ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.


IMBRANATO


CATORCE

Adamo supo que estaba muerto cuando, luego de ingresar al departamento en el que vivía con su madre, ésta le pidiera sentarse en el sofá que estaba justo frente a ella. Paulo tomó asiento junto a la italiana y el adolescente pudo jurar que disfrutaba de la situación tanto como lo haría Alexis. Por un momento creyó que era un imán para gente… gente… gente especial, sí, eso. Lovina aclaró su garganta y Adamo pudo jurar que dijo algo, pero no pudo escucharlo… entendió entonces cómo se sentían los protagonistas de esas películas de ciencia ficción que de cuando en cuando gustaba de ver. A duras penas pidió a su madre repetir lo que había dicho; claro que lo pidió con la vista clavada en el suelo; la italiana resopló, mas prontamente repitió lo que había dicho con anterioridad. Y Paulo, ah, él se burlaba de lo lindo.

—¿Char-la? —mentó apenas; con razón sus oídos se habían bloqueado la primera vez que Lovina lo dijo, seguramente había entrado en shock o algo así. Adamo se tensó de pies a cabeza. Trató de pedir ayuda con los ojos a su tío Paulo, pero éste estaba demasiado ocupado riéndose de la situación actual. Bufó. En el pasado hubiera jurado que su madre se llevaba mal con toda la familia de Antonio. Cuando supo que el luso era la excepción, supuso que era porque tendría más o menos su misma personalidad, pero… cada segundo que pasaba entendía menos la amistad entre los dos adultos frente a él. ¿Cómo rayos su quisquillosa madre se había hecho amiga de alguien tan… expresivo? Pero bueno, eso no importaba ahora. Lo único que rondaba por su cabeza era encontrar una forma de zafar de tan incómoda situación.

Maldijo desde lo profundo de su alma a la loca de Alexis. ¡Todo era su culpa! Siempre se metía en problemas por culpa de ella. Sabía que a las mujeres debía tratarlas bien, vamos, que hay muchas ventajas que conlleva eso —porque, por ejemplo, para San Valentín te daban chocolate, mucho chocolate. Bendito sea el chocolate—, pero la francesa le iba a provocar canas verdes, no, ¡moradas! ¿Acaso estaba ebrio cuando aceptó ser amigo de ella? Sí, eso debía ser. O tal vez la loca esa le había hecho fumar algo que no se acordaba. Miró a su madre, tenía el semblante completamente serio. A su lado, Paulo ya estaba con las mejillas rojas.

—Hijo… —comenzó Lovina, nerviosa, tratando de ignorar la rara actitud del adolescente. Adamo no era un chico que permaneciera en silencio demasiado tiempo, al menos no con gente de confianza. Le dio un golpe a Paulo para que callara sus risas—. Llega un momento en la vida de todo ser humano que… bueno, la curiosidad… eh, hace predominar nuestros instintos y… como que te sientes…

—Lovina, lo estás espantando —regañó Paulo al ver el rostro desfigurado de su sobrino. Nuevamente acentuó su sonrisa y se levantó de su asiento para posicionarse junto a Adamo y pasar un brazo por sobre los hombros del menor—. Adamo, la cosa es bien simple: el sexo es rico, se pasa bien y es completamente natural. Ahora, si te gusta tanto como a la mayoría, tienes que tomar precauciones. El condón será tu mejor amigo de aquí a que te mueras, ¿bien?

—¡Maldición Paulo! ¡¿Dónde demonios quedó tu sutileza?!

—Pero si no quiero que Adamo sea papá —alegó el luso. El adolescente se mostró cada vez más incómodo ante la conversación. ¡Por Dios! Él ya sabía cómo se hacían los bebés—. Al menos no aún. Aunque… —le miró con atención, como si estuviera escaneando cada parte de su ser—. ¿Estás seguro de que te gustan las mujeres? Porque si prefieres los hombres, entonces las cosas se te hacen un poco más fáciles, porque no tienes eso del embarazo y la sangre… aunque igual siempre debes usar condón porque ya sabes, no quieres contagiarte de sífilis o algo peor, ¿verdad?

—N-no, no soy g-gay —alegó a regañadientes. Quería que la tierra se lo tragara, enserio pensaba que él estaba libre de este tipo de vergonzosas situaciones. ¡Vamos! Su madre es médico y siempre creyó que estaría demasiado ocupada con su trabajo como para darse la molestia de entablar este tipo de conversaciones. Suspiró resignado. Sabía que era demasiado bueno para ver verdad.

