ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas a final de página.


IMBRANATO


FRANCIS 2

Dio un último vistazo en el espejo, procurando estar lo más deslumbrante posible —¡vamos! ¡Que es el jefe de todo eso!—, antes de finalmente salir de su casa, subir a su auto de última generación y tomar rumbo a la universidad W. Siendo ésta una institución tan prestigiosa, no se perdía motivo para celebrar a lo grande. El proyecto a manos de la constructora Chassier S.A. iba viento en popa y precisamente ese día habría un pequeño cocktel para conmemorar la primera piedra de la nueva facultad de Ciencias de la Tierra. Y aunque saltaba a la vista que la edificación no sería de ladrillo o algo similar, era más bien un acto simbólico.

Phillipe Bonnefoy había pedido asistir a los decanos de todas las facultades de la universidad, así como a los jefes de departamento de las carreras que serían llevadas a dicha nueva facultad, dígase, geografía, ingeniería civil en minas y geofísica . También invitó a los altos cargos de la constructora, y por supuesto que eso incluía a su ex esposa. Francis masajeó sus sienes al vaticinar una pelea, aunque lo más probable era que sus padres se limitaran sólo a lanzar comentarios ácidos, pues la situación era demasiado pública como para ser expuesto.

Gilbert le había comentado que asistiría en compañía de su bella esposa, el francés no tuvo inconveniente con ello; ver a Elizabeta podía alegrar la vista de cualquiera. Y aunque sabía que la llevaría para escuchar halagos sobre el cómo había podido casarse con semejante mujer, bueno, en realidad no le molestaba.

Una de las ventajas del ser el hijo del rector era tener plena libertad de poder entrar al campus con su auto, algo que los alumnos tenían terminantemente prohibido. Aunque era cierto que algunos docentes brindaban a sus hijos la tarjeta que los autorizaba a ingresar a las instalaciones, bueno, ese era un tema aparte. Al guardia de la entrada apenas le tomó un segundo reconocerlo; enseguida presionó el botón para mover el portón corredizo y darle acceso al campus. Francis estacionó y procuró estar impecable antes de bajar de su auto… ¡Tal vez nada más al bajar podía encontrarse con el amor de su vida! Tenía que ser precavido. Acomodó su saco por encima de la elegante camisa y avanzó con paso seguro hasta el pomposo salón usado comúnmente por los alumnos de todas las carreras para efectuar su defensa de la tesis de grado.

La recordaba a la perfección, y de hecho no había cambiado ni en lo más mínimo. El pequeño escenario del fondo, acompañado de un estrado con micrófono fueron la cuna de sus pesadillas por más tiempo del necesario. Enserio, ¿alguien no se sentiría incómodo si tuviera que exponer sobre un tema complejo que posiblemente —y de hecho era lo más probable— tus profesores evaluadores se encargarían de destruir a base de preguntas demasiado elaboradas?

Casi todas las sillas del salón habían sido sacadas y en su lugar había un par de mesas llenas de copas y uno que otro florero a modo de ornamentación.

Los invitados no tardaron en llegar. Phillipe tomó la palabra y Francis no lo escuchó, estaba más preocupado por simplemente irse y dormir un poco. Con todo el trabajo que llevaba encima apenas y lo había podido hacer, y él necesitaba sus ocho horas diarias, ¿o es que enserio la gente pensaba que se veía así de bien por obra y gracia del espíritu santo? A lo lejos vio a Gilbert de la mano de su bellísima esposa… "bastardo con suerte" refunfuñó por lo bajo el francés, y no dudó un segundo en acercarse a su amigo una vez su padre finalizara con el aburrido discurso por el cual habían sido reunidos… Blablablá.

Por raro que parezca, bueno sí, en realidad era RARÍSIMO, Gilbert no estaba pavoneándose de sus logros como siempre hacía; muy por el contrario, estaba callado, serio y pensativo… casi ni se dio cuenta del hombre que le coqueteaba descaradamente a su esposa, justo a su lado. Francis elevó una ceja y le tocó un hombro para llamar su atención.

—¿Todo bien, Gilbert?

—Perfectamente —rió tan estrepitosamente como acostumbrada. Elizabeta rodó los ojos; el albino siempre debía ser tan… efusivo—. ¿Por qué lo preguntas?

