ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas al final.
IMBRANATO
VEINTE
Victimizarse y caer en una profunda depresión debido a lo "complicada que es su vida" era definitivamente lo último que haría la siempre orgullosa Lovina Vargas. Desde que tenía uso de razón recordaba haberse reído de sus compañeras que hacían drama de todo en su diario vivir, incluso más de alguna vez sintió asco y vergüenza ajena por esos docurealities donde la parte más grotesca del ser humano quedaba expuesta… así mismo, sería completamente ilógico que a esas alturas de la vida, con cuarenta y tres años encima, comenzara y siquiera considerara caer en aquello que tanto aborrecía. Aquella mañana y luego de varios días sintiendo pena de sí misma, se levantó de la cama, fue directamente al baño y lavó su rostro con agua congelada —cortesía, como no de los últimos vestigios del invierno, y es que ese año la primavera parecía demasiado floja como para hacer por fin su aparición—. Al secarse el rostro se sintió renovada, como si hubiera sido expuesta a una exfoliación total y todas las células muertas, que representaban su pesar, se hubieran ido por fin. Así, luego de varios días, sonrió frente al espejo… sin embargo pronto se horrorizó ante una diminuta línea en su frente e hizo una nota mental para pasar a la farmacia y comprar la mejor crema antiarrugas del mercado.
Se duchó, vistió y desayunó, despidiéndose luego cariñosamente de su hijo, pensando que apenas faltaban un par de días para que su pequeño se convirtiera en mayor de edad. Suspiró con nostalgia, el tiempo sin lugar a dudas había pasado muy rápido… y no quería caer en clichés, pero ella enserio pensaba que había sido apenas ayer cuando un pequeño de ojos verdes se coló en su cama porque tenía miedo del árbol que golpeaba constantemente la ventana de su cuarto debido al fuerte viento de la tormenta. Sacudió la cabeza de un lado a otro para luego pensar en cuál sería un buen regalo para Adamo; en sí él tenía de todo, todo lo que quería y no porque fuese caprichoso, sino que simplemente cada una de sus cosas se las había ganado con esfuerzo, cumpliendo promesas —principalmente académicas— que luego la italiana se encargaba de recompensar como era debido. Pero bueno, ya se le ocurriría algún buen regalo para él… eso sí, más le valía al menor no venir con la idea de querer un auto, o peor, una moto, porque Lovina ahí sí que se moriría de un ataque cardiaco a causa de la constante preocupación. No, el auto se lo regalaría cuando saliera de la universidad, sería un buen y muy útil regalo… respecto a la moto, ni hablar.
Fue a su trabajo y atendió a cada uno de los pacientes que le eran asignados con una sonrisa… hace muchísimo que no estaba de tan buen humor y quiso exteriorizarlo con todos; Mei no tardó en bromear acerca de su sonrisa y Mathias mofó diciendo que el sexo de la noche anterior seguro había estado buenísimo. Lovina sólo pudo reír más fuerte ante las tontas especulaciones, no iba a permitir que una pequeñez arruinara su estado anímico… ni siquiera la mujer atropellada que había estado a punto de morir en la camilla. Luego de limpiarse las manos, pasó frente a un calendario y comprobó con alegría que el día siguiente era miércoles: día libre, no obstante su sonrisa fue por fin cortada al ver que el mismo día que era el cumpleaños de su hijo le habían asignado turno completo en el hospital. Gruñó tanto como le fue permitido y trató de aludir a los sentimientos del monstruo que había armado los horarios para la semana, sin embargo no consiguió mover su turno ni siquiera a cambio de su día libre. No estaría con su hijo en su cumpleaños y eso la desanimó… aunque en estricto rigor no era el primer cumpleaños que se perdía debido a su trabajo, sin embargo los dieciocho son algo importante, sentía que debía estar ahí con él.
Ya para cuando volvió a su casa, encontró a Adamo husmeando en el refrigerador, alegando que la miel se había acabado; la italiana no pudo si no reír suavemente y decir que le daría dinero para que mañana mismo el ojiverde pasara al supermercado luego de clases. Entonces le tomó un segundo darse cuenta que debía aprovechar todas las oportunidades. Simulando desinterés, le preguntó a su hijo si al día siguiente tenía algo importante en el colegio: un examen, alguna exposición oral o algo así. Ante la negativa del menor no pudo disimular su alegría y rápidamente le propuso mañana faltar y a cambio pasar el día junto a ella… le explicó entonces que no podría estar con él en su cumpleaños y que quería compensarlo de alguna forma. Adamo sonrió apenas ante la desalentadora noticia de su madre, sin embargo y sin hesitar aceptó la proposición, después de todo, ¿quién no adora faltar a clases y poder dormir un poco más? Lovina entonces informó que aprovecharían de comprar su regalo de cumpleaños así que dio a su hijo la tarea de pensar qué quería y claro, hizo énfasis en que no pidiera nada con ruedas o se arrepentiría.
