Las semillas de tu encanto van creciendo.
Café. Negro. Nada de azúcar. Nada de edulcorante. Nada de sacarina. Ni siquiera un poco de crema. Así toma él el café, y es indispensable que sea servido en su taza con el logo de los Cubs, la que viene usando religiosamente todos los días desde que su abuelo se la regaló por su doceavo cumpleaños. Esa taza para él forma parte de un rito, es como una obsesión, una manía de la que no puede ni quiere ni va a deshacerse.
Una manía de la que estás perdidamente enamorada, porque forma parte de las cosas que hacen que él sea quien es. Forma parte del material del que ese hombre está construido. Forma parte de ese millón de cosas suyas que amas con locura, cada día un poquitito más, casi sin percatarte de ello.
Casi sin darte cuenta, podría decirse.
Igual que ese ritual que iniciaron hace tres semanas casi sin darse cuenta, casi sin percatarse, es ritual al que fueron amoldándose casi sin percibirlo.
Hace tres semanas que la pequeña sesión se repite, casi sin que ustedes se den cuenta. Es como si sus relojes biológicos se hubieran sincronizado para pedir a gritos al mismo tiempo un descanso acompañado por una abundante dosis de cafeína antes de seguir adelante con el resto del día de trabajo desde aquella primera vez que compartieron una larga charla mientras él llenaba esa montaña de papeles para Chappelle y vos te felicitabas en silencio por haber tenido la brillante idea de ponerlo en la posición de "me debés un café".
Ahora te encontras sentada en esa misma silla, con los dedos entrelazados alrededor del mismo jarro color uva y los ojos fijos en sus manos, que sostienen ese pedazo de loza blanca que para él es – y en la oficina todos lo saben – sagrado, a tal punto que se rumorea nunca nadie se ha animado a siquiera acariciar el borde de esa taza con la punta de la uña.
Sonreís. Cada vez más frecuentemente tus descansos y los de él transcurren al mismo tiempo. Y con una frecuencia cada vez mayor las conversaciones que mantienen se profundizan, alcanzan nuevos matices y se extienden más allá de los horizontes que rodean a los tópicos relacionados con las diversas labores que forman parte de la vida diaria en la CTU.
Sonreís al darte cuenta de que últimamente poco tienen que ver con computadoras, redes, sistemas, softwares, terroristas y protocolos activos. Ahora te interesan otras cosas, pasas más tiempo con la mente divagando en otros lugares y tenés nuevos intereses, intereses que son suyos pero que se convirtieron en propios desde que empezó a compartirlos con vos durante esas charlas regadas de café amargo en su caso y dulce al extremo de arriesgarte a un coma diabético en el tuyo (es una mala costumbre esa que tenés de agregarle leche, azúcar y crema en cantidades industriales, una costumbre que él te ha dicho varias veces – con el rostro cruzado por una de esas sonrisas que te derriten - no puede concebir).
Así fue como de pronto te entraron ganas de aprender a hablar Español, el idioma en el que él piensa, el idioma en el que su cabeza funciona, el idioma en que más de una vez lo has escuchado quejarse por lo bajo cuando se enoja o le tiembla el temperamento, el idioma en el que habla con su mamá y con su hermana menor cuando de tanto en tanto las llama por teléfono. De pronto, para vos el Español ha cobrado una belleza desmedida y te morís por manejarlo a la perfección (está costándote un poco, pero vas progresando).
