ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.
IMBRANATO
DIECISÉIS
Adamo masajeó sus párpados y, cansado, se dejó caer sobre la cama desordenada. Durante toda la semana había tenido que hacer uso de su fuerza de voluntad para no buscar en internet alguna forma de tortura a larga distancia o algo así. Le había mencionado su dilema a Alexis, sin embargo lo único que hizo la rubia fue reír y reír cada vez más fuerte y eso no ayudaba en nada a su situación actual. ¡Nadie le comprendía! —al menos había procurado no gritar esa frase; no quería caer en el tonto estereotipo de adolescente berrinchudo—. Para él era raro ver a su madre siendo acosada por un completo desconocido —porque sí, hay que decir las cosas por su nombre—. A ese tal Jett no lo conocía de nada, ¡ni siquiera sabía dónde vivía! Pero claro, el muy desgraciado no hesitaba en rondar a su progenitora y lograr que ésta estuviera todo el día con una sonrisa tonta en el rostro. ¡Era demasiado raro! No que fuera una completa amargada, pero no era común ver a la siempre indiferente Lovina Vargas tarareando canciones románticas. El sólo rememorarlo le causaba arcadas.
Terminó de acomodarse la corbata y salió de su habitación; se le había hecho tarde y tuvo que rechazar el desayuno hecho por Lovina; por supuesto que ésta le miró con enojo, ¡el desayuno es la comida más importante del día! Y más para un adolescente en pleno desarrollo. Finalmente la italiana bufó y le dio una barra de cereal a su hijo antes de que éste corriera al colegio. Aunque al cabo de cinco minutos, la mujer se preguntó por qué el menor no le había pedido que lo fuera a dejar en auto. Miles de respuestas no tardaron en rondar a la pregunta; ¡tal vez Adamo se encontraba con su novia de camino al establecimiento! ¡O tal vez esa niña loca seguía acosándolo y no quería que ella lo viera! Derramó parte de su café al solo pensarlo, horrorizada ante los posibles males que pudieran afectar a su pequeño. Ni siquiera se molestó en limpiar la mancha; corrió a buscar sus cosas y salió como un huracán, directo hasta el estacionamiento y luego marchó, más que dispuesta a encontrar a su hijo y obligarlo a subir al auto.
Todo hubiera sido más sencillo si esa calle no hubiera sido tan transitada, pero bueno, la vida no podía ser tan perfecta. Adamo a regañadientes subió al auto negro, aunque luego tuvo que admitir que se había ahorrado bastante tiempo y, por sobre todo, no había llegado sudado al colegio… nada hubiera sido más desagradable. Lovina permaneció estacionada, asegurándose que ninguna niñita hormonada de acercara a su hijo. Aunque no le bastó verlo entrar sano y salvo, por el contrario, permaneció ahí unos minutos más. Era mejor ser precavida, ¿no? Además, podía darse el lujo de llegar cinco minutos tarde al hospital; si bien entraba a las ocho de la mañana, el turno de noche terminaba a las nueve, así que en caso de presentarse alguna emergencia, estaban cubiertos. Encendió el radio para relajarse un poco, en tanto seguía con la vista fija en el portón de entrada al colegio y no pudo evitar pensar en lo mucho que se parecía Adamo a Antonio, y no lo decía sólo por el evidente parecido físico. Si las cosas hubieran sido diferentes, estaba casi segura que esa cualidad sería la tónica de varias bromas.
Tenía que dejar de pensar en él; idear la forma de borrarlo completamente de sus pensamientos y no sentir que se volvía jalea cada vez que veía al español. ¡Un poco de orgullo, por favor! Jamás le admitiría que se arrepiente de haberle negado a su hijo, a fin de cuentas, las cosas ya estaban hechas y ahora sólo dependía de Adamo el si querer o no forjar lazos con Antonio. Un destello en su cabeza le hizo recordar que la razón por la que le había puesto ese nombre a su hijo, era porque comenzaba con la letra A. pronto se sintió ridícula al rememorar aquello.
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Odió admitirlo, pero Adamo se había acostumbrado a la molesta presencia de Alexis. Aquel día, durante toda la jornada escolar se sintió demasiado tranquilo; prestó atención en clases, jugó futbol en el receso, compartió con sus demás compañeros, todo en orden… sin embargo no tenía esa constante molestia junto a él y eso hasta cierto punto le incomodó. Apoyó la cabeza sobre una de sus palmas y desvió la cabeza hacia la ventana, permitiéndose ignorar la explicación del profesor sobre algo de números que no le gustaba pero ni un poco. Le había parecido raro que, luego de sonar el primer timbre de finalización del receso, Daniel Beilschmidt hiciera amago se acercarse a él. El ítalo-español detuvo sus pasos y se limitó a verlo desafiante; sobre todo cuando el 'hippie de cabello largo' movió el brazo y nuevamente hizo amago de acercarse a él. El segundo timbre sonó y Adamo rodó los ojos, musitando un "eres raro" a Daniel justo cuando pasó a su lado.
