ADVERTENCIA:

Hetalia no me pertenece. Notas al final.

Sólo por si alguien no lo recuerda/sabe: Raivis Galante/Letonia, Im Yong Soo/Corea del sur, Xiang/Hong Kong, Yao/China, Manuel/Chile, Jett/Australia.


IMBRANATO


VENTITRÉS

¿Cuánto había pasado desde que su hijo se había ido a vivir al campus de la universidad W? Quiso creer que semanas, tal vez ya un mes, sin embargo el calendario le había advertido que apenas había pasado cinco días… sabía que iba a extrañar a Adamo, sin embargo nunca pensó hasta qué punto. Aquella mañana, como todos los sábados, había aprovechado de levantarse quince minutos antes a lo que acostumbraba ese día en particular, pues al entrar a las doce del medio día a trabajar, aprovechaba de desayunar con su hijo y claro, dejarle algo de dinero para que luego fuera a comprar algo para almorzar, le constaba que el menor no era muy adepto a usar la cocina y bueno, lo agradecía desde el fondo de su alma. Aún recordaba aquella vez, cuando aún vivían en Rochester, que Adamo no había querido cambiarse el pijama para ir a comprar algo y por ende se había animado a cocinar algo… es un hecho que Lovina no acostumbra a llorar, a menos que la situación le exasperara mucho o de plano perjudicara a su retoño, sin embargo, cuando llegó a su casa y vio al ojiverde sentado en el sofá con una caja de pizza sobre las piernas, nunca, pero nunca imaginó que encontraría su cocina hecha un verdadero desastre... nada más faltaba el grifo roto para completar la escena. ¡Y ni siquiera podía castigar a su hijo por eso! Era su culpa él nunca haberle enseñado a cocinar, aunque en su defensa podía decir que siempre estaba trabajando para que, precisamente, nunca le faltara algo a Adamo.

Rió, agobiada por la nostalgia que la embargó; definitivamente llamaría a su hijo, aunque más tarde. Aún cuando recién había pasado su primera semana, era ésta la más complicada por el tema de los horarios, las odiosas ventanas*, los profesores sin piedad que no escatiman en mandar tareas… en fin, dejaría que Adamo durmiera un poco más, después de todo el reloj apenas marcaba poco más de la once de la mañana. Y como aún había calor, se permitió ir con falda al trabajo. Al ingresar a las dependencias del hospital, como siempre saludó con un gesto con la mano a quien cruzara su camino y se dirigió a su oficina para cambiarse al atuendo color verde claro que parecía pijama. Se amarró el cabello en una coleta y se pasó las primeras horas aburrida a más no poder; en Septiembre no sólo se retomaban las clases, sino que también llegaban al hospital los alumnos que hacían sus prácticas profesionales, los denominados internos y bueno, a ellos se les cargaba la mayoría del trabajo, por lo que los veteranos —por llamarlos de alguna forma— caminaban tranquilamente por los pasillos con una taza de café… aunque por supuesto que intervenían si la situación se complicaba.

Tras decirle y explicarle a uno de los internos dónde estaban los implementos que necesitaba, y cómo hacer una correcta curación, Lovina arrastró los pies hasta la sala en la que comúnmente se juntaban los médicos y ahí se quedó conversando con Mathias… bueno, el danés hablaba y la italiana se dedicaba a asentir de cuando en cuando, no era como si en verdad quisiera saber qué clase de ropa interior le quedaba mejor al novio del rubio, más aún, ni siquiera lo conocía así que ni siquiera podía imaginarlo modelando esos conjuntos que el ojiazul detallaba con tanto esmero… por último para distraerse, ¿no? Además, Mathias siempre resaltaba el hecho que Lukas —su novio— era en verdad muy guapo y bueno, si Lovina miraba un poquito no iba a cometer ningún pecado. Tenía su café por la mitad cuando uno de los internos irrumpió en la sala… automáticamente todos los del lugar le miraron mal y es que si no eras médico con todas la de la ley no tenías ni permitido tocar la puerta. El jovencito de cabello castaño claro, que no aparentaba más de veinticinco, años jugueteó nervioso con sus dedos y luego informó que había llegado un caso un tanto complicado a la sala de urgencias. Automáticamente todos los que no eran de esa especialidad le ignoraron; Lovina gruñó y siguió al interno al ver que ninguno de sus colegas parecía dispuesto a colaborar.

