ADVERTENCIA: Más bien un recordatorio; Oleksandr es Nyo!Ucrania.
IMBRANATO
FRANCIS 4
Su nombre era Francis Bonnefoy y era un idiota. Por miedo, miedo a ser despojado de los lujos y comodidades que le ofrecía su padre… perdió al amor de su vida.
Luego de su fracaso matrimonial con Katherine, se dedicó a decirle a su hija, Alexis, era ella era la única mujer de su vida, sin embargo nunca logró olvidar a aquella rubia de ojos gentiles que eran débilmente opacados por un par de gafas de marcos al aire. Si bien su ex esposa no era mala, y de hecho resultó ser una madre dedicada y cariñosa… a su modo, era demasiado ambiciosa y eso no le gustaba, además, nunca pudo olvidar a Marguerite.
Aquel día, el primero en que todo detonó… era veintitrés de Diciembre; el campus W estaba desierto, la mayor parte de los alumnos ya se había ido a sus casas y aunque sabía que había gente que no viajaba y optaba por quedarse, pareció que todos se habían puesto de acuerdo para no salir de sus habitaciones; bueno, el frío debía contribuir a aquello. Francis se acomodó la bufanda una vez bajó de su auto. Pensó que si su hija estudiara ahí, aquella sería una linda ocasión para ir a buscarla y pasar tiempo con ella, sin embargo aquel no era el caso. Quería ver con sus propios ojos el avance del trabajo que estaba a cargo, además de desear unas felices fiestas de fin de año a los obreros. Se mostró complacido ante lo edificado, aún cuando la obra estaba levemente atrasada. Bromeó luego con el capataz, diciéndole que no hiciera trabajar hasta tan tarde a los obreros y se despidió con un gesto con la mano junto a un suave "Feliz Navidad".
Era temprano, las manecillas del reloj aún no alcanzaban las once de la mañana. Y, a pesar del frío, se permitió caminar por el campus. Siempre le gustó la universidad, claramente no hablaba de las clases y los exámenes, sino de todo lo que vivió en ese lugar. Aquella institución le había hecho conocer a dos de los que aún eran sus mejores amigos, hermanos que le dio la vida… se divirtió todo lo que quiso antes de conocer a Marguerite y enamorarse como nunca más volvió a hacer. Frotó sus manos e hizo una mueca; de verdad había muchísimo frío. Vio a su alrededor y, para su suerte, se percató que estaba cerca de uno de los tantos negocios que había en el campus. Avanzó hasta el mismo y pidió un café. Si hubiera sabido que cinco minutos después, Meg iba a entrar con su prometido, hubiera dado media vuelta hasta su auto y se hubiera largado de ese lugar.
Verla feliz le dolió. Verla sonreír, sonrojarse y actuar tan cariñosa con ese sujeto le hizo sentir demasiado mal. De reojo vio los anillos en sus manos. Por supuesto que las lindas facciones de la canadiense se desfiguraron al percatarse de Francis; desvió la mirada, causando la curiosidad inmediata en el hombre que le acompañaba. La última vez que se habían visto, irónicamente en el mismo negocio del campus, las cosas habían acabado más mal de lo que hubiera querido. De cierto modo ella le había mentido al decirle que se había casado… no sabía por qué se sentía mal si técnicamente ya era esposa de Oleksandr, pronto se cumplirían dos años desde que vivían juntos y casi cinco años desde que se hicieron novios… en menos de un año serían marido y mujer. Tímida, alzó la mirada para ver si tenía, de casualidad, la atención del gabacho sobre sí y al comprobarlo, le dedicó un casi imperceptible gesto, a modo de saludo.
