ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.


IMBRANATO


SIETE

Escuchar el despertador, pausarlo, que éste vuelva a sonar diez minutos después, volver a apagarlo, abrir los ojos, alarmado, ver que efectivamente está atrasado, ducharse a la velocidad de la luz y salir de su departamento con un par en la boca; así eran todas las mañanas de Antonio Fernández Carriedo. Muchas veces se preguntó cómo había conseguido un tan buen trabajo y más aún, el cómo aún no era despedido del mismo, pues siempre llegaba al menos quince minutos tarde y en la firma de abogados el jefe era muy estricto en cuanto a horarios y puntualidad.

Si tan solo no pasara cada noche en vela, intentando no soñar nuevamente con el bebé de siempre. Y no es que cada noche tuviera pesadillas, no, el asunto era que cada vez que la tenía, al día siguiente se sentía en extremo desanimado y el mundo parecía ponerse de acuerdo para preguntarle cada cinco minutos si estaba enfermo o algo así. Alegre por naturaleza, no podía culpar a la gente por preocuparse, ¿no?

Casi al borde de comenzar a sudar, se dejó caer sobre la cómoda silla tras su escritorio, se quitó el saco y desacomodó solo un poco su corbata… no vaya a ser cosa que su jefe justo tocara a su puerta... el tiempo debía alcanzarle para volverla a posicionar en su pulcro lugar. María entró a su oficina, sin tomarse la molestia por llamar antes. Antonio rodó los ojos, más que acostumbrado por la actitud de su hermana menor y dispuso a encender su computador y avanzar un poco con la investigación de sus casos, así como ver el material que había recopilado su secretaria.

—Antonio…

—Dime.

—¿Estás peleado con Paulo?

Solo entonces prestó atención a las palabras. Frunció el ceño al recordar la molesta actitud que había adoptado el mayor para con él. Paulo siempre había tenido un carácter difícil de llevar, casi a la par con Lovina; tal vez por eso habían congeniado tan bien desde el primer momento y tal vez por eso su hermano le había comentado en una oportunidad —luego de la desastrosa separación— que él nunca se habría siquiera atrevido a hacerla sentir mal. Por bastante tiempo desquitó su propia frustración con su hermano… podía ser ingenuo, pero nunca tanto y apenas un segundo le había bastado para comprender que él igual la quería.

Fijó sus ojos en los verdes de su hermana, tan comunes en su familia y apenas se limitó a negar con la cabeza y esbozar una tonta sonrisa, esas que parecían abundar en toda su esencia.

—No, pero ya sabes cómo es —se encogió de hombros, simulando indiferencia—. Le hablas un poco y si no le gusta el tono de tu voz, te agrede el resto de la velada.

—Es verdad —suspiró. Dio la impresión que iba a decirle algo más a su hermano, sin embargo justo en ese momento su secretaria le llamó para corroborar unas cosas; Antonio agradeció al cielo la interrupción de esa mujer, no que le desagradara estar con su hermana, al contrario; quisquillosa y todo la adoraba, pero no quería seguir ahondando en el tema de Paulo.

Gracias a la puerta entreabierta, pudo ver como María era literalmente apabullada por una ruma de papeles que debía revisar… Antonio rió divertido ante la situación de su hermanita, sin embargo sus risas mermaron cuando su secretaria hizo acto de presencia en su oficina, con una pila de papeles quizás más grande que la de la menor de los Fernández Carriedo.

El karma, siempre a la orden del día; sobre todo si se trataba de él.

A regañadientes dispuso a revisar los documentos. Quien había hecho circular el rumor que ser abogado era sólo gritar "objeción" en los juicios era sin lugar a dudas un idiota que no sabía nada de la vida.

A eso de las una de la tarde, María, como siempre, lo sacó de su oficina y fueron a comer a un restaurante cerca del bufete. Intercambiaron un par de palabras, la menor espantó con su mirada a cada mujer que se atreviera a ver a su querido hermano y sin más regresaron. Apenas y se tardaron cuarenta y cinco minutos entre ir y volver. En más de una ocasión, Antonio se preguntó el por qué María no iba a su casa a la hora de colación y pasaba un tiempo con sus hijos… la excusa de: "si te dejara solo, acabarías por desaparecer; estás tan flaco que apenas y puedes verte si te poner de costado" no lo dejaba de convencer.

