ADVERTENCIA: Yekaterina-Ucrania, Oleksandr-NyoUcrania, aquí los hice gemelos porque se me dio la gana(?).


IMBRANATO


VEINTISIETE

El mensaje de Marguerite la había sorprendido, pero por sobre todo, la había llenado de curiosidad. Si bien la boda estaba planeada para más o menos dentro de un año, había tantas cosas que hacer que tal vez el tiempo se iba a hacer poco. El miércoles, cinco mujeres se juntaron en una acogedora cafetería en el corazón de Roma. Además de Lovina, Meg le había dicho a Elizabeta y claro, a las hermanas de su prometido: Natalia y Yekaterina. La italiana tuvo que admitirlo… por más hermosa que fuera Natalia, esa mujer daba más miedo que un psicópata acosador… ¡y estaba más loca que una cabra! Cuando Marguerite le preguntó si iría con alguien al matrimonio o debía pedirle a alguno de sus familiares que fuera pareja de ella, la rubia musitó tranquilamente que sería pareja de su hermano -Iván- pues eran almas gemelas y estaban destinados a estar juntos toda la vida. Lovina y Elizabeta se miraron entre sí, confundidas y Yekaterina entonces explicó con una sonrisa nerviosa que su hermana era muy unida a toda la familia, pero sobre todo al menor de sus hermanos varones. Fuera de aquello la tarde fue bastante provechosa. Lovina siempre admiró la capacidad de organización que tenía Marguerite, le parecía increíble que una sola persona fuera capaz de organizar una boda, porque sí, la rubia de gafas había prescindido totalmente de una empresa de organización, alegando a que nunca dejan las cosas como realmente las quería. En su cuaderno tenía anotados los nombres de todas sus damas de honor, incluida Emily, su hermana gemela. Desde cierto punto de vista era gracioso que su prometido también tuviera un gemelo… bueno, gemela.

Rápidamente la de gafas propuso un día para juntarse para escoger los vestidos de las damas y claro, la primera prueba de vestuario. Agregó luego que su hermana vendría a Roma por unos días y que por ende debía ser alguno de ellos, no es como si pudiera viajar cada vez que quiera desde Estados Unidos, ¡el pasaje era carísimo! Las hermanas del novio estuvieron de acuerdo con cualquier fecha, en tanto Elizabeta musitó que podía pedir libre la tarde en el trabajo para así no entorpecer los preparativos… lo único que realmente lamentaba era que, si bien aún no se le notaba, su vientre comenzaría a crecer muy pronto, por ende sus pruebas de vestuario serían las últimas. Emocionada, Marguerite propuso realizar un baby shower ya para cuando se supiera el sexo del bebé. Acto seguido, tranquilizó a su amiga, pues parecía muy afligida por, a su juicio, retrasar todo. ¡Las hormonas en el embarazo eran un caos! Era la única explicación lógica para explicar el hecho de tener a la siempre fuerte y energética húngara a punto de romper en llanto. Lovina suspiró y sacó un paquete de pañuelos descartables de su bolso… a pesar de en sí ser una experiencia maravillosa, los primeros meses eran un asco, mas al menos Elizabeta tenía a su tonto -muy tonto- esposo con ella. Inevitablemente pensó en Antonio y se sonrojó; recordó que no le había mencionado nada a sus amigas, aunque probablemente Eli ya lo sabría gracias al lengua floja de Gilbert y es que seguro el idiota de Antonio le había contado a sus amiguitos del alma todo lo que estaba pasando entre ellos.

A eso de las cinco de la tarde, las dos hermanas se retiraron aludiendo a que tenían cosas que hacer, dejando por fin a las tres amigas solas. Lovina pidió una nueva taza de café, así mismo Marguerite, en tanto Elizabeta pidió chocolate caliente; el frío comenzaba a hacer estragos en la ciudad y ya que estaba imposibilitada de beber café… bueno era el chocolate. La mayor parte de la conversación giró en torno al bebé de la mayor de las tres; a decir verdad estaba nerviosa debido a su edad, bien conocido era por la mayoría que a los cuarenta y cinco un embarazo es considerado de alto riesgo… es más, la mujer de ojos verdes le confesó a sus amigas lo mucho que había llorado cuando se enteró de la noticia. Claro que lo primero que cruzó su mente fue el posible daño que podía estar causándole a su bebé debido a su edad… ¡ni siquiera sabía que aún podía quedar encinta! Sorpresa fue cuando el obstetra le señaló que si bien su condición era delicada, no era de riesgo como ella pensaba, sin embargo aún así debía cuidarse más que con sus otros dos embarazos. Cuando se hubieron calmado la cosas, afortunadamente para ella, fue Marguerite quien le preguntó si ya tenía en mente con quién poder ir al matrimonio… Lovina efectuó una mueca de incomodidad en tanto se escuchó de fondo el bufido de Elizabeta.

—Con Antonio.

—Oh…

Quiso gritar. Un "Oh" no era la respuesta que quería, aunque sabía que no podía esperar demasiado más. Dio un largo sorbo a su café antes de indicar cómo se habían dado las cosas, incluido su miedo por saber cómo iba a reaccionar su hijo. Supuso que su expresión debió haber sido un desastre anímico, pues rápidamente la rubia de gafas intentó reconfortarla, sin embargo pronto mencionó que: "es curioso que el ser humano, siendo el ser autodenominado más inteligente sobre el planeta, sea el único que tropieza dos veces con la misma piedra" Elizabeta reprimió lo más posible la risa burlona y Lovina pudo jurar que aquella había sido la forma más elegante en la que le habían insultado.

¡Qué lindo era volver a ver a sus amigas!

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Fuera de la ENORME discusión debido a la elección de los vestidos para las damas de honor, reunión que se efectuó la semana siguiente a la del café, su semana había sido relativamente tranquila, exceptuando claro, ese día. Lovina había olvidado lo hiperactiva que era y sigue siendo Emily, ahora Jones, ya que se había casado y por ende, adoptado el apellido de su esposo. La italiana pudo jurar que nunca había conocido a un par de gemelas tan poco parecidas en cuanto a personalidad se trataba… Marguerite y Emily eran todo lo contrario a Oleksandr y Yekaterina, ambos cariñosos y de buen temperamento. Al hombre se le hacía natural hacer de todo con tal de complacer a su prometida; era lindo ver a Marguerite tan feliz… después de lo de Francis, tanto Lovina como Elizabeta se alegraban que su amiga hubiera conocido a un buen hombre.

Aquel día que se juntaron, la rubia de gafas musitó que ya que tenía elegido su vestido de novia, se ocuparían ahora, entre todos a elegir los de las damas de honor… y es que aunque ella y Oleksandr eran los que tenían la última palabra, no querían hacer sentir mal a las mujeres que estarían vestidas durante parte del día y la noche. Y a pesar de la curiosidad que manifestó Elizabeta por saber cómo era el traje, Marguerite sólo atinó a reír y luego decir que sería sorpresa. Se enfocaron entonces en los otros y… Lovina sólo tenía una palabra para definir aquello…

Maldita sea.

Bueno, técnicamente son dos, pero se entiende el concepto. No había pasado ni quince minutos para que se desatara una pelea a gritos, en la cual la asesora parecía estar al borde de un colapso nervioso. Cuando finalmente se decidió que los vestidos serían azules, la asesora de la tienda de novios buscó todos los vestidos de ese color, sin embargo otra mini guerra sobre cuál modelo sería el más adecuado no tardó en estallar. Lovina hizo uso de su buen gusto en ropa para aconsejar a su amiga; Elizabeta alabó su elección, Natalia simplemente se encogió de hombros, era la única que no reclamaba al respecto, a Yekaterina le gustaban todos los vestidos y se mostraba feliz con cualquiera… siempre y cuando pudieran cubrir su exuberante busto… ¡era increíble lo grande que era! Encima la rubia de cabello corto juraba que no eran operadas… mas, volviendo al tema de la elección del vestido, Emily se demostraba desconforme con todo y cada uno de ellos, incluso con la elección de Lovina, que fue alabado por todas. Marguerite suspiró afligida al ver que la temperamental italiana hacía amago de callar a golpes a su escandalosa gemela. Simplemente algunas cosas nunca cambiaban.

