ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.


IMBRANATO


RECUERDOS

Despertó, apenas por la suave caricia propinada en su espalda. Se removió un poco y se aferró al cálido cuerpo que estaba a su lado. Antonio rió suavemente y Lovina frunció el ceño… ¡ella quería seguir durmiendo! El español acentuó su risa, al tiempo que acomodaba el delgado cuerpo de su novia sobre su regazo. Le dio un beso en la frente y la contempló largo rato. Suspiró pesadamente al pensar en lo efímeras que se harían sus vacaciones de verano… cada vez que estaba con la italiana, sus deseos de regresar a Estados Unidos aminoraban más y más.

¿Por qué tantas risitas, bastardo? —inquirió la fémina de mal humor, reacia a abrir los ojos.

Estoy feliz porque por fin estamos juntos, porque te acabas de graduar y ahora sí podemos jugar al médico y al paciente sin que sea ilegal fusososo~

¡Eres un pervertido! —chilló, con un rojo furioso en las mejillas. Tomó la almohada que estaba más próxima a su cuerpo y la estampó en el rostro del español. Antonio sólo acentuó aún más sus risas. En un rápido movimiento, dejó a Lovina bajo su cuerpo y sin más repartió besos por el cuello de ella.

¿Recuerdas cuando nos conocimos, Lovi? —habló entre besos, ignorando de paso las leves quejas de la sureña.

No tienes porque recordar cosas vergonzosas, bastardo, maldición.

Si quieres hablar de cosas vergonzosas, podría ser de la primera vez que nos dimos un beso.

¿NOS? —gruñó apartándolo—. ¡Me robaste un beso! Maldito pervertido.

Lovi, fuiste cruel —hizo una mueca e inevitablemente se llevó una mano a la mejilla—. Todavía me duele la cara cuando recuerdo el golpe que me diste… ¡y enfrente de todos!

Fue tu culpa —gruñó.

Pero si mi memoria no me falla… tú fuiste la que luego me buscó —rió. Lovina volvió a sonrojar y apartó la mirada, avergonzada.

Lovi —siguió Antonio tornando seria su voz—. Sabes que pronto debo regresar a Estados Unidos, ¿verdad?

La fémina sintió como la angustia la invadía de pies a cabeza. Por un momento había olvidado que la estadía de Antonio en Italia era apenas pasajera; estar junto a él tenía el efecto casi mágico de hacerle olvidar todo a su alrededor.

Lo sé —musitó apenas en un susurro.

He estado pensando… —mordió su labio y clavó sus ojos verdes en los ámbares de ella, apenas por un segundo, luego se sentó, de modo que su espalda quedó apoyada contra el respaldo de la cama—. Y creo que es mejor que ya no seamos novios.

La sensación de ser cubierta por un desajustado balde con agua fría no tardó en apoderarse de ella. Sabía… debió haber esperado algo como ello. Pero una parte de ella no pudo evitar preguntarse el por qué Antonio le decía eso ahora y no cuando recién había partido al continente americano, hace dos años. Gruñó por lo bajo, reacia a dejarse amedrentar por las palabras.

Es lo mejor —dijo, luchando para que el nudo de su garganta no interfiriera con su habitual tono de voz.

Lo pensé muchísimo —siguió—, vaya que lo hice y esto me pareció lo más sano —suspiró—. No creo equivocarme al decir que sufriremos menos si tomamos las cosas de éste modo.

Para ese entonces ya no pudo seguir conteniendo sus emociones, las lágrimas afloraron como caudales, invadiendo su rostro en cuestión de segundos. ¿La acalorada noche anterior había sido la forma de despedirse del español? Lovina gruñó, en parte sintiéndose utilizada y engañada ante tantas promesas que quedarían en el olvido.

Lovi… —se giró para verla y la abrazó, contacto que la aludida no pudo rechazar, sino todo lo contrario—. Eres una de las mejores cosas que me pudo haber pasado en la vida, contigo… contigo maduré, aprendí tantas cosas, por ti, sólo por ti, porque te amo, te amo más que a nada en el mundo. Dejarte es lo último que hubiera deseado para nosotros. Pero lo he pensado por mucho tiempo y me considero egoísta al tenerte aquí, esperándome. Por eso…

Antonio, no sigas hablando… maldición…

Sin previo aviso, él se separó de ella y salió de la cama, teniendo la precaución de cubrirse con una sábana. Lovina se sintió peor que nunca, ¿enserio pensaba irse así sin más? Le vio recoger su ropa y las lágrimas salieron con mayor fuerza, aunque en silencio… no permitiría que Antonio la viera tan destruida. Se acomodó en la cama, dándole la espalda y apenas sintió cuando el español retornó a la cama. Tampoco le tomó importancia a cuando le tomó la mano… sólo lo hizo cuando sintió algo frío deslizarse por uno de sus dedos.

