Me verás volar por la ciudad de la furia
Donde nadie sabe de mí, y yo soy parte de todos.
Con la luz del sol se derriten mis alas.
Sólo encuentro en la oscuridad lo que me une
Con la ciudad de la furia.
Me verás caer como una flecha salvaje,
Me verás caer entre vuelos fugaces.
Te aseguraste de que la CTU quedara en buenas manos antes de cruzar sus puertas por última vez: llamaste a Chappelle, le explicaste la situación, arrojaste un par de chistes cargados de humor negro sólo para darte el gusto de irritarlo un poco, lo convenciste de que accediera a otorgar a Tony el mandato provisorio – aunque sabés bien que es muy probable que acaben por nombrarlo director oficial cuando esta crisis se acabe y tengan que empezar a reconstruir lo que destrozó -, y luego juntaste tus efectos personales, los metiste dentro de tu portafolio, echaste una última mirada a la que durante dieciocho meses fue tu oficina y bajaste los peldaños que conducen al piso principal, con tus ojos barriéndolo entero, observando que aún entre las paredes manchadas de humo y los pocos escombros que quedan sin levantar lo que más resaltaba eran las excelentes personas trabajando duro para frenar esa amenaza y salvar la vida de millones de ciudadanos.
Te llenan de orgullo, todos ellos, desde el más pequeño hasta el más grande.
Qué lástima que nunca se los hayas dicho.
Qué lástima que estés arrepintiéndote de ello cuando ya es demasiado tarde.
Ya es tarde para todo.
Para reconstruir tu relación con tu hijo y con tu ex esposa, volver a hablar con los amigos de los que ya hace bastante tiempo no sabés nada, ser un mejor jefe, ser un mejor ser humano...
Esta mañana le dijiste a Tony que si dentro de un año seguías trabajando en la CTU, te hiciera el favor de pegarte un tiro.
No sabías que ibas a morir durante el transcurso de las siguientes veinticuatro horas.
No vas a llegar a ver el año entrante; ni siquiera vas a llegar a ver el sol saliendo mañana por la mañana, y te arrepentís de no haber disfrutado de más amaneceres cuando todavía podías.
Afortunadamente, muchos otros despertarán mañana, y el día después de mañana, y los días que sigan a ese, porque esa bomba – de la que sos una víctima indirecta – no va a poner fin a la existencia de ningún otro ser humano: la única vida que va a cobrarse es la tuya.
Cuando dejaste la Unidad Antiterrorista de Los Angeles después de haber tenido esa última charla con Tony, te subiste a tu auto, lo pusiste en marcha, y mientras escuchabas al maestro Jimmy Hendrix por última vez, sumergiéndote en cada nota, en cada acorde, en cada palabra, te dirigiste al autódromo Norton.
Querías ver a esa maldita cosa ser destruida, estar ahí cuando acaben con ella. Pero cuando escuchaste que no podría ser desmantelada y que un piloto tendría que estrellarla en una zona específica del desierto y morir en misión suicida, un nuevo pensamiento se apoderó de tu mente, atrapándola, enredándola, clavándole sus raíces, intoxicándola con su miel venenosa: no vas a dejar que otro hombre sacrifique su vida cuando vos ya tenés la condena de muerte firmada por la mismísima garra de la parca.
Esa bomba te destruyó, bien. Va a ser la causante de tu fallecimiento, lo entendés.
Ella te destruyó a vos, y vos querés destruirla a ella.
No le ves sentido a irte a casa para seguir sufriendo dolores inaguantables, fiebre, mareos, hemorragias, problemas para ver y escuchar; querés utilizar tus últimas fuerzas, el último hálito de vida que te queda para encargarte de que esa cosa horrible destinada a destrozar la ciudad de Los Angeles no logre el cometido para el cual fue armada.
Claro que, cuando contaste tu idea a Jack Bauer, la única respuesta que obtuviste fue un rotundo no.
Un rotundo no acompañado de excusas baratas.
No, porque podrías desmayarte, perder el conocimiento, y que el avión se estrelle en una zona urbanizada, provocando así la explosión de la bomba antes de tiempo.
Excusas baratas.
No, porque podrías no calcular bien y equivocarte de coordenadas.
Excusas baratas.
No, porque él quiere hacerlo y va a hacerlo.
Excusas baratas, Jack. Este viejo no va a comprarlas.
