ADVERTENCIA: Ninguna.


IMBRANATO


VEINTINUEVE

Adamo dispuso a buscar su ropa, sintiéndose más avergonzado que jamás en su vida. Christian apenas y se había cubierto lo justo y necesario, alegando aún sentirse cansado… y así sin más, volvió a acomodarse en la cama para seguir durmiendo, no obstante le vio entreabrir los ojos, los cuales no despegó de su persona. Contrario a lo que creyó en primera instancia —y a lo que le había dicho Paulo— la primera vez, su primera vez no había sido tan dolorosa. Sintió como toda la sangre se agolpaba en sus mejillas al recordar lo tierno y delicado que había actuado su novio. Tan sumido estaba en sus pensamientos que no se percató que Christian lo abrazó por la cintura, incitándolo a quedarse con él otro rato en la cama. Si bien habían dormido un poco luego del acto, el ojiverde seguía inquieto ante el inminente escenario de Martín entrando a la habitación. Hizo caso omiso a la queja de su pareja ante su falta de romanticismo y tomó una sábana para cubrir sus partes y así buscar su ropa y poder ir tranquilamente a darse una ducha. Por supuesto que también ignoró la sugerencia de Christian de ducharse juntos… si bien no iba a negar que aquella idea le tentaba, no pensaba cumplir esa fantasía y perder la virginidad el mismo día.

—¿Me estás jodiendo que te da vergüenza ir desnudo delante de mí? —alzó una ceja, incrédulo. ¡Después de lo que habían hecho! Rió al ver estallar en rojo las mejillas de Adamo; a veces podía ser tan gracioso. El menor gruñó y se excusó ante la posible llegada de Martín. Jaló con cuidado la sábana de cubría a Adamo, obligándole a nuevamente acercarse a la cama. Lo abrazó desde atrás y le dio un beso en el cuello al tiempo que acariciaba el vientre contrario. Entendía que la situación daba vergüenza a su novio; él mismo no había sido precisamente desenvuelto en su primera vez. No obstante quería darle seguridad—. ¿Lo hice bien? ¿Te gustó?

Adamo se tomó un minuto para analizar las preguntas. No esperaba que Christian le preguntara aquello. Guardó silencio un momento más… no porque no supiera la respuesta a las preguntas; es que el asunto era demasiado vergonzoso para hablarlo así de la nada, ¡maldita sea!

—Sí…

Él le sonrió y le giró el cuerpo para besarle los labios una última vez antes de proceder a vestirse. De reojo miró a Adamo, parecía ansioso aunque no supo interpretar el por qué. Fue hasta la ventana y la abrió para ventilar un poco y luego volvió a la cama pero sólo para sacar las sábanas, había que cambiarlas. Pensó en usar condón la próxima vez… el semen manchaba mucho, sin embargo quiso resistir ante ello. Al estar con otro hombre, no corría los riesgos de un embarazo y bueno, no era tan malo lavar sábanas. Rió suavemente en tanto terminaba de acomodar su camiseta y volteó a ver a su novio.

—¿Dónde guardas las sábanas, cariño? —vio a Adamo acercarse a la parte alta del clóset y sacar un par. El ítalo-español le pidió entonces llevar las sucias al baño en tanto él armaba la cama. No es como si le gustara tenderla, pero tampoco iba a abusar de la buena voluntad de Christian. El español aprovechó estar en el baño para lavarse las manos y el rostro, aún podía sentir un poco pegajosas esas zonas, además del resto de su cuerpo; definitivamente se ducharía cuando regresara a su habitación.

Esperó a que el ojiverde terminara lo que estaba haciendo para acercarse a él y acostarse nuevamente en la cama; si Adamo creía que luego de lo que habían hecho se libraría fácilmente de él, estaba equivocado.

—Amor, estás todo pegajoso —rió.

—¡Recién termine de hacerla! —reprochó casi como si fuera un niño, no le gustaba para nada hacerla y el mayor ya la estaba desordenando nuevamente, bufó y largó un suspiro de resignación. Ante el último comentario del español se tocó las manos entre sí para darse cuenta que tenía razón, la verdad es que se sentía pegajoso y estaba deseando darse un baño. Pero tendría que esperar a que Christian se vaya. Alzó la mirada para observar a su novio que lo miraba muy divertido, a pesar de que le dijo que estaba cansado, aún le quedaban ganas para molestarlo, claro.

—Podemos volver a desordenarla, no me molesta.

—¡Maldito pervertido! —bramó con las mejillas al rojo vivo. Insistió en el hecho: no iba a negar que sencillamente le encantó hacer el amor con su novio, aunque no por ello actuaría como un tonto enamorado que acepta todo en su pareja; él tenía muy en claro que Christian podía llegar a ser verdaderamente molesto y, aunque estuviera enamorado, no iba a actuar como un tonto estando con él.

—Lo sé —rió. Hizo que Adamo se acomodara sobre su pecho y lo abrazó, importándole muy poco que ambos estuvieran sucios—. ¿Sabes qué sería lindo? Bueno, además de ducharnos —mofó—, sería lindo si me dejaras dormir contigo esta noche —cerró los ojos, complacido al sentir que Adamo lo abrazaba y procedió a acariciar su espalda—. Sabes que mañana en la tarde me voy, por eso…

—Está bien —musitó rápidamente. Aprovechó el hecho que el español no podía ver su rostro sonrojado y se aferró aún más al cuerpo de él—. Pero en tu habitación, sabes tan bien como yo que Martín es molesto y Johan es muchísimo mejor compañía y… eso.

—Adamo, eres tan lindo —sonrió encantado al levantarle el rostro y verlo completamente avergonzado. Le dio un beso en los labios y suspiró complacido—. Aún estado pegajoso y lleno de semen, eres adorable.

—¡Cállate! ¡Eres un idiota!

—Te amo —sonrió.

—¿Me estás escuchando? Maldita sea, Christian.

—Mi amor… —rodó en la cama para así quedar sobre el ojiverde y apresó sus brazos de forma juguetona—. En vez de estar gritándome, deberías pensar en una buena excusa o al menos idear un modo de que tu temperamental madre no vea el tatuaje que te hiciste. Supongo que por ser invierno es más fácil cubrirlo, pero tarde o temprano lo verá.

Enmudeció. ¡Maldito impulso de idiotez! Maldito Martín. Si bien el argentino no lo había incitado a tatuarse, es más, sólo se había limitado a decir lo "groso" que sería tener un tatuaje, bueno… simplemente le había gustado mucho la idea. Para colmo de males justo había encontrado una frase en español que sencillamente le había encantado y… el resto era historia. Por supuesto que prefería omitir los días de cuidado y el dolor en la noche al olvidar que no debía pasar a rozar el costado izquierdo. En fin. Pensó en lo positivo: no se había infectado, ya no le dolía, se veía bien… ¡Lovina no podía castigarlo! Ya era mayor de edad y no le tenía miedo al enojo de su madre.

No demasiado.

