ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.
IMBRANATO
FRANCIS 3
Francis Bonnefoy podía definirse como una persona con muchas caras, más bien multifacético. Para la gente de la empresa en la que trabajaba, era un amargado explotador; para quienes lo conocían un poco más, era un pervertido metrosexual alcohólico. Sus mejores amigos lo consideraban como un hermano mayor, alguien a quien puedes confiarle la vida. Para su ex-esposa era un cerdo, en tanto su hija lo consideraba el mejor hombre del planeta, aún con todas sus falencias. Lo cierto es que aquellas descripciones eran sólo ciertas partes de su personalidad que el gabacho dejaba entrever dependiendo de la situación. Porque sí, podía ser muy divertido, coqueto, serio e incluso amargado.
Aquel último vestigio de su personalidad lo había comenzado a desarrollar una vez salió de la universidad. Quien había negado el hecho de que el amor no cambia a las personas, claramente nunca había experimentado el sentimiento de sentirse especial para alguien. En su penúltimo año se enamoró, se enamoró perdidamente de una chiquilla rubia de facciones aniñadas. Tal vez pecara de cursi, pero nada más le bastó verla por el campus para admitirse completamente flechado. Marguerite Williams era una novata insegura, tímida y torpe que, como muchos, por primera vez se vio lejos de su hogar. Por más días de los que se atrevió a contar, Francis la observó de un lado a otro, preguntándose de paso cómo aquella criatura tan perfecta podía ser ignorada por sus compañeros.
Aunque bueno, lo anterior no le molestaba del todo, pues era feliz al considerarse el primero y único.
Supo que la vida le estaba sonriendo cuando, un día, vio a la rubia junto a la terca y temperamental novia de Antonio, ¡era su oportunidad! Porque lo cierto era que no había tenido el valor de ir y hablarle, tal y como hubiera hecho en el pasado ante cualquiera que le llamara la atención. Ella —se odiaba por aún no saberle el nombre— era especial, así lo sentía y enserio no quería asustarla o peor, causarle una mala impresión. Tomó su charola del almuerzo y, decidido, caminó hasta la mesa de la italiana y no hesitó en sentarse junto a la linda rubia de anteojos, así mismo omitió la mirada cargada de furia de Lovina. La conversación no se hizo esperar; reclamos por parte de la castaña fueron la tónica del momento. Sus gritos parecieron aumentar apenas llegó su novio y saludó al francés antes que a ella. En cualquier otra instancia, Francis hubiera optado por ver la pseudo pelea y añadir más y más comentarios que hicieran enojar a la italiana, sin embargo él sabía aprovechar las oportunidades. Galantemente se giró para ver a la rubia que parecía intimidada por la pelea, y se presentó. Ella se sonrojó, presentándose también y el gabacho supo que tendría que hacer uso de toda su fuerza de voluntad para hacer bien las cosas con Marguerite.
¡Qué lindo era su nombre! Le quedaba a la perfección.
También tuvo que admitir que casi se murió cuando supo que ella tenía una gemela. Francis era joven, estaba en la flor de la vida, no podían culparlo por su… florida imaginación.
Pronto se hicieron amigos y la amistad los llevó al siguiente nivel. Marguerite dejó de ser una alumna más, ahora varios la reconocían como LA que logró 'sedar' al fiestero hijo del rector de la universidad W. Francis le pidió hacer oídos sordos a los tontos comentarios y simplemente centrarse en el presente. El tiempo pasó y supo entonces que aquella era la mejor chica que pudo haber conocido en la vida; se enamoró por completo y, aunque le molestara que los demás lo dijeran, debía reconocer que efectivamente había cambiado; ya no era el alocado de antes. Hasta sus padres parecieron complacidos por el cambio de su hijo, bueno, su madre manifestó abiertamente su felicidad con respecto al hecho de vivir para ver a su hijo como siempre quiso; Phillipe en tanto se mantuvo como simple espectador. Luego Francis entendió el por qué.
A pesar de él haber acabado antes la universidad, la distancia no fue impedimento para la joven pareja; cada segundo juntos lo atesoraban como una joya. Veranos inolvidables y cargados de buenos recuerdos eran consuelo cuando ambos se hallaban lejos del otro, Marguerite en la universidad y Francis en la empresa de su madre, pero no era nada que una llamada por teléfono no pudiera arreglar al menos provisoriamente. De tanto en tanto, Francis se tomaba la molestia de visitar el campus y darle una visita sorpresa a su linda novia, claro que antes investigaba que la rubia no tuviera una semana demasiado pesada, pues lo último que quería era entorpecer sus estudios. ¡Ser hijo del rector tenía sus ventajas!