Parecía que había sido ayer cuando Marguerite intervenía en las peleas de Lovina y Emily para que, por supuesto, no comenzaran a jalarse el cabello y de paso, espantaran a los pacientes que se suponía debían atender. Emily siguió reclamando, hasta el cansancio, que quería que los vestidos fueran cortos para así exhibir sus tonificadas piernas… la novia miró a su prometido, quien simplemente se encogió de hombros para luego musitar "—Mientras no se vea vulgar, no creo que haya problemas con que sea corto" Meg entonces miró a sus amigas y cuñadas… la italiana resopló y se cruzó de brazos, mas tras un codazo por parte de Elizabeta, terminó aceptando que el vestido fuera corto. Sólo que a su juicio, un vestido hasta los tobillos sería más apropiado, pero bueno… no iba a imponer sus condiciones, ¡no era tan desubicada!

Volvió a su casa, exhausta, agradeciendo al cielo, mar y tierra haber pedido libre todo el día… con el cansancio que llevaba a cuestas se sentía incapaz de ayudar a pacientes, mucho menos se sentía en condiciones de atender casos donde la vida de determinada persona estuviera en peligro. Cansina, se sacó los zapatos y los arrojó lejos. Lo único que lamentaba de haber pedido libre era que eventualmente tendría que hacer un turno doble para compensar… su jefe le había propuesto el viernes en la noche y ella aceptó sin peros, sin embargo, cinco minutos después, Adamo le llamó, pidiéndole por favor que le preguntara a Antonio si tenía un libro que necesitaba, aludiendo luego a que iría a Roma el viernes después de clases para quedarse todo el fin de semana. Bueno, al menos estaría sábado y domingo con él. Salió de sus cavilaciones cuando su teléfono sonó. No pudo evitar sonreír al ver en la pantalla que se trataba de Antonio. ¿Desde cuándo había comenzado a actuar como una tonta adolescente enamorada?

Buenas noches, preciosa, ¿qué tal estuvo tu día?

—Lo único que sé es que quiero la cabeza hueca de Emily en una bandeja de plata —resopló, aún estaba molesta debido a que la americana rechazaba cada uno de los vestidos que ella elegía y gustaban a las otras—. Pero bueno… tal vez algún día —rió suavemente. Durante su juventud muchos le reclamaban que a veces sus palabras le hacían sonar como un verdadero miembro de la mafia italiana y, ¿por qué negarlo? A ella le gustaba que la gente de verdad creyera ello—. Estoy cansada, estuve probándome vestidos toda la tarde.

¿Ya están viendo lo de los vestidos? Creí que el matrimonio era en Agosto…

—Bueno, ya casi estamos a Diciembre, un matrimonio toma tiempo, además hay que confeccionar los vestidos y el de novia es el que más tarda —quiso agregar, más bien reclamarle al español que si acaso ya se había olvidado de cómo había sido su boda, pero prefirió omitir el comentario ante la muy posible positiva respuesta; no quería enojarse más—. Por cierto, Adamo me llamó, me pidió que te preguntara si tenías un libro… lo tengo en mi e-mail, te lo mandaré para que veas el título y el autor…

Claro, hermosa —sonrió—. Por cierto, iba a invitarte a cenar, pero ya que me dijiste que estabas cansada, ¿quieres que vaya a tu departamento y te cocine algo?

La-comida-de-Antonio. Lovina sintió cómo sus papilas gustativas comenzaban a trabajar al doble sólo al imaginar probar alguna de las creaciones culinarias del español. "—No hagas preguntas a las que ya le sabes la respuesta, bastardo" sonrió antes de cortar la llamada; esperaba que el castaño no tardara demasiado. No tenía demasiada hambre, pero… la comida de Antonio es LA comida. A ella muchos le habían alabado su destreza en la cocina, sin embargo el español, bueno, no es que fuera mejor que ella, simplemente que cocinaba de otro modo y por ende el sabor era otro.

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El viernes en la tarde llegó. Adamo terminó de acomodar un poco de ropa en un bolso. Recientemente había acabado su primera semana de evaluaciones y ahora lo único que quería era desconectarse de la universidad, al menos por un fin de semana. Suspiró y no pudo evitar sonrojar violentamente al recordar que había invitado a Christian a su casa; no sabía en qué había estado pensando cuando lo hizo, los besos de ese tonto español lo dejaban idiota… ¡además no le había avisado a su madre! Entre sus planes estaba presentarle a Christian, pero no como un simple amigo y eso, bueno, lo ponía nervioso. Escuchó a Martín mofarse de su cara roja como un tomate y, en un arrebato, tomó su almohada y la estampó contra el rostro del egocéntrico argentino que, claro, no perdió un segundo para reclamar al respecto. Adamo sonrió complacido y procedió a cerrar el bolso que llevaría a Roma.

—Voy a irme… vuelvo el domingo en la tarde —le avisó al rubio que seguía viéndose en un espejo. A veces simplemente no le cabía en la cabeza cómo Martín podía ser TAN egocéntrico, así mismo, le costaba comprender cómo es que el novio de éste lo soportaba; tal vez algún día lo conocería, aprovecharía la ocasión para preguntarle—. Mantén ventilado, en serio, no quiero enterarme si tuviste sexo o lo que sea —rodó los ojos, intentando no sonrojarse. Nuevamente escuchó reír al argentino y se calzó la correa de su mochila al hombro para luego despedirse con la mano y salir de la habitación. Esperó a Christian en la entrada del edificio de habitaciones de hombres y luego, se dirigieron a la parada de autobuses para tomar el que los llevaría a Roma.

Tuvo que empujar varias veces al español, ¡era molesto! Siempre queriendo abrazarlo como un pulpo… lo único que hacía era que sus mejillas se pusieran rojas. Pronto iban a cumplir un mes desde que se hicieron novios. Con ¿vergüenza? Estiró la mano hasta coger la de Christian; le vio sonreír automáticamente y si ya estaba rojo, su rostro ahora explotó… lo único que pudo musitar fue un: "—No digas nada, idiota". Se distrajo entonces molestándolo, aludiendo a que conocería a su madre; no le dijo que Lovina era de carácter complicado, sin embargo le dio la impresión que el español lo intuyó o algo así. Lo vio hecho un manojo de nervios y aquello acentuó visiblemente cuando llegaron al departamento. Acabó cediendo y le dijo que su madre tenía doble turno y que llegaría al día siguiente, por la mañana. Los reclamos no se hicieron esperar, Adamo le ignoró, sabía que a Christian el enojo no le duraba demasiado. Le propuso entonces cocinar algo para almorzar, luego podían descansar e ir a pasear si no se les hacía tarde… Christian clamó por conocer la fontana di Trevi, pero esa quedaba un poco lejos, más o menos treinta minutos caminando y tenía un poco de pereza… Adamo le propuso ir al día siguiente a esa, por ahora darían un paseo más corto.