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El diecinueve de Diciembre se le hizo infinitamente largo. Ansiaba demasiado el por fin terminar su turno y estar en el departamento para cuando llegara su hijo; tenía presente que tal vez estaría un poco desanimado por no estar con Christian… le asombraba que un par de meses junto al español le hubiera calado de esa forma. Quería verlo feliz, aún cuando su novio no le simpatizara del todo, debió admitir que era un buen muchacho y que quería mucho a Adamo. La risa de Mei la sacó de sus cavilaciones. La asiática le preguntó si acaso pretendía hacer brillar cada uno de los utensilios en la sala de emergencias. Lovina hizo una mueca, alegando pronto a estar lo suficientemente aburrida como para limpiar, ¡y aquello era demasiado! Mathias no tardó en unirse a la conversación y es que estaba tan o más aburrido que las mujeres. Pronto comenzaron a hablar sobre los planes que tenían para Navidad. Si bien los tres tenían libre el veinticuatro y veinticinco, Mei debía estar el veintiséis a primera hora cumpliendo su turno… le escucharon reclamar varias veces al respecto. Lovina se limitó a agradecer el hecho de por fin poder pasar una Navidad tranquila junto a su hijo, en tanto Mathias fanfarroneó ante el hecho de haber convencido a su novio para arrendar una romántica cabaña cerca de las aguas termales que, evidentemente, ayudaban a combatir el frío del invierno.

Lovina cayó en cuenta entonces que conocía mucha gente homosexual… bueno, tres si contaba a su hijo, pero de todos modos le pareció harto. Se preguntó si aquello siempre había sido así, aún sin saberlo o si es que se trataba de una tonta moda pro-diversidad. Descartó casi de inmediato la última idea al recordar que su cuñado tenía pareja estable hace años. Miró a Mathias, tan risueño y desenvuelto como siempre… ¿debía preguntarle? No estaba en contra de la elección de su hijo, ¡para nada! Sólo… sólo quería saber un poco más, saber para así poder orientarlo si necesitaba ayuda, si tenía dudas al respecto. Como si hubiera sido obra divina, Mei justo fue llamada, quedando a solas con el hiperactivo danés. Se removió incómoda.

—Mathias…

—Dime.

—E-es que… —bufó. ¡¿Por qué demonios era tan complicado?! Claro que podía preguntarle a Paulo, aunque corría el riesgo que luego su cuñado le dijera todo a Adamo y este colapsara por la vergüenza, y si bien Mathias podía ser un verdadero inmaduro, era la única persona que le quedaba para hablar de esos temas—. Tienes novio —siguió, provocando una mueca en su interlocutor. Maldijo al no saber expresarse—. O sea… —gruñó—. ¿Cómo es…? —hizo una pausa—. Entiendo que para el amor el sexo de tu pareja no es algo que esté establecido como una obligación… son tiempos modernos —dudó al seguir, no obstante prefirió hacerlo, pues de ese modo el danés le entendería mejor—. Hace poco mi hijo me presentó a su novio. Nunca lo había visto tan feliz. Sus ojos brillaban cuando ese muchacho estaba cerca…

—¿Lo rechazas?

—Al contrario. Si Adamo es feliz, automáticamente también lo soy. Es solo que… —desvió la mirada y apretó los puños. Además del evidente temor a que Christian hiciera sufrir a su hijo (cosa que también temería si este tuviera novia. No era una cuestión de género), temía represalias. Gracias a Antonio, había ido un par de veces a España… en aquel país casi se podía respirar el avance respecto a la aceptación de la diversidad sexual y aquello incrementó en el 2005 cuando se legalizó el matrimonio igualitario. Fue evidente que existieron opositores, aún así la gente vivió, o trató de vivir hasta la fecha de la mejor forma posible. Si se enfocaba ahora en Italia, en Roma, justo a un lado del Vaticano… el poder de la iglesia católica era algo que le aterraba. Saltaba a la vista que la aceptación sexual tal vez nunca sería aceptada en ese país… y temía, temía que debido a lo mismo le hicieran algo a su hijo, o al novio de este, porque a fin de cuentas Adamo igual sufriría—. ¿Cómo lo haces para ignorar a la gente que te señala en la calle cuando vas con tu novio?

Él entendió su dilema. Le sonrió, intentando confortarla y posó una mano sobre el hombro femenino. Le explicó que en todos lados, incluso en los países más abiertos de mente, existía gente que sencillamente nunca aceptaría que amor es amor. Siguió contando que, antes de conocer a Lukas —su actual pareja— solía salir con mujeres, como si nada. Nunca sintió algún tipo de rechazo. Más aún, ni siquiera se consideraba a sí mismo como homosexual… sólo le gustaba Lukas y estaba más que seguro que nunca había sentido lo mismo que sentía por él por otro hombre, ni la más mínima atracción. Con ello volvió a la idea central de la italiana… amor es amor y no hace diferencia de género.

—No puedo hablar por tu hijo —siguió—. No sé si su caso es igual al mío o si simplemente siempre le gustaron los hombres, pero… créeme —sonrió—. La felicidad de estar con el ser amado es tanta que las miradas hostiles pasan a cuarto plano. Claro, tampoco hay que tentar a la suerte. De cierto modo es injusto no poder besar a tu pareja sólo por miedo a represalias, sin embargo es el precio a pagar debido a estar en la sociedad en la que estamos. Tu hijo estará bien, Lovina. Confía en él, confía en su novio, que por algo lo eligió.

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Se aseguró de haber guardado todas sus cosas antes de dirigirse a su auto y marcharse de una vez. El trayecto hasta su casa se pasó más rápido que de costumbre; culpó a las ganas de ver a su hijo, lo había extrañado demasiado. Estacionó el auto donde siempre y se fijó en la luz que iluminaba su departamento. Sí, Adamo ya había llegado. Con una agradable sensación en el estómago, subió la escalera. No tardó en llegar y abrir rápidamente la puerta.

—¿Adamo? —le llamó mientras ingresaba en a su hogar. Una vez le divisó, se acercó y le abrazó con fuerza—. Bienvenido hijito —masculló, sin pizcas de querer soltarlo, ahora que lo tenía frente suyo no deseaba alejarse—. ¿Quieres cenar? ¿Prefieres algo en especial para comer? —a duras penas le soltó, sólo para poder verlo directamente a la cara. Le sonrió.

Mamma —una leve sonrisa se dibujó en su rostro y correspondió al abrazo—. Gracias. Prefiero tomar un café y cenar más tarde. Aludió a que tal vez la mujer estaba cansada, después de todo recién había salido del trabajo—. Podríamos comer pasta, ¿hay?

—¿Qué clase de casa sería si no hay pasta? —soltó una ligera risa. Caminó a la cocina para poner agua a hervir y luego volvió con su hijo—. ¿Qué tal te ha ido? ¿Has descansado y comido bien?

—Sí, me ha ido bien. Las clases son agotadoras, pero ya sabes, la exigencia y todo.

—Debes descansar apropiadamente o no podrás rendir. Lo mismo que con tus comidas, nada de saltárselas —le dirigió una mirada de reproche, antes de mirar nuevamente hacia el frente—. Desde el veintitrés estaré libre, así que podríamos aprovechar de pasear y pasar tiempo juntos.

—Claro —asintió con alegría, mas no pudo evitar fruncir el ceño al caer en algo—. ¿Seremos solamente nosotros dos en Navidad? —quiso asegurarse que sus tíos no vinieran de visita, no porque no quisiera pero se había hecho la idea de que pasaría las fiestas como cuando vivían en Estados Unidos, solo ellos dos. Claro que el veinticinco en la mañana era siempre visitado por Blake, su mejor amigo. Hizo una nota mental para llamarlo, hacía mucho que no lo hacía.