De reojo vio la placa que tenía en menor justo a un lado del delantal y trató de infundirle confianza al llamarle: doctor Galante, y luego pedirle un resumen de la situación. Raivis sonrió apenas por unos segundos para luego adoptar una actitud profesional e indicar que un hombre de más o menos treinta años había llegado junto a sus primas luego de haberse golpeado la cabeza. La italiana no entendió por qué aquello sería un caso complicado e inmediatamente pensó en una hemorragia cerebral… iba a ordenar llevar al paciente para que le hicieran un escáner, sin embargo le interrumpieron gritos provenientes del box de consultas. Ahí, tal cual había dicho Raivis, estaba un hombre y dos mujeres… aunque claro que se sorprendió al ver que los tres peleaban entre sí… se llevó una sorpresa al ver que una de las féminas era Mei, le había costado reconocerla, pues no llevaba el uniforme de siempre. Pronto sintió compasión por la muchacha debido a pasar su día libre en el hospital. La taiwanesa se mostró enormemente aliviada al ver aparecer a Lovina y no dudó un segundo en apartarse para que hiciera su trabajo.

—Buenas… —revisó su reloj de pulsera para corroborar la hora; tenía qué, la sala de médicos tenía el poder casi mágico de hacer avanzar el tiempo y bueno, no sabía cuánto rato había estado ahí—. Tardes, soy la doctora Vargas… ¿podría decirme su nombre? —inquirió al tiempo que, con una pequeña linterna, revisaba las pupilas del pelinegro que no dejaba de moverse y preguntar por un tal Xiang. Mei le ordenó quedarse tranquilo, aludiendo luego a que su hermano estaba bien y llegaría en cualquier momento, pero a todas luces el golpe le había afectado, pues el hombre sobre la camilla aún no caía en cuenta que estaba en un hospital. Escuchó entonces un, "responde lo que te pregunta la doctora, aru" y la italiana hizo una mueca al darse cuenta que la tercera persona no era una mujer, sino un hombre de apariencia andrógina. Siempre había creído que los varones con cabello largo no se veían bien y bueno, este pasaba por mujer gracias a eso. Aunque si lo pensaba bien, Paulo igual tenía el pelo largo, pero no era momento de especular al respecto.

—Im Yong Soo —habló luego de un rato en el que pareció más aturdido de lo normal. Lovina le hizo un gesto a Raivis y le pidió que por favor tuviera listo el escáner, pues había que descartar cualquier tipo de anormalidad antes de poder medicarlo o derechamente, derivarlo a cirugía; si el golpe que había sufrido en la cabeza había sido sobre el hueso parietal estaban en problemas, las arterias de la hoja de Higuera podrían reventar y le causarían una muerte lenta, aparentemente repentina y claro, indolora. La mujer frunció el ceño y no quiso perder más tiempo, así que tomó la ficha médica y comenzó a rellenarla con los datos que tenía a mano—. ¿Qué me pasó? ¿Y la moto? ¿Dónde está Xiang? ¿Y Xiang?

—Tranquilo Yong Soo —Mei pegó los brazos de su primo a los costados, pues éste insistentemente trataba de levantarse para irse. La muchacha entonces le informó a Lovina que su primo apenas ayer se había comprado una moto y hoy tenía pensado ir a presumirla con su hermano, Xiang, pues éste igual tenía una y se suponía que iban a ir a dar una vuelta por ahí, sin embargo Yong Soo no tenía el casco puesto, se golpeó la cabeza y de paso un poste de luz. La italiana anotó rápidamente los antecedentes para tenerlos en el registro; un buen médico sabe que cada acción es importante a la hora de proceder con un tratamiento efectivo.

—¿Y Xiang? —interrumpió el sur coreano casi al borde de las lágrimas. Ese golpe en la cabeza sí que le estaba haciendo estragos.

—En la comisaría, arreglando el desastre que dejaste —Mei bufó y siguió hablando con Lovina.

—Bien… ¿el accidente fue recién? ¿O esperaron un rato hasta traerlo? ¿Vinieron en ambulancia o…?

—¿Y la moto? ¡¿Dónde está Xiang?!

—¡Te dije que está en la comisaría arreglando tu desastre! —gritó exasperada. A un lado, el mayor de los primos trataba inútilmente de mantener tranquilo al accidentado. Aquello parecía un mal chiste, Lovina no solía tratar muchos casos de golpes en la cabeza y recién entonces recordó por qué no le gustaban. Luego de unos minutos llegó Raivis junto a una silla de ruedas, informando que el escáner estaba preparado y listo para usarse; la mujer rogó al cielo para que fuera lo que fuera que tuviese Yong Soo no fuera grave y, más aún, rogó que se mantuviera quieto mientras realizaban el escaneo… aquella era una prueba muy cara y por cada movimiento innecesario la cuenta hospitalaria subiría.

—Mei, Yao… ¿Qué pasó? ¿Y Xiang? ¿Dónde está Xiang? ¿Y la moto?

No sabía a fin de cuenta si odiaba los golpes en la cabeza o a los pacientes luego de un golpe en la cabeza. Paciencia Lovina, paciencia.

