ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.
IMBRANATO
TRECE
Diciembre llegó en un parpadeo. El espíritu navideño inundó las calles desde el primer día del mes. Para Adamo era raro no ver las calles totalmente cubiertas por la nieve; después de todo ésta es sinónimo de navidad, ¿no? Acomodó su bufanda y se dio ánimos para salir del departamento. Si bien la ciudad no estaba cubierta por el clásico manto blanco al que estaba acostumbrado, el frío no era despreciable. Creyó seriamente que estaba pecando de imbécil. Cinco minutos antes de irse, su madre le había ofrecido llevarlo al colegio —porque sí, ya se había comprado un auto—, pero claro… él había dicho que no porque obvio, gracias a la calefacción el ambiente era muy agradable dentro del departamento.
Nota mental: sacar la mano por la ventana para comprobar la temperatura ambiente antes de disponer a salir.
Lovina en tanto tuvo que aguantar un par de risas por parte de sus compañeros de trabajo; si bien no sabían exactamente donde vivía, era de conocimiento de casi todos que su hogar quedaba cerca del hospital y bueno, verla llegar en un auto fue suficiente motivo de burlas. Más de uno comentó que su sedentarismo se debió a tantos años en Estados Unidos. La italiana frunció los labios, en un intento por no reír… ¡porque vamos! Hasta a ella le dieron risa los comentarios, pero no iba a reír, no señor; se había ganado la fama de mujer ruda y no iba a tirar todo por el caño. Acomodó su bata blanca —sin abrocharla, de ese modo le daba algo de estilo al feo uniforme— y caminó para ver si había llegado algún paciente o si alguno había quedado interno; como el día anterior lo había tenido libre, estaba un poco perdida respecto a todo.
A pesar que por lo general las mañanas eran tranquilas, el ajetreo en la sala de emergencias fue tal que muchos de los médicos, enfermeras y paramédicos sintieron colapsar. ¡Ni siquiera para la fiesta nacional había tantos accidentados! Lovina masajeó sus sienes, tratando de organizar los pacientes que le habían asignado. Era obvio que primero trataría a los que, a su juicio, estuvieran más graves, ¿pero cómo explicaba eso a los familiares que, histéricos, clamaban por atención a sus seres queridos? "Paciencia Lovina, paciencia" se repitió como un mantra; en la escuela de medicina muchas veces les advirtieron que pasarían por situaciones de estrés, por lo mismo les enseñaron a mantener la calma.
Pero, definitivamente se acriminaría si ese hombre continuaba gritándole en el oído.
—¡Hago todo lo posible! —trató de no sonar demasiado brusca, no supo si lo logró—. Señor, no sé si lo ha notado pero estamos saturados, su esposa será atendida en la medida de lo posible, ya uno de los paramédicos le suministró un sedante, así que por favor, se lo pido con el mayor respeto del mundo… déjeme trabajar tranquila.
Gracias al cielo el resto del día no fue molestada, y salvo por la niña que parecía estar en crisis de pánico, todo estuvo relativamente calmado.
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Antonio tomó su maletín —el cual previamente llenó con todo lo necesario— y dispuso a salir de su oficina con destino a la corte de justicia. Ignoró olímpicamente el llamado de su hermana; lo cierto es que estaba bastante molesto con ella. Si bien había transcurrido ya varios días desde el desastroso almuerzo, María no atinó a disculparse por sus palabras y ello claramente fomentó el enojo para con ella. Sabía lo sobre protectora que era —y sí, sabía perfectamente el motivo y no, no era por Lovina—, pero todo tiene un límite. Si insultas a alguien, aunque sea indirectamente lo lógico es disculparte.
También pensó en lo ocurrido con Paulo; no sabía por qué había sido tan agresivo con él, cuando por lo general se llevaban de maravillas. Si lo pensaba bien, desde lo ocurrido con Lovina, su relación se tensó al punto de que cualquiera de los dos explotaba ante la más mínima provocación. En más de una oportunidad Antonio creyó que su hermano estaba enamorado de su esposa y eso lo hizo ponerse verde a causa de los celos; luego, cuando Paulo apareció de la mano de un tipo con peinado de tulipán, aludiendo a que era su novio… a cuadros se quedó. Se sintió un completo imbécil, aunque tampoco es como si tuviera que saber que el mayor de los Fernández Carriedo tenía ese tipo de gustos. Se sintió enfermo nada más al pensar que el gigantón de Govert se lo met… a Paulo y…
Era demasiado para su salud mental. ¡Era un maldito pervertido! ¿Por qué demonios tuvo que imaginarse a su hermano en esa situación?
