ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.


IMBRANATO


QUINCE

Esa mañana, Lovina creyó firmemente que su amigo inglés era un acosador. Pudo jurar que ni en persona, mucho menos por un chat de internet le había mencionado que los miércoles eran su día de descanso. Sin embargo ahí estaba, plantado frente a la puerta de su departamento, con ropa tan pulcra como acostumbraba y la típica expresión que cualquiera interpretaría como hastío; no obstante, quien conociera a Arthur Kirkland no se tomaría aquello a modo personal, pues era normal en él. En resumidas cuentas, la personalidad del rubio inglés era complicada, casi a la par con la de la italiana. Dicha fémina bufó sonoramente y se cruzó de brazos, no importándole estar frente a su amigo con un desaliñado pijama color rosa. Claro que tampoco le dejó ingresar a su departamento. Arthur, al cabo de un rato, simplemente no contuvo más las risas y estalló en una sonora carcajada.

—¿Qué demonios quieres? —asaltó ácidamente. Obvio, a nadie le gusta que la gente se ría en su cara, menos tan desvergonzadamente como hacía el rubio.

—Vaya, vaya. ¿Acaso no te alegras de verme? —la mueca de la italiana fue suficiente respuesta para él—. Que amargada —soltó al aire—. Y yo que quería invitarte a almorzar a mi casa.

—¿Cómo dices?

—Eso —se encogió de hombros—. Como podrás o no haberte dado cuenta, son más de las doce del medio día y… pregunté por ti en el hospital y me dijeron que era tu día libre, así que…

—Jamás te di mi dirección.

—Me sorprende tu ingenuidad, querida —mofó—. ¿Te olvidas que soy el abogado del dueño del departamento? Sólo me bastó revisar el contrato de arrendamiento para dar con la dirección.

Por supuesto, ¡era obvio! Bueno, no podían pedirle lógica justo en ese momento. ¡Acababa de despertar! Para ella, los días miércoles no existía el despertador. Así mismo, buenos eran los cena-almuerza-yunos. ¡Vamos! Se mataba trabajando y aquel era el mínimo gusto que se permitía luego de salvar gente. El día anterior, precisamente, a la sala de emergencias llegó un caso tan raro que era digno de documentar en uno de esos programas de emergencias médicas, que daban por televisión. Entre otros síntomas, el más raro era que su paciente tenía una temperatura corporal de 31°C/88°F ¡hipotermia segura! Sin embargo permanecía consciente y como si nada, salvo por el pseudo desmayo que sufrió apenas por unos segundos. Lovina se devanó los sesos tratando de pensar qué era lo que tenía aquella mujer; todas las pruebas que le habían realizado habían salido normales y la única que podía confirmar sus sospechas se demoraba tres días en estar lista. Finalmente siguió su instinto y el mismo salvó a su paciente. Es obvio señalar que luego de toda esa acción, lo único que quería era descansar.

—¿Quieres que te felicite? —expuso con acidez. Odiaba que interrumpieran su sueño, así que lógicamente estaba un tanto irritable. Divisó al hombre frente a ella; estaba lejos de lucir enfadado, sin embargo no dejó de parecerle raro el hecho que apareciera así sin más frente a la puerta de su departamento.

—Si así lo prefieres, no me molestaría —burló—. Pero enserio, ¿vas a acompañarme o no?

—Preferiría que fuera por la tarde —comenzó—. Quiero desperezarme, además tengo que ducharme y arreglarme.

—Sabía que ibas a decir eso —sonrió con suficiencia, causando nuevamente molestia en la fémina frente a él—. ¿Acaso me vas a negar que si hubiera venido en la tarde me habrías dicho que dejáramos todo para el almuerzo del día siguiente? Porque claro, aludirías al cansancio que te trajo todo el trabajo del día.

—Vaya, sigues de geniecito —efectuó una mueca que dejó entrever su cansancio—. ¿No aburres a la gente?