—Sí. Tus tíos no podrán venir y en verdad no quise que fuéramos a Nápoles este año —se acercó hasta quedar a un lado del menor y delicadamente besó su frente—. Seremos sólo nosotros —volvió a la cocina al escuchar que el agua ya había hervido y preparó dos cafés—. Por cierto, mañana sólo trabajaré medio día. ¿Vamos a comprar los regalos? Sería bueno no estar a última hora con el año pasado.

—No creo que pueda, mamma —y es que le encantaría, es más, sería el primer día que estaría con su madre luego de tanto tiempo, sin embargo Alexis ya le había mencionado que iría a verlo—. Alexis vendrá. No te molesta, ¿verdad? —esperaba que la italiana entendiera. Adamo le había confirmado a Alexis que estaría al día siguiente, sin saber que su madre estaría presente—. ¿Podríamos ir el domingo? O el lunes, ¿puedes?

— Claro, no hay problema —sonrió con ligereza—. Podemos ir el lunes —mentía si decía que no le entristeció no pasar su tarde con Adamo, pero ya luego lo podría hacer. Además, sabía que Alexis era su mejor amiga y seguro la había extrañado—. ¿Vendrá a almorzar? Si así lo prefieres, podría cocinar algo.

—Puedo decirle que venga para almorzar —Alexis no le había dado la hora específica a la cual iría, aunque pensó que seguramente le encantaría la comida de su madre.

—Hijo, cambiando de tema... —no supo realmente cómo decirlo; no quería que el castaño se enojara en su primer día de regreso, pero era necesario acabar con ese asunto—. Antonio quiere hablar contigo.

—Me fue a ver al campus —comentó con una mueca, tomando luego un sorbo del café que tenía olvidado sobre su regazo—. No te preocupes, mamma, ya hemos hablado —siguió como si nada. No iba a olvidar el pésimo momento que Antonio le hizo pasar, sin embargo parecía que el español realmente lo sentía y lo… aceptaba, sí. Bueno, ciertamente se había sentido mucho mejor después de la última conversación con su progenitor.

—¿A sí? —su rostro de asombro no se hizo esperar. No estaba enterada de aquello; Antonio no le había mencionado aquel asunto así que de cierta forma se sintió excluida—. ¿Todo está bien...? —realmente esperaba que las cosas entre los castaños se hubieran arreglado aunque fuera un poco... aún cuando Antonio tuviera la culpa de haber dicho todas aquellas cosas.

—Sí... —musitó no muy convencido, pero podía decir que las cosas no estaban mal. Jugó con su taza vacía durante unos segundos, ¡tenía que decirle sobre lo de su tatuaje a su madre! No podía esperar más tiempo, pues mientras más pasara, peor sería—. Mamma... —mantuvo la mirada en el suelo; no pensó que se iba a poner tan nervioso.

Lovina alzó la mirada, extrañada, fijándose en el accionar de su hijo. No tardó en notar cierto nerviosismo, lo que instintivamente le hizo fruncir el ceño. Algo no andaba bien. Rápidamente le preguntó si algo iba mal y frunció aún más el ceño al ver que Adamo comenzaba a titubear. El ojiverde tragó en seco, no podía dar marcha atrás. Buscó las palabras para decir lo que tenía que decir de forma correcta, de manera que su madre no se enojara tanto… pero ninguna pareció adepta a salir de su boca. Sintió la mirada miel sobre él y levantó la cabeza. Tragó en seco cuando notó el entrecejo fruncido de la mujer. Suspiró y se levantó del sofá, subiendo luego su camisa para dejar expuesto su tatuaje... y es que ya que las palabras no aparecían, una imagen vale más que mil, ¿no? Aguantó el aire por unos segundos y esperó los gritos por parte de la castaña.

El asombro de ella fue tan grande cuando vio aquel tatuaje en la piel de su hijo que ninguna palabra salió por su boca, ningún sonido fue emitido, se quedó completamente perpleja mirando una y otra vez aquella frase en el torso del menor.

—¿Por qué...? —no quiso alzar la voz, no armaría una pelea al respecto; trataría de calmarse y esperar a la respuesta antes de enojarse por aquello. Porque si lo pensaba bien, no tenía nada en contra de las personas que se tatuaban, ¡Pero Adamo todavía era demasiado joven! No podía creer que su pequeño niño hubiera tomado esa decisión y menos que no le hubiera consultado. ¡¿Y si el lugar no hubiera sido salubre?! Evidentemente haría que Antonio, además de Arthur en su calidad de abogados, plantearan una demanda de cinco kilómetros.

—Simplemente me gusto —claro que la frase tenía un significado más profundo para él, pero explicárselo a Lovina… mejor en otro momento. Confiaba en su madre, no obstante había sentimientos que prefería guardarse solo para él. No le había comentado a nadie el significado de esas palabras porque no lo veía necesario; mientras él supiera lo que se había grabado para siempre en la piel estaría bien, no se arrepentía de aquello.

"Soy lo que he vivido"

Esperaba realmente que su madre se enojara, así que se sorprendió cuando no escuchó gritos. Suspiro en parte aliviado y volvió a sentarse en el sofá. Lo que no supo es que aquella respuesta tan escueta sólo logró molestar más a su madre. La italiana se prometió no armar un escándalo, sin embargo tenía que calmarse antes de seguir hablando al respecto. Se levantó de su asiento sin decir palabra alguna y Adamo escuchó ruido en la cocina… seguramente comenzaría a hacer la cena. Se sintió terriblemente mal al ser ignorado por su madre. Dudó en ir a la cocina y ayudarla…. O no. Al final acabó yendo. Se apoyó en el marco de la puerta y observó a su madre de espaldas.

—¿Te ayudo en algo?

Tardó varios segundos en responder, quería utilizar un tono natural, no quería sonar enfadada.

—No, hijo, no es necesario —anunció y siguió en sus cosas. Varios minutos después, cuando se vio obligada a voltear para buscar algo en el refrigerador, se sintió especialmente mal al ver a su hijo ahí, simplemente mirándola. "Vamos Lovina, no te enojes, ya lo hizo, no hay vuelta atrás"—. Adamo... —llamó la atención del menor—. ¿Quieres ver alguna película después de comer?

—¿No me vas a decir nada por el tatuaje? —evidentemente no buscaba ser regañado, sin embargo tuvo que admitir que esperaba algún tipo de castigo o algo por el estilo… aunque luego pensó que su madre lo estaba tratando como el adulto responsable que era… o intentaba ser; eso le agradó.

—No creo que lo mejor sea hablar de eso ahora, Adamo

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Los días siguientes pasaron realmente rápido, entre las visitas, las compras navideñas, las conversaciones con su hijo… realmente no supo cuando llegó el veinticuatro en la noche. Estaba terminando de preparar la cena que comerían dentro de pocos momentos… había exagerado un poco respecto a la cantidad, mas pronto le restó importancia pues podrían seguir comiendo lo mismo al almuerzo del día siguiente. Pensó que tal vez, muy probablemente, se había dejado llevar por la emoción de una Navidad con su hijo.

—¿Adamo, ya te arreglaste? —preguntó desde la cocina. Terminadas sus labores ahí pensaba usar el baño y, por lo mismo, quería confirmar que el menor no lo usara.

