Lo siguiente tiene lugar entre las 12:00 del mediodía y la 1:00 de la tarde del 4 de septiembre.

Los hechos ocurren en tiempo real.


Podría ser que al final

Rompiste el cristal en mí.

Podría pasar que me hagas hablar,

Yo creo que tienes el don de curar este mal.

Cuando llegas al sector en donde los paramédicos se encuentran formando un semicírculo alrededor de la camilla en la que yace Paula sentís cómo la bilis te sube a la garganta y decidís dirigir tus pasos hacia otro lugar; la visión de esa pobre chica, moribunda y herida, te parte el alma en dos con una intensidad aún mayor después de la conversación que acabas de tener con Michelle.

Arriesgarse a que Paula muera es ineludible. Si otra opción existiese... Pero no, no existe otra opción, no hay otra opción: esos códigos cifrados son forzosamente necesarios para poder acceder a las bases de datos enviadas al servidor de la Oficina de Seguridad Nacional, y la información que en esas bases se encuentra es precisa si se quiere detener los ataques terroristas planeados para el día de hoy antes de que sean llevados a cabo, causando estragos de dimensiones desconocidas pero gigantes, desembocando así en la muerte de personas inocentes.

Miles de millones de ciudadanos norteamericanos están – sin saberlo – dependiendo del trabajo que los agentes de las agencias gubernamentales hagan hoy, y exponerse a cometer fallos no es una opción. Si Paula debe ser sacrificada, por llamarlo de alguna forma, para poder reacceder a los datos sobre la bomba nuclear y los sospechosos detrás de estos atentados, entonces así tendrá que ser. Duele muchísimo, y no podés evitar sentir la culpa carcomiéndote (después de todo, por más absurdo que suene, ella está allí debido a que vos la contraste. Si hubieras elegido a otro para el puesto...), pero no hay más alternativas: tal y como le dijiste a Michelle, George no está tomando una decisión errada, porque en momentos como estos perder información no es algo que la CTU esté en condiciones de afrontar, especialmente cuando – sumado a todo lo que está pasando – muchos de los que podrían haber sido de gran utilidad han perdido la vida y la capacidad tecnológica de la Unidad ha quedado pobremente reducida a cenizas (y esto es literal).

Tratas de dejar de pensar en Paula y la muerte segura a la que están entregándola porque solo de esa manera pueden mantenerse estables las oportunidades que quedan de salvar a la ciudad de Los Angeles y a sus habitantes.

Tratas de concentrarte en pensamientos más placenteros, pensamientos que te ayudan a salir un poco del hoyo negro en el que parece que estás hundiéndote.

Lo más agradable que te ha sucedido en mucho, mucho tiempo es Michelle. La conociste, te enamoraste de ella (muy a pesar de las promesas que te habías hecho a vos mismo, promesas que terminaste quebrando no porque quisiste si no porque no pudiste remediarlo: todo sucedió sin que tuvieras oportunidad de imponerte a ello), empezaste a entrar en contacto con tus sentimientos, gracias a ella muchas de tus heridas comenzaron a sanar y a cicatrizar, gracias a ella y al efecto que causa en vos comenzaste a considerar la posibilidad de que quizá lo sucedido con La hija de Satán (Nina) no tenía porqué marcarte a fuego e impedir que volvieras a reconstruir los pedazos de tu pobre corazón y entregárselo nuevamente a otra mujer. Fue ella quien te ayudo a abrirte de nuevo, a confiar en los seres humanos y a abrazar tus sentimientos sin miedo a destrozarlos y clavarte las astillas en tu propia carne.

Michelle fue algo así como la medicina perfecta. Rompió los en apariencia muros de acero y plomo que habías construido alrededor tuyo para evitar que las personas se acercaran a vos, dejando a la vista las frágiles paredes de cristal en las que tu corazón y alma estaban envueltos, dejándote totalmente expuesto... Y ahora, a juzgar por lo sucedido durante el transcurso de las últimas horas, ese cristal también está rompiéndose.

