ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas a final de página.
IMBRANATO
CINCO
Se dejó caer exhausta sobre la cama. Había pasado un mes desde que estaba en su nuevo departamento y trabajo; Adamo a su vez comenzó con su último año y hasta cierto punto la vida de ambos era estable. Sin embargo estabilidad no significa precisamente tranquilidad… desde el primero de septiembre, Lovina se vio casi obligada a correr de un lugar a otro. Las primeras dos semanas en el hospital las tenía que dividir entre el laboratorio donde hacía sus investigaciones y los cursillos para así estar bien preparada en emergencias. Bufó pesadamente y tomó el mando a distancia para comenzar a pasar los canales, sin prestarle demasiada atención en verdad.
Le tomó unos quince minutos declararse harta de la basura de la televisión. Demasiado perezosa como para levantarse, ir a su escritorio y tomar su computador portátil, tomó su teléfono celular e ingresó a su perfil en línea. La misma gente de siempre haciendo comentarios, exponiendo sus vidas, blablá. Leyó "Gilbert Beilschmidt " y su pulso se aceleró a causa de los nervios. Sabía que el albino narcisista seguía en contacto con Antonio —y es que esa molesta ventanita en la parte superior derecha decía todo lo que sus contactos hacían— y desde aquel día en la cafetería se preguntó cuánto se demoraría el hermano del patatero —porque sí, no era sólo coincidencia de apellidos; efectivamente era el hermano mayor de su cuñado— en soltar la lengua e irle con el chisme a Antonio de que ella estaba de vuelta en Italia. Aunque luego lo pensó mejor y se auto-convenció de que el español no tenía que precisamente buscarla en caso de enterarse de su regreso.
Igualmente se auto-convenció que lo anterior no le dolía.
Un cuadrito en rojo sobre el sobre que estaba en la parte superior izquierda de su pantalla le llamó la atención. No dudó en hacer click y abrir un poco más los ojos, producto de la sorpresa, dicho sea de paso, agradable.
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Lovina arribó al pub que tan bien conocía. No iba a saber ella, si durante su estancia en la universidad solía frecuentarlo y justo ahí había visto más cosas que las que se pueden contar… suerte que las paredes no podían hablar. Se encontraba relativamente más tranquila; había salido airosa de su encuentro con Elizabeta y pensó que con Marguerite no podía irle tan mal, después de todo, hasta donde recordaba ella era la persona más amena que jamás conoció; claro, eso cambiaba cuando le tocaban la fibra sensible, ahí comenzaba a gritar y llorar a diestra y siniestra. Paró sus pasos en seco, más luego lo pensó mejor; si la canadiense fuera a hacerle un escándalo no la habría citado junto a la húngara a un lugar al que seguramente frecuentaban los mismos alumnos a los que ella hacía clases, ¿no?
Repasó la seguidilla de eventos que la habían llevado hasta el pub que tanto había frecuentado en su juventud —y no que fuera alcohólica ni nada parecido; era solo que el ambiente en sí era agradable—. No pudo evitar ver a su alrededor, se sentía como un pez fuera del agua. Si bien por esa hora del día aún no había muchos clientes, la gran mayoría —por no decir, todos excepto ella— no parecía tener más de veinticinco años, a lo mucho. De una u otra forma sintió que todas las miradas se posaban sobre ella; aunque tal vez sólo estaba paranoica.
La ansiedad comenzó a invadir su cuerpo… por un impulso vio la hora y efectivamente comprobó que sus amigas estaban atrasadas. Suspiró. Tomó valor y vio otro vistazo al pub; las paredes de éste estaban completamente rayadas, y no porque se tratase de un acto de vandalismo o algo similar; el dueño lo había autorizado y cada año las paredes eran pintadas de negro para así dar oportunidad a otros de escribir, desde tontos saludos, recuerdos e incluso frases filosóficas.
Precisamente se quedó pegada leyendo una bastante larga y que resaltaba entre las demás por lo mismo. Estaba escrita con lápiz blanco y quien sea que lo hubiese escrito enserio se había esmerado, pues además del texto había una enredadera de flores que enmarcaba las letras y que lo hacía lucir bastante prolijo y llamativo. En cualquier otra instancia, Lovina hubiera pasado de leerlo… demasiado largo y no, definitivamente no era amiga de las letras, sin embargo estaba bastante aburrida y quería dejar de pensar que ya no encajaba en ese ambiente.
"Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores; uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos... Esa persona con la que consigues la compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella...
Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderás siempre. Alguien con quien naciste conectado, tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y les impedirán, siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejarán de intentarlo… se rendirán y buscarán a esa otra persona que acabarán encontrando.
Pero te aseguro que no pasarás una sola noche, sin necesitar otro beso suyo, o tan siquiera discutir una vez más. Todos saben de qué estoy hablando, porque mientras estabas leyendo esto, ha venido su nombre a tu mente.
Te libraras de él o de ella, dejaras de sufrir, conseguirás encontrar la paz —le sustituirás por la calma—, pero te aseguro que no pasará un día en que desees que estuviera contigo para perturbarlo. Porque, a veces, se desprende más energía discutiendo con alguien a quien amas, que haciendo el amor con alguien a quien aprecias."
El Zahir - Paulo Coelho
—¿Lovina? —le llamó una voz bastante conocida. ¡Y gracias al cielo! El maldito texto de la pared había comenzado a hacerla pensar más de la cuenta y casi sin notarlo, sus ojos se humedecieron. Los cerró por un momento, antes de voltear y encarar por fin a Marguerite. La rubia estalló en llanto y no dudó en abrazar a la italiana. Lovina, aún con el estómago y la garganta como un nudo debido a lo leído, dio rienda suelta a las lágrimas; y si bien estaba feliz por ver a la canadiense, en una situación normal jamás hubiese llorado.
Pero era una buena excusa y ella sabía ocupar las oportunidades.
—¡Lovina! —exclamó la rubia, sorprendida ante la reacción que había tenido la aludida. Rápidamente se sentó a su lado y hurgó en su bolso hasta encontrar un pañuelo desechable que no hesitó en darle—. No llores, Lovina… —le acarició el brazo, en un intento por confortarla—. Tranquila, ¿sí?
—Es que… tanto tiempo —trató de excusarse. Marguerite acomodó sus gafas y esbozó una tímida sonrisa. Dieciocho años dejan una huella muy profunda.
Optaron por pedir algo y ponerse al día en tanto llegaba Elizabeta. Los gestos y muecas de la canadiense fueron sencillamente enmarcables; Lovina relató nuevamente su historia, así como antes había hecho con la húngara. Lástima que había olvidado lo sensible que era Marguerite… antes de darse cuenta, era ella quien la estaba consolando y, bueno, no era del todo cómodo; para empezar, Lovina nunca había sido buena para tratar con el dolor ajeno —ni hablar del propio. ¿Hola? Salió corriendo luego de ser dañada—, parecía que sólo estaba ahí, tendiendo pañuelos cada vez que la rubia necesitaba uno nuevo. Por si fuera poco, uno de los estudiantes de la rubia se tomó el atrevimiento de ir y querer consolar a su profesora. Marguerite, con una sonrisa en la que estaba reflejada su vergüenza, apenas y musitó al joven de cabello negro que estaba bien, que no se preocupara… y tras una mueca del aludido, siguió por despacharlo de una forma tan amena que Lovina supo era una clase de don o algo así.
Secó sus lágrimas y acomodó nuevamente los anteojos sobre el puente de su nariz, dio un sorbo a su mojito berries y emitió un largo suspiro. Lovina miró levemente al cielo y pensó en si había sido buena idea eso de sugerir comprar mojitos; si bien su contenido alcohólico era bastante camuflado por las frutas, Marguerite no era de esas personas que podía aguantar mucho.
—No puedo creer que te haya hecho eso —alegó, mas lejos de sonar furiosa, el impacto inicial fue mayor—. Siempre creí que…
—Elizabeta dijo más o menos lo mismo —cortó las palabras de la rubia. No quería volver a escuchar que Antonio y ella parecían la pareja perfecta, no otra vez—. Las cosas pasan, hay que saber enfrentarlas… admito que no lo hice de la mejor forma, pero… —hizo una mueca—, la vida sigue.
¿Dónde había quedado la chiquilla que hubiera hecho un show de la situación? La que hubiera ido y enfrentado a Antonio a pesar del inminente dolor. La que lo habría obligado a hacerse cargo de su hijo, aún cuando los lazos entre ellos estuvieran rotos. Marguerite tenía experiencia como psicóloga y no pudo evitar comparar a la Lovina de hace casi veinte años con la actual. "Cambió", fue el claro veredicto y no había que precisamente estudiar psicología para reconocer aquello; no obstante el cambio tan era grande en cuanto a cómo enfrentar la vida que no pudo evitar sorprenderse.
