Lo siguiente tiene lugar entre las 2:00 y la 3:00 de la tarde del 4 de septiembre.

Los hechos ocurren en tiempo real.


Cada uno es su propio delator,

Su propio infierno individual.

Si no fuera por el simple hecho de que la evidencia lo contradecía, la forma en que Reza Nayieer pasó casi sesenta minutos insistiendo firme y decididamente en su inocencia y repitiendo una y otra vez hasta el cansancio que el vínculo con Syed Alí del que se lo acusaba era inexistente y que no sabía nada sobre ello, podrías haberle creído.

Podrías haberle creído, sí, al chico educado, tímido pero fuerte a la hora de defenderse a sí mismo que en tu mirada clavó la suya desafiante y te culpó de estar basando en prejuicios raciales por su origen musulmán tu teoría de su presunta vinculación con Syed Alí y Segunda Ola. Podrías haberle creído, si no hubieras tenido delante de tus ojos evidencias que desmentían cada palabra que salía de su boca, palabras envueltas en ese tono pasivo-agresivo que mantuvo casi hasta el final del interrogatorio.

Claro que, por supuesto, llegó un punto en que los estribos comenzaron a perderse. Presionaste bastante, presionaste lo suficiente, presionaste, presionaste, hasta que alguien se quebró.

Una lástima que el quebrado no haya sido él, si no vos.

El agrietado no fue él, fuiste vos.

Las palabras dichas te dolieron a vos, no a él. A él no le surtieron ni el más mínimo efecto.

Se te cayeron de los labios casi sin que te dieras cuenta, en un arrebato de enojo y frustración en el que el agente robótico que se supone tenés que ser el día de hoy fue fugazmente reemplazado por el hombre de carne y hueso que sos en realidad y que por mucho que lo intentes no podés esconder eternamente detrás de tu máscara de superhéroe inconmovible. Y al decirlas, hicieron que tomaras una conciencia más cruda de la realidad, de lo sucedido esta mañana.

"Amigos míos murieron durante la explosión provocada por los terroristas a los que estás ayudando"

Fueron esas las palabras que dijiste a Reza. No las pensaste, realmente, simplemente se te salieron de la boca, nacieron de un impulso, y cuando las escuchaste inmediatamente te sentiste como si un camión de diez toneladas te hubiera pasado por encima. De alguna manera, decir eso provocó en vos un efecto demoledor, haciendo que la realidad tomara otra forma, una forma más corpórea: muchas personas allegadas a vos murieron hoy y sólo Dios sabe si otras tantas no seguirán muriendo a medida que los minutos se deslizan por el borde del reloj.

¿Y cuántas más podrían haber muerto?, ¿cuántas otras podrían no haber resurgido de entre los escombros y las cenizas si la suerte hubiera decidido algo distinto para ellos?, ¿cuántas habían estado en el mismo lugar en el mismo instante y a diferencia de aquellas que conocieron su final horas atrás cuando el atentado ocurrió por algún designio del destino se salvaron?, ¿por qué la única marca física que te quedó a vos es un moretón color violeta cubriendo parte del lado izquierdo de tu rostro mientras que otros sufrieron daños mucho mayores?

El estremecimiento que te recorrió la espalda cuando esos pensamientos tomaron forma en tu cabeza hizo que también tomaras conciencia de que acababas de perder la compostura, que tu guardia estaba baja y tu mayor debilidad cerniéndose a tus espaldas y cubriéndote como una sombra negra gigantesca, porque el siguiente interrogante que te atacó fue: ¿qué hubiera sido de vos si Michelle formara parte de la lista de nombres que esta mañana dejaron de pertenecer a seres vivos y pronto van a estar tallados para siempre en lápidas de mármol?

Trataste de empujar ese pensamiento al fondo de tu cabeza y seguir concentrado en el interrogatorio, pero a medida que seguías tratando de presionar a Reza, insistiendo, haciendo hincapié en las pruebas no pudiste evitar sentirte debilitado, y mucho menos pudiste evitar debilitarte más a medida que en tu mente aparecían de la nada imágenes de lo más terroríficas.

