ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.
IMBRANATO
DOCE
Antonio despertó temprano, ansioso, pero por sobre todo muy feliz. ¿Qué más importaba que el cielo se estuviera cayendo a goterones o que hubiera salido de la cama a las seis de la mañana? Iba a almorzar con su hijo… ¡su hijo! El sólo imaginarse charlando amenamente junto a Adamo lo hizo delirar de emoción. No había estado tan feliz en años. Había valido la pena hacer méritos para que su estricto jefe le diera la tarde libre… si lo pensaba bien era injusto, pero bueno, si Edelstein habla, lo más sano para tus dedos —porque sí, hace años había tomado la costumbre de pasearse por la oficina con una batuta y dirigirlos a todos como si de una orquesta se tratara— era acatar las palabras del estricto austriaco y sonreír.
María casi se desmayó cuando, el día anterior, Antonio le mencionó que al día siguiente iría a almorzar a casa de sus padres en compañía de su hijo y que le gustaría que fuera y de paso le avisara a Paulo, pues él tenía muchas cosas que hacer aún. La mujer chilló, espantada, gritando sobre de dónde diantres él había sacado un hijo. Cuando el español le mencionó que la madre era Lovina, María sintió su cara arder producto de la rabia. Claro que no dudó en cuestionar acerca de la supuesta paternidad. Antonio rodó los ojos y se limitó de decir que mañana todas sus dudas serían zanjadas.
¡Por todos los cielos! ¡Si eran iguales! Ni siquiera su hermana iba a poder poner en duda el parentesco. Lo único que lo ponía nervioso era la reacción de sus padres; ambos eran ya bastante mayores y no sabían cómo iban a reaccionar ante la visita de un nieto de diecisiete años. Sólo atinó a llamarles por teléfono —sabía que si iba a su casa no iba a salir de ahí a causa de las innumerables preguntas—. Tal y como vaticinó, sus padres pegaron el grito en el cielo y le reclamaron el no habérselos dicho antes.
Rió tontamente cuando se cruzó con su jefe. Hasta se tomó la libertad de pasar un brazo por sobre sus hombros y agradecerle el darle la tarde libre —que vamos, se la debía por derecho. Como trabajador tenía cinco días excusables al año y apenas había usado la mañana de uno—. Escuchó a María gruñir por lo bajo, aunque tampoco le prestó demasiada atención.
"Feliz como una lombriz" subió a su auto y tomó rumbo a donde el adolescente le había citado; le pareció raro que no le haya dicho que pasara a buscarlo a su casa, más con la fuerte lluvia que había, pero tampoco pensaba reclamarle algo al respecto. Convenientemente para él, el sitio escogido era el supermercado; Antonio aprovecharía la oportunidad para pasar a comprar algo para almorzar y luego ir a casa de sus padres.
No supo cómo reaccionar cuando subió las escaleras desde el estacionamiento y se encontró con Adamo. ¿Abrazarlo? ¡Por supuesto que le hubiera encantado! Pero sabía que debía ser prudente y bajo ningún contexto forzarlo a algo. Se limitó a sonreír como hace mucho no hacía y hacer un gesto con la mano. Vio que el adolescente se removió incómodo y sólo hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo. El mayor no dudó en iniciar una conversación, comentando lo mucho que había hablado con sus abuelos acerca de él y lo mucho que deseaban conocerlo. Adamo hizo una mueca a la sola mención de la palabra "abuelos". Poco le tomó darse cuenta que seguramente toda su familia paterna estaría ahí. Suspiró, debió haberlo previsto.
Lo único que esperó fue no ser tratado como una atracción de zoológico.
Tuvo que admitir que Antonio era bastante dinámico y era difícil aburrirse a su lado. Claro, jamás se lo diría de frente y en voz alta. Pensó que tal vez por eso su madre se había sentido atraída por él; era de su conocimiento el fuerte carácter de ella, seguramente éste le había traído uno que otro problema durante su juventud… Antonio por su parte parecía de un eterno buen humor. Tal vez si era cierto eso de que los opuestos se atraen. Antes de darse cuenta estaba en el auto del mayor, con rumbo a la casa de sus… ¿podía llamarles abuelos? Si bien biológicamente hablando lo eran, no se sentía cómodo llamándolos de ese modo, así como no se sentía cómodo llamando papá a Antonio. Bien pensó que ni ellos ni su tíos —porque sí, creyó que tenía— tenían la culpa de lo que había pasado, así que lo mejor era dirigirse a ellos de forma respetuosa. Ya luego se darían solas las cosas.