Más que nunca fue obvio para vos en ese momento que Jack Bauer enfrenta una especie de deseo subconsciente de morir desde que su esposa fue asesinada y le ha tocado a él cargar con una culpa feroz que lo ha hundido bajo su peso a la vez que lo comía (sigue comiéndolo) por dentro. Es una lástima que no quiera salir de ese agujero negro y profundo en el que está metido, se te ocurrió, porque si intentara y lo lograra realmente tendría muchas posibilidades de ser feliz, reconstruir lo roto, crear cosas nuevas, hacer las paces con su hija. Es joven, después de todo, por mucho que las marcas en su rostro, las arrugas y las líneas de expresión tan fruncidas y tan tensas siempre digan otra cosa.
Todas excusas baratas detrás de las cuales se escondía su deseo de poner fin al sufrimiento con el que viene cargando.
No sos bueno dando consejos – al menos eso consideras -, pero algo de lo que te jactas es de saber leer a la gente.
Así fue como te diste cuenta de que Tony sería el indicado para seguir dirigiendo la Unidad una vez que vos quedaras fuera del juego.
Así fue como te diste cuenta en cuanto llegó que Michelle Dessler no había solicitado una entrevista de trabajo en la CTU porque quería explorar nuevos horizontes y ampliar su carrera más allá de los límites de División y Distrito, si no que venía escapándose de algo o de alguien que estaba atormentándola, hipótesis que se fundamentaba – entre otras cosas – en el hecho de que Chappelle hubiera insistido en que se le diera el puesto.
"George, tengo el enorme placer de anunciarte que tu penosa rutina de entrevistas ha finalizado" te había dicho, mostrando su típica sonrisa forzada para ocasiones que ameritan hacerse el simpático. Sin embargo, siempre tuviste el presentimiento de que Michelle le cae bien de verdad, lo cual no te extraña, porque Michelle es una de las pocas personas que has tenido el gusto de conocer que les cae bien a todos.
Nueve meses han pasado desde el día en que llegó a la CTU.
Parece mentira, la forma en que se nos escapa el tiempo...
Todavía te acordás lo pasmado que se quedó Tony cuando Chappelle los presentó diciendo algo así como 'Agente Almeida, ésta es la Agente Dessler'; todavía te acordás la mirada de furia que te echó cuando cinco minutos después – cuando Ryan ya se había ido de vuelta a División a lidiar con su tan amada burocracia y Michelle estaba acomodándose en su escritorio – pasaste a su lado y le aconsejaste en tono burlón que disimulara más y la mirara menos.
Durante los últimos nueve meses, gracias a tu capacidad para leer a la gente, fuiste testigo presente de cómo la atracción a primera vista se transformó en amor, dando luego el amor paso a una locura dulce y profunda y a una adoración silenciosa que – según tu punto de vista – ha estado matándolos a ambos lentamente: a él porque le cuesta salir de ese agujero en el que se ha hundido después de lo que pasó con Nina, dejar caer las enormes paredes que ha levantado a su alrededor y confiar en alguien otra vez; a ella porque su evidente falta de autoestima y el miedo a herirlo más la mantienen lejos, sin saber cómo actuar, sin saber qué hacer, sin saber cómo o cuándo dar los pasos indicados.
Que algo tan lindo les haga mal es una pena, le dijiste hoy cuando segundos antes de entrar a la habitación en que estaban Warner y Nayieer para interrogarlos se detuvieron en el pasillo y aprovechaste para darle algo así como un ultimátum.
Es verdad eso de que por ella sentís un cariño especial, que es la hija mujer que te hubiera gustado tener.
Cuando eras joven e idealista y soñabas con ser maestro, cuando Reese y vos estaban felizmente enamorados, imaginaban el futuro muy distinto a cómo todo resultó ser, y dentro de esos planes se encontraba tener un nene y una nena. Reese y vos se divorciaron cuando tu hijo era aún muy pequeño, antes de que tuvieran la oportunidad de escribir otra carta a París, como lo hubiera denominado tu abuela (y ahora que pensás en ella te preguntas si van a encontrarse dentro de un rato).
Michelle es la clase de hija de la que te hubiera encantado ser padre, la clase de hija de la que te hubieras sentido orgulloso: es un excelente ser humano, se mantiene firme junto a sus creencias y las defiende hasta el final, ama su trabajo porque le permite ayudar a salvar las vidas de personas inocentes.