Oh, pero aún había más. ¿Lo mejor de todo? Govert es el hermano de su actual novia. Quizás lo único raro era que se enteraron recién de ello cuando se encontraron un día en la casa de la belga gracias a una comida que había organizado para el cumpleaños de su hermano. Claro que Antonio había oído mencionar varias veces a ese individuo, sin embargo jamás imaginó que se trataba de la misma persona. Quizás atentó de paranoico, pero estuvo seguro que desde el primer momento no le agradó a Govert y que éste se enterara que era él quien estaba con su linda y tierna hermanita… definitivamente NO ayudó demasiado. El gigantón con peinado estrafalario no hacía más que matarlo y volverlo a matar con la mirada.
Sinceramente no lo entendía, su hermano era guapo, con una personalidad chispeante y divertida, en tanto Govert era… daba miedo, ¡enserio! Su cara daba miedo. Antonio creyó que nunca en la vida había sonreído, ¡su rostro no tenía líneas de expresión! Bueno, eso o usaba una muy buena crema facial. Claro que se inclinaba más por la primera opción. No estaba demasiado seguro que Govert fuera del tipo metrosexual; al menos no, teniendo a Francis como referencia.
Salió de su auto y se mentalizó para el juicio que le esperaba. En los tribunales de justicia, su personalidad extrovertida y risueña quedaba en la puerta. No iba a poner en riesgo su profesionalismo.
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Adamo agradeció con toda su alma el receso, creyó que iba a morir entre tantos números. Entendía que eran importantes y todo eso, pero él simplemente los odiaba, eran feos y nada atrayentes. Lo bueno a corto plazo era que aquel era el último día a la semana que veía matemáticas y podría liberar el estrés con un mini partido de fútbol con sus compañeros… y cuando hablaba de estrés éste no incluía sólo a las horribles funciones exponenciales.
Alexis.
Juró que un día de esos se acriminaría contra ella. Bueno, tal vez no, pero por su culpa ahora no podía sacarse cierta imagen mental de su, hasta ese entonces, despistada e inocente cabeza.
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—¿No crees que deberías considerar tener guardaespaldas?
La sola mención de la pregunta llamó su curiosidad. Dejó de lado el resumen del libro del cual pronto tendría evaluación y la miró atentamente. Alexis rió entre dientes y acomodó su trenza rubia en uno de sus hombros, clavando divertida su mirada en la de quien se había vuelto su interlocutor. En una muda petición y disimuladamente le pidió a Adamo que diera un vistazo a lo que ocurría a su alrededor. Extrañado lo hizo, mas no notó nada demasiado raro, vale decir, algunos estaban como locos tratando de conseguir el resumen del libro —estaba seguro que él era el único que leyó el libro y lo complementó con el resumen—. Fuera de eso estaban los típicos grupitos charlando. No entendió que era lo que se suponía que debía ver.
—Eres un apetitoso trozo de carne —musitó por lo bajo con voz sugerente y luego estalló en carcajadas al ver el evidente sonrojo en el rostro de Adamo—. ¡Vamos! ¿Me vas a decir que enserio no te habías dado cuenta? —siguió entre risas—. Desde que me senté a tu lado las chicas no han quitado la vista de aquí. Eres un pedazo de carne en medio de una jauría de lobos hambrientos.
—¿Qué demonios tu analogía? —rodó los ojos, aterrado—. Es desagradable.
—¿A sí? Deja decirte que eres el clásico estereotipo por el cual varias se quitan las bragas. Estudiante extranjero, guapo y con un acento extraño que, para colmo de males, te de un plus —rió—. Tu realidad.
—Pero si soy italiano. Nací aquí. Si de extranjeros se tratan entonces mejor hablamos de ti.
—Desde los ocho meses vivo en Italia. No tengo acento, sólo un apellido diferente.
—Rayos —calló unos minutos, utilizándolos para meditar las palabras de la rubia junto a él. Una risilla de burla no tardó en surcar sus facciones—. Alexis…
—Dime…
—¿Te atraigo?
El sonrojo de la francesa fue inmediato, casi se camufló con el rojo de la falda a cuadros del uniforme. Adamo sonrió altanero y la acorraló, poniéndose de pie justo frente a ella y poniendo cada mano al lado de su cuerpo, acorralándola. Alexis comenzó a balbucear y sentirse mareada debido al exceso de sangre en la cabeza; finalmente atinó a hacer lo único que recordó haber visto en una vieja película: levantó la rodilla e impactó de lleno cierta parte anatómica muy sensible en los hombres, Adamo sintió quedarse sin aire. Lanzó una mirada cargada de veneno a su amiga y juró en lo profundo de su alma que se vengaría.