¿Te casarías conmigo?

Miles de emociones se apoderaron de ella en ese momento, pero sin duda la que primaba era la felicidad. ¿Siempre debía ser tan adorable? "Sí", le respondió la vocecilla en su cabeza, sin siquiera meditar la respuesta. Nuevas lágrimas se apoderaron de su rostro, más sus facciones se habían acomodado en una torpe sonrisa que no lograba coordinar debido a la emoción del momento. Vio el anillo, un flamante anillo de oro blanco con pequeñas piedras de esmeralda. Su mandíbula comenzó a temblar, no podía coordinarse para musitar su respuesta; a lo único que atinó fue a seguir llorando. Antonio, por el contrario, comenzó a inquietarse al no recibir respuesta de la italiana. Sólo la veía ahí, mutada por la pregunta.

Habían sido muchas emociones en tan poco tiempo. Acarició el rostro de ella en un fino roce, acto al que la italiana reaccionó de inmediato. Lo abrazó con tanta fuerza como pudo, en un impulso que casi los hace acabar en el suelo.

Idiota —murmulló entre sollozos—. ¡Eres un maldito idiota! ¡Maldición!

Tras tantos años de conocerla… Antonio había aprendido a leer el lenguaje corporal de Lovina. Sabía que ella no era buena con las palabras, mucho menos le gustaba exteriorizar lo que sentía... pero lo tenía fuertemente abrazado por el cuello mientras lloraba. Sonrió. Esa era suficiente respuesta para él.

¿Eso es un sí, Lovi?

Eres un idiota, bastardo —bufó afligida.

Oh, esperaba que me dijeras algo así como: "este es uno de los días más felices de mi vida" —le imitó con voz sumamente aguda, ante lo que recibió un golpe en el pecho—. Pero me lo merezco —musitó adolorido.

Pensé lo peor —confesó avergonzada—. Ahora seguro mis ojos están hinchadísimos —gruñó—. ¿Pretendes que la gente me vea así, maldición?

Siempre puedes ponerte una bolsa en la cabeza, preciosa.

Estás volviendo desastroso un momento maravilloso, bastardo.

Bien, bien —rió alegremente—, no más comentarios estúpidos —corrió los mechones que entorpecían el rostro de Lovina y besó suavemente sus labios—. Ti amo.

Mi piace —sonrió—. ¿Cómo se te ocurrió la idea de pedirme matrimonio? —inquirió, luego desviando sus orbes al flamante anillo que reposaba en su dedo.

La verdad es que Gilbert me dio un amago de idea luego de que dijo que le había pedido Elizabeta que fuera a vivir con él, pero… lo pensé mucho, no podía pedirte lo mismo porque no quiero algo inestable… mucho menos quiero separarme de ti, no otra vez —la abrazó con mayor fuerza y besó su cabeza—. Así que luego de mucho meditar y con ayuda de mi papá, me decidí y él me ayudó a escoger el anillo —rió.

Es muy bonito —quiso seguir hablando, pero la emoción hacía que le costara trabajo emitir frases coherentes—. Yo… no sé que más decir —admitió avergonzada.

No te preocupes por eso —besó su frente.

.

.

.

Tiempo sin verte.

Esas palabras le hicieron estremecer; había reconocido de manera inmediata la fuente de aquella suave voz. Una ola de emociones lo embargó de pies a cabeza, todo aquello que había reprimido había salido a flote en cosa de segundos. Volteó a verla, traía un sencillo vestido verde que le hacía lucir encantadora y por sobre todo preciosa. El nudo en su garganta no tardó en aparecer.

Hola, Elizabeta.

Gilbert —bajó la cabeza, intimidada por la profunda mirada del albino—. ¿Cómo has estado?

¿Cómo crees? —respondió de manera brusca—. Lo siento —se excusó casi al instante—. Sabes cómo me tiene esta situación.

Lo siento, sólo quería hablar contigo —fijó sus ojos en el suelo—. Últimamente sólo hablamos de Julchen… —musitó al aire, acto seguido hizo amago de retirarse.

No me dejes —rogó. A la húngara se le estrujó el pecho ante tal petición; se limitó a asentir con la cabeza y acercarse más a él.

¿Sabes a qué se debe todo esto? —comenzó el albino, tratando de iniciar una conversación casual.

Supongo que es por Antonio —volteó a mirar al español que tenía abrazada a una extrañamente tranquila italiana—. Después de todo, sólo viene por las vacaciones de verano y seguramente quería vernos.

Cierto.

¿Qué tal las cosas en San Marino? —cambió el tema.

No puedo quejarme —se encogió de hombros—, es casi todo lo que siempre soñé.

Me alegro mucho por ti —susurró—. ¿Y tú casa…?

