ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.
IMBRANATO
ONCE
Lovina fue regañada por una enfermera de turno, apenas ésta se percato del horrible trabajo que la sureña estaba haciendo para con el vendaje de su más reciente paciente. Hizo una mueca y le pidió a la mujer hacerse cargo en tanto ella, cabizbaja, iba por un té a la cafetería. Podía haber ido a la pequeña cocina que los médicos habían acondicionado en el comedor, pero no tenía ánimos; ir ahí implicaba cruzar palabra con alguien y no quería ser grosera al no seguir con la plática.
Lo cierto era que iba a volverse loca. La noche anterior su hijo le había dicho que iba a ir a almorzar con Antonio, aprovechando el hecho que estaba suspendido y tenía tiempo libre. Su estómago se estrujó a causa de los nervios y sintió ganas de vomitar.
Como siempre que pasaba algo, Adamo hizo como si nada y actuó de manera normal. Aquella actitud comenzó a desesperarla. ¿Acaso no podía actuar como un jovencito normal? Enserio, en los diecisiete años de vida de su hijo, Adamo jamás le hizo un berrinche o peleó por algo; mucho menos se sintió resentido por el actuar de ella. Lovina se inquietó y bebió un poco de la infusión; si bien lo mejor para ella en ese momento era dejar de pensar en aquello y enfocarse en sus obligaciones en el hospital… bueno, algunas cosas son más difíciles de lograr que otras.
Divisó la hora en su reloj de pulsera; casi las doce del medio día. Lo único que había pedido la italiana a su hijo fue que si iba a juntarse con Antonio, este no lo fuera a buscar al departamento; no quería que él supiera donde vivían. Adamo se limitó a encogerse de hombros y decirle que ya había previsto eso… por supuesto que él también quería un lugar libre de la presencia española.
Dado que no quería comer sola, la noche anterior no dudó en llamar a Arthur y por fin concretar la cita que tenían pendiente. Almorzarían en un restaurante y luego se enfocarían en lo laboral. Dudó, por supuesto que lo hizo, pero sabía que era lo mejor. Suspiró pesadamente y arrojó el vaso ya sin té a un papelero; lo mejor era ver si había algún enfermo qué atender y así distraer su mente por lo menos hasta que llegara Arthur.
No pudo negarlo, el paciente que no tardaron en asignarle le llamó la atención en más de un sentido. Sonrió, tal y como le habían enseñado en la escuela de medicina para así crear confianza con la otra persona y le pidió sentarse o recostarse en la camilla, lo que se le hiciera más cómodo. Lovina divisó con detalle las heridas, en general el panorama no era muy malo, salvo por un corte profundo en el brazo izquierdo. El hombre no parecía agobiado por las heridas, aún así creyó pertinente hacer una radiografía para descartar cualquier duda. Con curiosidad miró a su paciente, interrogándole sobre cómo se había hecho semejante daño. El aludido sólo atinó a reír nerviosamente y explicar su situación y ella tuvo que admitir que la historia la distrajo, lo suficiente como para olvidarse de sus problemas por un rato.
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Con lentitud se cambió de ropa, enserio no deseaba que Arthur la viera en un restaurante con el desabrido uniforme que usaba en el hospital; ya podía imaginar su cara de: "aléjate de mí, no te conozco". Lo cierto era que el inglés era y siempre sería bastante quisquilloso respecto a la ropa que usa la gente para tal y tal ocasión. ¿Cómo no iba a recordarlo? Si precisamente se la pasaba peleando con Emily debido al poco pudor de ella a la hora de vestir… y el tener pechos grandes enserio no facilitaba las cosas.
Arthur era celoso. Su novia muy bonita. A todas luces una mala combinación.
Lovina agradeció que el rubio pasara a por ella al hospital. No le apetecía caminar bajo la lluvia. Hizo una nota mental para comprar un vehículo, ¡lo necesitaba! Al diablo con que su departamento quedara a sólo unas cuadras, no quería mojarse y a veces simplemente no le apetecía caminar. El inglés inició una casual conversación sobre el clima que luego siguió a otros temas, pero tuvo que ser interrumpida cuando aparcó fuera del restaurante; no quería ir muy lejos, sabía que la italiana tenía tiempo limitado para comer. Lovina gruñó, ¡era justo la mejor parte de la historia que estaba rememorando! Sospechó que Arthur lo había hecho a propósito, después de todo, la conversación comenzó a girar en torno a aquel vergonzoso recuerdo del rubio.