Ella está rompiéndolo.

Cuando acariciaste el dorso de su mano, lo hiciste casi inconcientemente. Se sintió tan natural, tan... No sabés cómo expresarlo, no sabés cómo explicarlo. Simplemente necesitaste hacerlo, y lo hiciste, casi sin darte cuenta de que tus dedos estaban moviéndose sobre su piel. Un poco de contacto humano es lo único reconfortante en momentos como aquellos, y el único contacto humano que querías (y querés) es el de ella; acariciar su mano, mirarla a los ojos, sentir cómo se relajaba bajo tu tacto, eso sirvió para que vos también te sintieras mejor, incluso si fue solamente por un tiempo ínfimo. Y cuando minutos más tarde – estando de vuelta enfocado en el trabajo – te diste cuenta de lo que habías hecho, de ese contacto tan íntimo como inocente que habías iniciado, no pudiste evitar sonreír: finalmente los primeros pasos habían sido dados, finalmente estabas en camino, y lo que experimentaste por dentro en ese momento no fue miedo a salir herido nuevamente, ni incertidumbre, ni dudas, ni nada que se le asemeje.

Simplemente sentiste felicidad en estado puro, casi euforia, y llegar al día de mañana sano y salvo nunca te pareció tan terriblemente importante como en ese instante.

Porque mañana, y todos los mañanas que te deparen a vos y le deparen a ella, vas a hacer lo posible para que sean vividos con tu ser y el suyo fundidos en uno solo.

Cuando más tarde – hace menos de diez minutos, a decir verdad – estabas a un paso de desmoronarte y ahogarte en un océano de culpa, remordimiento, dolor, frustración e impotencia, ella te sacó de las aguas oscuras y profundas con su toque mágico y terapéutico. Nunca te sentiste tan vivo como cuando acarició tu espalda y te dijo con la voz quebrada cuánto sentía que tuvieras que estar pasando por todo aquello. Nunca te sentiste tan vivo como cuando te incorporaste y la miraste a los ojos. Nunca te sentiste tan vivo como cuando por un momento te recorrió cada nervio del cuerpo el impulso de besarla, ahí, en esa salita de descanso. Nunca te sentiste tan vivo como cuando te pidió que resistieras y por tu cabeza se cruzó fugas y veloz la idea de que sus motivos para querer que sobrevivieras eran similares a los tuyos. Pudiste leerlo en su mirada, pudiste sentirlo en oleadas de calor desprendiéndose de su anatomía.

Saber que ella espera la llegada de mañana para compartirlo con vos es lo que te da ganas de luchar, de resistir, de no venirte abajo.

Podría ser que al final ella rompió el cristal en vos, porque de pronto ya no tenés miedo de amar, ya no tenés miedo de entregarte, ya no tenés miedo a nada y te sentís como el idiota más grande del mundo por haber perdido tanto tiempo preocupándote y negándote a vos mismo lo que sentís.

Exhalas un largo suspiro al tiempo que tu teléfono celular suena.

"Almeida"

Comenzas a hablar con la persona que te ha llamado y a escuchar con atención la importantísima información que tiene para darte, información muy valiosa si de llegar al fondo de todo este turbio asunto se trata: al parecer se ha llegado a la conclusión de que una organización terrorista perteneciente a países del Medio Oriente llamada Segunda Ola es quien contrató a Joseph Wald para que éste se encarga de que sus amiguitos pusieron una bomba en el edificio de la CTU para dejar a la Unidad desprovista de los pilares básicos para poder trabajar y frenar la detonación de la bomba nuclear. De acuerdo con el contacto que acaba de llamarte, Segunda Ola es manejada por un terrorista árabe llamado Syed Alí, un tipo con una historia bastante complicada y con las manos demasiado manchadas de sangre que unos años atrás había fingido su muerte. Sin embargo, de acuerdo con pruebas que han salido a la superficie, Syed Alí está todavía vivito, pateando y probablemente moviendo los hilos de esta siniestra función de marionetas. Y – aquí viene lo más importante – una de las agencias del gobierno tiene pistas que señalan que durante los últimos meses un joven de origen árabe que reside en la ciudad de Los Angeles ha estado transfiriendo dinero desde la cuenta de la empresa de su suegro a una cuenta bancaria suscripta bajo el nombre ficticio con el cual Syed Alí ha estado manejándose.

