Veo en partes, no sé si ves, entre lo dicho y lo hecho.
Prometiste que el plano laboral y el plano personal no volverían a ser mezclados. Juraste una y mil veces haber aprendido la lección después de todo lo sucedido con Nina. Aseguraste que el mismo error no sería cometido dos veces.
Siempre cumplís lo que prometes. Siempre te mantenes fiel a lo que juras. Nunca faltas a tu palabra. Esas son tres de las millones de cosas que te caracterizan: es imposible hacer que cambies de opinión, es imposible llevarte a romper una promesa, es imposible hacer que destruyas un juramento, es imposible que no respetes lo dicho mil veces y repetido otras mil.
Pero a veces a la vida le gusta jugar con vos (ya te habrás dado cuenta). A veces la vida tiene ganas de desenfundar su espada de Damocles y usarla contra alguien, y resulta ser que últimamente ese alguien elegido por la vida a la hora de entretenerse sos vos.
Tres días atrás uno de esos inesperados, nunca bienvenidos, insoportables y difíciles problemas que de tanto en tanto sienten la necesidad de atacar las redes de los sistemas de la CTU apareció de la nada en el menos oportuno de todos los momentos y los forzó a ambos (y por ambos entiéndase a ustedes dos, a vos y a ella) a quedarse trabajando un par de horas extras que se extendieron hasta las primeras luces de una madrugada bastante fría para tratarse de la ciudad de Los Angeles.
Trabajar juntos toda una noche, codo a codo, con cada partícula de aire inhalada y exhalada por ella acariciándote... Cualquier otra misión de alto riesgo en la que hallas estado involucrado antes queda reducida a un juego de niños en comparación a esto. Cualquier otra de tus 'grandes peripecias'.
Jamás nada te desconcentró tanto como ese perfume dulce mezcla de vainilla y de algo más que no supiste definir (al punto de ser tóxico para las pocas neuronas que te quedan, las pocas neuronas que aún no han sido consumidas por el cada vez más fuerte 'síndrome Dessler', como lo autodenominaste en tu intento de explicarte a vos mismo por qué de pronto te has convertido en una cosa que no sabe hacer otra cosa más que quedarse tildado viéndola 'existir'). Realmente esta mujer tiene el poder de bloquear tus capacidades cerebrales sin tratar demasiado: basta con que esté ahí, compartiendo un mismo espacio, compartiendo el mismo oxígeno, para que te vuelvas un completo e irremediable idiota.
Quizá por eso un gran porcentaje de lo que tenía que ser resuelto quedó en manos de ella; de vos no podía esperarse mucho, ya que estabas demasiado entretenido debatiéndote entre si debías olvidarte del resto del mundo, dejarte llevar por tus más puros instintos, envolverla su cuerpo con el tuyo y morir a causa de una sobredosis de ese perfume o golpearte la cabeza contra la pared unas cuantas veces hasta mitigar un poco tu necesidad de romper con eso de 'nunca más mezclar el plano profesional con el laboral' y encontrar la manera de centrar tus pensamientos en el trabajo para poder terminar con todo aquel embrollo cuanto antes.
No pudiste, por supuesto. Quizá deberías haberte golpeado la cabeza contra la pared, después de todo.
No pudiste concentrarte, pero al menos te queda la satisfacción de tampoco haberle concedido la victoria a tu instinto.
No pudiste concentrarte, pero tampoco dejaste que las ganas te llevaran a cometer una locura.
La ineficiencia pasiva que te avasalló esa noche, es fácil saber quién la provocó: ella, claro. Nunca antes habías tenido problemas de esta índole (es algo que te repetís todo el tiempo, una y otra y otra vez, como disco rayado), no hasta que el destino – o mejor dicho Ryan Chappelle – te llamó una mañana para informarte con una suerte de tono sarcástico mal utilizado que una de las empleadas mejor cualificadas de División acababa de ser transferida y (esta es la parte en la que el sarcasmo entra al campo de juego) tendría el enorme placer de trabajar para vos.
