ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas, como siempre, a final de página.
IMBRANATO
DIECISIETE
No pudo negarlo, se sintió mal el resto del día —al cual por suerte le quedaban pocas horas—. Al ver que Antonio se separaba de Emma, Lovina casi de inmediato se había escondido tras de Jett; enserio no quería, no quería que el español la viera. Suspiró y recordó que maldijo su repentino cambio anímico, así mismo, recordó que gracias al cielo, ni su hijo ni Paulo comentaron algo al respecto, aunque sí pudo notar el evidente rencor en los ojos de Adamo para con su padre y eso le hizo sentir aún peor. Antonio era libre de rehacer su vida, no tenía nada de malo… ahora, si ella aún albergaba sentimientos hacia él, era su problema. No entendió muy bien el por qué, y en realidad tampoco se esforzó mucho por hacerlo, pero de reojo vio que Antonio comenzaba una pelea verbal con el gigantón con cara de estreñido… ese que es novio de Paulo; su nombre era demasiado raro como para recordarlo.
Salió del baño, ya con su pijama puesto y una toalla en la cabeza; arrastró los pies a la cama y se hubiera lanzado a ella de no ser porque vio una lucecita intermitente en su teléfono celular… existían tres opciones: se estaba quedando sin batería, le había llegado un mensaje o tenía una llamada perdida. Se sentó al borde del colchón y vio que efectivamente se trataba de lo segundo; con curiosidad lo abrió y se extrañó al ver que era de Paulo… ¡Lo acababa de ver! Dudaba mucho que tuviera algo que decirle que no tuviera relación respecto a la tonta actitud que había adoptado después de ver al español. Bufó. El mayor de los Fernández Carriedo le preguntó mediante simples palabras si mañana por la tarde podía ir a su casa. Le respondió un simple "sí" y dejó el aparato sobre su mesa de noche para luego acomodarse a sus anchas sobre la cama, sin importarle su cabello aún mojado. Se sentía tan idiota… como esas adolescentes que muestras en las películas gringas… o quizás peor. Debía olvidarse de Antonio, él ya tenía su vida hecha y la italiana tendría que aprender a vivir viéndolo de vez en cuando sólo a causa del hijo que tenían en común.
Suspiró.
Su teléfono volvió a sonar, indicando un nuevo mensaje de texto. Gruñó por lo bajo al ver que nuevamente se trataba de Paulo, ésta vez pidiéndole la dirección de su departamento… no se acordaba. Lovina pasó una mano por el rostro, incrédula ante el despiste de su ex-cuñado; se preguntó cómo rayos no había perdido la cabeza aún.
—Idiota —mofó en tanto escribía un nuevo mensaje.
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Frotó casi con violencia sus sienes, intentando recordar en el acto si había apoyado primero el pie izquierdo al salir de la cama, si se le había cruzado un gato negro, si había roto algún espejo —tal vez el que siempre llevaba junto a su maquillaje en un pequeño bolsito dentro de su cartera— o todas las anteriores. Se sentó en la primera silla que encontró y apoyó los codos sobre la camilla que hasta unos segundos atrás había sido ocupada. Jaló de sus cabellos con desesperación y un grito de frustración salió de sus labios. Si bien varios de sus colegas se preocuparon al verla en ese estado —más aún luego de la cantidad de gritos que se habían escuchado con anterioridad—, optaron por no acercarse y dejar que se tranquilizara… conocido era el carácter de Lovina Vargas y todos priorizaron su bienestar físico. La fémina gruñó nuevamente al sólo hecho de recordar a la desagradable mujer que había tenido la mala suerte de atender… maldijo el juramento hipocrático* con toda su alma, porque enserio, feliz de la vida hubiera dejado que la víbora con patas de María Fernández Carriedo sufriera hasta el último segundo el dolor causado por el esguince que tenía en el dedo.