—Sólo digamos que me llama la atención verte tan tranquilo —mofó—. ¿Qué tanto estabas pensando, mon amour?

—Las manos donde pueda verlas, Francis —asaltó imponente la voz de Elizabeta, cortando de lleno las palabras de su hasta entonces interlocutor. El francés rió divertido al tiempo que elevaba sus manos hasta dejarlas completamente expuestas.

—Soy inocente hasta que se demuestre lo contrario, cherié.

Por única respuesta, la húngara lo taladró con la mirada. Gilbert, harto de la tonta discusión, se apartó con su amigo hasta la mesa donde un camarero estaba sirviendo vino en copas. Ambos cogieron una y caminaron hasta una ventana para así apreciar de paso el encantador paisaje de la universidad.

—Acabo de ver a un niño con la misma cara de Toño —comenzó el albino. El rubio prestó inmediata atención a sus palabras—. Es enserio Fran… el mocoso era un calco de él… ¿y sabes qué pensé?

—Gilbert, mide tus palabras… hay mucha gente que se parece entre sí y no tienen ningún tipo de relación.

—Eso ya lo sé —bufó—. El tipo tenía acento americano… o algo así. Pero no pude evitar recordar cuando Toño nos contaba sus pesadillas.

—¿La del niño que lloraba desconsoladamente en sus brazos?

—¿Cuál otra si no? —frunció los labios y bebió un poco de vino—. Podríamos juntarnos un día de estos, en tu casa, por ejemplo… hace mucho que no vamos por un par de cervezas como en los viejos tiempos. ¿Sabes cuánto odio el maldito vino?

—¿Entonces por qué lo estás bebiendo?

—Porque no hay otra cosa —refunfuñó por lo bajo, maldiciendo a su amigo por ser francés y su gusto por el fermentado de uva que había adquirido de su padre—. ¿Pero y…? ¿Qué me dices?

—Me suena bastante tentador, mon ami, pero no podrá ser sino hasta la próxima semana —pasó una mano por su cabeza y también aprovechó de dar un sorbo a su copa—. Este fin de semana se lo debo a Alexis.

—Creí que ya no tenías contacto con la loca de tu ex esposa.

—Y así es —suspiró—. Pero mi hija es otra historia. Sabes que la adoro a pesar de todos los problemas que he tenido con Katherine.

—Bueno, tendrá que ser otro día entonces.

—No te desanimes, Gilbo —no perdió oportunidad y abrazó a su amigo, dejando las manos más debajo de lo socialmente correcto—. Sabes que Antoine aceptará de inmediato la invitación, aún si está con Emma… sabes que ninguna mujer logrará separarnos.

—¡Las manos quietas! ¡Pervertido! —chilló escandalizado. Años y años de conocer al gabacho, aún así sabía que jamás se acostumbraría a sus muestras de "amour". Francis sólo atinó a reír de las visibles muecas del albino, pero no podía evitarlo… molestarlo era demasiado divertido, aunque sin duda su mayor deleite era molestar a Antonio; era tan despistado que nunca se daba cuenta de nada, muy por el contrario, su eterna sonrisa parecía aumentar conforme el "amor" se intensificaba.

Y Dios sabía que Antonio no era del tipo que disfrutara de las perversiones de los demás. Si a veces podía llegar a ser tan inocente como un niño.

Desvió su vista a la ventana en tanto esperaba a que se le pasara el enojo a Gilbert. Una mueca se hizo visible en su rostro al ver a lo lejos a Marguerite… lo cierto era que llevaba espiándola desde que nuevamente comenzó a frecuentar la universidad. Pero no se atrevía a hablarle, ¿cómo hacerlo después de tan horrible rompimiento? Menos ahora… aún cuando hirvió en celos al verla tan pegada a ese hombre de aspecto robusto. Apenas con un vistazo Gilbert se dio cuenta del malestar de su amigo y dejó de lado sus quejas.

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Lamentablemente él, como muchos, no se eximía de sus responsabilidades laborales. Y no, no todos los jefes hacían uso y abuso de su "poder". Aquel día se levantó más temprano que de costumbre; tenía un mal presentimiento que lo embargo apenas al abrir los ojos. Tal y como acostumbraba desde que iniciaron los trabajos en W, se dirigió a su oficina, ordenó un poco por aquí y por allá y a eso del medio día condujo alrededor de una hora para supervisar los trabajos y ver que todo avanzara según lo estipulado. Si bien podía limitarse y simplemente hacer una llamada al capataz, ¿quién le aseguraba que los trabajos iban bien encaminados?

