Lo siguiente tiene lugar entre las 11:00 y las 12:00 de la mañana del 4 de septiembre.
Los hechos ocurren en tiempo real.
Pueden venir con sus bombas,
Pueden seguir con sus normas,
Pero amor, yo puedo resistir.
Estabas encargándote de que se llevara a cabo la evacuación cuando sucedió. Faltaba minuto y medio para que las agujas del reloj se posicionaran marcando las once de la mañana cuando una bomba estalló en el edificio de la Unidad Antiterrorista de la ciudad de Los Angeles, arrastrando consigo todo lo que halló a su paso y dejando como resultado columnas de humo negro elevándose hacia el cielo, oscureciéndolo todo, un montón de escombros diseminados por todas partes y los cuerpos de aquellos que no lograron escapar a tiempo desperdigados por el suelo, la mayoría de ellos inconcientes y muy malheridos.
Pero vos estás viva. Viva. Acabas de sobrevivir a una explosión con un par de rasguños como único resultado de la misma.
Acabas de resistir a una bomba, a diferencia de otros que no lo hicieron, a diferencia de otros que no pudieron hacerlo. Acabas de resistir a una bomba, y todo lo que queda como memoria de ella son los rasguños partiendo en microscópicos pedazos las moléculas de tu piel.
Un par de rasguños y recuerdos traumáticos e imborrables se te va a ocurrir luego, y el pensamiento va a ser expresado en palabras susurradas despacio y con timidez al hombre de tu vida mientras te acuna en sus brazos y te promete cuidarte para siempre, pero aún ese momento dista de llegar; ni siquiera vos sabés que ese instante tan soñado te aguarda en el futuro inmediato.
Aún no te diste cuenta de la gravedad de lo sucedido, aún seguís impresionada y atontada, aún seguís tratando de procesarlo, aún estás asimilando todas las emociones y sensaciones que se te mezclan en el pecho y en la cabeza, aún estás recobrando los sentidos después del terrible estallido del que acabas de ser parte. Lo único de lo que sos conciente es de un dolor abdominal muy fuerte y de unas cuantas raspaduras de aspecto penoso en los brazos, en las piernas y en la frente. Todo tu cuerpo, tu cabello enrulado y tus ropas están cubiertos de un polvo blanco – cal, probablemente, se te ocurre, y si estuvieras en circunstancias distintas te reirías de vos misma ante tremenda obviedad– que se siente áspero al tacto.
Inmersa en tus pensamientos estas, inmersa tratando de entender lo que acaba de ocurrir, inmersa tratando de que tus sentidos y tu cerebro y todo el resto de tu anatomía vuelvan a conectarse y te dejen funcionar como un ser humano pensante otra vez y no como esta cosa viva que respira y resiste sin saber qué es lo que está haciendo. Inmersa estás cuando los gritos de socorro perforan el aire viciado y llegan a tus oídos, arrancándote feroz e inesperadamente de los brazos de la abstracción en la que caíste sumida después de que la explosión tuviera lugar. Tus ojos por primera vez miran y ven en vez de simplemente mirar sin ver, y notas como otros de los sobrevivientes, otros de los resistentes, los que todavía respiran, se levantan de entre las ruinas y comienzan a caminar aturdidos, heridos y confusos en busca de ayuda, tratando también ellos de entender lo que pasó minutos atrás.
Te levantas también, te pones de pie haciendo uso de toda la fuerza que te queda, y empezas a caminar. Tus ojos están fijos en el suelo, y cada vez que se topan con el cuerpo inconciente y caído de alguno de tus compañeros de trabajo, tu corazón se contrae en tu pecho y sentís una punzada ardiente de dolor cortándote en dos mientras todas tus terminaciones nerviosas se prenden fuego y envían corrientes eléctricas que causen se erice tu piel: todas esas personas estaban vivas, sanas y salvas tan sólo diez minutos atrás, todas esas personas tenían un futuro por delante, todas esas personas tenían familiares y amigos que los amaban, todas esas personas merecían vivir, todas esas personas merecían resistir...
Pero no fue así. No lo hicieron. No sobrevivieron. No resistieron. Y vos sí. ¿Por qué vos sí y ellos no? Esa es la pregunta que mañana va a martillar tu cabeza con salvajismo cuando el tiempo se detenga y tengas un segundo para sentarte a meditarlo, porque en este momento hay un solo pensamiento ocupando tu mente y es – claro está – dónde se encuentra él, cómo se encuentra él, en qué condiciones, en qué estado...
Es a él a quien buscas con la mirada y es por él que tu corazón late dolorosamente desaforado. Es por él que te cuesta respirar. Es por él que tenés miedo.
Vos resististe... ¿Habré él resistido?
Susurras su nombre muy despacio con cada paso que das, casi imperceptible es el sonido de esas dos sílabas que a cada segundo dejan tus labios, y nadie más que vos puede escucharlas. Sin embargo, llega un momento en que encontras el cuerpo de un hombre a tus pies, un hombre de su altura, de su contextura física, vestido con ropas muy similares a las suyas, boca abajo y ya sin pulso... Y es ahí cuando tu mundo entero se detiene, es ahí cuando para vos la Tierra deja de girar, es ahí que tu corazón deja de latir y entonces lo que antes era un nombre musitado se convierte en un grito desgarrador que te lastima la garganta al tiempo que caes arrodillada junto a él y los ojos se te llenan de lágrimas.
"Tony..."
La desesperación se apodera de todo tu ser y en la pantalla de cine de tu cabeza ya comienzan a reproducirse toda clase de posibles escenarios en los cuales se representan historias tristes, manchadas de llanto y que terminan todas de la misma manera: vos te morís de amor antes de siquiera haber conocido lo que el amor es realmente, porque la oportunidad te fue arrebatada cuando una bomba estalló y provocó la muerte del único hombre al que le hubieras entregado todo sin pensarlo ni siquiera una vez.
