ADVERTENCIA: Johan/Ladonia, la novia austriaca de este es Renee/Nyo!Kugelmugel
IMBRANATO
VEINTIOCHO
Pésimo no terminaba de describir el horrible día que estaba teniendo y que cada minuto iba de mal en peor. Se había levantado con la nostalgia de no tener a su hijo cerca, su auto no quiso funcionar en la mañana, no había tenido tiempo para descansar durante el trabajo, llegaba un paciente tras otro, como si se pusieran de acuerdo en joderle el transcurso del día; pero lo que coronó aquella mala suerte, fue que su última paciente había sido su "adorable de su cuñada"... ¡Otra vez! ¡Entre todas las personas debió ser ella! ¿Es qué acaso no podía ir a otro lado? Tuvo que contenerse y tratarle como era apropiado, sin embargo nuevamente María no contuvo su lengua y la tanda de comentarios hirientes no se hicieron esperar. Pero no iba a llorar, no le daría en el gusto de verle afectada… aún con todas las cosas que tenía en la cabeza.
La terminó de curar rápidamente —la muy tonta (a su juicio) se había cortado el dedo, una herida bastante profunda que requirió un par de puntos— y se fue por sus cosas, no quería ver a sus compañeros de trabajo, de seguro nuevamente harían comentarios al respecto debido al escándalo. Tampoco se encerraría en su oficina a llorar; dignidad ante todo. Todo lo que había pasado con Adamo, Christian, Antonio… y ahora María, todo la tenía con la cabeza hecha un verdadero asco y, aunque no culpaba a su hijo, en el fondo sabía que estaba así en parte debido a él. Sobresaltó al escuchar el sonido de su móvil y, al cabo de unos minutos, suspiró pesadamente al cortar la llamada, disculpándose con su casero por el atraso en el pago del arriendo. Masajeó sus sienes, cansina; ahora debía buscar a su supervisor para pedirle una hora y así poder ir al banco y hacer el depósito.
Aseguró una y otra vez que trataría de tardar lo menos posible debido a la cantidad de pacientes que había aquella mañana. Salió del hospital. El clima frío realmente poco le importó, deseaba llegar lo antes posible al banco, tal vez entre medio podría llamar a su hijo y alegrar aquel asco de día; saber que Adamo estaba bien de cierto modo le animaba, no obstante parecía no ser suficiente… a cada paso que daba su ánimo iba decayendo más y más, hasta que sintió cómo unas cuantas lágrimas habían escapado por sus ojos. Trató de contenerlas aunque no le resultó, seguían cayendo, de seguro por toda la tristeza acumulada. No iba a engañar a nadie, le dolía haberse separado nuevamente de Antonio, le dolía sentirse sola, le dolía pensar que tal vez su destino era no estar junto a él
Aceleró el paso, no quería que algún transeúnte notara que estaba llorando, sin embargo una voz familiar le obligó a voltearse y chocar de lleno con par de ojos verdes y unos fuertes brazos rodeándola.
—¿Qué... qué haces acá? —fue lo único que logró mascullar, apartándolo. Lo último que necesitaba era encontrarse con Antonio. La última vez que habían hablado las cosas no habían terminado bien.
—Unos clientes viven cerca, ¡fue casualidad! —se justificó rápidamente, no quería que Lovina creyera que la perseguía o algo por el estilo. Se sacó la bufanda de portaba y la acomodó alrededor del cuello de la fémina; había bastante frío, la mujer tenía las mejillas y la nariz roja a causa del mismo.
—No es necesario —musitó, refiriéndose a la prenda de ropa—. Puedo cuidarme por mi propia cuenta —soltó, tan indiferente como le permitió ser su actual estado anímico. De reojo vio que Antonio levantó la mano y sintió una caricia en su mejilla. Con cuidado pudo sentir cómo el español apartaba las lágrimas. Lo maldijo, ¡se suponía que estaban peleados! Antonio no aceptaba a Adamo y Adamo era todo para ella. Si tenía que pelear con todo el mundo para defenderlo, así lo haría.
—Lo sé, Lovi, siempre te has cuidado sola —levantó el rostro femenino, clavando su mirada en los ojos miel, tan hermosos para él hasta cuando lloran. Sabía que Lovina no le diría las razones de sus lágrimas, pero al menos se propuso calmarla, no podía ni quería dejarla así en la calle—. ¿Quieres qué te lleve a tu casa? No me digas que no, Lovi —le pidió lo último en un susurro, sabía que las cosas entre ellos no estaban para nada bien, sin embargo lo arreglaría, debían hablar ¿no? No encontrarían mejor ocasión.
El suspiro hastiado por parte de la italiana le incomodó.
—Mi nombre es Lovina, no sé cuantas veces esperas que te lo diga —bramó con molestia. Aunque Antonio no tuviera directamente la culpa de que haya peleado con María, no podía evitar molestarse con él debido a todo lo otro; además que la hermana de este había terminado de arruinar su mañana. Se vio obligada a levantar el rostro y enfrentar los orbes verdes. Trató de rechazar el contacto visual, pero era difícil huir a esos ojos—. Voy al banco.
—Te llevo.
—Está bien, pero luego te marchas —aceptó la idea y es que realmente sería mejor que ir caminando, tardaría menos y antes podría volver al trabajo y distraerse con los pacientes… aunque no le apasionaba el tener que ir con el español, no quería otra pelea para aquel día, y sabía que si pasaban mucho tiempo a solas, no podría evitar más la discusión que se avecinaba.
Y Antonio claro que festejo internamente el hecho de que Lovina haya aceptado que la llevara hasta el banco, aunque claro que el silencio incómodo que duro durante todo el viaje no lo alegro demasiado. Estacionó el auto a una cuadra del banco y giró su rostro para verla.
—Antes de que te vayas… —no quería pelear con ella, de ninguna manera quería que las cosas estén mal entre ambos, se había sentido tan mal estos días… debía también arreglar las cosas con Adamo, aún cuando no se le ocurría una idea para ello—. ¿No crees qué nos debemos una charla? —era ahora o nunca, debía decirle lo que pensaba, sabía que la italiana defendería a su hijo pero él no estaba ahí para atacarlo, ¡también era su hijo! Pero quería entender, quería que alguien le explicara por qué las cosas se habían dado de esa manera, no podía comprender, no lo quería creer.
Ella bufó, pensaba bajarse nada más al sentir el auto estacionado, sin embargo las palabras del hombre a su lado le detuvieron. Sabía que era demasiado bueno para ser cierto, es decir, era obvio que debía pelear con Antonio para así coronar con una guinda aquel día tan desastroso. Lo único que agradeció fue que mientras estaban en silencio, había podido limpiar un poco el maquillaje que se había corrido cuando lloró.
—Creí haber sido clara la última vez que hablamos —no bajó la mirada en ningún momento. Sabía que estaba a la defensiva, aunque también sabía que Antonio quería hablar sobre Adamo y su sexualidad y ella claramente le defendería si se atrevía a ofenderle de nuevo.
—Sólo me gritaste del otro lado de la línea… aunque sí, fuiste bastante clara —los insultos los escuchó perfectamente, no tenía dudas sobre aquello—. Pero Lovina, debes entenderme, Adamo no tuvo ningún filtro en decírmelo solamente lo dijo, ¿cómo esperabas que reaccionara? Solamente quería hablar con él, después de todo es mi hijo —suspiró, podía sentir como el ambiente se volvía más tenso—. ¿Cómo puedas estar segura qué no es una etapa? ¿Cómo estás tan segura que ese chico no lo está confundiendo? Créeme no tengo la mente cerrada, pensé mejor con la cabeza fría y aceptar que mi único hijo es gay. No puedo no echarme la culpa —siguió—. Si lo hubiera criado no le hubiera faltado nada —se sintió mal en tener que decirle eso a la italiana, pero Adamo también era SU hijo así que creía que tenía el derecho suficiente como para opinar acerca del asunto, ¡no era cualquier persona! ¡Era su padre, por Dios!