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Antonio suspiró frustrado al oír a Roderich técnicamente ordenándole ir por él a una reunión que se realizaría en la embajada española. Si bien no tenía nada que ver con nacionalidades ni algo por el estilo, el austriaco había usado como argumento que él, como español, entendería mejor las cosas tratadas en reunión, así mismo, supuso que se sentiría cómodo escuchando a gente hablar en su lengua materna, al menos por unos minutos. Gruñó ante la imposibilidad de negarse a su jefe y caminó hasta su auto para luego ir frente al edificio que estaba en la piazza di Spagna. No iba a negarlo, ver flameando la bandera de su natal patria logró remover algo dentro de sí. Pensó en ir de vacaciones en verano… ni su tacaño jefe podía negarle sus semanas de vacaciones. En la reunión maldijo a Roderich una y mil veces. Consideró seriamente en ir a alguna de esas brujas raras y hacerle vudú para que sufriera un rato. Si bien estaba acostumbrado a ese tipo de cosas, aquella junta había logrado desesperarlo por completo; no sólo porque el austriaco no dijo de lo que se hablaría, si no porque apenas y podía seguir el hilo de la conversación. Durante los poco más de sesenta minutos que duró la reunión se mantuvo como un simple espectador... pensó que daba pena, después de todo él era uno de los prestigiosos abogados que trabajaba en la firma E&G, ¡se sentía como un novato en su primer día!

Agradeció al cielo cuando por fin se vio fuera de esas paredes de color crema. Si bien hacía muchos años vivía en Italia, nunca se había tomado la molestia de inspeccionar a fondo la embajada de su país; no era como si tuviera adornos característicos de España por todos lados, pero las banderas tenían su toque. Sonrió con nostalgia y nuevamente se dijo que debía ir en vacaciones. Tomó con mayor fuerza su maletín y dispuso a salir... supuso que el camino de vuelta a la firma se le haría muy corto, después de todo se la pasaría insultando mentalmente a su jefe. Agradeció que no hubiera sol, pues dentro estaba relativamente oscuro y sus ojos eran más sensibles a los cambios de luz por el solo hecho de ser claros. A lo lejos vio la fontana della Barcaccia y no pudo evitar contemplarla... ver emanar el agua le resultaba relajante. Su sentido común le recordó que no podía seguir perdiendo el tiempo, sin embargo no pudo evitar sorprenderse al ver a alguien idéntico a su hijo sentado en los peldaños de la escalinata de la iglesia de Trinità dei Monti. Estaba junto a un muchacho y reía junto a él. Detuvo sus pasos, pues un impulso lo llevó a caminar hasta ellos y comprobar si efectivamente se trataba de su hijo, pero pronto recordó que éste se encontraba en la universidad... era imposible que fuera él, a no ser que W haya dado el día libre debido a algún acontecimiento en especial; si mal no recordaba, por esa fecha era la celebración por la fundación de la institución. Sus pasos nuevamente se hicieron presentes y no pudo evitar sorprenderse al ver que el chiquillo que efectivamente acompañaba a su hijo se tomaba el atrevimiento de lamer el resto de helado que Adamo tenía en la mejilla. Vio al ojiverde reclamarle enojado, aún así no hacía más que gritarle avergonzado.

—Adamo... —llamó titubeante y se sintió nervioso al sentir la mirada jade, igual a la de él, sobre su persona. Trató de ignorar al chiquillo que acompañaba a su hijo; por alguna razón que no terminaba de comprender, no le gustaba que estuviera junto a su vástago. Hizo una mueca, clavando luego sus ojos en su hijo.

Christian y su eterno entusiasmo le habían convencido por caminar en vez de tomar el autobús; el español reclamaba que dentro de un auto no podría conocer la ciudad y Adamo acabó dándole la razón… sin embargo, caminaron tanto que llegaron más allá de la fontana di Trevi… maldijo a su novio, habían caminado tanto que los pies literalmente le estaban matando; no obstante sonrió al ver lo contento que se había puesto Christian al ver flamear apenas un par de banderas españolas, habían caminado hasta la piazza di Spagna; Adamo no pudo evitar recordar que aquel era el mismo lugar en el que había conversado con Alexis hace ya tantos meses… se perdió en sus recuerdos y volvió en sí sólo cuando su novio le ofreció un helado. Se sentía contento, incluso luego de la estupidez de Christian de lamerle la mejilla… ¡se había puesto rojo! Maldijo mil veces la facilidad que tenía ese tonto español para hacer que su rostro hirviera; sin embargo detuvo sus reclamos al escuchar su nombre de una voz que reconocía fácilmente a pesar de haber estado ausente por tantos años…

¿Cómo no reconocerla? Giró su rostro y sus ojos chocaron con la mirada de Antonio.

—Antonio…—dijo a modo de saludo y no tardó en pararse esperando que Christian lo siguiera—. Mi mamma me dijo que le pasaste los libros que pedí. Gracias, te los devolveré cuando ya no los necesite. Hasta luego —quiso ser lo más cortante posible. No deseaba entablar conversación con su progenitor, no esperaba ni de casualidad encontrarse con su presencia en un lugar como ese, ¿qué demonios había hecho para merecer tanta mala suerte? Jaló la ropa de Christian, quien parecía no querer moverse del lugar y le hizo una seña para comenzar a alejarse de aquel hombre, de verdad no deseaba verlo pero ahí estaba… sería mejor caminar, tal vez volver al departamento, aunque no quería arruinar su salida, sin embargo sus ánimos habían decaído considerablemente.

—Espera, por favor, Adamo — reaccionó de inmediato, volviendo a llamarlo. El aludido había sido tan cortante para con él que por un minuto se sintió mal. Sujetó el brazo del menor y le obligó a verle... quería estar con él, saber al menos cómo estaba, pero Adamo parecía empeñado en irse de una vez por todas. De reojo vio al castaño que acompañaba a su hijo, parecía molesto, no lo supo interpretar a la perfección. Frunció el ceño al ver que Adamo se soltaba de su agarre e iba junto a su acompañante, casi daba la impresión que se estaba refugiando en él—. Hijo, por favor... hablemos un momento...

—No tenemos nada que hablar ahora, estoy ocupado, ¿no ves? —enfrentó con la mirada a Antonio, por un momento se sintió mal por su progenitor pero de verdad quería ahorrarle todo el drama familiar a Christian. Nuevamente la insistencia por parte de su padre se hizo presente y por más que tratará calmarse le molestaba demasiado la conversación que mantenían. ¿Quién demonios se creía para pedir o exigirle su tiempo? Acaso no se daba cuenta que era el menos indicado para pedir algo así. ¿Cuántos fueron los años qué él tuvo que esperar para "hablar un momento"? Oh, ahí vendrían las estúpidas excusas. Frunció el entrecejo—. ¡Te dije que estoy ocupado! Tengo cosas importantes que hacer.

—Adamo... —comenzó a molestarse. Una cosa era dejar pasar varias de sus actitudes para con él debido a la rabia que quisiera o no, ahí estaba, pero todo tenía un límite. Frunció el entrecejo y por una vez hizo efectiva su autoridad como padre—. Si estuvieras ocupado no estarías paseando con tu... amigo —hizo un mohín y luego enfrentó directamente a su hijo—. Si no quieres que él escuche perfecto, pídele por favor que se aleje un momento. ¿Acaso no te das cuenta que estoy preocupado por ti? ¡Hace meses que no te veía! Y lo poco y nada que me ha dicho Lovina sobre ti cuando me pidió los libros no es suficiente —trató de calmarse pero no pudo, era demasiada la frustración que sentía. Sabía que no tenía que descargarse con Adamo, pero bueno... —No hagas más difícil esto, hijo... por favor.

—No confundas las cosas Antonio —trató de hablar lo más serio posible—. Primero: permíteme recordarte que pasaste años sin saber de mí, no es como si ahora tuvieras que fingir que te intereso —suspiró, estaba tratando de calmarse, no quería armar un show en medio de la piazza di Spagna. Le dedico una mirada totalmente cargada de rencor a su progenitor—. Y segundo: si alguien tiene que alejarse ese no es Christian, ¿no te parece? —no, no iba a dejar de ninguna manera que esto arruine su salida, ¡por Dios! él ya no era ningún chiquillo para que su padre le tenga que decir que hacer o no, o decida lo que era importante o no ¡o cualquier cosa que tenga ver con su vida! Maldita sea—. ¿O es que acaso tengo que pedirte permiso para salir con mi novio? —hizo una mueca como si estuviera totalmente divertido con lo que acaba de decir. Jamás, ¡nadie! Le había causado tantos sentimientos de angustia y estaba consciente de lo que acaba de decir, tal vez no de la mejor manera, pero en todo caso ya lo había dicho; no quiso mirar a Antonio en ese momento. Tomó la mano de Christian y giró su rostro—. Nos vamos, aún nos quedan cosas por ver...—le susurró a su pareja y se aseguró que comenzará a caminar junto a él dejando atrás al otro español.