Departamento —corrigió—. Y… se siente solo.

La húngara apenas y pudo con la angustia que la cubrió de pies a cabeza; la situación era muy incómoda. El cielo era el mudo testigo de cuánto extrañaba a Gilbert, así mismo era el único que sabía de lo arrepentida que estaba al no haber aceptado su propuesta para irse a vivir con él y vivir en familia junto a su hija. Pero habían sido demasiadas cosas en tan poco tiempo… Elizabeta apenas había terminado la universidad y Julchen, de dos años, por fin se había acostumbrado a la presencia de desconocidos y no rompía a llorar, además de los mil y un problemas que se agigantaron sólo en su mente… se sintió incapaz de decirle que sí en ese momento.

No era como si sólo se cambiaran a un departamento cerca de su casa, era en otra ciudad, cerca de la capital para ser más específicos. No podía alejarse tan de pronto de sus padres, que tanto la habían apoyado con el asunto de su embarazo. Sintió que no podía simplemente dejarlos para irse con Gilbert. El miedo la embargó de pies a cabeza.

Te extraño —soltó por fin Elizabeta.

El albino iba a responderle, pero fue interrumpido por el español que pidió la atención de todos, ayudándose de una copa que golpeó suavemente con una cuchara. El jardín no tardó en sumirse en silencio, centrando toda su atención en Antonio.

Primero que nada —sonrió—, quiero darles las gracias por haber venido, a pesar de lo apresurado del asunto. Gracias, de verdad —infló su pecho, tomando una bocana de aire en el acto—. Tal vez se preguntarán el porqué de la invitación. Como una de las razones, está quizás la más obvia, lo cual involucra el hecho de haber querido verlos después de tanto tiempo; saben que las llamadas por internet no son lo mismo. Pero, no sólo los reuní sólo por eso.

Tomó nuevamente una gran bocanada de aire antes de proseguir. Vio a los presentes uno por uno: su familia, la familia de Lovina, sus amigos, y sonrió ampliamente al contemplar todo lo que había logrado en esos largos años.

Hijo, ¿ocurre algo malo? —inquirió Francisca, preocupada.

Ve~ ¿estás embarazada, sorella? —asaltó la chillona voz de Felicia. Lovina sonrojó furiosamente y no escatimó en mandar a callar a su hermana de la forma en que sólo ella podía; de paso, trató de ignorar la palidez que se había apoderado de los rostros de su padre y de la madre de Antonio.

Stai zitto, Felicia! Cazzo! —rugió la italiana. Antonio rió entre dientes, tratando de relajar a su novia.

No Feli, no es eso —comentó amablemente.

Si Lovina no está embarazada —comenzó Francis, perspicaz—, ¿entonces qué sucede, Antoine?

Eso es precisamente lo que voy a rebelar ahora —sonrió con suficiencia, tomando la mano de la italiana, dejando a plena vista el flamante anillo que hasta ese entonces se había encargado celosamente de ocultar—. Lovi y yo nos vamos a casar.

El silencio inundó el lugar. Julius, el padre de Lovina, sonrió angustiado; la madre de Antonio se ahogó con la bebida regándola encima de algunos invitados, María apretó con fuerza el vaso hasta volverlo añicos, Paulo sin expresión alguna, analizó cada palabra, Felicia se mostró feliz ante la noticia y no dudó en ir a abrazar a los novios, en tanto el padre de Antonio estaba tranquilo, degustando un poco de gaseosa… él era el único que sabía de antemano lo que estaba ocurriendo.

Pero el rostro de Francisca y María, eso sí era un problema.

¿Con el permiso de quién? —asaltó María enseguida, dañando el momento.

Lovina bufó sonoramente, sabía que nunca había sido santo de devoción de la hermana de Antonio, ¿pero tanto como para expresar su desagrado delante de todo el mundo? Gruñó; eso no era algo que permitiría.

Somos mayores de edad y podemos tomar nuestras decisiones —musitó Antonio con rapidez, sujetando la mano de su prometida de forma reconfortante.

Esa no es una decisión que se toma de un día para otro, Antonio —regañó su hermana nuevamente—. No es algo que te permitiríamos hacer.

La señora Carriedo seguía con la mirada perdida en un intento de asimilar las palabras, algo totalmente inútil. ¿Cuándo su niñito había dejado de serlo? Ni siquiera Paulo, que era el mayor, había mostrado interés por algo tan serio como lo era el matrimonio.

¿Enserio me crees tan tonto como para no haber pensado en los contras de ésta decisión? —aquello se había vuelto una pelea entre hermanos—. Estuve casi un año dándole vueltas al asunto, pensando, viendo todas las posibilidades y no veo nada de malo en lo que dije —hizo una breve pausa, tratando de calmarse—. Cuento con el apoyo de papá y estoy seguro que también de la hermana de mi prometida —Felicia asintió inmediatamente—. Y acostúmbrate a esa palabra y luego hazte a la idea de que Lovina será tu cuñada, porque si realmente me aprecias como siempre dijiste, entonces vas a respetar mi decisión y me vas a apoyar.