Estacionaron frente a una casa de aspecto acogedor, justo en el corazón de Riano. Si bien habían tardado más o menos veinte minutos en llegar, el viaje había valido la pena; Adamo jamás había estado ahí y el sitio en sí era precioso. Casi a regañadientes salió del vehículo, no sabía qué esperarse del otro lado de esa puerta. Inspiró profundamente y dispuso a seguir a Antonio… hasta cierto punto le molestó que se tomara tantas molestias para con un simple almuerzo; Adamo tenía una pregunta puntual que hacerle y ahora no podría por el seguro griterío que se armaría. No conocía mucho de las costumbres españolas, pero si eran parecidas a las italianas, se despediría ahora de la tranquilidad. Aún era muy pequeño, así que no lo recordaba del todo, pero cuando tenía tres años, su abuelo, tía Felicia y el esposo de ésta habían viajado a Estados Unidos, recordaba mucha música y gente que no sabía de dónde salió. Su mamá en varias ocasiones le había mencionado que su abuelo, Julius Vargas, era muy extrovertido y no tardaba en hacer amigos. Le hubiera gustado tener más edad para recordar más detalles.
Un grito de sorpresa lo sacó de sus cavilaciones. Frente a él se encontraba un matrimonio de edad avanzada y dos adultos más o menos de la edad de Antonio. Adamo no tardó en notar que todos tenían los ojos verdes, una característica de la familia, supuso. La mujer de mayor edad lentamente se acercó a él y lo estrechó en un abrazo al tiempo que derramaba un par de lágrimas, los demás seguían mutados por la impresión. María entendió por fin las palabras de su hermano, el chiquillo que había llegado con él indudablemente era su hijo. Tragó en seco.
—Pero no se queden callados —alegó un animado Antonio—. ¡Digan algo!
—¿Lovina estuvo de acuerdo con que viniera el chiquillo o tuviste que amenazarla?
Adamo, al igual que Antonio, voltearon inmediatamente hasta donde provenía esa voz. El adolescente divisó entonces a un hombre no mucho mayor que quien lo había llevado a esa casa; a decir verdad, el parecido físico que tenía con Antonio era impresionante, salvo por el cabello largo amarrado en una coleta baja y una curiosa cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo. Adamo sintió al español temblar de rabia, por un momento creyó que se abalanzaría sobre el que supuso era su hermano mayor. El hombre de coleta se acercó hasta estar lo suficientemente cerca de quien había llamado chiquillo y lo contempló largo rato; tal parecía que su molestia se había esfumado nada más al estar cerca de él.
—¿Qué demonios pretendes, Paulo?
—No has contestado mi pregunta hermanito. ¿O acaso tengo que decirle a él que me responda?
—Tengo nombre —se alzó la voz molesta del menor. Paulo sólo pudo reír ante el carácter demostrado. Podía ser muy parecido a Antonio, por ende también a él, pero el carácter era la viva imagen de Lovina.
—Salúdame a tu madre apenas la veas, ¿sí? De parte de Paulo —sonrió al tiempo que le revolvía los cabellos castaños y luego se giró para encarar al resto de su familia—. Me voy, tengo cosas que hacer.
—Pero hijo —se alzó la voz de Francisca Carriedo—. ¿No te vas a quedar a almorzar?
—No gracias. Ya quedé con alguien y sólo vine porque quería conocer a…
—Adamo.
—Adamo —completó con una mini sonrisa—. Tengo que terminar un cuadro, aunque tampoco es como si realmente les importase —se encogió de hombros y sin más salió de la casa. Francisca se mostró indignada, José en tanto pareció más acostumbrado al actuar del mayor de sus hijos. El adolescente se incomodó ante el tenso ambiente que pronto se cimentó en la casa a la que de un principio no quería ir, pero tampoco iba a hacer cosa tal de hacer una rabieta o algo por el estilo.
De reojo vio a Antonio, tal parecía que estaba mucho más tranquilo sin su hermano mayor merodeando cerca. Alzó una ceja ante la actitud de su padre biológico; si bien él no tenía hermanos, le hubiera encantado tener al menos uno con quien tener una relación cómplice, esa que tantas veces envidió de sus amigos con sus respectivos hermanos. Si hasta parecía que podían entenderse nada más con la mirada. Enserio le hubiera gustado compartir eso con alguien. Francisca no dudó en tratar de relajar el ambiente, invitando a los presentes a pasar a sentarse para por fin poder comer. Claro que Antonio reclamó, ya que aún cargaba con bolsas llenas de carne, verduras y demases para hacer una rica comida. Su madre igualmente recibió lo comprado, aludiendo a que lo utilizarían otro día, y que se había tomado la molestia de cocinar algo ella sola ya que María sólo contaba con una hora para comer antes de tener que volver al trabajo. Obvio, ella no había pedido la tarde libre.