Conocés su historia. Conocés lo difícil que fue su infancia. Conocés lo triste que ha sido su vida hasta ahora. Está todo en su informe, todo. Y el hecho de que haya logrado convertirse en lo que es hoy aún habiendo atravesado tanto dolor y abandono, la hace más merecedora de tu respeto y admiración: no guarda rencor, ni resentimiento contra su mamá; no odia a la vida ni maldice a Dios por haber perdido a su papá siendo tan chiquita; no hizo a quienes la rodean miserable simplemente porque las cosas no salieron como tendrían que haber salido, como le hubiera gustado que salieran.
La pobre chica merece un poco de felicidad, y sabés que más allá de las diferencias que hayas tenido con él a lo largo de los años, Tony es una buena persona y puede hacerla muy feliz.
Esperas haberlos ayudado un poco con ese empujoncito que les diste a ambos. Sabés que Michelle captó bien el mensaje porque minutos después los viste hablando, los dos sonriendo, perdidos en los ojos del otro, probablemente discutiendo un tema que nada tenía que ver con el trabajo. Ahora la pregunta que te da vueltas en tu cabeza llena de cosas durante los últimos minutos que te quedan de vida es si él podrá deshacerse de sus demonios y animarse a comenzar una nueva etapa en su vida.
Crees que sí.
Ojalá que sí.
En eso estás pensando, en el futuro de los que a diferencia tuya sí van a ver la luz del día de mañana, cuando sin que Jack se dé cuenta te subís al avión y te escondes en la oscuridad de la parte de atrás de la cola, abrazando fuertemente al paracaídas que tomaste, repitiéndote mentalmente que podés hacer esto, que va a salir bien.
Esperas a que hayan pasado la zona urbanizada y comiencen a adentrarse en el tramo anterior al desierto para hacerte notar: no querés que Jack cometa la locura de sacrificar unos pocos minutos, aterrizar el avión, hacer que te bajen a la fuerza y seguir adelante con su misión suicida. Durante el trayecto te mantuviste muy callado y muy quieto, sin siquiera pestañar por miedo a que Bauer te escuchara; aguantaste las ganas de toser, aguantaste los jadeos que querían subir por tu garganta y escaparse de tu boca cuando respirar se volvía dificultoso, aguantaste la necesidad de presionar con la mano las hemorragias de las lastimaduras en los brazos por miedo a que no pudieras contener un gruñido de dolor.
Aguantaste las lágrimas que pugnaron por formarse en tus ojos y recorrer tus mejillas cuando escuchaste a Jack despedirse de Kim por teléfono (una despedida tan distinta a la tuya con tu hijo un par de horas atrás, cuando hiciste que lo trajeran a la CTU para poder tener una última conversación antes de tu muerte), pidiéndole perdón por todo y haciendo que prometiera que sería feliz y se convertiría en la clase de persona que hubiera enorgullecido a Teri Bauer. Tan desgarrador fue ese adiós... El llanto de la pobre criatura se escuchaba como si estuviera ahí, dentro de esa cabina, y por un momento te recorrió un odio intenso hacia Jack por hacerle eso a su pobre hija.
Pero también te aguantaste las ganas de zamarrearlo y gritarle unas cuantas verdades.
Son las diez de la noche con cuarenta y cinco minutos, anuncia tu reloj, y sabés que faltan quince minutos para que la operación deba llegar a su momento culminante. Si hacés notar tu presencia ahora, quizá puedas convencer a Bauer rápidamente de que salte con el paracaídas y se escape del radio de la explosión, se esconda detrás de alguna de las grandes montañas y avise a la CTU para que vayan a buscarlo cuanto antes.
Toses suavemente, pero los oídos de Jack captan el sonido – que para cualquier otro ser humano hubiera pasado desapercibido, especialmente con el barullo que hay ahí arriba – y el agente dentro de él toma el control, haciendo que muy despacio y con precisión se dé la vuelta, sosteniendo entre sus manos el arma que acaba de desenfundar, listo para atacar certeramente en caso de que se trate de algún terrorista tan suicida como él que planea desviar el avión, llevarlo de vuelta a Los Angeles y estrellarlo allí.
"¡No se mueva!" grita.
Y no podés evitar reírte.
"Ey, ey, el servicio ya es lo suficientemente malo en este avión; no tenés que dispararme" bromeas, tu sarcasmo siempre presente, ese sarcasmo que querés que te acompañe hasta el final.
