No quiero soñar mil veces las mismas cosas,

Ni contemplarlas sabiamente.

Llevas más de quince días sin dormir "como Dios manda". Quince noches siendo torturado por un martillo interior que acribilla tu cabeza sin pausa ni piedad alguna, produciendo así jaquecas punzantes, agudas y de una intensidad inimaginable que te atacan en oleadas.

De tanto en tantos dormitas, claro. De a ratos dormitas, yendo del mundo de la conciencia al plano de la vigilia sin llegar nunca a quedarte profundamente dormido. Esos breves lapsos en los cuales tu cerebro empieza a desconectarse son los que te dejan un poco de energía para sobrevivir al día siguiente sin caer desmayado. Ese descanso frustrante y superfluo que obtenes cada noche no es suficiente, por supuesto, pero al menos es algo, ¿no? Por el momento es con lo que te ves obligado a conformarte.

Sentís el pecho a punto de explotar y tu cerebro está tan lleno de pensamientos no deseados que más de una vez has querido encontrar la forma de desconectar la mente del cuerpo como si de un enchufe se tratara, porque los efectos que las peores memorias de los últimos años de tu vida están teniendo en tu anatomía son ya inconcebibles: noches enteras despierto, dándole vuelta a los mismos asuntos, escarbando en las mismas heridas abiertas, pesadillas que pensaste habías dejado atrás reproduciéndose en continuado en la gran pantalla de cine que hay en tu mente, los ojos cerrados porque la migraña te quita hasta las fuerzas necesarias para mantener los párpados levantados.

Hacía mucho tiempo que no pensabas en estas cosas, hacía mucho tiempo que habías logrado anestesiar tu memoria. Las heridas estaban ahí, sí, los estragos causados por todo lo sucedido seguían siendo como escombros, pero habías logrado esconderlos, quitarlos del camino, taparlos. Habías conseguido dejar de pensar en Nina, en Jack, en Teri, en todas esas muertes, en todos tus errores, en tu corazón roto, en todo lo que creíste y que ahora ha quedado reducido a cenizas... No estabas recuperado, no habías sanado (en lo absoluto), pero al menos podías dormir en paz, al menos las pesadillas se habían ido, al menos ya no dabas vueltas y vueltas rememorando uno de los peores días de tu vida (si no el peor).

Pero ahora de repente volvieron todas esas sensaciones, como si el tiempo que pasaste 'en paz' (o al menos sumido en una paz muy bien simulada) hubiera servido sólo para que todo lo que alguna vez sufriste se endureciera tanto que derribarte y dejarte sangrando en el suelo se convirtió en una tarea aún más fácil, aún más sencilla, realizada con una efectividad aún superior.

Nina... En realidad no la amabas, ¿o sí? Ya no te queda claro qué es y qué no es amor, qué es y qué no es lujuria, qué es y qué no es obsesión...

Nina... Ese nombre es capaz de helarte la sangre, es capaz de hacer que tu corazón se congele y deje de latir. Las cosas que ella hizo, las atrocidades que cometió, la maldad que corre por sus venas... Todavía no terminas de creerlo, todavía – te das cuenta – esperas que todo haya sido solamente una pesadilla horrible de la que estás a punto de despertar, no porque quieras abrir los ojos y descubrir que todo entre ustedes dos sigue bien y que tu corazón está intacto y sin roturas... Querés que todo sea un mal sueño del que vas a escapar pronto porque entonces, si sólo se trató de una pesadilla más, significa que tus errores y descuidos no desembocaron en la muerte de Teri, en el secuestro de Kim o en el sufrimiento de tantas personas...

Nina era una traidora. Una asesina a sangre fría. Una arpía. Ni en tus más extrañas fantasías querrías despertar y tenerla durmiendo a tu lado, como si nada hubiera acontecido.

Nina, la razón por la cual tu confianza, respeto hacía vos mismo, seguridad y capacidad de confiar en las personas desaparecieron. Te usó como material descartable, te engañó, consiguió lo que quería y después te dejó destrozado.

Una traidora, una asesina a sangre fría, una arpía, una mujer descorazonada y carente de escrúpulos, eso era Nina, pero no supiste verlo a tiempo. Estabas cegado, te tenía comiendo de su mano, abusó de vos tanto como quiso y las consecuencias fueron fatales porque no supiste ver la realidad hasta que la vida de un golpe dejó que se te cayera la venda de los ojos.