Ese día te volviste incompetente, y por mucho que trataste de remediarlo, la vuelta atrás que anhelaste y esperaste durante tanto tiempo nunca se concretó, y viendo ahora cómo están las cosas sabés que nunca se concretará: esos ojos exóticos que todo lo absorben (a vos te absorben) como si de profundos agujeros negros se tratasen, esa sonrisa que es provocativa casi sin querer serlo, esa voz agridulce que con cada una de las sílabas que pronuncia no hace otra cosa que enamorarte más (por mucho que pases cada minuto de cada día insistiendo con eso de 'no mezclar lo profesional con lo personal otra vez porque ya comprobaste que los resultados son de índole catastrófica', hay una parte tuya que es bastante consiente del estado actual de tu corazón)… El día que la conociste, emprendiste un viaje de ida y sin retorno que te condujo no sólo a un enamoramiento inesperado y para nada deseado, sino también a un estado de ineptitud absoluta.
¿Pero qué vas a hacer al respecto? Ya trataste de evitarlo, ya te diste cuenta de que no se puede. Ya trataste de cambiarlo, ya te diste cuenta de que es una de esas cosas que no pueden ser cambiadas. Lo único que te queda es ignorarlo, reprimirlo, hacerlo a un lado, tratar de convivir con ello pero en el más profundo silencio y sin que afecte demasiado tu vida, que ya está de por sí afectada se mire por donde se mire.
Evitarlo no podés, cambiarlo es una idea que no contemplas más porque ya hasta se te antoja utópico, ignorarlo es lo que intentas todos los días, reprimirlo duele pero es necesario, hacerlo a un lado es lo que más te cuesta porque insiste con cruzarse en tu camino, tratar de convivir con ello y estar en paz con vos mismo es casi tan ficticio como la idea de cambiarlo y el silencio a veces es tan fuerte y tan punzante que te preguntas cuál de los daños es mayor: el que te provoca tu 'plan de acción' o el que temes pueda serte infligido si dejas que una mujer forme parte de tu vida otra vez.
Y además de todo, además de todo tenés que lidiar con tu mal disimulada incompetencia.
Y esa incompetencia fue la que hace tres noches desembocó en un conjunto de situaciones todas muy parecidas unas a las otras, en las cuales Michelle pensaba y aplicaba soluciones, daba órdenes a los empleados y se encargaba de que las indicaciones fueran cumplidas mientras vos simplemente asentías con la cabeza y utilizabas cada gramo de fuerza y autocontrol tratando no sólo de hablar y moverte con coherencia si no también cuidándote de no dar un paso en falso y dejar que en un acto fallido se te escape ese "que linda boca que tenés" que quiere deslizarse por entre tus labios prácticamente (mejor dicho definitivamente) desde el momento en que – seis meses atrás – un muy sonriente Ryan Chappelle te presentó a la que hoy es el principio, el nudo y el final de todos tus pensamientos:
"Agente Almeida, ésta es la Agente Dessler"
Siete palabras pronunciadas con toda la rapidez de la que tu jefe es capaz. Siete palabras y después desapareció, se lavó las manos y volvió a ocuparse de aquellas cosas tan importantes que tiene a su cargo, dejándote a vos con tremendo problema, como si para ese entonces tu vida no hubiera estado ya demasiado dada vuelta.
Seis meses, un par semanas, varios días y tres noches después, tu cerebro cansado, adormecido, intoxicado por ese perfume y al borde del colapso se desconectó por el breve segundo que te tomó ejecutar un acto fallido que bastó para destruir todas tus promesas, hacer añicos tus juramentos y destrozar sin piedad la palabra que te diste a vos mismo después de recobrarte de los golpes dados por Nina.
Hoy, setenta y dos horas después, pensás en cómo se desarrolló todo y no podés evitar la sonrisa de oreja a oreja que se te dibuja en la cara.