Adamo hizo acto de presencia apenas escucho su nombre, había salido recién del baño; acababa de bañarse y ponerse la ropa que su madre le había comprado especialmente para Navidad. A decir verdad no pensó que la camisa roja le quedará tan bien y el pantalón negro era sencillo, podría llevarlo para usar en el campus, benditos sean los buenos gustos de su madre. Musitó un: "—ya estoy listo—" en tanto se acercaba a la mesa donde la mujer acaba con los últimos detalles de la comida y si, había suficiente comida para varias personas. Rió por lo bajo, mas prefirió no comentar nada, después de todo su madre había estado cocinando todo el día desde muy temprano.

— Se te ve muy bien es ropa, hijo —halagó, volviendo luego a prestar atención a lo que le faltaba por preparar. No tardó mucho más en dejar todo listo—. Me iré a arreglar, ¿puedes poner el servicio en un rato más? —claramente sabía que se demoraría, por eso no vio necesario que Adamo se apurara con aquello.

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Salió ansioso de su casa, mas procuró tener todo lo que había comprado antes de subir al auto y dirigirse al departamento donde vivía Lovina y Adamo; odiaría darse cuenta a medio camino que había olvidado alguno de los regalos que con tanto esmero había buscando solo para ellos. El reloj del tablero indicó que eran pasadas las nueve de la noche, y si bien era una hora inusual para llegar de "visita" bueno, aquel era un día especial así que supuso que no habría problemas al respecto. No se sorprendió al no ver al conserje en la entrada, lo más seguro era que estuviera con su familia y con un día sin sus servicios el edificio no iba a colapsar. Subió al cuarto piso y acomodó su ropa y cabello antes de tocar la puerta…. casi se sintió como la primera vez que había ido a casa de Lovina; el padre de esta casi lo mató con la mirada y por supuesto que salió completamente traumado luego de tantas amenazas. Rió suavemente ante el recuerdo. .

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Adamo se había sentado en el sofá, dispuesto a encender su computador para ver si Christian estaba conectado; estaban acostumbrados a hablar a esa hora y deseaba saludarlo para Navidad, sabía que después conectarse o llamar sería imposible, ¡las líneas colapsaban! Y tal vez no estaría en línea, pero no perdía nada con fijarse. Apenas dio inicio a su sesión escuchó sonar el timbre, lo que llamo su atención, ¿su madre esperaba a alguien? No le había comentado absolutamente nada. Suspiró y con pesar dejo el notebook sobre el sofá para ir a abrir la puerta.

—Antonio... —sonó sorprendido, aunque no demasiado. Le dedicó una mirada de pies a cabeza a su progenitor y reprimió un suspiro, le daba igual verlo o no—. ¿Qué haces acá?

El aludido reprimió un suspiro ante las palabras de su hijo, ¿no se suponía que ahora se llevaban mejor? Mínimo había esperado un seco "hola" de su parte, no un despectivo "¿qué haces acá?" Trató de reproducir la sonrisa que siempre adornaba sus facciones, aunque no supo si lo había conseguido o sólo había logrado una mueca rara.

—Hola hijo —se mantuvo en silencio unos segundos, tratando de encontrar las palabras adecuadas para no acabar con la puerta en la cara—. Lovina me dijo que iban a pasar la Navidad en Roma, así que... —desvió la mirada, nervioso—.Traje regalos...

—Se está arreglando —acotó, al parecer si era un "invitado" de su madre. Divisó sin mayor expresión los regalos que el español traía encima. Se hizo a un lado dándole el paso para que entrara—. Pasa —cerró la puerta una vez Antonio estuvo dentro y caminó al sofá para nuevamente poner su computador sobre las piernas. Apenas y desvió la mirada, notando que el español continuaba parado en la entrada—. Puedes tomar asiento —comentó y enfocó la vista en la pantalla—. Vas a esperar a mi mamma, ¿no?

—Ah, sí, gracias —se sintió torpe al sentarse en el sofá más próximo a su hijo, no obstante se calmó al ver que Adamo parecía no prestarle demasiada atención—. Sí —volvió a responder ante la pregunta; ansiaba ver a Lovina y entregarle personalmente el regalo que había elegido para ella... por supuesto que también a Adamo, aunque su atención estaba fija en el pasillo que llevaba a la habitación que tan bien se había encargado de conocer hace tiempo—. ¿Has podido comunicarte con Christian? Debe ser difícil estar separados —cómo no iba a saberlo, si había pasado exactamente por lo mismo cuando estudiaba en la universidad y llegaban las fiestas; esos días se la pasaba extrañando a Lovina, excepto claro, el año en que por fin pudieron estar juntos por primera vez; nada más al recordarlo se le formó una sonrisa.

—Hablamos todos los días… es más llevadero de esa forma —dirigió entonces su mirada a Antonio; Christian no estaba conectado, esperaría un poco más a ver si lograba encontrarlo en línea y si no iría a poner el servicio para comer—. Aunque es poco tiempo —sentía demasiado la ausencia de su novio, por lo mismo disfrutaba de hablar por las noches y algunas veces por el día con él; había logrado escuchar la voz de Isabel, su cuñada, en una de sus tantas conversaciones, aunque claro que no había entendido lo que había dicho, todavía no aprendía muy bien español y se negaba a que su novio siga siendo su profesor luego de las estupideces que Christian le había hecho decir en español… haría un curso en la universidad. Salió de sus pensamientos—. Sería más complicado si fuesen meses —agregó a la conversación.

—Cierto —iba a preguntar si no había pensado ir a España durante las vacaciones de verano, aunque se arrepintió en el acto; no sabía si ya había hablado de eso con su novio y no quería incomodarlo, así mismo omitió cualquier tipo de comentario respecto a lo similar que era la situación respecto a años atrás con Lovina—. Pero al menos siempre hablan, eso es un gran consuelo... el internet no colapsa en los días de fiesta como el teléfono.

—Es un gran consuelo, tienes razón —y si bien ya no le tenía tanto resentimiento a su progenitor, simplemente no había podido con su lengua—. Supongo que hace veinte años atrás era complicado mantener una relación a distancia, ¿no? Y mucho más por meses —no apartó en ningún momento la mirada de Antonio—. Ya sabes… algunos acaban engañando a su pareja o simplemente rompiendo la relación —hubo en silencio arrollador que se rompió con el sonido de los tacones de Lovina apenas entro a la sala.

Y sí. Quizás había tardado más de lo necesario, pero es que sus nervios por suponer que el español estaría allí le habían jugado una mala pasada. Al menos había logrado quedar impecable para la ocasión. Caminó hasta la sala de estar y divisó a ambos hombres sentados en el sofá… si antes se creyó nerviosa, el momento en que sus ojos chocaron con las esmeraldas del mayor todo fue peor. Dejó escapar un largo suspiro.

—¿Qué haces acá, bastardo? —soltó mientras caminaba hacia ellos. Miró luego a su hijo y se dirigió a él—. Adamo, ¿ya pusiste las cosas? —preguntó, evidentemente en un tono más amable.

Antonio se sintió como un tonto enamorado al ver aparecer a su esposa con ese vestido que tan bien se amoldaba a su cuerpo. Tragó en seco y se levantó del sofá tan rápido que cualquiera habría pensado que este tenía un resorte. Claro, las palabras de su hijo seguían rondando su cabeza y se sintió terriblemente mal. Cometió un error, sí, ¿pero es que debía pagar por ello el resto de su vida? A su juicio creía ya haberlo pasado lo suficientemente mal.