Pero la fantasía trágica, la proyección de esos escenarios no dura más que medio minuto, porque enseguida el alma te es devuelta al cuerpo cuando entre los llantos de dolor y los pedidos de socorro escuchas la única voz que podría rescatarte del más profundo abismo, de la más terrible pesadilla y del más ardiente infierno elevándose por sobre el resto de los ruidos.
"¡Necesitamos ayuda!"
Cuando levantas la cabeza – incrédula y pensando que los nervios están jugándote una mala pasada – y lo ves ahí, cerca del pie de la escalera que conecta el piso principal con el despacho del director, arrodillado, ayudando a uno de los técnicos, Luke, a ponerse de pie. Lo ves ahí, sano y salvo, y comprendes que el hombre que yace muerto a tus pies es otro bastante parecido a él en contextura y vestimenta, pero no es él.
Te acercas hacia donde está, y tu primer instinto es el de arrojarte en sus brazos y quedarte acurrucada ahí hasta que el mundo acabe, perderte en el sonido de su respiración, confesar de golpe todas y cada una de las emociones que te provoca y pedirle que te deje vivir con él cada día como si fuera el último y mañana no existiera (y es que la realidad es que no saben si mañana existirá). Estás a punto de hacerlo, estás a punto de echarle los brazos al cuello en un arrebato cuando las palabras que te dice a continuación te cortan en seco y hacen que vuelvas a la realidad, y cuando sucede, te cuesta contener el suspiro mezcla de angustia y desilusión que pugna por deslizarse entre tus labios: la idea del príncipe dado por muerto regresando a los brazos de su princesa es poética y digna de un cuento de hadas, pero no de la situación en la que ambos están sumergidos en este momento.
"Michelle, necesito que empieces a hacer una lista con todas las víctimas" en su voz puede notarse que está tan sorprendido, alterado y conmocionado como todos los demás. Preocupado, también, por las vidas perdidas y por las que podrían llegar a perderse dentro de los próximos minutos si no se actúa con rapidez y precisión. Nunca en todo el tiempo que lo conoces lo viste así: tan expuesto, tan frágil, tan vulnerable, con los ojos tan llenos de incertidumbre, confusión y pena.
Cómo desearías poder tocarlo. Cómo desearías robarle un beso por cada noche que lo soñaste y cada mañana que te despertaste sola y angustiada. Cómo desearías poder anidarte en sus brazos, enterrar la cabeza en la base de su cuello para poder sentir su pulso y saber que de verdad está vivo.
Durante media fracción de segundo estuviste a punto de perder la batalla contra las ganas crudas, simples e incontenibles de expresar el inmenso alivio que sentís inundando cada célula de tu cuerpo, pero un barrera de acero se interpuso cuando él te dijo esas palabras para nada románticas, palabras que te devolvieron al plano de la realidad.
Una bomba acaba de explotar, otra mucho más poderosa y destructiva podría ser detonada en el transcurso de las siguientes horas, el tiempo corre con una rapidez que asusta y es mucho lo que debe ser hecho si quieren evitarse tragedias y catástrofes mayores, especialmente ahora que como consecuencia de este ataque que la CTU ha sufrido muchas de las personas que podrían haber puesto sus conocimientos y capacidades en uso para lograr detener los planes del grupo terrorista detrás de esta serie de atentados por venir han resultado heridos o yacen muertos.
No hay tiempo para que te entregues a tus sentimientos y los grites a viva voz; no hay tiempo para buscar en él la tranquilidad, dulzura y consuelo que necesitas, ni para brindarle vos a él la contención de la que cualquier humano se encontraría en necesidad después de haber pasado por una experiencia como esta. No hay nada que precises más que un poco de mimos en estos momentos, pero el lugar y el tiempo no son los adecuados, así que te ves obligada a tragarte las ganas, a quedarte firme en el molde, a actuar compuesta y profesional y hacerte cargo de todo aquello que necesita ser atendido.
"Ya me ocupo" apenas llegas a murmurar, tus ojos aún clavados en él, como si siguieras tratando de dar crédito a lo que te muestran, como si una parte de vos quisiera asegurarse nuevamente de que él está ahí.
Sobrevivió, resistió, y está ahí. A escasos pasos de vos. Cerca, cerca y lejos a la vez, porque perder la compostura no te está permitido, porque hay barreras visibles e invisibles que no pueden ser cruzadas, hay obstáculos tangibles y abstractos que no pueden ser superados, porque una crisis está latente y a punto de (literalmente) estallar, porque tu cabeza y tus sentidos tienen que estar enfocados en otras cosas.
Lo miras fijo durante otros dos segundos sin realmente estar mirando lo que sucede alrededor, sólo contemplándolo a él como si de un Dios griego se tratara, hasta que de pronto algo se sacude dentro de vos y la realidad que te ciñe se vuelve aún más real: el hombre que estás observando con obsesiva intensidad se encuentra de rodillas junto a una viga caída, ayudando a un paramédico a mover ladrillo por ladrillo y rescatar a la persona que, desangrándose a causa de las graves heridas infligidas, yace debajo, cubierta por los escombros.
Te toma sólo una fracción de milisegundo reconocer de quién se trata: es Paula.
Paula, una chica joven y con toda la vida por delante. Paula, la analista nueva, la muchacha inteligente, la que siempre soñó con trabajar en una agencia del gobierno, la que pregunta doscientas veces cuál es la manera más indicada de llevar a cabo cualquier tarea antes de hacerlo y sólo por si acaso lo hace de todas las maneras posibles, la que hoy hace menos de dos horas estaba asustada pero aún así determinada a hacer su trabajo... Paula, enterrada entre los escombros, su cuerpo sepultado por una pila de ellos y una pesada viga caída sobre ella, impidiendo que puedan sacarla no sin antes haber removido ladrillo por ladrillo.
El corazón empieza a latirte fuerte, muy fuerte de nueva, y esta vez sentís el sabor agrio de una angustia profunda empalagándote la garganta y la boca.