Tal vez lo había arruinado. Pensó que tal vez Daniel quería decirle algo, quizás sobre Alexis —después de todo, eran novios—, o incluso tal vez quería disculparse por todo lo que había pasado… pero bueno, tampoco iba a estar rogándole. Si quería decirle algo realmente importante, se lo diría luego, y de paso ignoraría el sutil insulto que le había propinado.
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Por la tarde, ya en el departamento, Adamo esperaba impaciente la llegada de su madre. Se había pasado caminando de un lado a otro, buscando las palabras adecuadas y de paso regañándose por no saber algo tan básico como aquello. De haberlo sabido, le hubiera ahorrado un mal rato a la italiana, pero bueno… todas las personas que podían ayudarle, inevitablemente acabarían comentándole a su madre algo al respecto y bueno, prefería ser él que de buenas a primeras se lo dijera y ahorrarse un posible mal entendido. Suspiró pesadamente y volvió a fijar la vista en el calendario que estaba en la pared de la cocina; faltaban escasos cinco meses para que finalizara el colegio y junto con ello le diría adiós a gran parte de su niñez y abriría las puertas de la vida adulta, aún cuando todavía dependiera económicamente de su madre. Debía comenzar a pensar en su futuro. No negó que ingresó a la habitación de su progenitora y, literalmente, dio vuelta todo lo que encontró; lo único que él quería era un nombre, demonios.
Tendría que armarse de paciencia y esperar, después de todo, por más que mirara el reloj, el tiempo no avanzaría más rápido.
Literalmente saltó del sofá en el que ya hace rato se había acomodado, nada más al oír el sonido característico de llaves y luego la cerradura siendo abierta. Lovina le vio sorprendida, pues hubiera jurado que su hijo estaría perdiendo el tiempo frente al computador. Adamo no hesitó un segundo en decir que tenía que preguntarle algo; Lovina dejó su bolso sobre la mesa del comedor y luego se sentó en un sofá, demasiado cansada como para seguir de pie. Ese día en el hospital se la había pasado corriendo de un lado a otro. Prestó atención en la tensión que mostraba el adolescente, por lo que no tardó en enfocarse por completo en su actuar.
—Mamma… —comenzó, desviando la vista y jugueteando con sus dedos. Lovina gruñó por lo bajo, pues recordó que Antonio hacía lo mismo cada vez que estaba nervioso. Maldijo el hecho de que su hijo se pareciera tanto a él.
—¿Qué querías preguntarme, Adamo?
—Es que… —desvió la cabeza. Siempre que algo involucraba a su padre, se le hacía difícil hablar, más aún encontrar las palabras precisas para que su madre no se altere, pues a ella más que a nadie le molestaba mentar al español en las conversaciones. Inspiró profundamente antes de seguir—. Quería saber si sabes cómo se llama el bufete de abogados donde trabaja Antonio —no supo en primera instancia si la italiana le había alcanzado a escuchar o si había entendido sus palabras, aunque toda duda desapareció al ver la sorpresa en las facciones femeninas.
—E&G abogados —respondió de manera automática, sin terminar de entender por qué su hijo quería saber dónde trabajaba Antonio. ¿Querría comunicarse con él? ¿Sería una tarea del colegio? Miles de posibles preguntas no tardaron en agruparse en su cabeza—. ¿Por qué querías saber el nombre? ¿Quieres ir a ver a Antonio a su oficina?
—No por gusto —gruñó por lo bajo y desvió la cabeza. Lovina no pudo evitar reír para sus adentros… al menos en la mayoría de sus reacciones, Adamo reaccionaba tal y como ella haría. Bueno, después de todo lo había criado—. Mamma… —comenzó, captando nuevamente la atención de la fémina. Pensó que le diría que efectivamente quería ir a verlo porque le extrañaba, bueno, aunque no le gustara, tenía todo el derecho de ir y no se lo iba a negar—. Quiero ser abogado.
Pero eso no se lo esperó. Sabía que su hijo no era amante de las matemáticas, así que descartó de inmediato la visión de él como ingeniero o algo así; sabía además que era muy bueno en letras, pero nunca imaginó que elegiría precisamente esa carrera. Bueno, si era feliz, a ella le bastaba. Entonces calzó en su cabeza el hecho de que Adamo quisiera ir a la oficina de Antonio, seguramente quería una visión más amplia de la carrera, ¿y quién mejor que alguien que ya lo era? Por un segundo pensó en recomendar a su buen amigo Arthur para guiarlo, pero descartó la idea casi de inmediato; Adamo tenía todo el derecho de compartir aunque sea un momento con su padre. Lovina indicó que en la guía telefónica estaba el número del bufete e incluso se ofreció a llevarlo si quería; el adolescente negó con la cabeza y tomó la guía telefónica antes de caminar a su habitación.
