Lo siguiente tiene lugar entre las 2:00 y las 3:00 de la madrugada del 5 de septiembre.

Los hechos ocurren en tiempo real.


Toda mi dulzura péndula sobre ti.

Amo dejarte así,

Amo quedarme así.

Las cosas siguen retorciéndose más, hasta tal punto que tanta información toda junta en tu cabeza adolorida amenaza con hacerla estallar.

El hombre que llamó a Jack Bauer para decirle que tenía información que podría interesarle acerca de la veracidad del audio de Chipre era nada más y nada menos que Jonathan Wallace, el séptimo comando que asesinó a sus compañeros en el aeródromo Norton y escapó. Con intenciones de negociar con Jack sin la CTU de por medio, le propuso encontrarse en un almacén abandonado para arreglar ciertos asuntos antes de proceder a entregarle las pruebas que confirman que Syed Alí estaba diciendo la verdad, asuntos que involucraban a Kate Warner. Sin embargo, un grupo de hombres armados que quería impedir que eso saliera a la luz (probablemente contratados por la misma mente macabra que se encargó de mandar a fabricar la grabación) rodeó el almacén abandonado en que se hallaban Jack, Wallace, Auda y Kate, por lo cual el primero te llamó para pedirte que le enviarás imágenes infrarrojas tomadas por satélite para saber la cantidad de hombres esperando para atacar y sus posiciones, y aumentar sus posibilidades de escaparar con vida.

Sabías que Carrie te vigilaba, por eso pusiste a analizar más de cien cuadrantes, y debido al hecho de que las entradas y salidas de tu computadora estaban siendo monitoreadas tampoco tuviste más opción que ir al baño con tu computadora de mano y esconderte dentro de una de las cabinas para poder llamar a Jack sin arriesgarte a que te atraparan.

Sin embargo, te atraparon.

Dios, cuando lo viste ahí de pie frente a vos comiéndote con los ojos el corazón te latía tan fuerte que pensaste que ibas a desmayarte allí mismo. Mentirle con tal descaro – a pesar de que sabías que él no estaba comprando esas mentiras – te punzó tanto que cada palabra era como una cuchillada al alma, como si estuvieran quemándote viva, como si estuvieran torturándote.

Dios, cuando cerró su mano alrededor de tu brazo con tanta fuerza sentiste que te morías de amor, que agonizabas, que te ahogabas, que no podías respirar, que estabas más viva que nunca, todo al mismo tiempo.

Fue algo así como una versión modificada de ese sueño que tenés todas las noches en el que él y vos se encuentran en algún pasillo oscuro, él te toma en sus brazos y deja que sus caricias digan lo que en palabras no se anima a decir. Sentiste el lenguaje de la piel quemándote, devorándote, y el lenguaje hablado haciendo que los sentidos del tacto y del oído se mezclen, destrozándolo todo, confundiéndolo todo. Tus ojos y los suyos gritaban lo mismo, tu piel y su piel gritaban lo mismo, pero de tu boca y de la suya no salían más que las frases equivocadas.

Lo mismo sucedió cuando fuiste a disculparte después de que finalmente ya no pudieras sostener la farsa por más tiempo y te vieras obligada a decirle que Jack estaba efectivamente en Studio City; lo mismo pasó cuando te increpó furiosamente para que te quebraras y dejaras de cubrir el plan no-oficial de Bauer: tu cuerpo y el suyo se pedían el uno al otro con alaridos, tu mirada y la suya expresaban claramente que no querían nada que no fuera dejar de actuar de ese modo y fundirse el uno en el otro, necesitaban tocarse, abrazarse, besarse, romper con la tensión, quitarse el miedo de una buena vez por todas, dar rienda suelta a los sentimientos... Pero las emociones mezcladas y mal canalizadas del día se metieron en el medio, y lo arruinaron todo, haciendo que por entre sus labios y los tuyos se desplazaran palabras que en realidad no hacía falta decir.

El lenguaje de la piel siempre es mejor, pero cuando estás trabajando en la CTU bajo presión absoluta desde hace casi veinte horas, cuando no comiste en un día entero, cuando lo único que ingeriste fue café, cuando hay tanto en juego, cuando las opiniones difieren y no hay manera de conciliar, cuando las vidas de millones de personas penden de un hilo, cuando el amor es tan grande que ya no cabe dentro del cuerpo y amenaza con explotar, las palabras siempre se meten en el medio para arruinar todo.

Te preguntó qué querías de él, y en el momento no pudiste expresarte, y simplemente contestaste que habías ido ahí para pedirle disculpas. ¿Por qué no le dijiste que subiste hasta su oficina porque querías verlo?, ¿por qué no le dijiste que lo que querés de él no es nada más y nada menos que el resto de su existencia? Porque las frases no se formaron en tu garganta, porque no era el lugar, no era el momento.

Ya van a llegar el lugar y el momento – ese pensamiento es lo que te mantiene viva –, ya vas a tener oportunidad de decirle todo, de descargarte, de abrir el corazón, de hablar con la piel. Hubo momentos en los que temiste que la necesidad de mentirle para proteger tu creencia de que existía la posibilidad de evitar que el país entrara en guerra iba a costarte tu sueño de ser feliz, pero ahora sabés, sentís, experimentaste en carne propia que está perdidamente enamorado de vos, y que lo que llegue una vez que esta crisis acabe va a ser mejor que lo que estás dejando atrás.

No hicieron falta palabra para que lo supieras: te lo dijo su piel.

Pero eso no quiere decir que puedas evitar los ataques de ansiedad que amenazan con hacer que colapses; que puedas evitar tomar café con leche, azúcar y crema en cantidades excesivas en un intento de sacarte de la garganta ese gusto ácido y ardiente; que no te preocupe la salud mental de Danny y cuán alterado suena a través del teléfono cuando te llama cada cinco minutos al borde de un ataque de pánico; que no sientas el cansancio cobrándose las horas que llevás trabajando; que no te preocupes por Carrie y por lo que pueda llegar a hacer; que no sientas bronca ante el hecho de que Carrie haya espiado tus archivos.

Entendés que como director de la CTU era su deber, y que podría haber sido mucho más duro en su tarea de hacer que le dijeras dónde estaba Jack; entendés también que él no sabe (no porque no haya preguntado, si no porque no quisiste contárselo) toda el agua que ha corrido bajo el puente en lo que respecta a Carrie, sabés que no te lo hizo a propósito (y si te lo hubiera hecho a propósito, admití, se lo perdonarías igual), pero sentís bronca de todos modos.

Estás al teléfono con Danny otra vez, tratando de calmarlo, diciéndole que no puede llamarte al trabajo cada diez minutos, prometiéndole que vas a ir a verlo y a ocuparte de él en cuanto puedas, asegurándole que va a estar todo bien, cuando por el rabillo del ojo ves venir a Tony.