Hace menos de media hora te cruzaste con ella en uno de los baños. Hace menos de media hora estaba bien, estaba viva. Asustada y preocupada, sí, pero viva. No podés evitarlo, y mientras te alejas de aquel lugar con los ojos cargados de lágrimas amargas que se niegan a caer y a deslizarse libres por tus mejillas, la conversación que tuvieron apenas escasos veinte y tantos minutos atrás se repite en tu cabeza, hace eco en los confines de tu mente, repiquetea en tus oídos, taladrándolos, y el dolor que sentís ya no es físico, porque cualquier malestar físico ha sido mitigado por el emocional.
Con pasos rápidos y esquivando a los múltiples paramédicos que se hayan abocados a la tarea de sanar a los heridos y meter a los cadáveres en bolsas negras, te dirigís a la sección de la CTU que no quedó afectada por la pequeña bomba que estalló, y las palabras de Paula – quizá sus últimas palabras a mi – se ciernen sobre vos como la sombra de un fantasma.
"Nací y me crié en Los Angeles... Todos mis amigos y mi familia viven acá, y no puedo llamarlos y avisarles lo que está ocurriendo... Si esta bomba estalla, probablemente vayan a morir..."
Y vos trataste de calmarla. Trataste de consolarla. Trataste de que se tranquilizara. Le dijiste que todo iba a estar bien, que si trabajaban en equipo la crisis podría detenerse. Le dijiste que los resultados de esto dependían de muchas cosas, pero que probablemente no sucediera nada grave... Y treinta minutos más tarde esta pobre chica se encuentra inhumada debajo de una viga, desangrándose.
Llegas al sector donde se hallan los escritorios y equipos tecnológicos que no han sido del todo dañados; el polvo y el humo están por todas partes y la mayoría de las cosas fueron tumbadas cuando la explosión aconteció y ahora están desparramadas por el suelo, pero dentro de todo podría decirse que te encontras en la porción menos dañada.
Hay una silla volcada en el suelo, silla que levantas casi de manera automática, y te dejas caer en ella, permitiéndote unos segundos para respirar hondo y tratar de calmarte antes de que los sentimientos acaben por desbordarte y colapses allí mismo; arrojarte al suelo, ponerte en posición fetal, ovillarte, cerrar los ojos con mucha fuerza y colapsar no parece una mala idea, pero el deber viene primero, y una crisis nerviosa es un lujo que hoy no podés darte.
Rápidamente te pones a trabajar en la tarea que Tony te asignó, tratando de mantener los pensamientos lejos de tu cabeza, tratando de empujarlos hacia fuera, tratando de tener la mente en blanco y no llena de sombras horribles... Y durante los primeros cinco minutos la técnica funciona, pero llega un punto en el que todo empieza a volverte de golpe.
La explosión...
La bomba...
Todas esas pobres personas que no sobrevivieron...
Todos los heridos...
Buscar a Tony con la mirada entre el montículo de dañados y cadáveres...
Pensar durante infernales seguros que estaba muerto. El amor de tu vida, muerto, su cuerpo sin vida a tus pies, tu anatomía entera soportada por sus frágiles rodillas delante del supuesto cadáver del hombre al que amas...
Su voz rescatándote de entre las llamas de la perdición.
Tony, vivo. Ahí, sano y salvo, ya ocupado ayudando a aquellos que – a diferencia de ustedes y de otros pocos afortunados – no tuvieron la suerte de resistir.
Paula enterrada entre los escombros, desangrándose, y Tony junto con un par de paramédicos sacando ladrillo por ladrillo, intentando levantar la viga para sacarla de allí abajo...
Esa es la imagen que vuelve a tu mente segundo tras segundo: Paula, en ese estado, bordeando la muerte. Esa imagen y otra aún peor, que te corta la respiración y te parte al medio: Tony inhumado entre los escombros, Tony debajo de esa viga gigantesca, Tony sangrando hasta la muerte, Tony gravemente herido...
Podría haber sido él. Podría haber sido él y no ella. Podría haber sido él el que no resistiera. Podría estar él sepultado debajo de los escombros, perdiendo cada gota de sangre en el cuerpo. Podría ser él debatiéndose entre la vida y la muerte...
Pero no lo es.
Basta, Michelle.
Toses un poco a causa del polvo, respiras hondo y empezas a hacer la lista que Tony te pidió. Va a ser difícil, va a ser doloroso, pero tiene que ser hecho, y tenés que hacerlo vos.
Mientras te 'paseas' por entre los escritorios, intercambiando eventualmente alguna palabra con los paramédicos o las víctimas que se encuentran concientes, observas que ahora que se han disipado el humo y la negrura general puede notarse que el destrozo físico no es tan grande: la mayoría de la estructura del edificio se haya – dentro de todo – intacta, exceptuando por algunos puntos clave como aquel en el que Paula cayó atrapada presa de una trampa de cemento y metal. La bomba estaba destinada a matar gente y colapsar los sistemas de energía eléctrica, no a derribar el edificio y dejarlo reducido a cenizas. Eso, de alguna manera, tiene que ser un consuelo.
Cuando llegas al escritorio de Tony, tratas de evitar por todos los medios sucumbir ante la urgencia de quedarte deambulando alrededor de sus pertenencias por más tiempo del debido. Es un hábito que tenés: cuando estás asustada, débil, indefensa, vulnerable o todo al mismo tiempo, soles rodearte de cosas que te generen bienestar, seguridad (es un tanto vergonzoso confesarlo, pero la mantita que llevabas a todas partes cuando tenías cuatro años y una muñeca de tela que tu papá te regaló son parte de la lista de esos objetos); se te ocurre por breves instantes que sus cosas, cosas tan simples como las que pueden hallarse en su escritorio, podrían llegar a surtirte el mismo efecto tranquilizador, aún cuando están todas desordenadas y cubiertas de cal.
De nuevo perdida en tus pensamientos estás cuando el sonido de un teléfono te arranca del ensimismamiento.
Es su teléfono.