Aunque antes, le pidió perdón a su madre. Lovina le miró con un enorme gesto de sorpresa, aunque luego ésta pasó a ser rabia pura al ver su habitación hecha un desastre…
—¡ADAMO ENRICO VARGAS!
…Y el aludido supo que lo mejor era encerrarse con llave y esperar a que pase el peligro.
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Lo único bueno del día siguiente es que era viernes y sólo tenía clases en la mañana. La mayor parte de la tarde la pasaría con Antonio y no le molestaba del todo —aunque no precisamente por el hecho de estar junto a su padre biológico—. La noche anterior había acordado comer con él y luego ir al bufete para impregnar al menor con el clásico aroma a libros viejos de una clásica oficina. Se apoyó contra el portón de entrada al colegio, esperando aburrido a que el español llegara; pensó que si estuviera con Alexis la espera sería más amena, pero nuevamente había faltado a clases… tal vez estaba enferma, o tal vez simplemente le había dado un ataque de niña caprichosa y había ido a París a comprar su vestido para la fiesta de graduación; y es que conociéndola, ésta última idea no era del todo descabellada. No dudó en gruñir al sentir que alguien le tapaba los escasos rayos de sol; porque si bien aún estaban en invierno, al estar en un país mediterráneo, la madre naturaleza no prohibía del todo la aparición del sol. Alzó la cabeza y se quitó los audífonos al ver que Antonio movía los labios. Como no le había escuchado, se limitó a saludar en tanto cortaba la música de su teléfono celular.
—¿Te apetece ir a comer a algún lugar en especial?
Adamo se encogió de hombros, musitando que no conocía muy bien la ciudad, pues siempre se limitaba a ir del departamento al colegio… y a veces pasaba al hospital; aunque no encontró necesario mentar que la única vez que salió por ahí, acabó perdido. A Antonio le pareció raro que su hijo no interactuara con los chicos de su edad, pero tampoco dijo nada. Ambos caminaron al auto y el adolescente no pudo evitar notar que varias señoras se quedaban viendo al español, no pudo evitar una mueca e igualmente lo detalló de pies a cabeza, pensando en por qué rayos esas mujeres parecían tan… no sé, ¿atraídas? Bufó y se subió al auto.
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Sintió que por poco vomita toda la deliciosa pizza que había almorzado. Antonio parecía más feliz que de costumbre al mostrarle a su hijo los mil y un libros que tenía en la oficina sobre leyes y derechos civiles… ¡eran demasiados! Adamo no pudo evitar sentirse intimidado ante tan grande desafío, después de todo y al igual que con las otras profesiones universitarias, derecho no era una broma. Trató de darse un respiro, sentado en la silla que usualmente usaba el español… tuvo que admitir que se sintió bien sentado a ese lado del escritorio, con el teléfono sonando, seguramente porque alguna de las secretarias deseaba pasarle una llamada —después de todo, el día anterior, cuando llamó había sido así—. Revisó un par de carpetas que estaban sobre el escritorio en tanto Antonio atendía la llamada; se percató que se trataba de un contrato de compra y venta… incluso él, con el casi nulo conocimiento que tenía sobre leyes, fue capaz de entenderlo casi a cabalidad. No se percató de cuando el español dejó de lado el teléfono, aunque sí escuchó claramente cuando éste le ofreció acompañarlo un día a los tribunales de justicia y presenciar un verdadero juicio. Sobra decir que aceptó de inmediato.
Se disculpó al escuchar el sonido de su teléfono celular, y es que justo en ese momento había ingresado a la oficina el jefe de Antonio; un hombre de porte pulcro y estirado. Frunció el cejo, extrañado ante el mensaje que le había enviado Alexis.
"Ven a verme"
¿Y que se perdiera la oportunidad de conocer al hombre que había edificado uno de los bufetes de abogados más prestigiosos de Roma? Claramente la rubia no sabía lo que estaba pasando Adamo justo en ese momento. Rápidamente tecleó su respuesta.
"Estoy ocupado. Más tarde voy"
Listo. Aunque hubiera preferido responderle algo más elaborado, tampoco podía pedirle mucho a la capacidad de un mensaje de texto. Aunque al menos se había tomado la molestia de escribir por esa aplicación que te permitía enviar mensajes gratis… porque sí, para el adolescente, el ahorro era maravilloso. Según las enseñanzas de su madre, en lo único que valía la pena gastar el dinero, aparte de la ropa, era en comida. Se puso de pie y guardó el celular en su bolsillo antes de caminar hasta Roderich Edelstein y presentarse educadamente. Odio decir que era hijo de Antonio, aunque era lo bastante inteligente como para saber que ese simple hecho le abriría varias puertas en ese nuevo mundo en el que quería meterse. Edelstein disimuló lo más que pudo su sorpresa al enterarse de que ese chiquillo era hijo de uno de sus mejores abogados y por el contrario, esbozó su mejor sonrisa al escuchar de Antonio que Adamo deseaba ser abogado y que por lo mismo le estaba mostrando algunas cosas.