Hijo…

Papá —suspiró—. Siento haber reaccionado de esta forma —hizo una mueca con los labios y abrazó a la italiana, que no quitaba los ojos de su propio padre. Julius Vargas parecía aún no haber asimilado la nueva información.

A mí me parece una idea fantástica —irrumpió Francis, haciéndose paso entre los invitados para felicitar a la pareja—. Siempre supe que lo de ustedes era serio —sonrió—. Pero les advierto algo —de pronto su rostro no mostró expresión alguna, inquietando a sus amigos—. Hace como seis años les pedí ser el padrino de su primer hijo, así que no me pueden negar ese derecho.

La pareja y sus demás amigos rompieron en carcajadas al recordar aquel incidente cuando Elizabeta y Marguerite habían forzado a Lovina a hacer un test de embarazo debido a las sospechosas condiciones que la rodeaban… los demás allí presentes sólo pudieron esperar a que las risas cesaran.

¿Estás segura, Lovinita? —el padre de la aludida se acercó parsimoniosamente a su hija, clavando su mirada ahora cristalina en ella.

Sí.

Entonces… —suspiró e hizo una larga pausa—. Que seas muy feliz —deseó, estallando en llanto y aferrándose al menudo cuerpo de la mayor de sus hijas—. Eso sí… —tomó aire y fijó su vista en Antonio—. Haces que mi hija derrame una lágrima por ti y considérate hombre muerto.

Jamás podría —el español se tensó de pies a cabeza. No iba a saber él de lo que era capaz un italiano enfadado—, señor.

Así me gusta —medio sonrió, tratando de quitar de su cabeza el hecho de que su pequeña ya no era tan pequeña y pronto se casaría.

Por supuesto yo me sumo a la amenaza —acotó la húngara, acercándose a la pareja—. Aunque debo decir que me alegra muchísimo la decisión que tomaron —los abrazó a ambos, abrazo al que se sumaron Marguerite, Francis y casi todos los allí presentes, salvo María y Francisca, que aún intentaba digerir la noticia.

De ti ya no me sorprende que no me digas algo —comenzó Antonio, refiriéndose a su hermana que hizo una mueca al oírse mentada—, pero, ¿no me vas a decir nada, mamá?

Hijo, esto no es tan fácil… —suspiró desplomada, tratando inútilmente de incorporarse—. No para mí —vio que Antonio iba a decir algo, mas optó por interrumpirle—. ¿Por qué no me lo dijiste antes? —inquirió—. Tenía derecho a saberlo.

Antonio guardó silencio. Había omitido aquella noticia a su madre porque sabía perfectamente que ella se opondría; no porque Lovina le desagradara, sino que porque para ella, al igual que muchos que pensaban lo mismo, aquel era un paso demasiado importante. Estaba seguro que Francisca le haría meditar sobre aquello y quizás perdería otro año entre tantas cavilaciones.

Ustedes son muy jóvenes —se aventuró a decir, fijando la vista en la italiana, que se removió incómoda—. ¿Están seguros?

Jamás en toda mi vida he estado más seguro de algo —habló Antonio, tomando fuerte de la mano a su novia que se veía más que nerviosa.

Pero… nadie los está apurando.

Lo sabemos —asaltó Lovina, mientras el nudo de su garganta hacía énfasis—. Pero queremos hacerlo.

Ustedes no saben lo que quieren —exclamó María, bufando sonoramente—.Y no estoy de acuerdo.

¡Nadie ha pedido tu opinión, malcriada! —rugió; ya no había podido contenerse.

Un silencio incómodo se hizo presente un par de segundos, más luego éste fue abruptamente cortado por las estrepitosas risas de Elizabeta y Marguerite; ambas —sobre todo la húngara— habían esperado pacientemente el día en que Lovina por fin le respondiera de mala forma a la insoportable hermanita de su novio; la única razón por la que no lo había hecho era porque no quería ganarse el odio de la familia de Antonio y que ésta le dijera que lo mejor era alejarse de ella. Pero aquella instancia fue la gota que colmó el vaso; ya eran muchos años aguantando malas miradas y comportamiento infantil.

¿Cómo me llamaste? —asaltó indignada.

Malcriada, algo que definitivamente eres —intervino Antonio, sonriente y sin rastro de ofensa en sus palabras.

¡¿Te pones de su lado?! —chilló escandalizada.

No se trata de estar de un lado o de otro —rodó los ojos—. Pero sin duda te merecías lo de malcriada.

