ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas al final.


IMBRANATO


VEINTICINCO

Las reuniones familiares como tal hace muchos años habían cambiado en la casa Fernández-Carriedo, ya que si bien en un principio era sólo el matrimonio acompañado claro de sus tres adorables hijos, ahora Francisca Carriedo estaba obligada no a cocinar para cinco personas, sino para nueve, recientemente ocho, pero el caso es que de todos modos debía cocinar más de lo acostumbrado en tiempos de antaño, y todo porque sus hijos acudían con sus respectivas parejas y María además llevaba a su hija. Antonio supo que aquellas reuniones nunca volverían a ser precisamente tranquilas, ya que si bien durante toda la velada su hermana menor se la pasaba emitiendo comentarios ácidos para con el vástago de la familia…. Paulo seguiría siendo novio de Govert, así mismo, Govert seguiría siendo el hermano de Emma y Emma la ex-novia de Antonio. El rubio sólo con su altura intimidaba, fuera de su cara como si acabara de chupar un limón demasiado ácido… Antonio y él nunca limaron asperezas y mucho menos lo harían ahora que "el inútil hermanito" de su novio había roto el corazón de su linda y dulce hermana menor. Definitivamente ahora las reuniones familiares serían un poquito más incómodas.

Al hijo mediano le hubiera encantado poder ir a casa de sus padres en compañía de Lovina y Adamo, pero es que aunque la mujer accediera a acompañarlo no creía prudente hacerlo aún, no con Govert más que dispuesto a partirle la cara. Aún cuando en verdad había querido mucho a Emma, las cosas entre ellos no estaban destinadas a durar pues la aparición de la italiana había puesto nuevamente su vida "patas arriba"… ¡y le encantaba! Sobre todo ahora que la italiana estaba cooperando y su relación iba por buen camino… claro que sabía que aún no podía cantar victoria, pero la confianza no se la quitaba nadie. Su nueva meta a corto plazo era acercarse a su hijo y lograr que lo aceptara en su vida y sí, no iba a ser nada fácil, pero él era un hombre tan optimista que rayaba en lo molesto así que no iba a rendirse tan fácilmente. Cuando acabó la cena y en vista que su hermana seguía molesta con él y que gracias al cielo Paulo mantendría distraído al mastodonte de su novio, Antonio se levantó y se sentó en medio de la sala de estar para jugar con su sobrina; la niña estaba próxima a cumplir diez años pero, para fortuna de él, era su tío favorito y siempre estaba dispuesta a jugar con él… lo cual fue un alivio porque enserio quería huir de alguna de las largas conversaciones de su padre y de los regaños de su madre.

Pero ni la pequeña Ana fue capaz de nublar el radar de su madre. Bajo la excusa de que le ayudara a lavar los platos, Francisca Carriedo fue lo suficientemente astuta para quedar a solas con su hijo y es que sabía que nadie se iba a acercar a la cocina porque obvio, a nadie le gusta lavar la loza sucia. Para incomodidad del ojiverde, la mujer permaneció en silencio un buen rato antes de siquiera pronunciar sílaba alguna; Antonio rió nerviosamente cuando su madre le preguntó —más bien exigió saber— cuándo pensaba decirle que había roto con Emma… claro que él podía dar mil excusas al respecto porque sí, habían pasado muchas cosas desde entonces, pero una madre enojada siempre escucha sólo lo que quiere y obvio, estaba en desventaja.

—Se me olvidó —acabó rindiéndose y musitó la verdad. Francisca emitió una mueca de reprensión sin embargo se limitó a eso y siguió secando el servicio. Tampoco podía pretender controlar la vida de su hijo, era un hombre de cuarenta y cuatro años y bien sabía por qué hacía las cosas, no obstante nunca dejaría de preocuparse por él—. Estoy con Lovina ahora —soltó sin más y ésta vez Francisca abrió la boca hasta volverla una perfecta "o" decir que estaba sorprendida era poco.

—¿Lo dices enserio? ¿Lovina? ¿La misma Lovina Vargas que conozco?

—Sí mamá, la misma Lovina Vargas —no era como si fuese tan fácil encontrar otra mujer en el mundo con ese nombre, a decir verdad creía que la italiana era la única fémina con ese nombre… quizás en qué habían estado pensando sus padres cuando decidieron llamarla así, pero eso no venía al caso—. Estamos en algo así como el periodo de cortejo… la invito a cenar y ese tipo de cosas, ya sabes —se removió incómodo al sentir la mirada de reprensión de su madre—. ¿Q-qué pasa?

—Nada —bufó al tiempo que cogía otro plato limpio para secarlo y luego ponerlo en su sitio. Estaba preocupada; no es que no confiara en Lovina, pero ella siempre defendería a su hijo y si la italiana había decidido irse sin más, dejando todo tirado y escondiendo un embarazo… ¡nadie la podía culpar por no estar feliz con la decisión de Antonio! Suspiró—. Eres un hombre, no soy quien para meterme en tu vida, así que sólo te voy a pedir que te cuides, ¿bien?

Antonio no supo cómo responder a las palabras de su progenitora, así que se limitó a estar en silencio en tanto terminaba de lavar todo. Luego ayudó a su madre a repartir el postre y es que había pasado el tiempo suficiente para poder comer sin el inminente temor a que cualquiera de los ahí presentes acabara vomitando hasta su primera papilla. María se mostró evidentemente molesta cuando Paulo, sentado sobre las piernas de Govert, comenzó una cursi demostración de amor que incluía dar de comer al otro y luego besarse entre risas principalmente del luso; la menor de los Fernández Carriedo no dudó en apartar a su hija de aquella abominación de escena y rápidamente buscó su abrigo para salir de la casa junto a su familia. De antemano se disculpó con sus padres, pero musitó firmemente que no dejaría que su hija se expusiera a esa clase de anormalidades. Paulo rodó los ojos, acostumbrado a las estupideces de su hermana y se limitó a hacerle un gesto vulgar con las manos y luego ignorarla para seguir feliz de la vida junto a su novio. Por supuesto que los gritos no se hicieron esperar, así mismo el fuerte portazo.

El padre de familia negó con la cabeza, eran ya muchos años soportando la misma escena en cada acontecimiento familiar; si él había logrado aceptar al mayor de sus hijos tal y como era, no entendía por qué María acababa siempre haciendo un escándalo, gritando y gruñendo. Se supone que los hermanos deben quererse incondicionalmente, no insultarse mutuamente a la primera oportunidad que se diera. Govert, tanteando el pesado ambiente e intuyendo que los padres de su pareja seguramente le querrían decir algo, se escabulló bajo la excusa que iría al baño. Antonio tampoco quiso ser partícipe del intercambio verbal, así que igualmente se escabulló, aunque no era precisamente de su agrado estar en el pasillo junto al rubio, pero no le quedaba de otra. Escuchó bufar al neerlandés y alzó una ceja… Govert nunca había sido de su agrado y era obvio que el sentimiento era mutuo sólo para ese caso. Hace tres años, cuando se enteró que su en ese entonces novia era hermana del novio de Paulo, lo admitió, se lo pensó dos veces antes de querer ir más lejos con Emma. Pero aquello ya era agua pasada, ya habían pasado varios meses desde que habían roto y Antonio siempre había sido de la creencia de que todo pasa por algo. Si bien no había hablado con la rubia desde entonces, pudo jurar que no estaría llorando sobre su cama con una caja enorme de chocolates a un lado.