Hombre precavido vale por dos, o al menos eso dicen.

Al llegar, lo último que esperó ver fue dos estudiantes llenos de magulladuras, siendo rodeados por los obreros y Gilbert; el albino podía ser muy responsable cuando se lo proponía y con éste desafío se estaba luciendo. Apenas se percato de la presencia de Francis, ordenó a los alumnos seguirlo hasta su auto y musitó un escueto "los llevaré al hospital". El francés pronto aludió que los seguiría en su propio auto.

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—¿Cómo demonios pasó esto? —chilló, colgado de desespero.

Se notaba angustiado, ¡y vaya que lo estaba! Lo ocurrido había sido netamente una negligencia humana y gracias a ello ahora estaban en el hospital. "¿Por qué mierda no sale algún médico?". Gilbert se sentía tan culpable como el francés por lo ocurrido. Francis pensó en que hablaría seriamente con su padre con respecto a los alumnos que albergaba la universidad. Según recordaba, en su época como universitario la disciplina era estricta y pudo jurar que él, a pesar de lo impertinente que llegó a ser muchas veces en su juventud, nunca se le hubiera ocurrido ir a una construcción. El ser estudiante de arquitectura no te libra de represalias.

—Estoy preocupado —soltó el albino luego de un rato de incómodo silencio—. ¿Qué haremos? Los padres de esos chicos nos pueden demandar y la empresa…

—Pensaremos en algo —le interrumpió. Tenía más que presente lo dicho por su colega y amigo; es más, desde lo ocurrido no pensaba en otra cosa. Se paseó de un lado a otro, sumiéndose en el olor a anestesia. Gruñó, siempre había tenido cierta repulsión a los hospitales.

Dentro, la acción de los profesionales era agitada; habían pasado de una tranquila y aburrida tarde a un ajetreado movimiento. Dicta la creencia que jamás puedes decir la palabra "tranquilidad" dentro de las instalaciones, pues esta es automáticamente interrumpida, como por arte de magia. Una de las secretarias mofó de decir la palabra, alegando que sólo se trataba de un tabú. ¿Coincidencia? Al menos los pacientes no presentaban mayores traumas; un brazo roto fue el peor panorama de la tarde.

Lovina se acomodó el delantal encima de su traje clínico de color verde y tras pedir a la enfermera que se hiciera cargo del papeleo, se dirigió a la sala de espera donde dos pares de ojos no pudieron disimular su sorpresa al verla. Rápidamente Gilbert relajó su semblante al ver el aparentemente tranquilo rostro de la médico, más el rubio que le acompañaba emitió un suave gorjeo antes de poder emitir palabra.

—¿Cómo están los mocosos? —se apresuró a preguntar Gilbert. Lovina, en un acto reflejo, miró hacia atrás y posteriormente encaró a ambos.

—Están bien. Pueden pasar a verlos si desean.

El alemán asintió con la cabeza, más no ingresó al box de emergencias; muy por el contrario, se sentó en una de las sillas de la sala de espera para luego soltar un suspiro de alivio.

—¿Hace cuánto trabajas aquí?

La aludida encaró al francés. El cabello rubio lo llevaba tan largo y elegantemente peinado como hiciera en su juventud, más sus ojos denotaban cierta frialdad que le incomodó. Ya no tenía ese vestigio de barba del cual tan orgulloso había estado en el pasado, y el traje pulcro que portaba la terminó de convencer que ya no estaba en presencia del mismo chiquillo que había conocido hace ya tantos años.

—Desde septiembre —musitó sin más—. Debo decir que me sorprende verte.

—No más que a mí. Te fuiste de un día para otro sin decir nada. Llegué a pensar que estabas muerta.

—Mhm… —gruñó y bajó la cabeza, avergonzada. Gilbert notó ello.

—Pueden buscar otra ocasión para ponerse al día, reclamar o lo que sea —frunció el ceño; no era su idea sumirse en recuerdos y acabar por omitir sus prioridades—. Fran, aún tenemos muchas cosas que hacer.

