ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.


IMBRANATO


OCHO

Tal y como vaticinó, la visita express de su hermana menor le sentó de maravillas, y claro que había llorado hasta caer dormida sobre su regazo, sin embargo al contrario de lo que pensó en primera instancia, Felicia aún seguía con ella cuando despertó; estaba ahí, justo a su lado, abrazándola tal y como cuando eran niñas y la menor tenía miedo… de hecho, era exactamente igual a cuando eran infantes, pues Lovina nunca la abrazó, pese a que su conciencia siempre la obligó a hacerlo. Simplemente no iba con su personalidad eso de ser afectuosa.

Felicia ordenó a su hermana quedarse en cama y descansar en tanto ella iba a la cocina para preparar el almuerzo. Toda réplica fue callada de manera abrupta cuando la menor de las Vargas musitó que había llamado al hospital y había dicho que Lovina estaba incapacitada para ir a trabajar por ese día. Por supuesto que Lovina se enojó ante el atrevimiento de Felicia, mas muy en el fondo agradeció el hecho de poder estar un tanto más en medio de sus sábanas.

Hace tiempo alguien le había dicho que la almohada era el mejor psicólogo, esperaba que eso fuera verdad. Tenía que pensar seriamente en qué hacer con su hijo, el cómo actuar de ahora en más y por sobre todas las cosas, tenía que evitar abrumarlo respecto a la situación. Para su desgracia, Adamo tenía su personalidad y por lo mismo sabía que presionándolo no iba a lograr nada bueno. Suspiró.

Su teléfono celular sonó y no dudó en contestar al ver que se trataba de Elizabeta. La húngara se había enterado de lo sucedido —¡y cómo no, con el lengua floja que tiene por marido!— y le preguntó cómo estaba. Lovina suspiró pesadamente antes de relatar a grandes rasgos lo que había ocurrido luego de eso, incluida la aparición de Antonio, la reacción de Adamo y la presencia de Felicia. Supo que Elizabeta estaba furiosa para con Gilbert, nada más había que prestar atención en el tono de su voz. Lo que no se esperó fue que la húngara le ofreciera ir a su casa luego del trabajo.

Felicia interrumpió en la habitación, obligando a su hermana a cortar la conversación telefónica. Lovina se puso de pie, notando recién que aún portaba la ropa del día anterior y se tensó de pies a cabeza al pensar que tendría que enfrentar a su hijo luego de la pseudo pelea de ayer. Por supuesto que se descolocó al ver que Adamo se comportaba como siempre… ni un rastro de resentimiento en su voz. Rápidamente supuso que Felicia había tenido que ver en ello.

Sonrió.

Comentó que por la tarde iría a la casa de una amiga y le preguntó a su hijo si gustaba de acompañarla, claro, luego de que sus clases finalizaran. El adolescente se encogió de hombros, no agradándole, pero tampoco rechazando la invitación.

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Debió admitir que pasar la tarde en compañía de Elizabeta había sido mejor de lo que esperaba. Si bien en un comienzo se mantuvo reacia a ir ante el inevitable hecho de encontrarse frente a frente con Gilbert, bueno, tampoco iba a dejar que una pequeñez como esa le impidiera ver a su amiga. Eso sí, lo único que realmente lamentó era que Marguerite no iba a poder ir.

Por otro lado, por fin conocería al hijo menor de la húngara, y quién sabe, podría ser amigo de Adamo en un futuro no tan lejano... aunque la personalidad de ambos les impidió sociabilizar abiertamente. Aunque por casualidades de la vida ambos estaban en el mismo colegio… tal vez ahí podían fomentar su relación.

Lovina en ningún momento mermó ni disimuló su desagrado ante el dueño de casa, no luego del desastroso encuentro que había tenido con Antonio, por su culpa. Suficientemente mal se había sentido y quería dejárselo más que en claro. Lamentablemente el gusto le duró poco, pues el albino finalmente optó por encerrarse en su habitación, a la par con un adolescente berrinchudo.

El resto de la tarde sí fue amena para ambas partes. Degustaron el pastel que Lovina había comprado antes de llegar y a regañadientes regresó a Roma con su hijo.

—Ese tipo es raro. Su hijo es raro —refunfuñó Adamo al tiempo que sacaba la jarra con jugo del refrigerador y se servía un poco—. Aunque la mujer es linda, igual que su hija… o al menos es muy fotogénica.

—Vaya, vaya —la italiana alzó una ceja y no pudo reprimir una risilla—. Por lo visto he criado a un desvergonzado —mofó—. Elizabeta es mayor que yo y Julchen ya tiene quien la defienda.

—Eso ya lo sé, sólo estaba dando mi punto de vista —dejó su chaqueta sobre una silla y se sentó en el sofá más próximo—. El raro tiene buen gusto.

—¿Raro?