Aunque no es como si en verdad se atreviera a hacerle algo.
El día siguiente no tardó en llegar y Adamo agradeció el hecho de poder dormir un poco más; despertar cuarto para las siete de la mañana, cinco días a la semana era definitivamente horrible, por eso dormir aunque sea una hora más era reponedor. Tomó desayuno tranquilamente con su madre y luego subieron al auto de ella para pasear por la ciudad en busca de algún sitio que captara la atención del adolescente. Mientras comían, Adamo había mencionado que realmente no quería algo en especial así que cualquier cosa que quisiera darle su madre estaba bien… Lovina alzó una ceja, incrédula ante las palabras de su hijo, sin embargo cuando, luego de un rato pinchándolo, Adamo mantuvo su postura, la italiana se resignó y decidió ir a una tienda que sabía a su hijo le iba a encantar: ropa, ropa por montones, a la moda y por sobretodo, de buena calidad. Sabía que el ojiverde tenía debilidad por el buen vestir y uno que otro conjunto extra en su closet bajo ningún punto de vista le iba a molestar.
Si de comida y ropa se trataba, Lovina simplemente se dedicaba a derrochar el dinero y por su hijo, estaba más que dispuesta a gastar, sobre todo por el hecho que el ojiverde gracias al cielo había heredado su buen gusto. Unas horas después, salían de la tienda con varias bolsas en sus manos y un adolescente bastante contento con sus nuevas adquisiciones —claro que la castaña había tenido que controlarse para no saltar como loca ante alguna prenda de su gusto y gastar el resto del dinero en ella—; Adamo pronto comenzaría la universidad y Lovina previendo eso, abastecería el guardarropas de su hijo, porque sabía lo pretencioso que era como para no usar el mismo conjunto dos veces a la semana. Dejaron las bolsas en la cajuela del auto y luego se dirigieron a una pizzería; aquella era la comida favorita de su hijo y por ese día se había propuesto consentirlo a más no poder. El ojiverde eligió una mesa sólo para dos cerca de la ventana y gracias al cielo una mesera no tardó en acercárseles y pasarles las cartas con los diferentes tipos de pizza y bebidas a elección, nada más al entrar al restaurante la italiana había notado el hambre que tenía.
Mala suerte para ella, pues si bien no tardaron eligiendo lo que comerían, la pizza tardaba alrededor de veinte minutos en estar lista y simplemente no podía calmar su estómago con el jugo de naranja ni con el pan de ajo que había pedido, por ello, cuando el pedido por fin arribó a la mesa pudo sentir a sus glándulas salivales trabajar al doble. Cortó dos pedazos y por fin sació sus ganas cuando un pedazo fue a parar justo a su boca… definitivamente la comida de su país era la mejor y quien dijera lo contrario simplemente era un imbécil. No pudo evitar reír al ver que en cosa de minutos, Adamo ya estaba sacando otro pedazo y bueno, no era que su hijo siempre tuviera ese tipo de apetito, pero es que habían pasado gran parte de la mañana de compras y recién, cerca de las tres de la tarde estaban almorzando.
—¿Aún mantienes la idea de estudiar en W? —inquirió la mujer como si nada, en tanto ocupaba el tiempo para partir un pedazo de pizza con el cuchillo; jamás se permitiría mancharse los dedos con comida, ni siquiera si ésta era de sus favoritas o si estaba que se desmayaba a causa de inanición; educación y modales ante todo, ¡por favor! No eran animales y bueno, algún pobre ocioso había hecho el favor de crear los cubiertos. Ocio creador, ¡qué útil resultaba ser en la mayoría de los casos! Tan sumida estaba en sus pensamientos que no notó que su hijo se atragantaba con la comida, pues no esperaba que su madre le hiciera precisamente esa pregunta. Adamo no creía que ella aún se acordara de aquello, pues se lo había dicho hace ya bastante tiempo. —Vi que tenías más folletos de la universidad el otro día cuando entré a tu habitación para sacar la ropa sucia.