Arthur rodó los ojos al percatarse que la italiana parecía empeñada en seguir con aquello. Maldijo a Francis Bonnefoy desde el fondo de su alma; él era el culpable de todo. Aunque él también, al aceptar el tonto desafío que lo dejó nadando en la laguna de agua turbia que albergaba a los patos y cisnes de la universidad.
Asqueroso.
No tardó en pedir la carta y así por fin abolir el bochornoso tema de conversación; sabía que Lovina se distraía con la buena comida. Suerte para él que no había olvidado eso. En cosa de segundos la italiana enfocó su total atención en el menú, y lo único que ella lamentó fue no poder pedir un buen vino; luego de comer debía volver al hospital y no podría atender pacientes en estado de ebriedad, por leve que fuera. Por otro lado, tal vez era lo mejor; Arthur era casi intolerable al licor y cuando bebía, éste hacía efecto casi inmediato en su cuerpo.
Siguieron hablando y recordando viejos tiempos, quizás más de lo necesario. Arthur alzó una de sus tupidas cejas y, tras limpiar su boca con la servilleta, encaró a la italiana que se tensó en el acto al ver a su amigo con esa actitud; sabía que sea lo que sea fuera lo que dijera a continuación, la iba a incomodar.
—Supongo que no me llamaste sólo para recordar viejos tiempos —comenzó—. Si mal no recuerdo, mi secretaria me informó que este era un asunto de trabajo.
—¿Siempre debes cortar los mejores momentos? —Lovina gruñó por lo bajo y dio un sorbo a su vaso con jugo.
—Ser abogado me ha enseñado muchas cosas —advirtió—. La primera vez que me llamaste, pude notar que tu voz temblaba y que no parecías segura de tus palabras.
—Mentira.
—Pruébalo. ¿Qué querías decirme? Porque es sobre trabajo, ¿no? —la fémina frente a él asintió levemente con la cabeza—. ¿Y bien…?
—Es sobre Antonio —desvió la vista, nerviosa ante la mueca de confusión en las facciones de su amigo inglés—. Quiero divorciarme de él.
—En asuntos legales, los divorcios suelen llevar un tiempo en ser ejecutados, pero mientras antes él firme los papeles, antes se iniciará con el trámite —habló de manera elocuente, como siempre ante un nuevo cliente; no iba a permitir que por tratarse de una vieja amiga su profesionalismo se viera en tela de juicio—. Creí que luego de todo este tiempo separados, éste tema ya no te importaba.
—Supe que tiene novia. Tal vez quiere casarse con ella y no puede por mi culpa.
—Entonces ya te lo habría pedido de ser así, ¿no?
—Tal vez, pero quiero ahorrarle la molestia.
—Todavía lo quieres —afirmó, sin miedo a equivocarse—. ¿Por qué no te das una oportunidad?
—Te dije que tiene novia —alzó levemente la voz, el tema le molestaba—. Además no…
—Lovina…
—¿Por qué perdiste el contacto con Emily? —cambió abruptamente el tema, siendo ahora el turno de Arthur de incomodarse—. ¿Tus celos la aburrieron?
—Sí.
—¿Y la dejaste ir? ¿Así sin más? —se mostró espantada ante la reacción de su interlocutor—. No tienes idea de todas las veces que deseé que Antonio fuera a buscarme y me pidiera perdón por lo que había hecho… en ese entonces lo amaba tanto que estoy segura le hubiera perdonado y ahora tendríamos una familia feliz —hizo una mueca, molesta—. Estoy segura que Emily habría querido que la buscaras.
—Todo lo que dijiste… hablaste en pasado, Lovina. El tiempo ha hecho que tus sentimientos por Antonio aminoren, ¿quién me dice que a Emily no le pasó lo mismo?
