ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.


IMBRANATO


GILBERT 3

Se masajeó las sienes, tratando de quitar las ideas que pocos minutos antes se habían implantado en su cabeza, alterando sus pensamientos. Bufó y trató de restarle importancia; tenía muchos papeles que revisar y sabía que Francis se molestaría con él si no hacía su trabajo, independiente de que fueran amigos. El francés era muy profesional, y él mismo también, por lo que ambos sabían a la perfección que no había que mezclar las cosas. Volvió a bufar y tamborileó los dedos sobre su escritorio. Clavó sus ojos de rubí en el reloj que estaba colgado en la pared, apenas y pasaba del medio día… en cualquier otra ocasión en la que se encontrase hastiado del trabajo, se limitaría a simplemente llamar a su linda esposa e invitarla a comer por ahí —era una verdadera ventaja que Julchen estuviera en la universidad y que Daniel almorzara en el colegio—, pero en su situación actual…

Debía pensar con la cabeza fría, ¡él no era de los que se ponía a espiar conversaciones! Pero… esa mujer no caracterizaba precisamente por el recato. Es más, apenas y se había inmutado cuando divisó la figura del albino, no obstante lo que sí hizo fue mirarle con una mueca que rayó en la burla y compasión para con lo que acontecía. Y Gilbert nunca antes tuvo tantas ganas de golpear a alguien, menos a una mujer.

Si hasta se había olvidado de ir al baño luego de eso.

Arrugó con fuerza un papel... su parte racional rogó para que éste no fuera algo importante y, tras tomar su saco, gritó a la secretaria que cancelara todos sus compromisos de la tarde y que si Francis se molestaba, que le dijera que se metiera su enojo por el culo. Y no, no estaba enojado con el galo, pero su ira no le hacía pensar con claridad. Subió a su auto y trató de ahogar sus pensamientos con el sonido de la radio. A esa hora del día, el locutor no hacía más que hablar y hablar sobre cosas que a nadie interesaba, porque enserio, le importaba una mierda que el ex-marido de fulana de tal no pagara la pensión alimenticia de sus hijos. Maldijo el haber sintonizado esa basura, pero maldijo aún más el no tener algún CD de su gusto.

Estacionó frente a un elegante edificio e ignoró olímpicamente el llamado de una las secretarias; las otras lo reconocieron, así que no armaron demasiado revuelo cuando el albino se caminó sin más hacia las oficinas. Gilbert permaneció de pie apenas unos segundos frente al despacho de quien, hasta esa mañana, consideraba uno de sus mejores amigos. Apretó los puños y empujó la puerta delante de él. Pasó por alto la mueca sorprendida del español, lo único que tenía en la cabeza eran las palabras de la escandalosa mujer.

—¡Gilbert! —gruñó, más bien aliviado al ver que quien había entrado a su oficina era su amigo y no su jefe. Se había espantado en verdad, su apariencia no era la más pulcra y enserio se horrorizó ante la idea de una eterna reprimenda por parte del señor Edelstein—. ¡Me diste un susto de muerte! —bufó, en tanto se acomodaba la corbata para evitar cualquier otro tipo de contratiempo.

El aludido no soportó escuchar la voz siempre animosa del español, estaba demasiado molesto. Sabía que era tonto dejarse llevar por comentarios, sobre todo si se trataba de una boca floja como lo era Jadzia Łukasiewicz, pero estaba en verdad furioso y no podía hacer nada contra eso, menos tomando el hecho de que se reconocía como un auténtico cabeza dura. A su juicio, era mejor actuar y luego preguntar.

—¡Traidor! —gritó antes de abalanzarse a golpes sobre el castaño. Antonio sintió algo tibio recorrer su rostro, pasó la mano y vio que era sangre emanando de su nariz. El albino continuó golpeándolo, cada puñetazo expresaba la rabia que sentía en aquel momento. Le dolía que aquel que consideraba su amigo haya hecho algo con Elizabeta. Antonio tardó en reaccionar, sin embargo cuando se vio en el suelo siendo agredido por el autodenominado prusiano, se defendió y le propinó uno que otro golpe. No entendía su actitud, estaba completamente contrariado.

—¡Qué te pasa, idiota! —gritó al tiempo que impactaba su puño en el rostro de su atacante.