—No me puedes negar que lo es. ¡Se pasea por su casa con un pollo en la cabeza, mamma!

—Cierto —rió suavemente—. Pero créeme que si lo hubieras conocido antes, cambiarías completamente tu visión de él. El patatero era un desastre. Cambió muchísimo en todos estos años. Antes era insoportable.

—Mamma, ¿qué estudió él?

—Ingeniería civil.

—Perfecto, lo anotaré para si alguna vez se me pasa por la cabeza estudiar eso. Entonces recordaré al loco egocéntrico del pollo y buscaré otra cosa.

—Ahora que lo mencionas, nunca me has dicho lo que te gustaría estudiar —le vio con reproche—. Tienes que ponerte al día, las cosas aquí no son como en Estados Unidos. Deberías tomarte un año sabático o algo así.

—No he pensado en eso —dio un largo suspiro—. Mamma, si tía Elizabeta estudió odontología, el raro ingeniería civil y tu medicina, ¿cómo se conocieron? El campus es gigante y seguro tiene muchísimos estudiantes.

—Ah —sonrió al evocar los recuerdos—. A Eli la conocí el primer día de clases porque compartimos habitación —al ver la confusión en las facciones de su hijo, prosiguió—. Cómo pudiste comprobar, la universidad W está alejada de la ciudad, por lo mismo se decidió adoptar la costumbre estadounidense y se construyeron internados alrededor del campus… —se sentó en uno de los sofás y sacó sus zapatos—. Por ese entonces era, si no me equivoco, el tercer año de Elizabeta en la universidad y su compañera ya se había graduado, así que me asignaron con ella —explicó con simpleza.

—¿Y el raro?

—A él también lo conocí el primer día de clases. Estaba medio perdida y le pregunté a la primera persona que se me cruzó dónde quedaba el aula. Como el patatero siempre destacó por lo idiota, no supo responderme y llegué media hora tarde. De ahí no lo volví a ver sino hasta el año siguiente. En la universidad hay algo que se llama electivo y, como el nombre dice, los puedes tomar si quieres. Gilbert y yo tomamos el mismo y por fuerza tuvimos que afianzar nuestra relación cuando tuvimos que hacer un trabajo juntos —suspiró—. Él tenía una pésima reputación y no precisamente respecto a su desempeño académico.

—No entiendo.

—Es que… —tardó un poco en encontrar las palabras—. Hijo, tu lo viste, eso de pasearse con un pollo en la cabeza no es algo reciente. Además siempre fue muy excéntrico y gritón. Nunca pasaba desapercibido, ni siquiera en medio de multitudes.

—¿Estás inventando?

—Te juro que no —frotó sus sienes al rememorar los gritos de "soy asombroso" del egocéntrico albino—. Aunque con el tiempo la gente se acostumbró.

—¿Pero esa era la razón por la cual te incomodaba hacer el trabajo con él? ¿O porque era el hermano del esposo de tía Felicia?

—Yo nunca dije eso.

—Simplemente até cabos —espetó con simpleza. La mujer bufó.

—Sí, bueno, es cierto que el mastodonte ese nunca ha sido santo de mi devoción. Pero al final su hermano resultó ser un excelente compañero; hicimos un trabajo muy bueno. De ahí en más comíamos juntos cada vez que coincidíamos en la cafetería —gruñó por lo bajo—, más bien, cada vez que me encontraba con Eli en la cafetería, el bastardo narcisista aparecía de la nada y se sentaba con nosotras.

—Oh… ¿quién iba a decir que el raro tenía un pasado tan… alocado?

—Todos tenemos etapas.

—¿Hasta tu?

—Ese es otro tema, jovencito.

—Pff, excusas —mofó—. Mejor cuéntame de tus otros amigos.

—Bueno, pero sólo te diré un poco sobre algunos. A ver… a Marguerite la conociste ese día que fuimos a W; ella es psicóloga y la conocí porque también compartí habitación con ella. Como Eli se embarazó en su penúltimo año, creyó prudente irse de la universidad por dos años: uno para cuidar de su embarazo y otro para criar a Julchen; entonces Meg ingresó a la universidad y como estaba sola, la asignaron a mi habitación. A pesar del raro primer encuentro, supimos limar asperezas y pronto nos hicimos amigas.

—El sujeto rubio de la otra vez, el que estaba con el raro en el hospital —Lovina sintió revolver su estómago ante el desagradable recuerdo—. ¿También es tu amigo? Me dio la impresión que te conocía.

—No. Francis siempre me pareció insufrible; la persona más desesperante que jamás conocí. Pero así y todo se hizo novio de Meg y no me quedó otra opción que soportarlo. Sin embargo nunca pude tener una conversación seria con él.

—Raro.

—Lo sé.

—¿Más amigos?

