ADVERTENCIA: Hetalia no me pertenece. Notas al final.
IMBRANATO
VEINTISEIS
Más de alguna vez Lovina escuchó aquel tan conocido estereotipo de: "tener suegra es peor que hacer pacto con el diablo, por que al menos al diablo lo ves sólo de cuando en cuando… en tanto la otra vieja te molesta día y noche" Lo vio con su hermana; la suegra de ella era el típico ejemplo de mujer alemana: alta, rubia y fornida… y claro, intimidante, no olviden intimidante. Aunque Felicia gracias a su personalidad tan sosa no tardó en ganarse a la mujer; luego pensó en Elizabeta y pudo jurar que para ella las cosas no habían sido tan fáciles… así que teniendo en cuenta eso, tal vez la húngara pudiera darle algunos consejos. Miró la pantalla de su teléfono celular y bufó sonoramente. No sabía, ni le interesaba saber cómo había conseguido su número, el punto era que Francisca Carriedo la había llamado y le había preguntado si tenía tiempo para ir a tomar un café con ella. La sirena de alerta sonó al máximo en la cabeza de Lovina, pero cayó en cuenta que tampoco podía negarse y odió aquello, así que con voz suave pero firme accedió a la ¿invitación? Y rápidamente nombró un café que quedaba cerca del hospital… no sabía si Francisca, a sus años, aún podía moverse con libertad, pero no sería ella quien la buscara, por supuesto que no. Si quería conversar, bien, pero sería en su "territorio" Además, no tenía tiempo de sobra como para ir a Riano.
Procuró lavarse las manos cinco veces, cada vez por más de veinte minutos… no era inconsecuente, sabía que el agua era un tesoro preciado y que algunos no tenían acceso a ella, pero es que el asco simplemente pudo con ella. Recientemente le habían asignado un paciente que, por tragicómico que sonara, tenía un vibrador atorado en el recto. Se abstuvo de hacer más preguntas de las necesarias y dio gracias al cielo cuando, luego de intentar sacar el cuerpo extraño, cayó en cuenta que debía derivar el caso a un gastroenterólogo. A pesar de tener doble guante, no había podido abusar del lavado de manos. Eventualmente escuchó la escandalosa risa de Mathias y es que un caso como aquel había corrido más rápido que chisme de colegio. El danés se compadeció de Lovina y le dio la mitad de su panecillo para así olvidar más rápido el incómodo incidente; la mujer frunció el ceño y maldijo al rubio desde el fondo de su alma, aunque de todas formas aceptó la comida. Se preguntó cuándo fue el momento exacto que comenzó a hacer tan buenas migas con el escandaloso Mathias Køhler, pero bueno…
—¿A ti nunca se te ha quedado atorado un vibrador en el culo? —no quería suponer, pero tal vez su paciente era gay y con su pareja estaba tratando de probar cosas nuevas o algo así, de verdad no quería especular. Vio a Mathias sonrojar de pies a cabeza y luego estaba su escandalosa risa… de verdad era molesto.
—Una vez probamos juguetes con Lukas, pero nunca llegamos a ese extremo.
La italiana supo entonces que estuvo de más hacer esa pregunta… ¡¿por qué demonios había preguntado aquello?! Ahora la imagen mental no se la quitaría nadie. Disimuló sus mejillas sonrojadas lo mejor posible y sintió que Dios en verdad la amaba cuando una enfermera se le acercó y musitó que una mujer la estaba esperando en recepción. Lovina se disculpó con Mathias y fue a su oficina a cambiarse de ropa, su turno estaba por acabar y no creyó que en la necesitarían los últimos siete minutos de éste. Claro que Francisca no sabía esto último… si las cosas tomaban un rumbo no agradable para ella, inventaría que debía volver al hospital. En la entrada del edificio, estaba la mujer esperando; Lovina tomó aire antes de acercarse a Francisca y musitar un casual "hola", indicó entonces que había un café en la calle siguiente y comenzó a caminar, suponiendo que la mayor le estaba siguiendo. Tuvo que reconocer que los años no habían pasado en vano, Francisca ya lucía suficientemente anciana, por eso procuró caminar lentamente… al estar tan cerca, encontró tonto el ir en auto, aunque tal vez habría sido la mejor opción. En el café, se sentaron en una mesa cerca de la pared y tras hacer su pedido a la camarera, el silencio incómodo no se hizo esperar; Lovina mordió fuertemente su labio inferior al ver que la madre de Antonio no parecía tener intenciones de comenzar una conversación. Suspiró.
—Supongo que quiere hablar de su hijo. La escucho —tal vez había sido brusca y grosera, pero estar con la mujer hasta cierto punto la desesperaba; le constaba que Francisca nunca había terminado de aceptar la relación que tenía con su hijo y las cosas se volvieron aún peor luego de todo lo que ocurrió. Desesperó aún más cuando la mesera acudió con la orden, ¿cuánto rato habían estado simplemente viéndose las caras? Parecía un mal chiste.