—Supongo. Pero bueno, vendré por ti a las seis de la tarde. Oh, y podrías decirle también a tu hijo, me gustaría conocerlo.

—Seguro.

Cerró la puerta y lo primero que hizo fue ver el reloj que estaba en la pared. Faltaban alrededor de diez minutos para las una de la tarde y consideró si seguir durmiendo y poner una alarma a las cuatro, para así ducharse y estar lista… o prepararse algo para comer y perder el tiempo frente al televisor y luego en su computador. Se inclinó por la primera opción. Aunque antes le mandó un mensaje de texto a su hijo, pidiéndole que viniera directo al departamento después de terminadas las clases.

.

.

.

Adamo fue regañado por no tener su teléfono celular en silencio. A pesar de que estaban en la hora correspondiente a consejo de curso y el ambiente era, entre comillas, más relajado que una clase normal, el presidente estudiantil fue tajante en su actuar y no dudó en vociferar un par de frases; y si bien Adamo se vio tentado en responderlas, no quería verse envuelto en otra tonta pelea, mucho menos que las chicas comenzaran a reclamar, pues el tema que estaba en palestra era la esperada fiesta de graduación —léase el sarcasmo—. La únicas emocionadas por ello eran las mujeres, porque todavía faltaban más o menos cuatro meses y ellas ya estaban hablando del vestido que usarían, el peinado, además de los kilos que debían bajar para verse perfectas. Por un segundo, Adamo tuvo la esperanza de que Alexis no fuera parte de aquella fiebre colectiva, sin embargo eso era demasiado pedir.

Tal vez… sólo TAL VEZ debió haber buscando un mejor amigo y no una mejor amiga. Pero a esas alturas del año ya todo le daba flojera, así que simplemente enfrentó su realidad. Deslizó la mano al bolsillo de su pantalón y, previo a dejar su teléfono celular sin sonido, revisó el mensaje que le había llegado. Rápidamente pensó en si la solicitud de su madre tendría que ver con algo relacionado con Antonio y no pudo evitar que su ceño se frunciera; aún no olvidaba la reacción de su progenitora aquella vez que Antonio había estado en el departamento; ya que si bien había estado espiando, no había perdido detalle de lo ocurrido.

Pensó en si sería o no muy entrometido de su parte decirle a su madre que pensar en una relación con el español no era algo que le conviniera. Además Antonio tenía novia y todo eso… por si fuera poco, la hermana de él parecía odiarla y no le agradó ni un poco la idea de ver a su madre pasar malos ratos por culpa de esa desagradable mujer.

—Adamo —canturreó Alexis, acercándose sonriente a él. El aludido tragó en seco, aquella aparente carismática sonrisa sólo podía implicar problemas para él.

¡Bingo! La rubia le había pedido acompañarla para elegir el vestido de graduación perfecto. Sudó frío al imaginarse sentado tres horas, viendo entrar y salir a Alexis con un centenar de vestidos. Por supuesto todos le quedarían bien, sin embargo encontraría un defecto en cada uno de ellos y finalmente, luego de tal vez más de tres horas, acabaría eligiendo el primer vestido que rechazó. ¡No estaba preparado para eso! ¡No! Por suerte, justo en ese momento recordó el mensaje de texto de su madre y todas las nubes negras que quisieron implantarse sobre su cabeza, fueron alejadas por un brillo de esperanza y, ¿por qué no decirlo? Libertad. Alexis se notó decepcionada al no poder ser acompañada, pues pensaba que la opinión masculina era tan importante como la propia; sin embargo una sonrisa no tardó en implantarse en su rostro.

—Bueno, no puedo hacer nada si tienes un compromiso con tu madre, pero —se aferró al brazo de él, acentuando aún más su sonrisa—. Serás mi pareja en la fiesta.

—¡¿Qué?! —se tomó unos segundos para salir del shock inicial—. La fiesta es sin pareja, sabes que esa costumbre no se da en colegios mixtos, o al menos no en éste.