En otra de las tantas charlas que han compartido durante las últimas tres semanas también aprendiste cuáles son sus dos grandes pasiones en la vida: la música y el baseball, esenciales a tal punto que 'sin ellas no podría vivir', te dijo. Y cuando lo hizo, de tu boca (esa boca que has notado él mira de vez en cuando, como si estuviera calculando cómo reaccionarías si finalmente se decidiera a robarte un beso o tratando de mitigar la tentación de abalanzarse sobre vos y morderla) se cayeron una serie de preguntas que te llevaron a descubrir que además de The Cure y U2 ama a Soda Stereo, una banda en 'ese otro idioma que escapa a tu entendimiento'; con la excusa de que estabas interesada en 'empaparte de otras culturas' conseguiste que te grabara algunos cassettes. Entonces ahora día y noche se reproducen en tu cabeza melodías acompañadas por la voz de Gustavo Cerati pronunciando esas palabras cuyo sentido no logras captar, pero que están entonadas con tanta fuerza y tanta dulzura que a veces hasta es tortuoso el dolor que te produce verte de pronto y en tus momentos de mayor vulnerabilidad emocional (que generalmente ocurren en los minutos previos a quedarte dormida en el sofá, temblando de frío porque no hay frazada que pueda abrigar el hielo que la falta de amor ha hecho anidar dentro tuyo) asaltada por la fantasía de que él – tu jefe, diez años mayor, emocionalmente cerrado, mucho más experimentado que vos en todos los aspectos de la vida – está ahí con vos, abrazándote y cantándote al oído (pero no... Por ahora tenés que conformarte con un escuchar a Soda Stereo en tu walkman y envolverte en una frazada vieja).
En esas conversaciones 'casuales' que tienen todos los días durante ese par de minutos de descanso, te contó que cocinar lo relaja (y no te animaste a confesarle que para vos hervir agua es un suplicio que además de penoso puede resultar comprometedor para la vida de cualquier ser viviente que se encuentre cerca de vos mientras te devanas los sesos en el intento de comprender qué es una hornalla y cómo funciona); descubriste que de tanto en tanto padece de ataques de insomnio que lo mantienen despierto por horas enteras, horas que llena leyendo vorazmente o componiendo con su guitarra.
Te contó que es alérgico a la penicilina, y por un instante sentiste que esa confesión era suficiente para derretirte entera: una persona en apariencia tan fuerte, tan compuesta, acostumbrada a mantenerse como una roca contra viento y marea desnudando su punto débil, su talón de Aquiles frente a vos, dejando al descubierto una vulnerabilidad que si bien no es nada del otro mundo, para vos cobró un significado esencial, porque él decidió contártelo a vos. Puede sonar como algo estúpido, y de hecho sabés que en cierto punto lo es, pero te encanta pensar que compartió con vos un detalle tan íntimo como ese... Te hace sentir especial, y en cierto punto te da esperanzas de que así como su cuerpo no puede tolerar a aquello que mata las infecciones, tampoco pueda tolerar cualquier cosa capaz de repelerte a vos, cualquier cosa capaz de evitar que sigas entrando en contacto con él y con todo ese mundo formado de las pequeñas y grandes cosas que aún te falta explorar.
En tres semanas aprendiste de él mucho más de lo que el resto de la oficina va a llegar a enterarse en años (o al menos eso es lo que te gusta pensar), y cada vez que descubrís algo nuevo, cada costado desconocido que se te muestra, cada conocimiento que adquirís sirve para convencerte más y más de un par de cosas alrededor de las cuales tu cabeza ha estado dando muchas vueltas últimamente: ese hombre te fascina y por mucho que hayas pasado veinticuatro años evadiendo al género masculino debido a los miedos e inseguridades plantados por tu madre y sus traumáticas experiencias (experiencias que de alguna manera pudieron verse impresas en sus actos, actos que inconcientemente te enviaron mensajes que recibiste, procesaste y registraste de forma tal que de pronto todos los hombres perdieron intereses y hasta te produjeron rechazo) por primera vez te enamoraste.
Tan carente de experiencia, vas caminando por un terreno peligroso y desconocido. Llegaste a la decisión de que no te queda más que dejarte guiar por el instinto.
