Alguien me ha dicho que la soledad se esconde tras tus ojos.

Cuando tu despertador sonó esta mañana, no podría haberlo hecho en un momento menos oportuno: estabas teniendo ese sueño, ese sueño que hace que dormir valga la pena. Ese sueño que adoras tener. Ese sueño que desearías de alguna manera dejara de ser parte de la roca viva de tu subconsciente y pasara a formar parte de la realidad.

Tu despertador sonó a las cinco en punto, como todos los días. Sonó a las cinco en punto con precisión absoluta (¿no es acaso aquello – la precisión absoluta – lo que predomina en tu vida?), y ese ruido molesto martillándote el cráneo te arrancó de los brazos que en tu fantasía te envolvían, reemplazo el sabor dulce que intoxicaba tus labios llenándolos de besos por lo amargo de la soledad que te da los buenos días a diario y remplazó con ese sonido electrónico las declaraciones de amor eterno con las que él te vuelve loca en tus sueños cada noche, las declaraciones de amor eterno que esa voz a la que sos adicta y de la que jamás querrías exorcizarte repite noche tras noche cuando se emite la función de las proyecciones conjuradas por tu cabeza, proyecciones de tus más profundos e íntimos deseos. Declaraciones de amor eterno que al despertarte cada mañana aún resuenan en los confines de tu memoria – lejanas, sí, pero resuenan -, como si tu cerebro estuviera haciendo un último y desesperado intento de atraparlas en una red de seda fina, envolverlas, guardarlas en una cajita y atesorarlas para siempre, atesorar esas palabras que él te dice cada noche en tus sueños, atesorarlas junto a todo lo demás: los besos que te da, las caricias dejadas por sus dedos en tus mejillas, la forma que toman tus rulos cuando él los enreda en sus manos...

Son sueños inocentes, fantasías inocentes, que hasta casi podrían ser catalogados de infantiles: el príncipe azul aparece, te mira a los ojos, te dice que te ama con la misma locura que vos a él, te pide que seas su princesa, te llena de besos, te abraza y el cuento de hadas termina con un y vivieron felices para siempre.

Claro que el típico cliché ese del vivieron felices para siempre es sustituido por un crudo vivieron felices por un par de minutos más hasta que el maldito despertador empezó a sonar, recordándote que no sos una princesa si no una agente federal que trabaja para el gobierno, una agente federal que en vez de quedarse con los ojos cerrados saboreando los escasos últimos segundos de su sueño favoritodebería empezar a prepararse para ir a trabajar.

El despertador suena, te sacude el cerebro y te recuerda que no sos una princesa, que él es tu jefe y no un príncipe azul y que como tercera en comando de la Unidad Antiterrorista de Los Angeles tu deber es llegar temprano y con la cabeza lo suficientemente despejada para poder trabajar con sacrificio y dedicación, estado mental al cual no podés acceder a menos que primero te des una largo baño, desayunes como corresponde (teniendo en cuenta que tus dotes culinarias son inexistentes 'desayunar como corresponde' es una expresión que no encierra más que una taza de café con leche y una rebanada de pan untado con manteca. Pan sin tostar, por supuesto, no vaya a ser cosa de que tientes a la suerte y todo tu departamento acabe encendido en llamas) y – último en la lista pero no por eso menos importante – elimines de tu cuerpo y de tu mente cualquier rastro dejado por la droga esa que es tu sueño favorito, porque – caso contrario – ninguno de tus sentidos podría funcionar adecuadamente.

Hoy no es la excepción al resto de los días de tu vida, por supuesto. O al menos no es la excepción hasta ahora.

En realidad, ningún día de tu vida difiere mucho del que lo precedió y ninguno que vaya a sucederlo difiere mucho del que lo precederá: el despertador suena a las cinco en punto, la burbuja romántica en la que dormís acurrucada todas las noches se rompe gracias a lo que sarcásticamente podría denominarse placentero sonido, abrís los ojos, te miras al espejo y te enfrentas a la soledad con la que convivís prácticamente desde que el mundo es mundo.