Rápidamente lo ubicas entre el montículo de papeles y lapiceras volcados sobre la superficie del escritorio, y contestas:
"Teléfono de Tony Almeida" decís, y del otro lado de la línea te responde la voz de un hombre.
"¿Quién habla?" es cortante, firme, precisa y va directo al punto. Si bien no podés reconocerla enseguida, ya se empieza a formar en tu cabeza una idea acerca de quién puede ser.
"Michelle Dessler. ¿Quién habla?"
"Michelle, soy Jack Bauer. ¿Qué está pasando ahí ?
Sí, a Jack Bauer le gusta ir definitivamente al punto clave del asunto.
"Hubo una explosión hace como" mirás el reloj que tenés en la muñeca "... veinte minutos" te sorprende el tiempo que ha transcurrido desde el momento de la explosión. Tiempo que perdiste pensando en Tony, en Paula, mesurando tus sentimientos, tratando de contener las lagrimas, tratando de llevar a cabo la tarea que se te asignó, tratando de no desmoronarte, tratando de no caer hecha añicos y rota en mil pedazos en el polvoriento suelo de la CTU "Hay hasta ahora veintiún muertos y el número va en aumento" se te forma un nudo en la garganta cuando decís por primera vez en voz alta la realidad: veintiún personas murieron hoy, veintiún personas que hace menos de una hora estaban vivas, y muchas otras se encuentran en situación crítica y con escasas posibilidades de recuperarse.
"¿Por qué no evacuaron la CTU?" Jack pregunta con una mezcla de sorpresa e irritación.
"No hubo tiempo" es la simple respuesta que le das.
"¿Cómo que no?" Dios, ¿acaso este hombre piensa que menos de diez minutos alcanzan para evacuar a un edificio entero? "¿Y Mason?, ¿dónde está?"
Buena pregunta.
"No estaba acá cuando todo esto paso" volvés a responderle con simpleza, sin querer entrar en detalles. Nunca te sentiste muy cómoda hablado con desconocidos, y si bien sabés que Jack es alguien digno de confianza, lo conociste meras horas atrás esta mañana y sabés lo que piensa de Mason, sabés que no le cae bien para nada, sabés que hasta podría denominarse odio y resentimiento lo que siente por él; decirle que Mason se fue sería avivar el fuego, echar más leña, porque puede que vos sí creas que lo de la pista en Bakersfield era cierto y que no estaba tratando de fugarse antes de que estallarán los problemas, pero Jack no compraría esa versión y daría por sentado lo peor: que Mason abandonó a la CTU y a sus responsabilidades como director en el momento de mayor necesidad.
"¿Y Tony Almeida?"
La sola mención de su nombre hace que tu corazón lata el triple de fuerte.
"Él está bien" del mismo modo en que decir en voz alta la cantidad de compañeros de trabajo caídos en servicio te afectó desde la raíz del cabello hasta las puntas de los dedos de los pies, decirle a otro ser humano que Tony Almeida está bien, que está vivo tiene en voz un efecto tranquilizador que te lava desde adentro hacia fuera y te relaja, incluso si sólo por pocos segundos "Está ayudando al equipo de rescate" continúas explicándole a Bauer, y tu vista se desvía casi como si tuviera voluntad propia hacia donde se encuentran los paramédicos tratando de liberar a Paula de entre las ruinas de la viga que se cayó sobre ella. Tragas saliva con dificultad y volteas hacia otro lado.
"Michelle, ¿podrías ayudarme tomando nota de algo?" te pide Jack.
"Sí..." rápidamente buscas entre el revuelto de cosas un lápiz y un papel y te dispones a prestar atención a lo que Jack tiene para decirte.
"He ubicado a Joseph Walt y voy a ir a buscarlo" te anuncia.
"¿Qué pasó con la gente de Walt?" preguntas, queriendo saber cómo resultó la misión de Bauer de inmiscuirse en el depósito de autos usados con todos esos delincuentes y hacerse pasar por su amigo.
"Están todos muertos, tuve que matarlos" anuncia como quien no quiere la cosa, como si asesinar a media docena de hombres en menos de dos horas fuera lo más normal del mundo.
"¿Muertos?" escuchas decir a tu propia voz en tono de sorpresa.
Cuando vuelva a hablar, casi sentís que está evitando profundizar acerca de las muertes de los hombres de Walt porque se dio cuenta que el tópico hizo que te sintieras incómoda. Después de todo, llevas menos de un año trabajando en la CTU y toda tu experiencia previa fue adquirida en Distrito, donde no existen operaciones de campo: es normal que no estés acostumbrada a que tus compañeros de trabajo te cuenten alegremente que dispararon unas cuantas balas después del desayuno, incluso si las personas que perecieron eran delincuentes y agrupaciones pro-terroristas que amenazaban la seguridad y bienestar de la Nación.
"Avísenle a Mason que estoy dirigiéndome a la residencia de Joseph Walt" te dice la dirección, y la apuntas rápidamente en el papel que tu mano izquierda está sosteniendo.
"Voy a enviar refuerzos"
"Bien, gracias" una pequeña pausa antes de que Bauer vuelva a hablar "Michelle, decile a Mason cuando vuelva que logré hablar con Kim, y que va a salir de la ciudad"
Kim.
"Sí, llamó acá hace un rato y habló con Tony" le explicas, y cuando ya sentís una nueva punzada de celos quemándote el estómago te obligas a recordar las palabras que él te dijo.
Kim Bauer es una amiga.
Solamente quería que lo supieras.
"¿Sí?" Jack suena sorprendido "¿Qué dijo?"
"No sé, pero puedo averiguarlo" y esta vez sí en tu voz se coló un dejo de irritación: acaban de sufrir un atentado, hay veintiún personas muertas – a esta altura quizá más; después de todo, con cada minuto que pasa el riesgo para aquellos en peor situación aumenta -, probablemente toda la información que la CTU había averiguado sobre la amenaza de bomba nuclear se haya perdido, hay heridos diseminados por todas partes sumidos en la lucha por sobrevivir, las vidas de miles de millones de ciudadanos norteamericanos están en juego, y Jack Bauer pretende que ustedes pierdan un valioso tiempo que ni siquiera tienen jugando a encontrar a su hijita.