—¿Es que siempre te voy a caer mal? —rompió el silencio, sintiéndose ligeramente indignado con la actitud de su "cuñado" Govert era novio de Paulo hace tantos años que ya había perdido la cuenta así que sí, podría decirse que ya eran familia; pero el constante rechazo del rubio comenzaba a hartarle—. Si aún estás molesto por lo de Emma…

—Al contrario —interrumpió las palabras del castaño—. Me alegra que por fin se haya dado cuenta de lo imbécil que eres y se alejara de ti…

—Fui yo el que rompió con ella.

—¿Y te sientes orgulloso de eso? —frunció el ceño—. Vaya poco hombre que resultaste ser…

—¿Poco hombre? No soy yo el que gime como puta cuando Paulo te lo mete.

Listo. Apenas basto que terminara la frase para que Govert estampara su puño en el rostro de Antonio; ¡ser gay bajo ningún punto de vista te hace menos hombre que un heterosexual! Ese golpe se lo tenía más que merecido. El ruido producto de la caída fue el suficiente para que los mayores interrumpieran la charla con Paulo y a cambio acudieran a ver qué sucedía. Francisca ahogó un gritito al ver que la nariz de Antonio sangraba; Paulo hizo una mueca al ver que su novio se acariciaba los nudillos… lo conocía a la perfección y sabía que si había golpeado a su hermano debía existir una muy buena razón de por medio. Antes de que las cosas empeoraran, el luso buscó sus cosas y musitó rápidamente que se iría en compañía de Govert y claro, pasó por alto la mueca de sus padres antes de salir de la casa. José ayudó a Antonio a ir hasta el baño, Francisca en tanto buscó unos hielos para que así la nariz de su hijo no se inflamara.

—¿Por qué pelearon? —demandó el hombre a tiempo que buscaba algodón para limpiar la sangre. Antonio se limitó a chasquear la lengua y permanecer en silencio.

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Lovina suspiró una vez dejó sobre la mesa la taza sin café. Tenía la vista perdida en la pared, estaba realmente aburrida. Según tenía entendido, Mei había pedido el día libre debido a unos asuntos personales y Mathias estaba siendo parte de una larguísima cirugía que ya llevaba tres horas… tal vez si fuera más amable o más sonriente tendría más amigos ahí con quienes conversar, pero con ellos dos le bastaba y si iba a aburrirse, lo haría con todas las de la ley; fermentar incluso si era necesario. Aquel día en el hospital todo estaba demasiado lento, apenas y había pacientes y desde la última vez que una de las enfermeras había dicho "ah, que tranquilidad" para cinco minutos después pasar a estar rodeado de paciente; nadie se atrevía, ni quería volver a mencionar la frase maldita. Después de todo a nadie le viene mal un día relajado, es más, si las cosas seguían así, aquel sería uno de los pocos días en que cumpliría al pie de la letra su contrato laboral y saldría a las seis de la tarde… claro que cuando se quedaba aquello pasaba a ser parte de las horas extras que de igual modo le pagaban, así que no le molestaba del todo.

Buscó más café y luego decidió estirar las piernas, se suponía que estaba prohibido caminar por los pasillos con comida, más si era café caliente, pero aquello parecía un desierto así que creyó que no importaría. Se metió en cada box de consulta con la esperanza de que hubiera un paciente sin atender, pero no tenía suerte… ¡estaba tan aburrida! Iba a comenzar a contar las baldosas de las paredes si seguía así. Siguió probando suerte en cada box, aunque pronto deseó no hacerlo. Emma estaba sobre la camilla y un enfermero le estaba poniendo un yeso en la mano… recordó entonces que la rubia trabajaba cerca de ahí y no la culpó por venir a este hospital. Formuló una risilla nerviosa, pero Emma rápidamente la llamó, aludiendo a que quería hablar con ella; la italiana se incomodó de pies a cabeza, sin embargo acabó cediendo a la petición, aludiendo luego a que esperaría en el pasillo. Lovina se sentó en un asiento que estaba pegado a la pared y dio un sorbo a su café, maldiciendo entre dientes; ¿de qué se suponía que iba a hablar con Emma? Apenas y la conocía, había hablado con ella una vez y… si iba a armarle una escena de celos debido a haberle "quitado" a Antonio… miró al cielo en busca de clemencia.

Antes de darse cuenta, la rubia de cabello corto estaba frente a ella; con la mano sana se acomodó la tira del cabestrillo y acto seguido se sentó a su lado. La italiana se tensó de pies a cabeza y dejó pasar varios segundos antes de atreverse apenas a mirarla de reojo. La vio reír por lo bajo y no entendió nada… ¿acaso esa mujer no quería reclamarle por haberle —indirectamente— robado el novio?

—No te pongas tan tensa. No voy a reprocharte ni gritarte por lo que pasó, sólo me apetece hablar un poco contigo.

—¿De qué? —preguntó a la defensiva. No quería sonar grosera, de verdad que no, pero aquella era una parte de su personalidad que pocas veces podía controlar. Nuevamente se removió en su lugar y dio un sorbo a su café—. No te conozco, no sé de qué podríamos charlar.

—¿Cómo está Antonio? —Lovina pudo jurar que habría escupido el café en caso de tenerlo en la boca; dio gracias al cielo que aquel no era el caso. Giró la cabeza para ver a la rubia y se sintió más que incómoda al divisar el semblante triste que tenía—. No sé si te lo contaron, pero él terminó conmigo al día siguiente de su cumpleaños —comenzó contando—. En la fiesta él estaba tan triste porque no fuiste que se emborracho y hasta te dedicó una canción —la italiana sonrojó de vergüenza; algo le había comentado Paulo y su hijo, pero no lo había creído del todo en su momento—. Ya en ese momento era más que obvio que no tenía nada que hacer ahí, aún así me dolió que Antonio me terminara… fueron tres años, no se olvidan tan fácil.

—Supongo que me odias —rió apenas—. Si no hubiera vuelto a Italia tú seguirías con Antonio.

—Lo dudo. Probablemente sí, hubiéramos seguido juntos un par de meses más, pero de todos modos habríamos roto. Hay algunas cosas que son inevitables —miró a su interlocutora y le sonrió levemente—. No sé con qué frecuencia ves a Antonio pero, ¿podrías decirle que no le guardo resentimiento? Nuestra ruptura no fue precisamente en sana paz y a decir verdad no me anima mucho el hecho de volver a verlo… por eso…

—Yo le digo.

