ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.


IMBRANATO


NUEVE

Nada más le bastó cerrar tras de sí la puerta de su departamento y, como siempre, arrojar las llaves sobre la mesa del comedor para que su rostro efectuara una mueca. Tal vez estaba muy cansada, o tal vez no, porque tras tallar sus ojos por sobre los párpados, seguía viendo el sobre con el escudo del colegio al cual casualmente asistía su hijo. Hasta el último momento trató de hacerse a la idea que no tenía por qué tratarse de algo malo… ¡pero vamos! No era como si el salido profesor al que había tenido el gusto de golpear durante el viaje a W se tomara la molestia de enviarle una carta con Adamo.

Leyó un par de líneas y de inmediato la incredulidad dio paso a evidente enfado. Avanzó con paso firme por su hogar y entró sin más en la habitación del adolescente. Sabía que debía respetar su privacidad, pero aquello ya era el colmo.

—¡Adamo! —vociferó con cierto deje de rabia. Apenas y volvía del turno doble que le habían asignado por haberse ausentado la otra vez; ¡jefes explotadores! Lo único que añoraba en ese momento era una ducha con agua muy caliente, su cama y una película que la arrullara. Adamo dejó de lado la conversación que mantenía por internet con un amigo de Estados Unidos y movió la silla para así encarar a su madre. La mujer sacudió en el aire el papel que pocos minutos atrás yacía sobre la mesa del comedor, resaltando al interrumpir el orden que iba de la mano al departamento.

—¿Qué significa esto? —clamó por una explicación. El adolescente lucía molesto, pero sí de comparar se trataba, Lovina tenía las de ganar.

—¿No es obvio? —rodó los ojos—. Creo que está todo claro.

—Quiero saber por qué rayos tengo que ir mañana con tu padre a conversar con el director del colegio.

—Yo le dije que Antonio no iba a ir —advirtió—, pero no me hizo caso.

—¡Adamo! —la mujer se dejó caer sobre la cama; el dolor de cabeza comenzaba a hacerle palpitar las sienes—. ¿Qué hiciste, maldición? ¿Peleaste con alguien?

—Con Daniel.

—¿…Beilschmidt? —inquirió asombrada y su interlocutor asintió con la cabeza. La fémina pensó en el posible escenario en dónde su hijo y el hijo de Elizabeta, dos años menor, pudieran haber peleado. Hasta donde sabía ellos apenas y se dirigían la palabra y el que hayan tenido un encontrón no le calzaba del todo.

—¿Por qué?

Mamma, no quiero hablar de eso —gruñó—. Pero si le pegué fue por su bien —rodó los ojos—. Es un idiota.

—Hijo, si no me explicas no voy a poder excusarte mañana.

—Lo que hice, lo hice por su bien —reiteró molesto—. Me conoces mejor que nadie, sabes que no golpearía a alguien sólo porque sí. Mucho menos me metería en problemas a sabiendas de que se te dificulta el hecho de excusarte en el hospital.

—No te preocupes por eso. ¿Le dijiste a tu padre? —el bufido del adolescente le advirtió que no—. Por muy desagradable que te parezca, no vas a poder entrar mañana si no vas también con él.

—¡Me da igual, demonios! —gritó—. Prefiero estar suspendido una semana a ver un teatro en el cual el finge ser un padre cariñoso y preocupado.

—Adamo…

—Duerme un poco, te ves muy cansada, mamma —hizo una mueca, ignorando la mirada de su progenitora—. Mañana tenemos que estar en el colegio antes de las ocho.

Lovina dejó escapar un largo suspiro de preocupación y salió de la habitación de su hijo, a sabiendas que quería estar solo un rato. Releyó la nota en la cual eran citados los padres del alumno Adamo Vargas debido a su reprochable comportamiento dentro de las dependencias del colegio. Bien lo había dicho él, su hijo no era un chico violento y no actuaría sólo porque sí; sin embargo, si no le daba la excusa ante su actuar, no tenía mucho qué hacer. Vio la hora en el reloj que colgaba en una de las paredes, apenas eran las cuatro y media de la tarde; deseaba conversar con Elizabeta y saber el otro lado de la historia, aunque tampoco deseaba causarle un mal rato, pues no sabía si el hijo de ella ya le había informado sobre lo ocurrido. Luego pensó en Antonio y sintió como su estómago se estrujaba. No iba a negarlo, se le hacía desagradable el hecho de volver a verlo.