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Adamo suspiró luego de su última clase del Lunes; si bien agradecía terminar todo a las una de la tarde no podía darse el lujo de quedarse acostado sin hacer nada o peor, acompañar a sus compañeros que ya se estaban organizando para —aprovechando el tiempo y es que en un par de semanas más ya no podrían— ir a beber a un bar cercano y así conocerse mejor. Bueno, Adamo a fin de cuentas igual había aceptado ir, aunque no bebería alcohol… no quería ser un antisocial y aislarse del resto, necesitaba al menos una persona de entre todo ese grupo con la cual llevarse bien para posibles trabajos y todo eso. Tampoco se trataba de ser interesado, pero cualquiera de los chiquillos ahí presentes podía ser un potencial contacto laboral y aquello debía mantenerlo más que presente; el que pestañea pierde, dicen por ahí. Ya en el bar y para su suerte, quedó sentado junto a una muchacha de cabello negro que, al igual que él, había pedido un jugo… había calor y bueno, tampoco iba a quedarse sin pedir nada. Rápidamente las risas inundaron el lugar y pudo jurar que más de la mitad de sus compañeros tendrían la primera borrachera de su vida… rodó los ojos aunque no pudo evitar reír. Y como varios estaban hablando incoherencias se decantó a conversar con la tranquila muchacha que permanecía callada con la pajilla entre los labios.

A eso de las cuatro de la tarde se despidió de todos mediante un grito para así hacerse oír, aludiendo luego a que iría a la biblioteca para coger el libro del que tanto había hablado el profesor de instituciones políticas. Apenas había tenido un par de clases, pero podía decir que era la materia que encontraba más aburrida. Regina —la chica con la que había conversado gran parte del tiempo— se despidió de él, en tanto los otros apenas y se movieron… Adamo reconocía igualmente haber quedado en estado deplorable en el pasado, pero no se sentía demasiado adepto a hacerlo junto a un montón de desconocidos; mucho menos cuando al día siguiente había clases a las ocho de la mañana… oh, eso era algo que en verdad odiaba de su horario; si ya durante el colegio le molestaba tener clases a esa hora, trataba de contentarse con el hecho de saber que en la universidad no tendría que hacer lo mismo… error. Apenas un día a la semana no entraba tan temprano, bueno, era a las nueve de la mañana así que el cambio tampoco era mucho.

Suspiró abrumado cuando se vio frente a la biblioteca, un edificio de cinco pisos, aunque para los alumnos el último estaba prohibido, supuestamente porque aquel funcionaba como bodega o algo así. Se sintió perdido cuando al entrar, vio a la izquierda una especie de mampara de vidrio con una ventanilla por donde supuso, la persona del otro lado hablaba; en ese lugar había varios libros y a los costados de la pared había una lista con códigos, títulos y autores. A la derecha había un guardia que parecía estar muy cómodo sentado en una silla al lado de una puerta de vidrio y varios molinetes. Se sintió confundido, nadie le había explicado cómo funcionaba ese lugar y era lo suficientemente orgulloso como para preguntarle a alguien. Se cruzó de brazos y miró curioso los molinetes, no había ninguna ranura para poner monedas o algo así, definitivamente no eran iguales a los del metro… entonces vio que alguien sacaba su tarjeta de la universidad y accedía sin problemas cuando la luz roja del sensor —que claramente no había visto antes— cambiaba a verde. ¡De eso se trataba todo! Bueno, ahora tenía otro problema… ¡él no tenía la maldita tarjeta! Le había llegado un correo diciendo que llegarían a mediados de Octubre y que por mientras debían imprimir un documento que venía adjunto en caso que quisieran entrar a la biblioteca y/o pedir un libro. ¿Para eso serían las puertas? ¿Para los novatos sin tarjeta? Mantuvo su postura de no querer preguntar.

—¿Qué se supone que haces ahí parado? ¿El novato modelo se está luciendo?

Automáticamente volteó para buscar el foco de esa desagradable voz. Frunció el ceño y optó por ignorar al idiota que le había desagradado desde su primer día en el campus; a veces hasta creía que Christian lo buscaba cada vez que estaba aburrido sólo para molestarlo un rato. De reojo vio que sacaba su tarjeta y sin más pasaba por el molinete… idiota él y su estúpida tarjeta. El mayor volteó ya estando del otro lado y miró a Adamo con una risilla burlona… saltaba a la vista que el ítalo-español quería pasar pero no sabía cómo. Christian le indicó que debía mostrarle al guardia el papel que el rector mandaba cada año a los nuevos alumnos; así mismo le dijo que lo mismo debía hacer a la hora de pedir un libro. Adamo refunfuñó y salió del edificio sólo para no tener que seguir soportando la risa burlona. Cuando se percató que no había rastro del castaño, volvió a entrar y, tal como le habían dicho, mostró el papel al guardia y este le dejó entrar. Nuevamente se sintió abrumado… si bien en la facultad también había una biblioteca, los libros de ahí eran de alta demanda, por lo que los prestaban apenas por un día. En la biblioteca central, en cambio, había leído que los libros del primer piso los prestaban por tres días, y los del tercer piso por una semana. Aprovechó para recorrer un poco el lugar… habían muchas salas dedicadas al estudio, algunas grupales y otras individuales; había también computadores y bueno, todo lo que una biblioteca requiere a fin de cuentas.