—Gracias —se puso de pie y dio unos pasos, mas dio media vuelta para ver nuevamente a la castaña—. ¿Sabes? Al principio creí que Toño estaba obsesionado contigo por el asunto del hijo que tienen, que sólo quería acercarse a ti por él… pero me equivoqué, Antonio está enamorado de ti —sonrió una última vez y luego se fue. Lovina se quedó literalmente de piedra viendo como la rubia se alejaba por el pasillo… por inconsecuente que sonase, se sentía culpable; Emma no parecía una mala persona pero igualmente estaba sufriendo por su culpa, aún cuando Lovina no había hecho nada para incitar ello.

Suspiró pesadamente. No vio la hora en el reloj, no sabía si ya era su hora de salir, pero había tan poca gente y se sentía tan decaída de ánimo que simplemente optó por sacarse el "pijama azul" que ocupaba para estar en el hospital y tomó rumbo a su departamento; pensó que si ocurría una emergencia la llamarían, y como no vivía lejos, no tardaría en llegar. Nada más al cerrar tras de sí la puerta de su hogar se sacó los tacones y los tiró por ahí, se sentía extrañamente cansada y sin ánimos. Quizás lo mejor sería darse un baño de tina y acostarse, pero ante la inminente posibilidad que la llamaran del hospital, descartó la idea y a cambio simplemente se tiró sobre la cama y contempló el techo blanco de su habitación. Sus mejillas se colorearon cuando a sus pensamientos acudió Antonio y su siempre amplia y brillante sonrisa; gruñó por lo bajo y se tapó el rostro con la almohada, ¡estaba actuando como una tonta! ¡Que sólo era Antonio! Suspiró y se preguntó si lo que estaba haciendo estaba bien, ¿cómo iba a reaccionar su hijo? Seguramente no iba a estar feliz de saber que las cosas entre el español y ella no estaban del todo mal.

El estridente sonido del timbre la sacó completamente de sus cavilaciones y le provocó dar un pequeño salto en la cama producto del susto. Pensando lo peor, rápidamente calzó sus tacones, tomó su abrigo y bolso y salió corriendo con rumbo a la puerta… sin embargo cuando la abrió y chocó de lleno con una amplia, tonta y brillante sonrisa, la ira se hizo notar en sus mejillas, ¡se había preocupado por nada! Aunque no podía ser tan mala y culpar a Paulo de ello… no era su culpa que se haya caído de los brazos de su madre y por eso fuera… así, o bueno, suponía que se había caído de los brazos de su madre. Bufó y se cruzó de brazos, manteniendo su ceño fruncido.

—¡Lovi!

—Mi nombre es Lovina, maldita sea, Paulo —respondió con la brusquedad acostumbrada, a la que para su desdicha, el luso ya estaba acostumbrado. El hombre frente a ella hizo como si nada e hizo amago de entrar al departamento, sin embargo la italiana fue más rápida y le impidió el paso—. ¿Qué crees que estás haciendo? Vete a tu casa, bastardo.

—Joo… Lovi, déjame entrar. Hace frío, está lloviendo y tengo hambre.

—Que te marches a tu casa.

—Pero Govert no está —hizo un puchero monumental, Lovina no tenía idea que se podía conmover tanto ante un gesto, sin embargo movió la cabeza de un lado a otro para recobrar la compostura y permanecer simple en su decisión—. Me siento solito.

—Ese no es mi problema.

—¡Pero si vine a verte! Lovi no seas mala, déjame entrar.

—¡Está bien! ¡Está bien! Pasa de una vez antes de que me arrepienta —suspiró. Lovina muchas veces se preguntó cómo un hombre con el porte y presencia que tenía Paulo podía llegar a ser tan infantil, ¡porque vamos! Cualquiera que viera al luso en la calle pensaría que es un "macho peludo que se respeta" y no un crío en un cuerpo adulto. Bueno, un motivo más para darle razón a la frase: no todo lo que brilla es oro.

—¡Sí! —gritó emocionado y corrió directamente a la cocina, abrió el refrigerador y casi de inmediato hizo tal mueca de decepción al ver que en el interior había sólo media lechuga y una barra de mantequilla que la italiana nuevamente se incomodó; ¿cómo rayos podía ser tan expresivo? Maldijo—. ¿Estás loca? ¡Aquí no hay comida!

—No sé qué te hacía pensar que habría comida acá —rodó los ojos al tiempo que dejaba su bolso sobre el sofá, acto seguido se quitó el abrigo e igualmente lo dejó sobre el sofá, claro que procuró que estuviera bien acomodado para que no se arrugara o peor, acaba en el suelo y se manchara—. Salvo por hoy que fue aburridísimo, casi todos los otros días he estado en el hospital, sólo venía a ducharme así que…

—Pff... —interrumpió el luso con una nueva mueca, esta vez de ¿indignación? Lovina sólo se limitó a alzar una ceja—. Menos mal Adamo está en el campus o ya lo habrías matado de hambre. Mira que hasta yo me di cuenta que a él se le quema hasta el agua.

—Si tuvieras un hijo entenderías que uno como madre de todas formas le tendría comida todos los días. Pero como no está acá, no es necesario.

—Para tu información, con Govert ya comenzamos con el papeleo para adoptar, así que pronto tendré una hija… pero ese no es el punto ahora —se acercó a la italiana y nuevamente hizo un puchero en tanto la taladraba con sus ojos verdes—. Yo soy casi como tu hijo... ¡siempre que puedo vengo a verte! ¿Dónde está mi comida?

—Primero: no puedo creer que un crío como tu vaya a ser papá, pero me alegro mucho por ti y tu novio —expresó con sinceridad, mas pronto cambió su expresión a una de enfado—. Segundo: no eres mi hijo y no te comportes como tal. Tercero: sí quieres comida compra tú que para algo trabajas. Cuarto: si no te gusta, ¡márchate! No tengo porqué aguantar tus berrinches… enserio me da pena la niña que vas a adoptar, espero que séalo suficientemente lista para no hacerte caso.

—¿Estás en tus días? —preguntó el hombre como si nada, pasando por alto toda la palabrería de la italiana. Cerró el refrigerador y luego tomó el teléfono para pedir una pizza; venía comiendo lo mismo hace tres días, pero es que no podía evitarlo, Italia tiene las mejores pizzas del mundo, además siempre hacía ejercicio (idea de su novio, que igualmente hacía) así que de todas formas quemaba todas las calorías—. Lovi, ¿te gusta el jamón y las aceitunas en una pizza?

—¿Q-qué? —sintió su rostro enrojecer, seguramente por la vergüenza, pero más que nada por la ira. A lo largo de su vida había conocido gente descarada, Francis era un buen ejemplo, aunque él era más pervertido que otra cosa, sin embargo ahora Paulo se estaba llevando todos los premios, incluido el mayor que incluía un golpe de lleno en el rostro—. ¡Cállate! Eso no es de tu incumbencia, bastardo —le miró con completa indignación, pero no duró demasiado, Paulo ya había cambiado de tema, abruptamente—. Sí, sí me gustan... —suspiró resignada, su acompañante era peor que un niño. Se dejó caer sobre uno de sus cómodos sofás y se acarició las sienes.