—Ni se te ocurra volver a hacer eso, Vargas —musitó espantada, aún sonrojada por lo ocurrido. ¿Adamo le atraía? ¡Por supuesto que lo hacía! No era ciega, claro que lo encontraba atractivo, pero de ahí a pensar en él como novio, no. Tampoco iba a negar que en un principio se acercó a él con la clara intensión de que pasara algo, sin embargo el tiempo le dio a entender que el chiquillo que ahora se retorcía de dolor era el mejor amigo que pudo haber pedido.
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Adamo gruñó ante el recuerdo. Ahora no sólo se sentía observado, sino que además seguía pensando que se había quedado sin día del padre. Si bien el golpe no había sido demasiado fuerte, bueno, ¡era una parte sensible! Y como si fuera poco, por la noche Alexis tuvo más encima el descaro de seguir riéndose de él.
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Adamo Vargas: te odio con toda mi alma.
Alexis Françoise Bonnefoy: todavía estás enojado? pff. lo hice por tu bien
Adamo Vargas: casi me lo partiste en dos! cómo demonios va a ser eso por mi puto bien?
Alexis Françoise Bonnefoy: já! intenta parir y luego hablamos de dolor
Adamo Vargas: nunca has parido. además está comprobado que una patada en las bolas duele más que parir
Alexis Françoise Bonnefoy: …
Adamo Vargas: búscalo, maldición!
Alexis Françoise Bonnefoy: no me apetece
Adamo Vargas: recuérdame por qué eres mi amiga?
Alexis Françoise Bonnefoy: porque estás enamorado de mi, obvio :*
Adamo Vargas: ya quisieras
Alexis Françoise Bonnefoy: pff, muérete
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La pelota pasó peligrosamente cerca de su rostro, debía concentrarse más en el juego y no en los malos ratos que Alexis le provocaba. Casi pudo jurar que un par de chicas estuvieron conteniendo la respiración ante el, a simple vista, inevitable accidente. Rápidamente desechó esa idea, culpando de todo a la loca que tenía por amiga. Fue una suerte que justo en ese momento el primer timbre de término de receso sonó; más que rápido se dirigió al baño para lavarse el rostro del resto de sudor y corrió al salón de clases… enserio se estaba poniendo paranoico, ¡se sentía observado!
Iba a matar a Alexis por meterle ideas raras en la cabeza.
—Supe que casi haces colapsar a tus fans en el receso.
¡Lo que le faltaba! Gruñó y se sentó en la silla. Alexis parecía dichosa de incomodarlo y reírse a su costa. La rubia rió ante la reacción de Adamo, a su juicio era adorable cuando se enfadaba.
—Enserio no me enojaría si un día de estos dejas de joderme —musitó sonriente, mas sus instintos clamaron por sangre francesa y pudo jurar que su rostro adoptó una mueca sádica. Alexis rodó los ojos y, lejos de sentirse intimidada, lo encantó sin abandonar su sonrisa.
—¿Por qué de tan mal humor, mon ami?
—Desde que me dijiste eso de la carne no he pensado en otra cosa —gruñó—. Me lavaste el cerebro, ¡bruja!
—Sí, como digas —rodó los ojos y optó por cambiar el tema, después de todo el profesor aún no había llegado—. ¿Tienes planes para navidad?
—No aún, ¿por qué lo preguntas?
—Sólo quiero saber si voy a poder ir a tu casa para darte tu regalo —se encogió de hombros y Adamo levantó una ceja.
—¿Me vas a comprar algo?
—¿Y por qué no? Somos amigos —sonrió, dejando de lado todo vestigio de burla—. No encuentro que sea algo malo.
Sinceramente no había esperado ese tipo de respuesta; sonrió agradecido de la molesta, pero buena amiga que había conseguido en tan poco tiempo, porque obvio, no había hablado con ella desde el primer día y recién llevaba poco más de tres meses en Italia. El ingreso del profesor de ciencias sociales hizo que todos se acomodaran en sus asientos en completo orden y silencio. A pesar que dicho maestro no era uno que precisamente impusiera respeto —porque hay que admitirlo, hay gente que lo tiene y gente que simplemente no—, bueno, nadie quería acabar en la oficina de Braginski…
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Lovina se espantó al ver aparecer a Paulo en la sala de emergencias. Bien sabía que una vez en ella, todos los sentimientos para con seres queridos debían ser olvidados, pero simplemente no pudo evitarlo y de todos modos logró alarmarse. El hombre rió ante su mueca de horror y le tranquilizó inmediatamente, preguntándole de paso si siempre iba a poner la misma cara cada vez que lo viera aparecer. La italiana frunció el ceño y le dio un golpe en el brazo. Lo cierto era que la primera vez que lo vio —luego de los saludos que recibió de su parte, lo cual le dio a entender que seguía en Italia— fue precisamente fuera del hospital y, bueno, simplemente pensó lo peor.