"Tranquilizate" le pedís a Danny en susurros desesperados, a la vez que tratás que no se note que estás ansiosa por colgar porque no querés herir ninguna de sus múltiples susceptibilidades "Voy a llamarte en cuanto pueda" prometés "Pero ahora me tengo que ir, tengo que..."

No te deja terminar de excusarte: corta la comunicación con otro golpe violento antes de que puedas decir algo más en tus intentos vanos de calmarlo.

Lo amás, aunque tu relación con él haya ido de mal en peor prácticamente desde sus comienzos; te preocupás por él – quizá más de lo debido porque te sentís culpable por lo que le pasó -, querés que esté bien, querés que mejore, que reconstruya los pedazos de su vida y vuelva a empezar, que no deje que un error lo marque para siempre. Te gustaría poder ir y ayudarlo, ocuparte de que coma algo, de que duerma, de que tome la medicación, de que esté tranquilo, pero en estos momentos no podés.

"Ey..." es su voz, llamándote suavemente, guiándote fuera de la burbuja de pensamientos en la que caíste inmersa.

"Hay algo mal con los teléfonos" comentás sin saber por qué, gesticulando con la cabeza y alzando la mano que todavía sostiene el tubo del aparato, simplemente para decir algo y no quedarte de pie ahí mirándolo embobada.

"Sí, la red está sobrecargada desde que la bomba explotó"

Te alegra que su voz se haya suavizado muchísimo; es la misma de antes, la que siempre te habla con dulzura y delicadeza, la que se reproduce todas las noches en tu mente antes de que te quedes dormida abrazada a la almohada.

"¿Con quién estabas hablando?" pregunta, no inquisidoramente ni de la manera agresiva en que lo hizo menos de una hora atrás cuando te increpó acerca del paradero de Jack y los cuadrantes satelitales que habías estado revisando; más bien es una pregunta curiosa.

"Con nadie" mentís. No querés contarle de Danny, de sus delirios, paranoia, depresión y otros doscientos problemas que conforman la lista de sus asuntos a tratar, no en este momento "¿Qué pasa?" tratás de desviar la conversación hacia el motivo por el cual se acercó a tu escritorio.

"Jack acaba de llamar. Dice que consiguió que Wallace le diera la evidencia"

"¿El presidente sabe?" es lo primero que se te ocurre decir, ya que lo que importa acá es lo que David Palmer decida hacer con las tropas militares que van camino al Medio Oriente.

"No. Todavía no confirmamos que sea auténtico"

Das un paso hacia delante, para acercarte más a él, y mirándolo a los ojos le decís con voz firme:

"Tony, el presidente está actuando bajo la idea de que el audio de Chipre es real"

"Y esto podría probar que no lo es, lo sé" reconoce.

"Tony, tenés que llamar al presidente" es más que insistir lo que estás haciendo, es casi una plegaria, es casi un ruego. No pueden tener en sus manos el conocimiento de que Jack está dirigiéndose a la CTU con información vital para el caso y no comunicárselo a David Palmer.

"Estoy pensándolo" es todo lo que te dice, en un susurro, antes de regresar a su oficina.

Suspirás por millonésima y vas a la salita de descanso a servirte otra taza de café antes de volver a sentarte frente a la pantalla de tu computadora para sopesar la manera en que las cosas van a ir desarrollándose de ahora en más basándose en los últimos acontecimientos, que pueden resumirse en lo siguiente: Jonathan Wallace fue herido de bala en el tiroteo de Studio City y falleció casi una hora más tarde en una sala de urgencias de North Hollywood a la que Jack lo llevó para que fuera tratado; antes de morir logró poner en sus manos un chip que contiene las fuentes originales de las grabaciones que se utilizaron para crear el audio de Chipre.

Jack está a cuarenta minutos, con la prueba que va a lograr que una tercera guerra mundial no sea comenzada por los Estados Unidos de América luego de haber sido engañados para creer que países del Medio Oriente habían apoyado la operación de Segunda Ola.

Y Tony está pensando la posibilidad de avisarle a David Palmer.

Estás tan cansada que ya ni toda la cafeína y analgésicos del mundo podrían ayudarte: la herida de la mano te duele mucho más que antes, la extenuación física está matándote, el desgaste emocional es aún peor. Querés irte a tu casa, querés esconderte del mundo, llorar hasta quedarte seca por dentro, temblar descontroladamente, gritar de angustia, desagarrarte la garganta, saber que – para bien o para mal, venga lo que venga – al menos este día ya acabó.

Pero tenés la resistencia suficiente para seguir aguantando un poco más... crees. Podés soportar otro poco más... esperás, al menos hasta que Jack vuelva a la Unidad con el chip, pueda comprobarse su veracidad e informar a Palmer de la situación.

Mientras aguardan, tenés que seguir trabajando, intentando apartar a un lado tus pensamientos, emociones, preocupaciones, sentimientos y cansancio, lo cual no es tarea fácil.

Si pudiste llegar hasta acá, no va a doler cargar con esto un poco más te decís a vos misma para darte ánimos mientras ves como las agujas del reloj que llevás en la muñeca izquierda se arrastran.

Cuando necesitábamos tiempo, las manecillas corrían. Ahora que quiero que el tiempo pase rápido las manecillas se mueven despacio.

El sonido del teléfono te desconcentra del scan que estás haciendo, y temés que sea Danny de nuevo. Temés que esté saliéndose de control.

"Dessler" contestás con un nudo en la garganta.

"Soy yo" es él "¿Podrías subir un momento, por favor?" te pide.

"Enseguida" decís, y te encaminás hacia su oficina preguntándote si alguna novedad relevante habrá salido a la superficie.

En el trayecto, cuando acabás de subir el último peldaño, te encontrás con una de las programadoras, quien te entretiene durante uno o dos minutos consultándote un par de cosas que respondés rápidamente, ya que tu cuerpo está recibiendo descargas eléctricas de impaciencia al verlo a él de pie a unos metros, sosteniéndose con sus muletas, esperando a que llegues a su lado.

Cuando finalmente terminás de recorrer el tramo de pasillo que los separa y te encontrás a escasos centímetros suyos – tan cerca que casi podría decirse estás al borde de ceder a la tentación de tocarlo otra vez, y el sólo pensar en eso hace que una sonrisa tímida de quinceañera tonta se te dibuje en los labios -. Antes de que puedas decir algo te sorprende él anunciando:

"Quería que supieras que le dije al presidente lo de Jack"

Alivio en estado puro te recorre entera, como si acabaran de sacarte un peso de encima de los hombros y pudieras aflojarte, sentirte libre, liviana, aunque sea por medio minuto.

"¿De verdad?" no das crédito a tus oídos.