Michelle bajo los escombros, enterrada entre dos vigas caídas, desangrándose...

Michelle en el suelo, sin vida, sin pulso, sin aire en los pulmones, con la sangre detenida en las venas y el corazón quieto...

No pasó, pero podría haber pasado, y eso fue lo que te alteró tanto.

Superado el shock inicial, empezaste a darte cuenta de lo cerca que estuviste de perderla antes de siquiera haberla tenido.

El hilo de la vida es uno muy frágil y puede ser fácilmente cortado; es una idea dulce, filosófica y terrible que se te ocurrió en el momento menos oportuno, y que envió temblores involuntarios a tu espina dorsal e hizo que algo se moviera inquieto dentro de tu ser, una sensación de falta de quietud que fue aumentando a medida que – por mucho que trataras de deshacerte de ellas – las imágenes seguían apareciendo frente a tus ojos, creando así tu propio infierno individual, haciéndote sentir como si tu más grande debilidad estuviera siendo desnudada y expuesta en su mayor inestabilidad, lista para ser herida en sus costados más vulnerables, aún incluso cuando tu interlocutor no pudo ni adivinar lo que en tu cabeza estaba pasando.

Te sorprende lo compuesto que lograste mantenerte frente a Reza aún cuando por dentro sentías como si estuvieran despellejándote vivo cada vez que frente a vos aparecían flotando las más diversas escenas: Michelle desmayada en el piso de la CTU, debatiéndose entre la vida y la muerte, con la cara cubierta de cal y sangre y su rostro hermoso desfigurado, casi irreconocible. Los paramédicos tratando de salvarla, su corazón fallando, el alma yéndose del cuerpo, las lágrimas naciendo en tus ojos y corriendo por tus mejillas...

Pero eso no pasó. Está bien, está viva.

Sin embargo la posibilidad de perderla sí existió. Existió y se te ocurrió que de ahora en adelante va a formar parte de tu colección de pesadillas, va a ser el primero en la lista de tus miedos, va a ser otro pedazo de tu infierno individual.

Basta.

Aún cuando una parte de tus sentidos estaban cautivos y siendo torturados en ese infierno individual tan personal y tan privado – aquel en el que lo peor pasó -, la otra parte logró concentrarse lo suficiente como para llevar el interrogatorio hasta el final y lidiar con un Reza decidido a seguir negando cualquier posible vínculo con Segunda Ola o con Syed Alí.

El tiempo apremiaba y ya no sabías qué hacer para lograr quebrarlo. Si no hubiera sido por las pruebas, quizá hasta hubieras creído en su tan autoproclamada inocencia. Hasta que un silencio tenso y espeso calló entre ambos, y observaste cómo la mirada del joven estaba fija observando el jardín trasero de la mansión de la familia Warner a través de uno de los ventanales de la habitación, y una expresión de angustia y temor cruzó su rostro.

Una pareja de cuarenta y tantos años de inconfundible origen musulmán se encontraban a unos diez metros, pero aún a esa distancia no había manera alguna de confundir la escena: estaban discutiendo, preocupados, consternados, gesticulando con ademanes desesperados mientras hablaban.

No tardaste en comprender de qué se trataba todo eso: eran los padres de Reza, que habían llegado para ayudar a alistar los últimos detalles antes de la boda que se celebraría esa tarde, y al preguntar por su hijo probablemente Bob o Kate Warner les habrían explicado que unos agentes federales estaban interrogándolo acerca de un asunto de importancia relevante a la seguridad Nacional.

En los ojos de Reza pudiste ver bien un brillo que dejaba en claro no quería que sus padres tuvieran que verlo en esa situación, siendo tratado como un criminal, acusado de ayudar a asociaciones terroristas, siendo cuestionado por el gobierno de los Estados Unidos de América.

Entonces, en ese momento, se te ocurrió la idea perfecta, el golpe perfecto para desarmarlo y hacer que empezara a habla. Reza mismo se delató cuando dejó que sus expresiones mostraran claramente la importancia que tenía para él dejar a sus padres fuera de ese asunto.