—Podrías haber reaccionado mejor que de la forma en la que lo hiciste —soltó con cizaña, el ambiente había cambiado drásticamente, aunque poco le importó—. ¿Qué cómo puedo saberlo? ¡Antonio, escúchate, por favor! Si no fueras de mente cerrada ni siquiera preguntarías aquello. No es una etapa el querer a alguien de tu mismo sexo, simplemente es amor —le fulminó con la mirada, ¿acaso ella "tenía" la culpa? Estaba más que claro que el español no sabía lo que decía, no había ningún culpable y eso ella lo sabía—. Te recuerdo que tu hermano también es gay, y a Paulo nunca le faltó algo, ¿por qué piensas que con Adamo es distinto? Y si el ama a otro hombre no lo evitarás, ni aunque lo hubieras criado conmigo, no se trata de que estuvieras ausente —hizo ademán de bajarse del auto, no pensaba seguir escuchando tanta tontera junta. Si Antonio seguía sin comprender algo tan sencillo como eso, ella no gastaría su tiempo en explicarle.
Gruñó de nueva cuenta al sentir que el español le tomaba el brazo, impidiendo que saliera.
—¡Tampoco me dejaste intentarlo! ¿Cómo puedes saber los resultados de algo qué no me dejaste intentar? ¡Yo no estuve ausente porque quise! —en parte supo que aquellas palabras iban a afectar a su interlocutora, sin embargo supo también que no podía dejarse pasar por encima—. Quiero que Adamo sea feliz, si su felicidad está con otro hombre, yo lo aceptaré… pero en ese momento me cegué completamente, ¿quieres qué te pida perdón? Lo siento pero… Lovina yo solo quería hablar con mi hijo —bajo la mirada, triste—. ¿Te das una idea de cómo me miró? Me odia, no me lo dice él directamente pero tenemos los mismos ojos y tiene tus expresiones, no es como si no pudiera interpretar sus sentimientos —se pasó una mano por el pelo y largó un suspiro antes de continuar hablando—. Mi hijo, mi único hijo… me odia —musitó en un tono amargo, dolía cada una de sus palabras—. Lovi, ¿cuántas veces te pedí un niño? Y ahora qué lo tengo acá conmigo… ¡es un hombre al que no puedo mirar directamente a los ojos sin sentirme una basura!
—No es a mí a quién le debes una disculpa en relación a este asunto. Lastimaste a Adamo —miró hacia el frente y cruzó sus brazos por sobre su pecho, sabía que ella tenía la culpa de que su hijo se rehusara a ser cercano con su padre; si hubiera tomado una mejor decisión en aquel entonces, quizás la relación de ellos sería mucho mejor, quizás Adamo no sería tan introvertido y sabría expresarse más adecuadamente. Soltó un largo suspiro—. Adamo no te odia —dijo como mero consuelo. Si bien sus palabras eran ciertas, era consciente que su hijo no lo odiaba, sólo se rehusaba a acercarse a Antonio por las circunstancias en las que creció y le conoció—. Tienes que hablar con él... tenemos que hacerlo —a esas alturas sería lo más adecuado a su parecer, aunque la idea no le parecía tan agradable. Sería bueno tener una charla "familiar".
—Me disculparé con Adamo, personalmente —giró su rostro y miro directamente los ojos ámbar. Solo el cielo sabía cuánto deseaba que las palabras de la italiana fueran verdaderas, que su hijo no lo odiara, pero después de todo lo que había ocurrido era demasiado difícil creer en eso. Si tan solo pudiera expresarle a ese chico todo el amor que sentía por él, porque sí, puede que no lo haya visto crecer ni haya estado ahí como un padre ejemplar, no obstante llevaban la misma sangre, eso no quitaba de que fueran padre e hijo y el español era de esas personas que creía que nunca era tarde para lograr algo—. Y estoy encantado en que podamos hablar los tres —trató de sonreír ante la propuesta.
Lovina volvió a mirar hacia dónde se encontraba el español. Suspiró al caer en cuanta que la conversación había salido mejor de lo que se esperaba, no la llamaría una pelea, aunque sí hubo un momento de mucha tensión para su agrado.
—No aseguro que Adamo quiera, sólo fue una idea —hizo una mueca con sus labios, no quería esperanzar a Antonio con algo que sabía quizás no pasaría, porque sinceramente una charla los tres juntos hasta parecía irónico. Soltó un largo suspiro, tomando luego sus cosas soltando un ligero "gracias" antes de bajarse, no pensaba quedarse más tiempo en ese auto con aquel hombre que lamentablemente seguía confundiéndola. Por suerte para ella estaba contra el tiempo, el banco estaba por cerrar y debía hacer la transacción hoy.
La vio bajar del auto, y aún cuando estuvo tentado nuevamente a detenerla, no lo hizo; al parecer la italiana estaba teniendo un mal día y no quería arruinárselo más…. Aún así, ¿sería mala idea que le pidiera hablar de "ellos"? Si bien las cosas parecían no ir bien, amaba a Lovina, se le había partido el corazón al verla llorar. Como le hubiera gustado que la deje consolarla, que la deje abrazarla, besarla… pasar el resto de la tarde juntos, no parecía mala idea, ¿verdad? Tendría que insistirle, no perdía nada con ello. Se apresuró en bajarse para alcanzarla en la puerta del banco, sin embargo detuvo sus pasos y prefirió esperar a que hiciera lo que tuviera que hacer. Claro que le sonrió cuando Lovina salió, y omitió olímpicamente el rostro de sorpresa de ella.
—De saber qué me ibas a esperar, no habría aceptado tu ofrecimiento —soltó con cizaña, Antonio se aprovechaba de cualquier oportunidad que estuviera al alcance de su mano y eso sólo le hacía enfadar más. Lo peor era que ante cualquier duda que tuviera, podía caer en las redes del castaño. Se volteó nuevamente, haciendo amago de caminar, esta vez de vuelta al hospital—. Lo mejor será que te vayas. Tengo que ir a trabajar y tu deberías hacer lo mismo —mencionó, sin abandonar sus pasos.
¡Por supuesto que no se esperó que el español le siguiera! Mucho menos se esperó que este la tomara de la cintura y la obligara a meterse al auto, para, aprovechando la confusión, poner en marcha el vehículo lo más rápido posible. Le gritó toda clase de insultos, algunos más hirientes que otros, sin embargo Antonio le ignoró completamente. No la iba a raptar, ¡no estaba tan loco! La iría a dejar al hospital, aunque para ello usaría el camino más largo. Vio la cara enfadada de la italiana e hizo una mueca con los labios, casi semejante a un puchero, estaba grande para esa clase de juegos, pero esperaba que aún después de tantos años Lovina se desenojara con eso (al menos un poco.) Le escuchó decir que le demandaría por intento de secuestro y ante ello solo pudo reír. La castaña seguía siendo igual de terca que siempre… y, siendo tan inteligente como era, supuso que ya sabría que no la dejaría ir sin al menos hablar un poco de ellos. Porque no eran ilusiones suyas, de eso estaba seguro, su aún legalmente mujer aún sentía cosas por él.
Ella se horrorizó al percatarse que estaban en la carretera, ¡estaban saliendo de Roma! Genial, ahora su jefe iba a matarla por irse justo un día donde el hospital parecía reventar a causa de tantos pacientes. ¿Cuánto se habían alejado? Y cada vez era un poco más. Volvió a insultar a diestra y siniestra, sin embargo paró al ver que Antonio se orillaba hasta finalmente dejar en reposo el automóvil. Sin pensarlo demasiado, Lovina salió del vehículo, siendo seguida muy de cerca por el español de ojos verdes.
—Lovi, no deberías estar caminando. Estamos en medio de la carretera.