"George, ¿qué demonios estás haciendo acá?" reacciona, mirándote sin dar crédito a sus ojos, reparando en tu aspecto desalineado, tu camisa desabotonada, la piel roja y cubierta de sudor, los ojos inyectados de sangre.
Pero me siento bien, y puedo hacer esto. Me siento bien y voy a hacer esto.
"Tenía ganas de dar un paseo" decís inocentemente.
"¿Cómo demonios te subiste a este avión?" sigue con su interrogatorio.
"No fue tan difícil" explicas "Para ellos todavía sigo siendo la cabeza de la CTU" decís, refiriéndote a los guardias que te dejaron acceder a la pista de aterrizaje sin hacerte ni la mitad de las preguntas que te ha hecho Bauer desde que te dejaste descubrir.
"Hijo de..." murmura entre dientes apretados, por un momento apartando la vista de vos y fijándola en la tabla de controles.
"Traje algo para vos" continuas "Es un paracaídas" lo levantas en tu mano para que lo vea.
"Sé lo que es George" te contesta, irritado "Pero ya te lo dije: voy a estrellar este avión" se mantiene firme en su postura, en su obstinación.
Exhalas un largo suspiro, mezcla de la exasperación que sentís y la incapacidad para respirar bien, y te acercas a él, hasta quedar justo detrás.
"Eso podrá haber tenido sentido allí abajo en tierra, pero reconozcámoslo Jack: la parte difícil se acabó. Despegaste, te alejaste de la ciudad... ¿Qué queda por hacer? Volar en línea recta, nivelarse y llevar el avión a la depresión" lo hacés sonar como si fuera pan comido "¿A caso no tengo razón?" preguntas retóricamente usando un tono de voz más suave, ya que ves en la cara de Bauer cómo las facciones se contraen formando un gesto que da a entender que está comenzado a considerar tomar en cuenta la oportunidad de salvación que estás ofreciéndole.
El problema es que no tiene mucho tiempo para perder considerando nada.
"Al menos que, claro, quizá quieras morir" comentas como quien no quiere la cosa, pero con firmeza y con seguridad, sin que ninguna sílaba tiemble, sin dejos de sarcasmo, sin nada que no sea la simple y pura verdad.
Jack se da la vuelta, te mira por un breve segundo, y luego vuelve a girar la cabeza hacia delante, por lo cual la pregunta que susurra la escuchas mientras observas su nuca cubierta de cabello rubio.
"¿De qué estás hablando?"
Vuelve a mirarte, y le decís por primera vez lo que otros no se han animado a decirle:
"Tenés un deseo a la muerte desde que Teri falleció. Después de lo que ha ocurrido en tu vida durante el último año y medio, este plan quizá no sea una idea tan mala" está escuchándote, atentamente, absorbiendo las palabras, procesándolas con rapidez en su cerebro, con el ceño fruncido "Te vas envuelto en gloria, uno de los más grandes héroes de todos los tiempos, dejas tus problemas atrás" es como si estuvieras leyéndole la mente "Esta podría ser una manera fácil de escapar, ¿no?" proseguís con tu análisis.
Se producen unos segundos de silencio, rotos por un pequeño ataque de tos que te sorprende. Se da la vuelta para mirarte otra vez, y cuando logras calmarte y recuperar la voz, seguís hablando antes de que él tenga tiempo de agregar algo; después de todo, no les sobran los minutos como para que arme un berrinche y vos tengas que repetir lo que acabas de decirle otra vez hasta que se le grabe en el cráneo.
"¿Querés ser un héroe de verdad? Entonces esto es lo que hacés: volvés a Tierra y pegas las piezas" estás refiriéndote a los pedazos rotos de su historia ", encontrás una manera de perdonarte a vos mismo por lo que le pasó a tu esposa, arreglas las cosas con tu hija" lo que daría yo por volver las manecillas del reloj hacia atrás y arreglar las cosas con mi hijo; lo que daría por tratar de salvar mi matrimonio, y quizá tener otro hijo, una nena, que hubiera crecido para convertirse en la clase de persona que es Michelle "y seguís sirviendo a tu país. Eso sí requeriría muchas agallas"
Cabizbajo, esperando que no lo notes, limpia las lágrimas que se han formado en sus ojos pero que se rehúsan a caer.
Los dos miran el reloj del avión, que con números enormes anuncia que faltan doce minutos con treinta y siete segundos antes del momento en que el avión debe ser estrellado.
Está meditándolo, considerándolo, contemplándolo.