¡Además él no estaba flaco! Nunca había sido especialmente vanidoso, eso se lo dejaba a sus amigos Gilbert y Francis, pero hacía ejercicio y estaba en muy buena forma… lo único que había cambiado en él era que ya no comía tanto como antes.

Volvió a revolver los papeles… la pila parecía no querer desaparecer, por más formas que revisara. Abatido, dejó caer su cabeza sobre el escritorio… en ese momento se le antojó un redondo y rojo tomate. El cielo sabía cuánto amaba los tomates, si parecía que éstos eran la respuesta a todos sus problemas… por ejemplo, cuando peleaba con Lovina, siempre que se reconciliaban comían un tomate, y es que ella era quizás la única persona que compartía su amor por el vegetal (1)

Frunció los labios al saberse nuevamente pensando en la italiana. ¿Es que acaso su mente no podía simplemente omitirla? Sintió resquebrajar su alma al pensar en el episodio ocurrido en el pasillo del hospital; si no fuera por Gilbert, tal vez nunca se hubiera enterado que ella estaba de vuelta. Lovina, su linda Lovina… la había extrañado tanto todos esos años y ahora que nuevamente la veía, ésta lo rechazaba. Aunque no era para menos, después de lo que había hecho…

Y si bien todo había sido a causa del alcohol, quien a fin de cuentas había actuado era no otro sino él. ¡La extrañaba tanto! No pudo evitar ver su rostro en el de esa mujer que no conocía de nada.

Pero lo hecho, hecho está.

El ruido de su teléfono celular lo sacó de sus cavilaciones; sonrió al ver que se trataba de Gilbert. Éste lo invitaba para ir a por unas copas el próximo fin de semana, advirtiéndole de paso que no hiciera planes, ni siquiera con la preciosa Emma. Antonio rió y confirmó su asistencia, hace mucho que no se juntaba con sus amigos. Del otro lado de la línea escuchó un forcejeo y un par de maldiciones en francés, supo entonces que el albino estaba en compañía de —dígase de paso— un alterado Francis, que no dudó en arrebatar el teléfono a su amigo y comenzar a metafóricamente vomitar todo lo que sabía.

Cuando Gilbert le llamó, las últimas palabras que pensó escuchar fueron las justas. Antonio sintió sudar y temblar la mano con la que cargaba el celular. Quedó sin habla. Al otro lado de la línea, el albino parecía empeñado en gritarle para hacerle reaccionar y de paso regañaba al francés por su falta de tacto al decir algo tan delicado. Antonio comenzó a reír de pronto, tan exageradamente que quedó de manifiesto su nerviosismo. Gilbert continuó con sus gritos, bufando luego a que esa no había sido la mejor instancia para comunicarle ello. Justo a su lado, Francis siguió gritando que mientras antes se supiera la verdad, mejor.

El español se limitó a colgar la llamada y luego perder la mirada en algún punto de la pared. Necesitaba con urgencia asimilar las cosas.

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Lovina despidió sonriente al pequeño paciente que le habían asignado. Siempre se dijo que niños y patinetas no era compatibles, pero tal parecía que aún había padres que no entendían aquella sencilla ecuación. Rió al recordar que el niño pareció más que feliz ante el hecho de que su pierna, ahora con un yeso, le impediría ir a clases por cuatro semanas. Caminó hasta la recepción para que las secretarias archivaran el caso en el registro del hospital y, tranquilamente caminó hasta la cafetería, necesitaba algo caliente para mermar el repentino frío que había sentido.

No pudo evitar recordar a Arthur y la fascinación que éste tenía por el té. Si hasta recordó que estuvo al borde de las lágrimas para cuando para su cumpleaños, la italiana le regalara —luego de buscar por cielo, mar y tierra— unas aromáticas y exóticas hierbas de la India. Tranquilamente echó unas gotas de endulzante a la infusión en tanto esperaba que la cajera le diera el cambio.

—¿Por qué no me dijiste?

Su pulso se aceleró al reconocer la voz, esa voz profunda que tanto le gustaba. Tratando de aparentar tranquilidad, caminó para alejarse de Antonio. Prefirió ignorarlo. Verlo le era difícil, más sabiendo que no podía simplemente abrazarlo y besarlo; no después de lo que había hecho. Aferró con fuerza el vaso con el té caliente y siguió su camino.