El tercer piso casi lo dejó sin habla. Todo el lugar estaba lleno de libros apilados en estantes, y juró que se perdería si no tenía cuidado. En la parte de adelante estaban las bibliotecarias y muchos casilleros; una de las mujeres le indicó que debía dejar su mochila en una de las taquillas, que eran las reglas. Ahí sí tenía que usar una moneda, rodó los ojos, esperaba al menos recuperarla cuando tuviera que sacar sus cosas. Recorrió los pasillos que se formaban gracias a los estantes y dio gracias al ver que había letreros al borde de estos; todo estaba separado por sección, así no tendría demasiados problemas buscando los de leyes, el tema era ahora encontrar dónde estaba esa sección. Pasó por la de biología, matemáticas y hasta por la de religión, pero no había rastros de la de leyes… bufó y siguió buscando, claro, hasta que se vio visiblemente ofuscado ante tan brusca invasión de su espacio personal. Lo único, lo único que quería hacer era encontrar el libro que el docente nombró con especial énfasis durante toda la clase; bajo ningún punto de vista pasó por su cabeza el hecho de ser, ¿por qué no decirlo? Sexualmente acosado por la única persona que le había desagradado nada más al ingresar al campus. Christian le había sujetado por las muñecas y lo mantenía contra uno de los muchos libreros; y aunque su agarre no le producía daño físico, su orgullo sí que estaba sufriendo estragos. En vano taladró los fanfarrones ojos ámbares con los propios… lamentablemente, Christian era de todo, menos alguien que se amedrentara con facilidad, por desgracia recién lo había comprobado. Tembló de pies a cabeza nada más al sentir la respiración del mayor en su cuello… aquello sin lugar a dudas escapaba a cualquier tipo de "acoso" realizado por alguna de las chicas de su ex-colegio porque, para empezar… ¡un hombre estaba por besarlo! ¡Otra vez! Pudo jurar haber escuchado las risas de su tío Paulo, alegando de paso el siempre haber sabido sobre sus verdaderos intereses.

—¡¿Qué te pasa, idiota?! ¡¿Qué mierda crees que estás haciendo?! —gritó y gruñó con tanta rabia que enserio se sorprendió cuando cayó en cuenta que no había llamado la atención de nadie; tal vez porque casi no había gente en la biblioteca o tal vez simplemente porque estaban en la parte de atrás. Sintió estremecer ante la cercanía y la angustia lo invadió; aquella sensación era la misma que había sentido en su fiesta de graduación y claramente era desagradable recordarlo.

—No te haré nada malo —la voz le sonó extrañamente arrulladora. Adamo poco y nada había interactuado con él, sin embargo no pudo evitar parecerle extraño; aunque no por ello desagradable. Christian sonrió para sí y, sin querer dejar escapar un segundo más, arremetió contra los labios del molesto joven que había llamado su atención desde que había reparado en él. Poco le importó la posibilidad de que éste tuviera novia… o novio; había una parte de él que simplemente necesitaba saciar aquel deseo que lo llevó al acto más reciente. Tampoco iba a negar que el constante parloteo de las nuevas acerca del novato que parecía modelo ayudó a aumentar su curiosidad y por ende, cumplir el acto más reciente. Pasó por alto el leve forcejeo del ojiverde… ya para cuando se dio cuenta, una de sus manos reposaba contra la cadera de Adamo, y la mano libre de éste, caía inerte a su lado.

La cabeza del ítalo-español era un torbellino de pensamientos confusos. A sus memorias no dejaban de acudir las palabras de su tío. Se preguntó si darle un beso a un hombre lo convertía automáticamente en… bueno, eso. Así mismo se preguntó si Christian lo era o sólo había encontrado otro modo de molestarlo. La mano del español, acariciándole suavemente la espalda borró por unos segundos la idea anterior… porque si fuera un juego, aquel contacto hace mucho hubiera terminado, ¿no? Suavemente, el mayor rompió el enlace. Adamo le fulminó con la mirada, aunque sus mejillas sonrojadas dieron más bien la impresión de sólo estar aturdido y profundamente avergonzado. En un acto reflejo se llevó una mano a los labios y clavó los ojos en el piso de madera.

—Eres tan lindo. Si fueras un poco más dócil cualquiera se podría enamorar de ti —sonrió. Adamo sonrojó aún más, sintiéndose levemente mareado ante la súbita acumulación de sangre en sus mejillas. Rápidamente empujó a Christian, gritándole aún más fuerte que en un principio, le reclamó ser un maldito pervertido, además le amenazó con denunciarlo por acoso si se le volvía a ocurrir a hacer algo como lo recién acontecido. Lejos de preocuparse, el mayor se limitó a sonreír y decir que, si era un buen niño, lo invitaría a almorzar. Espantado, Adamo volvió a gritar, ganándose de paso un reclamo por parte de una de las bibliotecarias que, cabe recordar, estaban en la parte de adelante. Caminó, acelerando sus pasos cada segundo, sin molestarse en mirar atrás. Abrió el casillero para sacar su mochila y no hesitó en bajar al primer piso y salir de la biblioteca; ya luego podría buscar el libro que necesitaba… o mejor aún, descargarlo de internet.