—Tú no eres Antonio y yo no soy Emily. Su historia es otra, al igual que sus pensamientos y puntos de vista. ¡Los celos no son un motivo suficientemente válido para terminar con una relación tan linda! Sus peleas eran estúpidasy no duraban más de cinco minutos.
—Como las tuyas con el tonto de Antonio.
—No puedes comparar.
—Sí puedo. Tú lo estás haciendo —Lovina se mostró ofendida ante el comentario. Arthur rió—. Perdí completamente el contacto con Emily, no sé nada de ella desde hace casi diez años y, conociéndola como la conozco, tal vez ya está casada y con hijos —suspiró—. Lovina, mi historia con Emily fue linda, no lo voy a negar, pero no teníamos final feliz. No voy a negarte que aún añoro los días en que estaba con ella, pero la vida sigue y nosotros con ella.
—Pero Arthur…
—Hay que saber enfrentar las cosas —sonrió—. Si bien perdí contacto con Emily, aún me comunico de vez en cuando con Marguerite y ella me dijo que su hermana está muy bien y sabiendo eso yo soy feliz. El peor panorama que puedo esperar es ella llorando y sufriendo por mi culpa, pero no es así y enserio lo agradezco.
—¿Ya no la amas?
—Siempre le voy a tener mucho cariño —siguió—. Me he planteado incluso el qué haría si la viera caminando por la calle, ¿y sabes? No me avergüenza decir que iría a abrazarla y le preguntaría por su vida, porque no le guardo ningún tipo de rencor. Aunque sinceramente no creo poder ser su amigo, porque aquello por lo general se presta para malos entendidos, pero sí me gustaría mantener una relación amena con ella.
—Lovina —sonrió suavemente y limpió con cuidado la lágrima que apenas y se percató había mojado su mejilla. Nunca pensó que el tema le iba afectar tanto, aunque lo más probable era que haya enfocado sus palabras respecto al español y ella—. Si volviste a ver a Antonio y más encima tienen un hijo, tal vez ésta es su oportunidad de hacer bien las cosas.
—Pero…
—Te propongo un trato. Si en un mes sigues con la idea de querer divorciarte, llámame a la oficina y te juro que no intentaré persuadirte ni nada parecido.
—¿Por qué haces esto? ¿Eres imbécil? Se supone que eres mi amigo, idiota.
—Precisamente por eso lo hago, Lovina —aferró la mano de ella a la propia y volvió a sonreír—. Admito que Antonio nunca me simpatizó, y para qué decir lo mucho que me molestaba cada vez que te invitaba a alguna parte y el idiota ese te convencía para dejarme plantado… pero tú lo quieres y eso, no me lo puedes negar.
—Imbécil.
—Tal vez.
—¿Y si mejor cambiamos el tema? —musitó, visiblemente incómoda—. No nos habíamos visto en años y lo único que haces es hablarme del bastardo —Arthur rió ante las palabras—. Es enserio, maldición.
—Voy a ser papá —el inglés carcajeó ante la mueca de incredulidad de la italiana, ¡su reino por una fotografía para recordar el momento! Sabía que si sacaba su teléfono celular, Lovina se enfadaría y ya no tendría tan magnífica expresión de asombro—. ¿Tan difícil es de creer?
—¡¿Cuándo rayos pensabas decírmelo?! —chilló, colgada de desespero—. ¿Te casaste? ¿Por qué demonios no tienes un anillo? Maldición, Arthur, es de muy mal gusto soltar algo como eso de forma tan… abrupta.
—Tú querías que cambiara de tema —se encogió de hombros. Lovina rodó los ojos, los hombres, a su juicio, eran cada uno más desesperante que el anterior.
—Ahora quiero que respondas mis preguntas.
—Bueno, bueno... —hizo una pausa, tratando de rememorar las interrogantes de la fémina frente a él—. Pensaba decírtelo hoy, vi el almuerzo una instancia ideal para hacerlo y quería decirlo luego de hablar sobre el trabajo, uhm… —hizo una mueca—. No, no estoy casado, pero planeo estarlo pronto; obvio que estás invitada a la boda, eres mi mejor amiga —rió—. ¿Cuál era la otra pregunta?