—¡Te hice una pregunta! —rugió el español, enojado como jamás en la vida. Se acercó a ella y le tomó el brazo, obligándola a darle el frente. Claro que de paso, alrededor de la mitad de la infusión acabó en el suelo y otro tanto en la mano femenina. Lovina trató de reprimir la mueca de dolor.

—¿Qué quieres, Antonio?

—¡Es mi hijo! ¡Maldita sea! —clamó rabioso, ignorante del dolor que estaba sintiendo la italiana en la mano—. Es mi hijo y me lo has negado todo este tiempo. ¡Casi veinte años!

—¡Adamo nunca tuvo interés en preguntar por ti! —soltó llena de resentimiento, separándose del agarre Antonio—. No soy tan mala clase como crees, bastardo. Si MI hijo hubiera preguntado por su papá le hubiera dicho la verdad. Pero ni siquiera ahora que estás en la misma ciudad que él se anima a verte, ¿sabes por qué? —expuso llena de rabia—. Porque no le interesas, porque puede vivir perfectamente sin ti. ¿O enserio crees que le tengo prohibido comunicarse contigo? ¡Con lo fácil que es, maldición!

—No creeré en tus palabras sino hasta que él mismo lo diga.

—Cree lo que quieras, maldito idiota —hizo una breve pausa y luego esbozó una sonrisa cargada de ironía—. ¿Qué piensas decirle cuando te pregunte por qué no le viste crecer? —el silencio y la mueca angustiada de Antonio fue suficiente deleite para ella—. ¡Anda! ¡Búscalo! Si quieres te voy mi dirección y el nombre del colegio al que va.

—Lovina…

La mujer nuevamente lo ignoró y siguió su camino. Antonio la siguió, ya sin la rabia de por medio, ahora la incertidumbre brotaba por cada uno de sus poros. La fémina tenía razón, él tenía todas las de perder en esa situación. No podía asegurar si Lovina había o no llenado de ideas la cabeza de su hijo, pero el sólo pensarlo lo aterraba más de lo humanamente posible.

—Fue un error.

—¿Eso es todo lo que tienes para defenderte? Me das asco.

—¡Te busqué! —gritó—. Estaba loco de pena. ¡Pregúntale a Elizabeta o a cualquiera! No te dirán lo contrario.

—No me interesa.

—Lovi… —la aludida fingió no escucharlo—. Dame una oportunidad.

—El día en que Adamo te perdone, tal vez pensaré en hacerlo.

—Pero él me odiará cuando…

—Cuando sepa —volteó para encararlo— que su mamá viajó al otro lado del mundo para decirle a su papá que estaba embarazada de dos meses y ¡oh! Sorpresa; lo encontró en la cama con otra mujer apenas un mes luego de su matrimonio.

—¿Por eso… viajaste? —su voz tembló, se sintió peor que nunca. En un ágil movimiento la abrazó, inmovilizándola y tomó oportunidad para apoyar su cabeza en el hombro de ella—. Te extraño, te extraño muchísimo.

—S-suéltame —su réplica apenas sonó como una súplica—. Suéltame b-bastardo, ¡m-maldición!

—No —negó con la cabeza—. Si lo hago volverás a irte.

—Tienes una novia a quien abrazar y hacer todo lo que quieras.

—Pero yo te quiero a ti… a ti —la abrazó con mayor fuerza—. ¿No te acuerdas, Lovi? —comenzó, desesperado—. Yo siempre quise formar una familia contigo, estar contigo... ¿lo recuerdas?

¡Claro que lo recordaba! A su mente llegó la escena de él y ella comprando un vestido para el primer cumpleaños de la hija de Gilbert y Elizabeta. Antonio se había sorprendido al verla tan feliz rodeada de tantos artículos para bebés; el hispano había aprovechado la oportunidad para decirle lo lindo que sería si ambos tuvieran un hijo y formaran una familia. Lovina ruborizó furiosamente y tras insultarlo por su falta de sentido común, alegó a que mejor se enfocara en estudiar y lograr ser un profesional. Lo que ella nunca vio fue el rostro desilusionado de su entonces novio, mucho menos supo que el llegar a tener una familia estable fue la mayor motivación que tuvo para convertirse finalmente en abogado.

Irónicamente, cuando la italiana por fin iba a darle la familia que él siempre quiso...