—No me suenas muy convencido —asaltó el mayor de los Fernández Carriedo—. No te preocupes. Yo igual lo negaba, pero con el tiempo lo acepté y mírame, soy muy feliz.

—¿Cómo puedes ser feliz si te meten un palo por el culo? —refunfuñó. Lo encontraba inaudito. Paulo carcajeó en el acto y Lovina abrió los ojos tanto como le fue posible.

—Créeme que se siente mejor de lo que parece; aunque la primera vez duele un poco —reflexionó—. Aunque a las mujeres igual les duele la primera vez, así que supongo que estamos a mano. En fin, deberías probar un día de estos.

—¡Ni se te ocurra obligar a mi hijo, maldito bastardo! —ya para ese punto Lovina se había quitado uno de sus tacones y agredía a su cuñado con este—. ¡Adamo va a hacer lo que quiera cuando él quiera, y ya sea con una mujer u hombre, nadie lo va a obligar, cazzo!

—No Lovi —reclamó Paulo en medio de los golpes—, la cara no, la cara no.

—¡Y una mierda, maldito pervertido!

Mamma —se alzó la voz del adolescente, captando la inmediata atención de los adultos y el cese de los golpes por parte de la fémina—. ¿N-no me dirías nada s-si u-un día de estos te digo que s-soy g-gay?

—¡Já! ¡Lo sabía!

—¡Cállate bastardo! —ladró y luego se giró a su hijo—. Adamo —relajó su semblante y se acercó para abrazarlo—. Lo único que me importa es que seas feliz, cualquiera sea tu elección de vida. Sin embargo no dudaré en entrometerme si veo que hay algo raro.

Mamma —alegó avergonzado, aunque feliz ante las palabras de la mujer.

—Discriminar por la condición sexual es algo que sólo hacen retardados mentales… eh, sin ofender, Paulo.

—No me ofendes —se encogió de hombros, divertido—. Ya me acostumbré al hecho que mi hermana es retardada mental —rió y se acercó para igualmente unirse al abrazo—. Pero Adamo, enserio… las mujeres son muy complicadas y aparte todos los meses sangran como cinco días y no se mueren —alegó—. No se puede confiar en ellas.

—¡Maldita sea, Paulo! ¡Respeta a tu madre, que te dio la vida!

—Pero si lo hago —alegó como un niño que acaba de ser regañado—. Aunque eso no impide que me de asco todo ese asunto de la sangre y las compresas.

—Suerte la tuya que no tendrás que pasar por eso —rodó los ojos, preguntándose en el acto cuándo y por qué se había hecho amiga de Paulo; si hasta parecía que era igual de tonto que Antonio, pero bueno. De ser algo de familia, por suerte Adamo no lo había heredado.

—Ah, no creo —suspiró pesadamente—. Últimamente Govert está tratando de convencerme para adoptar una niña. Aunque no estoy seguro, es un gran paso.

—¿Govert es tu novio, tío Paulo?

—¡Lovi, Lovi! ¿Lo grabaste? Adamo me dijo tío Paulo —chilló emocionado y se abalanzó para abrazar a su sobrino—. Creí que moriría antes de escucharte decir eso.

—¡Maldición, Paulo! —alegó el adolescente, rojo como una grana. El luso rió entre dientes, aludiendo al hecho de más valía una vez a nunca. Lovina rodó los ojos, acto seguido los mandó a ambos al baño a lavarse las manos, pues ya era tarde y se le apetecía comer el pastel que habían comprado.

Adamo refunfuñó por lo bajo, aún así acató las palabras de su madre. De reojo vio a su tío; la cicatriz que cruzaba verticalmente su ojo izquierdo lo llenaba de curiosidad, le hubiera gustado preguntarle cómo se la había hecho, mas no creyó pertinente el hacerlo, pues apenas y le conocía. Tal vez en un futuro no tan lejano lo haría.

Además no pudo evitar recordar la errónea primera impresión que había tenido de él. Cuando llegó a la casa de sus abuelos paternos, Paulo permaneció ajeno a todo el alboroto y por un minuto creyó que su presencia no era grata para él; y para qué hablar de la actitud que adoptó para con Antonio. Hay que ver que lo peor que se puede hacer es juzgar un libro por su portada. Paulo parecía ser un buen amigo de su madre, quizás tan bueno como el tal Arthur que le había oído mencionar en más de una oportunidad. Por un momento pensó en cómo habría sido su vida si alguno de los dos hubiera sido su padre. La excusa de Antonio fue más tonta de lo que jamás imaginó; hubiera jurado que Arthur, por ejemplo, nunca le hubiera hecho eso a su madre… aunque sinceramente se horrorizaría en pensar tener unas cejar tan gruesas como las del inglés porque si bien no lo conocía personalmente, su madre se había encargado de mostrarle un par de fotografías de sus años en la universidad y claro, hizo énfasis en las cejas de su mejor amigo.