—Genial —clamó feliz y tras pedir la pizza se sentó sobre el apoya-brazos de uno de los sillones y miró a la fémina como si nada, pasando por alto las mejillas sonrojadas y la mueca de "voy a explotar en cualquier momento", después de todo la italiana siempre había sido igual y de todas formas se habían hecho buenos amigos—. Lovi, ¿tienes dinero?

—...¿Qué? —quería golpear y echar a Paulo de su casa. Si por un segundo había estado feliz por tener compañía en su casa (y es que sí, a veces se sentía un poco sola) ahora sólo creía que el luso había arribado a su hogar para desesperarla. ¿Enserio tendría que pagar ella? ¡Era un maldito aprovechado!—. ¿Pides una pizza y tendré que pagarla yo? ¿Es eso? —bufó con enfado.

—Es que no quiero gastar mi dinero —hizo un nuevo puchero y miró a Lovina a la par como lo haría un perrito bajo la lluvia—. ¡Además es tu culpa por no tener comida para tus visitas!

—¡¿Y piensas que yo si quiero gastarlo?! —Paulo sí que sabía cómo hacerle entrar en histeria. Cada segundo temía más por el bienestar de la niña que adoptaría, aunque tal vez el tal Govert era más centrado y pondría en cintura al hiperactivo luso… quizás no todo estaba perdido—. Visita son las personas a las que uno invita a la casa, no los que llegan de improviso.

—Pero si yo soy de la familia, no necesito anunciarme —se encogió de hombros y se acostó en el sofá—. Además, la última vez que vine traje un pastel... ahora te toca a ti, paga —había pasado tanto desde la última vez que estuvo en esa casa, el tiempo había pasado volando y en un abrir y cerrar de ojos habían transcurrido varios meses. Aunque no lo pareciera, Paulo era bastante consciente del tiempo y se esforzaba por tener junta a toda la gente que quiere… más allá de lo molesto que pudiera ser, estaba muy preocupado por la gente que consideraba su familia.

—Sí Adamo estuviera acá te creo lo de familia, pero nosotros no lo somos —se cruzó de brazos, bufando con enfado, no obstante se arrepintió en el acto, pues Paulo comenzó a chillar, gritando con exageradas muecas de tristeza. Lovina reafirmó su postura y nuevamente se arrepintió cuando vio como el mayor corría a abrazarle, alegando que se querían tanto como cualquier par de buenos hermanos. Finalmente sonrojó y resignada, acabó dándole la razón… ¡pero sólo para que la dejara tranquila! No por otra cosa—. ¡Ya suéltame, maldita sea!

—Que mala —refunfuñó, reacio a separarse, muy por el contrario, se aferró aún más al cuerpo femenino y claro, no pudo controlar su genio mucho rato, por lo que rápidamente agregó—: Lovi, ¿cómo aguantas con dos pelotas de fútbol justo aquí? A mí me dolería la espalda.

Lovina paró en el acto sus intentos por soltarse, ¡estaba tan avergonzada! Tenía el rostro completamente rojo y pronto se mostró deseosa de tener la cabeza de Paulo sobre una bandeja de plata. Hizo uso de todas sus fuerzas para empujarlo y luego gritarle cuanto insulto cruzó su cabeza, ¡¿cómo se atrevía?! Paulo era un desgraciado, no tenía respeto por nada y si lo tenía no lo sacaba a relucir.

—Es que enserio, Lovi —olvidó completamente el tema anterior y sin ningún disimulo, clavó sus ojos en los atributos de la italiana—. Son como... grandes y redondos, oh... la novia que tuve hace tiempo no los tenía como tú… y ella igual los tenía grandes, hacían como "boing, boing" —rió insanamente, mas pronto recuperó la compostura—. Quizás tú los tienes un poco más pequeños que ella, no sé, no soy un experto en pechos… pero igual son grandes, ya sabes, ¿no te duelen?

Su sonrojo aumentó aún más cuando el contrario sin descaro alguno comenzó a mirarle, ¿es que acaso era un completo idiota? ¡¿Cómo demonios podía hablar de ello así sin más?! Que fuera gay no le daba el derecho de verle los pechos, mucho menos le daba el derecho de opinar sobre ellos. Completamente avergonzada, se cubrió el busto con los brazos y le dirigió al luso su mayor mirada de odio… ya en el colegio sus compañeros la molestaban por tener esa zona un poco más desarrollada que el resto de las chicas de su edad, claro que eso cambió a medida que fue creciendo, pues aprendió a usar sus atributos a su favor, ¡pero eso no significaba que ya no le diera vergüenza! Maldito Paulo, en ese momento lo odiaba con toda su alma. ¡Encima que seguía riendo como un maldito loco! Si seguía así aprovecharía el hecho de estar en el cuarto piso y lo empujaría de la ventana.

—Eres un maldito idiota, será mejor que te calles —reclamó y desvió la mirada—. Además, Adamo se enojará contigo si se entera de esto.

—No es como si quisiera tocarlas... prefiero tocar otras cosas redondas —volvió a reír insanamente ante el doble sentido de sus palabra, no obstante rápidamente se calmó y miró a Lovina con una mueca—. Adamo no se enojaría... el sabe que no me gustan las mujeres.

—Adamo se enojaría por tu descaro de decir las cosas... y de mirar —prefirió omitir olímpicamente el otro comentario, no quería entrar en detalles sobre la vida sexual de Paulo; tal vez si Elizabeta estuviera ahí la conversación tomaría el rumbo que precisamente quería evitar, pero ya que la húngara no estaba, dio gracias al cielo.— Pero si no me crees podemos llamarlo y averiguarlo —sacó su teléfono celular y se lo mostró.

—No tengo nada que temer —aseguró y dio paso a la italiana para que llamara a su sobrino. Hace tiempo no sabía de él y bueno, lo extrañaba—. Llámalo.

Marcó el número de Adamo y esperó a que contestara. Rápidamente llenó al menor de preguntas, era su hijo después de todo, nadie podía culparla por estar preocupada por él y claro que aprovecharía la instancia para hablar con él, más allá de limitarse a preguntarle si se enojaría o no por la estupidez que había dicho Paulo… sonrojó casi imperceptiblemente y se sintió tonta al haber interrumpido a su hijo por algo como eso; el menor había mencionado que había estado leyendo toda la tarde y de verdad lo último que quería la italiana era interrumpir sus estudios. La estridente voz del luso la sacó de sus cavilaciones y es que cómo no, había gritado un saludo para que Adamo fuera capaz de escucharlo. Temiendo por su oído y el de su hijo, dejó el teléfono con altavoz para que así ambos pudieran comunicarse sin dificultades. Paulo nuevamente habló, pseudo obligando a la mujer a hacer la pregunta por la cual había llamado, sin embargo se vio interrumpida por el sonido del timbre, seguramente era la pizza. Lovina se disculpó con su hijo, alegando al hecho que Paulo había pedido una pizza y que a ella le correspondía pagarla… escuchó risas del otro lado y suspiró. Alcanzó a escuchar un "Adamito, tu mamá está de malas" y la respuesta de su hijo: "no se escucha enojada, probablemente la estas molestando y deberías irte de una vez" ahora fue el turno de ella de reír, su hijo era así, siempre la defendía. No pudo haber pedido un mejor niño, estaba muy agradecida con la vida por ello.