—Es simple a decir verdad —la voz rasposa le advirtió a la italiana que su contraparte no había abandonado el viejo hábito de fumar. Inevitablemente pensó en su padre… tal vez, sólo tal vez si no hubiera fumado tanto, aún estaría vivo—. Quiero saber qué pretendes con mi hijo… lo amo, pero no dudaría en darle una bofetada para ver si de esa forma reacciona y se aleja de ti de una vez por todas.
Decir que estaba ofendida era poco, admitía que había hecho mal las cosas, pero Antonio no era un santo al cual rendir plegarias, él había actuado tan mal como ella y bueno, ahondar en el pasado a esta altura era una pérdida de tiempo; se suponía que tratarían de arreglar las cosas… aún estaba el asunto del divorcio de por medio, Arthur tenía listos los papeles y sólo faltaba una firma para hacerlo efectivo… claro que recurriría a ello en última instancia; aún no se lo había dicho al inglés, sabía que se enojaría mas sabía que tarde o temprano debía comentárselo. Miró a Francisca con el ceño completamente fruncido… si bien se consideraba una mujer de carácter explosivo, intentaba controlarse, el tiempo le había enseñado a hacerlo, pero no iba a permitir ofensas en su presencia.
—Veo que María no es la única que habla sólo por hacerlo… a decir verdad me sorprende un poco que sea una abogada tan prestigiosa —soltó sin más, divertida ante la evidente ofensa de su interlocutora; si Francisca iba a atacarla, ella no se iba a quedar atrás—. Aunque ninguna de las dos debería preocuparse… lo que tenga o no tenga con Antonio sólo nos interesa a nosotros. Sé que usted como madre siempre lo va a defender a él, pero le recuerdo que fue por él que yo me fui —se encogió de hombros y tranquilamente dio un sorbo a su café—. Sigo pensando que es estúpido seguir ahondando en el pasado, pero quería asegurarme que no lo había olvidado.
—¿Qué clase de mujer le niega el padre a su propio hijo? —soltó con cizaña—. Si es por recordar cosas, entonces yo también quiero asegurarme que no has olvidado lo mal que seguramente lo pasó Adamo al crecer sin su padre… si las cosas entre ustedes estaban mal, no era motivo suficiente como para negárselo por tantos años. Seguramente crees que eres la víctima de toda la historia —mofó y cruzó los brazos por sobre el pecho—. Permíteme reír, por favor.
—No tiene por qué meter a Adamo en todo esto.
—Por supuesto que tengo que… si él le guarda resentimiento a mi hijo es única y exclusivamente por tu culpa. No quiero ni imaginarme todo lo que tuviste que haberle dicho a ese pobre niño para que mire a su propio padre con tanto odio. ¿Te das una idea de lo mucho que sufre Antonio por tu culpa? ¡Y ahora resulta que nuevamente son pareja! —la ironía y la rabia fue tan palpable en sus palabras que Lovina no pudo evitar sentirse cada vez peor. Ella sabía que había actuado mal, muy mal, pero en su momento creyó que sería mejor para su hijo estar sin padre que crecer entre constantes peleas. El nudo en su garganta le dificultó tragar saliva, siempre que hablaba de ese tema se sentía mal.
—Nunca hablé mal a Adamo de su padre… él sacó sus propias conclusiones.
—Ahí también hiciste mal —atacó de nueva cuenta. La forma de ser de Lovina, tan brusca, orgullosa y altanera nunca había agradado para su hijo; no se trataba sólo de ella, todo quien conociera a Antonio acordaba que la esposa de él debía ser una mujer tan amable y dulce como él… es sabido que las madres creen que ninguna es digna de su hijo, pero dado el caso, lo pensaba más que nunca—. ¿No se suponía que le habías pedido el divorcio a Antonio? ¿Es que no te aburres de jugar con él? —dejó su café a medio terminar, se puso de pie y dejó un billete sobre la mesa… le molestaba seguir en presencia de la que, legalmente, aún era su nuera—. Si sigues actuando como hasta ahora… vas a terminar sola porque hasta Adamo se va a aburrir de ti.