Con un poco de presión y un interrogatorio bien llevado, es muy probable que este jovencito árabe sea capaz de brindarles datos invaluables que los conduzcan a Syed Ali, y sólo llegando a Alí o a cualquier miembro de Segunda Ola podrá evitarse que el dispositivo nuclear sea activado.

La comunicación telefónica se acaba en el mismo instante en que ves a George Mason cruzando las enormes puertas de la CTU. Luce como si hubiera transpirado grandes cantidades de sudor en la última hora y tiene el botón del cuello de la camisa desabrochado, pero sacando esos dos pequeños detalles, es el mismo George que se fue hace dos horas a seguir esa pista en Bakersfield; es el mismo George que por teléfono te dijo que no iba a volver; es el mismo George que decidió regresar en cuanto le comunicaste que una bomba había explotado en el edificio; es el mismo George que cuarenta minutos atrás te cruzaste en el estacionamiento de la CTU – ese estacionamiento repleto de ambulancias, médicos, enfermeras y heridos rodeados del humo que aún no se disipaba – cuando estabas acompañando al grupo de galenos que llevaban a Paula en una camilla con la intención de transportarla al hospital y practicarle la cirugía tan necesaria para salvar su vida; es el mismo George que impidió subieran a Paula a esa ambulancia y ordenó que consiguieran algo de epinefrina para despertarla y que pudiera decirles los códigos cifrados para acceder a las bases de datos enviadas a Seguridad Nacional; es el mismo George al que odiaste profundamente por tomar esa decisión y quitarle a Paula su oportunidad de vivir, y a la vez es el mismo George al que admiras por tener el valor y el estómago para cargarse en los hombros semejante peso, peso que ni vos ni ningún otro podrían soportar llevar. Es el mismo George Mason de siempre: agrio, ácido, testarudo, lleno de humor negro y comentarios sarcásticos listos para ser disparados en todo instante y ocasión.

Lo ves detenerse junto al sector en el cual yace Paula conectada a esas máquinas ruidosas y odiosas.

Mientras te dirigías hacia la puerta de salida, escuchas a Michelle dándole un par de órdenes a uno de los ingenieros en sistemas que está tratando de reactivar las computadoras y otros aparatos tecnológicos indispensables, y te resulta imposible evitar sentir admiración y orgullo ante lo fuerte y profesional de su actuación.

"No uses ese tablero, los interruptores se arruinaron. Trata de conectar un cable de generador al sector A"

Llegas a George justo para escuchar como lanza una indicación que suena del mismo modo que el ladrido de un perro:

"Despiértenla"

Cuando nota que estás a punto de abandonar el edificio, te detiene en seco con una pregunta:

"¿A dónde vas, Almeida?"

"A investigare una nueva pista que surgió" contestas "Hay un contacto local con Syed Alí" lo pones al tanto, sabiendo que ya George ha sido informado del papel que presuntamente Segunda Ola juega en todo esto.

"Envía a otra persona. Necesito que te quedes acá" es la contestación de tu jefe.

"¿Para qué?" ya no podés contener la furia, la ira, la frustración, la culpa y todo ese remolino de sentimientos que tenés girando furioso y destructivo en tu interior, especialmente ahora que por el rabillo del ojo pudiste ver a Paula de cerca: la sangre seca cubriendo su cara y sus manos, las máquinas emitiendo pitidos, la epinefrina lista en la aguja para ser clavada en su brazo e ir directo a sus venas... "¿Para ver morir a Paula?" lo que acabas de decir sabés que no deberías haberlo dicho, pero no pudiste contenerte.