—¡Cállate! ¡Todo esto es tú culpa! —soltó al borde de la histeria, porque lo último que necesitaba era quedarse a solas con aquel hombre. Pero claro, estaba ahí, junto a él y quizás cuánto tiempo tendría que esperar a que Antonio se dignara a volver a la ciudad—. Maldición, maldición, maldición, ¿acaso era necesario que me empeoraras aún más el día?
—Lovi, no ganarás nada insultándome —se sentó en el capó, se aflojó un poco la corbata y dirigió su vista a la italiana, quien le dedicó una mirada totalmente cargada de rencor. El silencio tenso que reinó entre ambos comenzó a incomodarlo, así que decidió romperlo—. La verdad solo quiero hablar contigo, estar a solas unos minutos… como antes —sonrió ante el sonrojo en el rostro de Lovina, era tan adorable cuando ella no lo buscaba—. Aprovechemos el tiempo, ¿bueno?
Odió admitir que el maldito de Antonio tenía razón, no conseguiría nada insultándolo. Bufó y caminó hasta sentarse al otro extremo del capó. Sacó su celular para ver la hora y de paso, comprobar si podría llamar a Adamo, pero para su ya común mala suerte del día, la barra de batería estaba vacía. Volvió a guardarlo, resignada. Estar junto a Antonio ponía su mundo de cabeza… antes le gustaba, lo admitía, pero ahora las cosas habían cambiado. Antonio había actuado como un perfecto idiota, su hijo había sufrido a causa de ello… no iba a dejar a Adamo a causa de alguien que sólo le hacía pasar malos ratos.
—¿Cómo crees que podemos aprovechar el tiempo? Ya no tenemos nada más de que hablar.
— ¿Eso crees, Lovi? —se levantó del suelo con la intención de acercarse a la italiana, bueno si ella no se acercaba, él lo haría, ya no perdía nada, de eso estaba muy seguro—. Entonces no hablemos —acorraló a la mujer entre su cuerpo y el capó del auto para luego acercar sus labios lo suficiente como para que sus respiraciones se mezclaran; cerró los ojos y antes de que, tal vez, Lovina lo alejara, juntó sus labios. Tomó el rostro femenino entre sus manos, porque claro estaba que no deseaba que la mujer se apartara. En el momento que menos esperó, la castaña había dejado de forcejear y en el instante que ella entreabrió los labios, Antonio recorrió con su lengua la boca contraria; definitivamente los besos de la italiana tenían un sabor que jamás nadie podría superar, ¿podía enamorarse más de alguien a quien había amado por veinte años? Al parecer sí, porque podía jurar que cada día que pasaba amaba más y más a esa mujer. Se sintió tan bien cuando se percató de los brazos femeninos alrededor de su cuello. Lovina lo quería, aquel beso era la prueba. Había cometido un error, pero lo arreglaría. Iría al campus, hablaría con Adamo… así mismo, visitaría todos los días, en la medida de lo posible, a su mujer.
Ese beso lo había hecho desearla. Acarició suavemente una de las mejillas de Lovina mientras entreabría los ojos, la vista que se ofreció ante él era mucho más fuerte que cualquier tipo de razón, simplemente irresistible. Tratando de no romper aquel ambiente sus manos fueron bajando hasta aferrarse a la cintura de la castaña y antes de que pudiera decirle algo, alejarlo o abrir los ojos miel, Antonio volvió a besarla, con un cierto grado de picardía, con más pasión al saborear los labios ajenos. Sus manos se movieron, acariciando la espalda por encima de la blusa… no quería arriesgarse a enfadar a Lovina por tocar más de lo permitido y que todo ese avance terminará en la basura.
Al sentir nuevamente los labios españoles sobre los suyos, la mente de ella se convirtió en un verdadero caos. ¿Qué debería hacer? ¿Cómo debería actuar? ¿Estaría mal si seguía correspondiéndole? Los besos dados por el contrario no le daban tregua y sólo complicaban más la situación. Dejó que un suspiro escapara de entre sus labios, aferrándose más al cuerpo contrario; a esas alturas realmente ya no pensaba y sólo se estaba dejando llevar por la situación.
—Antonio... —dejó escapar esas palabras mientras profundizaba más el beso. ¡Por todos los cielos, estaban en público! Por más que le gustara ser besada por Antonio, debían parar ahora ya—. P-para… para…
A regañadientes hizo lo pedido, pero sólo porque recordó que estaban en medio de la carretera. Le ofreció entonces a la italiana llevarla a su trabajo… no habían gastado demasiado tiempo, o al menos eso quiso creer. Se mantuvieron en completo silencio, Lovina creyó que estaba traicionando la confianza de su hijo, pues nuevamente había cedido ante el español… su cabeza era un caos, necesitaba ordenar sus ideas o se volvería loca. Apenas y se dio cuenta que habían llegado al hospital. Dispuso a salir del auto tras un simple "—gracias por traerme—" sin embargo Antonio tenía otros planes. Nuevamente tomó el brazo de la mujer para así impedir que saliera, mas esta vez le besó a modo de despedida… no fue un beso apasionado como el de hace un rato, aunque sí lleno de cariño. Vio a Lovina hacer un gesto, aunque no se lo tomó para mal. Haría que la mujer volviera a confiar en él y así, estaría dando un paso más hacia la familia que siempre había querido. Ahora, por lo pronto, debía hablar con su hijo.
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Adamo agradeció que los días se le pasaran tan rápido. Aún cuando los profesores no le daban tiempo ni para descansar dos segundos, agradecía ello, pues le mantenía la mente ocupada. Pronto serían las fiestas, todos verían a sus familiares y eso en general ayudaba a la mayoría a sobrellevar la carga académica. El ítalo-español salió media hora antes de su última clase, pues al parecer el profesor tenía asuntos que atender. Tomó su teléfono celular y jugueteó con él un momento… siempre todos se amontonaban en la puerta, él prefería esperar. Regina se sentó al lado de él, buscándole conversa, sin embargo desistió de ello al ver la cara de molestia de Adamo cuando miró la pantalla del móvil ante un nuevo mensaje recibido. Rápidamente la muchacha le preguntó si algo le pasaba, sin embargo él se limitó a negar con la cabeza.
Esperaba que el mensaje que tenía en el buzón de entrada fuera de Christian y no de Antonio. Aún cuando la posibilidad era casi nula, bueno, la esperanza es lo último que se pierde. Gruñó. ¿Por qué demonios no dejaba de molestarlo? Creía que ignorándolo —como lo estaba haciendo hace ya varios días— le dejaría bien en claro a Antonio que no deseaba hablar con él. Al menos no había ido a la universidad, temía realmente que lo hiciera y es que aquello era algo que simplemente no podía terminar bien. La voz de Regina lo sacó de esos pensamientos. Se dirigieron a almorzar y se sentaron con el resto de sus compañeros, la mayoría hablaba de los regalos y de dónde irían a celebrar, al parecer querían salir un día antes de que empiecen las vacaciones para celebrar. Lo que duró el almuerzo, Adamo estuvo bastante decaído por lo que Regina se esmeró en hacer chistes y bromas, logrando una que otra sonrisa en el ojiverde, mas ganándose la mirada de odio de cierto par de chicas en la otra punta de la mesa.
Cuando llego a su habitación, escuchó el pésimo concierto que estaba dando Martín en el baño. Golpeó la puerta para que bajara un poco el volumen de su voz. Quería bañarse y vestirse bien, no podía ir hasta donde sea que iría con su novio con la misma ropa con la que estuvo toda la mañana. Una vez que el argentino salió del baño por fin pudo ingresar y bañarse; estuvo bastante tiempo bajo el agua pensando en los mensajes de su progenitor. No le habían afectado, pero sí le tenían ¿preocupado? Tal vez debía darle alguna oportunidad para aclarar las cosas. Se vistió y cuando salió del baño, para su sorpresa, Christian estaba esperándolo sobre su cama, ¿ya eran las tres? Buscó al argentino con la mirada y lo vio en el escritorio leyendo. Le ignoró y volvió la mirada hacia el español.
—Hola —dijo mientras terminaba de secarse el pelo con la toalla.
