada. Eran tantos episodios en su vida, tantos años, una tarde no se haría suficiente para todo.

—¿Por qué te fuiste?

Directo al punto, a la causante del giro en su vida desde hacía casi veinte años. Sus ojos se cristalizaron y su labio inferior, en conjunto a sus manos, temblaron, pero ¿qué caso daba seguir guardando algo que había ocurrido hace tanto tiempo? Pasado pisado y olvidado, decían por ahí. Trato de incorporarse y tras la ida del garzón, Lovina comenzó con su relato.

—Es que… —sintió desfallecer, más no se permitió hacerlo—. Antonio…

—Tu esposo —la aludida tembló de pies a cabeza.

—¿Recuerdas cuando salió de la universidad? —la de ojos verdes asintió con la cabeza—. Antonio era el mejor de su generación y por lo mismo apenas se graduó, una firma de abogados se interesó en él y le ofrecieron hacer su magister y doctorado en Estados Unidos —sacó un cigarrillo, lo encendió y siguió su relato—. Él estaba loco de felicidad, al contrario de mí, que estaba muy triste porque se iba a ir por cinco años; pero no podía ser tan egoísta como para decirle que se quedara conmigo. Sabía que si se lo pedía iba a hacerlo, pero… aún me quedaban dos años en la universidad —sonrió apenas—. Me sentí incapaz de romper con él y él conmigo… y al cabo de un tiempo tuvo que irse.

»Durante todo ese tiempo sólo me comuniqué con el vía internet y apenas esporádicamente, pues la universidad consumía casi todo mi tiempo. Para empeorar las cosas estaba eso de la zona horaria y… —gruñó—. Pero bueno, eso ya lo sabes —dio otra calada a su cigarrillo y guardó silencio, intentando ordenar sus ideas—. Recuerdo que cuando me recibí de médico, Antonio viajó para verme… y aquel día se convirtió en uno de los más felices de mi vida, porque me pidió matrimonio… aunque esa bastarda de María quería matarme —sonrió levemente.

»Tanto mi papà como sus padres y Paulo nos apoyaron en todo, y María acabó cediendo y aceptándome en la familia. Era joven, ingenua, recién salida de la universidad. En fin, nos casamos a fines de Agosto y una semana después él tuvo que regresar a Estados Unidos. Todo fue demasiado rápido —hizo una pausa.

Elizabeta se impacientó, pues todo lo que contaba Lovina ya era de su conocimiento, más sabía que pronto llegaría a la parte donde todo detonó.

—Yo me tuve que quedar porque necesitaba hacer todo el papeleo para la visa permanente y eso se tarda como un mes, más encima tenía que sacar un pasaporte y… —dejó escapar un gruñido de frustración—. Recién cerca de dos meses después podía viajar tranquilamente. En fin —dio una calada a su cigarrillo—, con Antonio hablábamos por internet —siguió—. Siempre me decía que le impacientaba que llegara, que todo ahí era demasiado para él y que me necesitaba a su lado. Éramos jóvenes —reiteró—, estoy hablando de casi veinte años atrás…

—Lovina, ¿te fuiste de la noche a la mañana por algo que te hizo Antonio?

—Sí —su voz se quebró—. Antes de recibir la visa ocurrió algo y me vi forzada a viajar; ya tenía mi pasaporte y no me importaba tener que volver a Italia después de un tiempo, quería estar con él. No le avisé, quería darle una sorpresa y como ya me había dicho muchas veces la dirección del departamento, como llegar desde el aeropuerto y hasta me había dicho donde escondía la llave… creí que tenía todo a mi favor. Como había llegado muy temprano entré tratando de no hacer ruido y busqué su habitación —hizo una pausa—. Todas las palabras que me había dicho, en ese momento sonaron vacías; todos sus "te extraño" y "quiero que estés aquí conmigo" carecieron de importancia. Apenas había pasado poco más de un mes y ese tiempo fue suficiente para que me fuera infiel —habló pausadamente, más sin derramar una lágrima, ya las había botado todas—. Aunque tampoco puedo ser tan ingenua como para creer que estaba con esa mujer hace poco.