Reza Nayieer fue su propio delator.

Hiciste que se pusiera de pie, lo esposaste y le dijiste que a menos que te brindara información valiosa en la cual basarte para seguir investigando las pistas que llevan a esta bomba lo arrestarías en frente de sus padres, humillándolo, haciendo que vean exactamente quién es su hijo y en qué asuntos está metido.

Tu voz fue firme, fuerte, clara y lo suficientemente convincente – junto con el frío del metal de las esposas encerrando sus muñecas contra su piel – para, finalmente, quebrarlo y empujarlo al borde del abismo, donde las opciones no eran muchas: ver a sus padres decepcionados y asustados mientras se lo llevaban detenido, o confesar.

Sabías bien de antemano lo que Reza haría porque de haber estado con sus zapatos puestos hubieras hecho lo mismo: jamás les darías a tus padres tal disgusto.

Ese chico podría ser muchas cosas – quizá un terrorista, quizá uno de los muchos títeres de asociaciones malévolas como Segunda Ola, quizá un traidor al país de la mujer que ama y con la que va a casarse -, pero era evidente y tan claro como la más cristalina de las aguas que la opinión de su familia y la honra de su apellido le importaban muchísimo, lo suficiente como para dejar que esa debilidad se le dibujar en la cara cuando a través del ventanal vio a sus padres.

Y aprovechándote de esa debilidad que lo delató, lograste que hablara.

"Por favor, no" te rogó cuando estabas a punto de emprender camino hacia la puerta, llevándolo fuertemente agarrado del brazo "Yo sí confirmé esas transferencias" confesó "Pero sólo las confirmé, no las hice"

"¿Quién, entonces?" preguntaste con rudeza, apremiándolo a seguir.

"Simplemente quería protegerlo" continuó balbuceando.

"¿A quién?, ¿a quién protegías?"

"A Bob Warner. El padre de Marie. Él hizo esas transferencias".

Y ahí fue entonces, en ese segundo, cuando el rumbo de las cosas dio un giro de ciento ochenta grados y cambió.

De acuerdo con Reza Nayieer, su futuro suegro había ordenado esas transferencias y su única vinculación al hecho era el haberlas confirmado.

Bien pensaste. Vamos a ver qué tiene Warner para contar.

Le quitaste las esposas y ambos se dirigieron de vuelta a la habitación elegantemente decorada en la que Kate, su hermana Marie (una joven de no más de veintidós años, muy pálida, de ojos extremadamente claros y cuerpo menudo), el padre de las dos jóvenes y los padres de Reza estaban aguardando, alterados, tensos y expectantes.

Acababa de delatar a su suegro, al padre de la mujer con la que va a casarse, al hombre que le dio un trabajo y la confianza suficiente para convertirlo en su mano derecha. Acababa de traicionarlo; aún cuando se mantuvo firme tanto como pudo e intentó protegerlo, terminó rompiéndose en el momento en que eligió dejar de cubrirlo a él y ahorrarles un gran disgusto a sus propios padres diciendo la verdad acerca de esas transacciones.

¿Estaría Reza torturándose pensando en qué diría Marie Warner cuando supiera lo que había dicho?, ¿estaría mortificándolo la sola idea de haber entregado a su suegro a manos del gobierno con la declaración que hizo minutos atrás?

Viste como la máscara se caía del rostro del joven y – mostrando cuán vulnerable se sentía en realidad – corrió a los brazos del amor de su vida y se refugió en ellos, enterró la cabeza en el espacio entre el cuello y el hombro de Marie, como si estuviera tratando de ponerse a salvo, de esconderse de su propio infierno individual, y se te ocurrió que a vos te hubiera gustado poder hacer lo mismo cuando te viste atrapado con todas esas imágenes dando vueltas en tu cabeza: Michelle muerta, herida, inconciente, lastimada...

Enseguida expulsaste esos pensamientos fuera de tu mente y te concentraste en Bob Warner, quien accedió amablemente y sin oponer resistencia alguna a acompañarte de vuelta a la habitación en donde por más de una hora y media estuviste tratando de hacer que Reza te dijera algo relevante.