—¡Pero no es justo para ella! —reclamó, ya no pudiendo contener las lágrimas. Antonio notó eso y se separó de ella—. Ni para mí.

¿Cómo decirle que sintió celos de esa mujer apenas supo de su existencia? Se ponía verde nada más al pensar en la tal Emma y en que era ahora ella a quien Antonio prestaba su total atención. ¿Tendría su misma personalidad? En más de una ocasión escuchó decir de los tontos amigos de él que parecía tener especial afecto por las "fierecillas". Pero aún con toda la rabia que sintiera, no podía permitir ella que sufriera de la misma forma, no podía ser tan egoísta. Bajó la cabeza y fijó los ojos en el suelo; en el pasado se había convencido del hecho de que nada era más humillante que la gente te viera llorar, sobre todo si había una pelea de por medio

Mamma

Lovina sintió como si de pronto le faltase el aire, Antonio reaccionó de la misma manera; ambos giraron mecánicamente hasta finalmente encarar al joven de diecisiete años. La italiana corrió a abrazarlo y derramó un par de lágrimas sobre su hombro, en tanto el español permaneció en shock… él era su hijo, SU HIJO; se parecía tanto a él que era imposible negar cualquier tipo de parentesco. Ya Gilbert le había comentado la enorme similitud; no podía ser otro sino él.

Al igual que su madre, Adamo era incapaz de comprender los sentimientos de pena y dolor de los demás. Aunque él igual estaba conmocionado y el mismo hecho no lo dejaba pensar con claridad. Las palabras no fueron necesarias para hacerle comprender que ese hombre de ojos verdes era su padre biológico. Aferró el cuerpo de Lovina al propio y la obligó a caminar para alejarse de Antonio; con algo de suerte el español no los seguiría y podrían encerrarse en alguna parte antes de que el mayor reaccionara.

El haber olvidado la llave del departamento sobre el escritorio fue lo único que lo había llevado al hospital. Maldijo en su mente al pensar en que simplemente debió haberse limitado a molestar al conserje para conseguir una copia, de ese modo hubiera evitado el desagradable encuentro.

Mentiría si dijera que no sentía curiosidad por saber lo que realmente había pasado, conocer tanto la versión de su mamá como la de… no se sentía cómodo llamándolo papá, así mismo el sólo escuchar su nombre lo ponía de mal humor. Sin embargo a pesar de la curiosidad, confiaba plenamente en el criterio de su madre y si Lovina había decidido que era mejor alejarse de Antonio…

La italiana hizo alusión a una fuerte jaqueca para excusarse con su jefe y de éste modo ir a su casa. Claro que madre e hijo procuraron salir por atrás, para así evitar otra confrontación.

El trayecto al departamento se hizo en el más absoluto silencio, Lovina se sentía incapaz de ver a Adamo lo a los ojos, y si bien el adolescente parecía tan normal como siempre, sabía que lo acontecido lo había marcado de algún modo. Después de todo, no todos los días vez a tu versión adulta en el pasillo de un hospital… que para colmo de males, resulta ser tu padre biológico.

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Esa tarde se caracterizó por la clásica llovizna de otoño. Adamo yacía sentado cerca de la ventana, viendo como las gotas que impactaban contra ésta y haciendo tontas competencias entre cuál de ellas llegaba primero a cierto punto. Lovina suspiró angustiada. Cualquier adolescente en su posición habría explotado ante la noticia; pero él no.

—¿Tienes tarea?

—No.

El silencio asaltó nuevamente. Desde que había entrado a trabajar, la mujer tenía muy poco tiempo para su hijo, a veces alcanzaba a conversar con él por las tardes y si bien en su día libre le daba prioridad a su descanso, igualmente pasaba tiempo con Adamo… sin embargo, después de lo ocurrido…

—¡¿No vas a decirme nada, maldición?! —chilló, colgada de desespero.

—¿Debería? —preguntó sin verdadero interés y sin apartar sus ojos verdes de la ventana.

—Conociste a tu papá… y hace rato que estoy esperado alguna reacción de tu parte; incluso insultos. Cualquier cosa. Adamo, per favore —musitó afligida.

—Si no se interesó en mí todo este tiempo, dudo que lo haga ahora —se puso de pie y encaró a la italiana sureña—. Conocerlo no cambia mi modo de ver las cosas. Sigo siendo el mismo, sólo que ahora sé que por ahí hay un tipo igual a mi —se encogió de hombros—. Nada más.