—¿Así me recibes luego de no verme desde ayer? —hizo puchero, aunque no le duró mucho, pues no tardó en escuchar las risillas de Martín y a cambio frunció el ceño. Se levantó de la cama, dispuesto a abrazar y besar a su novio—. ¿Nos vamos ya? ¿O tienes algo que hacer?
—Tengo que peinarme —volvió al baño solo para desenredarse el pelo y acomodárselo con la mano. Por último se puso perfume y apenas salió escuchó su teléfono sonar sobre la mesa de noche; se acercó y al ver el nombre de Antonio sobre la pantalla hizo una mueca. Apagó el aparato cortando la llamada entrante y lo dejó en el lugar donde estaba—. Vamos —le comentó a su novio mientras guardaba las llaves de la habitación y su billetera en el bolsillo de su abrigo.
—¿No vas a llevar tu móvil? —señaló entonces el aparato; no había pasado por alto la forma en que Adamo lo había mirado y cortado la llamada, aún así prefirió no preguntar... ya luego se lo diría. Le tomó la mano y la acarició en un intento de tranquilizarlo, aunque todo ambiente agradable fue cortado por Martín y un no apropiado comentario sobre que quería la habitación vacía para antes de que llegara Manuel. Rodó los ojos.
—No —se limitó a decir mientras salían de la habitación, mas antes de cerrar la puerta le hizo un gesto obsceno con el dedo medio a Martín. Salieron del edificio y el español le tomó la mano. No dijo nada hasta que salieron del campus, la llamada de Antonio lo había dejado pensando… odiaba que ese tema lo mantenga tan distraído.
—Adamo... —musitó en voz alta, deteniendo sus pasos y haciendo que el ojiverde le imitara. Si había algo que le molestaba, le gustaría saberlo ahora que estaban solos. Con su mano libre levantó la cabeza del ojiverde e hizo que se miraran directamente a los ojos—. Algo te molesta, ¿quieres decirme qué es? —tampoco quería forzarlo a contarle, tenía derecho a quedarse callado y cambiar el tema y claro que él se encargaría de distraerlo si así se lo pedía. Sonrió suavemente como de costumbre y esperó las palabras del ítalo-español.
—No es nada —se apresuró a decir mientras miraba al español aunque la sonrisa que le había dedicado Christian hizo que apartara la mirada—. Pensaba en Antonio… ha estado intentando comunicarse conmigo desde la última vez que lo vimos —suspiró, prefería decirle las cosas al español como en realidad eran para que no haya malos entendidos. Después de unos segundos de silencio fue él quien tomó la mano del mayor y comenzó a caminar hacia la parada donde debían esperar el bus—. ¿Qué tal estuvieron tus clases hoy? No pareces cansado —cambió de tema antes de que Christian pudiera decirle algo, no era cómodo hablar de su progenitor y no quería arruinar su cita; no salían mucho debido a lo mucho que siempre debían estudiar así que ahora que por fin lo hacían, no quería perder el tiempo hablando de Antonio.
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Sonrojó al escuchar que su novio quería llamar Adamo al oso de peluche que le había regalado. ¡Era tan…! ¡No! Definitivamente no era tierno. El idiota español había elegido ese nombre pues el peluche tenía un chaleco que le podías quitar y, ante esto, Christian mofó, diciendo lo mucho que disfrutaba desnudando a Adamo. ¡Era un maldito idiota! Le golpeó sin verdadera fuerza en el hombro y le obligó a seguirle; tenía hambre y Christian le había prometido que pagaría la cena, así que apresuró sus pasos a su habitación para dejar ahí las cosas que habían comprado. Se quejó mientras avanzaba, el español lo tenía abrazado como un pulpo por lo que no podía caminar bien. Gruñó mientras metía la llave para abrir el cerrojo. Una vez que la puerta se abrió completamente Adamo dio un paso adentro, mas quedando completamente congelado — y no de frío— en el lugar, observando la escena ante sus ojos.
Miles de veces había visto a Martín semi-desnudo caminando por la habitación, poco le importaba el argentino que parecía no conocer la vergüenza, sin embargo nunca lo había visto en la misma condición… encima de otra persona…. y mucho menos en SU cama. Escuchó que el rubio le gritó que se fuera, pero la imagen visual de lo que acaba de ver era mucho más fuerte… jamás se iba a componer de aquello. Christian por su parte iba a comenzar a reírse, hasta le dieron ganas de quedarse en la habitación para arruinar el momento, tal y como Martín había hecho varias veces, no obstante al ver que su novio parecía traumado por lo que veía, sólo atinó a cubrirle los ojos y sacarlo de la habitación. No creía que Adamo fuera tan sensible, aunque bueno, debía ser la primera situación de ese tipo que veía y no le culpaba del todo. Le abrazó, acunándolo en su pecho y acarició su espalda.
—Tranquilo mi amor, no pasa nada, luego te ayudo a quemar las sábanas y a golpear a Martín por atreverse a tocar tu cama —escuchó gritos dentro de la habitación; Manuel le reclamaba al rubio que debían parar porque se le habían pasado las "ganas" y Martín alegaba que eso podía cambiarlo en un segundo. El español rió por lo bajo, tratando que su novio no lo notara.
Adamo se dejó hacer por el español, quien lo guiaba ahora al tercer piso; visto que no podían dejar las cosas en su habitación, no les quedó de otra que ir a la de su pareja. Cuando el ojiverde se dio cuenta estaba afuera de la habitación diecinueve, su estado de shock había pasado y...
—¡MI cama! —gruño, separándose del mayor y amagó con volver a meterse en el cuarto, aunque se detuvo en la puerta. Maldito Martín, no quería que su imagen visual sea doble; no tenía idea de lo que ahora estaba haciendo ahí adentro sobre SU cama. Vio de reojo a Christian que no parecía afectado por la situación. Lo tomó de la mano y caminó hasta la escalera, ¡quería alejarse de ese lugar! Podía escuchar cosas si se quedaba ahí.
—Amor, no sacas nada gritándole. Suficiente tiene con los gritos que le da Manuel —rió por lo bajo e hizo un gesto para hacer que el ojiverde prestara atención a los gritos que habían dentro de la habitación—. Te prometo que te ayudaré a encontrar una forma de vengarte de Martín, pero ahora no... anda, vamos —le obligó a caminar hasta el tercer piso, ahí el español abrió la puerta de su habitación, dejó sus cosas y volvió a salir—. Hay que ir a cenar —le sonrió y no dio lugar a quejas, no iba a dejar que Adamo no comiera sólo por estar cabreado.
Suspiró. No había tenido ni tiempo de agarrar su teléfono celular, bueno, Antonio podía esperar un día más... además, ¡no pensaba dormir en esa cama! Al menos no esa noche, hizo una mueca y se cruzó de brazos. Todo era culpa del idiota de Martín. Escuchó entonces a su pareja decir que podía dormir en su cama esta noche… Adamo lo consideró, no quería ir a la propia, pero tampoco era tan malo como para hacer que su novio durmiera en el suelo —aún le avergonzaba dormir con él, más si el compañero de habitación estaba justo a un lado—. Christian rió, ahí iba su intento por hacer que el ojiverde durmiera con él, mas pronto sugirió que si le decía dónde tenía más sábanas, no se hacía problemas por dormir en el primer piso. El ítalo-español volvió a considerarlo, era un hecho que no quería dormir en su habitación esa noche, aunque no quería molestar a Christian con estas cosas que eran idioteces entre el argentino y él… capaz la mejor opción era aceptar lo último que propuso su novio, lo primero no lo aceptaría, no quería que durmiera en el piso de ninguna forma.
—¿Estás seguro qué no hay problema? Viste lo qué hicieron en esa cama, ¿no? —sin poder evitarlo, la imagen mental volvió lo cual hizo aparecer en su rostro una expresión de desagrado. Iba a matar a Martín un día de esos, ¡lo juraba!