Claro que se sintió mal cuando Francis le dedicó su peor mueca de indiferencia. No que esperara que el rubio le hablara y se comportaran como si fueran los mejores amigos de la vida, pero un saludo no se le niega a nadie. Al ver que el hijo del rector se iba, se disculpó con su prometido, aludiendo a que había olvidado algo en su oficina, de paso le pidió que le comprara chocolate caliente. Con el mayor disimulo, salió del negocio, cuando se vio fuera del campo visual de Oleksandr, aceleró sus pasos para alcanzar a Francis… y cuando estuvo justo atrás de él, quedó en blanco. ¿Qué se suponía que iba a decirle? "Hola, ¿qué tal? ¿Cómo has estado?" Quiso abofetearse sólo por haberlo pensado. Pero es que simplemente no podía dejarlo ir así sin más, después de todo él había sido muy importante en su vida y quería que al menos, si había una próxima vez que se vieran, al menos pudieran saludarse sin malas miradas de por medio.
Cuando vio a Francis voltear, el mutismo atacó a la norteamericana. Ella sintió que sus ojos se llenaron de lágrimas y automáticamente bajó la cabeza. Escuchó resoplar al hombre frente a ella y se puso más nerviosa.
—Oleksandr no es mi esposo —comenzó, simplemente dejando escapar lo primero que se le venía a la cabeza. —Esa vez, te mentí… él es mi prometido, nos vamos a casar en Agosto…
—¿Y qué pretendes que haga con esa información? —comenzó de manera hostil. —Marguerite, no pretendas hacerte mi amiga, sabes perfectamente que jamás podré verte como tal.
—Es tu culpa —poco a poco el nerviosismo abandonó su cuerpo para dejar paso al resentimiento. —Si me hubieras dado la oportunidad, podría incluso haberte perdonado y aceptado a tu hija… pero huiste como el cobarde que siempre procuraste esconder —soltó un suspiro de decepción, incapaz de encarar al gabacho. —Siempre me pregunté cómo pudiste hacerme eso luego de todo lo que pasamos juntos. ¿Nunca me quisiste? —inquirió en un hilo de voz.
—Te amé.
—¡Mentiroso!
—¡No miento! —alzó la voz, de igual forma que había hecho la mujer. —Cometí un error y no ha pasado un día sin que me arrepienta por haberte dejado ir, me arrepiento por apartarte de mi vida, ¿pero qué quieres que haga? ¿Llorar? ¿Perseguirte hasta que me aceptes? Han pasado años, somos adultos, no podemos seguir con tonterías de adolescentes. Hice mi vida y tú la tuya… lo único que me queda es desear no volver a verte porque cada vez que lo hago me siento peor que una mierda.
—Es tan triste que ambos nos sintamos así luego de todo lo que vivimos —dejó escapar una lágrima que limpió rápidamente. Se quitó las gafas e intentó sonreír, en vano, pues más lágrimas no tardaron en surgir. —Espero que… no nos volvamos a ver… por el bien de los dos.
—Va a ser lo mejor —mofó sin verdadera gracia. Dio media vuelta, dispuesto a ir a su auto para salir de una vez del campus, sin embargo antes de dar siquiera un paso, dio unas últimas palabras a quien fuera el amor de su vida. —De verdad espero que seas feliz.
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El ser recibido por un cariñoso abrazo por parte de su hija le ayudó a pasar el mal rato reciente. Sonrió ante el sonoro beso que Alexis depositó en su mejilla y le acarició la cabeza. Muchas veces se negó a creer que la adolescente se parecía un poco a Marguerite… cualquiera pudo haber creído que era en efecto hija de ambos… aunque tal vez sólo era la ilusión de las gafas que usaban ambas. Aceptó comer con ella, pues Alexis ya había pedido almorzar y sólo hizo basta servir otro plato. No pudo evitar preguntar por Katherine y soltó un disimulado suspiro de alivio al escuchar a su hija decir que había salido muy temprano y que aún no volvía. Almorzaron y luego apresuró a la muchacha para que se alistara… era su tradición ir por los regalos el veintitrés, aún con lo ajetreada que estaban las tiendas precisamente ese día, Francis tenía apartado ese día única y exclusivamente para su hija. Alexis asintió con la cabeza y corrió escaleras arriba para ir por su abrigo.