—Mamma… —comenzó una lucha interna dentro de él para saber si decirle o no a la italiana lo que realmente deseaba hacer, aunque podía jurar que su madre sabía la respuesta, no solo por la cantidad de folletos que tenía en su habitación si no porque simplemente las madres siempre, siempre lo saben todo—. Sabes que sí, no hay alguna otra universidad que me interese —volvió a tomar sus cubiertos para comenzar a comer nuevamente—. Iré a la Universidad W —afirmó, sin lugar a duda y un silencio incómodo se formó entre ambos. Alzó la mirada queriendo comprender la expresión en el rostro de su madre, pero no encontró nada y eso en cierto modo le preocupó—. Mamma…
Sabía que su madre no se iba a oponer en su contra, pues a ella más que a nadie le constaba la calidad y el nivel de los estudiantes en aquella institución. De quedar —y sabía que lo haría— tendría no solo más oportunidades laborales, si no tal vez incluso becas para especializarse en el extranjero y ser un profesional más competente; Adamo siempre apuntaba a lo más alto, era muy perseverante y no iba a cambiar precisamente ahora. Aún con todo ello en mente, el silencio por parte de su progenitora lo impacientaba, necesitaba tener una respuesta de su parte, pues no quería que sus supuestos y sueños se fueran por el drenaje, después de todo, Lovina sería quién pagaría todo. La italiana simplemente dejó escapar un disimulado suspiro… ¿por qué de entre todas las universidades tenía que ser esa? Su hijo parecía más que determinado a entrar a ese lugar y bueno, no lo culpaba, W era excelente, reconocida a nivel nacional, tenía todo lo que su hijo podría necesitar para la carrera deseada, sin embargo ella tenía esa dolorosa sensación en el estomago… todo lo que estuviera relacionado con su pasado le dolía, más si eso vinculaba a Antonio. Suspiró nuevamente; su hijo era la prioridad, no podía dejar que sus problemas lo arruinaran a él.
—Está bien, Adamo, es una buena elección —mencionó medio sonriendo. Volvió a tomar sus cubiertos para comer, aunque se le hubiera quitado el apetito, debía aparentar calma frente a su hijo—. Pero sabes que los esfuerzos que deberás hacer son muchos, el prestigio de la universidad no es un mero cuento y por lo mismo exigen mucho a sus estudiantes —le miró por unos instantes y luego le sonrió para intentar tranquilizarlo, pues la mueca que se había cimentado en el rostro del contrario no expresaba más que temor—. Aunque sé que lo lograrás sin problema —terminó diciendo con todo orgullo—. Y no pongo en duda que serás capaz de aprobar el examen de ingreso con honores.
—¿Realmente lo crees? —hizo una pausa en tanto terminaba de comer el último pedazo de pizza. Luego limpió su boca y alzó la mirada para encarar a su madre—. No voy a negar que al principio tuve mis dudas, pero… después de todo es la universidad donde estudiaste y creí que no podría conseguir un mejor lugar —desvió la mirada, apenado, después de todo su principal motivación para ir allí no era seguir los pasos de Antonio, sino los de su madre, la mujer que durante toda su vida había admirado. Le hubiera gustado decir también: "Además no estaremos tan lejos el uno del otro" sin embargo su orgullo y más que nada la vergüenza no se lo permitió; y es que aunque le agradaba la idea de más libertad, estaba acostumbrado a la convivencia con su madre y la idea de dejarla sola (bueno, no estaba del todo sola) lo incomodaba. Recordó que la italiana le había dicho que compartió habitación con la mamá de Daniel… rodó los ojos al recordar al hippie, ¿qué demonios hacía él en sus pensamientos? Apartando ese desagradable detalle, admiraba que a pesar de los años y las discusiones que habían tenido, las mujeres seguían siendo amigas. Tal vez él encontraría un amigo así cuando conozca a la persona con la cuál compartiría la habitación… o tal vez sería una pesadilla, nunca había sido bueno conviviendo con las demás personas. Tragó en seco.
—Claro que lo creo, conozco la universidad y te conozco a ti, sé que lo lograrás sin mucho problema —comentó con seguridad, pues bien sabía lo que su hijo era capaz de lograr si se lo proponía. Dio por finalizado el almuerzo cuando Adamo terminó el contenido de su plato; alzó una mano para llamar al camarero y pagar la cuenta como corresponde. Terminada ya la transacción, salieron del restaurante—. ¿A dónde te gustaría ir ahora? Si quieres podemos ir a… —calló de pronto y taladró a su hijo con los ojos y es que le parecía inaudito que éste aún no le hubiera dicho nada sobre la fiesta de graduación que sería dentro de poco, ¡era la fiesta más importante en la vida de un estudiante! Debía usar algo presentable, de preferencia que la corbata combine con el vestido de su cita. Oh…
—¿Mamma? —hizo una mueca, la cara de su madre sinceramente en ese momento le asustaba y eso no podía presagiar algo bueno.
