ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas a final de página.


IMBRANATO


SEIS

Alrededor de siete semanas luego de iniciado su nuevo trabajo en el hospital, comenzó a odiar los días miércoles. Si bien en un principio éste día era el que precisamente esperaba durante toda la semana; luego de lo ocurrido con cierto "bastardo español" su mente no encontró mejor salida que ocupar cada milisegundo de su tiempo libre para pensar en él. Y lo único a lo que atinaba a hacer en esos momentos era a insultar en italiano y jalarse el cabello… suerte para éste último que casi siempre lo traía sujeto —política del hospital—, si no ya para ese entonces ya se habría declarado tricotilomaniaca(1)

Hubiera sido ideal tener libre el sábado, o mejor aún, el domingo; de éste modo hubiera podido pasar más tiempo con su hijo y…

Suspiró pesadamente. Recordó que el "patatero alemán" que tenía por cuñado le había regañado por teléfono para que le diera mayor libertad a Adamo; bueno, no se lo dijo directamente… Felicia había llamado a su hermana, pues a Lovina claramente no le iba el rollo sentimental. Esa fue la instancia perfecta para pseudo-desahogarse y demostrarse preocupada por su hijo. En casi dos meses de clases Adamo jamás le habló de algún amigo… y es que él era todo lo contrario a ella; si bien sus personalidades eran parecidas, al adolescente no se le dificultaba relacionarse con las personas… como a su padre. A lo lejos escuchó la voz de Ludwig, reclamando ante el hecho de ser tan sobre-protectora. Y bueno, tenía razón; odiaba admitirlo. Si bien en ese momento gritó por el teléfono, causando que Felicia saltara debido al susto, las palabras del rubio permanecieron presentes en sus pensamientos.

Pero definitivamente era mejor pensar en su querido hijo que en… bueno, hasta pensar en su nombre la agotaba.

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—No quiero ir. Prefiero quedarme durmiendo. ¿Por qué tengo que ir? —alegó infantilmente, apelando a sus últimas cartas para desistir a la actividad escolar a la que era literalmente arrastrado.

—Porque, si no mal recuerdo, fuiste tú quien me ofreció como chaperona para el paseo que tienen en tu escuela —rodó los ojos y se pasó la mano por el cabello. Si bien parecía molesta por la situación, pues Adamo aún creía que ella gustaba de dormir y perder el tiempo durante su único día libre; los pasados acontecimientos no hicieron más que se sintiera aliviada al tener un panorama. Aunque eso sí, bajo ningún motivo se planteó el siquiera decirle a su hijo lo que le sucedía.

Adamo le había comentado apenas la noche anterior que su clase iría al campus de la universidad W... y que la había ofrecido como acompañante, claro. Era un hecho que como estudiantes del último año, muchos estarían interesados en la educación superior, ¿y qué mejor manera de motivar a los alumnos que un paseo por el campus de la mejor universidad del país?

Tomaba alrededor de una hora en automóvil llegar al recinto, aún así, Lovina suspiró pesadamente al recordar lo grande que era la universidad y lo mucho que tendría que caminar. Si bien mantendría su mente ocupada, físicamente acabaría destruida. Adiós día de descanso.

—Sería ilógico que fuera sola —musitó, caminando hasta el colegio, pues ahí subirían a uno de los autobuses con rumbo a W—. Además sé que planeas estudiar ahí y ni intentes negarlo; el otro día vi un folleto de la universidad sobre tu escritorio —sonrió suavemente al ver el rostro fruncido de su hijo al verse descubierto—. Y para finalizar, ésta es una buena oportunidad para que conozcas el campus.