"Sí. Si Jack tiene lo que dice tener, el presidente debe saber sobre eso"

Querés abrazarlo, llenarlo de besos y agradecerle que haya dejado el ego de lado y admitido que estaba equivocado al pensar que Syed Alí mentía y que el audio de Chipre era la grabación de una conversación real, pero en estos días que corren tenés que conformarte con mantener la compostura, dar una bofetada mental a tus deseos incontenibles de comportarte como el ser humano que sos y centrarte principal y totalmente en el trabajo.

"¿Cómo reaccionó?" preguntás, ansiosa por saber las medidas que va a tomar el presidente.

"Quiere que lo mantengamos al tanto de la situación"

Asentís con la cabeza. Un segundo de silencio flota entre ustedes, durante el cual no hacen más que mirarse a los ojos profunda e intensamente.

"Tony, hiciste lo correcto" le decís llena de orgullo y admiración, y notás que esas simples en apariencia cuatro palabras tienen para él muchísimo significado.

"Vamos a enterarnos cuando Jack llegue con ese chip" es su respuesta; aún no está muy seguro acerca de si hizo o no lo que debía hacer, todavía tiene sus dudas, todavía muestra cierto escepticismo. Pero tiene razón: cuando Jack llegue las cosas van a resolverse, van a empezar a encausarse, a caer en el lugar donde corresponde que estén, y va a darse cuenta que no se equivocó al llamar a Palmer e informarle acerca del chip.

"¿Cuánto va a tardar?" sentís una nueva ola de ansiedad atacándote por dentro. Querés que llegue ya con las pruebas, que las verifiquen, que vean que son auténticas, que le avisen al presidente, que la posibilidad de que el país entre en guerra se esfume.

"Unos veinte minutos. Cuando llegue quiero que te asegures de que esa cosa sea real" te pide.

"Voy a iniciar el software CPB ahora mismo"

Te agradece con un murmullo suave y se da la vuelta para volver a entrar a su oficina.

No querés que se vaya, todavía. No antes que le digas algo que tenés acariciándote los labios, buscando salir, buscando ser oído.

"Tony..." lo llamás suavemente, y cuando su nombre sube por tu garganta y se desliza por entre tu boca te deja un sabor dulce que ni todo el café con azúcar, leche y crema del mundo podría igualar.

Vuelve a girar sobre sus talones para posar sus ojos negros en los tuyos.

"¿Sí?"

"Gracias"

Nunca esas siete letras combinadas formando dos sílabas significaron tanto como ahora.

Podrán haber habido muchas piedras en el camino, podrán haber discutido, podrán haber dicho y hecho cosas de las que se arrepienten o no, podrán haber sufrido, pero al final todo empieza a encausarse otra vez, se corrigen los desvíos y el tren empieza a tomar el carril correcto, iluminando la noche con su faro, dejando lo negro atrás.

O al menos así parece.

¿Qué importa lo sucedido en las últimas horas, si al final acabó comprendiendo, si al final acabó haciendo lo correcto? No querés un hombre perfecto, no querés un hombre que nunca cometa errores, lo querés a él, que se equivoca pero siempre se hace cargo de sus decisiones y sabe aprender de sus errores y corregirlos.

Él es tu hombre perfecto, y no podrías estar más agradecida con quien sea que escribe la historia de tu vida por haberlo cruzado en tu camino.

Volvés a descender las escaleras rumbo a tu estación de trabajo, pensando que ayer a esta hora estabas en tu casa, en tu cama, dormida, soñándolo, necesitándolo, delirando de amor, llamándolo en sueños, y ahora veinticuatro horas más tarde avanzaste un montón de casilleros de golpe y a la fuerza debido a las circunstancias, retrocediste otros tantos y volviste a avanzar, hasta estar donde estás ahora, que no es poco.

En menos de veinticuatro horas te dijo que siente lo mismo por vos, te miró muerto de amor cientos de veces, dejó que lo consolaras cuando estaba deshecho ante la perspectiva de la muerte de Paula, se mostró interesado por vos y por tu bienestar, intercambiaron caricias inocentes cuyos recuerdos todavía te queman, sonrisas brillando en el medio de la negrura, discusiones, mentiras, dolor, promesas, pero lo que se mantuvo constante fue la necesidad de llegar al día de mañana.

Otra taza de café es bebida rápidamente mientras tratás de iniciar el software CPB y las memorias más lindas de las últimas veinte horas de locura que se te escurrieron por entre los dedos como arena se reproducen en la pantalla de cine de tu cabeza. Sin embargo, cerca de las dos y media de la mañana te ves obligada a abofetear a tu mente y arrancarla fuera de su océano de divagaciones cuando te percatás de que estás teniendo problemas para acceder a la función indexada.

Intentás varias veces más, pero no tenés éxito. Es probable que se deba a una falla en el sistema general, pero la intuición te dice que tiene más que ver con el hecho de que Carrie haya estado metiendo mano en tu computadora cuando se le dio la orden de mantenerte vigilada. No tenés ganas de ir hasta IT y molestar a alguno de los técnicos para que te ayude a salir del paso, por lo cual decidís llamar a la persona que menos en gracia tenés en este planeta y pedirle que ella lo solucione.

Mientras esperás a que se repote en tu estación, notás que el dolor de la mano está volviendo, y que trae como compañía otro ataque de migraña. Hay momentos en los que el café y las aspirinas te mantienen en marcha y entumecen lo demás, pero el efecto de la cafeína está empezando a atenuarse, y no querés abusar de ella más de lo que ya lo hiciste hasta ahora, por lo cual simplemente respirás hondo un par de veces, te frotás la frente con la palma de la mano sana y empujás desesperadamente al fondo de tu cabeza cualquier pensamiento que envuelva sábanas, colchones, almohadas o la idea de dejarte caer en la silla más próxima, enterrar la cara en los brazos y dormirte inclinada sobre un escritorio.

Sos fuerte, sos mucho más fuerte que esto, pero hasta los más fuertes de tanto en tanto empiezan a resquebrajarse un poco.

Después de todo, también sos un ser humano.

"¿Querías verme?" ahí está Carrie, de pie al lado tuyo, con esa expresión de lobo disfrazado con piel de cordero plasmada en la cara.

"Sí. Jack va a traer el chipe" empezás a explicar.

"Sí, eso es lo que dijo Tony"

"Quiere que coordine el análisis y estoy teniendo problemas para acceder al software CPB"

"No hay problema. Enviálo a mi pantalla y lo hago"

Hace ademán de irse, pero se detiene cuando volvés a hablar.

"Solamente necesito que desbloquees la función del índex" ¿será que no puede obedecer a una simple orden sin tener que ponerte trabas o hacerte perder la paciencia con su actitud?

"Y yo te dije que iba a encargarme de hacerlo" contesta con un tono un poco más agresivo.

"No necesito que lo hagas" repetís, y de pronto una punzada de dolor te atraviesa la cabeza y hace que instintivamente te lleves una mano a la frente y cierres los ojos, que empiezan a arderte "necesito que desbloquees la función del índex" lográs decir entre dientes apretados; te tiembla un poco la voz y te sentís mareada.