Le hubiera gustado gritarle, le hubiera gustado hacerle tragar sus palabras y por supuesto, defenderse, pero cuando reaccionó Francisca ya se había ido. Vio sobre la mesa el billete y la taza sucia en uno de los bordes y se ensimismo mirándola… contando a su no querida suegra, ya eran tres personas que le decían lo mismo, aunque no era como si la opinión de ella, María o Francis realmente le importara… la única que realmente lo hacía era la de su hijo; no quería que Adamo odiara a Antonio, no quería que se llevaran mal, sabía que era mucho pedir que su hijo tuviera plena confianza en el español, pero con que simplemente hablaran sin que el menor le gritara ya sería un gran avance. El ruido de su teléfono celular la sacó de sus cavilaciones y no supo cómo reaccionar cuando se dio cuenta que el que la llamaba era Antonio. Aún con el nudo en su garganta atendió la llamada y sintió ganas de llorar cuando, tan feliz como siempre, el español le preguntó si aún le gustaba el helado de tiramisú o si prefería otro para la cena de esa noche. Tal vez, sólo tal vez, si no se hubiera alejado de Antonio, las cosas ahora serían muy diferentes… tal vez tendrían varios hijos, tal vez…
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Con el transcurso de los días, Adamo pudo notar que el trato de Christian hacia él no había cambiado. Habría podido jurar que después de lo sucedido aquella noche las cosas entre ellos cambiarían radicalmente, sin embargo no fue como se lo esperaba… es decir no es como si no hubieran cambiado. Los primeros días después de lo ocurrido el español había empezado a comportarse extraño, no como un "extraño" molesto sino que había dejado esa personalidad altanera y no estaba tan cargoso como solía serlo; se fijaba en detalles que tal vez antes no, haciendo que Adamo se sintiera mucho mejor después de todo lo ocurrido, por no decir culpable. A pesar de todo y siendo consciente que su sentimiento por Christian iba aumentando, cuando este le pidió para ser su novio nuevamente, no dudo en rechazarlo. Seguía pensando que era demasiado pronto y… ¿por qué "novios"? Si bien le estaba demostrando que podría comportarse como tal, no sabía cuánto podía durar esa actitud en Christian.
Pensó que esta vez el mayor si enojaría con él, pero no fue así; durante los días siguientes habían compartido siempre algo de tiempo, cualquier persona desde afuera hubiera dicho que se habían hecho muy unidos aunque él seguía negando todo, es decir, sabía que el español le gustaba pero también sabía que no pasarían a ser más nada, por muchas razones que no le interesaba. El día que el mayor lo había invitado a la cascada se quejó un poco, aunque sabía que valía la pena caminar hasta allí así que aceptó acompañarlo, sin embargo las cosas no salieron del todo bien ya que el ítalo-español rechazó nuevamente al español. Cuando éste se fue dejo caer un oso de peluche que Adamo no dudó en tomar, se preguntó si sería para él… "Que cursi" pensó mientras suspiraba. Aunque de igual modo lo llevó a su dormitorio.
Los días siguieron pasando y no tuvo noticias acerca de Christian, iba a clases con la esperanza de cruzarlo, poder charlar con él... porque esta vez sintió que había sido diferente a todas las demás ocasiones que lo había rechazado. No podía estar bien, había perdido desde la concentración en la clase hasta el apetito y todo era a causa de no saber nada acerca de él. Pensó preguntarle alguno de sus compañeros de clase, a Martín, a alguien que le pudiera decir algo pero no tuvo suerte. Salió de su última clase y cuando sintió que alguien jalaba de su brazo, su corazón se detuvo un segundo… pero volvió a latir, decepcionado, cuando vio que se trataba de uno de sus compañeros que lo invitaban a ir por unos cafés; Adamo aceptó y caminó junto con el grupo, prestando demasiada atención a los cientos de alumnos que se daban el gusto de andar de aquí para allá, buscando especialmente a uno en particular, sin embargo parecía ser que ese no era su día.
Escuchó hablar a sus compañeros sobre cierta charla que iban a dar en el auditorio de la facultad; no tenía ni idea de qué demonios estaban hablando, ¿cuándo habían comunicado eso? Después de las burlas y de molestarlo diciéndole que seguramente en su cabeza andaba alguna muchacha y que el ojiverde negará con euforia que estaban equivocados, le comentaron los detalles pero ninguno de ellos iba a ir, parecía ser que estaría lleno de alumnos de grado superior, ¿y qué harían los de primer año? La mayoría eran vagos, no había otras razones, seguramente algunos de sus otros compañeros irían o al menos eso esperaba, si bien había que ir a escuchar, ir solo era incómodo aunque no deseaba perdérselo, le había entusiasmado demasiado la idea. Al llegar la hora de la charla, se dio cuenta que iría solo asique simplemente cargó los libros en la mochila para la clase que seguía una vez que terminara. Llegó algo tarde así que tomo asiento en el fondo, en una de las pocas sillas libres que había, sinceramente no pensó que llenaría tanto. Apoyó su espalda en el respaldo mientras dejaba su mochila entre sus pies, escuchando con atención cada cosa que decía la persona que estaba delante. Algo que sorprendió al ítalo-español era lo mucho que de verdad sabía el expositor, estaba maravillado, no sabía que derecho penal le llamaría tanto la atención, tal vez debía averiguar más sobre el tema con Antonio para en un futuro, quizás, tener una especialización… aunque un principio creyó que su especialización sería más bien en el ámbito familiar.