—Sólo se estaban besando, amor... aún no llegaban a mayores, así que no me molesta del todo. Aunque le preguntaré si de casualidad es la primera vez que hace eso.
¡¿Y si no era la primera vez?! Su asco se acrecentó. Por un lado maldijo a su novio por haberlo hecho darse cuenta de aquello… por el otro, su sed de sangre hacia el egocéntrico argentino solo creció más y más. Mientras trataba de comer, le indicó al español dónde dejaba las sábanas limpias, así mismo, intercambiaron llaves y le pidió por favor que al día siguiente lo despertara, no tenía su teléfono y no quería faltar a clases.
Se sintió un poco incómodo cuando subió al tercer piso, aún cuando Christian estaba hablando con su compañero de habitación, casi no conocía a Johan. El español le tranquilizó, susurrando en su oído que el pelirrojo sólo parecía arisco, pero que en verdad era muy simpático. Adamo soltó un "—está bien, no te preocupes—" antes de besar a su pareja para dejarlo ir. Se sentó sobre la cama y no hablo hasta que Johan lo hizo, no porque no quisiera entablar una conversación con el sueco, simplemente no quería molestarlo o incomodar… no sabía lo que estaba haciendo con el notebook. Le tuvo que dar la razón al español cuando su conversación continuó por más de una hora, hablaron desde los estudios hasta cosas de la vida que no venían al caso. El contrario le habló sobre su novia y que pasaría las fiestas con la familia de ella en Austria, más detalles y bromas que le sacaron varias risas a Adamo que se olvido durante un rato largo de todos los problemas. Unos minutos habían pasado de la medianoche cuando el mayor le dijo que se iría a dormir, en ese caso él haría lo mismo. Se sacó los zapatos y se cubrió con las frazadas; apenas apoyo la cabeza en la almohada se dio cuenta que olía igual que su novio, se ruborizo agradeciendo que nadie pudiera verlo.
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Si Antonio decía que había dormido cuatro horas, estaba mintiendo. Había dado vueltas en la cama y dormido demasiado mal durante toda la noche. El día anterior prácticamente se la había pasado llamando a Adamo al celular, mando mensajes de texto para que lo atendiera y así pudieran por fin hablar, sin embargo el chico lo ignoraba desde la última vez que se vieron en Roma y se sentía horrible que el trato que había empezado a tener con su hijo haya disminuido a eso. ¡Estaba desesperado! Lovina le había dicho que esperara a que Adamo saliera de vacaciones para volver a hablar con él personalmente pero la espera se le estaba haciendo eterna, no podía continuar un día más sin hacer el mínimo esfuerzo por arreglar las cosas. La noche anterior llamo a Roderich pidiéndole por favor que le diera la mañana libre, estaría en su oficina más tardar al mediodía. Al recibir la afirmación de su jefe se animó un poco más, tendría la oportunidad de ir hasta la universidad.
Apenas pisó el campus sonrió con melancolía, no recordaba cuándo había sido la última vez que había pasado por ahí. Antes de ir hasta el edificio de las habitaciones se informó de cuál era la habitación de su hijo. Miró en su reloj que eran las ocho y media de la mañana, esperaba no despertarlo. Se sintió incómodo al recibir las miradas de algunos jóvenes que andaban por el pasillo, debía ser por el traje que llevaba puesto, después de todo se iría a trabajar directamente. Se paró enfrente de la puerta número diecinueve y golpeó varias veces.
Del otro lado, Christian gruñó al sentir el golpeteo. Tomó su almohada y la lanzó a la cama de Martín, ¡él era un invitado! ¡Que el argentino abriera la puerta! Sin embargo al no escuchar queja por el golpe, abrió apenas un ojo para ver que la cama contraria estaba vacía. Suspiró, seguramente el rubio tenía clases a primera hora. Volvió a gruñir al escuchar nuevamente los golpes en la puerta así que, aún con los ojos cerrados fue a abrir. Abrió apenas los párpados y luego sonrió, abrazando cariñosamente a la persona que tenía enfrente... creía que Adamo le había dicho que quería ser despertado a las nueve de la mañana, bueno, igual no faltaba mucho para esa hora.
—Mi amor, ¿acaso creciste? —bostezó sonoramente y tras tallarse los ojos, ahogó un grito... ¡ese definitivamente NO era su novio! Maldita sea, Adamo era definitivamente un calco de su padre. Rápidamente se separó del español mayor, removiéndose incómodo por la vergonzosa situación—. Señor Fernández... que... ¿sorpresa?
Vaya sorpresa que había recibido cuando el joven lo abrazó. Era imposible olvidarse de ese chico, pero de ninguna forma imaginó que sería él quien abriera la puerta de la habitación de su hijo.
—Sorpresa para ambos —comento con una ligera sonrisa, de las que usaba todo el tiempo. No porque particularmente la situación le agradara—. Me dijeron que está era la habitación de Adamo, ¿acaso se confundieron? ¿O ustedes son compañeros de habitación? —cabía posibilidad de que se hayan confundido, aunque la segunda opción también era probable.
—Ah... no, no, ésta es su habitación, Adamo está durmiendo en la mía —hizo una mueca; aquella debía ser la situación más incómoda en la que había estado... ni siquiera con Lovina se había sentido tan inquieto. Vio que Antonio no dejaba de mirarle y bueno, no le culpaba, estaba en bóxer, camiseta y con el pelo completamente revuelto en la habitación de su hijo. Comenzó a juguetear con sus dedos... el día anterior su novio le había dicho que el español le había estado llamado insistentemente, pero no esperaba que estuviera ahí, ¡menos tan temprano en la mañana! ¿Y si le preguntaba la razón por la cual habían cambiado? ¡No podía decirle la verdad! Gruñó por lo bajo.
Al menos no se habían confundido, esa era la habitación de Adamo aunque, ¿por qué estaba durmiendo en otro lugar entonces? No quiso profundizar por el momento en el tema, notó rápidamente de que el muchacho enfrente de él parecía algo entre molesto e incómodo, lo observó detenidamente en silencio por unos segundos. Reprimió un suspiro. Jamás pensó ni se le cruzó por la cabeza que estaría en una situación como esta.
—¿Me permites pasar? —estar hablando en el pasillo era raro, más por las miradas que se sentían encima, los jóvenes de hoy en día eran demasiados chusmas. Sonrió cuando el muchacho lo dejo entrar a la habitación y cerró la puerta detrás de él—. Por cierto, ¿tu nombre es…? —nunca se había presentado formalmente con el joven así que si estaba ahí para arreglar las cosas con su hijo le parecía buen momento para hablar algunas cosas con el muchacho que supuestamente salía con Adamo.
—Christian Arriazu —musitó incómodo y luego se sumieron en un silencio aún más desagradable. Seguía sin entender qué rayos hacía ahí Antonio, ¿tantas ganas tenía de seguir peleando con Adamo? Volvió a fruncir el ceño—. ¿Qué hace aquí, señor? Si va a seguir peleando con Adamo, reclamándole por su condición sexual... por favor váyase.
Abrió los ojos algo sorprendido por la determinación del joven. Era tal cual como recordaba pero no estaba ahí para pelear así que agradeció que fuera el menor quien rompiera el silencio incómodo. Rápidamente agregó que no venía a pelear con Adamo, y fue evidente que su contraparte no le creyó gracias a la mueca efectuada. Suspiró desganado, pensando en todas las veces que trató de entablar una conversación telefónica con su hijo y fue un total fracaso.