—¿Qué es lo que te traes entre manos? —inquirió Gilbert con voz agitada debido al esfuerzo—. ¡¿Acaso planeas ir a por Elizabeta ya que Lovina no quiere saber nada de ti?! —gritó exasperado, la simple idea le arremolinaba miles de pensamientos hirientes.

—¿Qué? —su rostro se descompuso, quiso saber en el acto de qué demonios estaba hablando el albino, porque sinceramente no entendía nada. Se puso de pie y se apartó de él, por precaución—. ¿De qué rayos estás hablando? —inquirió con molestia, y no era para menos, ¡estaba sangrando!

—¡Tu sabes de lo que hablo, maldito español!

—¡Si te pregunto es porque no sé de qué hablas, idiota! —tocó su nariz con dolor, no dejaba de brotarle sangre de ella.

—¡¿Qué demonios es eso de que estabas muy abrazadito con Eli en un café?! ¡Creí que eras mi amigo!

Antonio terminó de conectar los cabos y bufó ante la impulsividad que tanto caracterizaba al albino. Se acercó a él con paso firme y golpeó su rostro, rompiéndole el labio en el acto.

—Eres un idiota —habló con voz seca, algo rarísimo en él—. ¡Si estaba abrazando a Eli fue porque ella no dejaba de llorar! ¡Porque le diste la espalda cuando más lo necesita! ¡Tu hijo tiene problemas y lo único que haces es alejarte y dejarla a ella con todo!

Gilbert colocó su mano en la parte afectada y vio a su contraparte con recelo. ¿Sólo se trataba de eso? ¡Claro! Si se ponía a pensar, la verdad es que no tenía verdaderos motivos para desconfiar de Antonio, mas sabiendo que, a pesar de los años, éste aún estaba dispuesto a besar el suelo que pisaba la temperamental italiana. Se sintió tonto de pronto, sin embargo eso no impidió que su rostro no mostrara siquiera alguna mueca de arrepentimiento.

—¡¿Por qué rayos me golpeas?! —inquirió espantado—. ¡Rompiste mi asombroso labio! —alegó con un grito, de forma infantil.

—¡Y tu me rompiste la nariz! —exclamó, aturdido ante el humor cambiante de Gilbert.

—¡¿Cómo que Eli lloraba?! —volvió a preguntar con un grito, haciendo que Antonio se tapara los oídos.

—Baja la voz, idiota —espetó observándolo—. No te diré nada. Menos después de hacer un escándalo en mi oficina.

—Claro que lo dirás —amenazó, limpiándose en el acto la sangre de la herida—. ¡¿Que me hiciste?! —gritó al ver que el líquido rojo no se detenía.

—¡Qué hagas silencio! —volvió a exclamar, pero con voz más fuerte—. ¿No ves que te golpee? —se alzó de hombros ante su obvia respuesta.

—Claro que me golpeaste, imbécil —interrumpió—. ¿Qué te dijo Elizabeta? —inquirió nuevamente, pero con voz moderada, aún agitado por la pelea.

—Te dije que no... ¡Ah! —chilló tras tocarse la nariz y sentir que ésta se removía—. Ahora debo ir al hospital por tu culpa, estúpido —bufó. Era rarísimo verlo de tan mal humor, ¿pero quién no lo estaría luego de una pelea sin razón de ser? Subió su camisa para intentar parar la hemorragia y dispuso a salir de la oficina; de paso trató de ignorar las miradas curiosas de sus colegas y dio gracias al cielo que justo en ese momento María no estuviera cerca.

El cielo sabía que de haber estado presente, hubiera hecho otro escándalo. Y definitivamente tenía suficiente con el de recién.

—Dime, Toño —pidió Gilbert, siguiéndolo de cerca.

—¿Luego de lo que me hiciste? Olvídalo.

—¡ANTONIO! —gritó.

—¡Tú, tus malditos impulsos y cambios bipolares me tienen enfermo! —gritó tan alto que varios que circulaban por el pasillo voltearon para verlos. Gilbert frunció el ceño y se limitó a subir a su auto y seguir al español hasta la zona de urgencias del hospital.

Tal vez lo mejor era preguntar y luego actuar… pero es que eso de que pudiera estar mintiendo no lo lograba tranquilizar, así que creyó que lo mejor era…

Bufó. Luego maldijo, el labio le dolía a horrores.