El menor de edad visualizó claramente la molestia de la mujer más joven. Se tomó unos segundos para detallarla bien; sus ojos eran verdes, dio por sentado que aquella era una característica de la familia, al igual que el cabello castaño. Le hubiera parecido una mujer bastante guapa de no ser por su ceño fruncido; parecía muy molesta, tal vez por lo de Paulo o, sin ir más lejos, por su presencia. El almuerzo estuvo lejos de ser una comida tranquila, tal y como el español hubiera deseado. Las miradas hostiles, acompañadas de los comentarios nada sutiles de María terminaron por dar la guinda a la torta. Aquello pasó más que nada a ser una pelea entre hermanos. Adamo bufó y, con toda confianza, apoyó el codo sobre la mesa y dejó reposar su cabeza sobre la mano… frente a sus ojos había todo un espectáculo y lo único que él quería era preguntarle algo específico a Antonio. Aunque no pasó por alto cuando aquella —a su juicio— desagradable mujer, comenzó a insultar indirectamente a su madre. Sus abuelos se escandalizaron, Antonio se molestó aún más, pero si de lo último se trataba, Adamo estaba furioso.
—Es claro que Lovina nunca quiso a Antonio —siguió María, arrojando cizaña a diestra y siniestra—. Claro que tampoco es como si tú tuvieras la culpa —siguió, señalando ahora a Adamo—, aunque en tu lugar le habría reclamado por conocer a mi papá. No tienes idea de lo mucho que sufrió Toño por esa… —pareció controlarse justo en el último segundo—. Mujer.
—Supongo que tanto como lo hizo mi mamma —acotó firme. No pasó por alto el rostro inquieto de Antonio—. Aunque en mi opinión, ella sufrió más que tú, ¿o me equivoco?
—No es correcto hablarle así a tu padre.
—Señora —habló golpeado, su paciencia estaba escaseando—. Padre es quien cría… Antonio sólo es mi progenitor, el que tuvo sexo con mi mamma, el que hizo el "trabajito" —mofó—. Llámelo como quiera.
—¡Claramente fue esa quien te crió! —musitó escandalizada—. Antonio hubiera sabido corregir esa boca sucia.
—¿Por qué tanto resentimiento? —siguió cansino—. ¿Acaso no tiene esposo e hijos a quienes gritar o criticar? Francamente no voy a permitir que alguien me grite, aún cuando comparta lazo sanguíneo con esa persona.
—¡Tu madre nunca fue digna de mi hermano! —chilló con rabia, levantándose bruscamente de la silla—. Nunca debiste haber nacido. Ahora por tu culpa Antonio está encadenado a esa cualquiera para siempre.
—¿O sea que sí era digna de que el señor aquí presente la engañara? —asaltó indignado—. No voy a permitir que ni usted ni nadie hable mal de ella. Podría jurar que nunca se tomó el tiempo para conocerla, así que mejor guarde sus palabras para alguien a quien les interese, porque en lo que a mí respecta, usted es una…
—¡Suficiente los dos! —se alzó la voz espantada de José Fernández—. María, retírate.
—¡¿Qué?! ¡Es este chiquillo el que me insultó!
—No has hecho otra cosa que agredirle. ¿Es esa la educación que te dimos tu madre y yo? —bufó—. Retírate por favor.
Espantada y en extremo ofendida, María tomó sus cosas y salió de la casa. Nuevamente el ambiente tenso se cimentó entre los presentes; Francisca Carriedo se apresuró a ir a la cocina por los postres, ya decía ella que éstos podían abolir toda amargura. Adamo se dejó caer nuevamente sobre la silla y se removió incómodo al sentir la mirada de su abuelo paterno sobre sí; pensó que tal vez debió haber medido sus palabras, pero es que simplemente se enfureció cuando esa mujer comenzó a despotricar en contra de su madre. Tampoco podía ignorar el obvio hecho de que quizás todos en esa familia le guardaran rencor por lo que había hecho, pero hay formas y formas de expresar las cosas.