"Tiene que darnos los códigos cifrados, caso contrario vamos a perder todo, y no podemos dejar que eso pase hoy" vuelve a explicarte lo que ya sabés, vuelve a explicarte lo que tu cabeza entiende gracias al razonamiento pero tú corazón y conciencia se niegan a aceptar.

"Podés hacerlo vos solo. Yo voy a ir a investigar esa pista"

Tus pies comienzan a moverse en dirección a la salida, pero la voz de Mason te detiene.

"¡No! Vas a quedarte acá, y es una orden" George se ha movido ahora hasta quedar nuevamente enfrentándote, tal como vos hiciste esta mañana cuando él se disponía a irse sin dar explicación alguna.

"Hay un ejecutivo oriundo del Medio Oriente viviendo en suelo norteamericano que tuvo reiterado contacto con Syed Alí hace poco tiempo. Ivers y Appell murieron en la explosión" duele decirlo, duele admitir en voz alta por primera vez que tus compañeros han fallecido. Y a George le duele escucharlo. En realidad, no sabés si es dolor, pero sí sabés que lo impresiona, lo conmociona: lo notas porque su cuerpo se estremece – levemente sí, pero se estremece - "Así que, ¿a quién querés que envíe?" es una pregunta retórica, por supuesto, y el punto que querías hacer es entendido por George.

"Mantenete en contacto, ¿está bien?" es lo único que te dice para dejarte saber que está de acuerdo con que seas vos quien vaya.

"Está bien" es más un gruñido que otra cosa.

Miras a George de manera casi desafiante por unos breves segundos antes de que tus pies comiencen a moverse de nuevo, y justo en ese momento pasa Michelle arrastrando uno de esos enormes generadores eléctricos para que los técnicos lo conecten a las computadoras que no resultaron destrozadas cuando la bomba estalló. Por una fracción de segundo tu mirada y la de ella se buscan, se encuentran y se mantienen una fija en la otra, como si vos estuvieras penetrando su alma y ella la tuya. Sumergido en esos ojos oscuros y de rasgos orientales te hubieras quedado por el resto de tu vida, pero sabés que es tiempo de irse a cumplir con el deber.

Alejándote estás mientras ella sigue su camino en la dirección contraria cuando oís a Mason – quien jamás se pierde ningún detalle de nada – ladrándole a Michelle también:

"¿Y vos qué estás mirando?"

"Nada" se apresura ella a contestar, y es lo último que le oís decir antes de traspasar el gran portón y dirigirte al estacionamiento, donde otro agente, Richards, está esperándote para emprender viaje hacia la residencia donde se encuentra Reza Nayieer.


Es una mansión gigantesca, lujosa, digna de un rey, con edificaciones imponentes y majestuosas y jardines bien cuidados repletos de flores y árboles frutales. Bajas del auto y te tomas unos breves segundos para admirar tanta belleza arquitectónica junta, pero no sentís ni la menor gota de envidia recorriéndote las venas: casas tan grandes, tan limpias, tan impresionantes no son para vos; jamás podrías llamar hogar a una de ellas, pero al parecer los dueños de la propiedad – el consultor financiero multimillonario Bob Warner y sus jóvenes hijas Marie y Kate – lo consideran el suyo.

Antes de que el coche ingresara los guardias de seguridad apostados en las entradas dieron aviso al señor Warner de la presencia de un grupo de agentes federales que querían ver a su futuro yerno, por lo cual no te sorprende que se encuentre de pie frente a la entrada de la finca. Junto a él hay una señorita muy atractiva, probablemente una de sus dos herederas.