Estás por encontrarte con tus límites, ya no vas a poder aguantar por más tiempo.

"¿Cuál es tu problema, Michelle?" Carrie se vuelve aún más provocadora y alza la voz lo suficiente para que la mitad de la CTU se dé la vuelta para observarlas a ambas.

Realmente, no te interesa. Ya soportaste bastante quedándote en el molde, y en estos momentos sos como una olla de agua hirviendo que está lista para explotar.

"¿Sabés qué? ¡Me estás buscando desde que llegaste!" reaccionás como si te hubiera pegado una bofetada y de inmediato todos los músculos de tu cuerpo se tensan dolorosamente y te ponés a la defensiva.

"Podría decir que vos venís haciendo lo mismo" te acusa, sin molestarse en bajar la voz.

Sí, puede ser que en algunos momentos hayas dejado de actuar con la profesionalidad que trataste de mantener la mayor parte del tiempo, que tu hostilidad se haya traslucido (definitivamente tu hostilidad se traslució, de eso no caben dudas), pero a diferencias de Carrie nunca trataste de buscar problemas o montar una escena como ésta.

"¡Solamente trato de hacer mi trabajo!" te defendés.

"¡Yo también!"

Estás a punto de perder el control aún más cuando el teléfono de tu escritorio suena y hace que te des la vuelta para contestar. Tomás el tubo casi con violencia y respirando con dificultad debido a la agitación general decís tu apellido bruscamente:

"Dessler"

"¿Podés subir un minuto?"

Es él, que seguramente a través de las paredes de vidrio de su oficina vio – como el resto de la CTU – el 'pequeño' cruce de opiniones entre Carrie y vos.

"Sí, claro" contestás.

"Nada más hacé lo que te pedí" le decís a Carrie con un siseo seco y una mirada fulminante antes de dirigirte escaleras arriba para enfrentar las preguntas que sabés Tony va a querer sean respondidas.

Hace un rato le dijiste que no necesitabas darle explicaciones porque tu problema personal con ella no estaba interfiriendo con el trabajo, pero ahora innegablemente lo está. Acabás de perder la compostura de manera nada profesional delante de un cuerpo completo de técnicos, analistas y programadores y le gritaste a una empleada. Está en todo su derecho de exigir la verdad.

"¿Qué pasó?" es el interrogante con el que te recibe mientras se pone de pie y tratando de no apoyar el peso de su cuerpo en la pierna lastimada rodea su escritorio para llegar a donde estás vos. Te alivia un poco percibir sincera preocupación en su voz. No va a regañarte, ni a echarte la culpa de nada, ni a sermonearte: simplemente quiere explicaciones, y vas a tener que dárselas.

"¿Con qué?" vano intento de fingir que en realidad no pasa nada, que está todo bien aún cuando sabés que no va a quedarte otra salida que llevar el corazón en la mano y contarle uno de los pedazos más tristes de tu vida bajo circunstancias que distan de ser las que te habrían gustado.

"Carrie y vos" aclara, como si hiciera falta "¿Sobre qué estaban discutiendo?"

"No es nada" intentás minimizarlo "Le pedí que desbloqueara la función del índex del software CPB y está poniéndome toda clase de obstáculos"

"Sé que no querés decirme, pero cualquier mala sangre que haya entre ustedes dos..., tengo que saber de qué se trata" te enternece en lo más profundo de tu alma que te cuide de esta manera, que se preocupe por vos y te trate con dulzura cuando bien podría ser mucho más directo y menos suave, menos comprensivo.

"No tiene importancia" seguís tratando de escaparle al asunto. No querés mostrarte vulnerable ahora, no porque no confíes en él o porque no necesités desahogarte, si no precisamente porque cuando lo hagas te gustaría que no estuvieran en la CTU, que no estuvieran transitando la hora veinte de un día de trabajo interminable, que no estuvieran en medio de una crisis nacional; te gustaría poder anidarte en su pecho, contar las cosas desde el principio, con toda la libertad y tiempo del mundo, que seque tus lágrimas y te mime hasta que te quedes plácidamente dormida.

Das un paso adelante hasta que quedan uno a escasos centímetros del otro.

"Especialmente con todo lo que viene pasando hoy" agregás.

Pero no va a rendirse, y no va a dejar que te vayas antes de haber aclarado las cosas.

"Es por eso exactamente que sí importa. Está interfiriendo con tu trabajo. Ahora, ¿cuál es el problema?" vuelve a preguntar, esperando que esta vez no pongas más trabas.

No te quedan alternativas ya.

"Cuando trabajaba para Carrie en División" empezás, mirándolo directo a los ojos, buscando distraerte de los recuerdos que van a ir aflorando, rogando que no empiecen a volver a la superficie memorias dolorosas del desenlace que tuvo algo que comenzó pequeño pero que terminó transformándose en una bola de nieve gigante ", éramos amigas. Le presenté a mi hermano. Estaba casado, tenía hijos" continúas "Los dejó por ella. Y luego ella se aburrió y lo pateó" estás por llegar a la parte de la historia que más te duele. Sentís el nudo en la garganta formándose, pero lográs combatir las lágrimas "Danny perdió todo: su familia, su trabajo... Se puso tan mal que trató de suicidarse"

Decidís que el relato debe concluir ahí, que por el momento eso es todo lo que necesita saber. El resto podés contárselo luego: cómo la madre de tus sobrinos te resiente profundamente porque cree que habías planeado 'enganchar' a Danny y a Carrie; la depresión de tu hermano y cómo trataste de sacarlo de ella sin éxito alguno; los días tormentosos en División en los que Carrie se divertía imposibilitándote la existencia; la llamada que hiciste a tu hermano la noche en que trató de matarse, el tono apagado de su voz, llegar a la habitación de hotel donde vive y encontrarlo al borde de la muerte, llevarlo al hospital, lidiar con la montaña de cosas que se acumularon después... Vas a contarle todo eso luego, cuando puedas permitirte quebrarte y caer deshecha en sus brazos.

Te mira con ojos comprensivos, con ganas de aliviar tu dolor, con necesidad de tantas cosas que deben ser las mismas que vos necesitás... Y deja que hable el lenguaje de las palabras en lugar del lenguaje de la piel, porque el contexto y lugar en el que están no da posibilidad a nada más:

"Es una desgracia que tengan que trabajas juntas, pero es así. Y yo tengo que mantener esta oficina en funcionamiento" no es el ego el que pone las frases en su boca esta vez, no. No está dejando en claro que es el jefe, el que manda, el director de la CTU, el que tiene en sus hombros el peso y la responsabilidad total y debe cumplir con sus deberes. No, el mensaje es otro. Es un 'y yo tengo que mantener esta oficina en funcionamiento' que en realidad significa 'perdón por no poder abrazarte, por no poder proponer que nos escapemos lejos, por no poder sentarme y escucharte hablar de tus penas lo que queda de la noche y hasta el amanecer, por no poder decirle a Carrie que vuelva a su puesto en División y hacer que traigan a alguien más para ocupar el lugar de Paula'.