»Supongo que se despertó por mi llanto —medio rió con burla—. Su cara en ese momento fue… irreproducible. Se cubrió como pudo y se acercó a mí con mil excusas, claro que en ese momento fui incapaz de escucharlas. Me saqué el anillo, lo arrojé a sus pies y me fui… —su vista se perdió en el horizonte—. No fui capaz de reclamarle algo, simplemente me fui. Volví al aeropuerto y adelanté mi regreso a Italia. Supongo que eso fue algo obvio, porque el bastardo llegó donde estaba… me dijo no sé qué cosas. El llanto me bloqueó los oídos —mofó irónica—. Pero lo que sí escuché claramente fue la voz que decía que el avión había llegado. Lo ignoré y caminé; él me tomó el brazo y le dije que me soltara —relató—. No sé en qué tono se lo habré dicho, pero su cara se llenó de angustia —cerró los ojos, acto seguido miró al techo y luego a su amiga—. Y me fui.

Elizabeta quedó en shock. Habría esperado una infidelidad incluso de Gilbert, pero jamás de Antonio; aquello iba en contra de la esencia del chiquillo que hacía tanto tiempo había conocido. Miró a Lovina, su rostro estaba duro, supuso que quería dar a entender que aquello ya no le afectaba, pero ella sabía que sí, tal vez no tanto como en un principio, pero le quedaba al menos un atisbo. La Italiana tomó su taza con café y sorbió lentamente, esperando alguna reacción de la húngara que seguía sumida en sus cavilaciones. Entonces todo calzó en su cabeza: el repentino regreso de Antonio, la desesperación que parecía sentir constantemente, la ida de Lovina.

Miró a la mujer y no supo qué decir.

—Yo no…

—No hace falta que digas algo —le tranquilizó—. Estabas en el derecho de saber el por qué me había ido.

—Pero supongo que no te fuiste de inmediato, ¿o sí?

Lovina sonrió; la fémina frente a ella era muy observadora.

—No. Cuando volví, le conté todo a mi papà y sorella. Ambos me ayudaron en todo; cambiaron el teléfono de la casa y sus celulares, y la mamá del macho patatas, me invitó a vivir con ella, pues estaba segura que Antonio vendría y lo primero que haría sería ir a mi casa; y como en ese entonces Gilbert ya se había ido, al igual que el otro patatero y los señores Beilschmidt estaban solos… —dejó las palabras al aire—. Viví en su casa cerca de dos años, teniendo que esconderme cada vez que tú y el narcisista ese iban de visita —suspiró—. Durante ese tiempo pensé seriamente en irme a Estados Unidos… a un estado muy lejos de donde estaba el bastardo —calló unos minutos y miró al cielo, como tratando de rememorar cada detalle de ese día—. Ahí estaba todo en lo que quería desempeñarme como profesional, la mayor tecnología; eso me atrajo mucho y sólo tuve que darme valor para viajar y empezar mi vida allá desde cero. Me costó tanto —siguió—. Mi papà se ofreció a irse conmigo, pero yo sabía que si me acompañaba nunca iba a poder crecer como persona. Luego de un tiempo, finalmente pude establecerme con algo estable, compré un pequeño departamento y me quedé ahí.

—¿Estuviste sola todo este tiempo? —inquirió en un hilo de voz, algo poco común en ella, pues siempre era reservada. Lovina negó con la cabeza y Elizabeta tuvo que ahogar el grito de sorpresa—. Espera, antes de que sigas, hay algo que no me calza. ¿Por qué nunca dijiste algo? ¿Por qué nunca una señal de vida? ¡A mí! Que soy tu mejor amiga

—Porque tenía miedo que le dijeras a él —dijo al instante—. Y porque no quería hablar del tema, ni que tú o los demás sintieran lástima por mí. No en ese momento. Por lo mismo también les pedí a los señores Beilschmidt que nunca hablaran de ti en mi presencia. No sabía si iba a aguantar…

—¿Conociste a alguien más?

—No —medio rió—. Con todo el trabajo que tenía, apenas y tenía tiempo para Adamo —al ver la incredulidad en el rostro de la castaña, agregó—: mí hijo.