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Mei Wang, era una enfermera recién titulada, aún así bastante capaz de tratar casos de emergencia. Apenas le bastó voltear luego de entregar a una secretaria una ficha médica a archivar, para ver entrar a dos hombres con las camisas manchadas de sangre; y no que no estuviera acostumbrada a verla, pero vamos, enserio nadie podría acostumbrarse nunca a ver el cuerpo humano en ese tipo de condiciones tan denigrantes. Rápidamente guió a los hombres al box de consulta más cercano, indicando que ella los atendería. Le pasó una bolsa con hielo a Antonio y se apresuró a curar al albino —quien a simple vista parecía ser el más afectado—, que chilló de dolor ante el contacto del algodón con alcohol; Gilbert maldijo al español por haberlo dejado en esas condiciones. Claro que Antonio no se quedó atrás y también atacó a su contraparte verbalmente.

Lo único bueno de esa situación era que sólo harían falta un par de suturas cerrar la herida. El exceso de sangre se debía sólo a que el labio era una zona de mucha irrigación sanguínea y si bien era un tanto complicado, no era del todo peligroso y ella sabía hacerlo.

—¡Callados, por favor! —ordenó la mujer a ambos—. ¿Les gustó pelear? Perfecto, ahora se aguantan —bufó exasperada. Los gritos la ponían nerviosa—. Hay formas más civilizadas de resolver los problemas.

Ambos se limitaron a bufar y permanecer en silencio, después de todo la enfermera tenía razón y no querían hacerla enfadar… no estaban seguros que ella fuera de esas personas que dejaría de ser delicada conforme se le fuera acabando la paciencia, pero tampoco es como si quisieran averiguarlo. Golpearon la puerta y, tras la orden de entrada de la mujer, ingresó una persona que los más nuevos pacientes no pudieron ver debido a la cortina que los separaba, sin embargo aquella voz la reconocieron enseguida.

—¿Todo bien, Mei? La señora Lucila me mandó a ver si necesitabas ayuda. Parecía preocupada.

—¡AHHHH! —se escuchó un grito de dolor, proveniente detrás de la cortina. Lovina sobresaltó y la joven mujer, hastiada, negó con la cabeza.

—Usted sí que no tolera el dolor —rodó los ojos.

—¡Aleja esa cosa de mi! —chilló Gilbert—. ¡Lovina! ¡Lovina, sé que eres tú! ¡Dile que no me toque!

—¿Patatero? —inquirió. Con la mirada le pidió permiso a la asiática para adentrarse y ésta asintió con la cabeza—. ¿Qué rayos te pasó? —exclamó al divisarlo. Si bien Gilbert no era precisamente su persona favorita, tampoco podía dejarlo ahí luego de haberlo visto en tan lamentables condiciones.

—Ese idiota me atizó —apuntó a Antonio con el dedo índice e intentó poner su mejor voz de niño abusado.

La italiana visualizó al español; estaba totalmente agredido. Tragó en seco. Quería socorrerlo, su corazón se lo ordenó, pero el orgullo fue mayor y así decidió dejarlo. Antonio bufó sonoramente ante las palabras del albino.

—¡Tú empezaste, imbécil! —volvió a gritar, exasperado por las torpes acusaciones de su amigo. Ya para esa altura, su voz se había distorsionado y es que estaba apretándose el tabique para intentar frenar el sangrado.

—¡Por favor cállense señores! —gritó otra vez la enfermera, dedicando una mirada de súplica a Lovina—. ¿Podrías ayudarme?

La aludida asintió con la cabeza, resignada. Sabía que debía decirle a otro que viniera a supervisar el actuar de la enfermera. Dejó sobre una mesita la ficha de control que le habían pasado y tomó lo que necesitaba de gasa y alcohol, dispuesta a limpiar las heridas de Gilbert, sin embargo la asiática la detuvo.

—Por favor con el otro paciente, yo ya casi termino con éste —musitó, volviendo su atención a Gilbert y de paso ignorando completamente la cara descompuesta de la italiana y la ansiosa de Antonio. Cabizbaja se aproximó al español y, en silencio, comenzó a curarlo. Divisó primero la sangre, la cual limpió con el mayor cuidado posible ante la mirada agradecida del que se había convertido en su paciente. Deseó tanto acariciarlo, abrazarlo... hizo uso de su fuerza de voluntad para reprimir los impulsos.