—Ya sé —hizo puchero—. Pero me muero sólo de imaginar, por ejemplo, a mi papá llevándome a la fiesta, como si fuera una niña pequeña. ¡Anda, Adamo! Los dos salimos ganando con éste acuerdo.

—¿A sí? —mofó—. Explícame por qué ser tu pareja me conviene. Digo, tu noviecito suficientes problemas tiene como para más encima volver a pelear conmigo y que ahora lo expulsen.

—Tienes una pésima imagen de Daniel.

—¿Y qué demonios quieres? —gruñó—. Es un imbécil inmaduro. Enserio aún no puedo creer que seas su novia.

—¡Shhh! Cállate —habló en voz baja—. Se supone que nadie sabe.

—¿Acaso te avergüenzas de él?

—¿Cómo podría? —sonrió—. Pero si lo mantengo en secreto es porque, además de ser una excelente novia, soy una muy buena amiga, ¿o crees que enserio me iría y te dejaría a merced de las locas devora carne?

—Oh Santa Alexis, eres tan buena que mis impuros ojos se queman sólo de verte —rodó los ojos, hastiado por el comentario de la rubia. Ya, podía ser que efectivamente aún estuviera algo paranoico, pero desde el incidente en la entrada del colegio, nada malo había ocurrido, salvo las clásicas miraditas de reojo. Se sobó el brazo ante el golpe propinado por la fémina y escuchó atentamente las palabras de ésta. Declarando de tanto en tanto su enfado ante el hecho de no poder invitar a Daniel.

—Bien, bien, tranquilízate, ¿sí? —bufó—. ¿Si digo que pasaré a buscarte el día de la fiesta, dejarás de chillar como loca?

—Prometido.

—Pero dile a tu tonto novio que no haga alguna estupidez, mira que ganas de volver a golpearlo no me faltan.

—¡Qué agresivo!

.

.

.

A diferencia de Antonio, Arthur no trabajaba en una firma de abogados, por el contrario, había abierto su propio despacho y, debía decirlo: no tenía nada que envidiar a los grandes bufetes. Muy por el contrario, él era su propio jefe y se hacía sus horarios; y si bien tuvo que esforzarse mucho al principio para crearse una buena reputación, su situación actual era bastante estable. Aburrido, revisó unos papeles y pensó que debió haberle dicho a Lovina que pasaría por ella a las cinco de la tarde, sin embargo pronto recordó que la razón que lo había llevado a decir una hora más tarde a lo pensado era el hijo de ésta y sus respectivas clases. Ya con sus pensamientos enfocados en la italiana, le pareció curioso el hecho de que había pasado casi dos meses desde el almuerzo que tuvieron y no había señas de algún posible divorcio. Sonrió para sí, vanagloriándose de una vez más haber tenido razón en sus palabras. Lovina seguía enamorada de Antonio y eso nadie se lo quitaba de la cabeza.

En más de una ocasión se preguntó que había visto la italiana en él. Sabía que no había sido el físico, pues conocía a la perfección el hecho de que Lovina no era superficial; ella era del tipo de mujer que se sentía atraída por el conocimiento de los demás… a juicio de ella, aquello siempre desenlazaba en una amena conversación que podía durar horas y horas. A diferencia de una cara bonita, que se arruga con el tiempo, el intelecto queda, al igual que los buenos ratos.

¿Pero Antonio?

Si bien iba un curso más abajo que él y de hecho en más de una oportunidad el español le brindó material para estudiar —porque debía admitirlo, Antonio era muy generoso, aún en un ambiente tan competitivo como lo es la universidad—, nunca terminó de limar asperezas con él. ¿Actuó por conveniencia? Sí, podría decirse que sí. A Arthur simplemente no le cabía en la cabeza que alguien tan relajado y con cara de tonto fuera, en efecto, el mejor de su generación. No, no y no. ¿Y para qué decir que por culpa de él muchas veces tuvo peleas con su mejor amiga?