Como si eso fuera poco, sentía un desfile con bombos y platillos dentro de la cabeza; todo ruido, por mínimo que fuera, le parecía amplificado por mil, pero tenía que hacer algo antes de pensar en dormir un poco. Tomó una pastilla para controlar la cefalea y cogió la guía de teléfonos antes de adentrarse a su habitación. Con algo de suerte, Adamo no la escucharía. Buscó entre los números hasta que dio con el nombre del bufete que había oído mencionar a Gilbert la vez que fue a su casa y, temerosa, marcó los dígitos en su teléfono celular. El pitido en espera provocó que se aferrara a un cojín, no entendía por qué aquello la ponía tan nerviosa.

E&G Abogados, buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?

La voz de la que supuso era una de las secretarias la tranquilizó hasta cierto punto, sin embargo no pudo evitar sentir la boca seca; rápidamente tragó tanta saliva como pudo y aclaró su garganta. No es como si estuviera haciendo algo ilegal. Era por Adamo, y por su hijo estaba dispuesta a hacer lo que sea.

—Buenas tardes, quisiera hablar con el abogado Antonio Fernández Carriedo, por favor.

Déjeme ver si se encuentra disponible. ¿Quién lo busca?

—…Lovina Vargas —claro que hesitó en decir su nombre, pero ya no había vuelta atrás. Sabía que si colgaba, lo más probable era que esa secretaria le informara de todos modos a Antonio de la llamada realizada y enserio no quería volver a verlo, muchos menos en su trabajo; sus compañeros del hospital ya se habían dado un festín de cotilleos a su costa y no deseaba repetir aquello.

Espere un momento por favor

La clásica música de espera —que casualmente se repetía en los ascensores y el supermercado— apareció en el acto. Gruñó, suficiente tenía con el dolor de cabeza y el hecho de tener que lidiar con el español, como para más encima tener que aguantar la musiquita desesperante. La espera le pareció eterna; para cuando se dio cuenta, se paseaba por toda la habitación y mordía sus uñas. Escupió un poco y con desagrado divisó sus cutículas destruidas. Prefirió dar culpa de ello a los reactivos con los que trabajaba en el laboratorio y no a sus nervios.

¿Disculpe? —se escuchó del otro lado de la línea.

—Ah, sí, sí, sí, sigo aquí.

Lamento mucho la espera, pero es que el abogado estaba despachando a un cliente. Enseguida la transfiero a su línea.

—Gracias.

No fue conocedora si la secretaria había escuchado el agradecimiento, pues el tono le indicó que efectivamente su llamada había sido transferida. De fondo ya no se escuchaba el murmurar de la gente. Los nervios la agolparon nuevamente.

Lovina…

Por alguna razón, la voz de él pareció encantada, tal vez por la sorpresa ya que ella nunca lo habría llamado. Y era cierto, si lo hacía era por algo puntual y nada más. Antonio sonrió del otro lado, aflojó el nudo de su corbata y se permitió acomodarse a lo largo en la silla negra con ruedas.

—Necesito que mañana estés antes de las ocho de la mañana en el colegio al que asiste Adamo —señaló sin más, directo al punto y deseando terminar la conversación lo antes posible—. Peleó con Daniel, el hijo de Elizabeta y Gilbert y el director quiere hablar con nosotros. Al parecer puso énfasis en que ambos asistamos o Adamo no podrá entrar a clases.

¿Por qué pelearon? —la impresión se posesionó de sus facciones, haciéndolo salir abruptamente de la comodidad que había encontrado segundos atrás.

—No sé, Adamo no me quiere decir —hizo una pausa—. ¿Vas a ir mañana?

Sí, por supuesto.

—¿Sabes cuál es el colegio?

Sí.

—Bien. Era eso no más.

Espera, Lovi…

—¿Qué?

El silencio se cimentó; había tantas cosas que él hubiera querido decirle, sin embargo las palabras parecieron atorársele en la garganta. Escuchó un bufido del otro lado de la línea y se angustió.

—Adiós, bastardo.

Sin más cortó la comunicación. Antonio permaneció unos segundos más con el auricular pegado a la oreja, esperanzado para la comunicación se retomara, sin embargo aquello ya no tenía posibilidad de ocurrir. Nuevamente se dejó caer en la silla y no pudo evitar pensar en su hijo. Era tan parecido a él, como un calco; su mayor deseo era formar parte de su vida y la oportunidad recién presentada le pareció propicia; si bien había manifestado el deseo de unión fraternal desde que había sabido de su existencia, no sabía cómo acercársele.

No podía esperar que Adamo lo aceptara de buenas a primera, tampoco podía invitarlo a su casa para que conociera a sus abuelos y tíos, estaba seguro que el adolescente rechazaría la reunión.