Pudo jurar que eso la habría callado por fin. Porque sí, en tanto el dolor persistía, la mujer había estado en completo silencio, salvo por los quejidos que lanzaba de tanto en tanto. Cerró los ojos y se preguntó por qué, ¿por qué demonios tenía que ser justamente ella quien la atendiera? Maldijo nuevamente y se levantó de la silla, para luego patearla y caminar aún furiosa hasta su oficina. En el camino se cruzó con Mei y le exigió no ser molestada a menos que fuera ABSOLUTAMENTE necesario. La joven enfermera tembló como una hoja a merced del viento y asintió con la cabeza.
Recapitulando, su día no había sido arruinado sólo por eso. A lo largo de éste tuvo más inconvenientes que claramente sólo fueron contribuyendo a su mal humor. Para empezar, se quedó dormida y apenas y se pudo dar una ducha rápida para luego correr a su auto. Oh claro, no había que olvidar que justamente ese día las cañerías del gas no funcionaron y se tuvo que desperezar con agua completamente congelada —no había que olvidar el hecho de que aún era invierno—. Luego, al bajar de su auto en el estacionamiento del hospital, el tacón de su carísimo zapato Christian Dior se rompió y tuvo que ir cojeando hasta su oficina, ante las risillas de sus compañeros de trabajo. Más tarde, a eso de las doce del medio día, un rumor se expandió como la espuma en un café… el director del hospital había olvidado firmar los cheques, por lo que su pago lo tendría recién hasta el lunes —era viernes y los bancos sólo atendían los días hábiles hasta las dos de la tarde—. Genial… simplemente genial. Aunque sin duda alguna, la guinda del pastel había sido María Fernández Carriedo.
Se preguntó qué mierda… enserio, ¿qué mierda había hecho para que esa mujer la odiara tanto? Estaba completamente segura que aquello no tenía sólo que ver con el hecho de haber ¿obligado? A Antonio a asumir su paternidad. ¡Maldita sea! Ella ni siquiera le había comentado al español la posibilidad de que reconociera legalmente a Adamo. Inspiró y espiró varias veces en tanto atendía a la mujer; maldijo para sus adentros haberle suministrado un calmante para el dolor… unos minutos luego de eso, la lengua venenosa de la castaña de ojos verdes había dado rienda suelta. Comentarios llenos de cizaña, oh sí, más de alguno le afectó directamente, pero orgullosa, no dejó que su angustia quedara reflejada en alguna de acciones o gestos.
Se sentó en la cómoda silla negra de su oficina y lanzó un largo suspiro. Muchas veces durante su juventud creyó que la gente exageraba sobre eso de tener un día negro, sin embargo a medida que crecía comprobó en carne propia lo realmente malos que podían ser. Apoyó la cabeza en el respaldo y la angustia la cubrió de pies a cabeza. Maldita María, enserio nunca creyó poder llegar a odiar a alguien. Un par de lágrimas escaparon de sus cuencas antes de darse cuenta y se sintió patética, realmente patética.
"¿Te crees muy graciosa al aparecer luego de veinte años, alegando que el maldito mocoso que tienes por hijo lo es también de mi hermano? No tienes idea de lo mal que reaccionó cuando supo de la existencia del bastardo ese… Por más que me cueste aceptarlo, Antonio se hubiera desvivido por ese niño. Toda su vida quiso ser padre y tú lo privaste de todo eso, ¡eres una maldita egoísta! Le hiciste daño a Antonio y de paso también al mocoso que tanto proteges. No sé, ni me importa saber por qué regresaste, pero sí te advierto una cosa; le vuelves a hacer daño a Antonio y personalmente me voy a encargar de que lo pagues"
Había escuchado sobre hermanas celosas, pero esto era el colmo. Omitió casi por completo el hecho que María ventilara sus problemas personales y que por causa y efecto, ahora la mayoría de los trabajadores del hospital hablarían de ella y la señalarían con el dedo… no, eso no importaba. Se sentía mal, horriblemente mal; sabía que Adamo no odiaba a su padre, aunque saltaba a la vista el profundo rencor que le tenía. Maldijo, maldijo una y mil veces, pensando si en realidad era tan mala persona como María se lo había hecho ver. Siempre creyó que todo lo que hacía era por el bienestar de todos los que quería, incluso consideraba a Antonio, pero todo parecía apuntar a que no lo era. Pensó hablar con alguien… la primera persona que acudió a su cabeza fue Marguerite; ella siempre había sido la persona más centrada y madura que había conocido… pero estaba tan lejos, y seguramente estaba ocupada. Luego pensó en Elizabeta, pero la descartó casi de inmediato al recordar lo mucho que se había quejado sobre lo explotador que era el director de la clínica odontológica donde trabajaba. Mordió su labio, ansiosa, mas por suerte recordó a Arthur… salvo que estuviera en un juicio o con un cliente, sabía que podía hablar con él por teléfono; más aún, se reprendió por no pensar en él en primer lugar.