—Es cierto. ¿Ya pueden irse los alumnos?

—Sí —la italiana divisó la tabla que cargaba—. Solo hay uno que debe volver en cuatro semanas para que le quitemos el yeso del brazo.

Lovina escuchó maldecir al hombre, mas optó por ignorar el hecho. Prontamente les indicó que debían pasar a hablar con la secretaria para poner en cuenta que todo lo cubriría el seguro de la universidad. Fue el propio Francis quien se encargó de ello, en tanto Gilbert decidió guiar a los dos alumnos hasta su auto; el hijo del rector estaba demasiado ofuscado para su propio bien, por lo que decidió, por el bienestar de los dos jóvenes, llevarlos él al campus. No sabía si era prudente entrar así sin más al box de consultas… y si bien en su juventud destacó precisamente por su impertinencia, Elizabeta le había hecho mermar esa cualidad a punta de gritos y golpes. Llamó a Lovina y le pidió ir por los alumnos, en tanto vigilaba de cerca a Francis.

El gabacho escribió con letra pulcra en cada una de las formas. Pronto las dejó de lado y se masajeó los párpados. No pudo evitar preguntarse por qué Gilbert no había lucido impresionado al ver a Lovina luego de tantos años; tanto el albino como él habían tenido que soportar por mucho tiempo el malestar de Antonio… había estado destruido, completamente abatido por su situación y lo único que quería era hacer las paces con las italiana y que todo fuera como antes. Claro, les había contado el motivo de la separación… un desastre.

Francis no podía defender a su amigo, eso lo tenía más que claro; sin embargo lo apoyaba a pesar de todo. A pesar de actualmente estar saliendo con una buena y bella mujer sólo para intentar mantener su cabeza ocupada, a pesar de sólo usarla, lo apoyaba, y sabía que Gilbert también lo hacía. Después de todo, eso es lo que hacen los amigos, ¿no? Ah, y claro, golpearte cuando actúas de manera estúpida y atolondrada.

Giró para encontrarse con la atónita mirada rubí del albino. Pronto el francés imitó su gesto. Lovina maldijo al cielo y al infierno… a todos los dioses que conocía. "¡Con un demonio! ¡Ya quiten la cara de idiotas!" pensó desesperada en su fuero interno. Adamo, a su lado, permaneció indiferente a los dos hombres que parecían no poder quitarle la vista de encima, aunque sí reconoció al albino que le había gritado en el rostro. Acomodó su mochila en uno de sus hombros y avanzó tranquilamente hasta encontrarse justo enfrente de su madre.

—Hola mamma. ¿Nos vamos? ¿O todavía estás ocupada?

—En un segundo, Adamo —Lovina giró levemente para lanzar una mirada cargada de veneno a los dos hombres con los que había interaccionado minutos antes. Justo tenían que aparecer el día en que le pidió a su hijo pasar por ella al hospital para luego ir a comer a alguna parte y pasar tiempo juntos. "Bastados" maldijo en su mente.

A la par, Gilbert comenzó a hacer muecas de todo tipo, sabía que ese chiquillo tenía que estar relacionado por Antonio de una u otra forma, ¡si era obvio! Adamo era un maldito calco del mayor.

—¿Alguna otra sorpresita, cherie? —Francis no disimuló ni un poco su molestia, mucho menos reparó en la facciones interrogantes del adolescente. No había que ser un genio para sumar 1 + 1 y llegar a la inequívoca conclusión de que ese chiquillo era hijo de Antonio. Casi de inmediato pensó en la relación que tenía él con su hija; si bien no vivía con ella y la relación que mantenía con su madre era pésima, sabía de su existencia y podía ir a visitarla siempre que quisiera; pero Antonio no… Lovina le había ocultado algo de suma importancia.

Conociéndolo como lo conocía, sabía que el español se hubiera desvivido por ese niño desde el primer segundo, acunándolo, meciéndolo entre sus brazos, cantándole para que dejara de llorar. Lovina lo había privado de todo eso y más.

—No tengo por qué darte explicaciones, bastardo.

—Claro que no, ni a Gilbert. Pero estoy seguro que Antonio estará deseoso por un…

—¡Lo que hagas o dejes de hacer me importa una mierda! —gritó—. Haz lo que quieras, me tiene sin cuidado, maldición.