—¿Ya tienes cita para la graduación? —inquirió sin más. Sabía que su hijo era apuesto y que seguro no le sería demasiado difícil conseguir pareja… pero estaba ese detallito quizás demasiado importante el cual señalaba que el ojiverde no era la persona más desenvuelta del mundo. Muy por el contrario, Adamo era bastante tímido y le costaba hacer amigos—. Porque supongo que planeas ir, ¿no?
—Alexis quiere que vaya con ella —rodó los ojos al recordar la peculiar forma que había tenido la rubia para literalmente forzarlo a ir por ella a su casa el día de la fiesta antes de ir a la mentada. Bufó y luego de reojo vio que su madre parecía relajada ante sus palabras, aunque tal vez sólo había sido su imaginación. Una nueva mueca surcó sus facciones cuando la italiana aceleró sus pasos hasta el auto, conduciendo luego en silencio, aunque sólo un segundo le bastó al ojiverde comprender a dónde se dirigían. Suspiró sintiendo cómo se acercaba a una pesadilla. Una cosa es el gusto por el buen vestir, pero otra, completamente distinta, es que tu madre te elija un traje para la fiesta de graduación. A mitad de camino, la mujer rompió el silencio y no habló de otra cosa que no fuera conseguir un elegante traje en el que su hijo se viera aún más guapo de lo que es. Adamo sintió azorar ante las palabras y trató, como pudo, de hacer desistir a su madre de aquella compra… a menos momentáneamente, después de todo aún faltaba bastante tiempo y fácilmente podían ir a comprar un par de semanas antes un lindo traje que cumpliera las expectativas. Quería aunque sea un par de días para hacerse a la idea de tener que probarse todos los trajes que su madre le pasara hasta encontrar por fin el indicado. Tragó en seco.
—No podré acompañarte si dejamos lo del traje para otra ocasión —cortó, sin darse cuenta que con ello cortaba también toda esperanza de Adamo para poder escapar. Si bien era algo quisquilloso a la hora de vestir, no daba muchas vueltas en el asunto; tenía su forma de vestir muy definida y no por eso actuaba como mujer probándose miles de trajes diferentes a ver cuál le hacía mejor cola o más delgado, bufó esperando que su madre no lo notara, aunque estaba casi seguro que lo arrastraría a la primera tienda en el que viera una corbata—. Mei ya me ha advertido que a medida que se termina el año académico cada vez hay más y más trabajo… y si me llaman incluso en mi día libre tengo que ir —suspiró, así lo mandaba el juramento Hipocrático que hace tantos años había hecho y no era ahora el momento de incumplirlo—. Conozco una tienda que vende trajes hermosos, no queda muy lejos de acá.
Dicho y hecho, no tardaron en dar con el lugar. Adamo divisó el pomposo edificio que se alzaba frente a él y pensó seriamente en cuánto dinero pensaba gastar su madre en un simple traje para su fiesta de graduación. Suspiró resignado y optó por simplemente caminar tras ella y escucharla parlotear emocionada acerca de los cientos de trajes que le quedarían bien, sobre el color que le hacía resaltar los ojos y el color de su tez. Sabía que su madre sólo hacía ello porque quería lo mejor para él, aún así no dejaba de parecerle cansador el sólo pensar en ello.
—Ese traje te quedaría tan bien... y ese de allá —señaló a la medida que los mencionaba, no tardó en dar con un vendedor y mucho menos hesitó en pedirle modelos de la talla de su hijo, pasándoselos luego para que se los probara—. Oh, son todos tan lindos —suspiró abrumada, incapaz de decidirse sólo por uno—. Debes mostrarme cómo te quedan, mientras buscaré otros.
Adamo entró en el probador con los cinco trajes que le había pasado su madre. Cuando terminó de acomodarse la corbata del primero simplemente se quedó mirando en el espejo… pensó que no estaba del todo mal, aunque no le agradaban los detalles del saco. Suspiró y salió tratando de buscar a Lovina con la mirada pero no la encontró. En su lugar un vendedor se acercó a él, traía en sus manos tres camisas y un par de corbatas haciendo juego. Le había preguntado si se llamaba Adamo, a lo que el ítalo-español respondió un cortante "sí". Aquel vendedor que aparentemente no superaba los veinte años le explicó que su madre estaba muy entretenida observando más trajes que había en la tienda, así que lo había mandado a él a ayudarlo. El joven se tomó la libertad de decirle que el que Adamo llevaba puesto no le quedaba nada mal y le sonrió de tal manera que el ojiverde se vio forzado a apartar la mirada debido al notorio sonrojo que se había apoderado de sus mejillas. Después de notar como había reaccionado, maldijo por lo bajo.