—Tu nariz no está rota —habló mecánicamente, tranquilizando a Antonio en el acto—. Aún así tienes que tener cuidado, porque está muy delicada y el más mínimo golpe podría ser desastroso —el hombre asintió levemente y continuó contemplando a la fémina en su labor—. ¿Por qué pelearon?

Antonio bufó y Gilbert resopló; aún estaba molesto con su amigo.

—Gilbert es un idiota.

—¡Antonio es un aprovechado! —espetó rápidamente.

—¡Tú crees cualquier cosa que te dicen!

—¡DEJEN DE GRITAR! —clamó la enfermera—. Por amor a todo lo que es bueno, si van a hablar háganlo en un volumen moderado —regañó, en tanto buscaba los instrumentos para proceder a la suturación del labio de su paciente.

—Me llegó un comentario de que habían visto a Antonio con MI esposa en una situación comprometedora. ¿Cómo querías que actuara si mi supuesto amigo va a por Elizabeta?

—¡Como un amigo! ¡Debiste haber confiado en mí y no en un tonto rumor!

—¿No es descarado de tu parte pedir confianza? —musitó Gilbert, ignorando por completo el rostro descompuesto del español. Claro que también se sintió mal por no haber medido sus palabras.

—Al menos con tu esposa —murmuró por lo bajo—. Eli lloraba por tu culpa —hizo ademan de señalarlo—, yo sólo la acompañé para que se desahogara por el asunto de Daniel.

—Ya luego podrán pelear —cortó Lovina, tajantemente. No quería seguir oyendo palabrerías a causa de una tonta discusión; mucho menos quería ver a Antonio triste por las palabras de Gilbert. Acarició el rostro del español, claramente no era necesario para tratarlo, pero sintió necesidad de hacerlo, excusándose claro en tecnicismo médico. Eventualmente se dirigió a la enfermera, ignorando la leve sonrisa de su paciente, y le comunicó que ya había terminado e iría a ver las otras secciones de la sala de emergencias. Sólo faltaban las suturas de Gilbert y sabía que Mei podría manejarse sola.

La asiática optó por usar una crema, algo le dijo que su paciente haría un escándalo de proporciones colosales al ver la aguja y enserio no estaba de humor para escuchar más gritos. Claro que le tuvo que aplicar un poco más de lo medicado, pues ésta no era tan buena como la otra. Mei agradeció el silencio que se cimentó en la pequeña habitación. Al contrario de ambos hombres que se incomodaron ante él, sobre todo el albino; nunca había recibido una sutura, pero la pinza, el gancho y lo que parecía ser hilo no le causó demasiada emoción.

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Dolor, mucho dolor era lo que sentían. Gilbert pensó seriamente en demandar a la empresa que hiciera esa ineficiente crema anestésica. Por supuesto que reclamó ante el trato; Mei se limitó a decir que era aquello o la jeringa… la mujer supo que su sentido común, una vez más, la había guiado correctamente; sólo bastó ver el rostro horrorizado del hombre.

—Ustedes dos ya están bien —comenzó—, pero deben tomar antiinflamatorios cada ocho horas para que no sientan dolor —bufó. Se giró al estante donde se situaban las medicinas y les tendió apenas un par, ya el resto podían comprarlas—. Si el dolor persiste, vienen. No hagan tal cosa de tomar más de una pastilla, es peligroso, además de estúpido. Por favor vayan a recepción para que les den la receta médica y usted —se dirigió al alemán—venga en dos semanas para quitar las suturas —finalizó la mujer.

—Lo siento —susurró Gilbert ya fuera del box de consultas. Antonio bufó por lo bajo. La impulsividad de su interlocutor le había costado una visita al hospital… una dolorosa visita; estaba furioso.

—¿Eso es lo único que se te ocurre decir?

—En verdad, lo lamento —repitió con pesar—. Esto fue tonto.

—Oh, no me digas.

—¡Antonio! —clamó, colgado de desespero—. ¡Entiéndeme! Las cosas con Elizabeta no están de lo mejor.

—Tú lo quisiste así —suspiró y se tocó la nariz, adolorido—. Tienes que hablar con ella.

—Ya sé.