Los siguientes treinta minutos fueron algo así como un deja vú del tiempo que pasaste con el yerno de Bob: las acusaciones y las pruebas fueron expuestas y firmemente negadas por el acusado. Presionaste, presionaste, presionaste, pero ni un solo pelo de color entrecano se movió en la cabeza de Bob, quien con aire tranquilo y casi paternal insistió en no saber absolutamente nada acerca de las transferencias hechas a Syed Alí.

Uno de los dos miente. Si Reza no miente, entonces Bob es el que sí, y viceversa.

Exhalando un largo suspiro dejaste la habitación con el teléfono celular en la mano y te dirigiste al pequeño hueco que separa el lugar donde estabas del living en el que las dos hijas de Warner y Reza se encuentran aguardando bajo la atenta mirada de Richards, el agente que te acompañó hasta la residencia.

Es hora de poner lo que tenés sobre la mesa y ver qué se puede hacer con esta mano de cartas.


El reloj marca las dos de la tarde con veintiocho minutos cuando escuchas la voz de Mason del otro lado de la línea.

"Sí, Tony, te escucho"

"Nayieer está empezando a hablar" informas "Dice que su suegro, Bob Warner, es quien trata con Syed Alí. Por supuesto, Warner lo niega todo" aclaras, como si hiciera falta.

"Bien, trasládenlos acá" decide George rápidamente "Vamos a interrogarlos por separado y al mismo tiempo para presionarlos"

"¿Estás dándome autorización para arrestar a estas personas?" te parece bien corroborar si entendiste bien lo que Mason acaba de decir.

"A menos que accedan a venir acá de forma voluntaria, sí, eso es exactamente lo que estoy haciendo"

"¿Bajo qué cargos?" preguntas, queriendo tener en claro todos los puntos antes de proceder y tomar cualquier tipo de medida extrema.

"De cruzar mal la calle" suelta George de pronto, y luego de haberlo visto actuar de manera tan extraña durante el último par de horas hasta te consuela escuchar que el viejo cascarrabias y sarcástico de tu jefe ha vuelto a ser el de siempre "No sé, Tony, no me importa bajo qué cargos, sólo tráiganlos acá" concluye finalmente chasqueando la lengua con impaciencia.

La conversación telefónica finaliza y te dirigís a la sala de estar, donde el ambiente es tan denso que hasta podría cortarse con un cuchillo. La tensión y el nerviosismo general son obvios, tanto en ambas hermanas como en Reza y su familia.

La primera en aproximarse a vos es Kate, con la preocupación dibujada en el rostro y los ojos azules llenos de signos de interrogación luminosos.

"¿Qué es lo que está pasando con mi padre?" no da rodeos, va directo al punto, sin vueltas previas, lo cual sería algo admirable en una mujer tan joven si no fuera por el hecho de que hoy las preguntas las haces vos y las respuestas que podés dar a los cuestionamientos que te hagan son bastante limitadas en calidad y cantidad.

"Un minuto, por favor" le decís a Kate lo más educadamente posible, y luego vas directo hacia donde Richard se haya de pie. Con una seña de tu cabeza entiende que necesitan cruzar unas palabras en privado, así que te sigue a un hueco de la habitación donde puedan quedar lejos de las miradas de los otros.

En susurros, le explicas:

"Necesito que traigas a Bob Warner" con otro gesto de la cabeza señalas el pasillo que conduce a la habitación en la que se encuentra "Vamos a terminar todo esto en la CTU"

"Está bien" son las palabras de Richards antes de ir a hacer lo que le pediste.

Volvés al centro de la sala de estar para anunciar la decisión tomada:

"Reza, voy a necesitar que vengas con nosotros"

Notas como las facciones del joven se contraen en una mueca de miedo, incertidumbre y molestia. Los músculos del cuerpo se le tensan y reacciona subiendo la guardia y poniéndose a la defensiva inmediatamente:

"¿A dónde?"

"A la CTU"

"¿Para qué?" ahora su tono hasta es casi insolente.