En fin.

Arregló sus documentos —el orden era muy importante para él— y se despidió de su secretaria, tomando luego rumbo al departamento de Lovina. Apenas eran las cinco y treinta, pero tampoco era como si le molestara esperar. Lo terrible en él hubiera sido llegar tarde y como buen caballero inglés, aquello era imperdonable. Aparcó su auto y subió hasta situarse frente a la puerta con el número cuarenta y cuatro del cuarto piso. En vano, trató de disimular su asombro ante la visión de un jovencito con prácticamente el mismo rostro del tonto español que hace poco había estado recordando. Adamo por su parte reconoció enseguida al sujeto, producto de las fotografías que le había enseñado su madre, así que le invitó a pasar, aludiendo luego a que Lovina estaba arreglándose y él procedería a hacer lo mismo —y claramente no se demoraría tanto como una mujer, a pesar que aún estaba con el uniforme—. El inglés no tuvo que esperar mucho antes de ver a aparecer a una italiana con muchísima mejor cara que la de esa mañana. Era increíble lo que un par de horas de sueño y un poco de maquillaje podían hacer.

—Sabía que llegarías antes —mofó la mujer, aludiendo a tan característica puntualidad de su amigo.

—Y yo que creí que estarías arreglándote hasta las siete de la tarde —se encogió de hombros—. Debe ser un nuevo record para ti.

—Muy gracioso —gruñó. Acto seguido se sentó en el sofá, acompañada de Arthur y dispusieron a esperar al adolescente—. ¿Tu casa queda muy lejos?

—No en realidad. Está cerca de la villa Ada, creo que ya te lo había dicho.

Lovina no pudo evitar reírse ante el nombre. Gracias a Antonio —debía reconocerlo— había aprendido español y casi lo hablaba a la perfección. Así mismo recordó que ada era muy similar a hada y bueno, Arthur siempre había sido un poco excéntrico respecto a las criaturas mágicas; en más de una ocasión, el inglés había mencionado a la italiana que creía firmemente en la existencia de éstas, así como en unicornios y demás seres mágicos. Claramente la en ese entonces estudiante se rió en su cara, reclamándole entre risas que dejara de bromear… el rostro serio de Arthur le dijo claramente que aquello no se trataba de una broma y no supo cómo reaccionar. Tal vez la cultura británica era más… eh, ¿fantasiosa? Sí, eso. Después de todo, la autora del niño mago era de ese país.

A pesar de ello, Lovina no dudó en sacar a colación el tema del posible desequilibrio mental de su amigo cada vez que la situación lo ameritaba.

Pero si de excentricidades se trataba, sus amigos eran buen ejemplo de ellos. Emily Jones, la ex-novia de Arthur, creía firmemente en la existencia de extraterrestres y, más aún, juraba ser amiga de uno de ellos. Gilbert, en tanto, planeaba hacer un ejército de pollitos que le ayudaran a conquistar el mundo; Marguerite parecía siempre esconderse tras un oso polar y pelear con su hermana sobre que éstos eran mucho mejores que los ovnis, porque claro, los primeros sí existían. Elizabeta y Sakura Honda compartían el singular gusto por los mangas japoneses yaoi —nunca quiso preguntar qué era exactamente aquello. El sólo mirar las caras de sus amigas le daba miedo—. Y bueno, Antonio parecía solucionar todo a base de tomates. Se preguntó por qué nunca antes se dio cuenta de lo raros que eran y son sus amigos.