Entonces para ti perfecto que tú… noviecita me llame malcriada—alargó pesadamente el apodo—. ¡¿Desde cuándo te importa más una cualquiera que tu familia?!

María —reprendió su madre.

¡Perfecto! —bramó—. Faltabas tú nada más —tuteó a su madre de forma abrupta, logrando que la señora se molestara mucho más.

María Fernández Carriedo —suspiró Francisca, centellando los ojos—. Cállate ahora mismo.

Lovina no es mi noviecita, María —regañó Antonio, sin dejar cabo a alguna duda—. Es mi prometida y futura esposa, aprende a respetarla.

¡No lo haré y mucho menos lo aceptaré!

Oh vamos —chistó Lovina, apretando los labios—. Sé que no te agrado, pero siempre me he acercado a ti de forma respetuosa, y por muy hermana que seas de Antonio, no te permitiré que vuelvas a llamarme como a una cualquiera —espetó con voz firme.

María —intervino nuevamente Antonio.

¡Cállate! —frunció su rostro—. ¡No te puedes casar!

¿Por qué no? —inquirió con voz pausada, reteniendo a su prometida de la mano, intentando calmarla.

Porque no puedes —musitó más tranquila.

Dame una razón.

Porque te irás…

El silencio se hizo presente, Antonio se angustió ante las palabras de su hermana, los invitados se incomodaron ante la situación, se sentían intrusos de aquel momento tan íntimo.

Igual tendré que irme por cosas de trabajo. Ya deberías estar acostumbrada, María.

Pero solo.

No puedes ser tan egoísta —suspiró—. Yo la amo.

No me agrada.

¿Por qué?

Porque siempre estás con ella —soltó llena de resentimiento—. Apenas y vienes cada verano y todo el tiempo lo gastas con ella.

María… —intervino la italiana.

¡No te metas! ¡Tú me quitaste a mi hermano!

Sigue siendo tu hermano —intentó tranquilizar Lovina. Siempre había sabido que María estaba celosa de ella, pero era la primera vez que lo admitía y enfrente de tanta gente. Suspiró y se masajeó las sienes.

No cuando te lo lleves —bramó afligida—. Oh vamos, acepté que fueran novios… pero esto ya va más allá —gimoteó—. No quiero.

María, acompáñame un momento, por favor —pidió Antonio. Tenía el pecho encogido, ciertamente no había dedicado tanto tiempo a su hermana, más aún, sabiendo lo mucho que ella lo quería.

¡No quiero hablar contigo! —frunció los labios—. ¿Por qué quieres hacerlo ahora que mi opinión ya no vale? —una amarga lágrima recorrió la mejilla de la joven.

Quiero que…

¡Calla! —ordenó dolida—. Estoy cansada de tus excusas, todo contigo son excusas para pasar tiempo con… —apretó los labios y suspiró vencida—. Lovina.

Aquella situación había cambiado totalmente, Lovina se sintió culpable, Antonio un completo desentendido y los presentes no se sentían mas sino intrusos en aquel lugar. El español se acercó a su hermana y, ofreciendo disculpas a los presentes, la tomó del brazo ante los múltiples forcejeos y la alejó del lugar. Lovina suspiró sonoramente y se abrazó a sí misma, mirando luego en anillo que reposaba en su dedo. Se preguntó si enserio todo esto era demasiado apresurado; tal vez incluso María tenía razón… Antonio siempre la había preferido a ella antes que estar con sus hermanos y aunque siempre pensó que aquello carecía de relevancia, su pensamiento estaba lejos de ser cierto.

Lovina…

Volteó a ver a Francisca, se veía afligida. En verdad no tenía idea que María se sentía así; aquello había pasado la raya de los celos infantiles que siempre creyó.

No sabía… enserio…

Lo sé, no te preocupes.

Esbozó una media sonrisa, luego miró a sus amigos y les rogó con los ojos que hicieran como si nada y siguieran compartiendo con los demás invitados, ellos entendieron a la perfección. Dentro de la casa las cosas estaban muy lejos de ser sencillas; Antonio intentaba tranquilizar a su hermana, sin embargo la aludida se negaba a escuchar sus palabras.

¡No es justo! —alegó—. ¿Por qué ella?

Lovi no tiene nada de malo.

¡Te va a alejar de m… de nuestra familia! —chilló, corrigiéndose antes de tiempo.

Nadie va a alejarme de ti, María.

Sí lo hará —alegó afligida—. Y no te volveré a ver.

María —se acercó a la menor y la abrazó—. Ni con Lovina ni con ninguna otra dejarás que me vaya, ¿verdad? —rió levemente.

¿Dejaras a la loca esa?

Ni lo sueñes —rió—. Estoy enamorado de ella.

¿Por qué? —bufó.