Recibió apenas con una mueca, que intentó ser una sonrisa, el helado con salsa de chocolate que le ofrecía la mujer. A su lado, Antonio no sabía dónde, literalmente, esconder la cabeza. Su hijo sabía que había engañado a Lovina y eso le incomodó a sobremanera, tal vez por eso le guardaba resentimiento… pero, ¿entonces por qué le había pedido que se juntaran para comer? Cuando su secretaria le transfirió la llamada casi le dio algo, más aún cuando el adolescente mostró interés en estar con él. No cabía en su cuerpo tanta felicidad.
—Lamento lo anterior, Adamo —siguió José, ahora con voz tranquila y arrulladora. Adamo pensó en cómo habría sido si, de pequeño, ese hombre le hubiera leído un cuento frente a la chimenea—. Lo último que queremos es incomodarte. Lo digo sinceramente.
—No se preocupe por eso —reprimió un suspiro—. No es la primera vez que defiendo a mi mamma de las lenguas flojas.
Antonio pudo jurar que por un segundo, el menor lo taladró con la mirada. Tragó en seco.
—Lo cierto es que José y yo quedamos muy sorprendidos cuando ayer, Antonio nos llamó diciendo que vendría a almorzar con su hijo —Francisca se sentó junto a su esposo y enfocó la vista en su nieto—. Ambos gritamos —recordó con una risilla—. José se quedó mudo y yo casi me desmayé…
—Supongo que era inevitable.
—Independiente de lo que ocurra ahora en más —acotó el dueño de casa—. Nos gustaría que nos visitaras de vez en cuando… si quieres, claro. Nos haría muy felices si accedes a ello.
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"Al menos el postre lo pude comer en paz" pensó un cansado Adamo al tiempo que se lavaba las manos en el baño. Habían transcurrido casi dos horas desde que había llegado a la casa y aún no tenía la conversación con Antonio. Miró su reflejo en el espejo y se sumió en sus pensamientos. Sin lugar a dudas sus tíos eran todo un caso, aunque tal vez, sólo tal vez, Paulo resultara ser agradable; pensó que le gustaría hablar con él, aunque claro, sin Antonio de por medio… no había que ser un genio para darse cuenta que su relación no era de las mejores.
Sus abuelos —vaya que le costaba referirse a ellos como tal, pero José y Francisca insistieron tantos que no le quedó opción—, se disculparon, aludiendo que a su edad ya no podían saltarse la maravillosa hora de la siesta. Adamo rió entre dientes, levemente nervioso ante la idea de por fin quedar a solas con Antonio.
De reojo divisó al mayor, le vio caminar hasta la cocina, no dudó en seguirle y simplemente ver cómo ponía agua a hervir; seguramente para tomar un café. A pesar de que toda la casa estaba calefaccionada gracias a la chimenea, el frío igualmente era palpable; no por nada estaban en noviembre. Apenas con un gesto Antonio le preguntó al adolescente si gustaba un poco de café y Adamo respondió afirmativamente, también limitándose a un gesto con la cabeza. Se sentaron alrededor de la mesa de la cocina, uno más nervioso que el otro. El español simplemente se dedicó a esperar.
—¿Por qué engañaste a mi mamma?
Justo la respuesta que se esperaba. No que alardeara de saberlo todo, pero bajo las condiciones en las que estaban, era lo más lógico. Antonio desvió la mirada, avergonzado por sus actos y de esa forma le explicó todo, con lujo de detalles, tal y como había hecho con sus amigos.
Y esperó.
Cuando trascurrieron quince minutos en completo silencio, se incomodó más de lo humanamente sano; no había gritos, ni protestas en su contra, ni nada que se le pareciera. Pensó en que tal vez le habría creado alguna especie de shock o algo así. Se sentía sumamente nervioso. Adamo terminó de beber el café y clavó su mirada jade en la de su progenitor, Antonio no supo interpretarla, y eso que tenía experiencia en ello; no por nada había ganado el prestigio que tenía como abogado y le había dado renombre a la firma en la que trabajaba.
—¿Tan poco nos querías que un día simplemente te aburriste y dejaste de buscar?
—Yo no sabía de tu existencia, hijo —sintió un sabor agridulce en la boca, era la primera vez que se refería al menor de esa forma—. Pero había pasado tanto tiempo… creí que si Lovina no daba señales de vida era porque enserio ya no quería saber nada de mí.