—Tranquilo, ¿si? —alegó con una mini sonrisa, golpeando luego amistosamente con el codo a su amigo—. Tú no estás mejor que yo.

—Debo decirte que no golpeas mal —rió con el español—. ¿Disculpa aceptada?

—Disculpa aceptada —confirmó—. Eli debe estar almorzando en casa, ¿no? Deberías aprovechar de ir y hablar con ella —calló unos segundos—. No puedes seguir haciéndote el desentendido respecto a lo que le pasa a tu hijo; debes estar junto a Elizabeta, apoyarse mutuamente y ayudar a Daniel.

—Creo que primero debería pensar en qué le voy a decir —suspiró.

—Piensa que eres un imbécil —bufó enfadado ante la indecisión de Gilbert y avanzó con paso rápido hasta su auto. El albino simplemente miró como se alejaba. Luego desvió la vista hasta la recepción y cayó en cuenta que el español se había ido sin pagar. Maldijo.

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Elizabeta optó por no ir a almorzar a su casa; por el contrario, aceptó la invitación de una colega para ir a un restaurant cercano y hablar de todo y nada. Si bien tenía una muy buena relación laboral con Tina Väinämöinen, ésta sólo se limitaba a eso, trabajo. No le tenía la suficiente confianza como para contarle su problema, menos si aquello involucraba mentar esa planta tan polémica. Suspiró, aprovechando que la finesa había ido al tocador y dio el último sorbo a su copa. Presente tenía la reciente conversación con Antonio; sabía que lo primero que debía hacer era ir y hablar con Lovina, sin embargo miles de peros habitaban en su cabeza. El más frecuente era aquel que le decía que seguramente no la encontraría en su departamento y, de hacerlo, no sería bienvenida por el hijo de ella. Tampoco quería pasar un mal rato, y no es que la italiana fuera un monstruo sin la capacidad de perdonar, lo que sí, era muy testadura… quizás tanto como ella y por lo mismo era su inseguridad.

Ya se había detenido a pensar en cómo habría actuado si la situación hubiera sido la contraria. Suspiró al encontrarse pensando en una ley del hielo más larga de lo que su yo actual hubiese querido.

Tina la sacó de sus cavilaciones, como siempre, con su eterna sonrisa, y tomaron rumbo nuevamente al trabajo. Elizabeta frunció el ceño nada más al ver que su agenda la tenía ocupada desde las cuatro de la tarde en adelante y que a las seis tenía que hacer una endodoncia que la haría llegar más tarde de lo común a su hogar. Se debatió largo rato en si ir o no al hospital; no sabía si Lovina estaría en la sala de urgencias o en el laboratorio que tanto parecía gustarle, pero estaría en ese edificio y era suficiente para ir y buscarla. Suspiró pesadamente, cuestionando si una hora sería suficiente para ir y aclarar las cosas con ella.

El minutero del reloj la ponía cada vez más nerviosa, tenía que actuar rápido.

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Dejó escapar un suspiro nada más al percatarse que se encontraba fuera del hospital. Era ahora o nunca; quería comenzar a arreglar todo y como bien le dijo el español, Lovina era lo más "fácil" a corto plazo. Caminó hasta la recepción y pidió hablar con la médico Lovina Vargas.

Y esperó.

Casi de inmediato sintió la mirada de la italiana sobre ella. Con un gesto, le pidió seguirla hasta su despacho y, cabizbaja, entró y se sentó en la silla frente al escritorio de madera. Lovina permaneció en silencio, sin quitar la mirada ambarina de la húngara. Ésta, primeramente se sintió intimidada ante la actitud de su contraparte, sin embargo no pasó mucho antes de que misma actitud comenzara a exasperarle… ella no había hecho nada que pudiera hacerla merecedora de tal trato, simplemente hizo lo que la misma italiana hubiera hecho en caso contrario; ¿no se supone que es eso lo que hace una madre?

—No maté a nadie, ¿sabes?

—Lo sé. Pero me molestó la manera en la que actuaste.

—¿Acaso tu no trataste mal a mi hijo?

—No, sólo te insulté a ti.

Silencio.