—Vine hasta acá para hablar y arreglar nuestra situación. —se quedó mirando unos segundos al chico de ojos miel—. Fue una sorpresa para mí que Adamo me diga esas cosas aquella vez y reaccioné de muy mala manera, no vengo a reclamarle nada, vengo a buscar soluciones —desvió la vista, mantenerla en un joven semi-desnudo no era fácil—. Por lo que me dijiste aquella vez en la plaza sabes que mi relación con mi hijo no es la mejor pero deseo cambiar eso…
—¿Soluciones? —rió irónico, sin disimular ni un poco su desagrado, ¿en serio Antonio aún creía que podía "regresar al buen camino" a Adamo? Era sin lugar a dudas el peor chiste que había escuchado. Se pasó una mano por el pelo, tratando de arreglarlo un poco y luego clavó sus ojos en los verdes del mayor—. Éste no es un asunto que haya que solucionar... lo único que hay que hacer aquí es entender, pero tal parece que usted sigue negándose a ello —suspiró, tratando de calmarse—. ¿No se da cuenta? Yo no hice gay a su hijo; yo intenté alejarme de él porque creí que le estaba confundiendo y fue él luego quien me buscó y me pidió ser su novio. Es obvio que usted no sabe cómo se dieron las cosas, por eso tiene que comprender a Adamo, apoyarlo si tanto dice quererlo... pero si se acerca a él con la intención de querer cambiarlo, entonces váyase, por favor se lo pido.
—No confundas mis palabras, no deseo cambiar a Adamo —dijo en tono totalmente serio, intentando ocultar sus emociones, cosa que evidentemente el muchacho enfrente de él no lograba hacer. Entendía que se defendiera, él lo había atacado después de todo aquella primera vez que se vieron pero esta vez era diferente, no quería armar otra pelea con su presencia—. Sé que no sé cómo se dieron sus cosas, de hecho me sorprendió bastante que Adamo confesará ser gay —volvió a clavar su mirada en Christian, no tenía intención de alzar la voz… creía que si hablaba y se expresaba como debía ser el menor no trataría de defenderse por cada palabra que decía, parecía bastante inteligente—. Amo a mi hijo, sea como sea, no deja de ser mi hijo —trago saliva y se removió, volviendo luego su mirada al menor—. Cuando me enteré que Adamo existía sentí un gran dolor con mezcla de felicidad, fue horriblemente raro. Lovina fue y es sin duda el amor de mi vida. Al enterarme que había vuelto a Roma me dio esperanzas de poder ¿recuperarla? Después de casi veinte años la volví ver hermosa y radiante, pero cuando le reproché sobre por qué no me había dicho sobre mi hijo me soltó de que Adamo nunca había preguntado sobre mí, que no le interesaba… que… ¿qué iba a decirle cuándo me pregunte por qué no lo vi crecer? La busqué, en su momento la busqué por todos lados durante tanto tiempo, pero jamás logré encontrarla. Fue desesperante, ninguno de sus familiares o amigos sabía de ella —no sabía porque le estaba contando todo esto al joven muchacho enfrente de él pero… lo escuchaba realmente interesado, así que prosiguió con su historia—. Cometí un error, el peor error en mi vida y la pague un alto precio… me negaron ser padre. Soñaba con formar una familia con Lovina, siempre me encantaron los niños y un hijo con Lovi era lo único que planeaba a futuro cuándo terminara mis estudios en Estados Unidos. Estábamos casados, éramos felices. Lo único que he querido todo este tiempo es conocer un poco más a mi hijo. No lo conozco, no porque no quisiera conocerlo, él se niega a que me acerque. Lo entiendo o al menos puedo imaginar el rencor que debe sentir por mí, no solo por la última pelea… hay momentos donde logro mirarlo y notar su tristeza, tenemos algunas expresiones similares y eso, me hace muy feliz, pero nunca vi otra expresión de él y eso me duele. Solo quiero que Adamo me permita ser su padre, nunca es tarde para intentarlo —una leve sonrisa se dibujó en su rostro, pues él creía que lo último que se perdía era la esperanza y más en este caso.
Christian no entendió por qué Antonio le contaba todo eso, aunque lo agradeció, sí, pues gracias a ello entendió un poco más el accionar de su novio. Suspiró pesadamente y se masajeó los párpados, pensó que tal vez el hombre frente a él sí quería arreglar las cosas con Adamo, sus palabras parecían sinceras... sin embargo por mucha que haya, si Adamo no quería verle o hablar con él no se podía hacer mucho. La alarma de su teléfono celular comenzó a sonar, así que se inclinó un poco para apagarla; tenía que comenzar a prepararse para ir a clases, aunque dudó, pues para ello debía ir a su habitación y no quería que Antonio le siguiera.
—Tengo que ir a clases —musitó como si nada; no quería ignorar todo el parlamento del mayor, pero en serio no sabía qué decir—. Si quiere hablar con Adamo, deje que le avise que está aquí, ¿bueno? Si sale a recibirlo, hablen, pero si no... se va, ¿de acuerdo? —suspiró—. No quiero que se amargue; suficientemente mal lo ha pasado como para más encima ser obligado a charlar con usted.
—Entiendo, tampoco pretendía obligarlo, aunque me gustaría que escuche lo que tengo que decirle —se dirigió hacia la puerta, creía que lo mejor sería esperar afuera ya que supuso que Christian debía cambiarse y luego ir a avisar a Adamo, estaba dispuesto a salir pero mantuvo su mano sobre el pomo sin moverse y giró apenas para ver fijamente al muchacho—. ¿Puedo preguntarte algo? —y antes de que el de ojos ámbar pudiera responder volvió a preguntar—. ¿Amas a mi hijo?
—Sí —siempre se había preguntado por qué la gente siempre decía: "te puedo hacer una pregunta" Se supone que esa era la pregunta, así que en estricto rigor la otra persona debía preguntar por dos; en fin. Miró fijamente a Antonio, a los ojos verdes que eran iguales a los de su novio... no esperaba tal clase de cuestionamiento, pero así mismo no dudó un segundo en responder—. Estoy enamorado de él —sonrió levemente ante el mero hecho de pensar en el ítalo-español. Miró su móvil y vio que el tiempo seguía avanzando; con un gesto le pidió a Antonio salir de la habitación en tanto él se ponía el pantalón y los zapatos, lo otro lo podía llevar en la mano, después de todo sólo debía ir al tercer piso—. Espere aquí, por favor —le pidió al abogado y sin más comenzó a subir los peldaños... como los odiaba, sobre todo después de un largo día de clases. Agradeció que Johan hubiera dejado sin llave la puerta así que entró sin más. Vio que Adamo aún estaba durmiendo. Dejó sus cosas a un lado y luego de hincó junto a la cama, permitiéndose juguetear con los mechones castaño oscuro de su novio—. Despierta, mi amor... tengo que decirte algo importante.
—Ya —comento apenas en un susurro y apartó la mano del mayor para luego darse vuelta. No tenía clases sino hasta después del mediodía y quería seguir durmiendo; si bien la noche anterior se había propuesto estudiar en la mañana, ahora mismo tenía bastante pereza. Y respecto a lo que tenía que decirle su novio, sea lo que sea, lo importante podía esperar. Se acurrucó en la cama pues había empezado a sentir frío, más que dispuesto a volver a dormirse.
Christian rió por lo bajo al ver la expresión de su novio. Se inclinó un poco para darle un beso en la cabeza y decidió cambiarse en ropa en tanto dejaba dormir a Adamo un poco más; pensó que Antonio no iba a reclamar si tenía que esperar un poco más de lo previsto. Cuando terminó de ponerse los zapatos, nuevamente se hincó a un lado de la cama para intentar despertar al ítalo-español, pero éste estaba empeñado en no querer abrir los ojos. Adamo se quejó al sentir de nuevo la voz de Christian, ¿ya había vuelto? ¡Ah sentía que no había dormido nada! Giró su rostro para ver al español mientras refregaba uno de sus ojos, lo que daría por seguir durmiendo.
—Uhm... ¿qué hora es? —preguntó, volviendo a cerrar ambos párpados y dejando escapar un bostezo; si todavía tenía tiempo se quedaría en la cama, aunque también cabía la posibilidad que fuera tarde y debiera salir corriendo a clases.