Secó sus lágrimas y buscó el bolsito con su maquillaje… ¡genial! Se le había olvidado. Mierda de día. Luciría igual que un mapache el resto de la tarde debido al rímel corrido. Buscó entonces su teléfono celular y marcó directamente el número de su amigo inglés. El tono de espera la impacientó más de lo necesario y apenas escuchó la mención de su nombre por parte del rubio, estalló.
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Dio gracias al cielo que su día laboral por fin hubiera terminado. Optó que lo más sano para su dignidad era romper el tacón de su otro zapato y caminar así hasta su auto; era una lástima, porque esos en especial eran muy cómodos y ahora tendría que tirarlos. Se relajó en el asiento del piloto antes de finalmente decidirse a conducir; lo mejor era estar relajada frente al volante, ¿no? Lo último que necesitaba ese día era estar involucrada en un accidente. Tranquilamente subió las escaleras hasta su departamento —pensó que con la suerte que traía ese día, lo más probable fuera que se quedara atrapada en el elevador— y luego se dirigió directamente a la cocina por un poco de agua… su estado físico daba pena. ¿De qué servía ser delgada si apenas y podía subir una escalera? Pensó que tal vez debía aceptar la invitación de Jett para ir a surfear… aún cuando diera pena en el intento, al menos haría un poco de actividad física. Caminó nuevamente hasta la sala de estar y sobresaltó al ver sentado en uno de los sillones a Paulo junto a Adamo… ¿cómo rayos no los había visto? Saludó con una sonrisa que demostraba todo su cansancio y se dejó caer sobre el sofá libre.
—Luces terrible —comenzó su ex-cuñado. Lo último que necesitaba en ese momento era que alguien le recordara la mierda de día que había tenido. Sin bochorno de por medio, se deshizo de sus zapatos y apoyó los pies sobre el sofá en el que estaba sentada.
—Cierra la boca —gruñó en tanto se masajeaba los adoloridos pies. Adamo, como el hijo ejemplar que toda madre deseaba, rápidamente se preocupó por el humor de su progenitora, pues ella nunca era tan cortante con alguien a quien considerara de su confianza; y su tío Paulo claramente lo era—. Este día estuvo completamente jodido —comenzó, gruñendo por lo bajo, tratando de dejar su molestia de lado—. María apareció en el hospital por un esguince y yo tuve que atenderla.
Sus dos acompañantes sintieron compasión por ella. Paulo estaba acostumbrado a pelear con su hermana y bueno, Adamo ya la había confrontado, pero sin lugar a dudas, la abogado debió haber lanzado toda su cizaña sobre la italiana, después de todo, Lovina era la única persona que en verdad le desagradaba, o al menos eso parecía. La italiana procedió a relatar entonces el asqueroso día que había tenido, y ambos hombres frente a ella tuvieron que aguantar para no estallar en carcajadas, porque obvio, visto desde fuera, la situación era bastante cómica. Lovina gruñó y no tardó en arrojar el cojín del sofá… mala suerte que sólo era uno, así que lo apuntó directamente al luso; ¡jamás se atrevería a golpear a su hijo! Ni siquiera con un cojín.
—¡Adamo también se río! —alegó Paulo, inmediatamente después de ser agredido por algo demasiado suave. Lovina se hizo la desentendida y el adolescente rió más. —Dios, enserio eres la peor.