—Hasta el día de hoy no quiere saber de ti, me consta —siguió como si nada, omitiendo la mueca de Antonio—. Hice unos cálculos y quisiera que me los confirmaras —hizo una pausa—. Mi mamma viajó para decirte que estaba embarazada de mí, ¿verdad?
—Sí —sintió su voz quebrarse—. Pero nada más me he enterado ahora —intentó defenderse—. No tienes idea de lo mal que me sentí cuando lo supe. Yo siempre había querido formar una familia.
—¿Y qué te detiene? —bufó—. Tuviste dieciocho años para conocer a alguien, casarte y todo eso. ¿Por qué no lo has hecho?
—Porque… —pensó en si sería prudente o no decirle que era porque cada noche y por mucho tiempo soñó con un bebé que Lovina acunaba amorosamente en su regazo, mas cuando se lo pasaba a él, éste se deshacía por completo. Porque todavía estaba enamorado de la italiana. Porque sólo con ella se había proyectado de tal forma. Porque... existían tantas respuestas para la misma pregunta, pero no quería pecar de cursi, mucho menos que sus palabras sonaran como un cliché y Adamo no las creyera; porque sí, hasta sus amigos le dijeron eso cuando entre copas, se confesó—. No lo sé. Miedo a que me dejen nuevamente, supongo.
—No te van a dejar si no engañas —se encogió de hombros y nuevamente pasó por alto el rostro triste de Antonio—. Si quieres la verdad, me parece que su excusa es patética, pero bueno… así son las cosas.
—Adamo…
—Voy al baño —cortó—. ¿Luego me vas a dejar a Roma, por favor?
Asintió con la cabeza y Adamo se dio por satisfecho. Antonio tapó su rostro con las manos, suspirando y pensado en si su elección de palabras había sido o no la adecuada. No sabía si su hijo sabía más cosas al respecto, era de pocas palabras, al menos con él. ¿Pero qué más iba a hacer? Se había limitado a decir lo que sentía y cómo se sintió cuando ocurrieron las cosas; aunque había omitido a su novia y el hecho de que aún estaba enamorado de Lovina. No creyó relevante decirlo.
Sobresaltó apenas un poco cuando el adolescente ingresó nuevamente en la cocina, ya listo para irse. Dio gracias al hecho de que sus padres ya habían despertado y que insistieron con eso de que el menor debía visitarlos más a menudo… pues siempre podía caer de improviso en la casa y, si tenía suerte, encontrarse con su hijo.
El camino de regreso fue tan silencioso como el de ida. Antonio era, por naturaleza, una persona alegre y muy dinámica, y el estar casi forzado a estar en silencio y serio era algo que lo incomodaba a sobremanera.
—¿Me odias? —inquirió ya varios metros alejado de la casa de sus padres. Si bien lo cierto era que debía mantener su atención en el camino, se sintió con la necesidad de preguntar eso a su hijo. Vio a Adamo fruncir levemente los labios y se puso nervioso nada mas al imaginar qué clase de respuesta recibiría.
—No —musitó a secas, con la vista clavada en el vidrio de la ventana del auto, completamente mojada por la lluvia que parecía no querer cesar—. Pero tampoco voy a negar que te tengo un poco más de rencor que a mi mamma.
—¿Por qué? —claro que esas palabras nunca las esperó. ¿Rencor? Bien, él se lo merecía, ¿pero Lovina? Pudo jurar que ella siempre veló por el bienestar del adolescente. No entendía nada.
—Tú la engañaste, fueran cual fueran tus motivos —explicó—. Ella se lo tomó mal y me alejó de ti. Una cosa lleva a la otra, pero no, no te odio.
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Sin ir más lejos, hace mucho que no me sentía tan mal como hoy. Pueden darle las gracias a mi QUERISIMO padre el haber cuestionado el seguir escribiendo, porque claro, tengo una redacción de mierda y que lo único a lo que debería dedicarme es a ser buena con los números y la química, que para algo me paga la universidad. En fin... pese a que lo cuestioné, no quiero dejar la historia, pero debo confesar que anímicamente NO me siento bien; el capítulo trece no lo tengo escrito (aunque tengo la idea en mente) y éste mismo me costó un mundo poder hacerlo. Tal vez me demore más de la semana acostumbrada en subir algo. No sé si voy a estar de mejor humor para ese entonces. De antemano me disculpo también ya que no he revisado nada y tal vez encuentren más de un error en el escrito. Perdón igual a las que no les respondí el review; me gustaron mucho, pero no tengo ánimos para escribirles de vuelta.