—Yo que vengo para alegrarle el día y tu madre me reclama por todo.

La aludida rodó los ojos, sólo le quitó la atención al luso cuando el chico que repartía las pizzas le dio su vuelto… debía asegurarse que estuviera bien, suficiente tenía con los políticos corruptos que robaban cada vez que se les daba la regalada gana. Agradeció al repartidor y cerró la puerta para luego dejar la caja sobre la mesa del comedor. Había perdido el hilo de la conversación, pero tal parecía que sólo hablaban sobre trivialidades. Le preguntó entonces al mayor si había hecho "la" pregunta y bufó al ver que éste negó con la cabeza.

—No —hizo un puchero y es que él igual quería hablar de otras cosas con su sobrino. Tomó la caja de pizza y no dudó en sacar un pedazo... en verdad tenía hambre—. Creí que querías preguntarle tu misma —habló con la boca llena.

—Que considerado —rodó los ojos y volvió a sonrojar al ver el aparato y saber que su hijo estaba escuchando del otro lado—. Adamo, lo que pasa es que... Paulo, descaradamente, se ha puesto hablar sobre mi busto... y a mirarlo —dijo de la forma más rápida posible, tampoco le agradaba la idea de decirle eso al castaño menor, aunque sabía que ella ganaría, con lo sobreprotector que era su hijo, sabía que se enojaría, no importaba que Paulo fuera gay, seguía siendo hombre y aquel era su boleto para que Adamo se enojara con él.

—Yo sólo le pregunté si no le dolía la espalda por tener dos pelotas en el pecho... nada más —rápidamente se defendió y se encogió de hombros para luego seguir comiendo como si nada—. Lovi cree que te enojarías si te decía que le había mirado las tetas... ni siquiera me gustan y mi pregunta fue completamente inocente.

Adamo alzó una ceja cuando su madre comenzó a contarle lo que estaba haciendo su tío. Tragó saliva, ¡¿iba en serio?! ¡Por supuesto que se iba a enojar. ¡Já! Punto para Lovina, ella tenía razón; no obstante cortó su pseudo celebración y es que su hijo parecía muy molesto en verdad; el universitario estaba contrariado, no podía creer que de verdad dos adultos lo hubieran llamado para eso, pero ni por muy tonto que fuera el tema no dejaba de estar enfadado. Paulo se defendió diciendo que la italiana era infantil y ella se defendió diciendo que era culpa del luso por comenzar a hablar tantas tonterías. Finalmente dieron por zanjado el tema, Lovina le deseó suerte en los exámenes a su hijo, disculpándose de antemano por quitarle tiempo, así mismo le pidió que no se desvelara demasiado y cortó la llamada.

—Pobre Adamo —comenzó Paulo, masticando un poco de pizza—. Yo sólo hice un comentario... tú te sulfuraste y lo involucraste —miró a la italiana y le acercó la caja de pizza para que sacara un pedazo, seguramente igual tendría hambre—. Lovi, deberías relajarte un ratito... ¿cuándo fue la última vez que te embriagaste? ¿O la última vez que tuviste sexo? ¿No se supone que tienes un novio o algo así? Deberías echar un polvo y asunto arreglado.

Una mueca de enfado y tristeza se apoderó de las facciones femeninas. No podía decirle a Paulo que por culpa de Antonio —y de su indecisión, pero más que nada por culpa de Antonio y ese afán que tiene por confundirla— nunca logró llevar las cosas con Jett a otro nivel, y menos podía decirle que se había acostado con su hermano, claramente ese no era un tema para conversar... aún cuando las cosas aparentemente estuvieran bien, aún no cantaba victoria.

— No tengo novio, para tu información, y de todas formas, no es asunto tuyo.

—Yo solo decía —permaneció unos minutos en silencio en los que sólo se escuchó masticar a ambas partes—. No te enojes, pero... —trató de guardar la mayor compostura posible, después de todo el tema que iba a plantear era serio—. ¿No has pensado en darle una oportunidad a Antonio? Ha pasado bastante tiempo y se nota que está haciendo esfuerzos para que lo perdones.

—Paulo... por favor, no empecemos con ese tema de nuevo —Lovina sintió como todo su apetito desaparecía, terminó por dejar el trozo de pizza olvidado. Cerró los ojos unos instantes, el tema ya no debería afectarle, sin embargo, resultaba todo lo contrario. ¡Claro que lo había pensado! Y hasta pensó en darle una oportunidad, pero no podía, simplemente aquellas palabras se rehusaban a salir de sus labios; no era tan fácil, no después de todo lo reciente que había ocurrido.

—Está bien... lo siento —suspiró y tras limpiarse las manos, se acercó al sillón donde estaba sentada Lovina y la abrazó. No sabía si a fin de cuentas la mujer hubiera querido eso o no, aunque igual lo había hecho... si bien era cierto que no solía congeniar muy bien con las mujeres, Lovina era especial, le tenía mucho aprecio y aunque ella se negara, él sí la consideraba parte de su familia. Ella agradeció el abrazo, aunque gracias a ello sus emociones afloraron aún más. Se acomodó entre los brazos del mayor, apoyando su frente sobre el hombro contrario.

—Me acosté con Antonio... —masculló en un ligero suspiro, ya no había marcha atrás, debía seguir hablando o se volvería loca—. No sé por qué lo hice… y lo peor es que desde entonces Antonio se ha comportado de manera tan dulce; siempre me está llamando, me invita a cenar y no puedo negarme porque siento que si no estoy con él me voy a morir —expuso con verdadera pena, aferrándose al cuerpo del castaño.

Paulo sólo fue capaz de abrir la boca ante las palabras de la fémina; siempre que él le insinuaba algo respecto a su hermano pensaba en pasos pequeños... no gritarle cada vez que se veían, sonreírle, quizás incluso aceptarle una cita... el sexo eran ligas mayores, claramente no pensó que iban a llegar a esa instancia, al menos no aún. Acarició la espalda de Lovina en un intento por reconfortarla y lograr que se calmara.

—¿Y por qué te sientes tan mal? No creo que te haya obligado... si lo hicieron fue porque ambos así lo quisieron.

—Porque le he pedido el divorcio anteriormente... le insistí tanto a Arthur para que Antonio por fin firmara ese maldito papel, pero a la primera de debilidad me acosté con él… y fui yo la que comenzó, ¡es absurdo! —dijo casi al borde de la histeria, no quería llorar, pero el tema ya estaba sobre la mesa—. ¡Nada de eso debió pasar! Las cosas con Antonio ya terminaron... y se debieron quedar así...