Cuentas rápidas le hicieron ver al aristócrata austriaco que, si Adamo resultaba ser un estudiante tan destacado como lo había sido su padre, lo mejor para él era contratarlo para hacer crecer aún más su bufete y obvio, tener mayores ingresos. Pasó uno de sus brazos por los hombros del adolescente y se ofreció a darle un paseo por el edificio; más valía encantarlo desde el primer momento. Aún no iban ni por la mitad de las oficinas del primer piso, cuando Adamo recibió un nuevo mensaje de texto.
"Estoy en el hospital"
Lo releyó varias veces para terminar de comprender a cabalidad lo que Alexis había escrito. ¿Hospital? ¿Por eso había faltado a clases? Sintió atropellar sus palabras al disculparse con el austriaco, mentando entre medio que recién le acababan de informar sobre que una amiga estaba en el hospital y que precisaba ir a verla. Roderich acomodó sus gafas de montura fina, sonriendo encantadoramente, aún cuando por dentro quería desatar su frustración con un piano.
—Tranquilo Adamo, ve a ver a tu amiga. Ah, pero vuelve a visitarnos un día de estos.
—Lo haré, ¡gracias!
Olvidó despedirse de Antonio, bueno, supuso que el austriaco se lo diría de todos modos. Se subió el cierre de la chaqueta y corrió hasta la parada de buses más cercana. Gruñó por lo bajo apenas sintió el aire frío impactar contra su cuerpo; la madre naturaleza pareció recordar que en ese lado del mundo aún era invierno. Lo bueno fue que no tardó en encontrar un autobús que le sirviera y si bien el camino se le hizo largo, por fin llegó al hospital. Como su madre trabajaba ahí, varios funcionarios le reconocieron, y no le fue demasiado difícil orientarse por los pasillos del edificio luego de dar con la información que necesitaba, aún así su ansiedad quedó de manifiesto para la secretaria de la recepción. "habitación 202, segundo piso" musitó tranquilamente la mujer, en tanto el adolescente no escatimó y apresuró sus pasos hasta la escalera. No tardó en llegar a la puerta con el número antes mentado, así que la golpeó suavemente hasta esperar la autorización para pasar; nada hubiera sido más vergonzoso que entrar y ver algo… desagradable. Siempre le había tenido asco a la sangre, nadie podía culparlo.
Casi sintió la necesidad de gritar nada más al entrar y ver a Alexis con el brazo lleno de sondas y el rostro más pálido de lo normal. Los ojos castaños de ella casi parecían dentro de un pozo debido a las profundas ojeras que ni sus gafas ayudaban a disimular. Adamo caminó parsimoniosamente hasta situarse junto a su amiga y se sentó en la silla que estaba en la habitación, acomodándose justo a un lado de la cama. La rubia sonrió levemente al verlo, se veía claramente más animada.
—¿Qué rayos te pasó? —no pasó por alto la incomodidad y el profundo sonrojo que pareció iluminar el rostro de la joven. Extrañado, elevó una ceja e hizo una mueca de sospecha… en primera instancia supuso que aquello debía tratarse de algo vergonzoso, de otro modo Alexis no habría reaccionado de aquella forma, sin embargo no supo si su suposición había sido acertada.
—No te diré —mentó luego de un rato, aún sonrojada por la vergüenza; encogiéndose en sí misma, incapaz de darle la cara al castaño. Si bien lo cierto es que le tenía mucha confianza a Adamo, bueno, ¡simplemente no se sentía capaz de…!—. Te enojarás conmigo y me regañarás —murmuró afligida.
—Alexis, me estás preocupando.
—Ya estoy bien —siguió con una sonrisilla, rogando por dentro para que su amigo dejara de preguntar de una buena vez—. El médico descubrió que me falta un factor coagulante de la sangre, pero aún debo hacerme algunos exámenes así que mi papá optó por internarme.
—Asumo entonces que por eso faltaste ayer y hoy a clases… y yo que creí que estabas resfriada, o que simplemente te había dado un ataque de niña consentida —bufó.
—Mhm…
—¿Enserio no me vas a decir?
—Es vergonzoso —alcanzó a murmurar apenas, demasiado sonrojada para su propio bien. Y es que sabía que si le decía a Adamo la razón por la que estaba en el hospital, se reiría hasta el fin de los tiempos… o peor, se desmayaría del puro asco.
—Por lo que acabas de decir —comenzó, intentando unir acertadamente los cabos. Oh sí, ya se sentía todo un abogado, intentando hacer confesar al culpable—, puedo suponer que estuviste sangrando mucho y no podías pararlo, ¿no?