"Para llevar a cabo una interrogación más exhaustiva" estás tratando de ser amable, estás tratando de comportarte civilizadamente y no tener que hacer uso de la fuerza bruta, estás haciendo el sobrehumano intento de no dejar que todos los nervios de tu cuerpo colapsen y agarrar a esta como la excusa perfecta para descargar lo que llevas adentro y canalizarlo a través de la violencia, pero Reza no está poniendo las cosas fáciles, y lo que dice a continuación es la gota que casi hace rebalsar al vaso.

"No pienso ir a ninguna parte" anuncia, fuertemente abrazado a Marie, cuya piel blanca como la leche está ahora roja y manchada por los restos de las lagrimas que seguramente ha llorado en este último par de horas.

No hay tiempo que perder haciendo uso de buenos modales, especialmente cuando tenés en el bolsillo una placa que te autoriza a ser tan rudo como quieras si de proteger la seguridad del país y de sus ciudadanos se trata, pero no querés llegar al extremo de tener que doblegar a Reza utilizando la violencia física, mucho menos delante de su madre, cuñada y novia, por lo cual decidís tratar de 'convencerlo' verbalmente de la importancia de su cooperación.

Las palabras se deslizan por entre tus dientes apretados:

"Miren, no estoy arrestando a nadie... todavía" agregas un énfasis especial a esa última palabra "Pero voy a tener que hacerlo si se niegan a cooperar. De un modo u otro van a tener que venir con nosotros" y ahora sí estás amenazándolo de manera pasiva pero con la agresividad plasmada en tus ojos ": La manera en que hagamos esto queda enteramente a su elección"

Escuchas el ruido de pasos irrumpiendo cuando Richards regresa con Warner quien, utilizando el mismo aire paternal con el que intentó convencerte de su absoluta y pura inocencia, se dirige a su futuro yerno, a diferencia de que esta vez en la voz también se esconde un fuerte sentido de autoridad:

"Hagamos lo que este hombre pide, Reza, no discutamos"

"¡Bob, no he hecho nada malo, no pueden arrestarme!" estalla.

"Reza, por favor" insiste Warner, tratando de tranquilizarlo y darle a la situación un tinte más calmo, y parece dar resultado, porque enseguida el cuerpo del muchacho se relaja visiblemente y en sus facciones puede verse reflejado que ha tomado la decisión de acompañarlos hasta la CTU sin seguir poniendo más miramientos.

Estás a punto de guiarlos hacia la puerta cuando Marie interviene:

"Voy con ustedes" anuncia, y su voz suena como la de quien está conteniendo el llanto.

"No podemos llevarla con nosotros, señorita" le decís.

Entendés que es el día de su boda, que uno de los días más importantes de su vida ha sido arruinado y que probablemente dentro de su mente de mujer miles de millones de emociones incomprensibles deben estar pasando, pero no podés permitir que vaya con ustedes. No es a ella a quien necesitan, es a su padre y a su novio, y tenerla allí sólo complicaría mucho más las cosas y agregaría a las cosas más drama del que ya tienen de por sí.

"¡No me importa! Arruinaron mi boda, ¡no voy a dejar que en un momento como este también me separen del hombre que amo!"

Decidís rápidamente que discutir con ella y tratar de disuadirla sólo empeoraría todo, tomaría un tiempo que no tienen para perder. Quizá sea mejor que le den el gusto y la dejen ir con ellos; si llegado el caso representa complicaciones o se vuelve un estorbo, pueden obligarla a volver a su casa o dejarla detenida por interferir en una operación gubernamental.

Intercambias rápidamente una mirada con el agente que te compaña antes de asentir con la cabeza a la petición de Marie.

La joven toma su bolsa y con su mano firmemente sujeta a la de Reza se pierde por el pasillo, siguiendo los pasos de Richards. Bob, por el contrario, se toma unos segundos más para tranquilizar los miedos e inseguridades de su hija.

"Llama a todos y diles que la boda se pospone" llegas a escuchar, pero luego el resto de la conversación es un susurro ininteligible que no dura más de dos minutos.