.

.

.

Antonio permaneció expectante ante la aparición de Elizabeta. Le pareció extraño que la fémina lo hubiera citado en una cafetería tan distante del centro de Roma, sin embargo se vio imposibilitado de negarse al percatarse del tono de voz usado por la húngara; casi parecía que estaba llorando, o que recién había dejado de hacerlo. Dio un sorbo al café que había pedido en tanto esperaba, sumido en sus pensamientos sobre qué habría pasado como para que ella lo llamase; no que no hubiera la suficiente confianza entre ellos, eran muy buenos amigos, sin embargo desde que Lovina había regresado, Elizabeta había mostrado su preferencia hacia —por decirlo de alguna forma— el bando femenino. Sabía además que estaba muy molesta con él debido a lo que había hecho.

Nadie podía culparle por tener tantas dudas en la cabeza.

Justo cuando el contenido líquido de la taza se acabó, la húngara hizo entrada en la cafetería. Antonio le sonrió suavemente a modo de saludo, procurando no presionarla en ningún momento; quería que ella solita expusiera sus razones para haberlo citado en ese lugar. Un mesero no tardó en acercarse y brindarle una carta de menú a la mujer, indicando que volvería en cinco minutos a tomar su pedido. Elizabeta permaneció todo ese rato con la mirada clavada en la mesa, impacientando cada vez más a Antonio; el cielo sabía que era un hombre tranquilo, pero si la húngara estaba ahí, mutada y visiblemente incómoda no…

—Me siento bastante mal —habló por fin, tratando en vano de contener las lágrimas—. Gilbert ha dormido en la habitación de invitados desde hace ya un tiempo. No sé qué hacer —alegó—, ni siquiera sé qué fue lo que hice para que de un día para otro comenzara a alejarse de mí.

—Eli, tranquilízate —pidió un alarmado Antonio, en tanto le pasaba su pañuelo a la húngara para que secara sus lágrimas—. Cuéntame qué pasó desde el principio, ¿sí?

—Es que… —alegó llorosa. El español maldijo al cielo y al infierno; nunca había sido bueno consolando a una mujer, mucho menos cuando llora—. Daniel… Adamo y… entonces Gilbert… ¡y no supe qué hacer!

Una vez más, Antonio iba a reclamarle el hecho de que no entendía nada, sin embargo el mesero nuevamente hizo acto de presencia y claro que miró de mala forma al español debido a que era imposible ignorar a la mujer que lloraba a su lado. Antonio, se removió incómodo y dio a entender que todo estaba bajo control; de paso pidió un té para su amiga y una nueva taza de café para él, además de dos pedazos de pastel. Elizabeta se disculpó ante la penosa situación en que lo había puesto y el castaño, tranquilo como siempre, le restó importancia al asunto.

Había siempre que ser un caballero, ¿no?

La fémina limpió sus lágrimas y esperó su té para darle un sorbo y por fin comenzar con su relato. Desde que había asistido al colegio de su hijo por el problema que ambos sabían, las cosas en su hogar se volvieron tensas. En primera instancia Gilbert se molestó con ella, aludiendo al hecho que era impresentable que no supiera lo que pasaba con Daniel; Elizabeta sacó a relucir entonces su fuerte carácter y aquello terminó en una pelea. De ahí en más el albino comenzó a alejarse de su esposa, y ella creyó que era simplemente por la pelea, no obstante los días pasaron y la distancia fue cada vez más evidente. Para colmo de males, Daniel pasaba la mayor parte del tiempo fuera de su casa; cuándo la húngara le reclamó, el adolescente escapó por la tangente, aludiendo al hecho de que era mejor estar fuera que escuchar gritos todo el día. Y por si eso fuera poco, aún no hacía las paces con Lovina y ello completaba su círculo de problemas y angustia. Antonio acercó su silla a la de la mujer y la abrazó, dejando que escondiera el rostro en su pecho, consolándola de la mejor manera que su torpeza le permitía. Definitivamente ODIABA ver a una mujer llorar, nunca sabía qué hacer.

—Eli, creo que de todo lo que me has dicho, lo más fácil es ir a hablar con Lovina.

—¡Sabes que no es tan fácil! —alegó—. Lo sabes mejor que nadie.