Y sí, estar con su hija era la mejor terapia que podía tener para subir su estado anímico. Ni siquiera las peleas con Katherine lograban afectarlo y es que sabía que la mujer no era adepta a que "acaparara" a Alexis por tanto tiempo. Gracias a la joven, lograba ignorar aquellos desagradables comentarios. Aunque eso sí, luego del divorcio, debía reconocer que Katherine actuó como una dama al no "envenenar" la cabeza de Alexis; siempre se dejó libre decisión a la adolescente.
—¿Qué tal te ha ido con tus clases en Paris? —inquirió unos segundos después de poner en funcionamiento el auto. Luego de que su hija manifestara su deseo por estudiar diseño de vestuario para así, en el futuro, optar a ser una reconocida diseñadora, no hesitó un segundo en apoyarla. Si bien hubiera preferido que estudiara algo con más… ¿cómo decirlo? Es decir, si estudiara ingeniería, por ejemplo, podría hacerse cargo de la empresa familiar y tendría el futuro asegurado, pero no se interpondría en su sueño, por lo que, a pesar de no gustarle del todo tenerla lejos, le compró un pequeño departamento cerca de la universidad, así mismo, se prometió cada mes a enviarle dinero para que pagara las cuentas y claro, para sus gastos personales así como los materiales para sus clases.
—Es mejor de lo que jamás soñé —comenzó con una enorme sonrisa. Ahora, a sus dieciocho años, agradecía enormemente el empeño que había tenido su padre en que aprendiera su natal francés, además de inglés que, evidentemente, le habría aún más puertas. —Los profesores son estrictos, pero con razón de ser, ¿no? Realmente amo lo que estoy estudiando.
Y a él sólo le bastaba eso para quedarse tranquilo. Si su hija era feliz, él también lo era.
Si hubiera sabido que aquella iba a ser la última vez que iría de compras con su hija, que sería la última vez que ambos bromearían probándose ropa horrible o que sería la última vez que el mayor "modelaría" para hacer reír a Alexis…definitivamente hubiera hecho que sonriera más, la hubiera abrazado más veces y le hubiera dicho más veces lo mucho que la ama. Así mismo, no hubiera perdido el tiempo peleando con Katherine y habría ido directamente a la habitación de su hija, pidiendo de antemano a la sirvienta que les llevara algo ligero para comer mientras seguían jugando con la ropa que recientemente habían comprado.
Pero no lo hizo.
Peleó con Katherine, salió de la casa, furioso, tras un portazo y sin despedirse de Alexis. Una vez tras el volante, se tomó unos minutos para calmarse y la llamó, disculpándose por haberse ido sin más, sin embargo prometió que al día siguiente iría a verla, porque ni Katherine iba a impedir que cenara con su hija en víspera de Navidad. Porque sí, una vez al año todos jugaban a ser una familia unida y feliz.
Y si bien aquella cena de Noche Buena transcurrió con tranquilidad, el postre fue un desastre total. Si Alexis hubiera sabido lo deprimido que estaba su padre, se hubiera ido con él, porque era evidente que no podía seguir bajo el mismo techo de su madre. Sus abuelos tampoco ayudaban a mejorar el ambiente, pero bueno, todos ya estaban más o menos acostumbrados a la brusca personalidad de Phillipe Bonnefoy y sus constantes peleas con Stephanie, su ex esposa. En vez de irse con su padre, Alexis se quedó ahí, preguntándose si, en el futuro, cuando se casara, de todas formas acabaría divorciándose. La muchacha salió de sus cavilaciones cuando escuchó decir a su abuelo que iría con su novia a tener una cena muchísimo más agradable. Sólo se puso de pie para abrazar a su padre, que se fue minutos después que su abuelo, y decirle que al día siguiente sería ella quien iría a su casa para que pudieran estar tranquilos y así poder disfrutar la tarde.