Le preguntó a Arthur si había algún motivo especial por el cual la invitara a su casa. El aludido se limitó a decir que en vista de que hace dos meses lo había hecho y Lovina no dio señales de vida —salvo por el computador—, bueno, si quieres algo debes ir a por él, ¿no? Además estaba el hecho de que Michelle le había insistido mucho en que quería conocerla. Iba a preguntarle más, sin embargo Adamo hizo acto de presencia y casi enseguida el inglés se puso de pie. La italiana musitó que lo seguiría en su auto, pues luego quería evitarle la molestia de tener que ir a dejarlos; sabía que Michelle estaba embarazada —si sus cálculos no le fallaban y según lo que había dicho Arthur esa vez en el almuerzo, debía tener más o menos cinco meses de gestación— y lo aprensivo que podía llegar a ser su amigo.

Tal y como mencionó, el viaje duró poco. Pronto ambos autos estacionaron frente a una bonita casa de tonos claros y Lovina comprobó lo bien decorada que estaba por dentro —obra del buen gusto inglés, seguramente—. Una guapa mujer de largo cabello castaño, bajita y de piel tostada no dudó en acercarse a Arthur y recibirlo con un beso y torpe abrazo, su barriga comenzaba a incomodar. El hombre no hesitó en presentar a su prometida, quien sonrió ampliamente y, tal y como había hecho con el rubio, abrazó a Lovina y a Adamo… tal parecía que era alguien muy cariñosa. Los cuatro caminaron hasta la sala de estar y tomaron asiento en los sofás, al menos las dos mujeres y el adolescente, pues Arthur fue hasta la cocina para buscar un poco de té. Adamo encontró extraño el ofrecimiento de la infusión, pero bueno, costumbres son costumbres; además había frío, por lo que le cayó de maravillas. Sólo esa vez no extrañó la costumbre americana de ofrecer coca cola.

—Me alegra mucho por fin conocerte, Lovina —comenzó Michelle, sonriente—. Arthur siempre me hablaba de ti y de las locuras que hacían en la universidad —rió por lo bajo—. Además, no voy a negarlo, estaba interesada en que vinieras y me dieras unos consejos sobre maternidad.

La italiana rió, azorada… vaya a saber lo que el rubio había comentado; esperó que no haya sido, por ejemplo, de la vez que se habían juntado a beber en una de las tantas zonas 'ocultas' de la universidad y Arthur había tenido la estúpida idea de mezclar todo el licor y así aprovechar mejor el tiempo, pues ya luego tenían que regresar para estudiar. Hasta ese día, Lovina, orgullosa, podía declarar nunca haber vomitado a causa de beber mucho… hasta ese día. Si hasta a Arthur se le había pasado la borrachera, todo producto del deplorable estado que ofrecía la chica.

Pero no… si lo pensaba bien, Arthur siempre se había autoproclamado un caballero y estaba casi segura que no habría dicho nada que lo hubiera dejado mal parado a él y a una mujer. Optó entonces por quitar esas ideas de su cabeza y dar paso a un par de consejos, basándose siempre en su experiencia con Adamo. Cierta parte de ella no pudo evitar sentir algo de envidia, pues aquel niño tendría a sus dos padres…

—¿Y ya saben el sexo? ¿O al menos han pensado en un par de hombres?

—Sí —siguió Michelle—. Serán Henry y Nicholas Kirkland. Suena lindo, ¿no?

—¿Dos?

Fue entonces el turno de Arthur de intervenir. Le recordó a Lovina que sus hermanos mayores eran gemelos y bueno, él lo tenía en sus genes. Claro que no por eso no pudo evitar desmayarse en la consulta del ginecólogo apenas éste dio la feliz noticia.

Hombres…

El resto de la tarde siguió igual de amena. A la hora de la merienda, Lovina agradeció al cielo que la comida no haya sido preparada por Arthur. Él inglés se mostró visiblemente ofendido, y es que incluso su prometida había reído ante la broma de la italiana. Ya decía el dicho que entre broma y broma la verdad se asoma y lo cierto es que Arthur era la definición viviente de desastre culinario. En cierto punto de la tarde, Arthur pidió a Lovina hablar en privado, en tanto Michelle y Adamo se quedaban en la sala… la fémina notó con asombro lo feliz que se veía su hijo ante la idea del pronto nacimiento de los gemelos; nunca antes había mostrado su interés en los niños.