—Sí quieres hablar con él, puedo…

—No me interesa, mamma. Enserio que no me interesa.

—La oferta sigue en pié… por si…

—¡Dije que no, mamma! —por fin llegó su turno de gritar. Acto seguido caminó con paso seguro hasta su habitación y dio un portazo que resonó por todo el departamento. Lovina sintió como nuevamente sus ojos la traicionaban y se inundaban en lágrimas. Abatida, se dejó caer sobre el sofá y lloró desconsoladamente. Sabía, sabía que ese día tarde o temprano iba a llegar, pero a todas luces hubiera preferido que Adamo estallara desde el principio y no se limitara a encerrarse en su habitación, clamando por ignorar a cada ser viviente que lo rodeara.

Lo último que quería era ver sufrir a su hijo, él era todo lo que tenía en el mundo y la felicidad de él era la suya; sus llantos, sus alegrías, sus miedos e inseguridades. A duras penas y luego de un buen rato, supo incorporarse y caminar hasta su habitación. Luego tomó su teléfono celular y llamó a la única persona que sabía podría consolarla hasta que cayera finalmente dormida por el llanto.

—F-Felicia —musitó apenas a través del aparato color negro—. Te necesito, sorella…

Todo el rencor que alguna vez sintió por Antonio se multiplicó por mil. Se dijo firmemente que a ella podía hacerle lo que quisiera, pero si tocaba a su hijo… otra era la historia.

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(1) Ante la controversia de si es fruta o vegetal, la Corte Suprema de los Estados Unidos decidió en el 1893 que el tomate es legalmente un vegetal.

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¿Adivinen qué? Lo tenía escrito... ¡Y LO BORRÉ! IMPULSO DE IDIOTEZ ELEVADO AL INFINITO D': estudiar algo relacionado con la salud es perjudicial para la salud, inevitablemente acabas: loco, sin pelo por el estrés, con lentes, etc...

Respecto a la historia; si bien pensé en hacer más eh... ¿violenta? la pelea, no quise hacer a Antonio demasiado agresivo, pues creí que me quedaría OC y si bien la situación lo amerita, no sé... me cuesta imaginar a Toño tan... violento e.e bueno, no sé que más decir. En estos momentos siento el cerebro frito y aún me queda estudiar para el martes y ah :'( certamen de 3 horas, eso es MALDAD!

Aún está abierta la encuesta. ¿Que me dicen de Antonio y su "súper excusa" en lo personal yo lo mato :)

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Gaby Wang: no te mueras nunca Gaby jajajaja :') y gracias, aunque las gracias te las debería dar yo a ti por leer y comentar.

Lovi-Love: jajaj sí, fue inevitable poner algunas cosillas de la UdeC. Te juro que AMO el spamano, pero odio a Antonio en esta historia, o no sé, no, la verdad no lo odio, pero sí le daría una patada en el lindo traserito suyo... pero de esas patadas que sientes que te violan, cachai? xD Inevitablemento me dan ganas de hacer que todo se arregle mágicamente y escribir una escena ultra fluff spamano, pero mi sentido común me dice: NO CTM, NO y sufro y askdljasd ;_;

EmmaDei: nueva lectora :') ohh, creo que a mi me daría flojera leer los 9 capítulos de corrido jajaja aunque se agradece que lo hayas hecho y de paso comentado. Respecto a lo otro estoy totalmente de acuerdo contigo: una cosa es perdonar, la otra olvidar. ¡Saludos!

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¿SABÍAS QUÉ...?

*Lovina y Antonio se casaron en agosto. Elizabeta y Gilbert se casaron el mismo año, pero en diciembre.

*Elizabeta tenía 23 años cuando se embarazó. Lovina por el contrario tenía 25 cuando lo hizo.

*La niña rubia que "acosa" a Adamo es Alexis, la hija de Francis.

*La edad de Lovina en la historia es 42 años. Así mismo Antonio, Gilbert y Francis tienen 43 años, Elizabeta 44 años y Marguerite 39 años.

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Ya, les dejo esos por ahora, hay muchos más que me gustaría poner, pero sería spoiler y no, eso no es asombroso. Ahora YO me voy a DORMIRRRRRRRRRRRRRRRR y luego encerrarme a estudiar :(

¡Saludos!