"Ya está todo solucionado. Si no hay nada más que hacer, creo que me voy a casa" te había dicho ella, ya lista para abandonar el edificio y desesperada por encontrarse lo más pronto posible con cualquier cosa mullida que pudiera hacer las veces de almohada.
"Gracias"
Un 'gracias' tan vacío, tan frío, tan carente de todo… ¿Eso es lo único de lo que sos capaz después de todo lo que hizo ella hoy, nos sólo por la CTU si no por vos? Pasó horas con el peso sobre sus hombros, lidiando con tu torpeza (torpeza que sin saberlo ella provocó), ¿y lo máximo que podés darle es un tan vulgar e impersonal 'gracias'?
Cualquier otra empleada hubiera chasqueado la lengua en señal de exasperación.
Cualquier otra empleada hubiera dejado escapar un suspiro cargado de enojo, frustración y ansiedad.
Cualquier otra empleada hubiera ido corriendo a los brazos de Chappelle (el sólo pensamiento de ella en los brazos de Chappelle – si bien sabés es absurdo, imposible, improbable y totalmente ajeno a cualquier viable realidad – es suficiente para estremecerte y helarte la sangre en las venas) llena de quejas acerca de tu pobre desempeño como jefe.
Cualquier otra empleada hubiera buscado la manera de ponerte en tu lugar.
Cualquier otra empleada hubiera presentado su renuncia de inmediato, o al menos pedir una transferencia a otro sector (especialmente alguien que pasó el último tiempo de su vida trabajando con la 'en apariencia tan capaz' gente de División).
Pero ella no es cualquiera. No estás enamorado de una cualquiera.
Tuviste la enorme suerte (o desgracia, depende de cómo lo contemples) de enamorarte de una mujer lo suficientemente inteligente para saber cuándo jugar sus cartas y cómo jugarlas.
Tuviste la enorme desgracia (o suerte, depende de cómo decidas analizarlo) de enamorarte de perder la cabeza por alguien que aún después de haber pasado horas sometida a niveles de stress que van más allá de lo sano conserva la lucidez y las ganas de derribarte en un juego cuyas reglas aún no tenés claras, por mucho tiempo (y mucho tiempo es todo el tiempo) que pases meditando al respecto, tratando de buscar una forma de no caer preso de trampas que no sabés quién tendió.
"Nada de 'gracias', Almeida: me debés un café"
El tono de voz, la sonrisa, sus ojos clavados en los tuyos… Todo en ella te obliga a seguir enamorándote, aunque no quieras. Pero ese enamoramiento del que sos preso no debe ser dejado en libertad: terminarías mezclando nuevamente lo personal con lo profesional si eso sucediera, y es lo que menos querés.
No por nada te aferras con tanta fuerza a todos esos juramentos, todas esas promesas, todas esas palabras que te decís a vos mismo y que 'tienen que ser cumplidas al pie de la letra'.
Cuando esa noche, tres noches atrás, ella te dijo que le debías un café, a vos no se te ocurrió mejor idea que murmurar un suave pero audible 'sí'.
Siempre cumplís lo que prometes. Siempre te mantenes fiel a lo que juras. Nunca faltas a tu palabra. Esas son tres de las millones de cosas que te caracterizan: es imposible hacer que cambies de opinión, es imposible llevarte a romper una promesa, es imposible hacer que destruyas un juramento, es imposible que no respetes lo dicho mil veces y repetido otras mil. Eso te caracteriza, ¿verdad?
Caíste preso de tu propia trampa, entonces. Porque ese 'sí' te compromete a cumplir con tu parte del trato: ella dijo que le debías un café, y vos estuviste de acuerdo en ello.
Vos, que no serías capaz de vivir con tu propia conciencia después de haber roto una promesa, quebrado un juramento o faltado a tu palabra.