—¡¿Hijo?! —medio gritó. Más sorprendida no podía estar. Ella tenía un hijo y se lo había ocultado a todos, incluso a ella. Tragó saliva y pronto se sintió triste; hace mucho habían dejado de ser como las hermanas que sabe todo de la otra. Sus recuerdos la llevaron a la universidad, donde el tema de un supuesto embarazo de su amiga igual había salido a flote.

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No he tenido menstruación en dos meses.

Aquel había sido el detonante de la hasta entonces tranquila tarde de sábado.

¡¿Eh?! —inquirió Marguerite, dejando a un lado el libro que estaba leyendo, al tiempo que se le desfiguraba el rostro a causa de la impresión. Cuando escuchó entrar a la joven se esperó de todo, menos algo como lo recién comentado.

¡Debiste haberte cuidado, Lovina, maldita sea! —explotó Elizabeta—. ¿Por qué rayos no fuiste un poco más consciente de lo que hacías? ¿Acaso no fue suficiente con que vieras que me pasaba a mí? ¿Crees que es un juego?

Pero no es eso, Eli —musitó la aludida y bajó la cabeza.

¿Entonces quedaste embarazada por arte de magia? —supuso irónicamente.

No estoy embarazada —reiteró la italiana en un hilo de voz.

¿Entonces es normal tener un atraso de dos meses?

Pueden haber otros motivos por los cuales no he menstruado en dos meses.

Claro... ¡Cómo olvidar al Espíritu Santo! —ironizó con voz golpeada—. ¡Debiste haberte cuidado y lo sabes! ¿Qué demonios vas a hacer con un hijo? ¡Antonio es un completo imbécil!

¡No estoy embarazada, Elizabeta! —siguió la muchacha, también alzando la voz.

¡Chicas! —intervino Marguerite con una sonrisa nerviosa—. Tranquilas, ¿sí? —suspiró. Jaló a Lovina para sentarla sobre una de las camas—. ¿Estás segura que no estás embarazada?

Segur...

¡Deja de mentir! —interrumpió la húngara.

¡Cállate! —gritó.

¿Tú me estás haciendo callar? ¡No soy yo la que tiene un maldito bebé en el vientre y se niega a aceptarlo!

¡Chicas! ¡Basta! —pidió Marguerite, nerviosa por la situación—. Eli, por favor, baja la voz.

¿Por qué yo? ¡No soy la que tendrá un hijo de cabello castaño y ojos verdes!

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Medió rió para sus adentros al recordar que aquello se debía a una secuela a causa de las pastillas que ingería debido a la anemia que en ese entonces le aquejaba; en conjunto con los anticonceptivos que su padre le había obligado a tomar apenas se enteró que salía con Antonio… —que dicho sea de paso, tomaba tarde, mal y nunca—. Su cuerpo se había descompensado por completo. Miró a Lovina y divisó la desesperante tranquilidad que de un tiempo a esa parte había adquirido. Bebió lentamente otro poco de su café.

—¿Cuántos años tiene? ¿Quién es el papá?

—Diecisiete. Antonio —dijo sin más, causando que los ojos de Elizabeta estuvieran próximos a salir de sus cuencas.

—¿Antonio? Pero si t…

—Tenía dos motivos para ir a Estados Unidos; uno era ver al bastardo y el otro era decirle personalmente que tenía dos meses de embarazo —se encogió de hombros, restándole importancia al asunto—. Lamentablemente las cosas no siempre salen como quieres y sólo queda seguir con la vida —dio una última calada y apagó su cigarrillo—. Adamo es un encanto y muy guapo —sonrió—. Ni siquiera de pequeño me preguntó por su papá, siempre supo que éramos sólo los dos.

—Más de alguna vez tuvo que habérselo preguntado.

—No me cabe duda de ello, pero mientras él no me pregunte, yo no le diré —hizo una pausa—. Tiene todo el derecho a saber cómo fueron las cosas y ahora que está grande, mejor aún.

Elizabeta se inquietó, ya no quedaba rastro de la chiquilla torpe e ingenua a ratos que había conocido. La mujer frente a ella era dura e indiferente a sus sentimientos y a los de los demás y no la culpaba, pero al menos una explicación…

—¿Antonio nunca te dio alguna explicación?