Adamo gruñó; su mamá tenía razón. Además estaban a menos de media cuadra del colegio y no planeaba caminar de vuelta a su casa, al menos no con la flojera que lo embargaba. En ese sentido era igual a su mamá: un flojo casi sin remedio. Lovina le dio un empujoncito, incitándolo a ir con sus compañeros, en tanto ella se sentó junto al profesor —que dicho sea de paso, intentó en más de una ocasión iniciar una conversación con ella y no dejó de lanzarle miraditas que pronto comenzaron a hartarla—. Sobra decir que el trayecto se le hizo eterno.

En un momento simplemente ya no aguantó más y le dio un disimulado, pero efectivo codazo en las costillas. Y gracias al cielo que luego de eso el molesto docente la dejó en paz.

En la entrada del campus los esperaba una mujer de cabello cano y un jovencito que aparentaba más o menos veintidós años. Lovina identificó a la mujer como la antigua decano de la facultad donde ella había estudiado. No pudo evitar hacer una mueca… enserio creía que la señora Dossoli ya estaba muerta.

La decano de la facultad de medicina dio la bienvenida a los aspirantes a la universidad W y tras un breve pero conciso discurso, dio paso a que el estudiante sirviera de guía en el tour por el campus. Los adolescentes parecieron extasiados ante la belleza del lugar, apenas y parecía una universidad; estaba tapizado por árboles y flores y cada facultad tenía un toque casi hogareño. Lovina se llenó de buenos recuerdos y no pudo evitar sonreír.

Suerte para ella que el salido profesor de su hijo se mantuvo a la cabeza del grupo, acompañado del universitario. Ella por su parte caminó hasta atrás, vigilando de tanto en tanto que ninguno de los chiquillos se alejara… y es que con adolescentes la cosa siempre es medio complicada.

No pudo evitar relajarse nada más al ver que Adamo se codeaba amistosamente con un grupo de sus compañeros, sobre todo con una chica rubia que a ratos parecía hostigarlo… inmediatamente alzó una ceja y frunció el cejo ante lo que veía; Adamo no le había comentado sobre una posible amiguita-acosadora, aunque bueno, a decir verdad en el último tiempo apenas y hablaban y eso la desanimó… siempre había sido muy unida a su hijo y no deseaba cambiar eso.

El recorrido comenzó con la visita a la laguna que albergaba patos y cisnes. A pesar de ser una laguna con todas las de la ley —dígase, el agua tan negra que parecía estancada—, no había mal olor y las aves podían nadar tranquilamente en ella. El guía pareció notar la desilusión de muchos al no encontrarse con un estanque de aguas cristalinas por lo que inmediatamente agregó a su discurso que el mismo hecho que las aves estuvieran ahí hacía que el agua tuviera ese aspecto y que a pesar de que para nosotros era claramente nociva, para ellas, el agua era tan buena como para nosotros lo es la que está llena de cloro.

Oh sí, ironías de la vida. Todo depende del punto de vista.

Siguieron caminando y de rebote alcanzó a escuchar que el universitario decía que lamentablemente no se iba a poder ingresar al edificio de anatomía, pues durante todo el día se efectuarían exámenes ahí y no sería agradable que alguien demasiado sensible viera cuerpos siendo mutilados. Lovina observó largamente el edificio de aspecto tétrico. Recordó que odiaba tener clases ahí, pues al estar los cadáveres en el subterráneo —además de edificio de anatomía, también era conocido como la morgue de la universidad—, calefacción era una palabra prohibida. ¡Para qué hablar de esos horribles días de invierno! Simplemente horrible. Además que el olor a formalina(2) podía sentirse en la puerta de entrada y… no era agradable.

Por si fuera poco, había una sección que hacía de museo. Si eras de la universidad nada más debías presentar tu carnet de estudiante, al contrario de los "extranjeros" que debían pagar una módica cuota —30 céntimos—. Pero hasta ella sintió colapsar a finales de su segundo año cuando ingresó al lugar y vio la cantidad de cadáveres preservados; algunos de ellos con una etiqueta que señalaba la causa de muerte. Y no que ella se considerara inmune a ese tipo de impresiones, sin embargo durante su primer año había permanecido rodeada de cadáveres y debía tener cierto aguante, ¿no?