Antonio clavó la mirada en el suelo, tratando de digerir lo mejor posible las palabras de su hijo. ¿Qué era lo que había dicho? ¿Acaso había escuchado mal? Mierda, mierda, mierda... casi sintió esas palabras como un deja vu; con su hermano, Paulo, igualmente estaba discutiendo antes de que éste le escupiera en la cara que lo dejara tranquilo, pues quería ir a casa de su novio... un hombre... un hombre, maldita sea, debía ser una broma. ¡Tenía que ser una puta broma! Alzó la cabeza y vio que ambos jóvenes se habían detenido apenas unos metros más adelante; Adamo tenía la vista fija en el suelo y el tal Christian lo abrazó y dio un beso en la mejilla. Sintió que se le caía el mundo... ¿cómo? ¿Por qué su hijo tenía que ser...? ¡NO! ¡No podía! ¡Era una puta broma que había ido demasiado lejos! Con paso firme se acercó a la pareja y alejó bruscamente a su hijo de su acompañante.

—¡Ya deja de jugar, Adamo! ¡Éste tema no es para tomarlo a la ligera! —clamó al borde de la desesperación. Masajeó sus sienes en un intento de calmarse, autoconvenciéndose que de aquello era una broma que estaba yendo demasiado lejos y ya—. Ah… seguramente Paulo te metió ideas estúpidas en la cabeza. ¡No tienes que hacer semejante estupidez sólo para llevarme la contra!

—¿Q-qué demonios estás diciendo? —sintió que algo en su interior le molestaba, que era necesario sacar afuera—. ¿Por qué metes a tío Paulo en todo esto? ¡Nadie quiere hacerte la contra! Mi vida no gira a tu alrededor, Antonio —volvió acercarse a Christian, no quería alejarse por ningún motivo de él, le importaba muy poco lo que su progenitor estuviera diciendo en ese momento, quería dejarlo hablando solo, quería irse de ese lugar ¡necesitaba irse!—. V-vamos Christian… —su voz tembló y se sintió mal, se sintió débil, no estaba preparado para que lo que su padre tuviera que decirle. ¿Acaso iba a negar su paternidad por tener un hijo gay? No le interesaba, no era como si… esa persona le interesara en lo más mínimo. Antonio no podía venir ahora a querer cambiar algo que era totalmente imposible.

Porque aunque le había tomado tiempo darse cuenta, él no se "había hecho gay" por favor, ¡si hasta sonaba ridículo el solo pensarlo! A él siempre le gustaron los hombres… durante ese periodo que Christian se alejó de él, comprendió que lo que hace tanto tiempo sintió no era precisamente admiración por el hermano mayor de su mejor amigo en Rochester; así mismo, no se había vuelto gay por un beso, simplemente no se había aceptado como tal. Miró a su novio, no quería seguir en ese lugar, no si Antonio estaba también. Agradeció enormemente cuando su pareja lo abrazó… no esperaba que le besara, pero no le rechazó en ningún momento. Rompió el suave contacto y se acurrucó en el pecho de Christian; no le importaba que Antonio estuviera viendo, es decir… si tanto asco le daba, seguramente se iría y los dejaría por fin en paz.

—Cuando oí hablar del famoso abogado Antonio Fernández Carriedo y en todo lo que había hecho, no pude evitar sentir una gran admiración, porque usted ha logrado profesionalmente hablando todo lo que yo anhelo en la vida. ¿Pero sabe? Ahora no dejo de sentir asco, asco por haber admirado en algún momento a alguien tan despreciable como usted. Adamo apenas y me contó algo sobre usted; la vez que pregunté sobre su vida, habló de su madre y sobre usted se limitó a decir que no valía la pena gastar su saliva. Tal vez no tengo el derecho de decirlo, pero usted no es nadie, ¿me escucho? ¡Nadie! Adamo creció perfectamente sin la figura de un padre y se convirtió en una persona maravillosa... amo cada parte de él y si usted no entiende eso, que pena, en serio... pero por favor, hágase un favor y no opine, porque si no estuvo cuando su hijo más lo necesitó, ahora sus palabras tendrán tanto peso como las de un perfecto desconocido, porque eso es usted. ¿Hace cuánto tiempo sabe de la existencia de su hijo? ¿Un año? —rió sarcástico—. Ahora dígame, ¿qué ha hecho para intentar conocerlo? ¿Sabe acaso que su color favorito es el azul? ¿Sabe que le encanta la pasta, que odia los números? ¿Lo sabe? ¡Por supuesto que no lo sabe! ¡Porque todo éste tiempo no ha hecho más que hacer mal las cosas y causarle daño a Adamo! —tenía tantas cosas más que decirle, tanto que gritarle, había estallado en cólera al ver lo mal que hacía sentir a su novio. Sintió al ítalo-español temblar entre sus brazos; mordió su labio, aquello había sido demasiado para él.

Cada palabra dicha por el castaño que —valía resaltar— se había atrevido a besar a su hijo delante de él, pareció quedar grabada en su mente. ¿Tanto así lo odiaba Adamo? Claro que no sabía nada de lo que había dicho el chiquillo ese, pero no era porque él no quisiera. Él deseaba tanto poder compartir cosas con su hijo, recuperar el tiempo que habían perdido; no es como si se pudiera volver atrás y remediar los errores del pasado, no era como si pudiera volver y ver crecer a Adamo. Frustración, dolor, él no podía defenderse ante esas palabras. Por primera vez dirigió su mirada al de ojos ámbar y lo analizo rápidamente para hablarle con despecho.

—¿Qué sabes sobre eso? —comenzó ruin. Realmente se había enojado—. ¿Acaso piensas que no me hubiera gustado ver sus primeros pasos? ¿Oírlo decir "papá"? ¡Soñé toda mi vida con Adamo! Con… ese hermoso bebé en los brazos de Lovina —su voz se fue apagando tras esa confesión pero después agregó con seguridad—. Estoy seguro que si no me hubieran privado de mi hijo tantos años ¡él no estaría con un hombre ahora! —se sintió culpable, hasta en un momento pensó que había sonado como su hermana, si él no le hubiera faltado a Adamo… era eso, ¿no? ¿Él tenía la culpa? Si tan solo le hubiera dando consejos sobre las mujeres, si hubiera escuchado a Adamo ante sus dudas, su hijo no… ¡definitivamente no! ¡Su hijo NO era gay! Estaba confundido, él podía ayudarlo con eso. Ya tenía suficiente con Paulo, no podía meterse en la vida de su hermano mayor pero SU hijo—. Adamo… —quiso llamar la atención del menor pero éste ni siquiera le dirigió la mirada. Volvió a hablar con su tono de voz normal—. Adamo… por favor, estás confundido.

—Já —Christian hizo una mueca de desprecio, cada vez se sentía más molesto—. Es obvio que tampoco sabe todas las chicas que se mueren por los huesos de Adamo —ya no diría que era su hijo, porque si bien biológicamente lo era, sabía que el ítalo-español no sentía cómodo con ello—. En la universidad, la mitad de las chicas de la facultad babea por él; aún así me eligió a mí... a pesar que intenté alejarme de él —miró a su novio con adoración y le acarició las mejillas, juntando luego ambas frentes—. No sé, tal vez tiene razón, si hubiera estado con Adamo cuando más lo necesitaba, él tal vez no estaría conmigo —volteó para ver a Antonio, le costaba creer que alguien pudiera decir tantas palabras hirientes en tan poco rato—. Pero ya no lo hizo, por más que quiera no puede volver en el tiempo y ahora, si realmente lo quiere, lo aceptará tal cual como es. Si no, bueno... no quiero poner palabras en la boca de mi novio —acentuó la última palabra—, pero podría jurar que dirá que no le interesa su aprobación, después de todo, usted nunca ha estado para él.