—¡¿Qué explicación necesita eso, Elizabeta?! Sólo debe tomar y cargar las consecuencias de sus actos.

—Él nunca dejó de quererte…

—Linda forma que tuvo de demostrarlo —bufó—. Eli, enserio no quiero pelear contigo, ¿podemos cambiar el tema?

La húngara asintió con la cabeza, sintiéndose apenada por incomodar a su contraparte. Suspiró.

—Sólo tengo una pregunta más —anunció con timidez, algo poco común en ella. Lovina asintió con la cabeza, dando cabida a la interrogante—. ¿Por qué volviste? Es decir, ¿por qué precisamente ahora?

—Mi papà murió —soltó sin más. Elizabeta nuevamente desfiguró el rostro, más trató de mantener la compostura al ver los ojos cristalizados de su amiga. Le tomó firmemente la mano y le infundió ánimo… o al menos trató de hacerlo.

Quedaron en silencio por varios minutos. Lovina se soltó suavemente del amarre de la mujer y posteriormente revolvió en su bolso para sacar un cigarro. Elizabeta frunció el ceño tanto como su rostro se lo permitió; siempre odió que ella fumara… tampoco se trataba de que no hiciera nada, pero el olor del cigarrillo siempre le había molestado y peor aún, sabía que la mamá de ella había muerto a causa de cáncer al pulmón. Sabía además que Lovina sólo fumaba cuando se sentía triste, tal como en esa ocasión en la que habían ido a un pub luego de una fuerte pelea con sus respectivos novios. Si por ese entonces hasta los malos ratos los compartían.

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Odio esto —refunfuñó la húngara, removiendo con la pajilla el daiquiri de piña que había comprado en la barra—. ¡Ni siquiera cuando alguien me coquetea me atrevo a ir con él porque el estúpido narcisista se apodera de mi mente!

Te entiendo tanto... —rodó los ojos y refunfuñó. ¿Desde cuándo su novio y el de Elizabeta eran amigos? No que le molestara, pero tal parecía que sus "brillantes" ideas se potenciaban cuando estaban juntos (peor si Francis estaba en medio) y acababan haciendo cosas como las de ahora. Lovina se levantó de la mesa que compartía con su amiga y no tardó en regresar con un cigarrillo en las manos—. Esto es una merda…

¡¿Fumas?! —chilló Elizabeta, asqueada ante lo que veía.

Sólo cuando estoy alterada —se excusó y luego suspiró con resignación.

Sabía que era demasiado bueno para ser cierto.

¡Míranos! ¡Somos patéticas! —alegó Lovina—. Pasando un mal rato por unos idiotas que ni se molestaron en preocuparse por nosotras —la chica suspiró para tratar de calmarse y siguió—. Mira a tu alrededor, nosotras también deberíamos divertirnos.

¡Cierto! —exclamó Elizabeta, quitándole el cigarrillo a su amiga y apagándolo dentro de su vaso con algún licor que incluía frambuesas picadas.

¡Eli!

Nada de "Eli" —rodó los ojos—. Esa cosa te hace mal y ese idiota no merece que te enfermes de cáncer por su culpa.

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—Lo siento.

—No te preocupes. Es algo que con el tiempo sabré superar; igual que Felicia.

—Sí.

Se removió incómoda, de haber sabido la razón por la cual la italiana había retornado jamás le hubiera pedido detalles. Miró al techo y medio rió al pensar que tal vez un cigarrillo podría calmar sus alborotados nervios.

—El otro día me comuniqué con Marguerite; está muy ofendida porque aún no la has llamado —optó por cambiar el tema—. Tiene muchos deseos de verte.

La sonrisa automática de su amiga logró tranquilizarla.

—No ha cambiado, ¿eh? —mofó la muletilla que tenía la canadiense. Apagó su cigarrillo que apenas iba por la mitad e ingirió algo más de su café—. Podríamos juntarnos las tres uno de estos días. Ya para cuando inicie Septiembre mi escaza vida social terminará por desaparecer.

—Claro. ¿Conseguiste trabajo? —adivinó a la perfección.

—Veo que aún conservas lo de bruja —emitió una leve sonrisa en la que apenas y participaron sus ojos—. Y sí, trabajaré en el Salvator Mundi International Hospital; estaré en el área de urgencias y en el laboratorio.