—Traje... regalos —desvió la mirada. A sus memorias no tardó en llegar ese momento en que la italiana, completamente triste, le abrazó y le pidió que no la dejara. Había pasado un buen tiempo desde entonces, pero le estaba haciendo las cosas tan difíciles. Lovina era el amor de su vida, sí, pero incluso él tenía un límite. Vio a Adamo levantarse y dirigirse a la cocina. Esperó a que estuviera lejos antes de hablar con Lovina—. Creí que la invitación del otro día seguía en pie.

—Sinceramente, pensé que ya no vendrías —suspiró. No lo negaba, lo había invitado a venir el veinticuatro, pero al ver que el día pasaba y no aparecía… simplemente pensó que no llegaría tan tarde—. Creí que lo pasarías con tu familia y por eso no habías aparecido —dejó que otro suspiro escapara de sus labios, desviando su mirada. ¿Por qué debía ponerse tan nerviosa? ¡Era Antonio! Ella no debería estar sintiendo esas cosas por él; se había propuesto dejar de amarlo más de una vez, y más de una vez había caído en cuenta que era el amor de su vida. Odiaba aquello.

—Se me hizo un poco tarde —tras comprobar que Adamo seguía en la cocina, atrajo a la italiana en un rápido movimiento—. ¿Hasta cuándo? —susurró, mas lo suficientemente alto para ser escuchado por su interlocutora—. ¿Hasta cuándo me vas a tratar así? ¿Que no es suficiente todo lo que me he arrastrado por ti? Te he implorado perdón tantas veces que ya no sé qué más hacer... Lovina, si tanto quieres que me aleje de ti... bien —mofó irónico, sintiendo la voz próxima a quebrarse. —Firmaré el maldito papel de divorcio y pasado mañana yo mismo lo llevaré a los tribunales, pero... no me niegues a Adamo, por favor... cualquier cosa menos eso.

Quedó completamente desconcertada, su rostro daba cuenta del asombro que sentía tras escuchar aquellas palabras. Bajó la mirada, tratando de aguantar las lágrimas que intentaban escapar. ¿Realmente lo haría? ¿Antonio realmente le daría el divorcio? ¡Se supone que debería estar feliz! Ella era la que lo había pedido... sin embargo, su pecho dolía demasiado. Dejó que un largo suspiro saliera de sus labios. Tampoco era capa de negarle nuevamente a Adamo, era muy distinto cuando Antonio no sabía de su existencia; ahora que le conocía y hasta tenían una "mejor" relación, simplemente no podría. Alzó nuevamente la mirada, posando ambas manos en el rostro español, para acercarlo y besarle dulcemente.

—Quédate… —susurró contra los labios, reacia a separarse.

—No juegues conmigo, Lovi... —de igual manera susurró contra los labios de la mujer; alejarse era lo último que en verdad quería hacer. Pasó los brazos alrededor de la cintura femenina y volvió a besarla... no era como si pudiera conformarse con un solo beso, ya para cuando llegara Adamo (y en serio, rogaba para que se tardara lo más posible) sabía que Lovina no le dejaría volver a acercarse de ese modo, así que debía... aprovechar—. Lo siento... —habló en medio del beso, reacio a separarse—. En verdad lo siento, Lovi... todo.

— No estoy jugando —susurró antes de darle un último y corto beso; había escuchado los pasos de su hijo. Esperaba que no hubiera visto nada—. Antonio se quedará a cenar —anunció, mientras, de paso hacia la cocina, acariciaba los castaños cabellos del menor—. Así que para no tardar más, serviré la cena.

Adamo alzó una ceja. Supuso que el mayor se quedaría así que había buscado los cubiertos suficientes para todos. Hubiera vuelto de inmediato, pero Christian le había llamado para avisarle que su internet estaba fallando debido a una fuerte tormenta que azotaba y por lo mismo no había podido conectarse. Aprovechó de hablar todo lo que pudo con él, aunque procuró decir lo preciso, no quería que la cuenta de teléfono se fuera a las nubes. Bajó la mirada y dejó las cosas sobre la mesa, volviendo a la cocina sin dirigir en ningún momento la mirada al español. Quedó frente a la italiana que estaba sirviendo la comida en los platos.

—¿Por qué se queda?

—¿Hay algún problema con que se quede? —cuestionó, relajando las expresiones de su rostro, no armaría una pelea con su hijo—. Es noche buena y no tiene con quién pasarla —se encogió de hombros, restándole importancia al asunto—. Además, hay comida suficiente para los tres... y le tocará lavar la loza y ordenar la cocina —se volteó para seguir sirviendo la cena, con eso creía que era suficiente para que su hijo no hiciera más preguntas. Por supuesto que no vio la mala mirada que le dirigió su hijo; a juicio de éste era injusto que la mujer tomara ese tipo de decisiones sola. Se suponía que esa noche solo serían ellos dos.

Sin decir nada, Adamo salió de la cocina, no quería pelear con Lovina. Suspiró y se sentó en la mesa sin poder disimular lo mucho que le desagradaba la decisión de la italiana. Lovina llevó los platos a la mesa y reprimió un suspiro al ver la mueca de su hijo, ¿no que se suponía Adamo se llevaba mejor con Antonio? Realmente no entendía porque se enfadaba tanto. Prefirió no pensar más en el asunto, no por el momento.

—Puedes sentarte —le indicó a Antonio, mientras iba por el último plato.

—Gracias —se sentó en el puesto que, supuso, era para invitados. Miró entonces a su hijo y se incomodó... no creyó que le molestaría que se quedara, ¿no se suponía que se llevaban mejor? Disimuló un suspiro e hizo una nota mental para tratar de hablar con Adamo a solas... quizás luego de la cena, pero definitivamente tenía que ser esa noche. Le sonrió a Lovina cuando llegó con el plato faltante, aunque se vio obligado a desviar la mirada al sentir un tenedor chocando estrepitosamente contra el plato de ensaladas. Si alguna vez soñó con una cena junto a su familia, definitivamente no la había imaginado así de tensa

—¿Pudiste hablar con Christian? —le preguntó al menor, quizás así se relajaba un poco. Si no se rompía ese ambiente tan desagradable, iba a volverse loca—. Tengo entendido que justo esta es la hora en la que suelen hablar... —Fugazmente le dedicó una mirada al español, antes de fijarse en su plato.

—Sí —respondió de manera seca. Lamentaba realmente no poder ocultar su mal humor, además de que su cara seguramente lo delataba. Y es que creía que ambos adultos estaban abusando de él. Que él haya "perdonado" a Antonio por todas las cosas que le había dicho cuando se enteró de su sexualidad no quería decir que su relación haya mejorado ni mucho menos… no era como si le agradara tenerlo en la misma mesa junto a Lovina, como si fueran una familia. Sin darse cuenta había empezado a sostener el tenedor con fuerza y un suspiro escapó de su boca antes de dar el primer bocado. ¿Familia? ¿A quién demonios querían engañar? Él se había sentido feliz de saber que al menos pasaría Navidad con su madre, que no trabajaría como tantos otros años en Estados Unidos, que serían ellos dos… pero no, otra vez Antonio debía estar presente.