"Bien. Cualquier cosa avísenme" te pide, y luego procede a cortar la comunicación.
Ni bien acabas de depositar el tubo del teléfono de vuelta en su lugar, ves a Tony caminando en tu dirección.
"Tony" llamas su atención con voz suave, causando que se detenga a tu lado.
"¿Qué pasa?" el tono enérgico sigue estando ahí, pero te atreverías a decir que ha sido diezmado por las circunstancias.
Luce devastado, triste, preocupado, abatido, está todo cubierto de polvo blanco y hasta te animarías a decir que un leve estremecimiento recorre su cuerpo a causa de la mezcla de nervios y ansiedad, pero lo que se nota más que nada y por encima de todas las cosas es su decisión a seguir trabajando hasta el final, sin dudar ni vacilar, sin que le tiemble el pulso.
Está decidido a seguir resistiendo, tan decidido como vos lo estás, y eso te consuela. Sin embargo, hay un destello en sus ojos que revela cuán graves, profundas y dolorosas son las heridas que lleva dentro, no solamente heridas provocadas recientemente por lo que acaba de suceder, si no heridas de toda la vida que siguen allí, abiertas y sin curar.
Dios, daría todo por sanarte aunque sea un poco...
Antes de darte cuenta de lo que estás haciendo, tu mano se extiende hacia él y – tan pequeña e insignificante si es comparada con el resto de su anatomía – se cierra alrededor de su brazo. Es apenas un gesto, es apenas un leve roce, pero el contacto físico – por más ligero que sea – con la persona que amas es, en momentos como estos, una de las cosas más hermosas que podrían pasarte, incluso si simplemente estás tocando su brazo de manera casual y para nada íntima.
"Acabo de hablar por teléfono con Jack Bauer" le decís.
"¿Dónde está?" tu mano sigue ahí, en su brazo, y a él no parece molestarle para nada. Sus ojos están fijos en los tuyos, y son cientos de miles las emociones que ves emanando de ellos, tan fuertes que hasta pueden ser sentidas.
"Va en camino a ver a Walt. Quería que le avisaras a Mason" tratas de que la voz no te tiemble cuando hablas, de que no se note la mezcla de diversas emociones que están consumiéndote, y te enorgullece tener – después de todo – la capacidad de seguir sonando compuesta y profesional, la capacidad de controlarte a vos misma y no arrojarte de lleno en sus brazos como tu cuerpo, corazón y alma llevan pidiéndote a gritos desde que lo encontraste vivo luego de la explosión.
"Mason no va a venir, así que mejor envía la información a Seguridad Nacional" lo que te dice te sorprende, pero elegís no comentar nada al respecto; respetas mucho a Mason y le guardas cierto cariño, por lo que no querés andar desparramando acotaciones acerca de los motivos por los cuales se fue o los motivos por los cuales no volverá. Esa observación acerca de que Mason no va a regresar, preferís ignorarla.
"Bauer también preguntó por su hija Kim" deslizas el comentario al final de la conversación y por una fracción de segundo corres la mirada, como si el hecho de tener que volver a hablar de Kim con él después de lo que ha sido dicho entre los dos hace menos de una hora te resultara incomoda.
Y la realidad es que sí: te incomoda.
Te incomoda haber sido tan evidente, haber dejado que se entreviera a través de tu actuación de mujer compuesta y profesional el brillo salvaje de los celos.
Te molesta que se haya dado cuenta, te molesta haber sido tan obvia, te molesta haber quedado tan expuesta.
Y a la vez, a la vez te encanta que él lo haya notado, porque eso significa que te presta al menos algo de atención, la suficiente para haberse percatado de lo que estaba pasándote; te encanta que se haya acercado a aclararte que Kim Bauer es sólo su amiga; te encanta que te haya mirado tan profundamente cuando esas palabras dejaron sus labios, te encanta que te haya dicho que quería que lo supieras.
Odias haber sido tan evidente, y a la vez amas lo que eso despertó en él: la necesidad de acercarse a vos y disipar tus miedos, la necesidad de acercarse a vos y matar tus dudas, liberarte de lo que te provocaba celos tan hondos que hasta te causaban reacciones nerviosas que desembocaban en dolor físico.
Odias haber sido evidente, te encanta que él haya hecho que las dudas se esfumasen con esas palabras y esa mirada en la que percibiste tantas cosas, y te incomoda tener que hablarle de Kim en estos momentos porque aún estás avergonzada de vos misma por haber dejado que los celos te controlaran, pero le dijiste a Bauer que averiguarías para qué había llamado su hija, y tenés que hacerlo. Después de todo, una de las condiciones que Bauer impuso antes de aceptar colaborar con ustedes fue que se encargaran de que esa chica estuviera a salvo y fuera llevada lejos del radio de explosión de la bomba nuclear, y aunque te parezca que los recursos de la CTU deberían ser empleados en un cien por ciento a la detención del posible ataque terrorista, sos conciente de que lo prometido a Bauer debe cumplirse.
"Ay, no..." la mención de Kim provoca en Tony una reacción similar a la que tiene cualquier persona cuando recuerda de golpe algo importante que tendría que haber hecho pero que no hizo.
"¿Qué pasa?"
"Kim estaba dirigiéndose hacia acá, cuando hablamos por teléfono le dije que viniera a verme" ya entendés entonces de dónde surge la preocupación, por qué los ojos se le pusieron como platos y soltó ese Ay, no cuando dijiste que Jack había preguntando por Kim: si la chica estaba yendo hacia la CTU, es muy probable que se encontrara dentro o ingresando a él cuando la bomba estalló, y es aún más probable que ella también haya resultado herida como consecuencia del ataque "Por favor, chequea el registro de ingresos para saber si estaba en el edificio cuando todo esto pasó" te pide Tony, como si hubiera leído tus pensamientos, o como si vos hubieras leído los de él mientras se formaban en su cabeza antes de que los transformara en palabras habladas.