Cuando el expositor terminó, una voz en off anunció que se haría un descanso de diez minutos en tanto el siguiente tema se preparaba. Encendieron las luces, sin embargo Adamo no se movió de su lugar. Sacó uno de sus apuntes, precisamente los que el profesor había pedido preparar para la siguiente clase, que sería luego de la charla, y comenzó a releer las últimas páginas que había visto por muy arriba hoy a la mañana; diez minutos alcanzaban y sobraban, odiaba ir solo a esta clase de cosas, pero al menos tenía algo en lo qué distraerse. Un muchacho, que parecía también se encontraba, solo comenzó a hablarle a verle los apuntes, comentándole que había pasado esa materia el año anterior, agregando unos chistes de lo pesado que era el profesor, lo que le sacó varias risas al ítalo-español. No pudo evitar dar vistazos alrededor buscando inconscientemente al español, el cual encontró a una distancia no muy lejana a la suya, estuvo unos segundos mirándolo, se estaba riendo con sus amigos mientras una chica estaba sentada sobre sus piernas… si no lo conociera habría estallado en celos, le constaba que Christian era muy cariñoso con sus amigos así que, bueno… ¡maldita sea! Dejó los apuntes nuevamente en su mochila mientras asentía sin escuchar las palabras de su nuevo conocido, suspiro sin darse cuenta y bajo la mirada un minuto después comenzaría la segunda parte de la charla, bien… se sentía fatal con tan solo ver a Christian, no quería imaginarse hablándole aunque no era momento para acercarse. Ya pensaría después de la charla que decirle.
Pero a diferencia de la primera, ésta se le hacía completamente densa, quería arreglar las cosas con Christian… al verlo, miles de emociones lo envolvieron y cayó en el hecho de cuánto en verdad lo había extrañado. Siempre había procurado no ser de esa clase de personas que se encariñaban con lazos tan profundos, porque después de todo las personas siempre se van… aparecen otras personas en sus vidas o cometen errores que dañan demasiado… tenía miedo y no se estaba dando cuenta de la forma que estaba alejando a la persona, que sin darse cuenta o bastante consciente, comenzó a querer. Desvió la mirada hacia Christian intentando visualizarlo, el salón estaba demasiado oscuro aunque pudo jurar que fue él quien había salido en ese preciso instante, no estaba seguro pero si no era él, de todas formas no estaba escuchando.
Lo último que pensó fue que, nada más al salir del auditorio, encontraría a Christian abrazado a alguien, mucho menos imaginó que vería al español tan afligido, como si en cualquier momento rompiera en llanto. La puerta se cerró tras de sí y sintió sonrojar al sentir que estaba interrumpiendo algo. Sin poder evitarlo desvió la mirada apenas un poco.
—Christian…—llamó, esperando que el español lo escuchara—. ¿Podemos hablar? —agregó firmemente, sabía que su condición no era apta para gritarle o para insultos, a pesar de que sintiera que muchas cosas en su interior se quebraran, jamás se había sentido así y es que estaba seguro que era el español que lograba ponerlo de esa manera, tan vulnerable ¿por qué sentía tantas ganas de abrazarlo y alejar al idiota ese que tenía al lado? ¿Por qué se dejaba abrazar así por otra persona? ¿Por qué demonios estaba así? ¿Por qué no venía a verlo? ¿Ya lo había cambiado? ¿Tan rápido las personas se olvidan de las personas que quieren? ¡Eran los estúpidos españoles y sus genes! Trató de calmarse, no lograría nada de esa forma, se cuestionó que es lo que diría después y por qué mierda le preocupaba tanto mantener al otro a su lado. Y su cabeza le dio la respuesta rápidamente no es como si no la supiera, de verdad quería al mayor… tal vez de verdad se había enamorado de ese idiota.
El aludido asintió levemente con la cabeza, aún se sentía un poco mareado por la sensación de ahogo y claro, por haber golpeado sin querer su cabeza… se sintió como un imbécil al no haber recordado que justo atrás suyo había una pared. Le pidió a su amigo que lo dejara sentado en el suelo, que ya luego se pondría de pie al recobrar la estabilidad... hizo una nota mental de no volver a hacer semejante estupidez. Apenas y se dignó a mirar a Adamo, por el contrario, siguió masajeando con los ojos cerrados esa parte adolorida de la cabeza.
—¿Ya no soy idiota? —inquirió con sarcasmo, aún reacio a verlo a los ojos. Sólo quería romper de alguna forma el incómodo silencio que se había formado entre ambos, y tratarlo con indiferencia fue la mejor forma que encontró para no desarmarse en ese preciso momento—. ¿Qué quieres?
—¿Quién era él? —sabía que era de mala educación responder con otra pregunta y encima esa pregunta… se arrepintió en el segundo que termino de formularla—. No es como si me importará —se dijo en forma de respuesta esperando que el otro lo olvidara. Suspiró, sentándose al lado del mayor, era incómodo hablar de la otra manera—. Hablar…—un suspiro escapó de sus labios y giró el rostro, observando detenidamente al español que pareciera se negaba a mirarlo.