—Adamo, ¿qué es lo que sucede? —preguntó Lovina con el mejor tono que fue capaz; la situación comenzaba a superarla, y Adamo no parecía dispuesto a cooperar a alivianar el ambiente. En cierta forma no lo culpaba, pero seguía sin entender cuál era todo el problema. Dejó su tenedor de lado y le dedicó una mirada a su hijo.

—¿Encima lo preguntas? —dirigió una mirada a Lovina y después la desvió a Antonio; se echó para atrás en la silla y dejó los cubiertos sobre la mesa. ¿Acaso su madre esperaba que tuviera una sonrisa ante aquella invasión? Maldijo por lo bajo que, en ese momento, la primera Navidad de la que tenía memoria lo inundara de recuerdos… tendía cuatro o cinco años cuando le escribió una carta a Santa Claus pidiéndole "un padre" y aún recordaba la voz de aquel tipo disfrazado diciéndole que Santa no traía esas cosas. ¡Vaya chiste! Suspiró—. Permiso... —se levantó de la mesa sin ni siquiera prestar atención a los rostros de los mayores y salió al balcón, necesitaba aire y estar a solas.

—Lo arruiné todo —musitó en un murmullo, simplemente desplomándose sobre la mesa. Lo que supuso podría ser una buena noche en "familia", terminó siendo un desastre, y lo peor de todo es que Adamo era el más incomodo con toda esa situación. Le dedicó una mirada al español, por su culpa también había tenido que pasar un desagradable momento. Sin duda su accionar había terminado arruinando la noche.

Claro que Antonio lo pensó de otra forma, una más optimista y es que tal vez... sólo tal vez, la rabieta de su hijo le había abierto la posibilidad a tener la conversación que tanto deseaba; lo único que lamentaba era el semblante de culpabilidad de su amada Lovina. Dejó los cubiertos a un lado y se puso de pie, para luego inclinarse levemente para así poder besar a la italiana en la frente, no iba a dejar pasar ninguna oportunidad para poder hacerlo.

—Hablaré con él, quédate tranquila, ¿sí? —le sonrió y la besó esta vez en los labios antes de salir al balcón. Cerró la puerta de vidrio tras de sí y trató de ignorar el bufido de su hijo—. Es una linda noche, ¿no crees? El cielo está despejado y se pueden ver varias estrellas —el completo silencio por parte del menor le dio a entender que algo tan usado como el clima no le iba a servir para romper el hielo. Suspiró y luego de pasados unos minutos decidió jugársela... después de todo, ¿qué era lo peor que podía pasar? Porque en serio dudaba que Adamo fuera capaz de guardarle aún más resentimiento—. ¿Te ha pasado que te cohíbes cuando vas caminando por la calle porque te miran mucho el trasero? Es incómodo, yo ni siquiera me había dado cuenta que me lo miraban hasta que Lovina me hizo una escena de celos en medio de la vía pública... hasta hubo un tiempo que me hacía usar abrigo para que así nadie lo viera... espero que Christian no sea tan celoso contigo.

El rostro de Adamo se desfiguró al tratar de efectuar una mueca de vergüenza y sorpresa al mismo tiempo. De todos los temas que había en el mundo, ¿Antonio necesitaba tocar precisamente ese? Apartó la mirada que por un micro-momento se había fijado en el español y largo otro bufido. Le pasaba, ¡claro que le pasaba! Y lo peor es que él tampoco se había dado cuenta hasta que, cerca de los dieciséis, su mejor amigo le hizo un comentario al respecto que sólo provocó que sus mejillas estallaran en rojo. Desde ese día había tenido complejo por su trasero. Tampoco podía imaginar a su madre haciendo una escena de celos en medio de la calle, de cierta modo le pareció gracioso… era una parte de la italiana que no conocía. Y ahora que se ponía a pensar, tampoco conocía esa parte de su novio… Christian nunca le había demostrado celos de alguien, al menos no de momento.

—Christian no es celoso —comentó apenas en una voz audible, no quería parecer que deseaba entablar una conversación con Antonio, no lo deseaba para nada.

—Oh, bueno... tienes suerte —rió suavemente y, lentamente, se acercó apenas unos centímetros a su hijo. Creía que iba por buen camino respecto a eso de calmarlo así que decidió seguir arriesgándose un poco—. ¿Sabes? Sé que no te conozco mucho, pero te creo un chico inteligente... por lo mismo te digo que, a futuro, por feo que suene, sabrás sacarle partido a tu retaguardia —rió suavemente y apresuró sus palabras al ver que Adamo le miraba incrédulo—. No me mires así, pero es que... a la hora que un cliente elija abogado, coquetear un poco te ayudará... y si eres un buen profesional, ascenderás rápidamente y te harás de renombre; obvio que no puedes ir coqueteando con cada cliente potencial, es sólo saber usar lo que tienes a mano... ¿no crees?

La mirada incrédula de Adamo nuevamente se hizo presente. No es como si no supiera que la apariencia jugaba una carta muy importante en la actualidad… muchos se dejan llevar por lo externo. No le parecía correcto "venderse", pues si en algún momento llegaba a ser alguien de renombre quería serlo por méritos en su trabajo no por su "lindo trasero". Suspiró, no tomó a mal las palabras de Antonio después de todo sabía que el mundo del trabajo se manejaba de esa manera, hoy en día varias cosas se manejaban de esa forma y aún no lograba acostumbrarse, tal vez no debería darle tanta importancia y sólo verlo como algo a su favor.

—Puede ser... —fue lo único que respondió.

—Siempre... —siguió—. Siempre soñé que algún día podría tener una cena de Navidad junto a Lovina y nuestros hijos... varios niños corriendo de un lado a otro. Entonces te conocí a ti y... no tienes idea de lo feliz que me puse, porque a fin de cuentas sí pude tener un hijo de la mujer que siempre he querido —hizo una pausa para elegir sus siguientes palabras, tampoco quería arruinar la atmósfera o peor, que todo sonara como un discurso ensayado—. Se lo he dicho a ella, tantas veces que ya perdí la cuenta... nunca, pero nunca voy a perdonarme por lo que hice, voy a vivir el resto de mi vida sabiendo que arruiné la oportunidad de tener la vida que siempre quise, pero... no se tu, pero siempre he creído en las segundas oportunidades... como la que Eli y Gilbo se dieron, bueno, no creo que conozcas mucho su historia, pero fue el único ejemplo que se me ocurrió —rió nerviosamente y cerró los ojos apenas un par de segundos—. Lo que quiero decir con todo esto, más bien preguntar es: ¿te sientes cómodo con que esté aquí? ¿Prefieres que me vaya?

—Realmente prefiero que te vayas —respondió con sinceridad. Las palabras dichas por el mayor lo pusieron de cierta manera nervioso, por lo que había comenzado a jugar con sus manos y puesto la vista en ellas—. Pero mamma me dijo que no tenías con quien pasar la noche... —suspiró. Ahí estaba uno de los motivos por los cuáles no había preguntado nada más sobre el asunto a su madre. Él mejor que nadie sabía lo triste que podría ser pasar una fiesta solo y realmente no le deseaba eso ni siquiera al español. Tema aparte era que no podía evitar sentirse molesto o enojado para con su contraparte.