—Sí.
—¿Y qué tiene eso de vergonzoso?
—¡Te dije que no te voy a decir!
Se escuchó el replique de la puerta, acto seguido un hombre rubio y muy alto, que bordeaba los treinta años, hizo ingreso a la habitación. El médico sonrió a los presentes, contagiándoles su buen humor, y luego revisó la ficha que cargaba y la comparó con la que estaba a los pies de la cama, anotando un par de cosas de tanto en tanto. A Adamo le pareció haberlo visto en una de las visitas que había hecho a su madre, aunque nunca había tenido la oportunidad de interactuar con él. De reojo alcanzó a leer en el gafete que su nombre era Mathias Køhler… cada vez le sorprendía menos la cantidad de extranjeros que había en la capital italiana, aunque no por eso dejaba de tomarse un segundo para ver alguna cualidad especial que lo ligara a su país de residencia.
—¿Cómo está mi paciente favorita? —comenzó el rubio con un marcado acento danés y sin borrar su eterna sonrisa. Alexis no tardó en seguirle el juego y responderle de la misma forma, y es que a su juicio ese hombre era encantador. Pronto Adamo se sintió un extra en la habitación.
—Si quieren me voy para que… —no supo cómo seguir, así que dejó las palabras en el aire, bueno, aquel hombre era el médico así que debió entender las palabras del adolescente, sobre todo luego de ver la profunda cara de asco del castaño. Mathias abrió ampliamente sus ojos, dejando totalmente expuestos sus orbes celestes, acto seguido su rostro fue plantado por la duda.
—No te preocupes, no haré ningún tipo de inspección demasiado gráfica —rió por lo bajo y volvió a anotar algo en las hojas que cargaba—. Seguro quieres saber cómo sigue tu novia luego de toda la sangre que perdió el otro día. La enfermera de ésta ala me dijo que viniste ayer y te explicó algunas cosas, pero seguro quieres una respuesta más completa, ¿no?
—Adamo n…
—Seguro —interrumpió las palabras de Alexis. Si ella no quería decirle que era lo que le pasaba, bueno, sabía que el médico no iba a mentir—. Me quedé muy preocupado…
—Me lo imagino. Una de las enfermeras me dijo que estabas gritando como loco el día que ésta preciosura llegó a urgencias —rió entre dientes ante el solo hecho de imaginar al ojiverde gritando como loco—. Bueno, Alexis ya está bien —volvió a revisar los papeles que traía y leyó un par de líneas—. El coagulante que le pusimos ha reaccionado bien en su cuerpo, así que no debería haber problemas para el tratamiento que pensamos hacer… aunque el ginecólogo anotó aquí que tu vulva aún está muy irritada, así que les recomiendo no tener sexo en algún tiempo.
Alexis en ese momento quiso que la tierra se la tragara. Adamo abrió tanto la boca que sintió desencajar su mandíbula. Mathias rió lo más disimuladamente que pudo ante la reacción de los adolescentes; aunque era, ¿normal? Después de todo eran jóvenes y seguro la noticia les había aguado la fiesta, pero bueno, la salud era lo primero. Con un gesto con la mano se despidió de su paciente y Alexis hizo lo propio con el danés. Adamo esperó a que el médico saliera de la habitación para entonces taladrar a Alexis con los ojos… la aludida se vio sin escapatoria y supo entonces que ni esconderse bajo las sábanas de la cama la iba a salvar de la seguidilla de preguntas de ítalo-español.
—Déjame ver si entendí bien —se sobó el puente de la nariz, incapaz de creer en sus próximas palabras—. ¿Te acostaste con Daniel y sangraste tanto que terminaste aquí?
—Sí.
—Qué… asco —hizo una mueca, expresando con ella todo su desagrado. Algo recordaba de sus libros de texto de biología y se vio tentado a preguntar cómo lo hacía la rubia cada mes cuando… su mueca se intensificó y prefirió no preguntar. Algunas veces lo más sabio era mantenerse ignorante.
—¡Adamo!
—Es que enserio, Alexis… ¿con ese hippie de pelo largo?
—¿Qué tienes en su contra? —frunció el ceño y a duras penas cruzó los brazos; la cantidad de cables que tenía en ellos le dificultó las cosas—. Debo darte crédito, porque ya no quieres golpearlo cada vez que lo tienes cerca, pero tampoco has hecho mucho esfuerzo para tratar de llevarte bien con él; ¡sus madres son mejores amigas! No debería ser tan difícil.
—No me agrada ese tonto hippie alemán —se cruzó de brazos y refunfuñó, desviando la mirada hacia la cortina blanca de la pequeña ventana—, lo sabes.