—Y tu más sensible que una mujer con la regla que acaba de pelear con su novio —se encogió de hombros y ambos hombres frente a ella efectuaron una mueca de asco; el sólo pensar en ello les revolvió el estómago. Inevitablemente Adamo pensó en Alexis y la razón por la cual estaba en el hospital… pensó seriamente que el día que tuviera novia, le pediría hacerse exámenes de sangre antes de intentar cualquier cosa—. A todo esto, ¿a qué debo el honor de tu visita?
—Simplemente quería pasar tiempo de calidad con mi queridísimo sobrinito —en un abrir y cerrar de ojos, aferró al menor en un abrazo, pidiéndole de manera melosa que le dijera "tío Paulo". Adamo sonrojó hasta las orejas, negándose rotundamente a algo tan… estúpido. El luso podía ser en verdad cursi cuando se lo proponía y el adolescente era muy vergonzoso en cuanto a ese tipo de cosas. Lovina rodó los ojos, no obstante abogó por su hijo, exigiéndole a su ex-cuñado que lo dejara en paz y que ambos fueran a lavarse las manos para que le ayudaran a cocinar algo para la cena.
Sobra decir que esas dos horas que se tomaron para cocinar algo resultaron ser un completo desastre. Lovina se cortó el dedo intentando pelar un tomate para la ensalada, Paulo definitivamente no sabía cocinar arroz y Adamo, bueno, simplemente no escuchó cuando su tío le dijo que ya le había puesto sal a la carne; así mismo, la italiana tampoco vio a su hijo agregar el condimento y bueno, eso sólo arruinó las cosas. Finalmente se decidieron por pedir una pizza, aunque claro, Lovina obligó a Paulo a pagar la mitad. Luego Adamo se ofreció a lavar los platos y la mujer no pudo sentirse más orgullosa; definitivamente había criado bien a su hijo y se dijo que ninguna palabra emitida por la víbora de su ex-cuñada iba a afectarla. Vio que Paulo nuevamente tomaba asiento en el sillón y ella no dudó en hacer lo mismo; se sentía somnolienta luego de comer tanto.
—Lovina… —comenzó el luso, con una seriedad no propia en él. Aquello captó la atención inmediata de la aludida. Se enderezó y prestó total atención a las acciones de Paulo; definitivamente tenía algo importante que decir, si no, no habría adoptado esa postura—. Si bien en primera instancia quería venir para únicamente ver a Adamo… Antonio me pidió un favor —estudió la reacción de su interlocutora antes de decidirse a continuar; con lo ocurrido el día anterior, sabía que Lovina no tenía muchos deseos de saber sobre su hermano—. Mañana es su cumpleaños y me pidió que intentara convencerte para que vayas junto a Adamo.
¿Cumpleaños? ¿Mañana era doce de febrero? Hubiera sido una vil mentirosa si hubiera dicho que había olvidado la fecha del cumpleaños de Antonio. Cada año, durante ese día, se sentía más deprimida de lo normal, pues inevitablemente pensaba en él y en lo que estaría haciendo. Desvió la cabeza para ver a Paulo y apenas y se sintió capaz de mover la cabeza para ofrecer una negativa. No podía decir por su hijo, desde que habían llegado a Italia había jurado dejarle hacer lo que quisiera respecto a cualquier cosa que involucrara al español. Además, ¿por qué rayos Antonio la invitaría a su cumpleaños? ¿Para restregarle en la cara lo feliz que era con su novia? No gracias, estaba muy bien de esa forma.
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Antonio despertó de muy buen humor ese día; no sólo porque era sábado, sino porque por la noche todos sus amigos irían a verlo para celebrar su cumpleaños número cuarenta y cuatro. Claro que no se libró de las llamadas de Francis y Gilbert, riéndose por estar cada vez más cerca de ser un anciano —aún cuando los dos anteriores fueran mayores que él por un par de meses—. Por supuesto que ambos afirmaron que llevarían todo el alcohol para la mini fiesta, así que el español sólo debía preocuparse por las cosas para comer, excepto el pastel, pues como cada año, Emma se encargaría de prepararlo. Se dio una ducha rápida y entre risas contestó todas las llamas telefónicas, agradeciendo de paso estar lo suficientemente distraído como para pensar en Lovina. No iba a negarlo; aquel día que había ido a por Emma al trabajo la había visto en compañía de Adamo, Paulo, el insoportable novio de éste y un hombre que no conocía, pero que tenía sus manos en la cintura de ella. Maldijo. Si Lovina permitía que estuviera tan cerca de ella debía ser por algo, ¿no? A él le costó un mundo hacer que la italiana aceptara un acto como aquel y…
Suspiró, sintiéndose frustrado. Lovina era una mujer completamente hermosa y era obvio que pretendientes no le iban a faltar.