Porque es ella, no sabría explicarlo —suspiró—. Incluso si ella no estuviera en mi vida, igualmente tendría que irme y estaría solo. En cambio, Lovina aceptó irse conmigo y empezar una vida conmigo allá.

Puedo irme yo contigo —alegó.

Estas siendo egoísta.

¿Yo o tú? —cuestionó. Antonio guardó silencio por un par de segundos, procesando la pregunta emitida.

Los dos —admitió

Si hubiese sabido que todo esto sucedería —recordó con negatividad lo sucedido hace poco segundos—. Jamás hubiese permitido que presentaras en W.

¿Y que perdiera la oportunidad de mi vida? —mordió su labio—. María, no siempre estaré a tu lado.

Lo sé —admitió con pesar mientras una lágrima corría por su rostro—. Sólo esperaba que en el momento en que decidieras marcharte, pensaras un poco más en mí. Pero siempre que llamaba aludías a que tenías mucho trabajo y apenas y podíamos conversar.

Siempre he pensado en ti —suspiró, limpiando la lágrima rebelde que se deslizaba por el rostro de la menor de los Fernández Carriedo—, en nuestra familia. Es por eso que estudié para ser alguien.

¡Para nosotros siempre has sido alguien! —bramó—. Pero ahora te importa más ella —restregó.

Ella es la mujer que amo —defendió—, María, no te comportes como una niña —frotó su sien buscando palabras adecuadas—. Yo siempre estaré para ti.

No —ahogó cualquier otra queja—. Ahora te irás con ella.

María, entiende… aunque Lovina no estuviera en mi vida igualmente me iría.

No es justo, Toño —se aferró al pecho de su hermano—. No quiero que te vayas otra vez.

Firmé un contrato —abrazó a su hermana y le acarició el cabello—. Debo volver.

¿Ella te obligó?

No. Lovina no tenía idea. Luego de mi graduación se lo dije y estaba muy triste.

Ella te alejó de mí.

No, ella me enseñó a ver lo lindo de la vida —rió ante lo cursi de sus palabras—. María, si me voy con Lovina es porque ella me hace mejor persona.

Yo pude haberte ayudado.

No es lo mismo, linda —sonrió y le besó la cabeza—. Te amo, eres mi hermana… a Lovina la amo, es mi novia, mi prometida, me casaré con ella. Son distintos tipos de amor y ninguno es más importante que el otro.

La castaña de ojos verdes permaneció en silencio, al parecer tratando de asimilar las palabras de su hermano.

Vendré a visitarte siempre que pueda y claro que tú puedes ir a visitarnos, llamarme por teléfono, enviarme correos electrónicos —trató de reconfortarla—. Jamás te dejaré sola. Puede que en el pasado no respondiera los correos periódicamente, o como bien dijiste, apenas y habláramos por teléfono, pero no puedes negar que apenas tenía libre los llamaba para saber cómo estaban.

Todo suena lindo cuando lo dices —suspiró.

¿No confías en mí? —inquirió con una sonrisa que distó mucho de ser angustiada. María rió apenas.

En ti sí, no en ella.

¿Qué tienes en contra de Lovina? —arrugó el rostro ante sus palabras, su novia se había comportado a la altura con todos los integrantes de su familia y les había caído excepcionalmente bien, menos a ella—. No trates de ocultarlo, le has hecho la vida imposible.

Está contigo, es por naturaleza —se encogió de hombros y juguetonamente le jaló la nariz a su hermano—. Debo odiarla.

No necesariamente —suspiró; aquella chica no daba su brazo a torcer—. Ella ha hecho todo lo posible para que la aceptes.

Lo sé —se limpió el rastro de lágrimas—; pero no pretendo hacer de oídos sordos, o simular ser ciega para tapar mi desagrado —se encogió de hombros—. Es ella la que vivirá contigo.

Y yo la quiero —musitó nuevamente—. Deberías ser feliz porque yo lo soy.

Debo, pero no lo hago —suspiró—. Tu felicidad no me incluye a mí.

Claro que sí, enana —mentó—. ¿Crees que podría ser feliz sin ti? Eres mi hermanita, la que me hace la vida imposible, la que encubría para que papá y mamá no la regañaran —rió ante sus recuerdos—. No mates algo tan hermoso por celos. Aunque debo admitir que eres adorable cuando te lo propones —rió.

Los ojos de María nuevamente se aguaron, se abrazó con fuerza a su hermano sollozando largamente y dejando escapar cada una de sus emociones. Antonio intentó consolarla y confortarla lo más que pudo.

No estoy dispuesta a que ella te monopolice, soy muy egoísta —chilló entre lágrimas.

Pero María…

Esto es difícil para mí, Toño.

Lo sé —suspiró—, no he dicho lo contrario.

El silencio invadió la sala de estar, silencio sólo de palabras pues los sollozos de la adolescente eran incesables.