—Ya que el veinticinco va a ser sólo para nosotros, ¿te molesta que el veintiséis almorzamos con mi novio? Sólo lo conoces como el hijo de uno de tus amigos, pero quiero que lo conozcas más, ¿sí?
—Me tomé libre desde el veintitrés hasta el dos de enero, así que si quieres, y a él no le molesta, podemos pasar toda la tarde conociéndonos.
—¿En serio? —inquirió con una sonrisa y volvió a abrazar a su padre, musitando que era el mejor papá del mundo.
Y si hubiera sabido que era la última vez que lo iba a hacer, no lo habría dejado ir.
Tras cerrar la puerta de entrada tras de sí, Francis borró la sonrisa que le dedicaba a su hija, que si bien no era falsa, sólo lograba ella y nadie más. Vio la hora en su elegante reloj de pulsera… 23:25 pm, era relativamente temprano, pero por tratarse de Noche Buena, no había ni un alma en la calle. Pronto se sintió terriblemente solo y no pudo evitar preguntarse si en este momento estaría así si hubiera preferido quedarse con Marguerite… y es que aunque ella hubiera optado por no seguir con él a causa del engaño, pudo jurar que estaría mejor que ahora. Se sentó en el asiento del conductor y sacó su teléfono, contemplándolo varios segundos… no quería estar solo, así que se decidió a llamar a sus amigos. Antonio le respondió de inmediato, cosa que agradeció; le propuso ir a su casa y aceptó de buena gana. Ya no estaría solo. Llamó entonces a Gilbert… él tardó un poco más en contestar, pero a fin de cuentas lo hizo. Le escuchó inquirir preocupado si estaba bien y cuando iba a responder, la voz de Elizabeta se escuchó del otro lado, alegando no sentirse bien… los primeros dos meses de embarazo son los peores y, luego le reclamó a su esposo no atreverse a ir con sus amigos justo en ese momento… ya mañana podría hacer lo que le viniera en gana. Francis escuchó un "cálmate, marimacho, no me dejas escuchar" por parte de su amigo albino y luego le escuchó disculparse, aludiendo a que al día siguiente, a primera hora iría a su casa.
Se imaginó a Gilbert, abrazando y cuidando a su esposa y sonrió levemente. Lo envidiaba tanto… el germano logró todo lo que él quería en la vida; claro que le constaba que había luchado mucho para ello, que el camino no había sido uno de rosas sin espinas. Agradecía que fuera precisamente un hijo de él quien hiciera tan feliz a su hija. Se aprovechó de lo vacías que estaban las calles y condujo rápidamente a su casa y, apenas cruzó el umbral de la puerta, se quitó los zapatos, lanzándolos por ahí. Procuró dejar la puerta entreabierta para así no tener que levantarse cuando Antonio llegara. Se acostó en el sofá con el ceño fruncido al ver que no tenía ni una botella de vino en su casa. A regañadientes, buscó sus zapatos para volver a calzárselos y empujó al español antes de que entrara a su casa.
—¡Eh! ¿A dónde vamos, Fran?
—A vivir la vida, mon ami.
Dejó al castaño con las palabras en la boca. Subieron ambos al auto del gabacho, quien condujo buscando algún bar abierto… ya, sí, era víspera de Navidad, pero seguro había un bar donde se reunieran todos los que se sentían miserables en esa época. Si en las películas pasaba, también debía pasarle a ellos. Vio a Antonio apoyar el codo sobre la saliente de la puerta del auto; tenía una sonrisa muy amplia en el rostro… supuso que le había pasado algo bueno, porque conocía hace mucho al español y si bien sabía que era una persona alegre, no sonreiría de esa forma por nada.
—¿Pasó algo, Antoine?
—Fui a cenar con Lovina y nuestro hijo —musitó con una sonrisa aún más grande. —No puedo decir que fue la mejor cena del mundo, de hecho tuvo bastantes momentos incómodos, pero hubo un instante en que Adamo y yo tuvimos una charla padre e hijo.