Pero bueno, mejor así.

No escuchaba las interminables frases del guía; estaba completamente sumida en la cantidad de recuerdos que cada uno de esos rincones ofrecía. Luego de graduarse, claro que pensó en algún día volver a recorrer a su alma máter(3), mas jamás pensó que lo haría tanto tiempo después. Tan sumida estaba en sus pensamientos que no se percató de que cada vez quedaba más y más atrás del grupo, así mismo, sobresaltó estrepitosamente al sentir un par de delgados brazos rodear su cuerpo.

Su grito quedó estancado en su garganta al ver una mata de cabello rubio.

—¡Me alegra muchísimo que estés aquí! —chilló la rubia, aún sin soltarla.

—Meg, si me sueltas podré respirar, maldición.

Sus palabras tuvieron efecto inmediato. Marguerite tomó distancia prudente de su amiga y sonrió tan afectuosamente como siempre luego de acomodar sus gafas de montura fina. Lovina notó el bolso que portaba y su ropa semi-formal; rápidamente supuso que recientemente habría estado haciendo clases, o algo así y que ahora debía dirigirse a su dormitorio, pues el edificio de profesores estaba en la entrada. Hasta cierto punto se sintió como una vaga; como sabía que iba a caminar mucho, había optado por ropa cómoda y zapatillas deportivas, aunque claro, su buen gusto siempre se mantuvo a flote. Pero si se comparaba en ese momento con Marguerite...

—Sigues igual —siguió—. ¡Ha pasado tanto tiempo!

—Pero si nos vimos hace poco —hizo una mueca, rememorando la ocasión en que junto a Elizabeta habían ido a un pub a recordar viejos tiempos.

—Veinte años sin ver a una amiga deja una huella muy profunda —fingió ofensa. Ladeó la cabeza y no pudo evitar el gritito de sorpresa al divisar que un adolescente se acercaba a la italiana con un rostro casi inexpresivo. Lovina se removió incómoda.

—Es…

—¿Pasa algo, Adamo? —con una rápida mirada, la italiana obligó a la canadiense a mantener silencio, no decir ni una sola palabra y/o emitir cualquier gesto. Suerte para ella que entendió en el acto. El adolescente se mantuvo ajeno a las significativas miradas.

—Sólo quería decirte que vamos a entrar a esa facultad —señaló justo frente a él, un edificio que tenía el verdadero esqueleto de una ballena como ornamentación—. ¿Vienes?

—En un minuto. Adelántate, ¿sí? Per favore. Tengo que conversar un par de cosas.

Al adolescente no le quedó otra opción que acatar las palabras de su madre y con un último vistazo se adentró junto a sus compañeros a la facultad de ciencias biológicas y oceanográficas. Marguerite sintió atropellar las palabras, mas esperó a que el escolar estuviera lo suficientemente lejos antes de, literalmente, explotar a causa del asombro.

—¡Ese niño es un calco de Antonio!

—Lo sé.

—¿Lo sé? —pareció indignarse—. ¿Cómo puedes verlo todos los días y no pensar en él?

El semblante de Lovina automáticamente ensombreció. La canadiense se incomodó; no dimensionó sus palabras y el ambiente se volvió sumamente tenso. Marguerite quería que se abriera un hoyo para que literalmente fuera tragada por la tierra. Era casi obvio que Lovina pensaba en Antonio cada vez que miraba a su hijo, pero no debió haberlo dicho de esa forma…

—Disculpa, yo no...

—No te preocupes —interrumpió las palabras de la rubia—. Y, no sé —hizo una mueca—. Tienen personalidades distintas, eso ayuda bastante.

—¡Lovi! ¡Meg!