—Sí —no pudo evitar rememorar las veces que había peleado con la italiana y las largas conversaciones que tenían luego para arreglar todo. ¿Dijo largas? Mas bien kilométricas—. Eli, sabes que no es imposible, anda… no es tan difícil.

—Me lo dice la persona que aún no se atreve a ir con ella y hablar de lo que pasó hace dieciocho años.

—Eso es cruel…

—Lo siento —musitó avergonzada. Acto seguido se separó del español y clavó su mirada esmeralda en el pastel que reposaba frente a ella—. Me siento bastante mal… por todo.

—Gilbert siempre ha sido un cabeza dura; te consta.

—Ahora se está pasando de la raya —bufó. Antonio le dio la razón.

—Podría jurar que tiene miedo… ya sabes, por todo lo que está pasando —explicó—. Te ve débil y eso lo descompensa. Siempre fuiste su principal pilar, es casi lógico que esté asustado y quiera aislarse.

—No es justo…

—Sabes que es medio idiota —mofó divertido.

—Tú eres idiota —atacó Elizabeta; Antonio frunció el ceño en el acto.

—¡Se supone que eres mi amiga! Me tratas de lo peor —refunfuñó.

—Soy muy sincera, Antonio... y bruja —rió levemente—. No porque seas mi amigo voy a ocultar lo que realmente pienso.

—Y te lo agradezco, enserio —dio un largo suspiro y apoyó la cabeza sobre la mesa. Apenas y le importó que los demás comensales comenzaran a murmurar a causa de su actitud.

—Es increíble cómo puedes arruinar todo tan fácil, ¿verdad?

—¿Lo dices por ti o por mi?

—Ambos —suspiró—. Pero creo que seguiré tu consejo e iré a hablar con Lovina.

—¿Ahora?

—No sé —se removió inquieta. El español le vio con reproche—. ¡No me regañes! Iré —suspiró—, pero mañana. Lo prometo.

—No hace falta que me prometas nada, Eli… eres tú la que está mal por todo lo que sucede.

—¿Me vas a decir entonces que estás radiante de felicidad ante el posible hecho de que tu hijo no quiera saber de ti?

—¿Sabes? Eres realmente mala cuando te lo propones —suspiró.

—Antonio, fue estúpido lo que hiciste.

—Ya sé, ¿qué quieres que haga? —alegó—. Me cansé de arrastrarme.

—Lucha por tu hijo —susurró apenas—, así como yo voy a luchar por el mío, y por mi matrimonio. Si ves que es imposible que Lovina y tú vuelvan a estar juntos, entonces…

—Lo sé.

.

.

.

Adamo encontró raro el hecho de que, nada más al sonar el timbre del receso, Alexis saliera disparada del aula. No le dio mucha importancia y, luego de declinar la invitación de sus compañeros para ir a jugar un poco de fútbol, con suma precaución —sí, porque nunca se está lo suficientemente a salvo— se dirigió al baño y rogó a todos los dioses que conocía para que al salir, no estuvieran cerca ni se encontrara con las chicas de ayer. Suspiró desganado, tal vez sí le hubiera hecho caso a Alexis, no habría pasado lo de la tarde anterior y se hubiera ahorrado el numerito de su tío Paulo.

Con el mismo cuidado que empleó para ir al baño, volvió al salón de clases. Suerte para él que en la mañana había echado un paquete de galletas a la mochila y ahora se evitaba tener que amontonarse con el resto de sus compañeros para poder comprar algo en los diez minutos que daban de receso. Alzó una ceja nada más al estar cerca de su aula, y es que no era para menos, pues cerca de ahí estaba Alexis coqueteando con Daniel… ¿no que supuestamente ellos no tenían nada? Pudo jurar que la rubia se rió de su expresión.

Nada más le faltó sentarse en la silla para que la francesa hiciera acto de presencia en el salón de clases. Adamo rodó los ojos apenas se percató que caminaba justo hacia donde él estaba.

—Galleta —celebró Alexis apenas su contraparte sacó el paquete de su mochila.

—No pienso darte ni una miga.

—¡Que malo eres! —alegó, sentándose justo frente a él.

—¿Qué con ese? —optó por cambiar el tema, refiriéndose a la actitud que tenía con Daniel Beilschmidt hace solo unos instantes.

—¿Celoso? —canturreó divertida. Adamo simplemente se limitó a rodar los ojos y llevarse una galleta a la boca—. Qué amargado, era una broma.

—¿Te tengo que recordar que por su culpa tuve problemas?