—En lo que a mí respecta, no tenemos más tema de conversación... pero si tú quieres decirme algo, adelante, te escucho. —tenía tantas ganas de gritarle que no lo siguiera buscando debido a "extrañar" a su sujeto de prueba, ¿por qué otro motivo iba a querer hablar con él? Maldijo una y mil veces, sin embargo no exteriorizó nada... no quería pecar de soberbia porque sabía que tal vez, sólo tal vez, Adamo no estaba ahí por eso. El de ojos verdes suspiró, le molestaba que Christian no lo mirara y lo tratara de manera tan cortante. ¿Qué no tienen nada para hablar? Bueno, tal vez el mayor ya había dicho mucho y era turno de que él para que dijera algo, llevaba varios minutos pensando en eso, lo pensó durante todo aquel tiempo que no se habían hablado ni visto, pero aun así trataba de negarlo, no quería pensar que el lazo que tenía con el español se había hecho tan fuerte. ¿Acaso él no se dio cuenta de eso? Llevó su mano al rostro de Christian y lo obligó a mirarlo, necesitaba que lo mirara a los ojos porque no pensaba repetir (al menos por ahora) esas palabras.
—Te quiero, idiota —estaba siendo completamente sincero. Sabía que se había comportado mal, había dejado que las cosas del pasado afectaran su presente ¿y por qué no decir futuro? Sabía que no podía seguir así, había llegado a tal punto que no podía concentrarse en sus clases, ¿qué demonios le había hecho? Y no solo eso, una sensación de malestar en el pecho se hacía presente cada vez que veía a otra persona cerca de Christian. ¿Celos? ¿Realmente era eso? No podía creer que ese estúpido español que lo vivía acosando, lo haya enamorado aunque no iba a decirle algo así, sería tan cursi, era la típica escena de película romántica pero sabía que no podía decir solamente aquello—. Yo si quiero ser tu novio —tomó aire—. ¿Tú quieres ser el mío? —hablo rápidamente, sin embargo su pregunta llego perfectamente a los oídos de Christian.
—No —musitó sin más. ¿Por qué ahora? ¿Por qué justo ahora Adamo tenía que decirle eso? Era cruel, bastante. Un nudo se formó en su garganta y quiso desviar la mirada, sin embargo los ojos de Adamo mostraban tanta determinación que le causó muchísima curiosidad. Las palabras emitidas resonaron como eco en su cabeza... ¿Te quiero? ¿Por qué rayos tenía que creerle justo ahora? Sabía que Adamo por lo general decía todo lo contrario a lo que sentía; seguramente se había acostumbrado a su presencia y por eso había dicho eso. Río apenas, sin verdadera alegría, preguntándose si tenía alguna especie de cartel pegado en la frente o algo así con la palabra "juguete" Corrió la mano del ojiverde, sin embargo no rompió el contacto visual con él... no era cobarde, cualquier cosa se la diría de frente. Se puso de pie, tambaleando apenas un poco y desviando la mirada al sentir cómo sus ojos comenzaban a escocer—. Si no tienes nada más para decir, entonces me retiro... tengo clases.
Claramente no esperaba una negativa por parte del español, sabía que estaba dolido pero ¿rechazarlo? Una media sonrisa irónica se dibujó en su rostro. ¿Una cucharada de su propia medicina? Seguramente. Aunque para Adamo esto no quería decir que Christian haya olvidado los sentimientos que tenía hacia él, no podía dejar que se vaya, no ahora que por fin estaba intentando arreglar las cosas. De igual modo se puso de pie y le tomó el brazo, impidiendo que siguiera avanzando… era ahora o nunca, si dejaba que Christian se fuera sería la última vez que hablaría con él y definitivamente no quería eso. No iba a ser un cobarde, no iba a dejar que la persona que él quería se vaya sin más, sin tratar de retenerla porque indirectamente la vida le había dado esa lección. Era cierto, lo había rechazado muchas veces y seguramente por su culpa, la autoestima del mayor estaba en el suelo, pero por lo mismo quería arreglar todo.
—De verdad te quiero —le susurró, apretando sólo un poco más fuerte el brazo de su interlocutor—. ¿Qué demonios me hiciste, maldito español? —levantó la mirada que hasta ese momento no había cruzado con el mayor, viéndole directamente a los ojos, olvidándose de donde estaban, poco le importaba si lo veían en ese momento—. No quiero verte con otra persona, idiota, ni quiero extrañarte. ¿Acaso es tan complicado de entender? —le soltó el brazo y tras apoyar su mano en la nuca del español, le dio un beso en la mejilla, demasiado cerca de la comisura de los labios—. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo para qué me creas? Maldita sea.