Y después de eso, después de eso el resto es historia bien conocida: trabajas, trabajas, trabajas hasta que los huesos te duelen, hasta que la vista te arde, hasta que sentís las neuronas a punto de explotar, siempre bajo la atenta mirada de él, que no te quita los ojos de encima y que durante todo el día te alegra la existencia con alguna que otra sonrisa por aquí y alguna que otra frase cómplice por allá, pero que nunca termina de satisfacerte del todo; regresas a tu departamento (jamás lo llamarías hogar, porque no lo sentí como tal: tu último hogar fue aquel que ocupaste con tus padres, y hace mucho tiempo que los dos se han ido), le proporcionas a tu cuerpo una última dosis de cafeína y te vas directo a dormir, a dejar que los sueños te envuelvan, a dejar que la soledad que te acompaña se mitigue un poco en ese mundo de fantasía ideado por tu cabeza en el que él es tu príncipe y los dos viven felices para siempre.

El despertador suena a la mañana siguiente, a las cinco, y el círculo vicioso se repite nuevamente.

Qué triste, qué frío, qué carente de sentido tener que escaparte al universo de los sueños para evadir la soledad que se esconde tras tus ojos.

Si bien has hecho progresos en cuanto a tu relación con él (ahora han pasado de ser jefe y subordinada a ser amigos), todavía no te sentís lo suficientemente segura como para ir y buscar algo más. Todavía no te sentís lo suficientemente segura como para lanzarte de lleno.

Mientras esperas a que el cambio suceda, mientras esperas a que la seguridad, la autoconfianza y el autoestima se hayan acumulado en cantidades que ameriten ir y encararlo de frente, te dedicas a convencerte de que conformarte con su amistad está bien – por ahora – y a soñar con los posibles besos, abrazos y declaraciones de amor eterno que quizá, tal vez, algún día se vuelvan reales. Quizá, tal vez, algún día él te pida que seas su princesa.

Eso te decís todas las mañanas mientras disfrutas la primera taza de café del día y, absorta en el silencio siempre reinante en tu departamento, revivís el escenario de tus sueños. Ese escenario que esperas algún día sea real. Ese escenario que te gustaría saber si algún día será real.

Hoy, a las siete de la mañana con veinticinco, saliste del edificio en el que vivís, saludaste al encargado y le prometiste que esta noche al volver del trabajo pasarías por su piso a ayudar a su nieta con la tarea de Ciencias sin saber que pasarían unas largas veinticuatro horas antes de que pudieras regresar a ese departamento al que jamás te referiste como a hogar.

Hoy, el despertador sonó y mentalmente te quejaste, porque el sueño que estabas teniendo era demasiado bueno como para abandonarlo justo cuando sus labios están a punto de empezar a jugar con los tuyos otra vez.

Arrancas el auto y una canción de U2 llena el ambiente: el primer sonido realmente placentero que escuchas desde que despertaste, porque en tu departamento los oídos humanos perciben sólo dos cosas: el despertador que suena cada mañana y el eco de la soledad.

Cuando llegas al estacionamiento de la CTU, te permitís tomarte un par de segundos para recordar y disfrutar mentalmente el recuerdo de esas últimas caricias de sus manos, esas caricias con las que soñaste, sin sospechar que tan sólo faltan dieciocho horas para que esos besos con los que fantaseas se hagan realidad.

Llegas al trabajo y él está ahí. Te sonríe, te da los buenos días. Son exactamente las ocho de la mañana, y han pasado tres horas desde que el despertador te martilló la cabeza con su insoportable pitido electrónico.

Son las ocho de la mañana de un día que es – al parecer – común y corriente, igual a todos los demás. Un día que será igual al que dejaste atrás, un día que será igual al que vendrá mañana.

Qué equivocada que estás.

Dentro de diez horas, la soledad que se esconde tras tus ojos va a desaparecer.

Dentro de dieciocho horas, los besos y las caricias que hasta esta mañana son solamente protagonistas de tus sueños se harán realidad.

Dentro de veinticuatro horas, cuando después del día más complicado, extenuante y estresante de tu vida abandones el edificio de la CTU, detrás de tus ojos habrá de todo menos soledad.

Hoy, hoy es el día en que todo va a cambiar.

Pero claro, vos todavía no lo sabés. Él tampoco lo sabe.

Pero hoy, hoy la soledad que se esconde tras tus ojos va a desaparecer para siempre.