—Adamo… —se sintió fatal al ver que el menor se negaba hasta a mirarlo, quería simplemente verlo a los ojos, ¿podía ser peor? Claro estaba que al menor no le interesaba su aprobación. Más aún, se vio derrotado ante aquella imagen… no iba admitir que los ojos de su hijo cambiaban cuando observaba a aquel chico que tanto lo estaba defendiendo; ¿cómo no iba a notarlo? Eran sus mismos ojos, al menos se parecían en algo. Su típica sonrisa se borró completamente de su rostro. Era verdad, nunca había estado para su hijo, ¿y qué era lo qué estaba haciendo ahora? ¿Acaso de verdad había creído que conseguiría algo atacándolo? Bajo la mirada, arrepentido—. Iré a verte a la universidad algún día para que podamos hablar… ¿sí? Trataré de llamarte. Será mejor que me vaya esta discusión no terminará en nada favorable —antes de retirarse su mirada se cruzó con la del ¿novio de su hijo? Se negaba a afirmar algo como eso pero se habían besado delante de él, ¡delante de todos! Comenzó a dar pasos apresurados hasta su auto hasta que se fue perdiendo su figura entre los turistas, sería una noche de insomnio. Estaba de más decir que mañana a primera hora trataría de localizar a la italiana... había muchas cosas que hablar. La principal duda que tenía en ese momento era: ¿Lovina sabía todo esto?

Fue evidente que no aguantó con la duda hasta el día siguiente.

Terminó con todo su trabajo, lo último que necesitaba era tener a Roderich gritándole tras de sí aludiendo a su que falta de seriedad podía echar a la basura toda una vida de logros. A eso de las once de la noche, luego de rendirse con la penosa programación de la televisión, tomó su teléfono celular y llamó incansablemente a la italiana hasta que por fin le cogió la llamada. La voz dulce de ella no logró calmarlo… rápidamente "escupió" todo lo que tenía alojado en la garganta y no tardó en reclamarle a la mujer: "—¡Primero escondiste a mi hijo por años, y ahora resulta que está jugando a ser gay! ¿Cuántas mierdas más tienes que decirme, Lovina?" Las duras palabras del español la desconcertaron durante un buen rato, mismo que Antonio ocupó para seguir gritando por teléfono. Para cuando la mujer reaccionó, apretó tanto el teléfono que este crujió… las buenas semanas que había pasado junto al español se fueron por un tubo. Nadie, ¡nadie! Tenía el derecho de tratar así a su hijo… fuera lo que fuera, si un día Adamo llegaba y le decía que amaba a una vaca, ella lo apoyaría siempre. Hace tiempo le dijo, delante de Paulo, que incluso siendo gay no dejaría de amarlo y entonces comprendió por qué el mejor había preguntado aquello.

—¡Vete a la mierda, bastardo! —clamó furiosa. ¿Acaso no era Antonio el que siempre decía que quería formar parte de la vida de Adamo? Evidentemente no había que saber ser padre para actuar calmado ante tal noticia. Lo odió, lo odió con toda su alma sólo al pensar cuánto le había gritado a su pequeño. Tuvo la imperiosa necesidad de llamar a su hijo, no obstante desistió, pues aquel tema sería muchísimo mejor hablarlo frente a frente—. ¡Me das asco! ¿Quién demonios te crees para insultar a mi hijo de esa forma? ¿Qué demonios importaba si estaba con otro hombre? ¡Amor es amor! No tiene otra ciencia más que esa. ¡Te pareces a la idiota de tu hermana! Si no aceptas a Adamo, ¡márchate! ¡No te necesitamos! —cortó la llamada, apagando luego el teléfono para así evitar que el español le volviera a llamar. Necesitaba unos minutos para calmarse, no iba a negar que le sorprendió que su hijo fuese gay, pero nunca, jamás iba a rechazarlo… pero, ¿por qué le dijo a Antonio? ¡¿Por qué a él primero?! ¿Acaso ya no confiaba en ella? ¿Se trataría de eso? Su mente estaba hecho un lío de preguntas, y ninguna tenía respuesta.

Esa noche no tuvo problemas para mantenerse despierta, pero su concentración… esa sí que estaba sufriendo estragos. Mei, que también estaba con turno esa noche, le recomendó ir a la sala de descanso y dormir un poco. Lovina le hizo caso y nadie la molestó en toda la noche, sin embargo dormir fue lo último que hizo. A eso de las diez de la mañana se despidió de sus colegas, aunque antes de ir a su casa pasó al supermercado, supuso que su hijo querría comida casera. Cuando llegó a su hogar, permaneció varios minutos frente a la puerta de entrada… quería encontrar una forma sutil para tocar aquel tema, sin embargo nada le pareció apropiado. Lanzó un suspiro cansino e ingresó sin más.

—¿Adamo? —llamó, dejando las bolsas sobre la mesada de la cocina. Una vez le divisó, supo que no podía llegar y tocar aquel tema, tendría que actuar con normalidad. Dedicó una mirada fugaz al acompañante de su hijo, antes de caminar a su encuentro y aferrarlo en un abrazo—. ¿Cómo llegaste? ¿Está todo bien, hijito?

Mamma… —el abrazo que le dio su madre prácticamente lo había dejado sin la posibilidad de respirar. —Mamma…ya —agregó algo avergonzado, no se olvidaba que Christian estaba ahí y los afectos de su madre lo harían ver como un niño pequeño, ella—. Estoy bien —continuo cuando el agarre de la mujer cedió un poco, notó que su madre desvió apenas la mirada hacia el español. Tomó aire y rezó mentalmente—. Mamma, tengo que presentarte a alguien —se separó un poco de su progenitora y miró por unos cortos segundos a Christian, que parecía más nervioso de lo que estaba ayer a la noche—. Él es Christian, va a la universidad conmigo, estudia abogacía también y quiso acompañarme este fin de semana…

Rió suavemente al ver que casi inmediatamente y como si tuviera un resorte, el español se puso de pie junto al sofá. Mientras su novio había estado interactuando con la mujer, aprovechó en detallarla de pies a cabeza. Lo primero que se le vino a la mente es que era realmente hermosa, Adamo tenía razón, tal parecía que eran muy unidos y ella se preocupaba mucho por él. Sintió su estómago encogerse cuando el ojiverde lo presentó... no lo había hecho como amigo y eso en parte lo alegró, aunque no por ello le quitó los nervios.

—Mucho gusto, señora —saludó con propiedad, dejando en evidencia (o al menos tratando) sus modales. Por un momento pensó si su acento le haría parecer extraño, aunque se guardó esa idea.

Lovina soltó un poco a su hijo sólo para ver más detalladamente al otro chico. Le inspeccionó de pies a cabeza, "al menos parece un buen muchacho", se dijo mentalmente para tratar de darse ánimos. Tuvo que liberar a su hijo cuando este le apartó, y haciendo amago de todas sus fuerzas por no abrazarle de nuevo. ¡Lo había extrañado demasiado! Prestó atención a la "presentación" y ese acento no pasó desapercibido para ella. "—¿Español?" Masculló, más para sí misma, no pudo evitar que una mueca se apoderara de su rostro; los españoles al parecer invadirían la vida de su hijo y la de ella de alguna u otra forma.