¿Cómo rayos iba a saber ella que justo en ese momento estaba entregando un cuadro a un cliente que vivía cerca de ahí?
—Estás tan linda cuando te enojas, Lovi —musitó con una risilla, no dudando un segundo en abrazarla. Lovina sonrojó de pies a cabeza, ¡todos los estaban viendo! Maldito Paulo.
—Déjame ya, bastardo —alegó refunfuñando. Hacía recién quince minutos que se había calmado el ambiente en la sala de emergencias y lo último que necesitaba eran las evidentes muestras de cariño del luso. Aún así la italiana elevó una de las comisuras de sus labios en una sonrisa y luego invitó a su amigo a la oficina que ocupaba, no regularmente, pero que de todas formas tenía una plaquita en la puerta con su nombre.
—Tú dirás… —musitó en tanto se sentaba sobre la cómoda silla negra.
—¿Acaso no puedo simplemente pasar a ver a mi querida amiga al trabajo? —inmeditamente Lovina hizo amago de contestar a ello—. Ya, ya, sí sé que siempre estás ocupada, pero algo me dijo que justo ahora no lo estarías, así que por eso vine.
—Hubieras llegado quince minutos atrás y tu intuición habría fallado.
—Pero no lo hice —rió fanfarrón. La fémina rodó los ojos—. Lovi, ¿a qué hora sales?
—Mi contrato dice que a las seis de la tarde, pero a veces simplemente no se puede porque estamos con muchos pacientes y casi siempre salgo mucho más tarde.
—¿Y hoy?
—Podría irme un poco antes —reconoció—, pero sólo si la idea que tienes en mente me convence.
—Yo sólo te quería invitar a ir a la cafetería a la que fui el otro día, tienen un pastel deliciosísimo, pero —puso su mejor voz lastimosa— si pasar tiempo con un amigo no te llama la atención, entonces me voy y te dejo con tus pacientitos.
—Rayos —bufó—, enserio eres un maldito manipulador.
—Anda Lovi… vamos por Adamo también y vamos a comer —insistió como un niño. Lovina rió entre dientes, advirtiendo a que primero debía pedir a alguien que la cubriera, así que tenía que esperar un poco. Paulo se mostró adepto a ello y, tranquilamente, esperó en la oficina.
La italiana supo entonces que el luso tenía alguna estrella de la suerte o algo así, porque le bastó nada más pedirle al primer médico que encontró para que éste aceptara cubrirla y así pudiera irse tranquilamente. Pensó que luego ya tendría que devolverle el favor a Mathias. Echó a patadas a Paulo de su oficina; tenía que cambiarse de ropa y el luso alegó no querer salir bajo la excusa de que era gay y enserio verla desnuda no le iba a provocar nada. ¡Já! Claramente se ganó más de un golpe por parte de la temperamental italiana.
Subieron al auto de ella —Paulo dijo que podía llamar a su novio para que fuera por el suyo, pues tenía copia de las llaves— y tomaron rumbo al colegio al que asistía Adamo. Lovina volvió a dar por hecho que el luso tenía algún tipo de estrella de la suerte o algo así; se preguntó cómo rayos sería una vida con una de esas.
El reloj bordeó las cinco y treinta de la tarde, justo la hora en que su hijo salía de clases. No vio necesario salir a buscarlo, simplemente esperaría a que apareciera y tocaría la bocina de ser necesario. No pasó mucho tiempo antes de divisarlo, sin embargo nunca esperó ver tal espectáculo. Estaba con la misma muchacha rubia de la otra vez, puso ojo en ello e hizo una nota mental para preguntar por ella; Adamo parecía molesto, al contrario de su compañera que parecía no poder contener la sonrisa en su rostro. Luego, no supo cómo rayos pasó, pero su hijo estaba siendo acorralado contra la pared por una chica de cabello negro… se quedó con la boca abierta cuando, luego de un par de gritos a la rubia —entre los que se incluía que dejara de acapararlo— la pelinegra besó a su hijo... ¿apasionadamente? Quedó en shock y tal parecía que Adamo también, pues estaba completamente quieto, en tanto las manos de la osada jovencita parecían cobrar vida propia.