—Sobre reaccioné, lo siento —comenzó la húngara, a regañadientes. Si bien no era tan orgullosa como su interlocutora, no por ello disculparse se le hacía sencillo—. ¿Cómo iba yo a saber que Adamo le estaba haciendo un favor... o algo así, a Daniel? ¿No habrías pensado lo mismo que yo al ver aparecer a tu hijo con el ojo morado? —vio que Lovina hizo amago de volver a reclamar—. ¡Y no me vengas con eso de que antes habrías preguntado! Ni tu te crees eso.

—No iba a decir eso —bufó.

—¿Entonces?

—Sólo iba a añadir que... —desvió la vista—, tienes razón —murmuró entre dientes, avergonzada ante una actitud no habitual en ella—. A pesar de todo, no debí haber gritado del modo en que lo hice —suspiró—. Apenas me enteré de lo que pasó quise hablar contigo, pero nada más al verte supe que no iba a ser buena idea.

—No sabía...

—¡Y yo tampoco! —alegó, elevando el tono de voz, mas no lo suficiente para ser considerado un grito—. Pero ya está... pasó y no se puede hacer nada.

—Uhm.

Más silencio. Silencio que incomodó a ambas partes por igual. Elizabeta permaneció con la vista clavada en su falda, en tanto Lovina, luego de deliberar un rato, se sentó en la silla situada junto a la húngara y posó una de sus manos sobre el hombro de ella; no podía darse, entre comillas, el lujo de permanecer enfadada con ella, a fin de cuenta había sido un mal entendido, aunque claro que la actitud de sus hijos fue reprochable, ambas habían tomado medidas para con ellos —o al menos lo habían intentado— y ahora sólo había que seguir con la vida. La húngara sonrió levemente, sabiéndose disculpada, sin embargo la italiana notó la tristeza en los ojos jade de ella y se preguntó si lo que había sucedido con Gilbert y Antonio era realmente cierto o sólo una exageración de ambos.

—Gilbert estuvo aquí hace un rato —comenzó como si nada, prestando especial atención a las reacciones de la fémina junto a ella—. Peleó con Antonio y tuvieron que suturarle el labio —claramente no había que ser un genio para interpretar correctamente que Elizabeta no tenía idea del asunto—. El patatero parecía muy ofendido por una supuesta infidelidad tuya con Antonio.

La mueca de incredulidad de la húngara fue tan grande que hasta le impidió poder emitir sonido por algunos segundos. ¿Ella siendo infiel? ¿Y con Antonio? No que lo considerara un esperpento o algo así, lo cierto era que consideraba atractivo al español, ¿pero engañar a su esposo con él? ¡Ni loca! Estaba demasiado enamorada del egocéntrico albino como para ver a alguien más. Nuevamente puso como hipótesis el hecho de que aquello no fue más que un comentario que se salió de control; fácilmente alguien pudo haberla reconocido y de ahí en más...

Enserio Gilbert debía ser el idiota más grande del planeta. Lovina continuó diciendo que eso era lo único que había podido sacar en limpio de la conversación a gritos que había tenido ese par —y omitió claro, los gritos de la propia enfermera para así hacerlos callar—. Finalmente Elizabeta explicó, ya más calmada, que lo único que había pasado era que había citado a Antonio para así poder hablar con alguien; confesó que hubiera preferido llamarla a ella, pero como aún estaban peleadas... Marguerite estaba demasiado lejos y posiblemente muy ocupada, y bueno, tampoco es como si pudiera hablar con Francis al respecto. La italiana no lo admitió a viva voz, pero sintió ceder la presión de su pecho apenas la húngara finalizó su relato. Porque sí, no le había creído nada al par de atolondrados que había visto hace ya unas horas.

—Tienes que hablar con el narcisista —recomendó, luego de un momento de silencio—. Mientras más tiempo dejes pasar, va a ser peor.

—Lo sé. Lo mismo me dijo Antonio...

Y claro que ambos iban a decir lo mismo; lo habían vivido en carne propia. Aunque bueno, su historia era visiblemente más complicada.

Elizabeta sobresaltó al comprobar que las manecillas del reloj hace rato habían dejado de marcar las cuatro de la tarde. En un segundo se levantó de la silla y dispuso a correr a su consulta; debía ver a tres pacientes, además de la endodoncia. No pudo evitar reclamar ante el hecho que lo anterior la haría llegar tarde a su casa, siendo que hubiera deseado estar lo antes posible ahí para hablar con su esposo. Giró el pomo de la puerta, sin embargo volteó levemente para dirigirse a Lovina.