.

—¡Mira, que lindos!

La italiana tapó su rostro con las manos. Ver a su novio señalar a los niños que jugaban en el parque —como si fueran animales en el zoológico—, la llenaba de vergüenza. Sabía que a Antonio le encantaban —mucho tenía que ver el hecho que aún parecía tener la mentalidad de uno de ellos— por eso no dudaba en ir a jugar con ellos cada vez que se le daba la oportunidad y, contrario a lo que se consideraría lógico, los infantes parecían quererlo tanto como él a ellos. Ni siquiera las madres lucían inquietas ante la presencia de un desconocido interaccionando con sus pequeños.

—¡Lovi, Lovi! —llamó con gritos emocionados—. Algún día nosotros tendremos muchos niños, ¿cierto?

Lo siguiente que se escuchó fue un llanto asustado. Lovina, roja de vergüenza, le había dado un fuerte golpe a su novio, provocando que acabara en el suelo y que sus nuevos amiguitos se asustaran al verlo medio muerto.

.

—¿Te gustan los niños, hijo?

—No puedo decir que me disgusta la idea de tener al menos un par —rió—. Aunque no ahora.

Adamo no pudo notar el rostro sorprendido de su madre; y es que lo cierto era que el adolescente se parecía más a su padre de lo que creía. Arthur notó la expresión de Lovina, por lo que no dudó en jalarla hasta su oficina, en tanto Michelle iba con Adamo a la habitación que estaba destinada para los gemelos… los juguetes infantiles fueron algo que emocionaron al adolescente y Lovina sólo pudo sentir más grande el nudo en su garganta. El inglés la sentó en la silla más próxima, en tanto él, dejando de lado el protocolo, se apoyó en su escritorio y le dio un par de minutos a la mujer para que ordenara sus ideas. Lovina se dio cuenta de las intensiones de su amigo y no dudó en fruncir el ceño; siempre se preguntó por qué Arthur podía interpretar tan bien su kinésica, era algo que aún no lograba entender del todo.

—¿Sabes que han pasado casi dos meses?

—¿Enserio quieres hablarme de eso ahora? ¿Justo ahora? —reclamó—. No puedo creer que hayas logrado arruinarme el buen rato que estaba pasando.

—No era esa mi intensión, sólo quería…

—Lo quiero —interrumpió, roja como una grana. Pensó que nada podría darle más vergüenza que admitir sus sentimientos por el español—. Aún quiero a Antonio. ¿Ya estás feliz?

—Si te soy sincero, no me complace. No después de todo lo que has sufrido por su culpa.

—¿Sabes? —siguió, ignorando las palabras recién emitidas—. El otro día estuve pensando que… tal vez, sobre-reaccioné —calló las palabras del inglés, haciendo un gesto con la mano—. Digo —bajó la mirada—. Estuvo mal que le negara su paternidad, ¿no?

—Tal vez, pero…

—Prioricé mis sentimientos por sobre los de mi hijo. ¿Sabes? Estuve pensando en cómo habrían sido las cosas si Adamo siempre hubiera tenido a su papá, y… me sentí muy mal.

—No deberías por qué estar pensando en esas cosas —la voz firme de Arthur la hizo, no supo por qué, querer encogerse en su asiento—. Por mucho que te arrepientas, no vas a poder cambiar el pasado, así mismo…

—¡No es justo! —reclamó entre lágrimas—. Debería… debería odiarlo por lo que me hizo, por lo que indirectamente me obligó a hacer. Debería tenerle rencor porque él siguió con su vida y yo aquí, de estúpida aún llorando por él… ¡No es justo, maldición! Y… —musitó apenas—. Lo peor es que no puedo odiar a su novia, porque aunque no la conozca, sé que debe ser una buena persona, de otro modo Antonio no la habría elegido.