Tragó en seco. Tuvo que ser sujetada por Paulo para no interferir. Le reclamó y el luso le preguntó si en verdad quería que su hijo fuera defendido por 'la mamita' y que todos lo vieran. Lovina soltó un gritito de exasperación.
No supo, enserio que no supo cómo reaccionar cuando la pelinegra fue bruscamente apartada de su hijo por otra chica que tal parecía igual quería besarlo… se puso pálida nada más al pensar en que tal vez su hijito no era tan pequeño como ella seguía creyendo y que incluso tal vez ya había perdido su… cosita. ¿Por qué había pasado tan rápido el tiempo?
Tan sumida estaba en sus pensamientos que no notó cuando Adamo se escabulló de los gritos apenas tuvo oportunidad, seguido muy de cerca por Alexis, que no sabía si reírse o sentirse preocupada por lo que había pasado. El adolescente sobresaltó al reconocer el automóvil de su madre; a duras penas se acercó, preguntándose en su fuero interno si ella habría presenciado tamaño espectáculo… sólo le bastó ver la cara de ambos adultos para darse cuenta que sí. Lovina alzó una ceja al ver que su hijo estaba junto a la rubia y ésta distaba mucho de estar enfadada; ¿no se suponía que era su novia?
—Mucho gusto —comenzó la muchacha, sonriente—. Soy Alexis Bonnefoy, amiga de Adamo.
¿Bonnefoy? ¿Era acaso una puta broma? La italiana repasó mentalmente la posibilidad de que esa chiquilla NO fuera hija del pervertido francés amigo de Antonio. Bufó al encontrar demasiado altas las posibilidades de que efectivamente lo fuera, porque vamos, Bonnefoy no era precisamente un apellido común en Italia.
—Ah… —pareció quedar sin palabras—. Adamo, ¿me puedes explicar qué significa lo que acabo de ver?
Pasó por alto la evidente palidez de su vástago. Paulo estaba que se destornillaba de risa, mordía insistentemente sus mejillas para no hacerlo; sabía que Lovina le iba a gritar si lo hacía y enserio no quería poner más nervioso a Adamo de lo que ya estaba.
—Yo le explico, tía —a la italiana ya no le cupo duda de que esa niña era hija de la rana francesa; si tomarse demasiada confianza para con un desconocido no era suficiente evidencia, entonces que la partiera un rayo... a la chiquilla, obvio, no a ella—. Su hijo es lindo —rió—, tiene varios factores que atrae a muchas chicas y de hecho ya se lo había dicho, pero me trató de loca y hasta de bruja —se victimizó; Lovina supo entonces que sólo le hacía falta morder un pañuelo para ser la viva y dramática imagen de su padre—. Como no me creyó, obvio no se cuidó de las hormonas de nuestras compañeras y ¡tadá!, pasó lo que acaba de ver.
—¿Por qué rayos siempre dices las cosas de ese modo? —alegó un recuperado Adamo. El shock inicial aún prevalecía, pero si se trataba de pelear con Alexis, bueno, siempre estaba dispuesto a hacerlo. De reojo vio el rostro de su madre, estaba inexpresivo. Tragó en seco.
—Adamo, invité a tu mamá y por supuesto a ti también a una cafetería que me recomendaron hace tiempo —Paulo y su eterna sonrisa lograron calmar el ambiente—. Anda, sube al auto… tu amiga igual puede venir si quiere.
—Gracias por la invitación —sonrió—, pero tengo que ir a la oficina de mi papá —se volteó a Adamo y ya no ocultó su risilla de burla—. Hablamos en la noche. Nos vemos.
Los tres ahí presentes vieron como se alejaba la rubia. Pronto los ojos de los mayores se posaron sobre el menor, Adamo miró por la ventana, tratando de restarle importancia al asunto. No supo cómo, pero tal parecía que tanto Paulo como su madre decidieron en una muda discusión ir a la cafetería y comprar algo para llevar. El adolescente tragó en seco, lo más seguro es que fueran al departamento y ahí no podría escapar a la larga conversación que seguro tendrían.
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Cortito: quiero dar las gracias por sus palabras :') no tienen idea del ánimo que me dieron; sobre todo AwesomePrussia94 , a quien dedico este cap... sé que te dije que iba a poner más cosas, pero en el otro va a ir todo lo que te dije jajaj. Subo ahora porque, como dije, me subieron el ánimo y porque tengo que viajar y ver mil cosas en la universidad, hablar con la jefe de carrera, ugh x.x
¡Saludos!