—¿Dos áreas?

—Sí. Siempre me gustaron los laboratorios así que me especialicé en análisis clínicos, ya sabes, confirmar o descartar diagnósticos. Antes de volver a Italia hablé con el director del hospital en el que trabajaba y gracias a mis antecedentes y su propia recomendación, me ubicaron en Roma, pero éste hospital en particular está deficiente en personal de urgencia y como al principio trabajé en eso…

—Entiendo. Aunque creo que te están explotando.

—Felicia me dijo algo parecido —rió apenas—. ¿Pero sabes? En realidad no me molesta. Ambas áreas me gustan mucho y de todos modos tendré un día libre a la semana.

—Luego me dices cuál. Podemos usarlo para juntarnos con Marguerite o puedes ir a mi casa y conocer a Daniel y ver a Julchen.

—Vi algunas fotos en internet —confesó—. No sabes la envidia que me da.

—Lovina…

—Disculpa, no quería incomodarte.

El silencio incómodo dio lugar en aquella soleada tarde de Agosto. Elizabeta llamó al mesero para pedir un pastel y a su vez para interactuar con alguien luego de lo acontecido. Lovina en cambio sacó un nuevo cigarro, esta vez mentolado, el cual consumió con especial gusto; o al menos esa fue la impresión que le dio a su amiga. El pastel de selva negra no se hizo esperar y la húngara no pudo evitar que sus facciones se contrajeran apenas un bocado pasara por sus labios; había olvidado lo dulce que era. Rápidamente dio un sorbo a su café, ante la mirada burlona de la italiana.

—Eres desastrosa —mofó con una sonrisa. La aludida emitió una mueca.

—Estar mucho tiempo contigo tiene sus efectos —contraatacó la húngara, disfrutando el hecho de que su amiga se molestara.

—Ja-ja —bufó—. A todo esto, sólo yo he contado mi vida. Aún no sé nada de lo que has hecho en todos estos años.

—Bueno, no habías preguntado —expuso con simpleza.

—¿Hace falta? ¿Enserio? —bufó.

—Sí.

—¡Eres…! —suspiró—. Bruja.

—Lo sé —rió escandalosamente, como pocas veces antes. Lovina apoyó la mejilla sobre la mano, visiblemente cabreada y a la espera de que su interlocutora se calmara—. Bueno, bueno —inspiró hondo para tranquilizarse—. Respecto a mi vida: me casé con Gilbert, tuvimos otro hijo: Daniel. Uhm… trabajo en una empresa de dentistas que está aquí en Marino. Gilbert es jefe del departamento de planificación de obras civiles de la empresa Chasier S.A. también ubicada en Marino; aunque la casa matriz está en Roma —meditó un momento—. A todo esto, esa es la empresa de la mamá del idiota de Francis; ¿te acuerdas de él?

—¿Cómo podría olvidarlo? —mofó.

Durante su estadía en la universidad, Francis Bonnefoy había hecho y deshecho a voluntad. El ser hijo del rector le otorgaba cierto "poder" que nunca dudó en hacer valer. Típico malcriado hijito de papi, ese era su… no sabía si podía considerarlo amigo. No era antipático ni arribista, más su carácter lo convertía en una persona un tanto… especial. Lovina hubiera jurado que de no ser por Marguerite, jamás se hubiera animado a hablarle o siquiera saludarlo.

—Aunque ha cambiado —citó al aire.

—¿Qué? ¿Ahora es un amargado monógamo?

—No sé si es efectivo eso último —rió—, pero de que ya no es el mismo, es un hecho.

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¿Mátenme? Tenía escrito esto hace como mil años... y sí, no lo había subido.

Para quien preguntó, María es Mallorca, la isla más grande del archipiélago balear, el cual forma una comunidad autónoma uniprovincial, la más oriental de España... por eso la hice su hermana. Y Arthur sí va a salir... no puedo dejar fuera a mi inglés cejón favorito *o*

Y eso, ahora me voy a ir a ver TV con mis papis porque sí, viajé a mi casa por unos días (aprovechando el feriado largo aquí en Chile).

¡Saludos!