—Siempre tan mal hablada —siguió el rubio con cizaña—. Casi me alegra que Antonio se haya separado de ti, a pesar de lo mucho que sufrió. No le llegas ni a los talones a Emma.

—Já —mofó—. Es obvio que no has escuchado la otra parte de la historia.

—Mamma —llamó Adamo y los adultos se callaron en el acto. Con la mirada hostil que había heredado de Lovina, dejó helado a Francis. No entendía del todo lo que estaba ocurriendo, pero no iba a dejar que nadie tratara mal a su madre, menos si la conversación estaba en torno al padre que nunca hizo acto de presencia.

—¿No tienes deseos de conocer a tu padre? —inquirió Gilbert, sin dejar de lado la incomodidad por la reciente pelea. Adamo se limitó a fruncir los labios.

—No. No me interesa —espetó fríamente—. Por lo que entendí, él está en una relación, y saber de mí sólo le traería problemas.

—Pero es tu padre…

—¡Dije que no me interesa! —gritó. Ambos hombres quedaron petrificados con las frías palabras. Lovina abrazó a su hijo, aferrándolo a su pecho; había comenzado a temblar a causa de la rabia. Odió más que nunca al alemán y al francés frente a ella.

—No sé, ni me interesa saber con qué derecho creen que se pueden meter en nuestra vida. Lo único que les digo es que deberían meter el culo en asuntos qué si les incumban.

—Francis, vamos…

El aludido permaneció en silencio por unos segundos, intercambiando miradas de odio con la italiana sureña; por suerte los alumnos estaban en el auto de Gilbert y no habían escuchado la pelea… lo último que quería era comentarios al respecto; aún cuando no supieran bien de lo que hablaban, no sería agradable que a oídos de su padre llegue el comentario de que estuvo al borde de hacer un escándalo en el hospital. Frunció el ceño, sin abandonar su enfado y tras una última mirada al adolescente, hizo acto de salida junto al albino.

—Adamo… si quieres… yo…

—No mamma. No.

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Ámenme, odienme por ser una maldita floja y no estudiar, lo dejo a su criterio, pero simplemente ODIO estadística y odio a mi jefa de carrera por no dejarme seguir pateando el ramo :c

Pero bueno, a la historia. Quedó la crema, ¿o no? JA, espérense al siguiente capítulo *cofpeleacof* SIIIIIIIIIII por fin Antonio va a conocer a su hijo y de ahí en más quizás las historia avance algo lenta porque no me gusta forzar las cosas. Ahora bien, en mi perfil tengo una pregunta de suma importancia para esta historia:

¿Lovina debe perdonar a Antonio?

Lamentablemente sólo gente con cuenta puede votar, aunque bueno, quienes no tengan me lo pueden escribir en un review. Como comenté a varios mediante PM, en mi cabeza tengo las dos alternativas; eso sí, de antemano digo que el final YA está decidido.

Como dato extra, varios de mis amigos de la universidad me dijeron que Lovina NO debería perdonar a Antonio D:

Por cierto, Gilbert menciona que Adamo tiene acento, eso se debe a que vivió prácticamente toda su vida en Estados Unidos.

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Ahora me limitaré a los reviews de los usuarios que no tienen cuenta:

Lovi-Love: ups jajajaja me descubriste. Efectivamente me basé en mi querida universidad de Concepción para relatar ciertas cosillas (básicamente lo de la laguna con patos y cisnes, lo del edificio de anatomía y el esqueleto de la ballena). ¡Gracias por leer y comentar!

Gaby Wang: ¡no te mueras! Luego no podrás leer(?) jajaja. Como puse más arriba, en el siguiente capítulo se destapa la olla y queda la grande. ¡saludos!

Maya: Te juro que me alegra muchísimo que te guste la historia; me esfuerzo para que quede lo más realista posible. Sinceramente no me gustan las cosas que pasan "por arte de magia", es siempre mejor ir, como dicen, despacio por las piedras, pero con seguridad. Y sí, la niña es la hija de Francis. Por cierto, me sorprendió eso del "pobre español" y me atrevo a decir que eres de un país no no habla este idioma. ¿De dónde eres? :)

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Eso. ¡Saludos!