Sin embargo…
Llegó el día en que toda su felicidad se escapó de sus manos. Un día, de la nada, Phillipe anunció el compromiso de su hijo con Katherine Levine, hija de un importante empresario con quien él tenía negocios. Por supuesto que Francis se negó rotundamente a tal compromiso. ¡Por Dios, que no estaban en la era de los señores feudales! Sin embargo su padre fue ruin y avaro; usó todas sus artimañas para obligar a su hijo a realizar aquel acuerdo que tanto le beneficiaba y no dudó en usar su carta más fuerte. Sabía que la razón por la que Francis negara con tanto ímpetu el compromiso —porque enserio, Katherine era completamente hermosa y sabía que su hijo tenía debilidad por mujeres como ella— tenía nombre y apellido. Convenientemente para Phillipe, era alumna de la universidad que manejaba. Un día simplemente citó a Francis en su oficina y le planteó bien un par de cosas. El ese entonces joven rubio sintió que algo se rompió en su interior.
Casi como si lo hubiera planeado, el momento que eligió para romper con Meg fue justo el día de la graduación de ella. Se sintió como lo peor. Había pasado horas frente al espejo, practicando su mejor cara de desinterés e indiferencia, así mismo las palabras que usaría con ella. Sintió colapsar cuando, una vez acabada la ceremonia, Marguerite se le acercara… se veía tan hermosa que dolía, las palabras le quemaban la garganta y su sentido común lo obligó a hacer frente a su padre, pero…
Era cobarde. Se odió sólo de pensar en Marguerite sufriendo por haberlo elegido a él. Podía recordarlo tan claro como si hubiera sido ayer; la joven fémina se había acercado a él, con una sonrisa de preocupación surcando sus lindas facciones, pues hacía ya varios días Francis había estado actuado de forma extraña… Meg casi pudo jurar que le veía con tristeza y eso le inquietaba. El gabacho recordó que se mordió la lengua, evitando así gritar y…
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—¿Cariño, qué tienes? —inquirió preocupada, sin perder de vista a su novio, sentándose en una banca cercana. Francis le había pedido nada más al acabar la graduación hablar con ella y eso hacía que a Marguerite le carcomiera la curiosidad—. ¿Qué pasa? ¿Tienes algo? —preguntó nuevamente.
—Terminemos —mentó el galo sin más, sintiéndose incapaz de mirarla directamente a los ojos. Marguerite sintió un vacío en el pecho, preguntándose cómo una sola palabra podía destrozarla de tal forma. Aturdida, le obligó a mirarle a los ojos, sorprendiéndose al ver aquel par de zafiros sin rastro de brillo.
—¿De qué hablas? —musitó por lo bajo, tratando de digerir la nueva información. La tristeza y dudas no tardaron en invadirla.
—De eso… de terminar. Quiero terminar contigo… necesito terminar contigo —masculló secamente, como si estuviera hablando de cualquier cosa; tal vez con uno de los socios de la empresa de su madre. Se puso de pie, incapaz de seguir a su lado, más aún con semejante mentira de por medio. Le dio la espalda y se puso las manos en los bolsillos, ahí podía hacerlas puño y no se notaría.
—¿Pero por qué? –inquirió la canadiense al borde de la histeria, corazón en mano. Bien, admitía que su relación se había deteriorado, pero aún mantenía la esperanza de salvarla—. ¡Demonios! ¡Aunque sea mírame, Francis! —chilló, molesta como nunca antes. El aludido se limitó a cumplir la petición y mirarla con recelo.
—¡Ya te estoy mirando! —grito molestó, su mirada era indescifrable. Estaba molesto, sí, pero no con ella, sino con él mismo por hacerle esto a la chica que amaba.