—Sigue repitiéndolo... idiota —murmuró apenas el insulto, desviando nuevamente la mirada, pero no apartó a Adamo. Lo extrañaba muchísimo, pero no iba a permitir que lo tratase como su juguete. Frunció el ceño y apretó los puños—. ¿Por qué me dices esto justamente ahora? ¡¿Por qué cuando dejé de perseguirte y no alguna de las veces que te lo pedí?! ¿Acaso no querías que te dejara en paz de una vez? Maldita sea. ¡Siempre te quejaste de todo lo que hacía y me rechazaste hasta que te aburriste! —rió sin verdaderas ganas, si bien había expresado lo anterior con rabia, aún le dolía mucho el hecho—. Lo único que se me ocurre en éste momento es que te acostumbraste tanto a mí que estás confundiendo las cosas. Tú no me quieres, simplemente formaste una rutina y ahora que ya no la tienes tu desesperación te hace inventar sentimientos —suspiró pesadamente y se apartó de él. El cielo sabía cuánto deseaba creerle, pero no, ya no más... no era tan idiota—. Adamo, lo único que hice fue confundirte. Mejor dejémoslo así y tratemos de tener una relación cordial, ¿sí? Va a ser lo mejor.
— ¡No! Maldita sea Christian, ya no estoy confundido —sin darse cuenta, su voz se quebró y por ende sonó más fuerte de lo normal, llamando la atención de varias personas a su alrededor, necesitaba más privacidad. Tomo la mano del español y empezó a arrastrarlo buscando algún lugar donde hubiera menos gente o mejor aún, estén solos. Las quejas por parte de Christian para que lo soltará lo pusieron aún más nervioso. Comenzó a bajar la escalera, pidiéndole a Christian que por favor lo siguiera, pero un tirón por parte del mayor hizo que sus manos se soltarán—. Dame una oportunidad —subió un par de escalones para estar a la altura del español. —Idiota, dime, ¿qué es lo inventado? —no separó su vista de los ojos ámbar en ningún momento. Le tomó la camisa con fuerza y lo atrajo hacia él—. Te estoy diciendo que te quiero, maldita sea… estas siendo igual de cobarde que yo, ¡pensé que eras más inteligente! Te estoy siendo sincero, maldición —susurró y aflojó el agarre, no sin antes acercar su boca a la de Christian a una distancia donde sus labios apenas se podían rozar.
—¿Por qué haces esto? —inquirió apenas, sintiendo demasiado tentador el apenas perceptible roce de labios; iba a besarlo si seguía actuando de esa forma y sabía que el único perjudicado sería él. Tomó la mano del ítalo-español y entrelazó sus dedos con los de él y lo empujó suavemente, aunque tampoco demasiado—. Adamo... si haces esto por juego nunca te lo voy a perdonar —apretó los ojos y soltó el agarre. No iba a negarlo, tenía miedo y se sentía tonto por ello, casi igual a como estaba cuando su primer interés amoroso le pidió ser novios. Era tonto, demasiado estúpido, habían pasado años desde aquella ocasión y ahora pudo jurar que se sentía aún peor—. ¿Por qué tuviste que esperar a que me alejara para que te dieras cuenta de lo que sentías? No puedes culparme por dudar de tus palabras, hice de todo para que me aceptaras, maldita sea, y siempre me dijiste que no.
—¡No soporte tenerte lejos! Maldición. —suspiró, sin saber si decir o no las palabras que tenía en su mente—. Eres la primera persona que me hace sentir todo esto, maldita sea. ¿Contento? —bufó—. Llegaste, y aunque el principio me pareciste un completo idiota, después, no sé en qué momento, me empezaste a… gustar —volvió a tomar la mano del español y fue esta vez él quien entrelazo sus dedos, sonriendo con algo de tristeza—. Las personas se hacen mucho daño…—dijo de pronto tras un silencio que se había formado—. Pero eso no quiere decir que todos sean iguales —comentó, si bien se lo estaba diciendo al español, también era una llamada de atención para sí mismo—. Y ahora te estoy queriendo, sintiéndome el idiota más grande del mundo. ¿Por qué demonios tendría que gustarme un estúpido español? Y sin embargo no sales de mi cabeza, maldito. Y si así es estar enamorado, es un asco —se encogió de hombros y acerco su cuerpo al del español, necesitaba abrazarlo y no dudó en hacerlo. Si la memoria no le fallaba era la primera vez que lo hacía. ¿Cuánto cariño más le tendría que demostrar a ese idiota? Los brazos que rodeaban la cintura del español lo apretaron con más fuerza—.Te quiero… —levantó su rostro poniéndolo a la misma altura que el de Christian, uniendo sus bocas de una manera un tanto inexperta, si bien el español ya lo había besado, la inseguridad de ser él quien tome la iniciativa estuvieron presentes pero poco a poco se fueron cayendo ya que el beso tomó un ritmo dulce donde Adamo se dio el gusto de recorrer la boca del español con su lengua, su corazón se aceleró, se sentía tan bien, los besos de Christian ponían su mundo de cabeza.