—¿Si? —preguntó con duda; no estaba seguro de que tan cierto fuera eso, después de todo los vendedores se llevan una parte de las ganancias y ésta aumentaba en la misma medida del precio final. Tomo las nuevas prendas y se volvió a meter en el probador, agradeciendo que éste fuera lo suficientemente grande como para apoyar toda la ropa. Francesco, así se llamaba el chico que atendía en el local le propuso ayudarlo a elegir el traje indicado y, por cortesía, Adamo aceptó, después de todo era parte del trabajo del contrario, ¿no? Y esperaba haber desechado más de la mitad de los trajes que Francesco le iba pasando para cuando llegara su madre con un nuevo lote de éstos. Pensó que todo sería muchísimo más sencillo si Lovina le hubiera dejado recorrer la tienda, cogiendo los trajes que fueran de su agrado.
—¿Adamo? —se alzó la voz de su madre delante de la puerta del vestidor en el que se encontraba el ojiverde. El aludido suspiró al sólo pensar en el montón de trajes que su madre le haría probar. Desganado abrió la puerta, dejando ver el traje café oscuro que Francesco le había pasado. No estaba mal, pero se le formaban arrugas horribles en la entrepierna y automáticamente por ello quedaba descartado—. Hijo, encontré el traje perfecto —musitó con alegría y el adolescente se sorprendió al ver que su progenitora sólo le pasaba un traje y descartaba todos los demás. Adamo esperó a que Francesco sacara todos los trajes que estaban dentro del probador y entró sólo con el que recientemente le había pasado Lovina.
Corte italiano, color azul marino —cosa que agradecía, pues éste era su color favorito—, con delgadas rayas un tono más claro que sin lugar a dudas estilizaban su cuerpo. La camisa que había elegido su madre era rayada, blanco con azul, la corbata, ancha, era de color marrón oscuro y tenía además un pañuelo del mismo color. Adamo sonrió nada más al verse, y es que debía admitir que se veía bastante bien. El saco era ligeramente entallado en la zona de la cintura, aunque no por eso se veía mal; como plus debía agregar que era el talle perfecto… sin lugar a dudas le gustaba mucho y le gustó aún más el hecho que el traje tuviera chaleco, pues estaba seguro que a cierta hora de la noche le daría calor y sería un alivio poder sacarse el saco y seguir viéndose bien. Salió del vestidor y se percató que su madre ahogó un gritito nada más al verlo. El ojiverde volvió a contemplarse en el espejo, gustoso ante lo que veía; su madre tenía buen gusto, o bueno, al menos parecido al de él, pues estaba seguro que de igual forma hubiera descartado todas las otras prendas para finalmente quedarse con la que tenía puesta. Lovina le pidió sacarse el saco para ver con mayor atención si se debía pedir algún ajuste al traje, sin embargo, con alegría comprobó que las prendas le quedaban como anillo al dedo. Adamo volteó para nuevamente verse en el espejo, en tanto la mujer indicaba al vendedor que se llevarían ese y éste, feliz, iba a hacer la boleta. La castaña entonces notó aquel detalle que, si bien ya antes había notado, ahora quedaba más… ¿expuesto?
—Tienes el trasero de tu padre —notó su error en exteriorizar su pensamiento cuando su hijo, horrorizado, volteó a verla con un notorio sonrojo en las mejillas. Lovina tosió para intentar disimular la vergüenza que también le embargó y trató de hacerse la desentendida respecto a la incómoda situación que ella misma había planteado. Suspiró al ver que el ojiverde se tapó esa parte de su cuerpo… ahora lo había cohibido, simplemente genial. Bufó—. Cámbiate para que puedan empacar el traje para poder llevarlo —musitó, incapaz de verle a la cara. Le escuchó musitar un apenas audible "sí" y lo siguiente fue el sonido de la puerta del vestidor siendo cerrada. La italiana suspiró, contemplando la madera y luego se atrevió a agregar—: Era un cumplido, hijo —antes de caminar para poder pagar el traje.