No podés dejar de culparte, aunque los demás digan que la culpa es de ella y no tuya. Si te hubieras dado cuenta, si no hubiera confiado tanto en ella y tan ciegamente, todo el mal que hizo ese día podría haber sido evitado o al menos controlado o... Quién sabe.

El momento en que mostró su verdadera cara, el momento en que la vida te quitó a la fuerza y sin piedad el velo de los ojos, en ese momento caíste cuesta abajo tan rápido que el dolor fue entumecido y sólo lo sentiste con una intensidad lastimosa más tarde, cuando ya no quedaba nadie a tu alrededor capaz de ayudar a que te repusieras, cuando ya no quedaba nadie capaz de recoger los pedazos y volver a unirlos. Cuando todo lo que quedaba era el espectro miserable en el que te convertiste.

Ella, Nina, la responsable de que el mundo se derrumbara a tus pies en escasos segundos. Te arrastró consigo en su caída, y te dejó rodeado de dolor, miseria, muerte, sufrimiento e incertidumbre respecto a vos mismo. Te dejó hecho añicos, lleno de heridas. Heridas que todavía no curaste, pero que al menos habías logrado esconder y mantener fuera de tu mente luego de penosos intentos.

El tiempo todo lo cura, te dijeron, y claro, con el tiempo te repusiste... un poco. Estabas mejor. Hubo una época en la que estabas mejor de lo que estás ahora, en este preciso momento. No habías resulto todos los problemas anotados en tu larga lista de cuestiones a tratar, la confianza y el autoestima seguían sin ser recuperados, pero al menos habías logrado enterrar ciertas cosas bajo la alfombra, pensar menos en cuánto dolían los golpes y llevar lo que podría ser catalogado como una 'supervivencia' normal sin ser constantemente atacado por la angustia, la culpa, el remordimiento... Te habías desecho de las pesadillas, y ese avance te enorgullecía y te daba ganas de seguir reponiéndote.

Ahora todo eso (pesadillas, culpa, recuerdos, ecos, memorias no deseadas, remordimientos, dudas) volvió de golpe, sin previo aviso, cuando pensabas que ya habías conseguido dejarlo atrás y pasar al siguiente nivel en este juego de 'supervivir y sobrevivir'.

Quince noches, quince largas noches soñando despierto mil veces las mismas cosas, reviviéndolas una y otra y otra vez, tratando de atraparlas en el puño de tu mano para observarlas, analizarlas, contemplarlas... De repente sentís la necesidad de observarlas, analizarlas, contemplarlas, tratar de entenderlas, tratar de descubrir nuevas razones o motivos que te exoneren un poco de esa culpa con la que cargas o – en el peor de los casos – que te demuestren que sin importar lo que el resto opine tus errores van a perseguirte siempre, que el tiempo no va a curar nada en realidad y que simplemente vas a hundirte más y más en el pozo cavado por la maldad de Nina y por tu propia ingenuidad, pozo al que fuiste arrojado y del que no podés salir.

Las contemplas, las analizas, tratas de hacer uso de toda tu sabiduría en tu afán por encontrar el motivo por el cual de pronto lo que pensaste que habías enterrado resurgió y empezó a carcomerte otra vez. Algo tiene que haber disparado el gatillo, algo tiene que haberte agitado tan fuerte que provocó que todos estos pensamientos, que esta necesidad de revivir las mismas cosas horribles mil veces haya reaparecido. Quizá si observas bien, ese algo sea descubierto. Quizá descubriendo ese algo puedas extirpar el problema de raíz y volver a cómo las cosas estaban antes: no más pesadillas, no más pensamientos asaltándote, no más noches sin conciliar el sueño, no más remordimientos rasguñándote, todo guardado en un cajón de cuya llave desconoces el paradero.

Hasta ahora, no pudiste. Nuevas razones, nuevos motivos para exonerarte de la culpa que padeces, no los encontraste. Nuevas razones, nuevos motivos para hundirte más en ese pozo ciego, tampoco encontraste. El algo que disparó el gatillo y te devolvió al primer casillero del tablero sigue sin aparecer, por más que lleves dos semanas devanándote los sesos, contemplando, analizando y haciendo uso de tu sabiduría en la búsqueda de la raíz que requiere ser extirpada.