La rubia quedó impactada ante la reacción del gabacho y sus lágrimas empezaron a brotar, arruinando el maquillaje que su hermana se había empeñado en ponerle. Maldijo ser tan débil y amarlo de la forma en que lo hacía. Su barbilla tembló y trató de buscar una excusa lógica a lo que sucedía. Hasta hace sólo unas semanas pudo haber jurado que Francis era feliz con ella, si hasta habían planeado ya sus vacaciones de verano y…
—¿Ya no me quieres? —quería saber la respuesta. Su sentido común le advirtió ya conocerla, pues nada más bastaba prestar atención a la actitud reciente de Francis; sin embargo quería acabar con la duda y la poca esperanza que quedaba en ella.
—No.
Ella no notó el gesto de dolor en el rostro francés, pero era mejor así. Francis quiso arrepentirse de sus palabras en el acto, decirle que iba a pelear por ella y que su padre no iba a ser quien controlara su vida. ¿Pero qué sentido habría tenido eso? Iba a casarse con otra mujer en menos de un mes y dentro del mismo año nacería su hija —no sabía cómo, pero Katherine se las había arreglado para acostarse con él. Tampoco quería victimizarse, el siempre había tenido debilidad por las mujeres hermosas y bueno… que no lo recordara no significaba que no hubiera pasado—. Marguerite no se merecía eso, por lo mismo lo mejor para ella era que él se alejara. Meg era buena, un encanto de persona, Francis sabía que no iba a tardar en encontrar a alguien que supiera hacerla feliz, sin tanto dramas familiares de por medio.
—Bien —susurró apenas, intentando en vano secar su rostro del rastro salino que no dejaba de emanar.
—Es lo mejor para todos —concluyó fríamente, sin sentimiento alguno en su turbia mirada.
—No Francis, para todos no porque para mí no lo es —acertó, viéndolo con tal determinación que nuevamente el gabacho sintió flaquear ante sus palabras—. Di que es lo mejor para ti, que serás el único feliz al no tener que soportarme más, pero no hables por mi… porque ni tu ni nadie puede saber cómo me siento. Y aunque tuvieras la más mínima idea, no dirías que es lo mejor para ambos.
Esas palabras y esa imagen de ella lo destrozaron más de lo que estaba, se sentía un miserable por hacerle eso. Marguerite, al ver que ya no tenía nada más que hacer ahí, decidió irse de ese lugar, corriendo, no quería estar un segundo más junto a Francis. Aunque tampoco quería regresar con su familia, que seguro la estaban esperado para ir a celebrar su graduación. Francis supo entonces no había vuelta atrás; ya había terminado con el dolor más grande, aquel que le impidió dormir varias noches, intentando encontrar una solución. Pero era mejor que Marguerite creyera que él la dejaba porque simplemente la chispa había desaparecido y no ahondara en razones rebuscadas. Porque ella no se merecía lo que había hecho y aunque no lo supiera, era mejor de ese modo.
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Se preguntó cómo habrían sido las cosas si le hubiera hecho frente a su padre. Nuevamente la incertidumbre lo invadió al imaginarse a una Marguerite sin poder cumplir sus sueños, o por el contrario, haciéndolo fuera del país… lejos de él. ¿Era egoísta? Sí, y mucho. Aún le costaba enfrentar a la rubia; es más, de todas las veces que había ido a W por asuntos de trabajo, estimó que la vio un noventa por ciento de los días. Sin lugar a dudas, lo que más le dolió fue verla junto a ese hombre que… ni siquiera tenía palabras para describirlo; ¿quién era él después de todo para tratar mal a alguien que hace feliz a la única mujer que amó en la vida? Él era el cobarde y Marguerite tenía todo el derecho de rehacer su vida junto a alguien que estuviera dispuesto a luchar por ella.
Optó por dejar de pensar en la rubia y enfocarse en su trabajo; después de todo, ahondar en el pasado siempre lo deprimía más de lo necesario.
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Marguerite suspiró cansada, por fortuna había terminado de corregir el último examen de sus alumnos; sin embargo aún debía seguir con sus demás obligaciones como profesional, entre ellas con la investigación que le daría el tan precisado post-doctorado. Ya con él tendría la suficiente confianza para poder salir del país y acompañar a su prometido, sin la preocupación de ser una molestia económica para él, pues tendría suficiente preparación como para poder solventarse por sí misma. Masajeó sus sienes y luego los párpados, claro que antes dejó sus anteojos sobre el escritorio. Poco le importó arruinar el leve maquillaje que traía, ya luego podía arreglarlo; su hermana le había obligado a acostumbrarse a cargar siempre con un mini cosmetiquero, y es que nunca se sabía cuándo debías verte mejor a lo acostumbrado. Se vio en el pequeño espejo de mano y, conforme con su apariencia, calzó nuevamente sus anteojos y perezosa, caminó hasta su habitación. Recordó que ahí había dejado el pendrive con todos sus nuevos avances y bueno, quería avanzar lo más posible. Tal vez en el camino podía pasar a la cafetería a por un café.