Una nueva llamada telefónica lo distrajo. Dio gracias al cielo por ello, aunque pronto se sorprendió al ver que se trataba de la última persona que esperaba lo llamara ese día. Confuso, atendió la llamada y frunció el ceño al percatarse que el inglés le hablaba con la misma seriedad y elocuencia que recordaba de sus años en la universidad; Arthur siempre había sido un estirado, eso le constaba. Tomó asiento en el sofá negro de su sala de estar y atentamente escuchó las palabras llenas de tecnicismo del hombre del otro lado de la línea. Tuvo un mal presentimiento.
—Lamento molestarte un día no hábil, más aún directamente a tu número telefónico, pero bien tu sabes que los buenos abogados nunca descansamos —Antonio pudo jurar cierto aire de menosprecio para con su trabajo; frunció los labios—. Mi cliente, Lovina Chiara Vargas me contrató para hacer efectivos los trámites de divorcio para con tu persona. Como eres abogado, imagino que llevarás tu mismo el caso, por eso me tomé la libertad de llamarte y acordar un día para iniciar el papeleo.
No pudo, simplemente no pudo seguir escuchando; sus oídos se taparon, así que simplemente optó por cortar la llamada. Lovina quería divorciarse de él, luego de tanto tiempo, después de tantos años. Si bien fueron un matrimonio apenas un mes, el vínculo seguía ahí, los papeles hacían todo legal. ¿Sería acaso por el sujeto del otro día? ¿Por eso quería divorciarse? ¿Para casarse con él? ¿Adamo prefería a ese tipo antes que a él? Su cabeza se llenó de interrogantes y nadie más que ella podía contestarlas. Arrojó lejos su teléfono celular y se acostó sobre el sofá, hundiéndose en la tristeza que lo arropó de pies a cabeza. Tal vez era egoísta, pero si Lovina no iba a estar con él, no iba a estar con nadie… no lo iba a permitir.
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Voy a aprovechar ésta instancia para hacer algo que en realidad no acostumbro: quejarme. El otro día fui informada de una historia que básicamente es igual a ésta (incluso usan el mismo nombre de mi OC para su OC, aunque bueno, sería estúpido enojarme por eso, pues es obvio que los nombres se van a repetir, aún cuando no exista esa intención de por medio). Por supuesto que estoy enojada; no creo que a alguien le agrade que le plagien las ideas. No me he comunicado con la/el autor y tampoco planeo hacerlo; simplemente quería dejar de manifiesto lo mucho que me molesta el hecho.
*Juramento hipocrático: es un símbolo de la moral colectiva y la promesa ética de los médicos unidos por un único propósito de curar y aliviar a sus pacientes, sin priorizar la recompensa monetaria. El juramento recibe su nombre de Hipócrates, un médico griego que nació en el año 460 A.C. Aunque sus palabras han cambiado con el correr de los siglos, muchos estudiantes de medicina modernos hacen alguna forma de juramento para seguir con las guías establecidas por el documento original.
EDITADO: Doy gracias a Colores por corregirme respecto al origen de la palabra "hipócrita" Estuve viendo varias fuentes y en la mayoría dice que proviene del latín hypocrisis y del griego hypokrisis, que significan acción de desempeñar un papel, por lo que un "Hipócrita" era un actor contratado para fingir o hacerse pasar por aquel que no era. También encontré otra fuente que decía que a raíz de la corrupción, sobre todo en el mundo actual, se había asociado el término a Hipócrates y su juramento. Eso :)