Quince largas noches soñando mil veces las mismas cosas, contemplándolas sabiamente. ¿Y qué resultados obtuviste hasta ahora? No obtuviste nada, o al menos nada de lo que obtuviste es bueno.

Respiras profundamente antes de abrir los ojos y fijarte en los números rojos que te devuelven burlones la mirada desde el reloj despertador que yace sobre la superficie de la mesita de noche: son las tres de la madrugada, las tres de la madrugada y veintisiete minutos.

Para tu sorpresa, se te dibuja una sonrisa en la cara: en dos horas y treinta y tres minutos ese reloj despertador va a empezar a sacudirse y a emitir un ruido insoportable, marcando que es hora de abandonar tus intentos de encontrar la solución de la ecuación que intentas resolver o – en su defecto – tus intentos de finalmente quedarte dormido y descansar un poco; ese reloj despertador va a sonar, marcando que ya es tiempo de bañarse, vestirse e ir a trabajar, donde lo único lindo que te pasa cada día acontece: verla a ella.

Ella. ¡Cómo no pensaste en eso antes! Tan ocupado estabas con la cabeza embebida en malos recuerdos y con el pecho siendo quemado por tus remordimientos que pasaste por alto tremendo detalle.

Empezaste a mejorar cuando ella entró en tu vida... Como tu empleada, sí, pero dado que tú trabajo es tu vida, la vez a diario y convivís con ella durante casi doce horas, así que inevitable fue que se convirtiera en parte de tu vida.

Ella y su sonrisa... Lo que darías por besarla cada vez que te sonríe.

Ella y su voz... El día que se percate del efecto que su voz tiene en tu sistema nervioso, la manera en que te deja reducido a un saco de huesos sin voluntad alguna, ese día vas a estar perdido. Puede pedirte lo que quiera con esa voz, puede pedirte la cosa más insólita, improbable, imposible e inesperada, y vos se la darías.

Ella y sus cincuenta y cuatro manías... Sí, con eso te entretenés cuando se supone que estás trabajando: es un juego llamado 'observemos a Michelle Dessler con obsesión y locura extremas pero sin que nadie se dé cuenta y descubramos todas esas pequeñas manías y todos los detalles que hacen a su persona, enumeremos y enlistémoslos' Hasta ahora, esa lista consta de cincuenta y cuatro puntos, pero cada día se engrosa más porque descubrís algo nuevo que vale la pena agregar.

Ella pasó a ocupar tu cabeza las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Ella logró que dejaras de pensar tanto en Nina, en sus asesinatos a sangre fría, en su traición, en la manera en que te utilizó para conseguir la información que necesitaba para llevar a cabo su plan macabro, en cuánto te dolió saber que llevaba meses acostándose con vos y con Jack, en la muerte de Teri, en el secuestro de Kim, en la culpa, el dolor, el remordimiento, el sufrimiento, las vidas hechas añicos... Michelle apareció en tu vida, y empezaste a pensar en ella más que en cualquier otra cosa, más que en cualquier otra persona. Ella invadió tu cabeza, y lo demás pasó a un segundo plano.

Ella logró que dejaras de escarbar en el pasado, evitó que siguieras hundiéndote más en ese pozo.

Y ella volvió a arrastrarte – sin quererlo, obviamente, sin intención alguna – hasta el primer casillero del tablero cuando, dos semanas atrás, durante uno de esos coffee breaks que tanto disfrutas empezó a tararear una canción que siempre te recordó a Nina, una canción en cuyas líneas siempre pudiste ver reflejada tu historia con ella antes de saber que era una traidora, antes de saber que era una asesina.

Quiero que me trates suavemente.

Por mucho que siempre quisiste, por mucho que siempre lo esperaste, Nina jamás te trató suavemente. Con ella todo tenía que ver con sexo, lujuria, descargar las tensiones producto del trabajo, desquitarse el uno con la otra y saciar la necesidad de conectarse físicamente con otro ser humano.

No, a ella no la amabas. Y obviamente ella tampoco te amaba a vos (¿puede alguien como Nina ser capaz de amar a alguien?)... Pero te hubiera gustado que de tanto en tanto te tratara suavemente; te hubiera gustado que de tanto en tanto su comportamiento fuera otro, menos pasional y más dulce.