Bob Warner – notas cuando estás solamente a escasos pasos de su persona – es un hombre de unos cincuenta y pocos años, de cabello entrecano y profundos ojos azules. Su piel, tostada por el sol de California, tiene apenas unas leves arrugas. Viste pantalones y camisa de diseñador que, a juzgar por cómo lucen, deben costar más que todo tu guardarropa junto.

Su hija no debe tener más de treinta años, e incluso probablemente no llegue a los treinta. El cabello rubio, largo y lacio cae hasta un poco más allá de sus hombros. Es delgada, bastante menuda y tiene los mismos ojos azules que su padre, la misma piel dorada por el sol y el mismo vestuario casual y de aspecto costoso.

Bob Warner no pierde el tiempo con formalidades o saludos de cortesía.

"¿Quiénes son ustedes?" el tono es educado, sí, pero denota cierta irritación y preocupación (preocupación, más que nada), al mismo tiempo que un dejo de ansiedad.

"Buenas tardes, señor. Soy Tony Almeida, de CTU Los Angeles. Él es el agente Richards" con un leve movimiento de cabeza señalas al hombre corpulento y de color que se encuentra parado de pie a tu lado, al tiempo que ambos muestran las insignias que acreditan que trabajan para el gobierno.

"¿CTU?" pregunta Warner "¿Qué es la CTU?"

"Es la Unidad Antiterrorista de la Ciudad de Los Angeles" explicas brevemente y no pasa desapercibido por vos las caras de ambos Warner cuando la palabra antiterrorista se cae de tus labios. Decidís saltearte a lo bueno "Estamos buscando al señor Reza Nayieer" anuncias, y enseguida la mujer joven interviene.

"¿De qué se trata todo esto?" no es una pregunta nacida de la simple curiosidad humana, y eso es obvio. Algo sabe o sospecha, se te ocurre.

"Es un asunto gubernamental, señorita"

"¿Un asunto gubernamental?" repite, como si no pudiera dar crédito a sus oídos.

"Necesito hacerle unas preguntas al señor Nayieer" insistís educadamente. Esto no se trata directamente de la familia Warner – por ahora -, se trata de Reza Nayieer, y perder el tiempo hablando con Bob y su hija no es algo que te atraiga, especialmente cuando el tiempo es hoy algo que se escurre como arena entre las manos.

"Señor Almeida" comienza Bob "mi hija contrató a un investigador privado para que le echara un ojo a algunos asuntos de Reza, y todo ha sido aclarado"

Investigador privado. Quiere decir que ellos notaron algo, o sospechan algo.

"En realidad, papá" la voz de la joven suena tímida, casi como si temiera a hablar, y la mirada que le dirige a su padre revela que sabe él no va a estar muy contento con lo que está a punto de decir ", no está todo aclarado" concluye.

El señor Warner – pasando total y deliberadamente por alto el comentario de su hija – vuelve a dirigirse a ustedes, a vos y al agente Richards.

"¿No puede esto esperar? Mi otra hija, Marie, es la prometida de Reza, y el casamiento va a celebrarse esta tarde, dentro de algunas horas"

"Lamento que hayamos venido en un mal momento" te disculpas más por educación que por otra cosa, porque la realidad es que podría importante menos si estás interrumpiendo una boda o alterando los planes que los Warner tenían para el día de hoy ", pero no: esto no puede esperar. Estoy autorizado a interrogar al Señor Nayieer" y luego, bajando el tono de voz y dejando entrever una amenaza lo suficientemente ligera como para no asustar pero a la vez potente para presionar, proseguís "¿Va a llevarme a él o voy a tener que encontrarlo yo por mis propios medios?"

"Kate" mira a su hija "Ve a buscar a Reza"

Dos segundos luego de que la joven muchacha ingresa a la mansión para encontrar a su cuñado y traerlo a ustedes, el señor Warner se dirige a vos en un tono cargado de preocupación:

"¿Qué es lo que está pasando?"