Está casi convencido.
"Vamos Jack, tenés doce minutos" lo apuras "¿Qué vas a elegir?, ¿querés vivir o no?"
Qué pregunta, Dios.
Se da vuelta despacio.
"¿Realmente crees que podés hacer esto?"
"Sí" contestas con seguridad absoluta, sin dar paso a atisbos de duda o dubitación algunos.
"¿Estás absolutamente seguro de que podés hacer esto?" repite, marcando cada palabra, cada sílaba, con fiereza.
"Jack, tengo que hacer esto" es tu resolución final, esperando poner fin a la discusión de una buena vez por todas antes de que sea demasiado tarde para los dos.
Te sentás a su lado en el lugar del copiloto, y comienza a darte instrucciones.
"Tenés que mantener esta altura y esta velocidad. Luego inicias una caída en ángulo de treinta grados"
Asentís con la cabeza.
"¿Eso no va a hacer que me estrelle antes?" preguntas.
"Ese es el punto. Tenemos que estar certeros de que la bomba ya está dentro de la depresión antes de que explote"
Volvés a asentir con la cabeza, más vigorosamente.
"Entendido"
El silencio vuelve a caer en el avión, sólo roto por los típicos ruidos del mismo. Jack y vos permanecen sentados en sus sitios, con la vista hacia delante, y pensás que quizá ni una palabra más sea pronunciada hasta el momento en que tenga que ponerse el paracaídas y saltar para dejarte solo y con la misión en tus manos.
Pero te sorprende cuando susurra con una sinceridad que te cala hasta los huesos:
"Gracias, George"
Ese 'gracias' implica muchas cosas.
Es un 'gracias por haber sido testarudo y haberte escabullido en el avión'.
Es un 'gracias por haberme dicho unas cuantas cosas que hace tiempo necesitaba escuchar'.
Es un 'gracias por haberme hecho ver que de las cosas tenemos que ocuparnos cuando todavía nos queda tiempo'.
Y ese 'gracias' que tanto encierra, hace que tu corazón ya adolorido y listo para rendirse en la batalla lata un poco más fuerte, y en los minutos anteriores a tu muerte te sentís más vivo que nunca.
Con un leve movimiento de cabeza dejas en claro que no hace falta decir más.
Respira hondo, y procede a prepararse.
Pensaste que no tardaría en ponerse el paracaídas y saltar, pero ya son las diez de la noche con cincuenta y dos minutos y todavía sigue ahí, iluminando el comunicador del avión con una linterna, presionando los números.
"Vamos, Jack, ponete el paracaídas y salta" lo apremias.
"Voy a quedarme con vos tanto como sea posible"
"Puedo hacer las cosas, Jack, estoy bien" insistís.
"George, esto no es negociable: voy a saltar cuatro minutos antes del impacto. Eso va a darme el tiempo suficiente para llegar a escaparme del radio de explosión"
Ignorando cualquier cosa que puedas tener para decir, se calza los enormes auriculares color crema y comienza a hablar con la operadora de Norton.
"Habla Jack Bauer, comuníquenme con CTU... ¡Tony! Habla Jack. Necesitamos que pongas un helicóptero en el aire ahora mismo. Tenemos un cambio de planes acá arriba"
Pagarías por poder ver la cara de Tony cuando escuche lo que Jack va a decirle a continuación:
"Voy a salirme del avión y George va a estrellarlo"
Siguen un par de segundos de silencio antes de que Jack vuelva a hablar:
"Tony, George es capaz de hacerlo, está lúcido, está en buena forma" sí, claro "Quiere hacerlo, y puede"
Aliviado, Bauer te hace una señal indicando que aprueba el plan y que va a enviarle el helicóptero.
Cuando ves que está a punto de hacer el amague de cortar la comunicación, le arrancas el aparto de las manos y hablas apremiante, queriendo asegurarte de hacer una última cosa buena por dos personas a las que les tenés enorme aprecio antes de estrellar un avión cargado con una bomba nuclear en el desierto.
"Tony, no te olvides de lo que te dije" son tus únicas palabras, y luego cortas antes de que pueda agregar algo.
Tus últimas palabras a él.
Tu último empujoncito para acercarlo a ella.