Asentís con la cabeza, y al tiempo que lo haces, su mano izquierda se posa sobre tu mano – la que aún está en su brazo derecho – y la acaricia levemente, con una suavidad que te deshace en mil pedazos, y por un momento te olvidas de respirar.
"Gracias" suspira, apenas moviendo los labios.
Vuelve a acariciarte los nudillos, y sus dedos ejercen un poco más de presión sobre la piel. Y por primera vez en lo que va de este día infernal te sentís feliz: en esos dos ojos castaños, brillando más fuerte que nada entre el océano de emociones encontradas, temores, dudas y disgustos, viste relucir lo mismo que en los tuyos... Amor.
Tu jefe, diez años mayor, emocionalmente inalcanzable, herido de por vida por las atrocidades que tuvo que enfrentar en el último tiempo, dueño de un corazón astillado, constructor de altas paredes de hierro alrededor suyo para que nadie se le acerque y lo hiera otra vez, está comiéndote con una mirada que refleja a gritos los mismos sentimientos que a vos te devoran después de haber iniciado un (aunque inocente) contacto físico demasiado personal y para nada profesional.
El oxígeno recién regresa a tu cuerpo dos segundos luego de que su presencia desaparece, perdiéndose su ser entre el mar de heridos y paramédicos que se hayan desperdigados por todo el piso central de la CTU; sin embargo, su tacto sigue ahí. El recuerdo de sus caricias – por más breves y simples que hayan sido – sigue ahí, quemándote la piel como si las puntas de sus dedos hubieran dibujado círculos de fuego. Tu experiencia con hombres es inexistente, pero jamás se te ocurrió que un mimo en el dorso de la mano pudiera darte vuelta de tal manera.
Sacudís la cabeza de un lado a otro, te decís a vos misma que tenés que dejar de pensar en él y ponerte a trabajar, y eso es lo que haces durante un breve período de tiempo, aunque por mucho que intentes centrarte en el trabajo la sombra de esos últimos segundos compartidos con él sigue envolviéndote, haciéndote sentir la mujer más afortunada del mundo incluso en un día como el que hoy te toca vivir.
Cuando echas un vistazo al reloj nuevamente, ves que marca las once de la mañana con cuarenta y siete minutos.
Estás exhausta emocional y físicamente debido a todo lo que has tenido que soportar en menos de una hora. Cada centímetro de tu cuerpo duele, cada músculo duele, cada neurona está trabajando a velocidades increíblemente anormales, cada fragmento de tu ser está expuesto a niveles de presión que no son sanos en lo absoluto.
Te tomas un minuto de calma para respirar hondo y en cuanto te permitís despejarte un poco tu mente vuela instantáneamente al momento en que él acarició tu mano con sus dedos y te envolvió con una mirada capaz de derretir a un glaciar.
A las once de la mañana con cuarenta y siete minutos del cuatro de septiembre, rodeada de muerte y desesperación, al borde de lo que podría ser un desastre nuclear, a las puertas de una crisis que podría arrasar con la vida de millones, acabas de darte cuenta de que él también te ama. La forma en la que te miró, la forma en la que te tocó, la forma en la que te habla, el hecho de que fue a decirte que Kim era solamente una amiga... Todas esas son pruebas que confirman rotunda e indiscutiblemente que está enamorado de vos, y esta vez no son solamente las ilusiones típicas generadas por los efectos comunes que tiene el primer gran amor en cualquier mujer: esta vez lo viste, lo sentiste, lo respiraste.
Él está enamorado de vos.
Quizá le cueste acercarse porque todo lo que vivió dejó muchas cosas dentro de él reducidas a nada, quizá hacer que confíe nuevamente en alguien es algo que va a tomar trabajo, quizá está manteniendo su distancia porque tiene miedo de volver a repetir viejos errores, quizá lo sucedido con Nina sigue demasiado fresco en su memoria y en su corazón como para querer avanzar de vuelta tan rápido, quizá lo que necesita es algo de tiempo, quizá hace falta que vos hagas el primer acercamiento y lo ayudes a entrar en contacto con sus sentimientos, quizá sus ideas de mantener lo personal y lo profesional en planos separados son demasiado fuertes y contundentes como para ser derribas de un solo intento... Son muchos los quizá que explicarían los por qué, pero algo es seguro y nadie va a sacártelo de la cabeza: está enamorado de vos.
Y ese algo tan seguro te llena el alma de tal manera, que todo el dolor y miseria en el que estuviste sumergida durante la última hora desaparecen y sos invadida por unas ganas de resistir aún más fuertes y potentes que las que tenías desde un principio.
Ahora que estás segura de que te ama, ahora que estás segura de que hay algo más escondiéndose, tratar de resistir no es una opción... Resistir y salir viva de esto es la única elección válida de entre tu lista de posibilidades.
Es verdad que el amor hace a cualquiera creerse más grande, más fuerte y más poderoso de lo que es. Es verdad que el amor hace a cualquiera pensarse en la cima del mundo. Es verdad que el amor hace a cualquiera considerarse indestructible.
Y al amor vas a aferrarte para resistir.
Cuatro minutos más tarde, cuando ya faltan nueve para las doce del mediodía, estás dirigiéndote hacia el piso de abajo para hablar con la gente de seguridad y averiguar si en los registros de ingresos figura Kimberly Bauer cuando pasas junto a un grupo de paramédicos que están rodeando la camilla donde yace una mujer inconciente, conectada a varias máquinas y con varios tubos saliendo y entrando de su cuerpo con la intención de mantenerla viva y peleando.
No tardas en darte cuenta de quién es, aunque al principio no das crédito a tus ojos: es Paula.
Paula sigue ahí.