Azorado, pensó en cómo le diría esto a alguien, porque estaba seguro que debía contarlo, de otro modo colapsaría. Se le desfiguró el rostro al pensar en la mueca que pondría su madre al decirle que había sido besado por un humano que, básicamente, tenía pene… ¡Otra vez! Se llevó una mano al rostro, tratando de cubrirlo por completo en tanto seguía con sus rápidos pasos. Lo mejor sería no decirle nada a un familiar… al menos no ahora y mucho menos a Paulo. Pensó —esperanzado— que en unos treinta años aquella sería una anécdota graciosa… o algo así. Tal vez podría aprovechar el hecho de que Alexis estaba estudiando en Francia y contarle lo sucedido… si se volvía loca, simplemente podía cerrar el chat y, de paso, omitir los comentarios morbosos.

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—¡¿Cómo dices?!

Adamo se llevó una mano al rostro, golpeando levemente la frente en señal de exasperación; Alexis podía ser en verdad una buena amiga, pero era tan exagerada que fácilmente lograba exasperarlo. Se acomodó bien los audífonos, y es que no iba a arriesgarse a que alguien escuchara la conversación que tenía con la rubia y aclaró su garganta en tanto pensaba bien en sus siguientes palabras… sabía que fuera lo que fuera que dijese, la francesa reaccionaría y enserio le aburría estar controlando a cada rato el volumen debido a los gritos que aparecían de la nada. Miró la pantalla de su notebook y pudo divisar a la ansiosa muchacha que parecía estar dispuesta a saltar contra esta en cualquier momento, ¡ni siquiera él estaba tan nervioso! Tal vez porque no era la primera vez que le pasaba, ¿se habría acostumbrado? Se removió incómodo ante ese pensamiento y acto seguido apoyó la barbilla sobre la palma de su mano derecha. Bufó.

—Maldita sea, eres una escandalosa —acercó el micrófono a sus labios y volvió a bufar. Vio a Alexis acomodar sus gafas y hacer un gesto que indicaba ofensa e indignación; el ojiverde no pudo reprimir una risita a lo que la rubia de otro lado de la pantalla pareció enojarse aún más—. No me hagas repetirlo. ¿Acaso crees que me gusta mucho que la gente se crea con el derecho de besarme cuando se le dé la maldita gana? —rió irónico—. Si ya me sentía incómodo cuando lo hacía una mujer, imagínate como me siento ahora que resulta también atraigo a los…

—¿Ibas a decir: maricas? —la rubia alzó una ceja ante el silencio del castaño y luego negó con la cabeza en señal de reproche. Su amigo estaba siendo extremista; era obvio que ella no entendía por lo que él estaba pasando, pero eso no le daba el derecho a insultar a la gente—. ¿No se supone que quieres a tu tío Paulo? El es gay, ¿a él lo tratas de marica? —dejó pasar unos segundos en los que el ítalo-español siguió con su mutismo y agregó—: No se trata de si es hombre o mujer, mujer u hombre da lo mismo, el punto es que si te ven como un objeto es porque no te haces respetar —y adelantó sus palabras al ver que el ojiverde iba a comenzar a reclamar—. Te besan, ya, ¿y luego qué? Sales corriendo o te quedas parado como un traumado, ¡y no te atrevas a negarlo porque yo misma he visto que reaccionas así! ¡Si esa otra persona es tan descarara como para incomodarte, deberías mínimo gritarle en su cara y hacerte respetar!

—¡¿Crees que no lo hice?! ¡Le grité a Christian hasta que me echaron de la biblioteca!

—Espera, espera… ¿ya no es simplemente: el idiota? ¿Ahora tiene nombre? —interrumpió las palabras de su mejor amigo y es que desde que habían comenzado a conversar por eskaip Adamo se había referido a su "atacante" como "el idiota"… el idiota esto, el idiota lo otro. Sin poder evitarlo, agregó—: ¿No será que no te molestó del todo que te besara? ¿Te gusta? ¿Es guapo? Búscalo en hetabook, quiero ver sus fotos.

—¡No buscaré nada! —clamó enfadado y con las mejillas rojas a causa del mismo; Alexis se estaba riendo de él cuando lo único que necesitaba en ese momento era alguien que compartiera su desprecio por el idiota español que se había aprovechado de él… bueno, no aprovechado, lo que se dice aprovechado, porque sí, admitía que pudo haberlo apartado apenas tuvo oportunidad, un rodillazo habría bastado. Mordió su labio inferior y clavó su vista en las teclas de su computador… tenía que admitir que Christian no había sido igual al Dj de la fiesta de graduación porque, en primer lugar, había sido más brusco, pero también, y por contradictorio que sonara, había sido cálido y hasta cierto punto sus palabras lo habían tranquilizado por unos segundos. Frunció el ceño—. Maldita loca, ¿qué estás insinuando?