Definitivamente tendría que aprender a guardar sus comentarios respecto al adolescente, sobre todo considerando el hecho de lo vergonzoso que éste era.
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Podía decir que estaba bastante más tranquila que hace un par de semanas. A fin de cuentas Adamo había sido invitado por Paulo el día de su cumpleaños y bueno, aunque no había estado muy de acuerdo al principio —pues seguía obstinada en el hecho de querer estar con él—, agradecía el hecho que su hijo no lo haya pasado solo, además su ex-cuñado era buena compañía; y es que el luso aún tenía la mentalidad de un adolescente y rápidamente había encontrado algo divertido que hacer. Terminó de suturar la herida de su paciente más reciente y tras despedirse de él con una sonrisa, fue literalmente estrujada por los delgados brazos de Mei. La taiwanesa lloraba a chorros y Lovina sencillamente no sabía qué hacer; nunca fue buena en eso de consolar a la gente… y eso que debería tener experiencia, considerando lo llorona que era y sigue siendo su hermana menor. Guió a la joven hasta su oficina, agradeciendo tener un lugar donde poder conversar a solas con ella. Ya ahí, buscó entre sus cajones un rollo de papel higiénico, ¡no sabía que debía estar equipada por una caja de pañuelos, maldición! Suspiró y se lo tendió a la joven, que no paraba de sollozar. Le pidió que por favor se calmara y le dijera —o al menos intentara— decirle la causa de su malestar, y tras un par de minutos más la chica musitó apenas que odiaba a los hombres antes de volver a estallar en llanto.
No estuvo segura de cuánto tiempo estuvieron encerradas, pero sí fue el suficiente para calmar a la asiática y que ésta le contara por fin a la mujer, en la que veía una imagen materna, que su novio había roto con ella tras decirle que simplemente el amor se había acabado y que había conocido a alguien más. Mei reprochaba el hecho de que él se haya tomado tantas molestias en San Valentín para luego simplemente irse con la primera que cruzó su camino… si ya no sentía lo mismo hubiera sido mejor si se lo hubiera dicho antes, ¿no? Lovina entendió a la perfección el dolor de la muchacha, que en vano intentaba consolar, sin embargo le explicó que quizás, muy probablemente, las cosas eran mejor de ese modo; el chiquillo ese había tenido el valor de decirle a la cara que ya no quería estar con ella antes de irse con otra —porque enserio quería pensar que no la había engañado, aunque tampoco pensaba decírselo y ocasionar una nueva ola de llanto—. Se hincó frente a ella y con cuidado le limpió las lágrimas… un rápido pensamiento le hizo creer que así sería si tuviera una hija y eso la hizo suspirar de melancolía; ya estaba demasiado vieja como para pensar en bebés, o al menos eso era lo que creía. Procuró que Mei estuviera lo suficientemente calmada antes de musitar que debía seguir con sus rondas, aunque le dio la libertad para quedarse ahí otro rato en caso que lo necesitara.
Una enfermera no tardó en darle la ficha de un nuevo paciente. Suspiró, aquella tarde sería igual de movida que las demás.
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Si había algo que Lovina Vargas odiara, además de no encontrar zapatos que no combinaran con su bolso, era ser interrumpida mientras estaba en medio de algo importante… la evaluación de un paciente que se encontraba en estado crítico, por ejemplo. Fue por ello —y quiso convencerse que por nada más— que la presencia de Antonio la alteró de pies a cabeza. No dudó en gritarle cuando éste insistió en el hecho de querer hablar con ella y a cambio se enfocó en la labor de atender a la mujer que lucía un profundo corte en la mejilla junto a restos de vidrio molido, así como moretones en varias partes de su cuerpo. Entre lágrimas, la fémina musitó que estaba cansada, que quería parar con ello e irse lejos con su hijo… a la italiana sólo le tomó un segundo comprender que esa mujer era víctima de abuso. Preguntó por su hijo y su paciente indicó que estaba en la sala de espera viendo todo el asunto del papeleo. Rápidamente Lovina la curó y suministró un sedante para el dolor… luego le pidió a un paramédico que justo pasaba por el pasillo que llamara a la policía, pues había un caso de violencia que había que denunciar. Indicó entonces que haría pasar al hijo de su paciente en tanto le ordenaba a la mujer quedarse descansando en tanto aparecían los oficiales. Cuando la italiana retornó al box de consultas, se topó con la escena de Antonio ofreciendo sus servicios como abogado… simplemente se limitó a rodar los ojos y alejarse para ver si había algún otro paciente.