—Un gusto —anunció al contrario, desviando su mirada nuevamente hacia su hijo—. Perdón Christian, pero necesito hablar con Adamo un momento ¿Te molesta? —y es que realmente, no quería incomodarlo, aunque precisamente fuera él quien se estuviera robando a su amado hijo, necesitaba hablar del tema, preferentemente a solas. No notó el suspiro de alivio del mayor de los jóvenes. Asintió con la cabeza cuando el español murmuró que estaría en la habitación de Adamo. Clavó entonces los ojos en su hijo.

—Siento no haberte dicho antes que vendría con alguien —aclaró antes de que Lovina le pudiera decir algo y se asustó un poco al no recibir respuesta alguna, acaso su madre ¿estaba enojada por algo como eso? Pudo jurar que ese silencio incómodo se le hizo eterno. La mirada de su progenitora le incomodó—. Mamma, ¿quieres decirme algo? —decidió por fin romper esa tensión en el aire. Tenía que darle explicaciones a la mujer, lo sabía pero… no era tan sencillo como pensaba.

Lovina mantuvo silencio por varios minutos, la situación era aún más difícil de lo que se esperó, tenía que decir algo y lo sabía, pero no tenía idea de cómo ordenar sus pensamientos.

—Tranquilo. Es tu casa también, puedes invitar a quien quieras —dijo al fin rompiendo su silencio. Era el momento, "ahora o nunca, Lovina"—. Me ha llamado Antonio... —tuvo que tomar asiento en el sofá, sus piernas flaquearían en cualquier momento y no quería que su hijo presenciara eso—. ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Ya no confías en mí, Adamo? — tuvo que hacer fuerza para mantenerse lo más calmada posible—. ¿Por qué no me contaste de tu novio? —le miró fijamente a los ojos, sabía que de esa forma sabría si su hijo le mentía o no... pero deseaba que le contara la verdad, por muy dolorosa que fuera.

Mamma… —no sabía exactamente por donde comenzar pero sabía que su madre le estaba exigiendo alguna respuesta verdadera—. Si confío —hizo una mueca con los labios desviando apenas la mirada para luego volver a mirar fijamente a su progenitora—. Te lo quería decir personalmente, no era mi intención que te enterarás por Antonio, lo que paso con él fue un accidente pero no pensé que… te lo diría, no antes de que yo pudiera decírtelo —se aclaró la garganta y ante el estado de shock que parecía tener su madre, continuó—. No me fue fácil asumir algo como esto —rió por lo bajo—. Estaba tan confundido… tenía miedo —sintió que con la única que podría hablar estas cosas era con Lovina y creyó que era lo que su madre necesitaba escuchar tal vez era la primera ocasión en la que hablaban así, de los miedos o de las cosas que disgustaban al ítalo-español—. Fue el primer problema que tuve que resolver solo desde que me diste más libertad… ¡Pero! —apresuró sus palabras—. Ya no estoy confundido… y esto no tiene nada que ver con Christian —aunque el español lo había ayudado. (Demasiado)—. No es una etapa, no es un estado de confusión, tampoco una enfermedad… —dio unos pasos y se sentó al lado de su madre—. No tengas miedo, mamma —no pudo evitar sonreír ante la cara de desconcierto de la italiana—. Sé que piensas que la vida de las personas a las que le gustan su mismo sexo es demasiado difícil, te he oído decírselo a Paulo. Y créeme no intentaré copiar su ritmo de vida pero… me he convertido en alguien fuerte, ¿sabes por qué, mamma? Porque he elegido mi felicidad antes del qué dirán los demás —bajó la mirada—. Me han señalado y se han reído de mí cuando era chico por otra cosa que ahora no viene al caso, sin embargo… —tragó saliva—. ¡Aguante todo eso! Y… estoy preparado para escuchar todo lo que me tengan que decir pero aún sí, el cómo vivir mi vida lo decidiré yo… fue la mejor enseñanza que me diste, mamma.

La mujer sintió que largaría a llorar, pero de la emoción. ¿En qué momento Adamo había crecido tanto? Ya no era un niño pequeño, estaba hecho un hombre... y eso hizo que su corazón se comprimiera, ¡Sí hace sólo un tiempo era el niño que mamá tenía que cuidar! Y ahora él podía cuidarse por sí mismo. Le hacía sentir tan orgullosa, a pesar de todos los errores que ella cometió en la crianza de su hijo, él había crecido correctamente. Atrapó a Adamo en un abrazo, guardando silencio por unos segundos más.

—Te lo había dicho antes, Adamo, no importa la persona que ames, hombre o mujer da igual, lo que importa y siempre importará es tu felicidad… y si ella está junto a un hombre, siempre me tendrás a mí para apoyarte en todo y defenderte si es necesario —porque pelearía por la felicidad de su hijo, sin importar contra quién tuviera que enfrentarse—. Aunque sabes que siempre existirán personas estúpidas que no comprenderán algo tan simple e importante como lo es el amor, no te desanimes por ello ¿sí? —con ello trató de hacer alusión a que no le diera importancia a lo que Antonio había dicho, no quería que él influyera en el estado anímico de su hijo. Alejó un poco su rostro para poder verle a los ojos, sin deshacer el abrazo—. Estoy muy orgullosa de ti.

Y no había otras palabras que esperará de su madre, aquellas que estaba mencionando lo hacían feliz, en el momento que Lovina lo miro a los ojos Adamo la abrazo, era de esos abrazos que le dan los niños pequeños cuando se sienten mal a sus madres y sienten que el dolor ya no está, que por arte de magia desapareció. Ya no era un niño pero como necesitaba un abrazo de esos.

—Gracias mamma —soltó suavemente el agarre que lo unía a su progenitora. Ahora se sentía tonto por haber estado tan nervioso, ¡su madre era una mujer maravillosa! Jamás debió haber desconfiado de ese modo—. Respecto a Christian… —era necesario hablar de él, el tema aún no estaba zanjado. Ante la mirada de su madre sus mejillas se enrojecieron—. Él… —¡demonios! ¿Por qué le costaba decírselo a su madre si ya lo sabía?!—. Te habrás dado cuenta, ¿no? —rascó su mejilla algo nervioso—. M-mi novio. —agregó casi en un susurro.

—Lo suponía, hijo —y luego recordó otro pequeño detalle, uno que le hizo colorear levemente las mejillas—. No han dormido juntos, ¿verdad? —inquirió, mirando seriamente al rostro del castaño. Una cosa es que no tuviera problema alguno con la sexualidad de su hijo, otra muy distinta era aceptar que alguien estaba con él, más sabiendo que le… corromperían. ¡Seguía siendo su niño pequeño! Aunque de niño ya no tuviera nada—. Dile que venga, ¿sí? Me gustaría hablar con él antes del almuerzo —era el momento del interrogatorio para su yerno, no le dejaría en paz hasta que sus preguntas fueran aclaradas.

Sus mejillas estallaron en rojo, ¡ni siquiera fue capaz de reclamarle a su madre ni decirle que efectivamente no habían dormido juntos! La palabra "aún" apareció instantáneamente en sus pensamientos y supo que se desmayaría por tanta sangre acumulada en su cabeza. Aunque… aunque capaz sólo lo estaba pensando mal y Lovina se refería a que si la noche recién pasada habían dormido juntos. Bueno, no lo habían hecho, Adamo mandó a Christian al sofá, aún le daba muchísima vergüenza el sólo pensar en dormir con él. Antes de que la italiana pudiera decirle algo más sobre el asunto, se levantó haciendo caso a su pedido… fue a buscar a Christian a su habitación. Para su sorpresa, su novio no estaba acostado sobre su cama como pensó que lo encontraría, sino que estaba sentado moviendo el pie algo impaciente. Apenas entró se encontró con la mirada ámbar clavada sobre él.