—No sé si veré a Adamo uno de estos días, enserio lo dudo, así que por favor, discúlpame con él.

No esperó la respuesta de la italiana. En su mente ahora sólo estaba el hecho de que estaba atrasada para sus citas y que lo más probable era que el director de la clínica dental donde trabajaba, la regañaría por lo mismo. Decidió amarrarse el cabello mientras subía las escaleras; sólo debía ir al segundo piso y algo le dijo que el ascensor sólo la retrasaría aún más.

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Gilbert se limitó a mandar un mensaje de texto a su amigo francés, explicando brevemente que no iría a trabajar en la tarde debido a que los calmantes que le habían suministrado lo habían sedado más de lo que hubiese querido. Por si fuera poco, apenas y podía abrir la boca, pues sentía que algo tiraba cada vez que lo hacía y si bien gracias a las pastillas no dolía demasiado, era incómodo. Pasó toda la tarde, caminando por su casa en compañía de su pollito mascota; ambos de un lado a otro y sin detenerse demasiado en algún lugar, salvo cerca de las seis de la tarde; sabía que su hijo y esposa llegaban a esa hora o bueno Daniel lo haría, pues Elizabeta había dejado una nota pegada en la puerta del refrigerador, explicando que llegaría más tarde. Se encerró en su habitación, no quería tener que dar explicaciones al menor por lo que le había pasado y si bien sabía que debía hacerlo, pensó en postergar el hecho. Encendió el televisor y, aburrido, mató el tiempo con una película.

Supo que se había quedado dormido, pues ya no entendía la trama de lo que emitía el televisor, además de que tenía un hilo de saliva desprendiéndose de su labio; por suerte era del lado que no estaba herido. Era cerca del las ocho de la tarde y supuso que Elizabeta debía estar por llegar... suspiró ante el hecho de recordar qué lo había llevado a tener la boca en esas condiciones, y más aún, ante el hecho de que si no hubiera hecho la estupidez de alejarse de su esposa por miedo a afrontar la realidad, se habría ahorrado el mal rato. Aunque no sólo él, ahora sabía que ella también lo había pasado mal. Acarició la cabeza de su mascota y decidió ir a la cocina para alimentarlo; que él se viera casi imposibilitado de hacerlo no impedía que Gilbird tampoco lo hiciera. dejó el plato en el piso y sonrió apenas ante los movimientos de la pequeña ave.

—¡Gilbert! —chilló espantada, su corazón se había destrozado nada más al ver a su esposo en tan precarias condiciones. A duras penas ahogó un grito y corrió a abrazarlo, sacando de paso al albino de su estado de sorpresa inicial; ni siquiera había escuchado los pasos de la mujer. Elizabeta sintió que todo el valor reunido gracias a la conversación con Lovina quedó en un segundo plano, lo primero era atender al su esposo, dejando sólo por un rato su orgullo en segundo plano—. ¿Qué te pasó? —inquirió en un hilo de voz, acariciando suavemente la herida de su labio, que era la más notoria. Cuando la italiana había comentado lo de la herida, nunca dimensionó qué tan mal ésta lucía.

—No importa, Eli —sonrió tanto como sus heridas se lo permitieron. Acto seguido, guío a su esposa hasta el sofá más próximo y se sentó junto a ella—. ¿Por qué llorabas?

La pregunta le tomó de sorpresa, sobre todo porque Gilbert habló en pasado, y no haciendo alusión a sus lágrimas actuales. El albino quitó los goterones que entorpecían el lindo rostro de su mujer y dio a entender que Antonio le había comentado a rasgos muy generalizados lo que había pasado el otro día en un café. Elizabeta bajó la mirada, triste... sabía que tenía que hablar con Gilbert acerca de lo mucho que le dolía su actitud para con lo que había pasado con Daniel, se sentía sola. El hombre a su lado le levantó el rostro, empujándola desde la barbilla y le obligó a mirarle a los ojos. La húngara no quiso dejar escapar más tiempo y, esperanzada ante el posible hecho de que la mayoría de sus problemas se solucionaran en una tarde, habló; dijo todo lo que pensaba y estaba sintiendo.