"Lo entiendo" decís en voz baja, sintiéndote de pronto como una nena chiquita que más que nunca busca contención. Más que nunca y cuando menos posibilidades existen que obtengas lo que querés.

"Bien" susurra él.

Y antes de que en tu cabeza las aguas del océano que se agita dentro de ella puedan tomar la forma de un nuevo pensamiento su teléfono suena.

Cuando se dirige caminando a duras penas sin renguear hacia el escritorio para contestarlo, su hombro roza el tuyo y otra vez sentís la descarga eléctrica que se produce cada vez que se tocan.

"Almeida... Sí, un segundo" te miran y extiende la mano que sostiene el tubo "Es para vos"

Preguntándote qué puede ser tan urgente que tengan necesidad de llamarte a la oficina del director y respondiéndote casi de inmediato que en un día como este todo es urgente y cualquier cosa puede esperarse, atendés el llamado.

"Dessler"

"Su hermano Danny está acá para verla" anuncia una voz femenina.

Dios, no. Hoy no, por favor, por favor.

"Llévenlo hasta mi estación" pedís, y luego de cortar te das la vuelta para encontrar a Tony junto al rellano de la puerta, la espalda reposando contra la pared, el rostro con una expresión calma y serena que desentona con la locura y tempestad general en la que el ambiente se ha visto sumido desde la mañana del día que pasó. Se te ocurre de pronto que quizá se debe a que la paz interior le fue devuelta ahora que entre los dos ya no hay muros de ningún tipo – ni los levantados por él con intenciones de protegerse, ni los que se alzaron hace un rato cuando estaban en dos bandos distintos, por carencia de un término mejor para definirlo -, simplemente yace entre ustedes esa mezcla de amor y deseo en estado puro sin nada más que distancias físicas interponiéndose, distancias que acortás un poco cuando en el rellano de la puerta te detenés, lo mirás y decidís sacarte una duda haciendo una pregunta cuya respuesta podés adivinar a través de lo que perciben tus sentidos, pero que de todos modos precisás escuchar saliendo de su boca, aún cuando conociéndolo tanto como lo conocés sabés que no va a darte más de una sílaba o dos: después de todo, tu hombre perfecto es de pocas palabras.

"¿Estamos bien?"

"Sí"

Te demorás dos segundos más para seguir mirándolo y cuando te das cuenta que te quedaste observándolo con desmesurada atención más de lo necesario apresurás tus pasos escaleras abajo, para ir a enfrentarte a un escenario mucho menos placentero.

Te preguntás qué está haciendo Danny ahí, y pedís en silencio a quien sea que reciba los ruegos de la humanidad que no esté ni ebrio ni alterado.

Los dos minutos que tarda la gente de seguridad en escoltarlo hacia el piso central de la CTU se te hacen eternos al punto que te impacientás y sentís la necesidad física de moverte de un lado al otro para espejar la inquietud interna que llevás por dentro.

Lo ves venir mirando a sus alrededores con curiosidad y deteniéndose particularmente en las zonas ennegrecidas por los restos del humo de la bomba que detonaron a las once de la mañana del día anterior y los destrozos generales que todavía esperan ser reparados cuando haya tiempo de tener obreros trabajando en el lugar.

Luce muchísimo mejor de lo que esperabas, para tu sorpresa. Está limpio, afeitado, con el cabello color arena corto y bien peinado, la ropa – una camisa de vestir blanca y un traje de dos piezas color marrón claro – planchada... En su rostro puede verse un dejo de intranquilidad y la piel generalmente pálida está veteada de un febril rosado, pero te consuela que no esté ebrio o fuera de sus cabales.

Pero eso no significa que estés feliz de verlo ahí, en tu lugar de trabajo, a las dos y media de la mañana, con Carrie dando vueltas por ahí...

¡Carrie!

Cuando dijiste que lo hicieran pasar, no te diste cuenta de que corrías el riesgo de que se cruzara con ella. La última vez que se vieron las cosas no terminaron precisamente bien, de hecho, fue la tarde del día en que intentó suicidarse. ¿Y si la ve ahora?, ¿y si se arma un escándalo?

Va a ser mejor que lo convenzas de irse de vuelta a su casa pronto. Caso contrario... Ni querés pensar en eso.

"Hola, hermanita" te saluda con una sonrisa de oreja a oreja crispada por los nervios y la ansiedad con las que viene lidiando desde hace meses y que se dispararon al techo cuando hoy explotó esa bomba, alterando a la población entera.

"Gracias por acompañarlo" decís a los guardias que lo trajeron hasta acá, y antes de que puedas volverte a él ya sentís sus brazos rodeándote. No te sentís cómoda con tu hermano abrazándote ahí, por lo cual simplemente le palmeas la espalda con un gesto dubitativo antes de apartarlo con suavidad.

"¿Cómo estás?, ¿estás bien?" te pregunta mientras examina tu aspecto con ojos cargados de sincera preocupación.

"Sí, estoy bien" contestás, esperando que no haga preguntas sobre la venda en la mano o sobre los moretones que tenés en el hombro y el cuello "Danny, ¿qué estás haciendo acá?"

"Quería... quería hablar con vos"

"Estábamos hablando y me colgaste el teléfono" no intentás sonar acusadora ni echarle en cara nada, simplemente querés señalarle dónde estuvo su error para que no vuelva a cometerlo. Eso te dijo el psiquiatra que tenías que hacer para ayudarlo a retomar su vida teniendo él el control y evitando ser controlado por los ataques de pánicos y ansiedad.

"Lo sé, lo sé" te asegura "Y traté de llamarte otra vez pero los teléfonos no funcionaban"

"Sí, por eso viniste hasta acá a las dos y media de la madrugada" musitás más para vos misma que para él "Danny" te apresurás a decirle ", no tengo tiempo para esto ahora..."

"Nada más quería... quería disculparme cara a cara" enmarca tu rostro con sus manos "Lamento haberte gritado antes, perdón"

"Disculpas aceptadas" le decís, para tranquilizarlo y dejarle en claro que no estás enojada o molesta. Simplemente quiero que se vaya "Ahora tenés que irte".

Comienza a hablarte de lo alterada que está la gente desde que empezó a correr la noticia del atentado terrorista que casi vuelva Los Angeles por los aires, pero realmente no estás escuchando. Tus ojos y tu atención se desviaron hacia un costado, a unos siete metros de donde están ustedes, donde se hallan Carrie y Tony hablando seguramente de algo que sospechás está relacionado con la forma en que te desobedeció hace un rato.