Entonces aquí viene el dilema, esta es la cuestión: ese café que le debés, ese café que de alguna manera te comprometiste a tomar con ella, representa una deuda a pagar. Esa deuda a pagar representa un arma lo suficientemente afilada como para romper de una sola pasada tus promesas y juramentos de 'nunca más mezclar lo personal con lo laboral', 'la oficina es sagrada y la vida de uno tiene que quedar al margen' y todas esas cosas que venís tragándote desde hace rato.
¿Pagar la deuda? ¿Conservar tus promesas intactas? ¿Hay manera de hacer ambas cosas?
Resulta que vos también sabés cómo jugar este juego, vos también tenés esos momentos de lucidez en los que de pronto la mano no está tan enredada como tus pensamientos y las cartas pueden jugarse de forma tal que no salís perdiendo.
Hay un pequeño abismo entre lo dicho y lo hecho. Hay un pequeño abismo entre lo que prometiste nunca volver a hacer y lo que estás a punto de hacer ahora.
El plano personal y el plano laboral van a quedar intactos, sin ser mezclados, sin si quiera rozarse (o eso es lo que vos querés creer, esa es la versión que te vendiste a vos mismo, la versión que felizmente te compraste), y ese café que le debés, esa deuda que te hizo contraer, va a ser pagada.
"¿Te acordas de ese café que te debo?" la pregunta se desliza casual, y mientras cada sílaba es pronunciada, inconcientemente estás rogando que tu corazón deje de latir con tremenda rapidez y a un ritmo por demás descontrolado.
"Me acuerdo" la respuesta viene acompañada con una de esas sonrisas que a pesar de ser tenues tienen la fuerza y calidez necesaria para derretirte desde afuera hacia adentro con la misma facilidad que el hielo se deshace cuando lo acaricia el fuego.
"¿Crees que pueda saldar mi deuda dentro de" posas los ojos en el reloj, tratando de armarte de valor para seguir hablando y pidiéndole a tu lengua y a tu cerebro que no se desconecten justo ahora que lograste articular varias palabras coherentes una seguida de la otra sin trabarte "..., digamos unos cinco minutos?" ya llegaste a la mitad del camino, y tan mal no vas, a juzgar por esa sonrisa que todavía sigue ahí, iluminando el rostro más expresivo de todos los que ves día tras día "Podemos ir a la sala de descanso y tomarnos ese café mientras yo lleno esa montaña de papeles que Chappelle quiere tener de adorno en su escritorio cuanto antes. Podés hacerme algo de compañía mientras me ocupo de eso"
Lo dicho fue claro y no hay manera de que se malinterprete: el jefe tiene que encargarse de mantener funcionando los engranajes de la burocracia y la empleada – que ha estado trabajando tanto que necesita desenchufarse antes de que su cabeza empiece a largar humo – va a tomarse un breve descanso.
Y lo hecho, lo hecho va a coincidir con la descripción que corresponde a lo dicho: claro y sin posibilidades a que se produzcan interpretaciones erróneas. Los dos, coincidentemente, van a estar a la misma hora en el mismo lugar. Los dos, coincidentemente, van a tener entre las manos sendas tazas de café. Los dos, coincidentemente, van a conversar un rato. Como jefe y como empleada, como nada más.
Lo profesional y lo personal se mantienen separados. Tus promesas, juramentos y demás, intactos e inmaculados. La deuda que contrajiste, saldada.
Hay un abismo ínfimo entre lo dicho y lo hecho, pero no tenés ganas de pensar en eso. Estás cansado de pensar, ya forzaste demasiado a las pocas neuronas que Michelle Dessler todavía no te ha consumido.
Quizá dentro de cinco minutos, cuando estén los dos tomándose ese café (siempre en sus roles de jefe y empleado), esas neuronas sobrevivientes desaparezcan. Pero esa es una posibilidad con la que tampoco querés perder tiempo.
Te alcanza con saber que lo hecho no mata a lo dicho... por ahora.