"Señor, solamente voy a decirle que esto es parte de una investigación en la que está en juego la seguridad nacional, y espero que el señor Nayieer pueda ayudarme a aclarar algunas cosas"


Reza Nayieer es un joven muy bien parecido de rasgos árabes inconfundibles: nariz pronunciada, piel oscura, ojos negros. No tiene más de veintidós años, es evidente, y el aspecto con el que los recibe es de cortés desconcierto, casi como si no comprendiera por qué motivos un grupo de 'policías' tendrían interés en 'cruzar unas palabras' con él.

Cuando Richards le muestra la orden que los autoriza a acceder a los archivos de su ordenaron personal, Reza – muy educadamente – los conduce al cuarto de la casa que utiliza como despacho, donde hay un escritorio de caoba sobre el cual yace una computadora portátil.

No tardan mucho en encontrar lo que están buscando: el nombre de Syed Ali, su número de cuenta y otros datos lo suficientemente consistentes para ser pruebas fehacientes de la comunicación que ha habido entre la cabeza de Segunda Ola y Reza durante el último tiempo, incluyendo los movimientos bancarios que se han efectuado.

"Es hora de interrogar al chico y ver cuánto hay que presionar para que hable" dice Richards en un murmullo, y ambos deciden casi sin intercambiar más de dos palabras que vos vas a ocuparte de cuestionarlo.

"Señor Nayieer" decís cuando salís al pasillo, donde Kate Warner, su padre y Reza se mantuvieron aguardando mientras ustedes echaban un vistazo a los archivos del ordenador "necesitaría que habláramos en privado" anuncias.

A continuación son conducidos a otra de las muchas amplias habitaciones de la planta baja de la mansión. Es algo así como una segunda sala de estar, con enormes ventanales desde los cuales puede admirarse la belleza del jardín, una mesa de la misma madera lustrosa y fina y varias sillas cuyo precio debe sobrepasar con creces el costo del mobiliario de tu modesto apartamento.

Reza toma asiento en una de las sillas y te mira a los ojos esperando a que digas algo. Miras el reloj que rodea tu muñeca izquierda: son casi las doce del mediodía.

El interrogatorio comienza de manera amistosa, si cabe el término. Le preguntas a Reza si conoce a un hombre llamado Syed Alí, y lo niega, como era de esperar. Le preguntas si ha realizado transferencias de ciertas sumas de dinero a cuentas off shore, y lo niega también, incluso cuando le mostras en la pantalla de su propia computadora la evidencia tan clara como el agua cristalina. Vuelve a negarlo, y para esta altura ambos están ya bastante nerviosos y frustrados el uno con el otro.

A las doce del mediodía con treinta y cuatro minutos y haciendo esfuerzos sobrehumanos por no perder la paciencia, seguís tratando de que Reza admita algún tipo de conexión con Alí.

"Como gerente ejecutivo de finanzas de la empresa del Señor Warner que entra y sale de la compañía" era más una afirmación que otra cosa.

"Sí" Reza deja escapar un suspiro largo cargado de impaciencia "Por si no lo notó" esta vez su tono sí es más insolente de lo que debería, como si todos sus buenos modos se hubieran agotado ya "hoy es el día de mi casamiento. Si pudiéramos postergar todo esto y encargarnos en otro momento, le estaría muy agradecido" se pone de pie, con intención de acompañarte a la puerta de la habitación e invitarte a irte.

"¿Podría sentarse, por favor?" le pedís. Es más una orden que un pedido, en realidad, pero el caso que te hace es omiso "No terminamos" le recordas, como queriendo dejárselo en claro por las dudas de que el mensaje no hubiera sido captado "Siéntese" insistís, pero sigue de pie, mirándote desafiante "¡Siéntese!" gritas, y esta vez te hace caso, aunque de muy mala gana "Hábleme de Syed Alí"

"Ya le dije: no conozco a ningún Syed Alí" vuelve a decirte.

"¿No lo conoce?" es casi sarcástico el sonido de tu voz.