Danny no puede verla, tiene que irse ya mismo.

"Andá a casa y dormí un poco. Voy a ir en cuanto pueda" le prometés.

Pero sucede lo que menos necesitás en este momento: la ve.

"Danny, ignorala" le suplicás.

"¿Qué está haciendo ella acá?" reacciona de inmediato, y notás con terror cómo se altera y se tensa "No me dijiste que estuviera trabajando acá" comienza a balbucear.

"No, no trabaja acá" te apresurás a explicar y lo tomás de la mano en un intento de impedir que se aproxime hacia donde está "Nos faltaba personal así que vino hace un par de horas" empezás a desesperarte cuando su mano se desliza por entre las tuyas, tan pequeñas y tan frágiles "Danny, por favor" rogás, pero no te escucha.

Lo siguiente se desarrolla ante tus ojos como un suceso de hechos violentos en cámara lenta: tu hermano yendo hacia Carrie, ésta mirándolo con desagradable sorpresa, Tony preguntando quién es y qué hace ahí, vos tratando de jalarle el brazo para llevarlo de vuelta a tu estación, Danny preguntándole a Carrie por qué no ha respondido ninguna de sus llamadas, Danny perdiendo el control y abalanzándose sobre Carrie, Carrie gritando, las manos de Danny cerrándose alrededor de su cuello, zamarreándola, Tony tratando de quitárselo de encima, los guardias de seguridad llegando y llevándose a Danny, Danny descontrolado como una fiera herida... Y vos, a un costado, muerta de medio, con la cara enterrada entre las manos, observándolo todo a través del espacio entre tus dedos, con las lágrimas agolpándose en tus ojos, ansiosas por caer... pero no las dejás.

Estás como en estado de shock, como si realmente no estuvieras ahí, como si fueras otra, como si fueras una espectadora contemplando de lejos un cuadro o analizando la pieza de una obra de teatro, pero no Michelle Dessler, hermana del hombre que desaforado intentó ahorcar a Carrie Turner y que tuvo que ser apartado de ella por dos guardias de seguridad.

Te mantenés alejada, viendo horrorizada como los paramédicos revisan el cuello de Carrie y cómo ella exagera todo, tratando de hacerse la víctima, de parecer la pobrecita indefensa... No estás a favor de la violencia y sabés que lo que Danny hizo está muy mal, pero tampoco podés decir que te lamentás por Carrie porque sería una hipocresía.

Te sentís mal por tu hermano, por su vida arruinada, por sus hijos, su ex esposa, lo malo que llegó a su vida cuando por casualidad Carrie y él se conocieron. Vos no los empujaste el uno a la otra, de hecho, de acuerdo con la versión que te llegó fue ella quien buscó en tu agenda mientras no veías y llamó a Danny para volver a verlo, y cuando vos te enteraste de lo que estaba sucediendo era demasiado tarde porque las cosas ya se habían salido de control. Sin embargo, no podés evitar sentirte culpable: deberías haberte dado cuenta que Carrie era – detrás de su gran capa de mentiras – una arpía falsa, fría, calculadora, una arruina hogares, pero no pudiste, porque estabas necesitada de una amiga, y ella no tuvo problemas en fingir serlo.

Mirá qué mal que salió: el matrimonio de tu hermano destrozado, tus sobrinitos sin un padre, tu ex cuñada negándote verlos, Danny desempleado y sumido en una depresión que lo llevó a cometer una locura, y ahora lo que acaba de pasar...

De pronto sentís que se te cierra el pecho, que te falta el aire, que te duelen los ojos y la cabeza de tanto contener las ganas de llorar, que te pesa el cuerpo, que vas a derrumbarte. Necesitás un minuto a solas para calmarte, alejarte de las miradas curiosas del resto de los presentes, desconectar el cerebro antes de que sus maquinaciones te hagan colapsar.

Empezás a caminar sin saber a dónde estás yendo. Estás demasiado mareada, y la falta de aire en los pulmones hace que te duela el tórax. En cuanto doblás una esquina y te adentrás en el primer pasillo oscuro, dejas que el peso entero de tu cuerpo sea soportado por la fría pared de piedra grisácea, cerrás los ojos y hacés el intento de respirar hondo, pero el aire no pasa, se queda atrancado. Volvés a respirar hondo, nada. La cabeza te da vueltas, el mareo es terrible, te tiemblan las piernas, la herida de la mano está latiendo descontroladamente, el pasillo entero da vueltas a tu alrededor... Te vas a desmayar.

Ya fue demasiado. Ya es demasiado. No aguantás más. Estás cansada, asustada, nerviosa, ansiosa, destruida, emocional y físicamente agotada. Sos de carne y hueso, tenés sangre corriendo en las venas, no sos un robot de metal al que se le da cuerda y puede afrontar cualquier cosa sin sentir las repercusiones en el alma y en el cuerpo. Todas las personas tienen un punto de quiebre, y al parecer vos estás a punto de quebrar.

Respirar. Necesito respirar.

Sentís las lágrimas formándose en tus ojos y cayendo por tus mejillas, y no hacés nada para detenerlas porque ya no te quedan fuerzas para pelear contra ellas y necesitás desahogarte aunque sea un poco, aliviar el peso dentro de vos y sobre vos, que se afloje ese nudo horrible que te comprime.

"Michelle..."

De pronto escuchás su voz llamando tu nombre, y crees que el cansancio está haciendo que alucines. Es tan dulce, tan suave, tan tierna, tal como la soñás.

"¿A dónde estás yendo?"

No, no estás alucinando. No, no perdiste el sentido y estás soñando. No. Estás despierta todavía, y él está ahí, a solas con vos en ese pasillo desierto y oscuro, a escasos centímetros su cuerpo del tuyo, mirándote con preocupación, hablándote en susurros calmos.

"Estaba yendo a IT" mentís con dificultad, porque aún seguís con problemas para respirar bien "Todavía estoy tratando de acceder al software CPB"

"IT queda para el otro lado" comenta con una sonrisa tímida curvándole los labios, y no podés evitar sentirte tonta por haber creído que iba a tragarse semejante y evidente mentira. Pero si le decías la verdad, si confesabas que estabas desmoronándote, cayéndote a pedazos... No es el momento ni el lugar para ponerte a vos y a ponerlo a él en este tipo de situación, suficiente con el escándalo que se ha armado con Danny y Carrie. Tony tiene que seguir trabajando, esperar a Jack, encargarse de autentificar el chip, ocuparse de Carrie y del revuelo que seguramente debe estar armando... No es justo que lo entretengas con tus problemas, por mucho que la necesidad de él – entre otras cosas – esté matándote.

Pero ya está ahí. Ya está ahí, con vos. ¿De qué sirve mentirle?, ¿de qué sirve decir estupideces que no va a creer?

"Simplemente... necesito un minuto, Tony" acabás por confesar mientras recostás el cuerpo contra la pared para que lo sostenga, porque no confiás en tus piernas en lo absoluto.