Alexis se removió incómoda, pensando en que quizás Adamo aún estaría enojado con ella, después de todo había sido su culpa y lo demás fue simplemente lo que ocurrió a causa de lo que en primera instancia consideró un juego. Afortunadamente para ella, cuando su interlocutor le ofreció del contenido del paquete de colores brillantes, todas sus dudas se dispersaron. Nuevamente afirmó su teoría de que Adamo era un chico muy bueno… un poco terco, pero bueno a fin de cuentas.

—Ayer fue la peor tarde de mi vida —siguió, olvidando de plano el anterior tema de conversación. La rubia no pudo evitar soltar una risilla al recordar lo ocurrido cerca del portón de entrada al establecimiento.

—¿Tanto así?

—Mi mamma y Paulo me dieron la charla —bufó.

—¿Me estás jodiendo con que te dieron LA charla?

Adamo fulminó con la mirada a la francesa. Alexis en vano trató de reprimir una nueva carcajada, era demasiado para ella. Hubiera pagado por ver el rostro de Adamo en medio de la vergonzosa conversación. En parte se alegró que su padre rehuyera a la conversación cada vez que esta daba indicio de aparecer, pues no se sentía capaz de "corromper" a su niñita. Já, sí a veces era mucho mejor no tener algo colgando justo ahí, te libraba de varias cosas incómodas. Acomodó sus gafas, que se deslizaron producto de la fuerte risotada y enfocó la vista en un molesto Adamo.

—Oh vamos, no pudo ser tan terrible —musitó apenas, enjugando una lágrima.

—No tienes ni una puta idea —gruñó molesto—. Paulo sugirió la idea de que fuera gay e incluso me invitó a probar un día de estos lo bien —hizo comillas— que se siente que te den por el culo —se jaló del cabello, desesperado—. Mi mamma estaba como loca y hoy cuando me fijé en mi mochila vi que tenía como diez condones metidos.

—Bueno —hizo una mueca—. Al menos vas a estar… protegido. Las chicas están un poco inquieras —volvió a burlar.

—Muy graciosa —rodó los ojos y se removió incómodo—. Creo que estuvieron a un pelo de decirme cómo fue su primera vez —chilló espantado—, bueno, por lo que pude inducir, creo que la de Paulo fue con una mujer, pero igual ahora es gay. Enserio quiero dejar de pensar que su primera experiencia fue tan mala que lo hizo cambiar de bando. Más encima, ¡agh! Enserio odio mi poder de suposición, pero creo que Paulo es el pasivo porque me dijo que la primera vez duele, igual que a las mujeres

—No entiendo por qué te altera tanto —se encogió de hombros y sacó otra galleta—. El sexo es algo normal. Si te cuidas puedes disfrutar de él sin problemas. Creo que a fin de cuentas lo mejor fue que no me hicieras caso y pasara lo de ayer; ahora estás protegido —rió—. ¿Acaso no has visto como te ven?

—No empieces otra vez.

.

.

.

Si bien aquella era lenta, no había podido seguir bebiendo su café y charlando con los demás trabajadores del hospital, pues cierto escandaloso rubio se acercó a ella y rogó con que atendiera al paciente que una de las enfermeras recientemente le había asignado. Si bien era raro que habiendo médicos disponibles se obligara a uno a atender público, bueno, sólo digamos que Mathias había tenido la mala suerte de ser interceptado por la enfermera más gruñona de toda el área de urgencias. Lovina alzó una ceja; si bien sabía que le debía un favor, no iba a hacerlo simplemente porque a él le diera flojera trabajar. Mathias explicó entonces que su novio acababa de llamarlo debido a un contratiempo.

Suspiró, porque bueno, sí era una buena razón para derivar tu trabajo a alguien más… al menos por un par de horas. El hiperactivo danés chilló de alegría, agradeciendo a Lovina y no dudando un segundo en ir a cambiarse de ropa y correr… a donde fuese que estuviera su novio. Ella admitió que le sorprendió el hecho de que Mathias se manifestara abiertamente homosexual. No era homofóbica, no, lo que le sorprendió fue que la mayoría prefería mantener en secreto aquella parte de su vida. Tras un suspiro, dejó su taza y se lavó las manos antes de ir al box de emergencia que, entre gritos, le había señalado el rubio. A pesar de que eran varios pacientes los que trataba al día, no había podido olvidar con facilidad al que, curiosamente, la esperaba sentado en la camilla; ¿cómo iba a hacerlo si le había contado una historia que rayaba en lo fantástico? Porque enserio, nadie se creería que su entonces herida fue provocada debido a un koala celoso. No pudo reprimir una risilla, causando la inmediata atención de su paciente.