—¿Quién es la afortunada?
—Dudo que la conozcas, pero te diré de todas formas. Su nombre es Michelle y la conocí en una exposición de artes.
—No puedo evitar compararla con Emily —hizo una mueca—. Ella jamás habría ido a una galería. Al menos no sin aburrirse y acabar dormida en alguna esquina.
—Créeme que yo también hice la comparación —rió—. Pero bueno, salimos un par de veces y nos hicimos novios.
—¿Así nada más?
—¿Qué más quieres? —hizo una mueca, demostrando su desconcierto—. Tampoco es que el asunto requiera de alguna ciencia o ecuación matemática, nos gustamos y ya.
—Suenas como colegiala enamorada —mofó—. ¿Cuándo voy a conocerla? ¿Y el bebé? ¿Ya sabes su sexo? ¿Cuándo nace? ¿Le compraste ropa? Asegúrate de no tener demasiada; con Adamo cometí el error de comprar por montón y ni la mitad la alcanzó a ocupar. Los niños crecen demasiado rápido, lo mejor es ir comprando de a poco.
—¿Desde cuándo eres tan efusiva? —Arthur elevó una ceja y Lovina sonrojó. Bueno, ella tenía experiencia con bebés y deseaba aconsejar a su amigo de la mejor manera posible. Gruñó al percatarse que el inglés no le sacaba la mirada de encima y lo pateó por debajo de la mesa.
—¡Bestia! —bramó el rubio.
—¡Deja las estupideces! Lo decía por tu bien, bastardo. Pero si no quieres hacerme caso, allá tu.
—Tampoco actúes como hermana celosa, Lovi —mofó y no notó el escalofrío que recorrió a la fémina al recordar a la hermana de Antonio—. Si quieres que te responda las preguntas en orden, vas a tener que repetirlas porque eran demasiadas y no recuerdo todas.
—Entonces empieza por las que recuerdes, bastardo —rodó los ojos y se cruzó de brazos.
—Tu genio no cambia —bebió un poco de jugo antes de proseguir—. Aún no sé el sexo del bebé, Michelle apenas tiene tres meses, eh… respecto a lo de la ropa, no tengo ni idea, Michelle se encarga de esas cosas y podría jurar que olvidaré todo lo que me dijiste, así que mejor deberías hablar con ella.
—Me gustaría conocerla. Quiero saber cómo rayos hizo para tenerte así.
—¿Así? —alzó una ceja.
Lovina se hizo la desentendida y rió para sus adentros ante las muecas del inglés. Tal y como había hecho él con la carta de menú, ella pidió la cuenta para distraerlo; habían hablado bastante y el tiempo no perdonaba. Por supuesto que la italiana hizo que Arthur pagara la comida, se suponía que era un caballero, ¿no? Bueno, ella dejó la propina y junto con ello apaciguó los reclamos del rubio. Durante el viaje de regreso al hospital, Lovina comentó el hecho de que su hijo había manifestado el deseo de ir a comer junto a Antonio; Arthur le aconsejó estar tranquila, si bien no conocía a Adamo, lo poco que ella había hablado de él en el pasado le dio la idea de que era un muchacho bastante centrado… ¡gracias al cielo! Porque con la madre que tenía, era casi un milagro que no fuera un completo desastre.
El golpe en el brazo le dolió. Y mucho. Lovina siempre había tenido la mano pesada.
Cuando las cosas se calmaron, Arthur insistió en el hecho de que debía confiar en su hijo y preguntarle casualmente cómo habían estado las cosas en casa de Antonio; nada de presión ni preguntas incómodas. La italiana entonces preguntó si sería o no conveniente que le llamara antes de entrar a trabajar… sólo para saber cómo lo estaba pasando. La mirada del inglés fue suficiente para hacerle retractar. Arthur le reclamó sobre qué entendía ella respecto al concepto "no presionar" Lovina gritó y él también lo hizo. Pasaron treinta segundos en silencio y luego comenzaron a reír.