Cada vez que escuchabas esa canción - ese pedacito específico para ser más exactos - Nina aparecía flotando ante tus ojos, y te preguntabas si sería posible que alguna vez te demostrara algo de cariño, algo de suavidad. Te conformabas pensando que una mujer como ella – tan fuerte, tan acostumbrada a lidiar con el costado más oscuro de la vida, una mujer cuyos ojos habían visto más de lo que cualquiera debería ver y cuyos oídos habían escuchado más de lo que cualquiera debería escuchar – no podía permitirse ser débil o vulnerable; te conformabas pensando que debía ser así de pasional y dura en cada ámbito de la vida porque sólo con ese carácter se podía sobrevivir.

Resolviste dejar de escuchar esa canción, resolviste empezar a saltearla cada vez que los primeros de sus acordes te acariciaran los oídos, porque de esa manera evitarías toparte con la frase que te llevaría a maquinar pensamientos filosóficos de profundidad en apariencia importante acerca de cuánto te gustaría que Nina te tratara con un poco de suavidad, seguido luego por la típica justificación que vos mismo te inventaste y te vendiste: ella es así, siendo dura es como sobrevive al infierno que debemos enfrentar día a día en nuestro trabajo, y pretender que cambie sería egoísta de mi parte.

Nunca más volviste a escuchar esa canción, hasta que dos semanas atrás Michelle – haciendo costumbre de una de sus manías, la que en tu cabeza está enlistada como la número doce – empezó a tararearla.

En el momento sonreíste y moriste de amor (que no quieras iniciar nada con ella porque no te sentís preparado es otro asunto, pero hace rato que admitiste tus sentimientos y hace rato que aceptaste lo que ella provoca en vos)... En el momento quedaste encantado, es verdad, pero después una cosa llevó a la otra y esa noche te encontraste despabilado, incapaz de conciliar el sueño, con los pensamientos y los recuerdos y los remordimientos encima de ti otra vez, salidos de la nada.

No, salidos de la nada no. Ahora ya sabés que no. Ahora ya sabés qué fue ese algo que jaló el gatillo.

Escuchaste esa canción de nuevo, y su voz quedó grabada en tu cabeza; escuchaste esa canción de nuevo, y el mensaje, el significado que para vos esa frasecita siempre ha tenido se activó en tu subconsciente, llevándote a desenterrar ciertas memorias, ciertos recuerdos que te condujeron a pasajes de tu vida que desearías poder suprimir.

Ya está, la ecuación ha sido resulta: fue ella la que logró que ocuparas la cabeza con cosas que no tuvieran que ver con los eventos de ese día fatídico, y fue ella con su manía número doce – la de tararea inconcientemente cuando está nerviosa o muy concentrada – la que sin querer despertó en voz ese paquete de sensaciones y pensamientos que te mantuvieron despierto durante quince noches, soñando, analizando, contemplando, tratando de entender.

Ahora entendés.

Ahora te das cuenta: en realidad Nina nunca te importó demasiado como mujer, y si alguna vez te importó, hace rato que ha dejado de importarte. ¿A quién le interesa que no haya sabido tratarte suavemente? El tiempo que perdiste con ella, no lo vas a recuperar, pero todavía te queda mucho por vivir, y no podés permitir que lo sucedido entre ustedes marque a fuego el resto de tu vida.

Ahora te das cuenta: lo que hizo, sus errores, sus atrocidades, sus crímenes... ella es la culpable, nadie más.

Ella te usó, es verdad, y vos no te diste cuenta a tiempo, es verdad, pero no es culpa tuya. Nadie se dio cuenta, ni siquiera Jack. Nadie se percató de lo que Nina era en realidad, o de lo que estaba entretejiendo. Vos le confiaste información que deberías haber mantenido callada, ese fue tu error, pero muchas otras de las personas que la rodeaban cometieron equivocaciones ese día, y si ellas pueden seguir con sus vidas adelante sin que la culpa los destroce, entonces vos también podés.

Es hora de que te desprendas de los qué hubiera pasado si y los de haberme percatado a tiempo porque no van a llevarte a ninguna parte. El agua que se estanca se pudre, y vos no podés quedarte estancado en ese día, no podés quedarte para siempre pensando en cómo hubieran sido las cosas si hubieras actuado de tal o cual manera, si hubieras sabido leer los signos, si hubieras sabido interpretarlo todo, si no hubieras perdido el tiempo filosofando acerca de si Nina no te trataba suavemente porque no podía o porque no quería o porque no estaba en su naturaleza como persona y hubieras mantenido los ojos abiertos y atentos a los miles de detalles que podrían haberte hecho dudar, los miles de detalles que podrían haber hecho que la venda se cayera de tus ojos justo a tiempo.