Un nuevo nudo se forma en tu garganta y más lágrimas amargas caen por tu rostro. Te sentís tan pequeña, vulnerable, chiquitita, una cáscara vacía e insignificante. Nunca te gustó llorar delante de otros y raras veces lo has hecho, pero sin embargo delante de él no te molesta desnudar tu extenuación.

"Ey..." susurra despacio mientras da un paso hacia delante para acercarse más a vos. Cuando su boca está a sólo medio centímetro de tu oído y tu cuerpo puede sentir el calor que emana del suyo, murmura suavemente ": Carrie va a estar bien"

"¿Va a...?" tragás con problemas y te cuesta formar oraciones coherentes debido a los sollozos que se te escapan involuntariamente y los temblores que te atacan sin avio; pero tu voz se escucha a un volumen dentro de todo normal "... ¿Va a presentar cargos?"

Te preocupa el desenlace final de todo esto. ¿Y si levanta una denuncia contra Danny?, ¿si lo acusan de violencia o acoso o lo que sea que se utilice en la jerga legal para denominar a estas cosas? Le traería problemas, muchos, en especial en estos momentos en los que los abogados de su esposa están buscando cualquier excusa medianamente válida para que un juez de menores eleve una orden que le impida ver a sus hijos.

Dios, ¿por qué tuvo que pasar todo esto?

"No, no creo" Tony susurra para tranquilizarte.

De pie frente a vos, apoyándose en sus muletas, solamente dos pasos en el medio impidiendo que tu cuerpo colapse contra el suyo, tu espalda reposando en la pared, y un aire de intimidad envolviéndolos, haciendo que por un instante te olvidés del tiempo y del espacio y cedas a la necesidad primitiva de descargarte, aligerarte, compartir un poco de esto con él, dejar que esa voz suave y profunda te apacigüe y te brinde algo de serenidad. Quizá robar unos minutos para estar los dos solos, hablar de lo mucho que está costándote lidiar con esto, de que ya no te quedan fuerzas, de que no podés más, de que te carcome la culpa por muchas de las cosas con las que tu hermano está teniendo que luchar.

"Es mi culpa. Debería haberlo visto venir" decís de golpe, con los ojos aún más humedecidos que antes y los labios fruncidos y apretados para evitar que sigan colándose por entre ellos gimoteos débiles.

Con esa frase no estás refiriéndote nada más a lo que acaba de suceder, si no a la situación en general desde el principio.

"Con la familia es así" te consuela, sin que el tono varíe. Te relaja tanto la manera en que está hablándote que te dan ganas de cerrar los ojos y dejar que el sueño te envuelva mientras su voz te acaricia "Las cosas pasan sin que puedas verlas venir"

Tiene razón, tu parte racional lo sabe. Pero la otra parte, a la que le encanta torturarse, tiene problemas para reconocerlo y prefiere quedarse con la versión en la que vos sos la responsable; quizá sea cierto eso que dicen de que el porqué de las cosas es más fácil de comprender cuando nos hacemos cargo de ellas y nos señalamos como a la razón de que hayan sucedido.

"Es mi hermano" otra vez sentís las palabras perdiéndose en tu garganta, el llanto que lograste controlar pugnando por fluir libre otra vez, la sensación de que te falta el aire cada vez más pesada "... Sus hijos" estás perdiendo coherencia de nuevo a la hora de armar frases, porque tenés los pensamientos revueltos, amontonados, mezclados, queriendo ser confiados a él al mismo tiempo, sin esperar turno "... Quizá debería haberle dicho sobre la bomba"

Quizá debería haberlo llamado para que se pusieran a salvo. ¿Y si hubiera explotado? Ellos habrían muerto también. Mis sobrinitos... Jack le avisó a su hija para que saliera de la ciudad, ¿por qué yo no pude por una vez romper las reglas y avisarle a mi hermano o a su ex mujer?

"Fue una decisión difícil pero la tomaste" es tan reconfortante que esté ahí, con vos, haciéndote mimos sin siquiera tocarte, acariciándote con palabras "Y, a propósito, estabas en lo cierto" continua.

"No" decís, moviendo la cabeza de un lado al otro y sintiendo un nuevo mar de lágrimas desbordando "Nada de lo que hice hoy está bien"

Las imágenes empiezan a reproducirse en tu cabeza, y por mucho que trates de apartarlas, se mantienen firmes: cuando el guardia de seguridad llegó esta mañana diciendo que iban a volar el edificio, te mostraste escéptica y demoraste un par de minutos haciéndole preguntas innecesarias, minutos que podrían haber servido para evacuar a muchos de los que no lograron escapar a tiempo; le mentiste a Tony respecto a lo que Jack está haciendo allí afuera sin el respaldo oficial de la CTU, no obstante traicionaste a Jack confesando que sí estaba en Studio City cuando las cosas se salieron de control; no pudiste controlar a Carrie y a sus intentos de hacerte la vida imposible; no pudiste controlar a tu hermano, calmarlo, tranquilizarlo, y mirá qué rumbo tomó el tren; deberías haberle avisado a la madre de tus sobrinos que tenía que salir de la ciudad con ellos cuando todavía existían posibilidades de que la bomba fuera detonada en Los Angeles; deberías haber hecho tantas cosas que no hiciste, e hiciste tantas otras que te preguntás si deberías haber hecho.

"Michelle..." comienza, pero lo interrumpís.

"Todas esas personas hoy... muertas" te estremecés "Y ahora ésta grabación... No sé si tenemos razón sobre eso..."

"Michelle..." trata de calmarte, pero no da resultado. Estás cada vez más alterada, porque cada vez tomás más y más conciencia de lo que pasó y de lo que tuviste que vivir. Cada vez tomás más conciencia de la ausencia eterna de los que no vivieron para contarlo, de los que no están más y no van a volver a estar.

"Yo no" te cuesta hablar, te cuesta respirar cada vez más, el aire no llega, e intentar duele tanto "... No puedo" confesás, y el llanto se descontrola "¡No puedo seguir más con esto, Tony, no puedo!"

Ya no soportás más, ya el cuerpo y la mente no aguantan. Querés rendirte, querés que se acabe, querés respirar pero es imposible, estás ahogándote...

"Vení, Michelle" susurra, y toma tu mano con dulzura para atraerte hacia él en un movimiento rápido y suave.

Lo próximo que sentís son sus brazos envolviendo tu cuerpo con fuerza, sus manos acariciándote la espalda para hacer que el frío se vaya, acunándote muy despacio de un lado al otro como a una criatura, su rostro enterrado en tu cuello, sus labios a centímetros de tus oídos mientras murmura sin pausa que todo va a salir bien.