—Que yo sepa, él no te ha dado el divorcio... y pueden romper ese papel, olvidarse de el y más importante... puedes dejar de lamentarte y darte cuenta que quizás lo que pasó es una señal —miró al techo y luego agregó. —Tampoco lo estoy defendiendo, lo que te hizo estuvo mal pero, ¿no ha sufrido ya lo suficiente? O mejor... ¿Enserio estarías tranquila si Antonio se enamora de alguien más?

Las palabras sonaban realmente mejor de lo que pensaba, pero no era tan fácil, sólo eran palabras, distinto sería llevarlo a la realidad de los hechos. Inmediatamente pensó en Emma, si Antonio había estado tres años con ella era porque esa mujer lo hacía feliz, ¿no? Sintió un nudo en la garganta nada más al imaginar a su tonto español sonriéndole a ella, haciéndole el amor a ella, teniendo hijos y una familia con ella… ¡No quería! Ni Emma ni ninguna otra mujer en el mundo tenían el derecho de estar con Antonio, porque él era su marido y ella, como esposa, era la única calificada para hacerlo feliz.

—Claro que no. Me alegré tanto cuando terminó con aquella mujer —algunas cuantas lágrimas terminaron cayendo de sus ojos—. Pero... ¿qué diría Adamo? ¡No quiero que él se enoje conmigo! Él también la ha pasado mal... no quiero hacerle más daño...

—Adamo amaría verte feliz... él no sabe todos los buenos momentos que pasaste con Antonio, ¿verdad? ¿Por qué no hablarle de las cosas buenas de mi hermano y después intentar algo? No sé, tampoco pretendo obligarte.

—Puede que tengas razón —aunque claramente le daría más vueltas al asunto, no era una decisión para tomar a la ligera, involucraba demasiados factores como para hacer cualquier cosa. Se separó del abrazo para poder limpiar sus ojos y los rastros de lágrimas que de seguro le habían corrido el maquillaje—. Gracias, Paulo... creo que no eres tan idiota —rió.

—No es problema —le sonrió y le revolvió el cabello—. Bueno, yo creo que Govert ya llegó a casa, así que me iré —se puso de pie aunque miró largo rato a la italiana, tampoco quería dejarla así como así—. Si te sientes mal llámame, ¿bueno? No lo dudes ni un segundo... luego me enfadaré contigo si me entero que lo pasaste mal y no me dijiste. Ella soltó una ligera risa, aún en esos momentos Paulo lograba subirle el ánimo.

—De seguro te arrepentirás si te llego a llamar una día a las tres de la madrugada —musitó a modo de broma, para luego levantarse y acompañar al contrario hasta la salida—. Nos vemos...

—Probablemente sólo te maldeciría unos cinco minutos —rió y acto seguido salió por la puerta, claro que antes se despidió de ella y finalmente se fue.

Suspiró. Tenía que pensar.

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A una hora de ahí, Adamo no dejaba de mirar contrariado su teléfono celular, Paulo y su madre podían llegar a ser en verdad muy tontos. En lo que a su vida respectaba, sólo le quedaba un examen que sería en dos días y luego podría finalmente decir que había sobrevivido a la primera ronda de evaluaciones universitarias. Rió suavemente y dejó el libro a un lado… no iba a pasar nada si descansaba un poco; como bien le había dicho a su madre, había estado leyendo toda la tarde y los ojos comenzaron a dolerle… probablemente tendría que ir al oculista para pedir lentes para leer, pero eso ya lo vería luego. Cerró los ojos y se sumió en sus pensamientos… pronto comenzaría la segunda semana de Octubre, llevaba más de un mes en el campus de W y si bien sólo había hecho una buena amiga de entre todos sus compañeros de carrera, no podía decir que se sentía decepcionado de sí mismo, pues con el resto se llevaba bien, aunque claro, no mantenía con ellos la complicidad que compartía con Regina. Casi le dio algo cuando la muchacha le confesó ser lesbiana y tener novia desde hace ya un año… simplemente no podía creerlo, aunque rápidamente rió. Había escuchado comentarios sobre varios chicos de su clase sobre lo linda que era la muchacha y que la invitarían a salir… pobres de ellos.

Si seguía ahondando en personas de confianza, Martín, su compañero de habitación, también entraba a la lista. Si bien el argentino podía llegar a ser un verdadero dolor de cabeza, era un buen amigo y daba buenos consejos, no sólo personales, sino para desenvolverte dentro de la universidad; le había aconsejado, por ejemplo a qué hora ir a comer para no tener que hacer una fila interminable en la cafetería, así mismo le dijo entre risas cuál era la bibliotecaria más benevolente y es que por más organizado que seas, a cualquiera se le puede olvidar devolver a tiempo un libro y bueno, esta mujer no era tan estricta con eso de "castigado una semana sin derecho a pedir libros" Y conste, que cada día atrasado era una semana de castigo. De ahí en más y aunque odiara admitirlo, Christian se había convertido en alguien importante para él… más molesto que diez Martínes, el español era como un dolor de cabeza sumado a una patada en la ingle y un golpe en el estómago… pero así y todo tampoco lo podía alejar… ¡ni aunque quisiera! Christian siempre hallaba la forma de encontrarse con él, ir a almorzar juntos y claro, lo besaba cada vez que le entraban ganas. Sonrojó furiosamente, tanto que comenzó a sentirse mareado por la súbita acumulación de sangre en su cabeza y es que había recordado esa ocasión en la que el mayor le había dado un masaje… luego se había sentido tan relajado, aunque el gusto no le duró mucho, pues Christian no tardó ni un segundo en meterle mano y besarlo. ¿Y su excusa? ¡La peor de todas! "Creas lo que creas Adamo, no soy un aprovechado, sólo soy lo suficientemente inteligente para no dejar para una oportunidad"

Idiota.

Golpearon la puerta y antes de caer en cuenta que Martín tenía llave, sintió dos brazos apresando su cuerpo. Gruñó avergonzado y no tardó en escuchar la molesta risa del español. Por supuesto que lo empujó para liberarse y no, esta vez el puchero que siempre hacía para manipularlo no iba a servir… porque desvió la mirada, ¡já! Estúpido Christian.

—Mira nada más la cara que tienes… te verías más guapo si le pidieras a Tincho una de sus cremitas gay para las ojeras… aunque podrías aprovechar que se acerca Halloween y usar tu cara para asustar niños. O simplemente podrías ponerte una bolsa —se encogió de hombros y como siempre, pasó por alto la rabieta de Adamo y a cambio le dio un beso en los labios, después de todo aún no lo saludaba como correspondía; eso logró calmar de inmediato al de ojos verdes—. ¿Sabes? Estaba pensando…

—¿Piensas?

—Estaba pensando —repitió, frunciendo ligeramente el ceño ante el pseudo insulto del ojiverde—. Que no sé casi nada de ti, así que podríamos aprovechar de que estás cansado y de que tengo flojera y hacernos preguntas para conocernos mejor.