Una alegre voz se escuchó a lo lejos. La persona que en cuestión las llamaría de esa forma era solo una. Ambas mujeres se deleitaron con la apariencia de su amiga; el vestido negro que portaba Elizabeta le quedaba a la perfección. Prontamente la alegría de la húngara aminoró hasta su totalidad al percatarse del ambiente que enfrascaba a sus ex-compañeras de habitación; es decir, en Lovina era común su rostro de eterno mal humor, sin embargo Marguerite era harina de otro costal.

—¿Qué pasa?

—Dije algo estúpido —se apresuró a decir la canadiense, incómoda. Lovina sonrió levemente.

—No te preocupes por eso, enserio.

Elizabeta optó por ignorar el ambiente denso que se había cimentado. Su sexto sentido le indicó que Antonio definitivamente tenía que ver en ello… de una u otra forma siempre acababan hablando de él y, al igual que a Lovina, el constante tema comenzaba a molestarle.

—Qué sorpresa es verte por aquí —prefirió cambiar el tema—. Aunque tampoco es muy común que yo esté aquí.

—Supe que hoy ponían el primer ladrillo de la nueva facultad —siguió Marguerite—, al parecer es todo un evento.

—Y que lo digas. Gilbert me arrastró hasta aquí —bufó—. Tuve que cancelar todas las citas que tenía —musitó con pesar, aunque éste no le duró demasiado tiempo. Si bien adoraba su trabajo, no le desagradaba del todo el no ver bocas con dientes cariados durante todo un día—. Por cierto, Lovina —su semblante se tornó serio—. Gilbert vio a Adamo y…

—Pero si tu jamás lo has visto… ¿cómo…?

—Es igual a Antonio, Lovi —remarcó lo obvio. Suspiró—. Te juro que no sé cómo lo vio, digo, estaba como a cien metros de distancia. Le dije que sólo podía tratarse de un increíble parecido, nada más… por suerte no tiene cómo probar que él es su hijo. Y ni creo que lo piense, de hecho.

—¿Pero y-y q-qué pasó? ¿Me vio a mí también? —inquirió nerviosa. Sabía que el atolondrado de Gilbert no se quedaría tranquilo con sólo ver a Adamo de lejos… y que acertada había sido en su deducción.

—Por suerte no, pero ya lo conoces —se removió incómoda—. Apenas lo vio, Gilbert corrió hasta él y casi gritó en la cara que era como la versión adolescente de su amigo Antonio. Adamo hizo una mueca de indiferencia, y dijo que era curioso, pues su padre biológico se llamaba igual y sin más se fue —suspiró—. Gilbert no es tonto, Lovi… se dio cuenta de inmediato y de hecho está como en shock. Tratará de buscar pruebas y…

—Ah, sí —rió de medio lado, sarcasmo a flor de piel—. Adamo tiene la capacidad de impresionar a la gente —miró a Marguerite y esta se removió incómoda—. Pero bueno, supongo que no se puede evitar para siempre.

—Es realmente impresionante… el parecido que tienen.

—Salvo por el color del cabello.

—Eso me recuerda a algo que dijiste hace muchos años —comenzó Marguerite de manera jocosa—. ¿Recuerdan? Cuando te acompañé —señaló a Lovina— a la enfermería para que Salvatore te diera un test de embarazo —rió—. Recuerdo a la perfección que Eli gritó que tu hijo tendría el cabello castaño claro y ojos verdes.

—¡Es cierto! —corroboró la italiana y luego miró burlona a Elizabeta—. Siempre has sido una maldita bruja.

—Sólo pensé en que un niño así sería lindo —se encogió de hombros—. Y acerté —mofó, contagiando a sus amigas.

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(1)Manía de arrancarse el cabello.

(2) Líquido apestoso que se usa para preservar cadáveres.

(3) Se llama así a la universidad que te da los conocimientos para llegar a ser un profesional. Es un tecnicismo.