Sus cavilaciones fueron interrumpidas cuando, tras previo llamado a la puerta, una mujer de corto cabello rubio adornado por una diadema, irrumpiera en su oficina. Ella le sonrió suavemente y Antonio apenas y esbozó una mueca; no es que le desagradara que ella estuviera ahí, simplemente aún trataba de digerir la idea de ir mañana al colegio de su hijo junto a Lovina y que aparentarían ser una familia… como siempre había querido…

La recién llegada posó un suave beso en sus labios y luego pasó los brazos alrededor del cuello del hombre. Antonio acentuó sólo un poco su sonrisa, al contrario de la fémina, que parecía no poder contener la suya.

—¿Estás cansado?

—Un poco —confesó. Apoyó sus brazos en la cintura de la rubia frente a él y la besó. Emma era una buena mujer, la única que lo había entendido luego de lo que había pasado y la única que perseveró por implantarse en su vida a pesar de los constantes rechazos que sufrió por parte del español en el pasado. Si hasta parecía que a María le agradaba y aquello era mucho decir. Desde que eran niños, su hermana se había encargado de espantar a cada mujer que se le acercaba, sobre todo a Lovina.

—¿Y si te arrancas de la oficina un ratito antes? —sugirió con una risilla gatuna, contagiando al hombre—. Te invito un café y churros.

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Lovina se dejó caer sobre la cama, exhausta por la conversación anterior. Juró que jamás se había sentido tan nerviosa hablando con Antonio… ni siquiera cuando aún no era su novia y éste se tomaba demasiadas confianzas para con ella —culpa de los malos consejos de Francis, seguramente—. Masajeó sus sienes, intentando desechar la angustia y rápidamente pensó en si sería o no prudente llamar a Arthur en ese momento; si bien el problema de su hijo era prioridad, lo que rondaba por su cabeza no dejaba de inquietarle. Tal vez habían pasado años, sí, pero era una espina que le urgía quitar de su vida.

Aunque si decía la verdad… nunca soñó con siquiera pensar lo que estaba pronta a efectuar y ello la puso sumamente triste. Quizás estaba siendo precipitada…

Pero sabía que no; si hasta lo había hablado con Felicia y ella misma fue quien le dio ánimos para hacer lo que tenía en mente.

—Buenas tardes —habló a través de su teléfono celular—. Necesito hablar con el abogado Arthur Kirkland.

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El día siguiente llegó demasiado rápido, o al menos esa fue la impresión que tuvo la sureña. Tuvo que hacer varios intentos antes de que Adamo por fin despertara. El adolescente gruñó frustrado al recordar qué día era aquel y se escondió bajo las sábanas de su cama. Lovina, corta de paciencia, le exigió que saliera de una vez por todas y asumiera las consecuencias de sus actos.

Adamo apenas y le dirigió la palabra durante el desayuno, cosa que se mantuvo durante el trayecto al colegio y que se vio aumentado al ver a un extrañamente puntual Antonio en el portón de entrada. La italiana saludó por mera educación, a diferencia del adolescente, que se limitó a lanzar una mirada cargada de resentimiento a su progenitor y avanzar sin mas a las dependencias de la institución. Por supuesto que Antonio se sintió fatal ante el comportamiento de su hijo, no obstante se dijo que no era el momento ni el lugar para dramas familiares.

Fuera de la oficina del director, Gilbert y Elizabeta esperaban en compañía de su hijo. Lovina ahogó un grito al ver a Daniel con el ojo negro y un poco hinchado. En el acto se preguntó por qué rayos Adamo había actuado de manera tan violenta para con él… ¿qué podía ser tan malo a juicio de su hijo para haber hecho lo que hizo? En un vano intento trató de sonsacarle la verdad a Adamo durante el desayuno, sin embargo al igual que en la tarde anterior, el joven no musitó ni media sílaba al respecto.

Tampoco tuvo el valor de hablarle a Elizabeta… seguramente estaba muy enojada. Esperaba que Daniel sí le hubiera contado lo que sucedió, aunque temió que en su versión, su hijo se viera perjudicado.

Por otro lado, Iván Braginski era la última persona que alguien hubiera imaginado como director de colegio… su aspecto intimidante lo hacía merecedor de tal puesto en una cárcel, tal vez. Pero tampoco era como si la instancia se prestara para decir aquello. Con una sonrisilla que provocó un escalofrío en todos los presentes, pidió a los padres ingresar a su oficina, en tanto los jóvenes esperarían afuera. Cabe señalar que ni siquiera hizo falta una advertencia por parte del hombre hacia los escolares para que no volvieran a pelear… apenas una mirada los había congelado en su sitio y Lovina supo entonces por qué aquella institución estaba catalogada como una de las mejores de la zona.

—Espero que no hayas dicho nada que me perjudique —habló Adamo con voz seca y la mirada clavada en Daniel—. Sabes que puedo meterte en muchos problemas si digo la verdad, así que más te vale no haber dicho algo estúpido.