—¡Lovina! —llamó el español apenas terminó de hablar con la mujer en la camilla, un caso es un caso después de todo. Suspiró derrotado cuando vio que la mujer hacía todo por ignorarlo, pero perseverante como era, insistió, después de todo, la italiana acabaría cediendo aunque sea a causa del cansancio que le provocaba ser perseguida por el hospital—. ¿Quieres dejar de actuar como una niña y escuchar lo que tengo para decir?
—¿Qué demonios quieres, Antonio? —lo encaró desafiante, escondiendo las manos en los bolsillos de su delantal blanco para que no saltara a la vista el nerviosismo que la embargaba cada vez que estaba cerca de ese hombre. Vio a su alrededor, no quería un nuevo escándalo del cual sus compañeros pudieran seguir chismoseando, así que pidió al ojiverde seguirla hasta su oficina; con algo de suerte Mei no seguiría ahí. Abrió la puerta y procuró ponerse tras el escritorio y aprovechar de ver los papeles que tenía sobre él… nada importante a decir verdad, pero era mejor tener puesta su atención en un montón de letras sin mayor relevancia a los ojos del español.
—Kirkland fue a mi oficina ayer… me pasó los papeles del divorcio.
Primero había visto llorar a Mei, luego a esa mujer, entonces creyó que tal vez era su turno. Mordió su mejilla y reprimió lo más que pudo la profunda tristeza que la embargó de pies a cabeza; frunció los labios y mostró su mejor mueca de desinterés; no dejaría que Antonio siquiera notara que se había arrepentido de aquello. ¿Pero el divorcio realmente era lo mejor? ¡Por supuesto que era lo mejor! Le regañó su sentido común; hace muchos años habían dejado de ser un matrimonio, ya ni siquiera eran una pareja y no podían estar más de cinco minutos sin pelear. Bufó, tratando de restarle importancia al asunto y luego hacer como si nada, en tanto ahora volteaba para ver las copias de las fichas de sus antiguos pacientes.
—No pude evitar notar que aún no has firmado.
—No es mi culpa, Arthur no me ha hablado respecto al divorcio; ni siquiera sabía que te había ido a ver, así que estoy libre de lo que sea que quieras culparme —bufó, mirándolo desafiante apenas unos segundos antes de volver a sumirse, cobardemente, en el montón de letras que ya habían perdido el significado. Sólo estaba ahí, viéndolas, incapaz de leerlas. Gruñó al darse cuenta de la estúpida actitud que había tomado y, con una mueca, dejó por fin los papeles de lado, encarando completamente a su… a Antonio—. ¿O es que vienes a reclamarme el aún no haber firmado?
—Tenía la esperanza que te hubieras olvidado de toda esta estupidez —abrió su portafolios y de éste sacó los papeles que indicaban con un marcador adhesivo color morado el lugar donde debían ir las firmas. Los dejó sobre el escritorio y Lovina clavó la mirada en el título: Declaración de divorcio. Trató en vano de hacer caso omiso al nudo que se apoderaba rápidamente de su garganta—. Aunque si vamos a lo concreto, me da igual que lo firmes o no; yo me mantengo firme en el hecho de no querer hacerlo y sin mi firma, seguirás siendo mi esposa —sonrió apenas y clavó la vista en la nerviosa italiana frente a él.
Claro que nunca imaginó que ésta revolvería en sus cajones hasta por fin dar con un lápiz para firmar donde se indicaba. No iba a negarlo, el hecho que Lovina lo hiciera destruyó un poco más las esperanzas que tenía de estar con ella y ser por fin la familia que siempre debieron haber sido. Desvió la mirada y sacó otro documento de su maletín, esperaba que con éste el mal trago reciente aminorara lo suficiente como para ser ignorado, al menos por un rato. Suspiró y luego carraspeó para llamar la atención de la italiana que nuevamente había rehuido la vista; si hasta parecía que se arrepentía de lo que había hecho… aunque tampoco era como si pudiera poner corrector encima de la marca de tinta y hacer como si nada. Lovina alzó lentamente la cabeza y sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver el nuevo documento, miró a Antonio para saber si aquello se trataba de alguna especie de broma o algo así, pero al no ver reacción en su rostro, supo que aquello era serio. Se sentó en la silla negra y masajeó sus párpados
—¿Sabes? Este documento por lo general tarda dos meses en estar listo, por eso había estado desaparecido —rió suavemente y luego suspiró al pensar todo el trabajo que había tenido que realizar para que la corte por fin accediera a darle el documento para iniciar el papeleo para el cambio de apellido. Sabía que existía una gran posibilidad que Adamo rechazara la petición y que le gritara… o algo peor, pero no se arrepentía ni por un segundo de lo que había hecho, ni de los casos que había que tenido que dejar de lado por estar en el tribunal civil. Miró a Lovina, quien parecía no salir de su asombro y volvió a reír—. Adamo es menor de edad, así que si él accede, tú debes ser la que firme.