—¿Otro koala celoso porque pasas mucho tiempo con su novia? —mofó nada más al percatarse que él la miraba.

—¿Sigues sin creerme? —lamentó con una mueca—. Es la verdad, lo juro.

—Sí, como digas —se puso guantes de goma y procedió a ver la muñeca del hombre. Como no tenía heridas visibles y se la estaba sujetando con la mano, supuso que se habría torcido o algo así—. ¿Qué te pasó?

—Estaba tratando de sacar un plátano de un árbol. Es que la mamá mono estaba muy ocupada con sus hijos y me pidió que le diera algo para comer —explicó tras notar la mueca de incredulidad de la italiana—. ¿Qué? —siguió—. En el zoológico ambientamos los espacios lo más reales posibles, así que hay árboles frutales de varios tipos.

—Yo no te he dicho nada.

—Tu mueca de burla es dolorosa —musitó dramático.

—Sí, como no —rodó los ojos—. Bueno, según lo que me dices, asumo que te caíste del árbol, ¿no? —su contraparte asintió con la cabeza. Lovina movió un poco la articulación—. ¿Te duele?

—No mucho. Yo no quería venir —alegó con una mueca. Parecía molesto—. Les dije a todos que con una pastilla se me pasaría el dolor, pero insistieron en que podía ser algo grave.

—Hicieron bien en traerte, nunca debes menospreciar una torcedura —le hizo una serie de ejercicios para ver cómo estaban sus habilidades motoras. Todo parecía ir bien, salvo por la inflamación que comenzaba a expandirse en torno a la muñeca—. Bueno, tal parece que tenías razón, con un antiinflamatorio es más que suficiente.

—Já, lo sabía.

—Aunque deberías ser más cuidadoso —reclamó—. Si bien me gusta atender pacientes, porque, bueno, ustedes hacen mi sueldo —mofó—, no me gusta ver que alguien venga tan seguido al hospital. Cómprate un casco o algo así.

—¿Y dónde dejas la emoción, Lovina? —la aludida le reprochó con la mirada. Desde un principio se presentó ante él como la doctora Vargas, pero claro, el gafete de su delantal blanco dejó expuesto su nombre y por supuesto que Jett no dudó en usarlo—. Si quiero estar seguro y sin heridas, para eso me compro una burbuja y vivo en ella el resto de mi vida.

—Tampoco exageres —gruñó.

—Si te digo la verdad —siguió con una risilla, ignorando la aparente molestia de la italiana—, si me vas a atender tu siempre que venga al hospital, entonces no me molestaría hacerme daño, digamos, una vez a la semana.

.

.

.

Tenía tarea, pero bueno, siempre podía hacerla luego. Su mayor motivación ahora era prender su computador y probar el juego del que todos sus compañeros habían estado hablando; apenas un par lo había probado, pero todos se habían puesto de acuerdo para descargar la aplicación. Adamo nunca había jugado algo online, pero no iba a negar que la curiosidad era mayor, así que no dudó un segundo en ir al servidor que le habían mencionado y comenzar con la descarga. Su molestia no se hizo esperar al ver que la barra de avance parecía no estar dispuesta a seguir su curso. Gruñó.

Decidió entonces iniciar sesión en la red social en la que tanto tiempo perdía. El ruido que indicaba una nueva conversación fue casi inmediato.

Alexis Françoise Bonnefoy: Adamooooo! ya compré tu regalo! te mueres de lo lindo que es, estoy segura que lo vas a amar :')

Adamo Vargas: qué es? un poni rosa con cascabeles?

Alexis Françoise Bonnefoy: casi… vas a tener que esperar para verlo. según yo es muy lindo, mi papá me ayudó a escogerlo.

Adamo Vargas: hablando de él, cómo te fue en la "reunión" que me dijiste que tenías? al final vas a ser ingeniero o no?

Alexis Françoise Bonnefoy: desastre. te mueres, su trabajo es aburridísimo. lo único que hace todo el día es firmar papeles y dar su aprobación a los planos

Adamo Vargas: creí que eso lo hacían los arquitectos

Alexis Françoise Bonnefoy: algo así, mira. por lo que entendí, el dibujante técnico hace los planos, el arquitecto lo supervisa, el ingeniero civil se fija si la construcción es viable y da su aprobación. el arquitecto se lleva toda la gloria, pero el ingeniero es el que más gana, económicamente hablando y todos se olvidan del dibujante

Adamo Vargas: triste

Alexis Françoise Bonnefoy: lo sé. pero si de algo estoy segura es que no quiero ser ingeniero

Adamo Vargas: a tu papá le va a dar un ataque cuando se lo digas

Alexis Françoise Bonnefoy: ya lo hice y sí, casi se desmayó. para colmo de males mi abuela estuvo como una hora tratando de convencerme que lo mejor para mí era encargarme de la empresa

Adamo Vargas: … lindo

Alexis Françoise Bonnefoy: mejor deja de reírte de mi vida, que sé que lo estás haciendo, y dime qué has pensado respecto a la universidad

Adamo Vargas: qué hay que pensar?