Gilbert entonces explicó cómo había terminado con semejantes heridas y hematomas, Elizabeta nuevamente ahogó un grito, producto de la impresión. El hombre quiso pasar por alto la reacción de su esposa, no quería flaquear, así que continuó diciendo el motivo que lo había llevado a aquello, además de lo mal que se sentía por haber agredido a uno de sus amigos por celos injustificados. Porque lo cierto era que sintió su mundo derrumbarse ante sólo el hecho de imaginar a Elizabeta pidiéndole el divorcio. Ella sonrió y lo abrazó con fuerza, disculpándose apenas Gilbert dejó escapar un grito de dolor.

—Después de todo lo que hemos pasado juntos, ¿enserio crees que te dejaría por algo que aún podemos solucionar juntos?

—¿Estás insinuando que el día que no podamos solucionar algo, entonces me dejarás?

La húngara lo fulminó con la mirada. Enserio había tratado de evitar por mucho tiempo que el pollo mascota de Gilbert era, en efecto, más acertado que su propio dueño.

—No seas idiota, Gilbo —y lo besó.

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Están LOCAS si creen que voy a hacer que estos dos se separen. Aún me queda el drama de Francis y Meg (¡no se olviden de ellos!) y claro, el drama principal. Y por cierto, Jadzia es nyoPolonia, Mei es Taiwan y Tina es nyoFinlandia, bah, creo que era obvio, pero por si acaso.

Iba a subir capítulo ayer, pero me vi en la necesidad de pasar toda la tarde aprendiendo a usar un programa para dibujar moléculas perfectas ._. Dios, quiero matar a mi profesora D: pero bueno, al menos son perfectas(?)

Feferi Peixes: ¿Verdad que AustraliaxLovina es lo más lindo? :') jajaj Si Australia hasta se parece a Toño! o bueno, al menos según mi percepción. Y uff, lo otro lo verás conforme pase la historia jajaj, no quiero arruinar sorpresas.

mitsuko11: ¡Me alegro mucho que te haya gustado! :')

Adi-chan: Según yo, el anterior ha sido el más cosas ha mezclado. La Charla, jajaj fue inevitable escribirla de esa forma, y si bien la mía no fue así, bueno, digamos que me puse en el lugar de Lovina y pensé en cómo la daría yo D: y luego pensé en mi mejor amigo corrompiendo a mi hijo y tadá jajaj creo que quedó bien. Como puedes ver, Lovina ya perdonó a Eli, ambas fueron demasiado impulsivas, pero como bien tu dices, una madre defiende a su hijo con uñas y dientes. Alexis... pobrecita ;_; antes todos la odiaban jajaj mi intensión nunca fue hacerla un personaje "odiable", sólo quería caracterizar a una adolescente, éstos tienes diferentes etapas, tan simple como eso. AustraliaxLovina... creo que se me pasó la mano con el crack jajaj si imagínate, estaba con unos amigos, compartiendo y todo eso y no dejaba de pensar qué hacer con la historia, lo peor es que los padres de ellos son todos de distinta nacionalidad y enserio me cuesta dejar de lado la historia jajaj, pero ya ves... salió esto y creo que... me gusta jajaj. Oh, no dudes que habrá más spamano, te juro que me gustaría poner algo ultra sexy-violento(?) jajaj pero el realismo se me va al carajo, por eso mejor poco a poco, ¡pero habrá! Sobre todo en el último capítulo. Por último, eh, me gustan los números jajaj

BeautifulSora: Me alegra mucho que te haya gustado el capítulo, y también que te haya divertido, cumplí mi objetivo :) Respecto a Alexis, piensa que es simplemente una adolescente más; podría jurar que ni ella sabe lo que quiere, aunque no por eso es mala. Dale el beneficio de la duda jajaj Enserio doy por hecho que todos quedaron en shock por lo de Australia jajaj! nadie se lo esperaba a él, lo cual es bueno, porque la sorpresa se mantuvo hasta el último momento. No adelantaré nada respecto a él y Lovina, ¡no quiero arruinar las impresiones! jajaj Respecto a mi otra historia, lo borré porque me di cuenta que el tiempo no me daba... apenas y puedo escribir esta, en medio de la universidad y todo lo que ésta conlleva, por eso había pensado en terminar esta y así seguir la otra sin interrupciones :)

Ya, creo que eso es todo. Por cierto, quedan alrededor de diez capítulos (sin contar este) para que la historia termine. Voy a llorar.

¡Saludos!