—¿Es enserio? —frunció los labios, no iba a negar que le gustaba la idea de sabe un poco más del mayor, pero no lo diría a viva voz—. Bueno, no es como si quisiera seguir estudiando —bufó.

—Entonces yo empiezo —se mostró ansioso ante el pase de Adamo, tenía mil y una pregunta en mente y ahora estaba la oportunidad propicia para saciar cada una de ellas. Pensó en ser prudente, tampoco quería ser demasiado entrometido—. ¿Por qué tienes acento? No hablas como los demás italianos que conozco.

—Viví desde pequeño en Estados Unidos —recordó entonces su antigua vida y la cantidad de cosas que habían pasado desde que piso Italia, ya había pasado bastante tiempo pero había cosas que extrañaba claro había vivido prácticamente toda su vida allá pero volver a su país natal había sido un paso importante, demasiado importante, doloroso desde un punto de vista y necesario desde otro—. Tú tampoco tienes acento italiano, tiene un… ¡estúpido acento español! —se había dado cuenta de eso desde la primera vez que cruzó palabra con Christian y lo había confirmado varias veces que le hablaba con palabras de su país lo que le causaba cierto rechazo, ahora simplemente ignoraba pues no hacía bien en mezclar dos asuntos totalmente diferentes. Christian se limitó a mirarlo con una mueca.

—Sí, bueno, tampoco es tan complicado de reconocer —se abrazó a él y le besó la mejilla, esperando que el simple gesto lo tranquilizara un poco—. ¿Tienes hermanos?

Adamo tuvo que admitir que el abrazo del mayor lo había hecho sentirse mejor, hasta le dieron ganas de abrazarlo pero jamás lo haría así que simplemente se dejó abrazar y se dedicó a responder a la pregunta.

—No tengo hermanos —hizo una mueca, de chico le hubiera gustado tener algún hermanito o hermanita, algún cómplice o alguien a quien simplemente echarle la culpa si se rompía algo en la casa o tal vez para no estar tan solo pero ahora… sería raro—. ¿Y tú?

—Sí, una hermana de cinco años —sonrió ante el sólo recuerdo de la pequeña niña—. Es muy linda, pero se parece un poco a ti en el carácter —rió suavemente—. Se llama Isabel, pero yo siempre le digo Amor, que es su segundo nombre... pero lo odia y eso lo hace divertido —le dio otro beso en la mejilla, podía pasarse toda la tarde haciéndolo—. Uhm, ¿qué te gusta hacer? Además de insultarme —rió por lo bajo.

—¿Amor? —inquirió contrariado, ¿a qué se refería al decir: "es muy linda pero se parece un poco a ti en el carácter"? De ser así seguramente era mucho más inteligente que el estúpido español. Recordó entonces aquella vez que el mayor lo había llamado así y no pudo evitar sonrojarse al menos un poco. ¡La culpa la tenía Christian! Con un demonio por un momento creyó que bueno, era demasiado tonto pensar en aquello ahora. Bufó—. Me gusta escuchar música, jugar fútbol… —suspiró—. Eso... claro además de insultarte —sonrió de manera irónica—, ¿A ti qué te gusta hacer? Además de acosarme.

—También me gusta el fútbol —comentó feliz de tener algo en común con el menor; tal vez podrían jugar luego—. Me gusta leer, comer y las siestas. Creo que mi único hobbie raro es acosarte —rió y se acomodó para poder ver los ojos de Adamo y luego lo besó. —También me gusta besarte. —rió nuevamente y le dio otro beso—. ¿Qué no te gusta?

—No me gusta que me acosen, ¡maldición! —se sonrojo por los besos dados por el mayor—. Los números tampoco me gustan... —desvío la mirada encogiéndose de hombros y luego volvió a mirar a Christian—. ¿A ti qué no te gusta? —luego una pregunta se le cruzó por la cabeza… ¡no es que le interesará! P-pero…—. ¿Tu familia también está en Italia? —porque seguramente era feo estar lejos si es que no estaban acá y la curiosidad le pudo más, si estaban acá capaz podría conocer a Isabel, los niños siempre eran tan tiernos y… ¡¿estaba pensando en conocer a la familia del español?! ¡Porque demonios pensaba en cosas tan idiotas! Estúpido Christian, ¡él tenía la culpa de todo!

—Yo no diría eso —mofó aún más ante el sonrojo de Adamo. Ya se había acostumbrado a eso de que, en lo que respecta a sentimientos, la mayoría de las veces decía algo, pero justo antes de pensar lo contrario; se preguntó si el ojiverde sería alguna especie de súper genio o algo así, ¡era casi como si omitiera las órdenes de su cerebro!—. Creo que como a la mayoría, no me gusta que me mientan, y los porotos verdes... enserio los odio —hizo una mueca, mostrando todo su desagrado a la verdura—. Parecen gusanos, son verdes y babosos y... —no siguió hablando, producto del asco. Pasó sus dedos por sobre los párpados y tomó unos segundos para tranquilizarse—. Mis tíos maternos y mi prima viven aquí... ya sabes, los del bar de la otra vez. Mis padres y hermana están en España... aunque algunas veces viene mi papá o mi mamá siempre acompañados por Amor. Aunque tampoco es muy seguido... por lo de la crisis y todo eso —suspiró pesadamente, demostrando con ello lo mucho que los extrañaba. Los veranos se hacían cortísimos en España y lo que más lamentaba era no poder ver crecer a su hermanita.

—Debe ser feo estar tan lejos —podría imaginarse cómo se sentía el español. En un gesto de querer animarlo paso sus brazos alrededor de su cuerpo, abrazándolo… aunque sólo un momento. Rompió el abrazo con el rostro algo sonrojado y como si ese gesto no hubiera existido se animó a seguir preguntando—. ¿Por qué viniste a estudiar a Italia, idiota?

—Un poco, sí —se sintió bien que, para variar, el ítalo-español fuera quien lo abrazara. Ello, junto con que no rechazara sus besos le abría la esperanza de que Adamo por fin lo aceptara en su vida. Alzó la cabeza e hizo un puchero al ya no sentir los brazos del ojiverde a su alrededor—. ¿Acaso tengo que contarte historias tristes de mi vida para que me vuelvas a abrazar? —medio rió y le dio un rápido beso en los labios antes de volver a hablar—. Por lo que vienen todos, supongo... el prestigio de ésta universidad es realmente bueno y tiene un muy buen sistema para alumnos extranjeros. Como tenía buenas calificaciones en el colegio, no me fue demasiado complicado ingresar aquí. Aunque convencer a mis padres fue otro tema —hizo una mueca, tratando de omitir las largas discusiones con su progenitor. Adamo se sentó en la cama y buscó una manta, a pesar de hacer calor debido a la calefacción del edificio, estar prácticamente inmóvil le había helado el cuerpo. Se acomodó bien y a decir verdad no se sorprendió cuando Christian lo abrazó—. Tengo otra pregunta, pero me gustaría que fueras sincero —suspiró, sin atreverse a ver los ojos verdes—. ¿Por qué nunca me has rechazado cuando te doy un beso o te abrazo?