Alexis Françoise Bonnefoy: Adamo!

Adamo Vargas: que aburrida eres. obvio que he pensado en la universidad, pero mi mamma me dio la opción de tener un año sabático

Alexis Françoise Bonnefoy: y lo vas a tomar?

Adamo Vargas: no estoy seguro. es que creo saber qué es lo que quiero estudiar

Alexis Françoise Bonnefoy: y bien…?

Adamo Vargas: quiero pensarlo bien y hablar con mi mamma. ya sabes, opinión de alguien que sabe

Alexis Françoise Bonnefoy: quieres ser médico?

Adamo Vargas: no. ya, deja de preguntar, que te pareces a esas señoras que muestran en televisión. Te veo mañana en clases.

Alexis Françoise Bonnefoy: pero Adamo! no me dejes ahora ¬¬!

Adamo Vargas: no me reclames, escuché el timbre así que supongo que llegó alguien

Estaba tan acostumbrado a estar solo que por un momento olvidó que su madre también estaba. Ese día no le tocaba turno de noche así que Lovina pudo darse el lujo de quedarse enredada entre las sábanas apenas arribó al departamento, y es que había quedado agotada luego de tanto trabajo. Adamo se quedó tras la puerta de su habitación nada más al escuchar que su madre abría la puerta de entrada y dejaba escapar un gritito de sorpresa. Estuvo tentado de ir a ver, sin embargo cuando escuchó el nombre de su padre biológico de los labios de su madre, bueno, la curiosidad por saber de qué hablarían fue mayor al de ir e interponerse entre ambos.

Lovina, incómoda hasta la médula, preguntándose de paso cómo Antonio había logrado dar con la dirección de donde vivía, se debatió un rato antes de dejarlo pasar y pedirle que tomara asiento en uno de los sofás. Claro que ella se sentó lo más lejos posible de él. De reojo notó que el español estaba quizás más nervioso que ella. Bufó.

—Tú dirás —comenzó la italiana, tratando de mantener la compostura ante la aparición de quien, a su pesar, seguía siendo su esposo.

—Sólo quería asegurarme que vivías aquí —una risilla nerviosa no tardó en surcar su rostro; la fémina quiso matarlo en ese mismo instante… o bueno, quizás no matarlo, pero sí golpearlo ante tan burda respuesta—. Lovi… na, Lovina —se corrigió al segundo de ver el rostro molesto de la aludida—. Sé por Adamo que no querías que supiera dónde vivías, pero ese día no pude evitar seguirlo.

—¿Sólo a eso viniste?

—No —se removió incómodo, con la vista puesta en sus inquietas manos—. Quería asegurarme de que la dirección a la que enviaría los regalos de navidad era la correcta —sonrió apenas—. Ya sabes, apenas y falta para las fiestas.

—Oh —no supo cómo responder ante ello—. No hace falta que te molestes, pero supongo que Adamo agradecerá el gesto.

—¿Él está?

—Sí, pero debe estar pegado al computador y con los audífonos puestos… siempre está así cuando ves luz en su habitación, pero no hay ruido.

—Ah…

El silencio fue inevitable, así como la incomodidad de ambos adultos. Antonio no podía dejar de pensar en la conversación que había tenido esa misma tarde con Elizabeta. No lo había dicho, pero él aún se negaba a pensar que no era posible retomar una relación con Lovina. Es decir, ¿qué tan patético hubiera sonado si lo hubiera dicho? Es mejor guardarse para sí ciertas cosas.

—Hoy hablé con Elizabeta —siguió—, está muy mal… cree que aún estás enojada por lo que pasó.