—Van a ser la nueve y media... ¡pero! —se adelantó a decir al ver que su novio iba a comenzar a reclamar (a gritos seguramente). Se acostó al borde de la cama, pasando su brazo alrededor del cuerpo del ojiverde; pensó que debía tranquilizarlo antes de soltar "la bomba" pues estaba casi seguro que Adamo no reaccionaría bien—. Antonio está abajo... esperándote.
Abrió los ojos lo más que pudo al escuchar a Christian, todo el sueño que tenía había desaparecido con solo mencionar el nombre de su progenitor. Se sentó en la cama mientras revolvía su pelo y miraba con el entrecejo fruncido al mayor.
—Déjate de bromas de mal gusto —comentó, mirándolo fijamente. Al ver la expresión en el rostro de su novio, trago saliva—. ¿De verdad está abajo? —notó que el contrario asentía levemente con la cabeza, volvió a acostarse, dándole la espalda al de ojos miel—. No quiero hablar con Antonio, puedes decirle que se vaya.
—¿Crees que se va a ir así nada más? —suspiró y se puso de pie; razonar con su novio en ese momento era algo inútil, así que decidió dejarlo pasar. Buscó su mochila y los cuadernos que ocuparía ese día y luego volteó para ver al ítalo-español—. Sé que no es tu persona favorita, pero al menos deberías escuchar lo que tiene que decirte —se acercó nuevamente a la cama y buscó los labios del ojiverde para luego besarlos con ternura—. Le diré que dijiste que se vaya, aunque eso no asegura que lo haga.
Se mordió el labio inferior apenas Christian rompió el contacto. Sabía lo insistente que podría llegar a ser Antonio, no solo se lo había demostrado estos días, sino desde que se conocieron. Daba risa que justo ahora mostrara tanta determinación, cuando antes le faltó todo lo que ahora andaba demostrando. Si hubiera puesto esa misma determinación para buscar a su madre, tal vez... Gruñó y se removió en la cama.
—No me interesa, no quiero hablar con él —las palabras que Antonio le había dicho aquella vez que visitaron Roma se repetían una y otra vez en su mente, nada bueno podía salir de una charla con él ahora mismo. Sentía demasiado rencor como para verla la cara sin tener ganas de golpearlo. Giró su rostro, ocultándolo de Christian, lo estaba atrasando y no quería que lo volviera a ver mal o afectado por un asunto como lo era su progenitor—. ¿No tienes clases? Se te hará tarde.
—Sí, pero antes de irme quiero que sepas que estuve hablando con Antonio... él en ningún momento me atacó, de hecho hasta parecía haber aceptado la idea de que estés conmigo porque me preguntó si te amaba y no hizo ningún escándalo con la respuesta que di —le tomó la mano y le sonrió; la reacción del español era similar a la que tuvo su padre, aunque claro que no le había gritado ni repudiado, aunque sí coincidían en el hecho que les había tomado un tiempo aceptar la realidad—. Bueno, mejor me voy si quiero alcanzar a desayunar —nuevamente le besó los labios y le acarició el rostro—. Te amo —salió de la habitación antes que el ojiverde dijera algo y bajó los escalones hasta encontrarse con el español; frunció levemente los labios al no saber cómo iba a reaccionar—. Adamo me pidió que le dijera que se vaya —se encogió de hombros y luego salió del edificio; en verdad se había atrasado.
¿No quería verlo? Su mueca de tristeza se hizo más que evidente. Él había ido hasta ahí, no podía irse ahora sin arreglar las cosas. Miró hacia las escaleras y luego hacia la salida donde había salido Christian y nuevamente a las escaleras… y aunque él no era de maldecir, maldijo por lo bajo y salió tras el novio de su hijo, apresurando el paso para llegar a donde estaba.
—Espera —trató de tomar del brazo al menor y cuando detuvo sus pasos, lo soltó—. Dime donde está, no me puedo ir sin hablar con mi hijo… por favor —un poco más y estaba suplicando al joven enfrente de él, pero es que ya había tocado fondo con el simple hecho de que su hijo no quisiera hablarle. No le importaba nada más, solo quería volver a conversar con Adamo.
Dudó. ¿Debía decirle? Antonio lucía en verdad desesperado y no pudo ante ello. Desvió la cabeza para evitar mirarle el rostro que era demasiado parecido al de su querido novio; maldijo... ¿cómo se suponía que iba a negarle algo si a ratos creía estar hablando con el mismísimo Adamo? Se mordió el labio.
—Adamo está muy ofendido con usted. Cree que si hablan van a volver a pelear, que usted le va a reclamar por ser gay; por eso no quiere verlo —hizo una pausa—. Traté de convencerlo para que bajara, pero no me hizo caso... más no puedo hacer
—Tiene el mismo carácter que Lovina —rió por lo bajo aunque luego suspiró y su expresión paso a ser una triste, muy rara vez alguien conseguía que el español se pusiera así—. No vengo a reclamarle nada… puedes decir dónde está, prometo no causarte problemas con él ni hacer que él se ponga mal, no quiero seguir lastimando a mi hijo…
—Tercer piso... habitación cincuenta y cuatro —miró a Antonio con determinación, retándole con la mirada para que no se atreviera a hacer algo estúpido, aunque era más que obvio que el mayor sabía que aquella era su última oportunidad, por decirlo de algún modo—. No le diga a Adamo que le dije dónde estaba, invente que buscó puerta por puerta o algo así —gruñó por lo bajo y ahora sí se alejó con paso rápido, maldiciendo por lo bajo el no tener tiempo para desayunar, pero bueno, aún podía pasar a comprar algo y comerlo camino a su aula.
—¡Gracias Christian! —hablo en su lengua madre, ya que el acento que tenía el muchacho se le hacía bastante familiar, llegó fácilmente a la deducción de que era español. Sonrió y corrió hasta el tercer piso, trato de recuperar aire antes de llamar a la puerta, debía recordar a la próxima vez que tenga la intención de correr que ya no tenía veinte años. Suspiró y golpeo la madera esperando y pidiendo por favor de que Adamo abriera.
Tras la ida de su novio, simplemente no pudo seguir durmiendo. Se sentó en la cama, maldiciendo mil veces al estúpido de Antonio, ¿qué demonios debía hacer acá? Bueno, sí, era obvio a que vino aunque sinceramente no tenía ganas de seguir peleando con ese hombre. Pensó que lo mejor sería ir a su habitación, aunque como no estaba seguro de que Antonio se haya ido… no quería arriesgarse a cruzarlo, pero… ¿y si le daba la oportunidad para hablar? Solo debía escucharlo, ¿no? Gruño mientras se llevaba las manos al rostro para cubrirlo; toda la situación era estresante de tan solo pensarlo. Escuchó que golpeaban a la puerta y alzo una ceja. ¿Christian? No, él había tomado su llave, al igual que Johan. En todo caso no se veía obligado a abrir la puerta, se iba a acostar nuevamente cuando volvieron a golpear. Caminó hasta ella con demasiada pereza y la abrió aunque no le agrado para nada encontrarse con su progenitor del otro lado, frunció el entrecejo y gruño.
—¿No te dije que te vayas?
—Hijo... —puso el pie para que, en caso que Adamo quisiera cerrar la puerta, no pudiera lograr su cometido. Puso su mano sobre la madera y lo contempló un rato; no era como si en verdad hubiera cambiado demasiado desde la última vez, pero había pasado tantos años sin siquiera saber de él que unos segundos no importaban. Mordió su labio inferior, nervioso... había algunas personas en el pasillo y no quería que se enteraran de lo que planeaba hablar con el menor. Sin esperar invitación, entró a la habitación y cerró la puerta tras de sí, quedándose apoyado contra ésta en caso que Adamo quisiera salir—. Quiero conversar contigo, por favor...
—No tenemos nada que hablar —comento con el tono más serio posible, cruzándose de brazos y apartando la mirada de la mirada del mayor. ¡Ni tiempo a quejarse le dio cuando entró a la habitación! La presencia de Antonio era molesta, podía sentir cierta tensión y eso le resultaba más incómodo—. Deberías irte —no le interesaba saber cómo lo encontró ni de que quería hablar, tampoco quería discutir—. Vete —volvió a repetir al no escuchar respuesta del contrario.