Levantó una ceja cuando escucho al contrario mencionar que esperaba "sinceridad", estaba siendo sincero en todo, ¿por qué demonios iba a mentir? Y al poco tiempo de haberse preguntado ello, se puso rojo como una grana. ¡¿Qué clase de pregunta era esa?! ¡Maldito idiota! ¿Acaso no era obvio? ¿Por qué tenía que decirlo en voz alta? ¡Maldición! Bufó y quiso soltarse del mayor, la situación era demasiado vergonzosa. ¿Por qué tenía que abrazarlo de esa forma siempre? Tomó aire.

—Tal vez... solo tal vez, me gustes un poco, idiota —habló tan rápido como le fue posible. Y estaba siendo sincero ¡merda! Después de todo no hablaría como lo estaba haciendo con alguien que no le interesará. Y si, en su interior se estaba aceptando de a poco, tal vez nunca quiso verlo pero en definitiva esos "detalles" por llamarlos de alguna manera salen a la vista en cualquier momento y ya no era un niño como para no darse cuenta de eso, debía aceptar las cosas como eran tarde o temprano, podría fingir como muchos hacen pero ¿a qué llevaría eso? Suspiró, sabría que tendría el apoyo de las personas que lo querían y eso aliviaba un fuerte peso para él.

—Idiota significa te amo, ¿cierto? —elevó la cabeza y lo besó en los labios, acomodándose sobre el cuerpo del menor. Estaba tan feliz que hasta se sintió capaz de bailar... aunque tampoco era como si de verdad fuese a hacerlo, no mientras podía estar besando al insolente novato que tanto le atraía. Pasó sus manos bajo la camisa del ojiverde, teniendo contacto directo con su piel y le acarició los costados—. Tú me gustas mucho... —murmuró, bajando luego a su cuello y besándolo lenta y tortuosamente. —Nunca antes había hecho tantas cosas para llamar la atención de alguien. Siéntete importante pequeño Adamo

—Idiota significa que eres un idiota —sintió estremecerse cuando las manos del español de deslizaron por su piel y aumento junto a cierto cosquilleo cuando los labios del mayor recorrieron su cuello. No sabía cómo tomarse aquello de que "Nunca antes había hecho tantas cosas para llamar la atención de alguien" de repente la curiosidad por saber con cuantas personas estuvo Christian apareció. ¿Y si él era uno más? ¿Por qué debía sentirse importante? Si bien lo poco que conocía al español no había demostrado ser mala persona sino todo lo contrario y parecía que realmente estaba interesado en él, se lo había dicho mucha veces pero… ¡No era su culpa desconfiar tanto, demonios!—. ¿Y las preguntas? —comentó tratando de llamar la atención de Christian.

—Cierto, cierto —habló entre besos, reacio a separarse del ítalo-español. Lo besó largo rato en tanto pensaba algo qué preguntarle... aunque si de él dependiera, dejaría las preguntas para otro momento y se enfocaría en lo presente. Deslizó sus labios a la oreja de Adamo y suspiró comenzando a sentirse nervioso—. Yo... —mordió su labio, deseando que los focos estallaran para así quedar en penumbras y que no se pudiera ver el sonrojo que se comenzaba a apoderar de sus mejillas. ¡Él nunca se sonrojaba! Se sentía rarísimo. Suspiró nuevamente y se separó un poco del cuerpo de Adamo, acariciándole la mejilla e infundiéndose valor para hacer la pregunta que hace tiempo estaba rondando en su cabeza—. Te quiero —susurró lo suficientemente alto para ser escuchado por su contraparte—. Sé mi novio, ¿sí?

—Y-yo…—trató de asimilar lo más rápido posible las palabras del mayor… capaz había escuchado mal, tal vez fue solo un error, ¿un juego de su mente? No, estaba seguro que no. Había escuchado perfectamente bien y eso lo aterraba. Su mente se había nublado por completo, si bien sabía que se sentía atraído por Christian había un montón de cosas en su interior que le gritaban desesperadamente que se negará y otras que pretendían callarlas reclamándole que su respuesta sea un "Sí", pero no era tan sencillo, no era tan fácil. Observó los ojos del español, su brillo, su mirada le exigía una respuesta rápida—. …No —sentencio finalmente y notó como el brillo de los ojos del contrario se desvanecía, desvió su mirada sintiendo como se perdía el contacto de su mejilla con la mano ajena.

Cinco minutos atrás, Christian habría jurado que, a pesar de todo, Adamo le diría que sí. No supo qué decir ni cómo reaccionar, aunque una cosa sí tenía en claro: no se iba a rendir, claro que no... sabía que Adamo sentía cosas por él y eso nadie se lo iba a quitar de la cabeza. Rompió el contacto que tenía con el ojiverde y sonrió apenas, sin verdadera alegría. Se inclinó apenas para darle un beso en la frente. Quería darle a entender que las cosas iban a seguir igual, después de todo no era el primero al que rechazaban… el mundo no se iba a acabar, mucho menos explotar. Suspiró y se levantó de la cama, preguntándole a Adamo si iba a ir a cenar; el aludido negó con la cabeza y Christian se acercó a la puerta, prefería dejar tranquilo al ojiverde por el momento. Además no iba a negar que se sentía bastante mal, pero no quería que su contraparte se diera cuenta de ello. Adamo tragó saliva con dificultad… esa sonrisa que le había dedicado Christian lo había destrozado por dentro, pero no iba a empezar a dudar de su respuesta, él sabía perfectamente porque había sido tan ¿duro? Y ese beso… ese beso estaba de más, ¿por qué tuvo que hacerlo? Suspiró pesadamente cuando sintió la puerta de su habitación siendo cerrada. Maldijo al español, ¿qué mierda le había hecho como para sentirse tan mal? Tanto como para sacarle el sueño, sabía que ese techo blanco seria su vista por un buen rato, dudaba en que consiguiera dormirse al menos durante unas horas, estaba cansado, los exámenes lo habían agotado tanto… y Christian, era realmente un idiota, lo repetiría mil veces si fuera necesario, aunque idiota y todo le gustaba. No lo negaría más, pero ¿novios? Podían esperar para eso, ¿no? Porque los novios son tan pegajosos, aparte recién estaba aceptando el hecho de que le gustaran los hombres ¿ya tendría que decirle a todos sus amigos y no tan amigos? Porque seguramente se enterarían, más como era el español, tal vez él no tenía problema con eso pero… no era asunto sencillo para él.

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Sí, la ex de Paulo es Ucrania. Simplemente se me ocurrió. Capítulo más largo de lo normal, intento expiar mis culpas por hacerlas esperar tanto. Y para el que quiera leer, en mi perfil dejaré el link de los roles de Christian-Adamo; aquí sólo puse una parte MUY resumida.

¡Gracias por leer!