—Creí que ibas a divorciarte de Lovina… es decir —rectificó. —Me habías dicho que ella estaba empeñada en pedirte el divorcio…
—No lo ha vuelto a hacer —guardó silencio; se escuchó sólo el ruido del motor por varios minutos. —La amo. Aún no me rindo a la posibilidad de volver con ella… y si ya definitivamente nuestra historia no da para más, quiero al menos poder llevarme bien con mi hijo.
—Aquella debería ser tu prioridad. No puedes rogarle a Lovina para siempre.
—Ella me quiere…
—¿Te lo dijo?
—Sí.
El rubio no agregó más. Pensó que tal vez su amigo aún tenía una última oportunidad para con la italiana, sin embargo no quiso decir nada, ni a favor ni en contra de aquella singular relación. Cuando por fin encontraron un bar, Francis no pudo evitar reír ante la penosa decoración con motivos navideños. En una esquina de la barra había un pequeño árbol de Navidad y parecía actuar como repelente, pues ninguno de los ahí presentes estaba cerca del mismo. Se acercó al barman y pidió una botella de vino para él y un Martini para el español… sabía de sobra lo agresivo que ponía el destilado de uva a su amigo y definitivamente no quería otra pelea. Antonio se preocupó al ver que el francés servía su segundo vaso, en tanto él aún no terminaba su trago.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada —su sonrisa habría engañado a cualquiera, menos a él y estaba seguro que Gilbert tampoco le hubiera creído. —Quiero hacer un brindis… por… nosotros —rió. —Los idiotas que arruinaron todo con las mujeres que amamos —dijo y bebió de golpe el contenido de su segundo vaso, no tardando el volver a llenarlo. —¿Tienes idea de la suerte que tienes? Lovina nunca formalizó con alguien más… encima tienes un hijo con ella, inevitablemente están vinculados para siempre.
—Francis…
—Toño, me siento bastante mal —vio al español terminar su Martini y no hesitó en hacer gestos al barman para pedir otro igual. —¿Te pasaba que cuando veías a Lovina te dolía hasta el alma?
—Mentiría si te digo que ya no me pasa. Me va a faltar vida para terminar de arrepentirme por lo que le hice y arruinar la oportunidad de vivir todo lo que siempre soñé.
—Marguerite me dijo que si le hubiera dicho la verdad, tal vez me hubiera perdonado y hasta me habría aceptado con mi hija —su voz tembló, se sentía tan mal, tan mal. —¿Puedes entender lo mal que me sentí con eso?
—No sacas nada ahondando en el pasado, lamentándote por lo que pudo haber sido… afrontar las cosas es la mejor forma de poder seguir con todo…
—Para ti… yo ya la perdí —terminó su nuevo vaso y cerró la botella aún con la mitad de su contenido. —Toño, no pretendo deprimirte, sólo quería hablar con alguien —la cálida mano del español sobre su brazo le hizo sentir un poco mejor, pero sólo un poco. —Estar aquí me deprime aún más. Volvamos a mi casa, ¿sí? Podemos comprar unas botellas y hablar toda la noche —rió sin ganas.
El español asintió con la cabeza. Aportó con dinero para las compras que hizo el gabacho y ayudó a acomodar todo en el asiento trasero del automóvil. Se mostró inquieto ante el deseo del rubio de manejar; Francis le tranquilizó, aludiendo a que se sentía bien, que no estaba mareado pues su resistencia al licor era bastante alta. Eso le constaba a Antonio así que dejó de preocuparse. Fatal error, literalmente fatal error.
Ninguno de los dos vio a tiempo el auto que venía directo a ellos. Antonio se desmayó debido al golpe que había recibido en el pecho, claro que antes alcanzó a ver, horrorizado, como la sangre se desparramaba por el rostro de uno de sus mejores amigos.
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No tienen idea de lo que me costó escribir esto. Lo peor es que no estoy del todo conforme con el resultado... me duele el brazo y me duele teclear :(