Hermanita…

Espera —interrumpió. Se separó de Antonio y lo miró directamente a los ojos—. Yo…

¿Tu…?

¿Prometes que no te olvidarás de mí? —inquirió temerosa, arrancando una sonrisa en los labios del mayor.

Jamás podría —respondió rápidamente—. Te adoro, eres mi hermanita y eso nadie lo puede cambiar —hizo una pausa—. Piensa, si un matrimonio se pelea y ésta es muy grande, se divorcian y no se vuelven a ver… en cambio si hermanos tienen una pelea igual de grande, lo máximo que harán es no hablarse por un tiempo, pero nada romperá ese vínculo especial.

¿Estás acaso diciendo que te divorciarás de esa loca?

No —rió—. María, yo la amo… por favor entiéndeme. Ella dejará a su familia por irse conmigo, ¿habías acaso pensado en eso?

—…No —murmuró, desviando la mirada.

Me casaré con ella, pero quisiera que estuvieras de acuerdo con eso. Me harías muy feliz —la muchacha permaneció en silencio—. ¿Prefieres que entre en depresión por estar solo allá?

No —gimoteó.

¿Entonces?

Ella no te va a cuidar tan bien como yo.

Puede hacer el intento. Podrías enseñarle.

¿Qué le ves? —reprochó—. Es escandalosa, mal hablada y siempre te está golpeando y gritando. ¡Y no lo niegues! Yo misma lo he visto.

La amo —sonrió—. Por todo eso que mencionaste y más.

Estás demente.

Puede ser —rió más—. Entonces, ¿qué dices? —esperó impaciente la respuesta de su hermana, sabía que aquello era difícil para ella.

Lovina no me agrada —dictó—, pero no tengo opción —suspiró resignada—. Tendré que confiar en ella.

Gracias —sonrió ampliamente.

La joven hizo una mueca y se dirigió nuevamente al jardín junto a Antonio. Al verlos aparecer el silencio invadió el lugar y la italiana se removió demasiado incómoda, más al ver a María caminar hasta ella.

No me agradas —repitió—. Eres la última mujer con la que hubiera deseado que Antonio se case.

María, no permitirías que me casara ni con Lovina ni con cualquiera. Admítelo.

Bien —rodó los ojos e hizo una mueca—. Lovina, te juro que si me entero que no cuidas a Toño como es debido, personalmente arrancaré cada uno de tus cabellos y te torturaré.

La aludida alzó una ceja ante las palabras de la adolescente. ¿Acaso debía tener miedo de las amenazas de una mocosa de dieciocho años? Desvió la mirada hasta su novio, quien le hizo un gesto para aceptar el "trato" que había musitado su hermana. Frunció los labios, mas pronto los relajó, así como el resto de su cuerpo.

Tienes completa libertad de hacer cumplir tu palabra.

No necesito tu permiso, estúpida.

Sólo el cielo supo de cuántas ganas tuvo de por fin callar la boca de esa malcriada, pero lo mejor era dejar las cosas por la paz, al menos por ahora. Gruñó por lo bajo y tras dedicarle su sonrisa más falsa, se encaminó con sus amigas, más específicamente hasta una pensativa Marguerite; Elizabeta estaba hablando con Gilbert; sabía lo tensas que estaban las cosas entre ellos. Saludó con un gesto a la rubia y se preocupó al ver que la siempre atenta canadiense apenas y respondió.

¿Sucede algo, Meg?

Nada de qué preocuparse —musitó con voz tan suave que apenas fue audible entre el ruido que había en el jardín de los Fernández Carriedo. Lovina le vio desviar la vista, tal parecía que se sentía bastante abrumada.

¿Y cómo no estarlo si nada más al llegar su novio la saludó con un simple "te tardaste en llegar"? Cero rastro de alguna muestra de cariño, además del hecho que durante toda la reunión, Francis parecía empeñado en no prestarle atención debido a estar sumido en su propio mundo… aunque claro, su extraña actitud era automáticamente abolida cuando alguno de sus amigos se acercaba; ahí actuaba como siempre. Marguerite optó por alejarse de su novio y rogar para que nadie se diera cuenta de su comportamiento… aquella era una instancia feliz y no sería ser una aguafiestas. Lástima para ella que Lovina siempre era tan acertada.

Meg, no sabes mentir —gruñó la italiana. La rubia se tensó de pies a cabeza cuando vio a una semi-sonriente Elizabeta; tal parecía que las cosas con Gilbert por fin tomaban buen rumbo.

¿Por qué esas caras? —asaltó la de origen húngaro, prestando especial atención en la molestia en las facciones de Lovina y la incomodidad de Marguerite.