—Está bien, hijo... si no estás cómodo con mi presencia puedo irme —sonrió. Antonio se preguntó si estaba mal mentirle a Adamo para hacer que se quedara; después de todo aún podía ir a casa de sus padres y pasar la Navidad con ellos... pero obvio, prefería estar ahí con su familia, la que lucharía por recuperar—. Te quiero demasiado como para hacer que hagas algo que no quieres. Mucho menos quiero que te molestes con Lovina por haberme invitado.

—¿Siempre soñaste con una familia? —inquirió luego de un rato en silencio. Hizo una mueca con los labios y buscó las palabras adecuadas—. Es decir, ¿aún sueñas con una familia? ¿Crees qué mi mamma te daría una segunda oportunidad? —y es que las decisiones de su madre eran muy ajenas a él, no sabía lo que sentía Lovina por el español; aunque tenía muy en claro las intenciones de su progenitor con Lovina y las últimas acciones de la mujer no le daban a entender otra cosa que no fuera que, efectivamente, estaba cediendo ante los encantos de Antonio. Reprimió un suspiro y espero una respuesta sin apartar la mirada

—Sí. Tener una familia siempre va a ser mi sueño y... —calló, no estaba seguro si Lovina finalmente acabaría dándole la oportunidad que tanto deseaba; si bien en unos días habían avanzado considerablemente en su relación, bueno, sabía que no podía tomar aquello precisamente como una oportunidad... para su desgracia, Lovina no caracterizaba precisamente por ser una mujer predecible—. No lo sé, pero... no pierdo la esperanza, muchos de ríen de mi por ser tan optimista, aunque yo lo veo como una virtud. Conoces a la perfección la personalidad de tu madre, créeme cuando te digo que me costó mucho que aceptara ser mi novia... sé que ahora las cosas son más difíciles, pero si ya lo logré una vez, no debería por qué fracasar, ¿no?

—Supongo que entiendo ese punto —bajó la mirada; admiraba que Antonio aún tuviera esperanza con su madre. Capaz, solo capaz de verdad la amaba… no entendía muy sobre eso pero eso no iba al caso; al menos no de momento—. Si quieres una familia… —necesitaba saber que diría el español ante su pregunta—, ¿por qué yo debería darte una oportunidad?

—Porque... más allá del hecho que seas mi hijo biológico, te quiero en mí familia; quiero estar en tus cumpleaños, en las ocasiones que te hagan feliz, quiero compartir cierto vínculo de complicidad contigo y cubrirte la espalda cada vez que Lovina se enoje contigo —sonrió y pronto suspiró, el sólo pensar sus próximas palabras le hacía sentir agobiado—. Porque deseo que algún día me llames papá, aún después de no haber estado contigo cuando más lo necesitabas y sabiendo que eso de recuperar el tiempo perdido no es más que un mito... te lo dije, soy una persona muy optimista y no pierdo las esperanzas con facilidad.

—Sí que lo eres... —se removió incómodo por la situación, las palabras de Antonio habían calado profundo en él. ¿Por qué? Porque durante muchos años de su infancia él también había soñado con tener una familia, porque a su familia le faltaba un papá. Nunca había preguntado sobre eso, ni hablado sobre sus deseos con su madre, pues siempre creyó que al decir los deseos éstos no se cumplían. Con el tiempo se fue dando cuenta de muchas cosas, tuvo que cargar con muchas otras y su sueño solamente fue desechado. Y ahora, que tenía por fin frente a él a aquel deseo que tanto había querido de pequeño, pidiéndole que lo llame "papá"... no era tan fácil.

—Sí —rió por lo bajo y luego se removió de un lado a otro, después de todo estaban en invierno, había frío y estúpidamente estaban a la intemperie, cuando dentro del departamento la estufa estaba prendida. Pensó entonces en Lovina, no sabía cuánto tiempo había estado conversando con su hijo, pero seguro había sido el suficiente para preocupar a la italiana. Le hizo un gesto a Adamo y abrió apenas un poco la puerta de vidrio—. Mejor entremos, tu mamá debe estar preocupada y hace frío, anda, no quieres resfriarte, ¿verdad?

Antonio tenía razón, hacía frío y su madre... suspiró y entró seguido por el español, notó que la italiana estaba aún sentada en la mesa. Le dedico una mirada de disculpa y caminó hasta su lugar donde volvió a sentarse. "—Perdón...—" le susurró a la mujer antes de volver a retomar la comida. Adamo sabía mejor que nadie que ella había estado cocinando durante todo el día; no había sido su intención querer arruinar la cena… a veces simplemente tenía la impulsividad de actuar de mala forma. Vio a su madre suspirar de alivio, supuso. Acto seguido le acarició una mejilla lentamente y le sonrió. Si bien Lovina no figuraba como mala madre, no era del todo cariñosa, así que en sí su accionar le sorprendió.

—Yo soy la que debe pedir perdón...

Antonio solo atinó a sonreír y hacer un gesto cuando la italiana le miró, indicándole que las cosas se habían calmado lo suficiente como para disfrutar el resto de la velada. Tenía pensado irse, después de todo Adamo le había dicho sin ningún tipo de miramiento que estaba incómodo con su presencia. Sin embargo, vio luego el plato que le había servido Lovina y la boca se le hizo agua... habían pasado AÑOS desde la última vez que comió comida preparada por la italiana y sabía de sobra lo sabrosa que esta era; no haría nada si terminaba de comer y luego se iba, ¿verdad? Sólo serían unos minutos más. Escuchó decir a la mujer que había hecho panna cotta de postre y le vio sonreír, anunciando luego que iría a buscarlo a la cocina.

—¿Te parece bien si luego del postre me voy? —le habló directamente a su hijo, después de todo parecía que a él le gustaba hablar sin rodeos. Clavó los ojos verdes en los que eran iguales a los suyos y, lejos de parecer molesto, le sonrió. De verdad quería que Adamo estuviera tranquilo y si para eso tenía que irse, bueno, acataría—. Ah... no sé si lo notaste, pero el regalo que te compré lo dejé bajo el árbol... para que lo abras a... no sé si te gusta hacerlo el veinticuatro en la noche o el veinticinco en la mañana, bueno, es un detalle.

—Puedes hacer lo que quieras —le respondió, encogiéndose de hombros. Desvió la mirada hacia el árbol divisando los regalos; se llenó de curiosidad al pensar qué le habría comprado Antonio, sin embargo luego hizo una mueca al caer en cuenta que estaba actuando como un niño—. Los abro el veinticinco en la mañana —comentó, aclarando la duda del español, en Estados Unidos era así y bueno, no podían culparlo por tener las costumbres de América—. Gracias —agregó, volviendo su mirada a Antonio—, por el regalo —bajo la mirada, no se acostumbraba a que el español le diera algo aunque no por eso le molestaba.

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Lovina se permitió sentarse en el sofá y simplemente admirar las luces del árbol de Navidad. Antonio estaba lavando los platos que habían ocupado para la cena y, para su sorpresa, Adamo estaba ayudándole. No supo por qué lo hizo, pero lo estaba haciendo y aquello le alegró lo suficiente como para olvidar el mal trago de la noche. Transcurrieron unos cuantos minutos más antes de ver salir primero al castaño mayor, al parecer ya había terminado de lavar y Adamo debía estar guardando las últimas cosas. Posó sus ojos ámbar sobre las esmeraldas contrarias.

—¿Te irás? —preguntó. Le había escuchado decirle a Adamo que se iría después del postre, claro que no se había librado de lavar, así que simplemente supuso que ahora se iría.