Clavó nuevamente sus ojos en la pantalla, aunque un segundo después de arrepintió de haberlo hecho, pues Alexis le estaba mirando con una mueca de burla tan grande que no fue capaz de soportarla. Enojado, bajó bruscamente la pantalla del notebook, cortando en el acto la comunicación. Se quitó los audífonos y gruñó cuando, minutos después, su teléfono celular había comenzado a sonar… ¿tanto dinero tenía Alexis como para hacer una llamada internacional sólo para reírse de él? Rodó los ojos, hastiado y apagó el aparato. Se acostó en su cama, usando su brazo como almohada y —sin poder evitarlo— pensó en las palabras de la rubia… definitivamente nunca, bajo ningún motivo, razón o circunstancia se atrevería a llamar marica a Paulo y se sintió mal… la rabia lo había hecho hablar de más. Suspiró y apenas y se inmutó cuando Martín ingresó a la habitación, aunque sí lo hizo que el argentino permaneciera tan callado. Ladeó la cabeza para poder mirar hacia la cama del rubio y se incomodó al verlo tan decaído… ¡si hasta parecía que se iba a poner a llorar! Siempre había creído que ver llorar a una mujer era complicado, no obstante, ver llorar a un hombre era diez mil veces peor.

—¿Martín?

—Peleé con Manu… y por una estupidez, che —suspiró abatido y abrazó la almohada. Adamo se incomodó a sobremanera al verlo así; era obvio que Hernández no había nacido con una sonrisa estampada en el rostro, sin embargo al ser la primera vez que lo veía triste no sabía cómo actuar. ¿Debía dejarlo solo o hablar con él y dejar que se desahogara? Se preguntó quién sería el muchacho que había mencionado y por qué la pelea con él le había afectado tanto—. Él tiene un genio complicado, ¿sabes? Pero así y todo lo quiero.

—¿Es tu mejor amigo?

—¿Eh? —el argentino levantó la vista y miró confundido al castaño frente a él—. Manuel es mi novio, ¿no te diste cuenta el otro día cuando nos encontramos en el campus? Teníamos las manos tomadas… sos re distraído, pibe.

Esperen un segundo… ¡¿Martín es gay?! El ítalo-español no estuvo seguro si había podido o no disimular la sorpresa de sus facciones. Habría puesto sus manos al fuego si alguien le hubiese preguntado si su compañero de habitación era un mujeriego, y es que todo parecía apuntar a que efectivamente lo era, con ese aire de grandeza que tenía en conjunto con su forma de ser tan descarada. Una vez más comprobó que las apariencias engañaban. Nuevamente se sintió mal… con el argentino no eran precisamente lo mejores amigos del mundo, apenas y se conocían hace una semana, sin embargo a él tampoco le llamaría marica. No supo cuánto tiempo permaneció en silencio, esperaba que no mucho. Cuando nuevamente le prestó atención al rubio, vio que estaba escribiendo algo por el teléfono… probablemente mensajeaba a alguien. Iba a preguntarle si quería hablar sobre la pelea, para desahogarse o si prefería estar callado, sin embargo el sonido de alerta de un mensaje nuevo le interrumpió. Vio a Martín fruncir levemente el ceño y luego escuchó la puerta siendo golpeada; el argentino suspiró y se levantó a abrir.

—¿Qué querés?

—Hablar.

—Yo no —gruñó. Adamo le miró confuso; apenas unos minutos atrás Martín estaba completamente afligido debido a haber peleado con su novio y ahora no quería hablar con él. El orgullo humano sí que podía hacer estragos. El rubio intentó cerrar la puerta, sin embargo una mano se lo impidió; no podía ver quien era la otra persona… tenía curiosidad por saber cómo era el novio de su compañero, después de todo aquella vez no había prestado especial atención a su acompañante.

—Puta la wea, Martín sí sé que la cagué… pero hablemos po'

El aludido se removió incómodo, aunque no pasó mucho antes de que terminara cediendo a la petición de su contraparte. Martín miró a Adamo para pedirle que por favor luego le abriera la puerta, pues sus llaves estaban sobre el escritorio y quería solucionar su problema de inmediato. Ni siquiera le dio tiempo a responder, pues apenas terminó de hablar cerró la puerta y se fue. El castaño rodó los ojos y volvió a acomodarse en la cama… no pensaba salir de la habitación así que esperar al rubio no era problema para él, además podía aprovechar de buscar el libro de necesitaba por internet… sin poder evitarlo de sonrojó y maldijo por ello.