—Lamento la demora —se alzó la voz de la húngara en medio de la pegajosa música de fondo. Marguerite no dudó en sonreír levemente y sacar las cosas que había acomodado sobre la silla sobrante para así darle espacio a Elizabeta, en tanto Lovina pidió un trago para que las acompañara. La recién llegada se quitó el abrigo que portaba y acto seguido se dejó caer con aplomo sobre la silla y bebió casi hasta la mitad el mojito una vez el camarero se lo llevara; estaba cansadísima, había corrido para intentar llegar a tiempo.
—Uno de mis pacientes tuvo un contratiempo y me vi obligada a atenderlo justo cuando estaba por salir de la consulta —comenzó explicando—. Si hasta le había pedido permiso a mi jefe para salir más temprano, pero bueno —suspiró y dio un sorbo más recatado a su bebida—. ¿Qué han hablado?
—Básicamente puse al tanto a Meg —comenzó la italiana—. Le conté qué había hecho todos estos años y eso —se encogió de hombros.
—Sinceramente es horrible. Ya ni sé cómo mirar a Antonio —suspiró—. Hace como dos semanas Gilbert lo invitó a nuestra casa y no sé si supe disimular lo incómoda que se me hacía su presencia.
—¿Sabes si Gilbert le ha contado que Lovina está de regreso? —inquirió la canadiense. La italiana automáticamente tensó su cuerpo; quería y no quería saber esa respuesta, y se maldijo por estar ilusionada por tal vez, y sólo tal vez, aún importarle al español.
—No tengo ni idea —suspiró—. Antes de que llegara a la casa le advertí a Gilbert no decirle nada, pero de ahí a que me haya hecho caso… —dejó las palabras al aire.
—Lo dudo —irrumpió Lovina—. Si conozco tan bien al bastardo como creo hacerlo, si el animal que tienes por esposo le hubiera dicho, me hubiera ido a buscar, ¿no? Aunque… —mordió la pajilla de su bebida alcohólica antes de beber un poco y seguir con sus palabras—. Aunque tal vez nunca lo conocí del todo. Antes hubiera jurado que era incapaz de engañarme…
—¡Lovina, tienes que dejar de pensar en eso! ¡Deja de hacerte daño! ¡Me da cólera tu actitud derrotista! ¡Tú no eres así!
—¿Y qué carajo quieres que haga? Maldición, entiéndeme Eli —su voz se quebró poco a poco—. Antonio fue mi primer y único novio serio, con él hice todo lo que alguna vez imaginé hacer con mi pareja, me enamoré de él y demonios, aunque nunca se lo dije abiertamente era la persona a la que más quería, fuera de mi familia, y…
Cortó sus palabras, el llanto nuevamente le ganó, sin embargo ésta vez no lo reprimió y dio rienda suelta a sus sentimientos; estar con sus amigas la tranquilizaba enormemente y ya hace mucho había perdido la vergüenza con ellas… aunque le costó, vaya que sí. Cuando notaron que el bar estaba demasiado lleno, optaron por ir a un lugar más tranquilo… después de todo y a diferencia de los chiquillos que parecían no hartarse del alcohol y cuyo mayor problema era aprobar el semestre, ellas tenían entre manos un problema de la vida real.
El haberse juntado como en los viejos tiempos, sin duda fue algo que logró calmar el atormentado corazón de la italiana. Ya para el inicio de una nueva semana laboral, sus compañeros la notaron renovada y si bien aún conservaba ese rastro de tristeza en los ojos, bueno, lucía mucho mejor que antes. El miércoles no tardó en llegar y junto con ello su maravilloso día de descanso… y claro que Adamo era plenamente consciente que ese era el día sagrado de su madre y que no debía molestarla más de lo absolutamente necesario.
Y cada jueves por la mañana tenía una lucha con sus sábanas, pero era obvio, ¿no?