—Mi mamma quiere hablarte…

—¿Ah? —tan sumido estaba en sus pensamientos que no alcanzó a escuchar las palabras de su novio. Adamo y su madre habían estado tanto rato conversando que él se encargó de ordenar la habitación e incluso hacer la cama en tanto esperaba. Se había paseado de un lugar a otro y cuando vio que probablemente acabaría haciendo un agujero en el suelo, optó por sentarse y simplemente juguetear con sus pies. El ojiverde repitió sus palabras y rápidamente se puso de pie, pero sólo caminó hasta quedar a la altura del menor—. ¿Todo bien? —quería saber al menos eso para saber cómo enfrentar la situación.

—Sí… —desvió la mirada, aún estaba apenado por la pregunta que había hecho su madre y no iba a negar que temía lo que pudiera suceder a continuación pero era algo inevitable, había hablado ella, no podía ser tan malo lo que tenga que decirle a Christian, ¿no? Caminaron hasta estar enfrente de la italiana donde Adamo se sentó junto al español, espero que su madre comenzará hablar mientras observaba de reojo a su novio, lo primero que se le vino a la mente que fue que el mayor ya había pasado por situaciones similares así que tendría que estar acostumbrado aunque no sabía con exactitud cuántos novios había tenido. Se cruzó de brazos y apoyo su espalda sobre el respaldo del sofá esperando que Lovina rompiera el silencio.

Observó como ambos jóvenes ingresaban en la habitación. Nuevamente detalló al de ojos ámbar, "Es un buen chico, Lovina, tu hijo estará bien junto a él", ese era alguno de los pensamientos que invadía su cabeza en aquel momento. No se sentía tan nerviosa por el hecho que la pareja de su hijo fuese hombre, al contrario, si fuese mujer estaría igual de inquieta ante el solo hecho de pensar que esa persona pudiera dañar a su pequeño. Esperó que los dos tomaran asiento y luego de un largo silencio, decidió romperlo.

—Cuéntame de ti, Christian —pidió, lo más amable que su seriedad le permitió, no quería verse como una madre sobre-protectora, aunque así fuera el caso; tampoco quería intimidar al joven, pero tampoco sabía de qué otra forma enfrentar el encuentro—. ¿Qué edad tienes? ¿Por qué elegiste W para estudiar? ¿Desde cuándo que estás en Italia? —hizo unas cuantas preguntas en un comienzo, si el español quería agregar algo, no sería malo para conocerle y darle una aprobación… o no.

El aludido tomó aire, tratando de tranquilizarse, sabía que la mujer frente a él no era una bruja malvada que lo mataría ante el primer descuido, aún así no podía evitar estar nervioso. A tientas tomó la mano de su novio y entrelazó sus dedos con los de él.

—Tengo veinte años, estoy en tercer año de leyes y... ah —meditó un momento su siguiente respuesta, existían tantas razones por las cuales había elegido W—. Básicamente la elegí por el prestigio que tiene; si bien la mejor universidad de Europa está en Inglaterra, el inglés no se me da muy bien, así que preferí venir a Italia porque, bueno... no sé si sabe la notable inestabilidad económica que hay en España; de haberme quedado ahí, no habría sido seguro el poder luego encontrar trabajo y ya con el título en mano, trabajar en el extranjero es complicado. Supongo que está al tanto de ello —se atrevió a mencionar, pues gracias a Adamo sabía que la mujer frente a él igualmente había estudiado en W y luego se había ido a vivir a Estados Unidos. Suspiró—. Hace tres años que estoy en Italia; durante el verano de mi primer año tomé un curso dictado por la universidad para perfeccionar mi italiano y no tener problemas con las clases —mordió su labio, sabía que debía seguir hablando; lo que había dicho parecía ser muy poco con respecto a todo lo que su... suegra, deseaba saber. No se lo había contado al ojiverde, pero ésta era la primera vez que era "interrogado" por los padres de algún novio; la mayoría apenas y se aprendí su nombre —. Soy de España —agregó; tal vez aquella acotación era obvia, pero sintió la necesidad de aclararlo—. Y... señora, ¡digo, señorita! O sea... —¡demonios! Se había puesto demasiado nervioso. Sabía que Lovina era casada, pero estaba separada y cuando eso ocurre vuelves a ser "señorita" ¿o prefería que le dijeran señora? Su cabeza estaba hecha un lío—. Por favor, no haga tal cosa de pensar que todos los españoles son iguales... yo estoy enamorado de su hijo y jamás me atrevería a hacer algo que no quiera... es más —sonrió, tratando de relajarse... quizás demasiado—. El otro día cuando estábamos besándonos y Adamo comenzó a sacarme la ropa, lo detuve porque no quiero que su primera v... —¡MIERDA! ¿Qué demonios estaba diciendo? Quería tirarse por la ventana, mierda, mierda, mierda, mierda, Lovina presentaba una cara de shock impresionante. ¡Mierda! Adamo lo estaba asesinando con los ojos. ¿Por qué mierda había dicho eso? Quería suicidarse. Ahora seguramente la italiana lo echaría a patadas por atreverse a corromper a su hijo.

El rostro de la mujer se descolocó por completo, debía verse muy graciosa, si no fuera porque la situación no lo era, quizás hasta ella misma se reiría de su expresión. No era capaz de salir de su estado de shock. Su hijo, su preciado y pequeño hijo había sido corrompido.

Oh Dios...

Clamó por tranquilidad, porque de lo contrario estaba segura que saltaría al cuello de aquel sinvergüenza que intentaba aprovecharse de Adamo.

—Adamo… —llamó esta vez a su hijo, para que se explicara, porque era incapaz de creer en las palabras del otro chico, no, de seguro escuchó mal, eso debió ser… entraría en un estado de histeria si no le aclaraban la situación.

—Maldita sea… —gruñó por lo bajo mientras observaba la cara de su madre con una expresión que lo decía todo. ¡Se iba a pensar que era un pervertido! ¡Y él no había hecho nada! Cuando vio que Christian ya no podía arruinarlo más decidió interrumpirlo antes de que pudiera decir algo o de que su madre diga algo—. No es lo que piensas, mamma —le dedicó una mirada cargada de odio a su novio—. ¡Christian y yo no hemos hecho nada! —comentó con las mejillas sonrojadas mientras desviaba su vista, hacia un punto que no sea los ojos penetrantes que tenía su madre en ese momento. Era suficiente, quería que la tierra nuevamente lo tragara, esto era mil veces peor a cuando su madre le dio LA charla, además… él ya tenía edad para esas cosas, ¿por qué tenían qué hacer tanto problema?

Ella trató de calmarse, su hijo había dicho que no han hecho nada, debía creerle y confiar en él, no tenía motivos para no hacerlo... a quién quería engañar, lo que había dicho el español le hacía tener un montón de dudas. Les penetró con la mirada, inspeccionando su actuar. Tenía que tranquilizarse o sabía que no controlaría el impulso de querer echar a patadas a su… yerno. Se paró de golpe, respirando profundamente.

—Prepararé el almuerzo —anunció, para poder retirarse y pensar con mayor calma todo lo que había pasado desde su llegada a la casa; aunque algo tenía claro, vigilaría a ambos el resto del día.

Christian se reclinó completamente sobre el sofá y posó su antebrazo sobre los ojos. Aquella había sido, sin lugar a dudas, la situación más estresante que había vivido, ¡y tenía que aguantarla hasta mañana después de almuerzo! Había acordado con Adamo, antes de ir a Roma que volverían a la universidad el domingo por la tarde. Suspiró, técnicamente sólo debía aguantar un día y bueno, luego cada vez que viniera a casa de su novio. Vio de reojo al menor, seguramente estaba furioso por la estupidez que había dicho y si no le reclamaba nada era sólo porque su madre estaba cerca. Ah, todo era complicado.

—Lo siento...