Se suponía que habían logrado sacarla de entre los escombros quince minutos atrás. Escuchaste a los paramédicos diciendo que el peso de la viga había mantenido a raya la hemorragia, pero que ésta se había vuelto incontrolable en cuanto la viga había sido levantada. Escuchaste las palabras hospital y cirugía urgente ser mencionadas, viste cómo esos mismos paramédicos que ahora están ahí se llevaban a Paula en esa misma camilla con la intención de subirla a una ambulancia y llevarla pronto a un lugar que estuviera en condiciones aptas para tratarla y detener los daños que tuviera antes de que fuera demasiado tarde.
¿Por qué está ahí entonces? ¿Por qué sigue allí en la CTU? ¿Por qué no está ya camino al hospital, en un quirófano, con médicos especialistas salvándole la vida? ¿Por qué no están haciendo hasta lo imposible para rescatarla de las garras de una muerte casi segura?
"Tony..." te aproximas hacia donde está él, observando la misma escena que vos sólo que desde más lejos, a escasos centímetros de la puerta que conduce a una de las salas de descanso, y esta vez al aproximártele no tenés tiempo de disfrutar las mariposas haciéndote cosquillas en la panza, ni de regalarle tu mejor sonrisa ni de sentirte una tonta por lo mucho que te enloquecen sus ojos. Esta vez está consumida por la indignación, la preocupación y la incertidumbre "¿Por qué sigue Paula acá?" le preguntas una vez que ya estás lo suficiente cerca suyo como para que te escuche.
"Fue decisión de Mason" te dice con un suspiro cargado de enojo y de impotencia.
Sus pies comienzan a moverse, y empezás a seguir sus pasos, que está tomando dirección hacia la entrada del pequeño salón de descanso.
"No va a sobrevivir si no la llevan a un hospital ahora. Sus oportunidades ya son de por sí escasas, y esperar más tiempo solamente va a empeorarlo todo" insistís, casi caprichosamente. ¿Por qué Mason ordenó que no se llevaran a Paula? ¿Dónde está Mason? ¿No era que se había ido y que no regresaría? ¿Cuándo se comunicó de vuelta con la CTU? ¿Desde cuándo ha vuelto al ruedo y a dar órdenes?
"Ya lo sé, Michelle"
"Creí que Mason no iba a regresar" protestas.
Una vez dentro de la habitación, deja caer sus codos sobre la mesada donde se halla el lavabo, quedando así todo su cuerpo sostenido por sus brazos. Estás parada de pie, a su lado, escuchando su respiración agitada y observando su rostro cubierto de transpiración seca y polvo.
Viéndolo de cerca, notas fácilmente que la indignación, la preocupación y la incertidumbre están carcomiéndolo a él también. De hecho, todo eso que vos estás sintiendo, pareciera que él lo experimenta en niveles aún más altos y profundos. Ya has llegado al punto en el que sabés leer sus facciones como si de un libro abierto se tratase, por lo cual tampoco te cuesta deducir que detrás de eso hay algo más inquietándolo, aunque aún no logras definir qué es...
Levanta la cabeza despacio y posa sus ojos en los tuyos.
"Pero regresó, y quiere mantener a Paula acá para que los paramédicos la despierten usando una dosis de epinefrina y pueda darnos los códigos de acceso a los archivos con la información acerca de la bomba nuclear que estaba enviando al servidor de las Oficinas de Seguridad Nacional cuando fuimos atacados" te explica, y te das cuenta que al igual que vos él tampoco está de acuerdo con la idea de Mason de poner la vida de Paula en un riesgo seguro y probablemente irreversible para poder recuperar esos datos.
"¿Entonces simplemente va a dejar que se muera?" la irritación, la rabia, la cólera, todo eso está pintado en tu cara y plasmado en tu voz que, debido a la furia que te recorrió las venas al escuchar eso, alzaste un poco al preguntar retóricamente si la brillante idea de George era negarle a Paula la oportunidad que se merecía de ser llevada al hospital y tratada.
"Mason no está tomando una decisión equivocada" las palabras de Tony no te sorprenden ni te conmocionan, porque sabés bien que ni él se las cree. Sabés bien que es una mentira que está tratando de venderse a si mismo, está tratando de convencerse de que Mason ha optado por hacer algo que, al final de todo, habrá contribuido al bien mayor. Está tratando a toda costa de meterse en la cabeza que lo que están haciendo no es ni injusto ni cruel ni errado, aún cuando él sabe que sí lo es "Paula es la única que puede darnos el código de acceso y recuperar es información" continua entre suspiros profundos, nuevamente con la cabeza gacha y la vista clavada en el frío y gris mármol de la mesada sobre la que yace apoyado e inclinado hacia delante.
Te quedas de pie detrás de él, a escasos pasos suyos, escuchando como inhala y exhala rudamente y con dificultad, y entendés que se siente culpable. Se siente culpable porque si no hubiera sido porque él se lo pidió, Paula no hubiera estado aislada en el despacho de George cuando todo sucedió, y hubiera tenido la oportunidad de evacuar a tiempo. Se siente culpable porque en todo el tiempo que Paula lleva trabajando para ustedes en la CTU fueron más las veces que se burlaron de ella y de sus manías que las que trataron de brindarles un poco de amistad y compañerismo. Es la culpa lo que está destruyéndolo por dentro. Esa otra cosa que viste brillando con salvajismo y que no pudiste distinguir a la primera es culpa.
Ese hombre que está a escasos centímetros tuyos, dándote la espalda, inclinado sobre una mesada y luchando por respirar con normalidad, soltando de tanto en tanto suspiros exasperados, sintiendo como la culpa, el dolor y la impotencia lo carcomen, es el hombre al que amas y es – ahora lo sabés – el hombre que te ama.
Te rompe el corazón en mil millones de pedazos verlo así, te parte en dos, te ultraja el alma. Tanto dolor junto teniendo que ser soportado por una persona, tanto peso depositado sobre esos hombros adoloridos y cansados... No es justo. En realidad, hace rato que sabés que la vida es injusta, hace rato que lo aprendiste, pero no por eso te encontras en posición de evitar pensar que lo que Tony está sintiendo ahora es odioso y que él no lo merece.