Ese último pensamiento le animó. Si bien podría quedarse en su dormitorio haciendo su investigación, sabía que sus alumnos tenían la costumbre de ir a preguntarle cosas relacionadas con la materia que impartía y bueno… a ellos no podía decirles que no, mucho menos negarle conocimiento. Camino de vuelta a su oficina, ubicada en facultad de ciencias sociales, pasó a la pequeña cafetería que estaba en la entrada del campus; ni modo de ir a la principal, seguramente a esa hora aún estaba llena de estudiantes. Salió gustosa con su café y pronto sintió el estómago encogerse al divisar la misma cabellera rubia de casi todos los días. Su pulso se aceleró y se sintió tonta ante ello, preguntándose de paso cómo aquel hombre aún podía tener ese efecto en ella. Se dio cuenta que Francis la miró por escasos segundos y luego, como siempre, se hizo el desentendido. Marguerite gruñó y aceleró sus pasos hasta situarse junto al francés.
—Me preguntaba por qué no te acercabas a saludar —atacó sin más, omitiendo completamente cualquier tipo de saludo. Había sido Francis quien terminó con ella, ¿no debería acaso darle lo mismo su presencia? Así mismo, no era una completa desconocida y mínimo se merecía un "hola" de su parte cada vez que lo veía—. Digo, ya que desde el primer día me has espiado.
—Tienes una impresión equivocada de mí, Meg.
—No tienes derecho a decirme así. Ya no.
—Vaya —en vano trató de disimular su sorpresa, quedó de manifiesto que ya no trataba con la misma muchacha que había conocido hace tantos años—. Veo que has cambiado… antes…
—¿Habría bajado la cabeza y murmurado mil cosas inentendibles? —rió irónica—. La gente cambia, Francis.
—Lo que más me gustaba de ti era lo dulce que solías ser —musitó sin más, causando estragos en la mente de la canadiense. Antes de darse cuenta, sus mejillas habían sonrojado a causa de la rabia y su vaso con café estaba levemente arrugado—. Aunque tampoco podría decir si ya no lo eres, o si efectivamen…
—Cállate, ¡cállate! —gritó molesta, exasperada para con la actitud que había tomado su interlocutor. Indignada pensó qué se creía para ir con esos aires de galán por la vida; ya no eran unos mocosos—. ¿Por qué rayos me dices eso? ¡Tú terminaste conmigo! Seguro la "dulzura" te hizo sacar caries, por eso…
—No —fue ahora el turno de él para interrumpir las palabras de la rubia. No quitó sus ojos de los de ella; si la última vez que la había visto no lo había hecho, ahora no perdería segundo alguno—. Tenía un motivo, uno muy bueno a decir verdad… Meg…
—¡No me interesa escucharte! —poco le importó que alumnos comenzaran a aglomerarse; aún cuando quizás la mayoría no la conocía, pues pertenecían a otras facultades, en sí era todo un espectáculo ver a un profesor peleando casi al borde de la exasperación. Hizo amago de irse, sin embargo Francis le tomó la muñeca, impidiendo su cometido—. ¿Enserio crees que no sé que pocos meses después de que terminaste conmigo, nació tu hija? ¿Crees que no sé que te casaste? ¡Elizabeta me contó todo! —sintió su corazón estrujarse, si bien lo cierto era que había rehecho su vida luego de eso, nunca había cerrado del todo el capítulo de Francis y aún le dolía lo ocurrido—. Jugaste conmigo como nunca nadie hizo.