Ya está, ya pasó. Te mantuviste cegado hasta el final, no pudiste evitar las cosas terribles de ese día, pero el tiempo atrás no puede ser vuelto y tampoco podés detener tu existencia y dejarla reposando sobre el sitio que las agujas marcaban en el reloj cuando la verdad salió a la luz. Porque si te quedas estancado ahí... Ya sabés lo que pasa con el agua que se estanca.

El agua tiene que correr. Va a costar, es verdad, pero tenés que dejarla correr si no querés que se estanque. La autoestima, la confianza en vos mismo y la capacidad de confiar en otros van a tardar en ser reparados, pero el tiempo va a ayudar a que las heridas sanen y lo perdido se recupere. Un poco de tiempo y otro poco de ella.

Michelle cantando invade tu cabeza ahora, y esa frasecita de la canción ya no la relacionas con Nina ni con las cosas horribles que esa mujer forzó en tu vida. Ella cantando, con tanta dulzura en la voz, logra que el resto del mundo (especialmente ese pedacito de tu mundo compuesto de recuerdos y pedazos de historia mal pegados con cinta adhesiva) desaparezca, y todo lo malo se disuelve, se va, la corriente lo arrastra lejos.

Cerrás los ojos nuevamente, esta vez sí porque estás preparado para quedarte dormido. Cerrás los ojos y te deleitas un rato pensando en todos esos coffee breaks compartidos. Se te relajan los músculos del cuerpo que antes estaban tensos, y esbozas una sonrisa.

Un poco de tiempo y un poco de ella, y las heridas van a sanar. No podés ir de golpe, no podés apresurarte, no querés tomar carrera y terminar estrellándote contra una pared, pero estás determinado a darte una segunda oportunidad. No ahora, no dentro de diez días, no dentro de un mes... más adelante. Un poco de tiempo, otro poco de ella, y las cosas puede que salgan bien. Todavía te falta seguir conociéndola, todavía te falta re-aprender a confiar en las personas, todavía te falta ver qué probabilidades y posibilidades tenés con ella. El tiempo va a definir todo eso, y mientras ese tiempo pasa, vos vas a dejar el agua correr, porque definitivamente de tanto contemplar las cosas con sabiduría te has dado cuenta de que no querés que se estanque.

Vas quedándote dormido, y esta vez no vas a soñar mil veces las mismas cosas. A medida que tu cuerpo va cediendo, a medida que vas rindiéndote en los brazos del cansancio, recordas la última vez que te sentaste a conversar con ella, apenas un par de horas atrás: leche, crema y azúcar en cantidades industriales, así le gusta a ella el café. Para vos, leche, azúcar y crema en cantidades industriales diluyéndose con café en una misma taza es la apología del crimen, pero para ella esa combinación es exquisita, y más de una vez se te ha ido la cabeza (como se te está yendo ahora) divagando acerca de qué tanto cambiaría tu opinión acerca de café, leche, crema y azúcar mezclados si probaras la combinación en un beso suyo.

Un poco de tiempo y vas a saber.

Pero primero, antes de dar cualquiera gran paso, tenés que aprender a confiar en vos, a confiar en los demás, a entregarte de nuevo, a perder el miedo a caminar por la cuerda floja y además necesitás convencerte de que vale la pena intentarlo de nuevo.

Nina no va a marcar tu vida a fuego, eso lo tenés decidido.

Y vas a volver a ser el que eras antes - si no una versión mejor -, y esa es otra cosa que tenés decidida también.

Sólo hace falta un poco de tiempo. Un poco de tiempo y un poco de ella.

Y así, con ese pensamiento, vas quedándote dormido, contento porque contemplar las cosas con sabiduría te ha servido para resolver el enigma y atar esos cabos sueltos que andaban dando vueltas por ahí, y contento porque sabés que después de quince largas noches no vas a volver a soñar mil veces las mismas cosas.

Vas a soñar mil veces con ella, pero ese ya es otro tema. Y ese tema, realmente no crees necesitar contemplarlo sabiamente para entenderlo ni analizarlo para descubrir su raíz y arrancarlo: entenderlo, ya lo entendés, y arrancarlo jamás se te ocurriría.