—Estoy enojada con ella —gruñó, orgullo a flor de piel—. Es obvio que tu lado paterno no está desarrollado, pero no es mi caso y no voy a permitir que ni ella ni nadie insulte a mi hijo. Escucha —suspiró en un intento de relajarse; no era justo desquitar su rabia con Antonio—, no voy a negarte que la extraño y que varias veces he estado tentada de llamarle, puesto que me consta que a Meg no la puedo molestar mucho, pero si ella no planea disculparse…

—Lo planea —sonrió, tratando de pasar por alto el impulso que le obligaba a gritar que su lado paterno no estaba desarrollado por culpa de ella; no quería pelear, menos estando en su casa—. Te conozco, y la conozco a ella, tal vez choquen en sus ideas… por eso quisiera que te calmes un poco y escuches todo lo que ella tiene que decirte. Son amigas, no la espantes.

—¿Desde cuándo andas de terapeuta por la vida, bastardo? —mofó irónica—. Creí que eras abogado.

—Un consejo te lo puede dar hasta un astrofísico —se puso de pie; por acto reflejo la italiana también lo hizo y lo siguió hasta la puerta—. Dale mis saludos a Adamo —musitó con una risilla, tan típica en él, acto seguido se inclinó y rozó la mejilla de la italiana con sus labios—. Cuídate, Lovi…

La aludida reaccionó recién cuando el español estaba dando la vuelta para dirigirse al ascensor del edificio. Sonrojó furiosamente al darse cuenta que Antonio le había besado la mejilla. Algo dentro de sí le obligó a llamarlo.

—¡B-b-bastardo! —llamó alzando levemente la voz. Los ojos verdes chocaron casi de inmediato con los de color ámbar—. Para navidad iré a Nápoles, con Felicia —desvió la mirada, avergonzada—. Si vas a mandar los regalos de Adamo, hazlo antes del veintitrés.

—Lo haré —sonrió y siguió su marcha. La italiana cerró la puerta de su departamento y apoyó la frente contra ésta, dejando escapar en un suspiro todo el estrés acumulado en tan solo cinco minutos. Tocó su mejilla, aún sonrojada por lo que había ocurrido y a su cabeza llegó el recuerdo de Arthur diciéndole que esperara un poco antes de hacer efectivo el trámite de divorcio.

Gruñó y maldijo por lo bajo. ¿De qué servía si ella se arrepentía de divorciarse? —no que lo estuviera considerando— Si después de todo Antonio aún tenía una novia a la que seguro amaba. Por más que lo lamentara, ella era sólo parte de su pasado y lo único que los hacía encontrarse de cuando en cuando era el hijo que tenían en común; no había un sentimiento, creyó que ni cariño existía. Por supuesto que recordó esa vez que, luego de pelear, Antonio le pidió una oportunidad y ella mencionó que tal vez pensaría en hacerlo si Adamo lo perdonaba. En ese momento no pensó bien las cosas, porque obvio, estaba con la cabeza caliente, pero ahora…

Se sentó en el sofá que estaba cerca de la ventana y se perdió en el paisaje que ésta ofrecía. Pensó en que si le decía que sí al español y éste aceptaba sus sentimientos, la actual novia de éste sufriría, y no quería que alguien más viviera lo mismo que ella.

Aún cuando no la conociera de nada.

.

Antes de darse cuenta, los regalos de Antonio ya habían llegado y por supuesto que Adamo no dudó un segundo en abrirlos y quitarse la curiosidad que desde el primer segundo lo embargó. Lovina no supo disimular su sorpresa cuando divisó un pequeño paquete con su nombre y, a diferencia de su hijo, dudó en abrirlo. Una larga pañoleta roja fue lo que sus ojos divisaron… tuvo que dejar escapar un chillido, y es que era completamente hermosa, justo del tipo de cosas que ella usaría. Adamo no le dijo nada, se limitó a llevar sus regalos a la habitación e informar que terminaría de arreglar su maleta con ropa para pasar un par de días en casa de sus tíos maternos. Lo cierto sería que se quedarían allá hasta año nuevo.

Las poco más de dos horas en auto se hicieron efímeras, no así el abrazo de Felicia… Lovina pudo jurar que por más que el patatero que tenía por esposo le lavara el cerebro, su hermana jamás dejaría de ser efusiva, al menos con ella y bueno, ahora también con su hijo.

.

.

.


Antes que nada, ¡gracias por sus reviews! :') me gustaría contestarlos, pero hoy empecé nuevo semestre en la universidad y ya me dieron mil cosas para estudiar T-T Jebús, apiádate de mi alma :( No sé qué piensen del encuentro de Antonio y Lovina, lo escribí mientras escuchaba If I had you, de Adam Lambert y simplemente se escribió sola. Lo otro, el hombre ya no tan misterioso volvió a aparecer y sí, es Australia e.e jajaja un poco crack, lo sé, pero bueno... de crack vivimos los humanos(?)

¡Saludos!