La canadiense se vio sin salida. Suspiró y pidió irse a una zona sin tanta gente para finalmente exteriorizar sus pensamientos. Relató lo incómoda que se había estado sintiendo junto a Francis de un tiempo a esa parte, principalmente gatillado por el desinterés que demostraba el galo. Elizabeta sacó un pañuelo descartable de su bolso apenas la rubia había comenzado a sollozar, Lovina por el contrario sintió la inminente necesidad de ir y partirle la cara al francés. Se preguntó cómo alguien se atrevía a hacer sentir mal a una persona tan linda, dulce y buena como lo era su amiga; enserio, Marguerite debía ser el ser humano más desinteresado que había pisado la Tierra. La canadiense pidió con un hilo de voz a ambas mujeres que por favor no hicieran nada, que ella y sólo ella tenía que lidiar con la situación, puesto que era su relación y tres son multitud.

Las féminas restantes sólo pudieron hacer caso a las palabras; como siempre, Marguerite actuaba como la voz de la razón. Aunque ello no les impidió ver de mala forma a Francis cuando se acercó a ellas, centrándose en su novia e ignorando a las otras dos, aludiendo luego a que había surgido un problema en la empresa y que su madre lo requería de manera urgente…

Pero es sábado —musitó Marguerite, pasando por alto el hecho que nuevamente Francis parecía no prestarle atención—. ¿No puede arreglarlo alguien más?

Sabes que no —frunció los labios y caminó para alejarse, mas pronto pareció recordar la presencia de la canadiense y volteó para verla—. ¿Te dejo en tu casa?

Tomaré un taxi —susurró, desviando la vista. Lovina y Elizabeta se tensaron ante la situación; Francis en verdad estaba siendo esquivo con su amiga y no habían sido exageraciones de ésta.

Te llamaré dentro de un rato —anunció y sin más desapareció del lugar. Claro que antes se despidió sonriente de Gilbert y Antonio, gastándole una broma a éste último acerca de que disfrutara sus últimos momentos de libertad.

La húngara y la italiana observaron atónitas lo que acababa de suceder, preguntándose desde cuándo el gabacho era tan indiferente para con su novia. Ambas desviaron la vista a Marguerite, que estaba con la vista perdida en el suelo. No supieron qué decir.

Disculpen, necesito ir al baño…

Y sin más, salió corriendo con dirección a la casa, ignorando el llamado de Lovina. La italiana dejó escapar un bufido de frustración. A su lado, la húngara no estaba mucho mejor.

Dame una razón para no ir buscarlo a su estúpido trabajo y matarlo espeto con rabia, la actitud del rubio distó mucho de su agrado.

No lo harás, porque yo lo haré primero agrego Elizabeta, quien hasta ese momento no había comentado nada al respecto a la situación.

Marguerite por su parte se encontraba en el baño limpiando los rastros de maquillaje dañado a causa de las lagrimas que había intentado no derramar, pero que salieron a mares apenas había entrado al baño. No entendía como había llegado a aquel punto en que su novio no mostraba interés hacia ella; no sabía en qué momento había sucedido, lo que sí sabía era que aquella actitud la estaba destrozando por dentro. Terminó de limpiar y retocar su maquillaje para luego ir a despedirse de sus amigos e irse a su casa, donde podría desahogarse todo lo que quisiera. No quería matar el ambiente de felicidad... sin duda alguna, aquella situación que la mataba por dentro no podía salir a relucir.

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ANTES de que quieran matarme por hacer sufrir así a Meg, déjenme decirles que esto tiene su razón de ser... ¡Lo juro! ;_; Enserio no me gusta hacer sufrir tanto a mis personajes, creo que la próxima historia que escriba a ser humor puro (?)

Tengo que admitir que no iba a subir cap ahora, tengo caña/resaca y estoy medio muerta en mi cama; pero sabía que si no lo hacía ahora, no lo hacía nunca. Otra cosa; en mi perfil tengo un dibujo de Adamo, hecho por Anniih... por si alguien lo quiere ver. Y lo último, decidí que era lo mejor subir capítulo un día fijo en la semana, así que subiré todos los martes :)

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Gaby Wang: Aquí tienes la continuación, no demoré mucho, ¿verdad? jajaj. Lo que le pasó a Emily pronto se dirá, tienes que esperar un par de capítulos no más. ¡Saludos!

mi sensual nombr: Me basé en las conversaciones incómodas con la mamá para escribir la parte de Adamo y Lovina jajaj creí que nadie se iba a dar cuenta. Sí he visto hola soy Germán, pero no tenía idea que tenía una banda... y como nunca me dediqué a investigar, bueno... ¡saludos!

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En fin, creo que me pasé un poco con el largo del capítulo, pero sentí que si lo cortaba iba a perder toda la gracia. El próximo capítulo por fin no es relleno... ¡aleluya! y les adelanto: va a salir Emma.

¡Saludos!