—¡No Marguerite! ¡No! —chilló al borde de la desesperación. Jamás pasó por su mente la idea de que alguien le hubiera comentado a ella vestigios de su vida. Si hasta entonces se sentía mal, ahora se sentía mucho peor—. Yo no…
—No, claro. Tú no embarazaste a otra mujer mientras, técnicamente, aún éramos novios. Oh, ¿me vas a decir entonces que tenías miedo por lo que tu padre pudiera hacerme? —rió sarcástica—. Francis, si hubieras luchado por nuestra relación pudimos haber logrado más cosas de las que creías posibles en ese momento. Phillipe Bonnefoy no es un Dios omnipotente —desvió la mirada, sintiendo cómo se sacaba un enorme peso de encima luego de tantos años—. Y ya suéltame —demandó con voz seca. A duras penas hizo equilibrio con su vaso con café para poder acariciarse la muñeca. Francis entonces se quedó de piedra al recién divisar un anillo en uno de los delgados dedos de la canadiense. Tuvo la urgente necesidad de sentarse o apoyarse en algo, de otro modo creyó acabaría desplomado en el suelo.
—¿Te… casaste?
Marguerite, confundida, desvió la vista hasta el bonito anillo de plata con diamantes que tenía en su mano izquierda. Creyó que con lo detallista que era Francis, sabría que el anillo en el anular izquierdo indicaba compromiso, no así el de la derecha, que indicaba matrimonio. Frunció los labios hasta convertirlos en una fina línea y, no supo por qué, pero respondió un seco "sí" ante la respuesta efectuada por el francés. Trató de tomar nota de su reacción, pero le fue casi imposible, pues casi al instante se sintió mal por haberle mentido. La canadiense musitó torpemente que era muy feliz, tratando a su vez de arreglar la mentira anterior. Francis emitió una mueca que, nuevamente, Marguerite fue incapaz de descifrar. Ya cansada por la falta de comunicación por parte del rubio, optó por despedirse sin más. Francis reaccionó recién cuando la mujer estaba ya lo suficientemente lejos como para no escucharle, y maldijo entonces a su yo del pasado por no haber luchado por ella.
Lo que sí alcanzó a ver con claridad fue al mismo hombre de la otra vez, abrazando cariñosamente a Marguerite. La tristeza surcó sus facciones.
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Es cortito, ya sé :( pero es que la universidad askljdhlkasdjl ésta semana tengo test todos los días -muere- En fin, había pasado creo que dos semanas de la última vez que subí y me comenzó a dar cargo de conciencia. Lamento no responder los reviews, prometo que cuando tenga tiempo lo haré. Tampoco sé si logré mi objetivo de hacer llorar a alguien, jajaj :(
Lo otro, al menos hasta donde yo sé, el anillo de compromiso va en la mano izquierda y en la derecha el de bodas. Aunque leí en internet que hay países en lo que no es así.
Para que vean que sí soy buena :') les dejo un adelanto. De antemano doy gracias a AwesomePrussia94 por el nombre del nuevo personaje.
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Espantado, Adamo gritó, ganándose de paso un reclamo por parte de una de las bibliotecarias que, cabe señalar, estaban en la parte de adelante. Caminó, acelerando sus pasos cada segundo, sin molestarse en mirar atrás. Abrió el casillero para sacar su mochila y no hesitó en bajar al primer piso y salir de la biblioteca; ya luego podría buscar el libro que necesitaba… o mejor aún, descargarlo de internet.
Azorado, pensó en cómo le diría esto a alguien, porque estaba seguro que debía contarlo, de otro modo colapsaría. Se le desfiguró el rostro al pensar en la mueca que pondría su madre al decirle que había sido besado por un humano que, básicamente, tenía pene. Se llevó una mano al rostro, tratando de cubrirlo por completo en tanto seguía, nervioso, con sus rápidos pasos. Lo mejor sería no decirle nada a un familiar… al menos no ahora. Pensó que tal vez en unos treinta años aquella sería una anécdota graciosa, o algo así. Porque en lo que al presente respecta...
Tal vez podría aprovechar el hecho de que Alexis estaba estudiando en Francia y contarle lo sucedido… si se volvía loca, simplemente podía cerrar el chat y, de paso, omitir los comentarios morbosos.
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Saquen sus conclusiones.
Lo otro, alguien me dijeron que están planeando hacer un juego rol de ésta historia o.o debo decir que me sorprendió mucho saberlo jajaj es más, esa persona hizo un facebook de Adamo (por ahí es el rol) y casi lloré, porque me emocioné al ver a mi OC con fb jajaja, eso. Si alguien le interesa participar, deje un comentario y esa persona se comunicará con ustedes. Por si acaso, voy a dejar el link del fb de adamo en mi perfil.
Eso por ahora. ¡Saludos!