Y el mayor tuvo que admitirlo, el abrazo le había sorprendido, más aún el beso; Adamo nunca había tomado la iniciativa, la única vez que había iniciado un beso fue porque él lo había pseudo obligado a ello. Sintió que su escudo de protección caía y eso le hizo sentir vulnerable... su lado pesimista le advirtió una y otra vez que aquello era una trampa, un beso te lo puede dar cualquiera. Si quería estar seguro debía poner a Adamo a prueba. Rompió el beso y no hesitó en quitar la camiseta y camisa que portaba el ojiverde... se hincó frente a él y comenzó a besarle desde el abdomen, pasando por el pecho, cuello, hasta volver a sus labios; pudo sentir temblar al ítalo-español. Igualmente se desnudó de la cintura hacia arriba y lo besó apasionadamente, apoyando el cuerpo de su amante contra la pared; lamió los labios ajenos y se dio el lujo de que sus manos recorrieran el cuerpo contrario.
—¿Me quieres? —inquirió con una evidente mofa. Si bien en realidad no pensaba llegar a "ese" punto con Adamo, si éste aceptaba seguir, sin reclamarle algo al respecto, sería a su juicio la mejor prueba de que en verdad quería estar con él... si no, bueno, sería una cosa más para agregar a su lista de: razones por las cuales me debo alejar de Adamo—. Demuéstralo.
—Te quiero, idiota —pasó sus brazos alrededor del cuello del mayor; si Christian quería que se lo demuestre lo haría. Apoyó su cabeza en el hombro del español y comenzó a recorrer la clavícula con pequeños besos hasta subir a la boca donde se quedó mirando fijamente los ojos del contrario. Una de sus manos soltó el cuello del mayor para acariciar lentamente su abdomen hasta llegar a su pecho y luego volver a colocarse donde estaba mientras Adamo unía su boca con la del contrario queriendo tomar la iniciativa nuevamente, nunca lo había admitido pero sabía perfectamente que esos toques que Christian le proporcionaba eran algo que deseaba hace varios meses; antes de separarse de la boca del mayor se atrevió nuevamente a morder el labio inferior de éste, aunque a diferencia de la primera vez, lo hizo con suavidad tirando apenas de él, no quería lastimarlo, quería que le creyera. ¡Estúpido español! Jamás había hecho tanto por alguien, de verdad… de verdad se había enamorado de Christian.
Y él no pudo creer que Adamo no hiciera nada para apartarlo; en menos de cinco minutos el menor había hecho todo lo que deseaba desde hace ya bastante tiempo. Le correspondía los besos, las caricias le encantaba, pero la culpa comenzaba a apoderarse de su cuerpo... no había que ser un genio para darse cuenta que el ojiverde nunca había llegado a esa instancia con alguien, mucho menos con un hombre y que él estuviera pseudo obligándolo por culpa del miedo que sentía lo hizo sentir aún peor. Estaban en una escalera, en medio de un pasillo, cualquiera podrías verlos, sin embargo Adamo seguía con tal de complacerlo. Se separó de él y buscó la ropa para luego acomodarla con sumo cuidado en el cuerpo del ítalo-español... por supuesto que el menor no disimuló ni un poco su incredulidad, mas decidió pasarla por alto en tanto se volteaba para tomar su camisa y volver a calzarla. Suspiró pesadamente y lo estrechó en un abrazo, escondiendo el rostro en el espacio entre el cuello y el hombro del ojiverde. Se sentía mal, bastante mal; sus ojos se aguaron y abrazó con mayor fuerza a Adamo… todas sus dudas se habían despejado y por nada del mundo quería que la primera vez del ojiverde fuera en esas condiciones... se merecía algo mejor.
—Lo siento... lo siento —murmuró apenas con la voz cortada.
—E-eres un idiota —comento después de escuchar las palabras del español. Abrazó a su contraparte y llevo su mano hasta los cabellos castaños del contrario enredando sus dedos entre ellos. Suspiró, su corazón aún estaba acelerado por todo lo que había pasado, sintió que de verdad iba a perder a Christian y tuvo tanto miedo de eso que era capaz de hacer cualquier cosa—. T-te quiero —repitió casi en un susurro esperando que lo escuchara; quería convencerlo de que era así, de que ya no tenía dudas, aunque eso no quitaba que tuviera miedo pero ese miedo no iba a dejar que nuevamente se equivocará. Lo empujó suavemente mirándolo directamente a los ojos con el entrecejo fruncido, mas al notar los ojos brillosos de contrario suavizó su expresión y posó su mano en la mejilla del español—. Maldita sea Christian, no dudes de eso… Idiota.
—No lo hago —con una mano limpió el amague de lágrimas que se habían mantenido en sus cuencas. Volvió a abrazarlo con fuerza, temiendo que... no, ya no temía, estaba ahí y era real, después de tanto tiempo por fin era real. Sonrió, aunque cierto vestigio de tristeza aún se pudo entrever. Chocó su frente con la del menor y tras unos segundos lo besó lentamente, disfrutando a cabalidad todas las sensaciones que el contacto le provocaba. Apenas y se percató de la poca gente que rondaba ese pasillo a esa hora del día, la gran mayoría estaba en el auditorio; se preguntó si Adamo se sentiría incómodo por estar en público, pero no preguntó nada, temiendo arruinar el momento—. Te quiero —susurró entre besos—, te quiero...