—Primero escúchame —por primera vez se sintió como un padre... por la parte de estar imponiendo autoridad frente a su hijo; casi sintió desmoronarse ante la idea de él como papá, aunque aguantó, no podía flaquear ahora—. Yo... —se mantuvo en silencio unos segundos; no porque dudara de sus palabras, si no por los ojos llenos de resentimiento de Adamo le incomodaba a sobremanera—. Lo siento —bajó la cabeza, incapaz de seguir sosteniéndole la mirada—. ¡Lo siento! ¡En verdad lo siento, hijo! —sintió como poco a poco el nudo de su garganta se deshacía, aunque no por completo—. No soy quien para reclamarte a quien deberías o no querer; reaccioné de la peor forma y en serio lo siento mucho.
—¿Eso es todo lo qué tienes que decir? —inquirió tras un rato en silencio. Realmente no se esperaba las palabras de Antonio, ¡si hasta parecía que de verdad le estaba pidiendo perdón! Pero bueno, el mayor le había pedido que lo escuchara y eso hizo… no es como si estuviera dispuesto a saltar a los brazos de su padre, además toda la situación había pasado a verse rara, esperaba más gritos, no palabras de arrepentimiento. Suspiró y masajeo el puente de su nariz para luego volver a clavar los ojos esmeralda en los del mayor del mismo color… a veces era molesto parecerse tanto.
—Sí —musitó apenas. Se sintió tonto por pensar que Adamo le disculparía tan solo con musitar un par de palabras, aún cuando en verdad las sintiera, el menor no tenía cómo comprobar que en verdad se sentía arrepentido por haberlo rechazado y criticado de una forma tan cruel. Suspiró, Adamo ya le había escuchado y parecía no tener intensiones de hablar con él, así que lo mejor sería irse, aún cuando no quisiera hacerlo tan rápido—. Espero que algún día puedas perdonarme.
—Al menos admites que no eres quien para reclamarme a quien o no debo querer —volvió a cruzarse de brazos observando por unos segundos al español enfrente de él—. Estas perdonado si eso es lo que quieres —comentó medio gruñendo. La verdad es que lo hacía simplemente porque había visto que las intenciones de Antonio al ir era arreglar las cosas, no pelear, no tenía ganas de seguir con aquel ambiente tenso—. Pero deberías tener en cuenta para la próxima vez que antes de juzgar a alguien por lo que es, al menos deberías conocerlo. ¿Sabes? No actúes como alguien que me conoce, podemos compartir sangre pero hasta ahí llega nuestra relación —bufó y se acercó unos pasos para poder abrir la puerta… tomó el pomo y sin decir nada espero que Antonio se moviera para poder salir.
—So-solo tengo una pregunta más que hacerte... te juro que luego de eso me voy —estaba más aliviado, sí, aunque insistió en el hecho que no era al ciento por cien; luego no pudo evitar sonreír tontamente al recordar que esa escena era muy similar a una de las tantas en las que había peleado con Lovina, bueno, era ella la que siempre se enojaba por algo que él hacía y... ah, era complicado, pero gracioso a fin de cuentas—. ¿Lo quieres? Me refiero a Christian —se sintió orgulloso de recordar el nombre del novio de su hijo, esperaba que Adamo notara ese hecho y no lo dejara pasar.
—¿Qué demonios es esa pregunta?! —no pensaba sonrojarse, ¡no delante de Antonio! Tampoco se dio cuenta de que había alzado la voz. Giro su rostro, avergonzado, y se tomó su tiempo para responder—. Mucho —se armó de valor para ver directamente a su progenitor—. Estoy enamorado de Christian —le respondió sin dudar ningún momento de sus palabras.
La misma respuesta que le había dado el español menor; sonrió levemente, tranquilo de saber que su hijo quería y era querido con la misma intensidad, debía aceptarlo y limitarles a desearles lo mejor, después de todo él no era quien para intervenir en cosas amorosas.
—Me alegra escuchar eso —confesó, y es que debía decirlo aún cuando quizás su hijo no le creyera. Se despidió con un gesto con la mano y salió de la habitación pensando seriamente que la misma conversación que tuvo con Adamo la debería tener con Paulo, porque nunca es demasiado tarde para pedir perdón, ¿no? Bueno, Lovina era un caso aparte, pero no quería deprimirse pensando en eso.
Suspiró. ¿Qué demonios acaba de pasar? Aún no comprendía del todo, era demasiado temprano para tantas emociones. Miró el reloj colgado en la pared, eran casi las diez y media, todavía tenía tiempo para seguir durmiendo. Salió de la habitación de Christian y bajando los escalones se cruzó con un par de compañeros suyos, comentándole de manera jocosa que cuando venían de la biblioteca hacia los dormitorios vieron a un hombre muy parecido al él, como si fuera su versión adulta. Adamo rodó los ojos y sin decir mucho más se dirigió a su habitación. No pasó mucho antes de que Martín apareciera, riendo a carcajadas, lo que lo puso de mal humor, ¿por qué demonios tenía que ser tan escandaloso?
—¿Sabés? Cuando venía para acá me crucé con un tipo igualito a vos —comentó, impresionado y es que aquel hombre era un calco de Adamo, o más bien, Adamo era un calco de él—. Llevaba traje, parecía importante, che. Qué pena que no alcancé a sacarle una foto para que lo vieras.
—Ajá... —dijo y se acurrucó en su cama, olvidándose por completo lo que había pasado el día anterior. Dejó hundir su rostro en su almohada y sonrió cuando sintió el perfume de Christian en ella, tal vez debería mandarle un mensaje antes de entrar a clases.
A eso de las doce del medio día, cuando ya estaba en el aula, esperando a que llegara el profesor para iniciar la clase, Adamo notó que tenía un nuevo mensaje. ¿Otra vez Antonio? No pudo evitar fruncir el ceño, mas lo relajó al darse cuenta que se trataba de su novio. El "¿Cómo estás?" que le había escrito le pareció raro, no obstante supuso que se había quedado preocupado por todo el asunto ocurrido en la mañana. Le escribió de vuelta un simple: "Estoy bien" mandó el mensaje y suspiró. ¿Realmente lo estaba? Sí, se respondió enseguida. Tal vez solo estaba un poco confundido y sorprendido por lo que había pasado, pero estaba bien.
Decidió omitir todo el asunto con su progenitor. Ahora por lo pronto se enfocaría en sus estudios, las vacaciones de Navidad y el inevitable hecho de tener que separarse de su novio. Suspiró… realmente no había dimensionado aún cuánto en verdad iba a extrañarlo. Por suerte existía el internet, además estaría con su madre; Lovina le había dicho que había pedido libre un par de días para estar con él. Tal vez podría incluso invitar al pesado de su tío… la compañía de Paulo era agradable después de todo.
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Creo que me quedó un poco largo, pero es a modo de compensación(?) por haber tardado casi un mes desde la última vez. Ya saben, universidad, la excusa de siempre. A decir verdad, este capítulo iba a ser aún más largo, pero preferí dejar la navidad en familia (o no) para el próximo, igual que la parte dramática. Les dejaré un adelantito porque las amo y quiero que mueran a especulaciones(?)
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Cuando los brazos de su hijo le rodearon, el llanto no se hizo esperar; se aferró a él, mientras que las lágrimas caían sin la intención de ser detenidas. Trató de calmarse, debía darle la noticia a Adamo, además de llamar a la familia del español... y partir al hospital, porque claramente no pensaba quedarse sentada allí esperando noticias. Tomó aire y sin alejarse de su lugar, abrazó con mayor fuera al castaño.
—Antonio... Antonio tuvo un accidente. E-está en el hospital —tomó nuevamente aire, la voz le temblaba demasiado.— Iba con *****. Él... él falleció
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El que adivine quién murió se gana un caramelo(?)
¡Saludos!