Esta historia tiene por protagonistas a una mujer totalmente desentendida en lo que a las relaciones amorosas respecta y a un hombre que ha sido arrastrado por todos los infiernos posibles en el plano del amor, un hombre que ha sido empujado desde riscos altos y aún no termina de recoger los pedazos de sí mismo que quedaron desparramados por doquier como consecuencia del impacto que tuvo la caída.
Tenés que andar con cuidado, y lo sabés. Tenés que ir despacio, y de eso también sos conciente. Por eso vas a abrazarte con toda la fuerza de la que seas capaz a tu tan preciada intuición, esa que te indica qué hacer, cómo hacerlo, por dónde ir, cuántos pasos dar y qué tan lejos llegar.
Esa misma intuición que está guiándote ahora, aconsejándote eliminar cuanto antes de tu vocabulario la frasecita esa que te ha acompañado siempre: 'no puedo'.
Esa misma intuición que te aconseja tratar dejar de sentirte el patito feo, comprarte un poco de autoestima y empezar a quererte a vos misma (¿cómo va a quererte él si ni siquiera te querés vos?).
Esa intuición que te pide a gritos empieces a valorarte, a tener algo de autoconfianza y más seguridad.
Elimina la frasecita 'me rindo', también, porque ya es demasiado tarde para rendirse, ya estás con el agua al cuello, ya alcanzaste la instancia en la que hay un único desenlace posible y concebible: Tony Almeida rendido a tus pies del mismo modo en que vos estás rendida a los de él.
Así como crecieron salvajes y descontroladas las semillas de su encanto y cosecharon en vos esta locura, esta obsesión, vos vas a sembrar en él las tuyas.
Y van a crecer, te decís en un arrebato de esa autoconfianza que rara vez es percibida en tu persona.
Sí, van a crecer, te repetís, guiada por ese instinto que te alienta a conseguir lo que te propusiste.
Las semillas de tu encanto van a crecer en él. Va a conocer cada vez más de vos, va a conocer a la verdadera Michelle detrás de toda la profesionalidad y hábitos perfeccionistas y disciplinados de los que haces gala en el trabajo. Vas a ser vos misma, nada más ni nada menos, y lo vas a enamorar así como él lo hizo con vos.
Respiras profundo, clavas tus ojos en los suyos, y ese paquetito de autoconfianza y autoestima que te conseguiste en los últimos cinco minutos gracias a los consejos dados por esa vocecita interior que es tu intuición te ayuda a sacudirte la timidez:
"Estuve escuchando esos cassettes que me grabaste"
"¿Te gustó la banda?" la pregunta denota un interés genuino que te entusiasma aún más.
"Mucho, no puedo sacarme todas esas canciones de la cabeza" Me gustas mucho, no puedo sacarte de mi cabeza hubiera encajado mejor, pero te contuviste a tiempo.
"Son una adicción" se ríe suavemente.
Por un momento no sabés qué decir: te quedaste sin palabras. Notando que tu taza está vacía, te levantas y te acercas hacía la cafetera para servirte un poco más. Antes de darte cuenta, un hábito que tenés desde hace mucho (prácticamente desde que aprendiste a hablar) se activa inconcientemente, y casi sin notarlo se forma en tu garganta una melodía que luego se transforma en un tarareo inocente pero lo suficientemente audible, tanto que alcanza sus oídos.
"No quiero soñar mil veces las mismas cosas ni contemplarlas sabiamente... Quiero que me trates suavemente"
Es una canción de esa banda, de esa banda que a él le encanta y que a vos ahora te fascina. Es una canción que él reconoce enseguida, y que entonada por tu voz se vuelve mucho más hermosa. Más hermosa que nunca.
Casi sin darte cuenta, casi sin querer, casi sin percibirlo, acabas de anotar un punto.
Ser vos misma a veces no es tan malo, ¿ves? Deberías empezar a quererte un poco más. Deberías escuchar a esa voz interna que es tu intuición un poco más a menudo y hacerle caso cuando te dice que una dosis de confianza y autoestima de tanto en tanto no le vienen mal a nadie.