Arthur le obligó a ponerse de pie y la abrazó, dejando que mojara su pecho con el resto salino. A pesar que no se veían tanto como lo hicieran en su juventud, el cariño que sentían el uno por el otro no había mermado ni un poco… el inglés la consideraba la hermana que nunca había tenido y, por lo mismo odiaba más que nada verla tan frágil, y peor aún, por alguien que nunca le agradó. Con cuidado le limpió las lágrimas y le sonrió, tratando de animarla. Lovina sonrojó al percatarse de lo débil que seguramente lucía… odiaba que los demás la vieran en ese estado.

—Gracias —musitó sin más. El rubio entendió a cabalidad todo lo que la castaña había querido decir en una simple palabra, así que se limitó a sonreír y acariciarle la cabeza.

—Por cierto —siguió la italiana, ya más recuperada—. Ojalá tus hijos no salgan con tus cejas…

—Eres un encanto.

.

Cerca de las ocho de la noche, el sonido del timbre interrumpió el relato de Michelle acerca de cómo había sido su desastrosa primera cita oficial con Arthur. El dueño de casa se dirigió a la puerta y luego se escuchó un insulto en inglés, seguido de la puerta siendo cerrada estrepitosamente. El rostro de Lovina y Adamo fue surcado por la curiosidad, en tanto Michelle sólo atinó a reír nerviosa y restarle importancia al asunto. Musitó que seguramente debía tratarse del primo de Arthur. La morena continuó diciendo que dicho personaje trabajaba en el zoológico que se encontraba a un par de cuadras y que era el encargado de cuidar a los animales más exóticos y peligrosos. Dijo además que casi siempre que se sentía demasiado cansado incluso para conducir, pasaba a visitarlos un momento y dormir para luego ir a su respectiva casa. Adamo rió ante la simpleza del asunto, en tanto Lovina no dejó de encontrarlo extraño. Pasados unos diez minutos, Arthur nuevamente apareció en la sala de estar y explicó más o menos lo mismo que había dicho Michelle, añadiendo a que esa era una conducta habitual en su primo; desde niños eran muy unidos y se tenían tanta confianza como un par de hermanos… o amantes. Porque sí, en más de una ocasión habían compartido el lecho. ¿Pero y qué? Cualquier hombre seguro de su sexualidad simplemente hablaría de ello como del clima, ¿no?

Michelle esperó a su prometido dejase de hablar para seguir con su historia, sin embargo apenas éste se sentó junto a ella, un hombre alto, de cabello castaño y ojos ámbares irrumpió en la sala de estar, pidiendo a los dueños de casa una pastilla para el dolor de cabeza. Grande fue su sorpresa al divisar a Lovina, y es que nunca se imaginó siquiera el hecho de que ésta fuera amiga de su primo. Jett sonrió galantemente y saludó a la italiana con un beso en la mejilla y por supuesto que ignoró completamente la expresión avergonzada de ella, así como el aura asesina que comenzó a invadir a Adamo.

—Es un verdadero placer encontrarte aquí —siguió, sonriente—. Voy a comenzar a pensar que el destino nos quiere juntos —rió.

.

.

.


Creo que de ahora en más tardaré en subir capítulos. Mi excusa es simple: UNIVERSIDAD. Aunque quiero dejar en claro que NO dejaré esta historia.

El caso clínico que se relata arriba es real. Precisamente lo saqué de un programa de emergencias médicas e.e xd Lo otro, sé que algunas shipeaban AdamoxAlexis, pero ya ven... mi intención fue siempre hacer que Alexis fuera la novia de Daniel. Para el sexy ítalo-español tengo otros planes jajaj Así mismo, la villa Ada es real.

El próximo cap es Franadá... preparen sus pañuelos(?) planeo hacer que lloren mucho :)

Pasando a otro tema, ¿ya vieron The Centennial Gift? askdjaslhskaljd me alegró mucho el día ver a Inglaterra regalarle un unicornio a Estados Unidos :')

¡Saludos!