Esperas que haya entendido lo que quisiste decirle. Esperas que ese 'algo' que le pediste que hiciera 'por vos' unas horas atrás se quede grabado en su mente y taladre su cerebro hasta que se decida a ir y jugarse por lo que siente. Esperas que el momento en que los dos puedan encontrar la felicidad juntos no esté muy lejos, que no pierdan el tiempo, que no dejen que los ahogue y aturda el ruido de fondo.
El resto, el resto es ruido de fondo. ¿Cómo fue que no te diste cuenta de eso antes?, ¿cómo fue que recién hoy lo entendiste?
Cuando te quedaba poco y nada sobre esta Tierra, sí, pero al menos llegaste a entenderlo, a diferencia de otros que dejan este mundo sin haber comprendido cómo son las cosas.
El resto, el resto es todo ruido de fondo.
Hoy le confesaste a Michelle algo que saben personas que pueden contarse con menos de los dedos de una mano: antes de que DOD te ofreciera más dinero, querías ser maestro. Querías enseñar, querías dejar un legado, querías ayudar a la formación de los demás, poner una semilla en ellos para que crezca y florezca y den al mundo cosas buenas. Querías plantar algo en tus alumnos, y que esos alumnos se convirtieran en adultos de los cuales pudieras sentirte orgulloso.
Quizá no realizaste tu sueño enteramente, pero te vas con la satisfacción de haberlo cumplido... en parte.
Tus empleados, muchos de ellos, fueron tus alumnos. De una u otra forma, querés creer que algo de vos habrán aprendido.
Michelle, de Michelle te sentís orgulloso, mucho, aunque nada hayas tenido que ver en eso. Pero sabés que con gente como ella trabajando al servicio de los Estados Unidos de América, no todo está perdido.
De Tony también te sentís orgulloso. Lo dejaste a cargo porque sabés que va a desenvolverse excelentemente en su papel como director de la CTU. Sabés que es el indicado. Sabés que probablemente Chappelle y División accedan a que conserve el puesto. Te enorgullece saber que de alguna forma en algo influiste para que sea el agente que es hoy.
Con alguna lección tuya alguien debe quedarse, ¿no? Ojalá que sí. Ojalá que en el futuro Michelle se acuerde de eso que le dijiste: no te quedes sentada esperando a que la vida te pase. Encontrá algo que te traiga felicidad, y hacelo. Porque el resto, el resto es todo ruido de fondo.
Tan hundido estás en tus pensamientos, que los minutos se deslizan casi sin que te des cuenta.
Es la voz de Jack lo que te interrumpe y te saca de tus reflexiones finales:
"Bien, estoy listo" anuncia, y cuando miras el reloj te das cuenta de que quedan sólo cinco minutos.
Cinco minutos más antes de mi muerte.
"George, ¿hay algo de lo que querés que me ocupe?"
Qué pregunta. De tantas cosas te gustaría haberte ocupado vos cuando todavía podías... Que Jack se ocupe de lo suyo, que ya es bastante. Que no cometa los errores que cometiste, que se encargue de ser feliz. Quisieras poder decirle las mismas palabras que le dijiste a Michelle, pero sentís la garganta y los labios secos, y lo que te sale al intentar hablar es otra cosa:
"No, no. Antes de irme dejé las cosas dentro de todo arregladas. Incluso tuve la oportunidad de pasar algo de tiempo con mi hijo" su mención hace que te preguntes si alguna vez habías hablado a alguien de tu trabajo acerca de tu hijo.
"No sabías que tenías uno" comenta Jack, confirmando tus sospechas.
Respiras hondo, tratando de no perder la poca compostura que te queda, tratando de respirar dentro de patrones normales, tratando de no largarte a llorar.
"Me alegra que hayas tenido oportunidad de verlo"
"A mi también"
"No creo que a él le haya dado mucho gusto" reflexionas en voz alta "Pero sabés" no podés no decirlo, no podés no asegurarte de que alguien se encargue de él ", realmente me gustaría que le echaras un ojo de vez en cuando"
"Voy a hacerlo" promete.
Va a cumplir con esa promesa, lo cual es algo así como un alivio.
Un sollozo que no podés ahogar se te cuela por entre los labios, y al sentir la mano de Jack apoyándose firmemente sobre tu hombro tenés que esforzarte mucho por no largarte a llorar y desahogarte del todo.
Palmeas su mano, el último contacto humano que vas a sentir.
"Es tiempo" susurras.
"Lo es"
Segundos más tarde, se coloca el casco y las gafas, abre la pequeña puerta y salta.