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Antonio sonrió de nueva cuenta cuando Roderich le informó por teléfono que debía nuevamente ir a la casa de su más reciente cliente, pues sus declaraciones estaban incompletas y al estar el señor Tarenzi postrado en cama —luego de un lamentable accidente, el cual era precisamente el que estaba denunciando— bueno, correspondía al encargado del caso procurar tener el tiempo para ir y recolectar todos los antecedentes posibles. A fin de cuentas el español no podía estar más feliz y no, no porque tuviera que hacer una aburrida visita, sino porque la casa de dicho cliente quedaba prácticamente al lado del hospital… luego podría pasar a ver a Lovina al trabajo y aquella había sido la única razón por la que no le reclamó a su jefe hacer algo que usualmente se le pedía a los chicos que apenas comenzaban con la práctica profesional. Antes de salir de su despacho procuró acomodar perfectamente su traje y agradeció al cielo cuando, en la mañana, se le ocurrió usar uno de los mejores… tenía en mente invitar a cenar a la italiana y con algo de suerte e insistencia sabía que lo conseguiría; Antonio era un hombre optimista y casi nunca lograba dimensionar en verdad lo difícil que podrían ser alguno de sus propósitos.

Cuando ingresó a la casa de la persona que debía defender, no pudo evitar deprimirse… cada rincón olía a enfermo, fármacos en general, además que el ánimo no parecía ser de los mejores. Por supuesto que estuvo más que gustoso apenas terminó con todo lo que necesitaba y se tomó un par de segundos fuera de su auto para tomar aire fresco. Lo movió luego hasta el frontis del hospital —claro que dejó despejada la entrada, no era tan inconsecuente—. Ingresó a las dependencias con una enorme sonrisa y ésta se acentuó cuando logró por fin divisar a Lovina, y aunque tuvo que esperar pues la italiana estaba ocupada con un paciente e ignoró a una enfermera que le reclamó que no podía estar ahí, no mermó ni un poco su sonrisa. Vio a la mujer suspirar cuando por fin reparó en su presencia y sacarse los guantes de látex antes de acercarse a él.

—¿Estás herido?

—¿Así me saludas? Que mala, Lovi.

—¿Estás enfermo entonces? —omitió olímpicamente las palabras del español, más aún la mueca que éste emitió al sentirse ignorado. Le miró de pies a cabeza, sonrojando levemente al comprobar lo bien que se veía y se reprochó por ello. Le dio la espalda para que no notara su nerviosismo y se mordió el labio inferior—. Parece que tampoco… bueno, seguiré trabajando.

—Espera, Lovi… —llamó a la mujer y no hesitó un segundo en tomarle el brazo y atraerla a su cuerpo, aunque no la abrazó; tampoco quería que la italiana reaccionara mal y que lo apartara de la peor forma. Antonio suspiró y clavó su completa atención en los ojos de Lovina, que en ese momento tenían un destello de rabia y resignación. Suspiró, odiaba ser el causante de ese tipo de sensaciones.

—¿A qué viniste, Antonio? ¿Me vas a decir que también te aburriste de mi indiferencia y que a causa de eso encontraste a alguien que realmente se interesa en ti y que te quiere? —su voz de quebró, sin embargo así y todo hizo un movimiento brusco para separarse del español y poder seguir caminando. Claramente no era culpa de Antonio, ni del encuentro que había tenido con Jett hace apenas una hora… era solo suya, fue ella quien no le prestó suficiente atención e interés a cada una de las acciones del australiano, fue ella la que nunca lo llamó, la que sólo atendía cuando él lo hacía o la iba a buscar al trabajo para, antes de volver a su casa, pasar a tomar un café en algún lugar lindo. Era obvio, debió haber previsto que Jett acabaría rindiéndose ante su indiferencia y que acabaría conociendo a alguien que sí lo apreciara, una mujer que se sintiera la más dichosa de la Tierra con cada uno de los detalles que se le ofrecían. Jett era un hombre maravilloso, por donde sea que lo miraras no podías encontrar defectos en él… si hasta había ido a buscarla sólo para decirle que se rendía, pero aún así le deseó la mayor felicidad y que, en la medida de lo posible, encontrara a alguien que realmente le hiciera perder la cabeza… en el buen sentido, obvio.

Y se sintió tonta, se sintió como un monstruo al darse cuenta que había apartado de su vida a un hombre realmente increíble que estaba más que dispuesto a enamorarla. Sintió los ojos arder y miró al cielo para impedir que alguna traicionera lágrima se atreviera a arruinar su perfecto maquillaje —que claro, ya antes había arruinado a causa de su inconsecuencia, pero no volvería a hacerlo… al menos no durante el trabajo—. Sintió entonces los brazos de Antonio alrededor de su cuerpo y supo que no podría más; se acurrucó en el pecho masculino y, aunque no lloró, permaneció así todo el tiempo que le fue necesario… tampoco lo abrazó, apenas y sentía fuerza en los brazos así que dejó que simplemente estos cayeran inertes a ambos lados de su cuerpo. Escuchó al español proponerle ir a por un helado y es que sólo él sabía —bueno, Adamo también, pero su hijo estaba lejos— que uno de estos era lo suficientemente capaz de animarle y hasta hacerle sonreír; no importaba la época del año, un helado siempre era bienvenido para ella.