El ojiverde correspondió al abrazo y le dedicó una leve sonrisa al español, aunque claramente él no la vería. Separó sus bocas e hizo una mueca, suponía que ya había pasado más de media hora seguro. ¿No se suponía que tenía que ir a clases? Bueno, tal vez sólo se lo había dicho como excusa para no seguir hablando con él. Suspiró. Después de todo lo que había pasado no quería separarse del mayor, aunque pero tampoco quería atrasarlo en sus materias. Sus ganas de pasar todo lo que restaba del día eran demasiado grandes y aunque él sí tenía clases, bueno, ¡era sólo una clase! Ya luego podría pedirle los apuntes a Regina.
—Odio quererte tanto, maldita sea —susurró avergonzado—. Y no te volveré a decir eso nunca más, así que espero que lo hayas escuchado bien.
—Estúpido novato —rió alegremente y le mordió el labio suavemente. —Yo no odio quererte tanto, es raro... pero a diferencia de ti, te lo diré casa vez que se me dé la regalada gana —le besó los labios y luego bajó al cuello, sabía que podía verlo cuando quisiera, pero justo en ese momento no quería separarse de él, no después de todo lo que habían hablado—. ¿De casualidad no tienes clases? No es que me haya aprendido tu horario para evitarte, pero no quiero que te sientas presionado a quedarte porque yo quiero pasar tiempo contigo... nos podemos ver luego si... si quieres.
—Podría faltar… —comentó, pasando por alto eso de que efectivamente Christian lo había estado evitando, ¡era un maldito! Encima le había preguntado eso mientras seguía dándole besos en el cuello, ¿cómo demonios quería que le dijera que tenía que irse si lo besaba de esa forma? Era como jugar sucio, pero no era como si le molestará demasiado. Había extrañado eso, los besos, los abrazos, la puta manía que tenía el español por acosarlo. Por más ganas que tuviera de seguir con las muestras afectivas se dio cuenta en donde es que estaban ubicados—. Idiota… —trató de apartarlo aunque no quisiera, además que el mayor oponía resistencia—. Vayamos a otro lado… es incómodo estar acá.
—Yo te sigo —tomó su mochila, aprovechando de tomar también la de Adamo y pasársela y luego optó por caminar tras de él. Le hubiera encantado tomarle la mano y caminar así a donde le guiara el menor, pero pasar tiempo con él le había enseñado a tomar las cosas con calma, no quería presionarlo... no más de lo que ya estaba.
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Había comenzado a cansarse, física y mentalmente, tratando de evitar a Arthur. Ya varias semanas habían transcurrido desde la última vez que habían hablado en el plano abogado-cliente; el inglés constantemente la llamaba para ver el asunto del divorcio, se sentía hasta cierto punto culpable por no haber logrado aún que Antonio firmara el dichoso papelito y siempre se disculpaba con Lovina debido a eso. Suspiró pesadamente y se abrazó al cuerpo del español que seguía durmiendo… ya se le había hecho costumbre a Antonio quedarse en el departamento de la italiana y bueno, tampoco era como si a ella le molestara; le deprimía ya no ver a su hijo cuando llegaba de trabajar y Antonio le alegraba el día en más de un sentido. Por supuesto que no le había comentado nada al respecto de la conversación que había tenido con su madre. Se acurrucó en el pecho de él y se lo acarició… aún era temprano como para levantarse, además era sábado y entraba a las doce del medio día. Cuando, lamentablemente, la naturaleza hizo su llamado, maldijo y se puso la camisa del español para así no congelarse camino al baño… no había dormido desnuda, pero de todas formas le daba frío. Apenas volvió a la cama se acurrucó nuevamente en el pecho de él y sonrió… aunque su comodidad duró poco, pues le llegó un mensaje al teléfono; de mala gana dio media vuelta para tomarlo y leerlo, rogando para que no se tratara nuevamente de Arthur.
"Necesito damas de honor. ¿Te apuntas?"
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La verdad, no sé dónde esconderme, ¡ha pasado más de un mes! Pero tengo excusas, no fue sólo por flojera e.e Me hice un tatuaje y estuve dos semanas sin moverme porque me dolía mucho :c me lo hice sobre una cicatriz que tengo en el estómago y oh, dolió... además luego me quitaron las muelas del juicio, aunque eso no dolió e.e pero mi mamá no me dejaba prender mi notebook... y el lunes entré a clases e.e bueno, linchenme si quieren(?)
Me centré más en la historia de Adamo porque, obvio, por ella va a ocurrir otra cosa... que va a afectar a casi todos los personajes de esta historia. Igual me gustaría saber si les gusta que narre a Adamo o si prefieren que sólo me centre en el spamano. Como ya se ha hecho costumbre, voy a poner otro rol entre Chris y Adamo, el link estará en mi perfil... Me gustaría saber si alguien los lee, sólo por curiosidad :c Ya, creo que eso es todo, ahora sí que no voy a tardar en subir :c cuando estoy en clases me motivo más a escribir jajaj
¡Saludos!