Ambos recordaron, mas sólo para sus adentros, aquella vez que se habían besado. Por supuesto que había sido antes de conocer a Antonio y Emily. Sólo querían probar… Arthur había manifestado su atracción por Lovina y ella admitía que él no le era indiferente. Suerte para el par de atolondrados que aquel beso —en el cual no sintieron nada— no entorpeció su creciente amistad. Además una relación no hubiera funcionado, no con el temperamental carácter de ambos.
Se despidieron con un abrazo. Arthur prometió llamarla para así darle la dirección de su casa y que fuera con Adamo a conocer a su novia; Lovina se mostró gustosa ante la idea. Se encaminó entonces a las dependencias del hospital y cambió su linda ropa por el feo uniforme azul —el verde estaba en la lavandería— y la común bata blanca, aunque era una suerte que fueran estos quienes se mancharan de sangre cada vez que llegaba un paciente grave y no su blusa de seda. Porque sí, ella tenía debilidad por el buen vestir… lo llevaba en sus venas, ¡era italiana! ¿Dónde se ha visto a un italiano con ropa fea?
Suerte que Adamo había heredado el buen gusto de ella y no el de Antonio. Aún recordaba cuando el español —en la época del año cuando el calor comenzaba a hacerse insoportable— se paseaba por el campus sin una camiseta y claro, sus tontos amigos no eran menos. Recordó que al principio encontraba repulsiva aquella actitud tan… presumida —o bueno, al menos en Gilbert y Francis—. Luego odió con toda su alma la costumbre de Antonio, pues varias volteaban a verlo y, demonios, era su novio, no un pedazo de carne.
Terminó de amarrar su cabello y caminó hasta la recepción para marcar su hora de llegada y de paso pasearse cerca de la sala de emergencias y ver si había pacientes. Quería dejar de pensar en el español.
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Supongo que ya se habrán dado cuenta, pero igual lo digo; Michelle es Seychelles. Sé que tal vez a varios no le guste que lo haya dejado así, pero jskdfhsk :( no todas las historias terminan con un "y vivieron felices para siempre" la gente madura y al final cada quien se arma su propia felicidad. Arthur está bien, Emily es feliz y preferí dejarlo así :) Tal vez haga un reencuentro entre ambos, no sé.
mi sensual nombr: Todos aman a Adamo :') jajaj se le va a subir a la cabeza. Respecto a lo otro, enserio nunca me había planteado el hecho de que ésta historia fuera tal vez aburrida para alguien, aunque me alegra que hayas cambiado tu punto de vista y ahora te guste. Tranquila, con respecto a Alexis ya tengo todo planeado y no, no será nada de lo que tu piensas. Como puedes darte cuenta, Lovina efectivamente llamó a Arthur para el tema del divorcio, pero ya ves, el inglesito es el mejor amigo que podrías esperar, le dio un muy buen consejo y ya veremos como cambian las cosas, o no. Jajaj María fue ideaba para ser la típica hermana celosa, pero no la odies, si en el fondo es buena... creo. ¡Saludos!
Adi-Chan: Si te tomas la molestia de dejar un review, lo mínimo que puedo hacer es contestarlo, ¿no? Ahora el capítulo; uy Adamito :( enserio que no quería, no quería, pero tenía que dejar en claro de dónde salía el resentimiento de él hacia Antonio. No puede simplemente odiarlo porque no esté con su mamá; recién se enteró del motivo de la separación y no era esa su excusa para alejarlo. Pero nunca más, nunca más haré que llore. Alexis es un... eh, un caso, toda una personalidad(?) no será muy relevante en la historia, pero tal vez ayude a Adamo en alguna ocasión. ¡Saludos!
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Miren, les voy a dejar un mininininini adelanto de lo que va a pasar como en cinco capítulos más. Saquen sus conclusiones :') jajaj
—¡Y una mierda, maldito pervertido!
—Mamma —se alzó la voz del adolescente, captando la inmediata atención de los adultos—. ¿No me dirías nada si un día de estos te digo que soy gay?
—¡Já! ¡Lo sabía!
—¡Cállate bastardo! —ladró y luego se giró a su hijo—. Adamo...
¡Saludos!