Me inspiré en la universidad en la que estudio para describir eso de la laguna con cisnes y patos, el edificio de anatomía y lo del esqueleto de ballena. Una vez un compañero (ebrio) se puso a dormir en la boca... ¡Es gigante! y eh... lo de anatomía es cierto, perturbadoramente cierto.

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¿Adivinen quien se puso a hacer las tareas(?) y se puso a escribir en vez de estudiar cálculo III? Oh sí, lo bueno de necesitar poca nota. Juro que NO dejaré esta historia, me encanta escribirla y de hecho, ya hasta me permití escribir alrededor de seis hojas de word de lo que sucederá más adelante, y como soy tan buena, les voy a dejar un pequeño adelanto:

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—¿Más amigos?

—Apenas un par. Si bien mantenía una relación más o menos cordial con casi todos mis compañeros (no, no iba decirle que más de uno sintió lo pesada que en verdad podía llegar a ser su mano), me hice amiga sólo de dos personas: Sakura y Emily. También está Arthur, pero él estudió leyes.

—¿Y qué pasó con ellos?

—Hasta donde supe, Sakura se casó y vive en Grecia con su familia; de Emily no tengo idea, y a Arthur lo vi el día que vine a firmar el contrato de arrendamiento; es el abogado del dueño.

—Ah —guardó silencio por largo rato, ¿o fueron sólo unos segundos? Para cuando se dio cuenta, la curiosa mirada de su madre estaba sobre él. Adamo se removió incómodo. ¿Hacer o no hacer la pregunta? ¿Qué tan mal podía reaccionar la mujer frente a él? Sopesó todas las posibilidades a mil por segundo. ¿Qué era lo peor que podía pasar?—. Y… —comenzó, intentando sonar desinteresado—. ¿Cómo conociste a Antonio?

—Oh…

¿Oh? ¡Esa no era la respuesta que esperaba, maldición! Frunció levemente los labios, esperando cualquier tipo de reacción por parte de su progenitora.

—Un día lo vi en la cafetería a lo lejos y me pareció un chico lindo —hizo una mueca—. Pasó el tiempo y no le di relevancia, pero un día lo encontré en la biblioteca y me quedé espiándolo. Elizabeta se dio cuenta de lo que estaba haciendo y rió a carcajadas y gracias a eso el bastardo se dio cuenta. Luego me enteré que era amigo de Gilbert; habían estado en el mismo colegio.

—O sea que si no fuera por el raro ese, nunca lo habrías conocido.

—Sí, es bastante probable.

No quiso seguir con el tema. No quería saber la verdadera razón por la cual su papá no estaba con él; sólo le hacía falta rememorar las lágrimas de su madre, hace muchos años. Él siempre se dio cuenta de todo lo que pasaba a su alrededor y bajo ninguna circunstancia quería hacer pasar un mal rato a la mujer que le dio la vida. Siempre habían sido él y ella y el conocer ahora a su padre biológico no tenía por qué cambiar las cosas, iban a seguir siendo solo él y ella, aunque sonara reiterativo. Se puso de pie y, aludiendo a que tenía que seguir estudiando, caminó directo a su habitación, dejando sobre la mesa del comedor el vaso ya sin jugo. Lovina emitió un largo suspiro y masajeó sus ojos; nunca pensó que hablar de Antonio frente a su hijo la iba a agotar tanto.

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¿Me merezco un chocolate por subir seguido y más encima con adelanto? ¿No? Okay :( si igual sé que me merezco sufrir por tardarme tanto. Ahora bien, la otra semana estoy LLENA de examenes, de lunes hasta el martes de la semana siguiente, así que por obvias razones no subiré capítulo. Pero apenas pueda lo haré; si ya lo tengo más o menos por la mitad, y la idea está en mi cabeza. Estará escrito desde el punto de vista de Francis y eh... no sé, ¿notaron a la niña rubia que acosa a Adamo? jijij, atentas a ella.

¡Saludos!