—Adamo cumplió dieciocho la semana pasada —musitó como si nada, pasando por algo la mueca de incredulidad del español. Sí, no le había avisado y ni siquiera se le había pasado por la cabeza el hecho de hacerlo. Mucho menos su hijo había mostrado algún interés por decirle a su padre, así que menos pensó en ello. Siempre habían estado sólo los dos y ahora, la presencia de Antonio no cambiaba mucho las cosas—. Debes hablar con él si quier…
—¿Por qué no me dijiste?
—Se me olvidó —espetó con franqueza; a esas alturas del partido no pensaba mentirle—. Yo tampoco pude estar con él en su cumpleaños, tuve que trabajar porque no pude mover mi turno. Paulo estuvo con Adamo —agregó y pudo notar cómo el desconcierto del español crecía aún más. No se lo había dicho porque simplemente no pasó por su cabeza el hecho de tener que hacerlo, ¿para qué? Nunca había estado en un cumpleaños de su hijo y ahora… con angustia se dio cuenta que había hecho mal en no decirle, aunque tampoco era como si lo hubiera hecho con ese propósito—. Lo siento —musitó apenas, voz casi inaudible.
—Al menos dime cuándo es… así lo anotaré y el otro año no se me pasará —enojarse, reclamar y hacer un escándalo debido a no haber estado en el cumpleaños de su hijo era definitivamente algo estúpido. Ese mes lejos de Lovina y Adamo le había servido para reflexionar y hacerse a la idea de dejar de vivir en el pasado; los recuerdos están bien, algunos son bastante agradables, otros no tanto, sin embargo la vida sigue y hay que estar preparado para aceptar lo que ésta traiga.
—Veintitrés de Abril.
Vio que Antonio anotaba la fecha en su teléfono celular, tal vez en un block de notas o a lo mejor directamente en la fecha señalada, claro, del año siguiente. Le escuchó decir entonces que por favor ella hablara con su hijo acerca de al menos considerar el hecho de pasar a tener el apellido Fernández; por su nacionalidad española se le permitía el uso de dos apellidos, así que Adamo técnicamente no dejaría de ser Vargas. Le pidió a Lovina por favor hacer énfasis en ese hecho y luego guardó los documentos que había sacado y se despidió con un gesto con la mano. Lovina se mostró claramente sorprendida, no sólo por no haber peleado con Antonio, si no por la calma con la que éste había reaccionado… aunque bien podría ser que ésta fuera sólo aparente, el hecho de no haber estallado en gritos era algo que a todas luces agradecía. Se abrazó a sí misma y contempló cómo la espalda del español se alejaba cada vez más. Un enfermero pasó corriendo a su lado, gritando a todo pulmón que recién había llegado una ambulancia que traía a los accidentados de un choque en la carretera. Suspiró; ya luego habría tiempo para pensar.
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**La mayoría de ciudadanos europeos sólo tienen un apellido: sólo España y Portugal incluyen dos apellidos en el carnet.
**Tomé un promedio respecto al tiempo que se tardan los trámites para el cambio de apellido; en algunas páginas salía que era seis meses, en otras decía que era cuarenta y cinco días; así que simplemente se me ocurrió poner que tarda dos meses. Si alguien sabe algo al respecto, por favor dígame para arreglarlo :)
Me di cuenta que siempre tengo que investigar al menos una cosa por capítulo -.- Ah bueno, intenté tratar de demorar menor a la hora de colgar un nuevo capítulo, sin embargo me fue imposible y nuevamente estoy actualizando dos semanas después. La encuesta la cierro hoy y debo decirlo, me sorprendió la respuesta ganadora. Ahora, vamos a lo que importa; hace rato estaba escribiendo y me torcí la muñeca, me duele cómo no tienen idea y por lo mismo me reservo el hecho de responder reviews, lo siento :( apenas esté mejor lo haré. Oh sí, también debo resaltar el hecho que nuevamente me ayudaron a escribir el capítulo.
Otra cosa, lo más importante, éste cap está dedicado a AwesomePrussia94 por su cumpleaños, ya sé que es un regalo atrasado, pero espero que te haya gustado :')
Eso. ¡Saludos!