"No"

"¿Entonces cómo explica que hayamos encontrado su nombre reiteradas veces en los archivos de su computadora" pones la pantalla de la computadora en frente suyo.

"No lo sé" Reza parece firme en lo que dice, pero estás seguro que hay algo más detrás de todas esas negativas y aparente desentendimiento del asunto, y no vas a parar hasta descubrir qué es.

"Muy bien" lo miras fijo a los ojos, dejándole en claro que este asunto está lejos de conocer su final "Volvamos a empezar" anuncias, dispuesto a repetir las mismas preguntas y señalas las mismas pruebas acusadoras cuantas veces sean necesarias hasta que finalmente Reza Nayieer comience a hablar. Y si interrogarlo de manera moderadamente amable no resulta, entonces probablemente tengas que llevarlo hasta la CTU y poner en práctica métodos un poco más drásticos.

Mientras escuchas a Reza Nayieer negar una y otra y otra vez durante el transcurso de la siguiente media hora su presunta relación con Syed Alí y los miembros de la organización terrorista Segunda Ola, por momentos tu mente divaga lejos y se pierde pensando en ella: cómo estará, qué estará haciendo, cómo se encontrará...

Quisieras poder prometerle todos los mañanas del mundo. Quisieras poder prometerle que van a sobrevivir a esto. Quisieras poder prometerle que van a ver salir el sol muchas veces más, que todo no va a acabarse hoy. Quisieras poder prometerle la luna y las estrellas.

Lo que podés prometerle es que vas a tratar y a tratar y a dar todo lo que tengas para llegar al fondo de este asunto. Lo que podés prometerle es que vas a resistir, a mantenerte duro como una piedra, incorruptible e inamovible. Lo que podés prometerle es que vas a dejar hasta tu última gota de sangre, tu última gota de sudor y tu última lagrima tratando de evitar esta catástrofe.

Es lo menor que podés hacer por ella, por la mujer que te salvó, la mujer que curó todos tus males. Es lo menos que podés hacer por el ángel caído del cielo que fue capaz de derribar las paredes que vos mismo levantaste en un intento de protegerte de los males que un nuevo amor podría traer a tu vida y a tu vulnerable estado; el ángel caído del cielo que encontró la manera de romper los cristales que envolvían tus desahuciados alma corazón y penetró en ellos de modo tal que las heridas sanaron y cicatrizaron, y el mal que tenías fue – y sigue siendo – de a poco curado, hasta que llegaste al punto en el que estás ahora: la palabra amor, el verbo amar, el nombre de la mujer que te enloquece ya no están prohibidos, ya no tenés miedo de decirlos, ya no tenés miedo de gritarlo al mundo, ya no tenés miedo de hablar y de confesar lo que te pasa.

Los cristales rotos no se convirtieron en astillas que como dagas miniaturas se clavaron en vos, escarbando en las lesiones viejas y provocando nuevas. Los cristales rotos te penetraron, sí, pero de la manera más dulce, haciendo que surgiera y ardiera en vos el deseo de salir de tu caparazón y vivir este amor nuevo y puro sin restricciones ni dudas ni sombras del pasado cerniéndose sobre vos. Estas astillas de cristal, estos cristales rotos, se disolvieron en tu sangre y se transformaron en parte de ella, y con cada latido de tu corazón tu propia sangre te pide a alaridos que no pierdas la oportunidad de intentar, de tratar, de comenzar desde cero. Despacio, sí, tomando las debidas precauciones, sin ir de golpe, pero tampoco plagado de miedo.

Lo menos que podés hacer por ella – que es la medicina perfecta para tu ser, la fuente de tu fuerza, el origen de tu consuelo, el eje central de tu pequeño universo - es asegurarte que mañana llegue para ustedes dos.

"Reza, voy a preguntártelo de nuevo, y quiero que respondas con la verdad" ya tu paciencia está alcanzando los límites finales "¿Qué relación tenés con Syed Alí?"