Alexis suspiró pesadamente; siempre que hablaban de su novio, Adamo terminaba con un pésimo humor y ella enfadada; en cualquier otra instancia hubiera seguido con el tema, gritando y pataleando para que por fin su mejor amigo aceptara a Daniel, pero aún se sentía un poco cansada, así que relajó su ceño, descruzó sus brazos y se acomodó en la cama, entrecerrando los ojos. El ítalo-español relajó el semblante en cosa de minutos y se limitó a sonreír y acariciar suavemente la mano de la rubia, intentando relajarla lo más posible. Odiaría causarle una descompensación debido a una tonta riña.
—¿Sabes? Deberías sentirte vip o algo así —rió, captando la inmediata atención de la francesa—. No tienes ni idea a quién dejé plantado por venir a verte.
—¿A tu novio?
—¡Un poco de seriedad, maldita sea! —chilló avergonzado; Alexis podía ser en verdad muy impertinente—. Y no, hablo de Roderich Edelstein, el abogado más prestigioso de roma —dejó de juguetear con los dedos de su amiga y la miró con seriedad—. Le dije a mi mamma que quiero estudiar leyes…
—Oh… —guardó su impresión, pues cuando le había preguntado ella, Adamo había esquivado olímpicamente la pregunta—. Igual que el señor Antonio…
—No lo hago para complacerle —se adelantó a los pensamientos de la fémina—. Hace mucho que tenía en mente estudiar esto y bueno —se encogió de hombros—. Que Antonio sea abogado lo puedo usar a mi favor, ¿no? Después de todo, gracias a él pude conocer a Edelstein.
La francesa le dio la razón, aunque no tardó en sentir angustia por su querido tío Antonio. Si Adamo hacía precisamente lo que estaba pensando, pudo jurar que las cosas no terminarían bien para el español, aunque tal vez sólo estaba siendo exagerada o los medicamentos que le habían suministrado le hicieron delirar o estar más sensible.
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En el primer piso del hospital, Lovina se encontraba aburrida por no tener nada que hacer. No es que estuviera deseosa de tener a alguien medio muerto en una camilla, pero cualquier cosa hubiera sido más entretenida a una tarde tan monótona en la sala de emergencias. La mayoría de sus colegas estaban en la sala de descanso o en la cafetería, disfrutando los pocos minutos de relajación en tan intermitente profesión. La italiana optó por ir a la recepción y hablar con las secretarias… pensó que si tenía un poco de suerte, el primer paciente que entrara lo atendería ella. Aunque claro, jamás pensó que la persona que entraría por la puerta de vidrio sería específicamente el australiano con el que había tomado la costumbre de hablar cada noche por medio de hetabook*. Tuvo que admitir que se relajó al ver que no parecía herido, aunque de igual modo lo guió a uno de los box de consultas, pues sus años como médico le habían enseñado a nunca dejarse guiar sólo por las primeras impresiones.
—¿Te duele algo? —fue lo primero que dijo la fémina, omitiendo olímpicamente el tan común saludo, en tanto revisaba al hombre de pies a cabeza. Jett no pudo evitar reír, y posó sus manos sobre los hombros de la italiana, intentando tranquilizarla y que se paso le viera a los ojos.
—Estoy bien, Lovina —volvió a reír y se sentó en la camilla en la que la médico le había obligado a acostarse—. No vine porque tenga alguna herida o un dolor en específico —comenzó con voz jocosa, y es que la preocupación excesiva de la fémina era adorable—. Por el contrario, vine a invitarte… ¿tienes libre ahora? —inquirió, en tanto se ponía de pie y quedaba justo en frente de la italiana, agradeciendo de paso que estuviera con pantalón y no con falda o vestido. Bueno, después de todo aún era invierno.
—Técnicamente sí, pero salgo a las seis…
—Perfecto —exclamó el australiano, interrumpiendo las palabras de Lovina—. El lugar al que pienso invitarte está abierto hasta las nueve… tenía esperanzas que salieras antes del trabajo.
—Hey, aún no he aceptado —se cruzó de brazos y en vano trató de reprimir una risilla. No iba a mentir, hace años que no tenía una cita y en sí la idea le emocionaba un poco—. Antes dime a dónde iríamos.
—Había pensado en ir a escalar, aunque no una montaña, eso dejémoslo para la segunda cita —rió—. Aunque sería divertido ir a uno de esos muros con miles de medidas de seguridad, ¿no?
Lovina no pudo evitar abrir la boca en una perfecta "O" producto de la impresión. Jett era un hombre aventurero y parecía no amedrentar ante nada. Su impresión pasó a convertirse en nervios y emitió algo parecido a una sonrisa. ¿Cuándo rayos se hubiera imaginado ella yendo a escalar una montaña? ¡Ni siquiera estaba en forma! Era delgada, sí, pero si la condición física fuera evaluada en una escala del uno al diez, la suya seguro sería menos chorrocientos o algo así. Jett notó la incomodidad de la italiana y lanzó una sonora carcajada a lo que la aludida reaccionó con una mueca.