—Sí —murmuró apenas y fue entonces cuando su subconsciente hizo acto de presencia. "Eres una perra egoísta. ¿Acaso crees que Antonio va a estar ahí siempre que quieras? Un día se va a aburrir, igual que Jett y te vas a quedar sola, por egoísta". Simplemente ya no pudo seguir conteniendo sus lágrimas y hasta tomó fuerzas para abrazar posesivamente al español; admitió, muy dentro de sí, que si Antonio se alejaba no sabría qué hacer… por más que haya llorado a causa de lo que le hizo hace ya tantos años lo seguía amando y enserio dudaba que eso cambiara algún día. Era Antonio, su Antonio, su bastado y sabía, sabía que moriría el día que este pasara de ella. Subió las manos y las posó sobre las mejillas del hombre, haciendo que bajara la cabeza para chocar con cuidado ambas frentes—. No me dejes…

—No lo haré. Lovi, mi amor, nunca sería capaz de dejarte.

Las palabras emitidas le supieron a gloria, no obstante dentro de su cabeza sólo resonaba una palabra que la hacía sentir como el ser humano más desgraciado de todo el universo: egoísta, egoísta, egoísta.

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—¿Enojadito? —Adamo supo que aquella voz con una clara evidencia de burla sólo podía pertenecer a una persona. Hastiado, omitió voltear a ver y, por el contrario, continuó hablando como si nada con sus compañeros. Debía admitirlo, luego de aquel… osado, movimiento por parte de Christian, ahora se ponía nervioso cada vez que lo veía o alguien, por azares del destino, hablaba de él. Maldito, maldito idiota, no había podido dejar de maldecirlo por atreverse a besarlo y luego ignorarlo. ¿Quién demonios se creía? Ni que fuera la gran cosa. Era un bastardo. Y lo peor de todo era que las palabras de Alexis seguían dando vueltas en su cabeza. Debía admitir que la sensación había sido distinta a la experiencia con aquella chica en el colegio... y ni mencionar al Dj de la fiesta de graduación. Sonrojó de pies a cabeza nada más al finalizar el recuerdo.

Adamo pareció volver al presente, justo para despedir a los chicos que había dejado de escuchar por estar sumido en sus pensamientos. Suspiró, nervioso al pensar en voltear y chocar con la mirada engreída del español —no había sido demasiado complicado notar su acento—. Se infundió valor y le miró con el mayor desprecio que fue capaz —que en realidad, no fue mucho. Como actor se moría de hambre—. Christian pareció encantado de por fin tener la atención del menor y no dudó un segundo en darle un rápido beso en la mejilla y luego reír al ver el automático sonrojo en el de ojos verdes.

—Primero casi me violas y ahora me das un beso en la mejilla —su rostro se mostraba como una grana, completamente indignado ante el poco tacto de su acompañante. ¡Quién demonios se creía! A ese paso lo golpearía y le importaría un carajo que alguien lo viera.

—Creí que me habías dicho que debía moderarme un poco.

—¡No hablaba de esto! ¡Y nunca dije que debías moderarte! ¡Dije que tenías que alejarte de mí, maldita sea!

No pasó por alto la sonrisa altanera de Christian. Adamo advirtió sus movimientos y supo que el mayor era bastante capaz de besarle ahí mismo, delante de todos los transeúntes; tragó en seco y atropelló sus palabras, en un intento por tranquilizar las… ¿hormonas? Bueno, a fin de cuentas para calmar todo el impulsivo ser de su interlocutor. Pensó seriamente en si estaba pagando algún tipo de karma o algo así… ¿por qué debía ser precisamente un español el que lo tuviera tan confundido y nervioso? Aún cuando él en parte también fuera uno, los odió con toda su alma. Acomodó la mochila sobre su hombro y dispuso a caminar directo a su habitación, no obstante no tomó en cuenta las intensiones de Christian…

Y bueno, tenía hambre y nunca rechazaba comida gratis.

—El postre lo vemos después, ¿sí, guapo?

Sintió atragantarse con su propia saliva. ¡Ese tipo lo iba a volver loco!

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Primero lo primero: Feliz año nuevo mis queridas lectoras *o* Deseo de todo corazón que este año sea muchísimo mejor que el recién pasado.

Lo segundo:

*Ventanas: El espacio de tiempo que hay entre una clase y otra. La verdad no sé cómo le llaman en otros países, no me dediqué a investigar.

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Como apareció un nuevo personaje, obvio dejaré un dibujo en mi perfil. Mhm... los reviews los contestaré mañana, ahora tengo flojera :C ah, creo que eso es todo.