—Debo. Le dije a Adamo que me iría cuando terminara el postre, después tuve que lavar la loza y en serio, no parece muy feliz de que aún siga aquí y... —su sonrisa se tornó triste. Besó con delicadeza la frente de Lovina y luego la miró a los ojos—. Gracias por invitarme y... ojalá te guste lo que te compré, obvio, a Adamo igual —giró para buscar y ponerse la chaqueta y tras procurar que no le faltara nada, miró nuevamente a la italiana—. Buenas noches, Lovi...

—¡Espera! —exclamó rápidamente. Se le quedó mirando una vez Antonio se volteó para verle—. ¿No piensas despedirte de Adamo...? —cuestionó, aunque realmente esa no era su intención al retenerlo, simplemente fue lo primero que se le ocurrió cuando vio que ya se marchaba. Cuando notó que el español recordaba ese detalle, se levantó de su asiento para seguirlo y pararse en el marco de la cocina contemplando la escena; luego de eso le acompañaría hasta la puerta.

Lo cierto era que Antonio creía que su hijo estaba tan molesto que no iba a querer ni despedirse de él, después de todo no había dicho ni media sílaba en todo el rato que estuvieron en la cocina. Aunque tal vez se enojaría aún más si no se despedía adecuadamente de él; cuando salió de la cocina dispuesto a buscar su chaqueta, apenas y había musitado un "supongo que me iré ahora". Suspiró disimuladamente y avanzó nuevamente hasta ese lugar… Adamo estaba justo acomodando el último plato en el mueble.

—Ya me voy, hijo... —se acercó a él y, mentalmente preparado para un rechazo, le dio un corto abrazo de despedida; nunca había sido tan cariñoso con él, pero le pareció que aquella noche era precisamente la exacta para comenzar—. Cuídate, ¿sí? Y llámame si necesitas algo, cualquier cosa.

No supo si fue su imaginación, pero le pareció que a su hijo no le molestó del todo aquel abrazo. Sonrió con discreción; Adamo tenía mucho de la personalidad de Lovina. Se acercó nuevamente a la mujer, que lo acompañó hasta la puerta de entrada… ahí acabaría su inusual víspera de Navidad. Se permitió abrazarla y darle un beso en los labios, no tan largo como le hubiera gustado, pero al menos lo había hecho. Susurró sobre los labios contrarios un: "—Buenas noches—" y le sonrió una última vez a la mujer; acto seguido giró el pomo de la puerta y salió del departamento.

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Soltó un suspiro en tanto tomaba el paño para secarse las manos. Recién habían terminado de lavar los platos que había utilizado en el desayuno; su hijo había ido directo a encender el computador para ver si Christian estaba conectado. Pronto se halló sin nada que hacer… quizás sería bueno ver televisión mientras descansaba un poco. Gracias a la cena de la noche anterior, el almuerzo no era problema así que podía incluso dormir un poco más. El sonido de su teléfono celular captó de inmediato su atención; se estiró apenas para tomarlo y ver el número que ahí señalaba… ¿Mei? ¿Qué querría la enfermera tan temprano? Suspiró desganada ante de idea de tener que ir a trabajar debido a demasiados pacientes. Con cierta incertidumbre, contestó.

—Hola, Mei. ¿Ha pasado algo? —lo que siguió no se lo esperó. Dentro de todas las posibilidades que inundaron su cabeza, aquella no se encontraba entre ellas—. ¡No! ¡No puede ser posible! —gritó, mas pronto sintió su voz fallar debido al nudo que se estaba formando en su garganta. Parecía un mal chiste, ¿qué clase de médico era? Se suponía que podía manejar ese tipo de situaciones—. Por favor, Mei... dime que es broma, ¡Antonio no puede haber tenido un accidente! —las lágrimas no se hicieron esperar cuando la asiática le comentó un par de detalles. Se sintió casi en la obligación de avisarle a la familia del español. Levantó la vista y sobresaltó al ver que su hijo estaba mirándola.

—¿Mamma?—sin dudarlo, avanzó a paso rápido hasta la mujer y la abrazó, sin entender nada de lo que pasaba… aunque no había mucho que entender, su madre estaba llorando, no podía darse el lujo de dudar de sus acciones—. ¿Qué pasa, mamma? —hacía años que no veía a la italiana de esa manera, así que no había sido agradable para él. Personalmente detestaba que Lovina estuviera de esa manera, se viera tan vulnerable; siempre la vio como una mujer fuerte que no dejaba que nada ni nadie le haga daño, por lo mismo en momentos así procuraba decir las palabras adecuadas para no hacer sentir peor a su madre.

Ella, cuando sintió los brazos de su hijo rodeándola, el llanto simplemente se intensificó. Se aferró a él, mientras las lágrimas caían sin la intención de ser detenidas. Trató de calmarse, debía darle la noticia al menor, además de llamar a la familia de Antonio… al menos a Paulo; luego partir al hospital, porque claramente no pensaba quedarse sentada ahí esperando noticias. Tomó aire y sin alejarse de su lugar, abrazó con mayor fuera al castaño.

—Antonio... Antonio tuvo un accidente. E-Está en el hospital —tomó aire, la voz le temblaba demasiado—. Iba con Francis. Él... él falleció —sabía que debía darle aquella noticia; su hijo era el mejor amigo de la hija del francés. Sintió que se le estrujaba el pecho al pensar en la muchacha… era seguro que se destruiría cuando se enterara de aquella noticia. Así mismo, no sabía cómo Adamo se tomaría la noticia de su padre. Parecían llevarse bien, sin embargo, no quería verle mal, a pesar de toda la situación, no le gustaría ver mal a su amado hijo.

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1) Como este es un fic spamano, creí que no debía poner la primera vez que Adamo hace cositas de gente grande a_a pero para quien lo quiera leer, va a estar en uno de los roles cuyo link voy a dejar en mi perfil.

2) Amo mucho a Dinamarca :') es el tonto adorable más lindo del mundo mundial.

3) La Navidad en familia fue linda después de todo, ¿no?

El dato freak del capítulo, que pondré acá porque creo que no vale la pena ponerlo en la historia (serían como 2 hojas más para explicar todo y duh a_a): Adamo es FANÁTICO de pokémon, onda, ve algo de esa serie y se hace pipí(?) Su pokémon favorito es Charizard y su sueño frustrado es tener un perro al cual ponerle ese nombre xd Respecto a los regalos, Lovina le regaló una consola de pokémon... que no le dejará usar porque está castigado por lo del tatuaje y, para colmo de males, como Lovina le comentó a Antonio que a su hijo le gustaban esos monos chinos(?) le compró un juego para la consola... así que Adamo va a estar de MUY mal humor... y deprimido, claro.

Y murió FRANCIS. Las odié cuando dijeron que era Paulo :( tengo planes para él aún, ¡no me lo maten! Y claro, no me maten a mi por matar al francés sensual :c En el próximo cap explicaré las circunstancias, tal vez lo haga desde su punto de vista, aún tengo que pensarlo. No sé cuánto me demore, la próxima semana comienzo con los laboratorios (de 6 horas ctm x.x) test y en general con todo lo más pesado de la universidad, por eso subí ahora seguido.

¡Gracias por sus reviews! Me encanta leerlos :') y disculpen por no responderlos, a veces simplemente el tiempo no me alcanza.

¡Saludos!