—Apenas un par más —se encogió de hombros—. Si bien mantenía una relación más o menos cordial con casi todos mis compañeros (no, no iba decirle que a más de uno sintió lo pesada que en verdad podía llegar a ser su mano) me hice amiga sólo de dos personas: Sakura y Emily. También está Arthur, pero él estudió leyes.

—¿Y qué pasó con ellos?

—Hasta donde supe, Sakura se casó y vive en Grecia con su familia; de Emily no tengo idea y la verdad ni se me había pasado por la mente preguntarle a Meg sobre ella —al ver la duda en las facciones de su hijo, musitó—: son gemelas. Ah, y a Arthur lo vi el día que vine a firmar el contrato de arrendamiento; es el abogado del dueño.

—Ah —guardó silencio por largo rato, ¿o fueron sólo unos segundos? Para cuando se dio cuenta, la curiosa mirada de su madre estaba sobre él. Adamo se removió incómodo. ¿Hacer o no hacer la pregunta? ¿Qué tan mal podía reaccionar la mujer frente a él? Sopesó todas las posibilidades a mil por segundo. ¿Qué era lo peor que podía pasar?—. Y… —comenzó, intentando sonar desinteresado—. ¿Cómo conociste a Antonio?

—Oh…

¿Oh? ¡Esa no era la respuesta que esperaba! Frunció levemente los labios, esperando cualquier tipo de reacción por parte de su progenitora.

—Un día lo vi en la cafetería a lo lejos y me pareció un chico lindo —hizo una mueca, intentando disimular la vergüenza que la embargó al estar relatando eso a su hijo—. Pasó el tiempo y no le di relevancia, pero un día lo encontré en la biblioteca y me quedé espiándolo. Elizabeta se dio cuenta de lo que estaba haciendo y rió a carcajadas y gracias a eso el bastardo se dio cuenta. Luego me enteré que era amigo de Gilbert; habían estado en el mismo colegio.

—O sea que si no fuera por el raro, nunca lo habrías conocido.

—Sí, es bastante probable.

No quiso seguir con el tema. No quería saber la verdadera razón por la cual su papá no estaba con él; sólo le hacía falta rememorar las lágrimas de su madre, hace muchos años. Él siempre se dio cuenta de todo lo que pasaba a su alrededor y bajo ninguna circunstancia quería hacer pasar un mal rato a la mujer. Siempre habían sido él y ella y el conocer ahora a su padre biológico no tenía por qué cambiar las cosas, iban a seguir siendo solo los dos. Se puso de pie y, aludiendo a que tenía que estudiar, caminó directo a su habitación, dejando sobre la mesa del comedor el vaso ya sin jugo. Lovina emitió un largo suspiro y masajeó sus ojos; nunca pensó que hablar de Antonio frente a su hijo la iba a agotar tanto.

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¡Hey, Lovi! ¡Espérame!

¡No me llames como a un perro, bastardo! —gruñó al escucharlo y detuvo sus pasos para encararlo—. ¿Qué demonios quieres?

Lovi, cuando te enojas te pones roja como un tomatito fusososo.

¡Eres un maldito retrasado! —chilló y lo empujó para abrirse paso. Antonio calmó sus risas y caminó parsimonioso junto a la italiana. Revolvió en su mochila y sacó un tomate que no dudó en ofrecerle; sabía que a la chica le encantaban.

¿Acaso lo envenenaste? —inquirió, más sin dejarle tiempo de responder, pues ya le había dado una mordida al vegetal. Antonio sólo sonrió, tan tontamente que hasta parecía lindo. Lovina desvió la cabeza, avergonzada ante su pensamiento.

¿Quieres salir conmigo, Lovi? No digo que éste fin de semana, a lo mejor estás muy ocupada con tus materias, pero no sé, ¿tal vez cuando ya estés más relajada?

¿Qué te hace pensar que voy a salir con un bastardo con cabeza de tomate?

No sé. Pero no pierdo nada con intentar. Además podríamos aprovechar la ocasión para que me digas por qué te gusta espiarme… ¡Auch! Me dolió, Lovi.

Si dejas de hablar estupideces aceptaré salir contigo, ¡maldición!

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Suspiró.

Algunas cosas es mejor dejarlas en el pasado. No obstante, algunos recuerdos eran inevitables.

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Desde el 07/05 que estoy de vacaciones de invierno (oh sí, aprobé todo. Ser nerd, como dice mi hermano mayor, ayuda en la universidad jajajaj) así que me pondré a escribir para tener caps listos, porque el segundo semestre se viene HORROROSO así que... eso.

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mi sensual nombr: jjaja creo que tus palabras son las mismas que vengo escuchando hace mil, pero bueno, supongo que es inevitable. ¡Gracias por leer y comentar! No sabía que el vocalista se llama Germán o.o a veces me da por buscar música y no investigo a los músicos... aunque estamos de acuerdo en que su voz es asdsjdlkasldas jajaja

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¡Saludos!