El aludido se limitó a gruñir por lo bajo y apretar los puños. Lamentablemente para él, Adamo Vargas lo tenía en la palma de su mano.

Dentro de la oficina, Braginski parecía encantado por la versión violeta que relataba Elizabeta… era casi como un cuento para él y sinceramente no terminaba de comprender cómo ni por qué un par de jovencitos habían peleado de tal modo. La versión de la húngara incluía a un abusivo alumno de nivel superior golpeando por una estupidez a su pobre e indefenso hijo. Lovina abrió los ojos tanto como sus cuencas se lo permitieron… bien, podía ser que Elizabeta fuera su amiga, pero no iba a permitir que ni ella ni nadie hablara pestes sobre Adamo. Los gritos no se hicieron esperar y el ser ambas féminas de carácter fuerte no ayudó demasiado.

Gilbert en tanto se dedicó a intercambiar miradas nerviosas con Antonio. Aquella se había vuelto una riña de mujeres y muy bien sabían ambos que de involucrarse, tenían todas las de perder; aún cuando no estuvieran directamente relacionados.

Pasados alrededor de diez minutos, el director hizo pasar a ambos estudiantes y Daniel supo que estaba en problemas apenas palpó el tenso ambiente del lugar. Iván tomó asiento nuevamente y previa sonrisa, les invitó a que se relajaran.

—Sus padres han dicho cosas interesantes, da~ y no pude evitar anexarlo a lo que había averiguado por mi cuenta. La señora Héderváry aquí presente señala que tu, Adamo, atacaste a Daniel sin razón de ser… lo que te convierte en el estereotipo de abusivo, da~ —rió suavemente—. ¿Es eso cierto?

Adamo sintió sus ojos bailotear, furiosos, dentro de sus cuencas. Dedicó una mirada cargada de rabia al menor de los Beilschmidt y luego la dirigió a los adultos, recayendo en los padres del aludido. Él había prometido no decir nada si Daniel aceptaba a no volver a hacer lo que hizo… al menos cerca de él; lo que hiciera por fuera lo tenía sin cuidado, no obstante dado a que el menor había optado por perjudicarlo, bien, hasta ahí quedaba su silencio.

Después de todo, si abría la boca acabaría por hacerle un favor… y eso que ni siquiera eran amigos.

—¿Así que eso dijo? —comenzó con una mueca de evidente burla—. ¿No te dije que si mentías te ibas a meter en problemas, Daniel?

—¡¿Cómo te atreves a hablarle así a mi hijo?! —rugió una furiosa Elizabeta. Adamo le sostuvo la vista a la húngara, jamás intimidado por la mirada de ella.

—Señora, debería usar los ojos para algo más que maquillarlos —insultó de manera sutil—. Si golpee a su hijo fue simplemente porque no hizo caso a mis palabras. ¿Quiere saber por qué le pegué? ¿La verdad?

—¡Cállate Adamo!

—¡Te dije que si decías estupideces iba a decir la verdad! —le gritó de regreso—. ¡No es como si me importara lo que haces; que nuestras madres sean amigas no significa que nosotros igualmente tengamos que serlo, pero si fumas marihuana cerca de donde estoy, te pido que lo dejes de hacer porque me molesta el humo y al contrario, te las das de súper hombre o lo que sea, me tiene sin un maldito cuidado!

Tuvo que admitir que en su mente aquello sonó mucho mejor… además que había planeado decirlo de una forma más sutil. A su juicio, fumar aquella hierba no te hace mejor o peor persona, lo que sí te hace una lacra es invadir el espacio personal de otros en contra de su voluntad. Elizabeta llevó una de sus manos a la boca, aún tratando de digerir las palabras del adolescente.

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ACLARACIÓN: En ningún momento mi intención es insultar de una u otra forma a los consumidores de marihuana. Como ya he mencionado en varias oportunidades, la historia quiero dejarla lo más realista posible y ya que aquí en Chile el consumo de cannabis está tan en la palestra, bueno, se me ocurrió ponerlo.

¿A que Rusia da morbo como director de colegio? La directora del colegio al que iba tenía la misma mirada que él D: pero ella es italiana.

Para las AdamoLovers(?) El próximo capítulo va a estar narrado desde la perspectiva de él. Además tengo un nuevo dibujo en mi perfil de él, obvio. Todos los créditos a Anniih que es demasiado seca :')

Creo que nunca me he tomado el tiempo para agradecer todos los favoritos y follows; sé que hay mucha gente que lee esta historia y lo agradezco mucho, y obvio, también agradezco los reviews jajaj (: me emocioné cuando vi que ya había 100, ¡muchas gracias!

Eso por ahora; ¡saludos!