Lo que daría por hacerte sentir mejor, lo que daría por aliviarte un poco.
Entonces se te ocurre qué hacer. Es algo tonto, es algo mínimo, es algo ínfimo, insignificante, pero sabés que para una persona que se encuentra calzando esos zapatos puede llegar a ser reconfortante y apaciguante, incluso si el efecto sólo dura un par de minutos.
Con timidez, con vacilación, casi como temiendo equivocarte y desencadenar una reacción no deseada, tu brazo se extiende con delicadeza y se detiene medio milímetro antes de entrar en contacto con su espalda. Dudas por un segundo, pero luego decidís seguir adelante, y pronto la palma de tu mano se halla posada sobre la tela oscura de su camisa, siendo esa la única y prácticamente inexistente barrera material que separa tu piel de la suya.
Durante un largo rato silencioso es lo único que los dos escuchan, aún cuando fuera de esa sala de descanso el mundo está cayéndose, los gritos de ayuda no han cesado y hay al menos ciento cincuenta personas movilizándose ruidosamente de un lado al otro. Silencio es lo que llena tus oídos mientras tu mano se mueve de arriba abajo con dulzura y suavidad. Son escasos tres minutos los que pasas acariciándole la espalda, pero el cambio que esto produce en él es imposible de desapercibir: sus músculos se relajan un poco, la tensión afloja, su respiración se normaliza.
"Lo siento mucho, Tony" le decís en un susurro tranquilizador "De verdad lo siento mucho"
Estás pidiéndole perdón por todo: por tus celos, por la escena de histeria que acabas de montar delante de él mientras la bronca despertada por la decisión de Mason brotaba de tus poros, por no poder hacer más para reconfortarlo, por no animarte a hacer más para hacerlo sentir mejor, por no poder prometerle que Paula va a estar bien... Por todo.
Su cabeza gira hasta que ambos pares de ojos están fijos uno en el otro.
"Yo soy la que la trajo a la CTU, yo la contraté" es la culpa, es la culpa hablando por él "Este trabajo es... todo lo que esa chica siempre quiso hacer" los dos voltean sus vistas en dirección a donde Paula está; desde el hueco de la puerta puede verse la camilla donde yace su cuerpo rodeado de paramédicos a la espera de la orden para suministrarle la epinefrina.
"Y lo hizo, Tony" es un intento barato y probablemente inútil, pero pensas que quizá puede calmarlo un poco. Este trabajo, el trabajo con el que Paula siempre había soñado... Ella se destacó en él. Era... Es, Michelle, es, todavía no está muerta... Es una de las mejores analistas de sistema y programadoras con las que has tenido el placer de trabajar, y lo que llegó a hacer en el día de hoy durante las pocas horas que pasó trabajando antes del atentado probablemente haya hecho una diferencia, por más mínima que sea "Lo hizo" repetís en voz más baja, casi susurrando en su oído.
Sentís su cuerpo moviéndose, enderezándose, y pronto se haya de pie frente a vos, a dos centímetros su pecho del tuyo; si te inclinaras a penas un grado hacia delante, ambos cuerpos colapsarían. Así de cerca están, tan cerca que las narices casi se tocan y podés ver tu aspecto desaliñado y cubierto de polvo reflejándose en los dos espejos más hermosos del mundo: sus ojos. Y por un momento pensás que él está haciendo lo mismo que vos: mirándose en tus ojos.
Durante un segundo breve que se hace largo como la eternidad más extensa te preguntas si existe la posibilidad de que vaya a besarte; las ganas a ninguno de los dos les faltan, y eso es indiscutible. La tensión física se siente en el ambiente, densa e incontenible, y hay algo así como un magnetismo que te atrae hacia él, que está intentando empujarte y provocar que vos inicies el beso.
"Deberíamos continuar trabajando" te dice, rompiendo así el hechizo.
Se nota a la legua que trabajar es lo que menos quiere hacer, que le gustaría quedarse ahí en esa salita minúscula, los dos escondidos, muy cerca el uno del otro, probablemente abrazados y llorando tranquilos, dejando que el estrés, las presiones y los miedos sean expulsados de sus sistemas.
Se nota también que – al igual que vos – tiene en claro, muy en claro, que del trabajo realizado hoy por la CTU dependen muchas cosas y que no pueden permitirse distraerse y fallar.
"Tenés razón" coincidís al tiempo que ambos comienzan a dirigirse de nuevo hacia el piso central de la Unidad Antiterrorista de la ciudad de Los Angeles.
Ves que está a punto de encaminarse hacia la dirección opuesta a la que vos tenés que ir, y antes de tener tiempo de pensarlo, meditarlo o decidir si es correcto decirlo o no, las palabras se te escapan de la boca, causando que se vuelva sobre sus talones al escuchar tu voz.
"Tony" te observa curioso, esperando a que continúes "... Resistí"
Una sola palabra jamás en tu vida encerró tantísimo significado. Estás pidiéndole que resista porque la Nación necesita de sus conocimientos y capacidades para evitar que tragedias catastróficas acontezcan. Estás pidiéndole que resista porque la CTU necesita de él también. Estás pidiéndole que resista porque vos lo necesitas a él más que a cualquier otra cosa en esta Tierra. Estás pidiéndole que resista porque él es la fuente de la cual sale tu fuerza, él es el motivo por el cual vos estás resistiendo. Estás pidiéndole que resista porque si mañana llega, si todos los mañana del mundo no se extinguen hoy, entonces quizá exista la posibilidad de que ambos empiecen a trabajar de a poco y despacio en la construcción de una relación juntos.
Se dibuja en su rostro una sonrisa triste que te cala hasta los huesos, una sonrisa que todavía sigue ahí en sus facciones un segundo más tarde cuando – sin decir palabra – vuelve a darse la vuelta y se encamina hacia donde están los paramédicos con Paula, dejándote a vos atrás, parada en un mismo punto, con solamente una plegaria repiqueteando en tu cabeza.
Resistí, mi amor. Resistí.
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