—¿Qué es tan gracioso?
—Te mueres de miedo.
—¡No he dicho eso! —alegó. Bien, podía estar en lo cierto, pero jamás lo admitiría. Orgullo ante todo. Cruzó los brazos sobre el pecho y, altanera, desvió la mirada.
—Digamos que puedo leerte con facilidad —coqueteó descaradamente, aproximación incluida. Lovina sintió arder sus mejillas y rápidamente lo empujó. El australiano podía ser en verdad desvergonzado; casi ni parecía familiar de Arthur, siempre tan correctito por la vida.
—Eres una molestia —refunfuñó. El hombre volvió a reír.
—¿Sabes lo que deberíamos hacer? —siguió en un susurro, logrando despertar la curiosidad de la italiana—. Besarnos para romper la tensión.
—¡Maldición, bastardo! —chilló, roja y colgada de desespero. Ese hombre iba a matarla de un disgusto. Jett sólo pudo reír ante los reiterados golpes de Lovina, pero es que simplemente no podía evitarlo, enojada ponía, a su juicio, una cara muy graciosa.
—Lovina… Lovina —musitó entre golpes que la aludida no pensaba en detener—. Lovina…
—¿Ahora qué demonios quieres?
—Dios —sonrió—, te pones tan linda cuando te enojas.
—¡C-c-cállate! —gruñó, no sabiendo si había podido o no disimular sus mejillas sonrojadas.
—¿Sabes? Hablaba enserio cuando te estaba invitando a escalar. Obvio no iríamos a una montaña, tampoco quiero que mueras, pero lo de los muros lo podrías considerar… ¿te parece? Es bastante seguro y sería divertido.
—Para ti —bufó.
—Anda… podríamos ir con Adamo. Será divertido. Y no tienes que preocuparte por nada, puedes alquilar zapatos si los que tienes no son adecuados…
Lo consideró; de estar su hijo, Jett tal vez no sería tan descarado… ¿Y para qué iba negarlo? La nueva experiencia podía ser divertida. Asintió la cabeza y omitió el grito de felicidad del australiano; era muy ruidoso. Indicó entonces que llamaría a Adamo para preguntarle si estaba interesado en ir a escalar un muro. El adolescente se mostró tan escéptico como la fémina ante la invitación, aunque finalmente aceptó ir, pues nunca lo había hecho e, igual que su madre, pensó que podía ser divertido. Lovina casi tuvo un ataque de nervios cuando Adamo le comentó que estaba en el hospital; de inmediato pensó lo peor, y el menor tuvo que tranquilizarla casi a gritos, indicando que sólo había ido para visitar a una amiga. Aunque claro, eso no lo libró de un abrazo asfixiante nada más fue divisado por su progenitora. Jett sonrió ante la escena y el adolescente lo fulminó con la mirada… no le agradaba ese tonto con sonrisa de… ¡tonto!
La italiana informó que seguiría a Jett en su respectivo auto y él pareció adepto a la idea. Durante el trayecto, aprovechó de preguntarle a su hijo sobre su amiga, y Adamo, lo suficientemente molesto ante el hecho de que su madre saliera con el tonto, musitó en cortas palabras que estaba bien. La fémina suspiró y pidió por favor que se comportara, después de todo el australiano sólo trataba de ser amable. ¡Claro! ¡Amable! Adamo pensó seriamente si su madre estaba ciega o él era el único que veía las intensiones del tonto australiano con cara de tonto y sonrisa aún más tonta. Dejó su bolso, corbata, bestón y chaleco del colegio en el auto, después de todo, estos sólo le estorbarían a la hora de querer escalar. Hizo uso de toda su fuerza de voluntad para no golpear a Jett cuando éste osó tomar la mano de su madre y caminar de éste modo hasta el lugar de juegos.
Tuvo que admitir que no estaba del todo mal; había varios muros para escalar, además de otros juegos. Lo primero que hicieron fue alquilar zapatillas para poder escalar más a gusto, pues sus zapatos de colegio no eran muy útiles, mucho menos los tacones de Lovina. Una mujer de corto cabello rubio y de ojos verdes no tardó en darle los arneses y les enseñó a acomodarlos. A la italiana le gustó el hecho de que, junto con ser simpática, aquella mujer, era muy precavida con su trabajo, pues se fijó varias veces si los arneses estaban bien puestos, antes de dejar que Adamo y Jett fueran los primeros en escalar. Rió ante las caras que ponían ambos y es que pudo jurar que aquello era más difícil de lo que parecía. Sonrojó por completo cuando la rubia comentó sobre lo lindo que le parecía que una familia viniera y compartiera una actividad sana… sintió atorar sus palabras al musitar, torpemente, que no eran una familia.
—Lo siento —pareció en verdad arrepentida por lo que había dicho—, no quería incomodarte.