Adamo giró su rostro cuando escucho la disculpa de su novio. A decir verdad no estaba molesto, ni enojado, sentía que se había sacado una gran mochila de encima, ¡y es que la charla con su madre no había sido cosa menor! Sabía que lo que había sucedido eran detalles además no podía culpar al español, estaba nervioso y él no se había dedicado a calmarlo precisamente. Aunque soltar semejante estupidez… no quería darle una explicación con lujo y detalle de su vida sexual a su madre. Suspiró, no había salido tan mal; definitivamente podría haber sido peor. Tal vez si fuera otra ocasión estaría insultando al español hasta quedarse sin voz sin embargo no era lo que haría.

—No te preocupes pero fíjate lo que dices, idiota.

—Ya sé que soy idiota... me lo dices todo el tiempo —gruñó molesto. Adamo era siempre tan poco cariñoso, parecía que no se daba cuenta de lo mal que lo hacía sentir tan solo con una palabra… aunque ahora en efecto se la mereciera. Mordió su labio, inquieto y lanzó un largo suspiro. No quería pelear con su novio, ya tendrían otro momento para hablar de eso que le incomodaba—. Me puse nervioso…

—Mi mamma es muy exagerada… ya te lo mencione, ¿no? Sobreprotectora y eso —comentó en voz baja, temía que su madre estuviera escuchando. Estaba seguro que Christian aún estaba nervioso, suspiro. ¿Él estaría igual a la hora de ir a España? No podía ser tan malo… al menos eso quería creer, tenía a su favor que nunca solía exteriorizar sus emociones pero se olvidaba que Christian sabía leerlo como un libro abierto. Maldito español—. ¿Tus otras experiencias fueron iguales de desastrosas? —intentó reír, podía ser pasado pero no podía evitar sentir celos por las personas por las que alguna vez Christian sintió algo, nunca había tocado el tema de sus novios al menos que el español le comentará algo y era por eso precisamente, Adamo era demasiado celoso y posesivo en todo. Si no fuera por la confianza que le tenía a su novio, quizás nunca hubieran empezado, y por razones demasiado obvias. Primero: el español era demasiado cariñoso con todo el mundo, y segundo: Adamo desconfiaba fácilmente de las personas, claramente las consecuencias de eso terminaban en celos, estúpidos celos que jamás demostraría.

—Ah, la verdad nunca había vivido tal… experiencia —confesó avergonzado. Podía decir que había sido su primera vez... o algo así. No se atrevió a mirar a su novio, podía jurar que su cara estaba sonrojada y odiaría que Adamo lo viese de esa forma. Suspiró, intentando calmarse—. Creo que te lo había dicho, antes de ti tuve tres novios, sin embargo... ellos nunca me presentaron a sus padres, yo siempre era el "mejor amigo" porque entiendo que éste mundo es demasiado homofóbico y no voy a negarlo, tenía miedo que me señalaran con el dedo. Aún cuando en España es legal el matrimonio gay, aún hay muchos que se oponen, a pesar que es una ley vieja —con una mano entrelazó sus dedos a los de su novio y con la otra le alzó la barbilla, haciendo que se miraran directamente a los ojos—. Fuiste mi primera vez —finalizó con una mofa al palparse el doble sentido. Necesitaba hacer un comentario estúpido para deshacer la tensión, ésta era tal que podías cortarla con un cuchillo de mantequilla... demasiado incómodo.

—No digas tonterías —suspiró. Apartó la mirada por unos segundos, no podía mirar fijamente al español mientras decía algo como eso. Con la mano que tenía libre agarro la muñeca del mayor y la alejo para liberar su barbilla pero no alejo en ningún momento la mano que mantenía los dedos entrelazados con los de Christian—. Por cierto… —supo que captó la atención del mayor a subir la mirada y encontrarse con los ojos ámbar que tanto le gustaban atentos a lo que trataba de decir—. N-no entiendo muy bien cómo es esto… —comentó tratando de explicarse pero ¡maldita sea! Le costaba demasiado—. Es decir… —busco una y otra vez las palabras adecuadas pero no había forma de que pudiera expresarse—. Maldición. —gruñó por lo bajo y agachó el rostro ocultando su mirada—. No sé que debería decirte… ¡ni siquiera sé si se dice algo! P-pero es que… —sintió que en su pecho los latidos eran cada vez más fuertes, ¿hace cuánto tiempo que no sé ponía así? Y era una tontería lo que tenía que decir.

—¿Ah? —ladeó la cabeza, confundido. No sabía qué era a lo que se refería el ítalo-español. ¿Tanto lo había cohibido para que reaccionara de esa forma? Luego de sus palabras la reacción que esperaba de él era un grito y un golpe, pero éstos nunca llegaron—. No entiendo a lo que te refieres, cariño. Explícate mejor, por favor.

—Es que…—tomó aire para luego expulsarlo en un gran suspiro, así tal vez tomar valor para decir lo que tenía que decir, el asunto le estaba dando vueltas en la cabeza desde la madrugada pero la situación no era la mejor hace un par de horas, ahora que había hablado con su madre estaba más relejado y algo como eso… Solo tenía que decirse, ¿no? Suspiró—. H-hoy… —¡mierda! Su voz había temblado, ¡maldito nervios! ¿Por qué mierda estaba nervioso?!—. Hoy… —volvió a repetir más seguro que antes—. Cumplimos n-nuestro… —los malditos nervios le estaban jugando en contra y los latidos eran cada vez más rápidos, bajo la mirada al percibir que sus mejillas seguramente estarían rojas por la cantidad de sangre que estaba bombeando en ese momento—. Primer mes… juntos —su voz sonó diferente a lo normal hasta podría decirse que fue más suave, en el sentido de que siempre vivía atacándolo, podía ser bastante cursi ¿no? Pero después de todo Christian era la primera relación formal que tenía y un mes… era un mes. Tenía que agregar que lo acontecido con su madre lo hacía simplemente feliz y ayudo bastante a que Adamo se tomará las cosas con más calma, podía hasta asegurar que se reirían dentro de un tiempo de aquella primera impresión que el español quiso darle a su suegra.

Christian abrió los ojos desmesuradamente, ¿cómo rayos se había olvidado de eso? No que fuera alguien demasiado bueno con las fechas y si bien era cariñoso, no eran tan cursi como para celebrar ese tipo de cosas, salvo el aniversario (siempre y cuando no lo olvidara). Le sonrió a su novio con ternura y se tomó el atrevimiento de besarlo; atrevimiento porque sabía que su suegra podía verlos en cualquier minuto. Pasó los brazos alrededor del cuerpo del ojiverde... desde ayer en la noche que no lo sentía tan cerca y había comenzado a necesitarlo.

—Lo siento, no me acordaba —habló entre besos, reacio a separarse de él—. Cada día que paso contigo es especial, ¿eso cuenta como diaversario? —rió y volvió a besarlo.

—Está bien —No es como si supiera que se diría en situaciones así, era su primer novio ¡ni que tuviera experiencia! Maldita sea. Trató de apartarlo al menos un poco más, suficiente tenía con que su madre pensara que era un pervertido como para que más encima los viera en alguna posición comprometedora o algo—. ¿Sabes qué mi mamma está en la cocina? —habló con resignación por no poder separarse—. No querrás que nos vea así… —susurró al recibir otro beso por parte del mayor.

—Sólo será un momento…

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Primero: ¿Recuerdan cuando dije que en época de clases me daba por escribir más? Bueno, eso era hasta tener el semestre que tuve en la universidad. Cada cinco minutos quería tirarme por la ventana :c en fin. Sé que tardé demasiado, pero como ya he mencionado, no abandonaré esta historia. Así esté tres años sin subir capítulo(?) no, no la dejaré.

Segundo: La Católica(?) Ok no jajaj ¡No me maten! Si me matan no tendrán más capítulos a_a(?)

Tercero: Antes de volver a clases en agosto subiré capítulo, ¡lo prometo! Se viene la mejor parte. ¡Se va a morir alguien! Jajaj no diré quien, adivinen ustedes a.a

¡Saludos!