Comienzan así tus últimos cuatro minutos de vida, que serán pasados arriba de ese avión, en soledad, antes de que con una curva inclines el aparato y lo estrelles dentro de la depresión en el desierto.
Sentís la sangre latiendo en las venas de tus sienes, y la cabeza se te llena de pensamientos sobre lo que está a punto de pasar.
Debe haber al menos media docena de agencias del gobierno monitoreando al avión, observándolo en enormes pantallas, sin querer perderse ningún detalle. Van a observar al avión volar, van a saber que hay un hombre ahí dentro que va a sacrificar su vida en un acto patriótico, pero ni deben haber prestado atención a tu nombre.
Millones de americanos van a enterarse que un 'héroe' piloteó el avión y encontró la muerte al hacerlo, millones de ellos van a estar embargados por la emoción, van a estar conmocionados, ¿pero en la mente de cuántos va a quedar tu nombre grabado para siempre? ¿Cuántos van a recordarlo después de leerlo en los periódicos o escucharlo en las noticias?
Pocos, pero no es algo que te moleste.
No te molesta que no sepan de vos, que no sepan tu nombre. No pretendes que se levanten estatuas o te condecoren post-mortem. No importa, realmente.
Un nombre es un nombre, y al fin y al cabo va a quedar cubierto por el polvo, tanto en lo físico como en las memorias de los ciudadanos de Los Angeles y de los habitantes de los Estados Unidos.
No te interesa que recuerden tu nombre, porque sabés que aunque con el tiempo muchos lo olviden, siempre vas a hacer parte de todos.
Vas a hacer parte de la vida de los que esta noche o mañana se enteren que un hombre llevó a cabo una misión suicida para salvarlos de una catástrofe. Por más que no sepan de vos, que nunca te hayan conocido, que no lleguen a saber de vos más que tu nombre (que luego olvidarán, la mayoría), vas a ser parte de ellos.
Miras por la ventanilla al cielo oscuro de California por una última vez antes de comenzar la maniobra, que no va a llevar más de medio minuto.
Cuánto deseas tener un ratito más para contemplar ese cielo oscuro por todas las noches que te quedaste encerrado en una oficina trabajando.
"Es tiempo" repetís para vos mismo.
Esas van a ser tus últimas palabras.
El avión comienza a descender, y tus últimos pensamientos son que – a pesar de que no crees y nunca contemplaste creer en algo como la reencarnación – después de muerto vas a volver.
Vas a volver en todos aquellos que nazcan en el futuro, porque evitaste que los que serán sus padres murieran hoy.
Vas a volver en todos aquellos que crezcan para convertirse en hombres y mujeres útiles y de bien que servirán a su país.
Vas a volver en todos aquellos que enciendan sus radios y escuchen a Hendrix arrancarle esos sonidos a la guitarra y se les estremezca la piel al disfrutar del músico más grande de la historia.
Vas a volver en todos aquellos que encuentren el verdadero amor y lo disfruten, porque este 4 de septiembre se salvaron de morir trágicamente.
Vas a volver en todos los que sean sacudidos de tal manera por lo cerca que estuvieron de ver a Los Angeles volar por los aires y decidan cambiar sus vidas, concentrarse en lo que importa, ser felices e ignorar el resto.
Porque el resto, el resto es todo ruido de fondo.
Vas a volver en todos los patriotas que entonen el himno y contemplen las estrellas y franjas de la bandera llenos de orgullo.
Vas a volver en todos los que se animen a hacer realidad sus sueños, aún cuando quizá otros piensen que ya es demasiado tarde.
Vas a vivir en cada persona que sea salvada el día de hoy gracias a tu sacrificio.
Ese es, George Mason, tu último pensamiento.
Caes, te ven caer como ave de presa, como flecha salvaje, entre vuelos fugaces, mientras tus alas se derriten y tarareas una melodía de Hendrix, el último sonido que vas a escuchar.
Son las diez de la noche con cincuenta y ocho minutos, y una bomba nuclear ha estallado en la ciudad californiana de Los Angeles, en el desierto, transportada por un avión piloteado por un hombre del que nadie sabe todavía, pero que ya es parte de todos.
Un hombre que no creyó fuera recordado su nombre después de que la crisis pasara, pero que estaba seguro de que volvería a la Tierra en la forma de todos aquellos que mañana vean salir el sol gracias a su acto heroico.
Un hombre que lejos estaba de sospechar, su nombre no sería cubierto por el polvo.