Casi a la par con un muerto viviente, se adentró al vestidor del hospital, se puso el típico uniforme celeste, amarró su cabello y esperó pacientemente a que llegaran las desgracias… aunque visto de ese modo, su estilo de relatar acontecimientos dejaba mucho que desear. Y ya sea por karma al referirse de ese modo a su diario vivir o simplemente porque la vida es cíclica y en algún momento te golpea sí o sí con algo del pasado, en ese momento sintió sus pies como clavados al piso, completamente incapaz de moverse…
Estaba ahí, después de todos esos años. ÉL estaba ahí después de todos esos años. ¿Por qué demonios ella no sabía que ÉL iba a estar ahí? Sabía que el regresar a Italia implicaba una mínima posibilidad de volver a verlo, y el trabajar en el hospital aumentaba esa posibilidad, pero aún así ésta era mínima... ¡mínima! Intentó guardar la compostura y pasó a su lado, rumbo al laboratorio, sin siquiera tomarse la molestia de reparar en él. Sabía que iba a estar segura en el lugar al que se dirigía, incluso al estar rodeada de reactivos que podrían deformarle la piel al más mínimo contacto.
Cualquier cosa era mejor que estar cerca de Antonio.
—¿Aún me odias, Lovi?
Quedó estática, su deseo la hizo voltear y encontró los ojos de él llenos de arrepentimiento, tal como la última vez. Sintió desfallecer, más prontamente se llenó de ira, a su mente llegaron todos los malos momentos que vivió luego de lo que Antonio le había hecho. Endureció el semblante y lo miró con asco. Acomodó sobre su pecho la carpeta que llevaba y giró, retomando su camino.
—No ha habido día en que no me arrepienta de lo que hice —musitó, al tiempo que caminaba tras ella.
—Mientes tan mal, bastardo, tan mal.
El hombre la hizo girar sobre sí, tomándole luego el rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo a los ojos, los mismos ojos verdes que habían perdido todo su brillo característico.
—Mírame —exigió apenas—, mírame a los ojos y fíjate si en verdad estoy mintiéndote tan descaradamente como dices.
Su pulso se disparó, sus orbes se cristalizaron y el nudo en su garganta aumentó su tamaño... se preguntó por qué hacía todo eso. Sintió que no podía más, en cualquier segundo rompería la máscara de dureza que con tanto esfuerzo había creado, sus lágrimas la delatarían y expondría cada uno de sus sentimientos.
—Suéltame —habló en un hilo de voz, pero decidida—. Tengo mucho trabajo por hacer.
—La última vez que te dejé ir, me arrepentí dieciocho años.
—¡Debiste haberlo pensado antes de engañarme, maldición! —no pudo seguir conteniendo sus emociones, las lágrimas corrieron como caudales. Maldijo, pues no quería que más encima la viera con el maquillaje corrido… a su juicio eso daba un aspecto aún más deprimente—. Seguí perfectamente con mi vida y dudo que tú no lo hayas hecho. Podría jurar que tienes esposa y familia.
—Tú eres mi esposa, Lovina.
—No creí que fueras tan idiota. ¿Enserio no entendiste que devolverte el anillo daba por hecho de que todo había acabado? —se zafó bruscamente de él y limpió sus lágrimas—. Escúchame bien bastardo; nunca te voy a perdonar por lo que me hiciste… ¡Nunca!
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—¡Hey! ¿A quién ves, Lovi? —preguntó con curiosidad a flor de piel una voz tras ella. La aludida dio un salto a causa del susto; estaba demasiado concentrada en su asunto.
—¡Me asustaste, demonios! —chilló con la mano en el pecho, tratando de calmar los latidos de su corazón—. Y no veo a nadie —bufó con voz baja, más la insistente mirada de su compañera la puso nerviosa.
—¿Por qué no te creo? —rió tontamente y se asomó a la pequeña ventana que tenía la puerta; alzó una ceja y volteó para ver a su interlocutora—. Creí que ayer habías dicho que preferías a los rubios —rompió en risas—. ¡¿Lo veías a él?! —gritó sólo para molestarla y reír de su expresión.
—¡Shhh! ¡Cállate Elizabeta, maldición, eres una escandalosa! —chilló.
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—Lovi…
—Ándate —ordenó—. Tengo mucho trabajo y me estás quitando el tiempo —musitó y sin más se alejó de él.
"…Me estás haciendo perder el tiempo"
Antonio sintió aquel lejano recuerdo en el cual la mujer que ahora se alejaba por el pasillo le había dicho lo mismo luego de una pelea. Al contrario de esa ocasión, las cosas ahora distaba mucho de solucionarse; si aquella vez estuvieron peleados un mes…
No quería ni pensar.
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No merezco perdón. ¡UN MES! Espero que alguien siga leyendo... o algo así. Eh, creo que no hace falta decir que de aquí en más comienza el drama y que va a quedar la crema cuando Antonio sepa que es papá. Prometo no demorar tanto para la próxima actualización.
¡Saludos!