"Señor Warner, por favor" insistís, haciéndole ver que de verdad necesitan ir a la CTU cuanto antes para aclarar todo esto.

Mientras abandonan la mansión y caminan por los jardines hacia el lugar donde está estacionado el auto que usaste para ir hasta allí, sentís la sangre latiéndote en los oídos, las manos hormigueándote y el cerebro trabajando demasiado rápido y con demasiada potencia para tu gusto.

Los eventos de las últimas horas empiezan a atacarte sin piedad otra vez, y la fantasía filosófica del infierno individual cobra fuerzas, absorbiendo tu concentración durante el trayecto desde la residencia de los Warner hasta el edificio de la Unidad Antiterrorista de la ciudad de Los Angeles.

Cada uno es su propio delator, cada uno – en algún momento de la vida, bajo alguna circunstancia, por algún motivo – acaba bajando la guardia hasta el punto que las debilidades más crudas quedan expuestas, delatándonos. No hace falta que otros vayan a correr velo y escarbar en el intento de encontrar esas debilidades: uno solo las muestra, uno solo se delata.

Y esas debilidades, esos miedos, esas frustraciones, esos temores, esos traumas, esos sentimientos oscuros, esas fantasías prohibidas, esas tristezas empujadas al fondo del corazón y escondidas bajo la alfombra para no verlas, se vuelven nuestro propio infierno individual, un infierno individual construido alrededor de las debilidades que nosotros mismos delatamos.

Tu debilidad es, por supuesto, Michelle, y cualquier escenario que la envuelva a ella sufriendo o que la ubique lejos de ti e inalcanzable es tu infierno individual.

La debilidad de Reza – se te ocurre, y no querés profundizar mucho en estas conjeturas porque es, después de todo, sospechoso de estar involucrado con grupos terroristas de gran calibre – debe ser su familia, sus afectos: la mujer que ama, sus padres, la honra de su apellido. Se delató a si mismo cuando entregó a su propio suegro menos de una hora atrás, y volvió a delatarse cuando como un niño herido busco calma y consuelo en los brazos de Marie. Ese joven debe estar viviendo su propio infierno individual: el día de su boda arruinado, su novia llorando desconsoladamente y enferma de preocupación, sus padres testigos de cómo se vio obligado a acompañar a los federales para ser interrogado...

¿Y Marie? Esa pobre chica debe estar hundida en el infierno ahora mismo, y ni siquiera se molesta en esconder las lágrimas que caen de sus ojos claros y surcan sus mejillas de piel blanca sonrosada.

Bob Warner, tan sereno en apariencia y actuando como si tuviera todo bajo control y viviera en él la seguridad de que nada va a salirle mal... Su hija menor destrozada y deshecha en llanto, su yerno lo acusó de haber sido él quien transfirió ese dinero (y, lo cual encontrás sospechoso, ni siquiera pareció molestarse por eso y su actitud hacia Reza no cambió en nada), su hija mayor siendo consumida por la preocupación y lo que se suponía sería un día especial transformado en un enredo de cables complicado.

Exhalas un largo suspiro y te preguntas desde cuánto la filosofía ha pasado a formar parte de tu línea habitual de pensamientos; desde cuándo te fijas tanto en las emociones que emanan los sospechosos de participar en atentados terroristas... ¿Será que tanto Bob Warner como su yerno te resultan demasiado humanos como para en tu inconciente pensarlos culpables?, ¿será que la pobre Marie y su hermana Kate te despiertan algo de lástima porque sabés bien lo que se siente ser víctima del daño colateral provocado por los errores de otros?, ¿será que desde que te enamoraste te convertiste en un ser de carne y hueso y dejaste de ser un robot, aún cuando te encontrás moviéndote en un ámbito en el que deberías comportarte como si estuvieras hecho de piezas de metal?

Puede ser, probablemente así sea.

Desde que te enamoraste tenés algo bien en claro: cada uno es su propio delator, su propio infierno individual.


Esta es la parte en la que me hacen muy feliz dejando un comentario :)