—No te preocupes —hizo un gesto con la mano, restándole importancia. Enfocó nuevamente los ojos en Adamo y Jett, que estaban próximos a alcanzar la altura máxima de cinco metros—. ¿Hace mucho que trabajas aquí? —inquirió, no importándole realmente la respuesta; simplemente quería hablar con alguien en tanto esperaba.
—Un par de años —respondió con una sonrisilla. Lovina pudo jurar que el aliento de esa mujer olía a chocolate… seguramente acababa de comer alguno.
La italiana gritó espantada al sentir un par de manos rodear desde atrás su cintura… era imposible que se tratara de Jett, el recién iba a comenzar a bajar del muro. Hizo puño su mano y giró lo más rápido que pudo para atizar al pervertido que se había atrevido a tocarla. Un nuevo grito se hizo presente y Lovina llevó sus manos a la boca al reconocer a Paulo, que se retorcía de dolor a causa del certero golpe que le había dado en el estómago. Se sintió horrible.
—¡Maldita sea, Paulo! —chilló alterada, rogando para que su ex-cuñado dejara de lado los quejidos. ¡Era su culpa asustarla de ese modo! Una persona normal se hubiera acercado tranquilamente a saludar, demonios. De reojo vio a un hombre rubio, muy alto y de expresión estoica que se acercaba para ayudar al portugués. Lovina se puso nerviosa ante el semblante del desconocido.
—Ah, Lovi… que mala eres —alegó Paulo, aún sobándose el abdomen. ¡Esa mujer tenía la mano pesadísima—. Yo sólo quería darte una sorpresa.
—Y me la diste —gruñó por lo bajo. Adamo se acercó a saludar a su tío y éste no hesitó en abrazarlo cariñosamente, ante los gritos del adolescente, que clamaba ser liberado. Lovina entonces le presentó a Jett y Paulo introdujo a su novio. La italiana no pudo disimular la sorpresa; no podía creer que ese gigantón con cara de estreñido fuera novio de alguien tan dinámico como lo era el portugués—. Un gusto… —terminó por decir, en tanto estrechaba su mano con la de aquel hombre.
Lovina preguntó si igual ellos habían venido a escalar, pero Paulo aclaró que él sólo había acompañado a Govert a dejarle un encargo a su hermana. Supuso entonces que una gigantona con cara de estreñida debía de trabajar en ese lugar y dio gracias al cielo no haber sido atendidos por ellos. Jett entonces recordó que Lovina aún debía subir el muro, aunque sea una vez… Paulo rió y no dudó en pedir un arnés para hacer una competencia. La fémina gruñó, pudo jurar que estaba en desventaja junto a Paulo, aunque éste juró en más de una ocasión que hace meses que no había escalado y había perdido toda la técnica. Ambos se pusieron en posición, aunque Lovina permaneció reacia a hacer el ridículo… Jett la alzó, sujetándola de las piernas y ella comenzó a golpearlo, amenazándolo con algo terrible si no la bajaba en ese mismo instante. Adamo hubiera interferido, pero tuvo que admitir que era divertido ver a su madre tan nerviosa por un juego.
Justo cuando se decidió por fin escalar el juego —luego de que Jett la soltara, claro— se puso en posición, pidiendo cinco minutos para familiarizarse con el muro. El australiano le susurró al oído que todo estaba en la muñeca, aunque eso no le impidió escuchar el grito emocionado de quien los estaba atendiendo. Debía ser una broma.
Volteó la cabeza y chocó la vista con Antonio, que era besado cariñosamente por la rubia de cabello corto. Abrió los ojos tanto como le fue posible y le bastó apenas unos segundos comprender que la misma Emma tan simpática con la que había intercambiado palabras, era la misma Emma novia de Antonio.
—Merda.
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*hetabook: Ya saben, facebook. Esa cosa tiene derechos de autor D': xd
Y bueno, el capítulo me salió un poco más largo de lo usual, lo cual es bueno :') ¿Ven que Emma por fin conoció a Lovina? Enserio debe ser horrible que te caiga bien la actual novia de tu ex, considerando que aún lo quieres ._. uh, pobre Lovina. Lo de Alexis lo saqué de un programa de emergencias médicas *es adicta a esos programas* ._. eso jajaj, no vayan a pensar que es sólo causa de una menstruación muy fuerte.
Gaby Wang: La verdad no había pensado en ponerle nombre al prometido de Meg, aunque si así gustas, puedes pensar que es NyoUcrania.
mitsuko11: Lo mismo que a Gaby, puedes pensar que es NyoUcrania, aunque la verdad no pienso hacer que hable. Aún habrá otro capítulo franada, así que a lo mejor, sólo tal vez, Francis comienza a hacer bien las cosas.
Agradezco como siempre todos sus comentarios. ¡Saludos!