Y por primera vez en casi veinticuatro horas te soltás totalmente de cualquier atadura, dejás que te lleve la corriente de sentimientos y te olvidás hasta de tu propio nombre, porque lo único que te importa es vivir cada segundo de este pedacito de cielo bajado a la Tierra.

Esta vez es tu sueño hecho realidad y no una versión alterada: él está rodeándote, tu cuerpo y el suyo completamente pegados el uno al otro, su voz formando susurros que sólo vos sos dueña de escuchar, sus mimos haciendo que se erice tu piel.

Mientras llorás las lágrimas que llevan horas acumulándose, sos fugazmente asaltada por el pensamiento de que te encontrás en el lugar al que pertenecés, el lugar en el que podés ser vos misma sin miedo a que te juzguen o critiquen, donde podés buscar refugio y desahogo, donde las penas se alivian y los pesos se aligeran, y no hay modo de que sufras porque lo más hermoso que la vida podría haberte dado está ahí para recodarte que siempre hay algo por lo que vale la pena resistir.

Lo rodeás con tus brazos también, aferrándote a su espalda porque las piernas te tiemblan demasiado y sentís las rodillas doblándose bajo tu peso; él jamás te dejaría caer. Lo atraés aún más hacia vos si eso es posible, y sentís como instintivamente tu anatomía se amolda a la suya.

"Estoy tan cansada... y tan asustada" confesás entre sollozos desgarradores.

Segundos después sentís como comienza a separarse, y por un momento te invade la necesidad de pedirle que te abrace un ratito más, sensación que se pasa enseguida cuando ves que no te suelta, que sigue envolviéndote con uno de sus brazos y dibujando círculos en tu espalda, mientras que su otra mano ahora acaricia tu rostro – que está a escasos dos centímetros del suyo -. Sentís la yema de su pulgar recorriendo la piel húmeda, arrastrando suavemente los residuos que quedan de las lágrimas que todavía no terminan de caer. Posas una de tus manos en su hombro, queriendo sentir la piel incluso si sólo a través de la tela de su camisa, queriendo que te invada un poco su calor para calmar el frío que te congela dentro y que te impide respirar.

Nunca respirar costó tanto.

Sus ojos tan cerca de los tuyos brillan mucho más que cualquier estrella que hayas visto alguna vez, y al reparar en el reflejo de tu imagen pequeña y frágil, como de una muñeca hecha con pedazos viejos de porcelana rasgada por el paso de los años, sentís un estremecimiento casi eléctrico mordiéndote por dentro y tu corazón se saltea un latido: si aún cuando estás cayendo deshecha, histérica, aterrorizada y destrozada tanto física como emocionalmente él sigue ahí, reconfortándote, sacando de quién sabe dónde fuerzas para los dos, diciendo te amo solamente con la mirada, secando tus lágrimas con sus dedos para que no te ahogues en llanto, si está dejando al resto de lado y priorizando cuidarte, si está él ahí con vos entonces no hay de qué tener miedo, no hay motivos que justifiquen rendirse, porque sabiendo que él va a curarte las heridas te animás a cargar el peso del mundo, a luchar contra todo, a resistir lo que sea.

El tacto de su piel contra la tuya te estremece por dentro y por fuera, y las ganas incontenibles de besarlo son aún más difíciles de mantener a raya a medida que los segundos van perdiéndose en el tiempo.

Tu parte racional quiere frenarte antes de que dominada por la parte emocional cometas una locura y provoques que se enreden ambos en una situación comprometedora, en el lugar menos indicado, en el momento menos indicado.

Pero esa parte racional casi no existe, casi no tiene voz, es simplemente el eco de un quejido apenas audible, irreal.

Una fracción de segundo dudas, y una fracción de segundo te lleva romper con la escasa distancia entre ambos, dejar que los párpados caigan solos y se cierren tus ojos, e iniciar el primer beso.

Tu mano recorre el costado izquierdo de su rostro, su pelo, y su rostro otra vez; querés acariciarlo en todas partes al mismo tiempo, y te frustra que sea físicamente imposible. Sentís sus manos en tu propio rostro, en tu cuello, en tus bucles, queriendo atraerte aún más.

Tus labios se cierran sobre los suyos y roban un par de mordidas dulces a las que él corresponde jalando despacio.

Es como si hubiera estado esperando que esto pasara, como si hubiera estado listo para responder enseguida; ni siquiera mostró dudas, dubitación o sorpresa por tu impulso. Es como si no fuera la primera vez, como si en vidas anteriores ya hubieran estado millones de veces uno en los brazos del otro, consumiéndose con tan cruda necesidad y tanta ternura.

Respirar cada vez cuesta más, y quizá sea la falta de aire lo que hace que en otra fracción de segundo similar a la que te llevó dar rienda suelta al deseo te des cuenta de que están en un pasillo oscuro de la CTU, que cualquiera podría aparecer y encontrarlos, que dentro de estas cuatro paredes él es tu jefe y vos su empleada, que estás poniéndolo en una posición que podría traerle problemas...

Tu parte racional es conciente de que deberían frenarse a sí mismos mientras todavía les queda algo de autocontrol.

Nuevas lágrimas que no habías notado antes caen de tus ojos. Susurrás desesperada una sola palabra mientras él busca con urgencia retomar el contacto de ambas bocas y seguir besándote con locura.

"Perdón, perdón..."

Escuchás lo que decís, te escuchás disculpándote por algo que los dos querían desde hacía mucho tiempo, algo que ninguno de los dos va a lamentar en el futuro, algo que obviamente ambos están disfrutando aún si el momento llegó bajo circunstancias diferentes a las que ambos imaginaban, y te parece absurdo arruinar un instante tan hermoso con palabras cuando la piel habla con más claridad.

En realidad no querés parar.

No querés parar por nada del mundo.

Es por eso que cerrás los ojos de nuevo, desconectás la parte pensante de tu cerebro y te entregás completamente al juego, seguís dejando que tu mano recorra sus mejillas, su pelo, su cuello casi frenéticamente.

Te atrae más hacia él, envolviéndote completamente otra vez, causando que tu espalda se arquee y que automáticamente tus pies se pongan en puntillas para quedar a su misma altura. Ahora ya no son mordidas suaves, cortas e inocentes; lo que iniciaste tan tímidamente y en un arrebato que te capturó cuando menos lo esperabas acaba de transformarse en un duelo agridulce, profundo, intenso y apasionado que ninguno de los dos quiere que termine.

Ahora sí que no podés respirar.

Y te encanta.

Te encanta que te asfixie, que te ahogue, que te agarre con tanta fuerza, que te sofoque, que te falte el aire, que el sabor a café amargo se mezcle con el gusto a crema, leche y azúcar que ingeriste en cantidades industriales durante la última hora.

Nunca te sentiste tan viva como ahora que estás totalmente privada de aire, y nunca respirar te pareció una necesidad tan secundaria.

Nunca tuviste tan cruda ni tan en carne propia la necesidad de fundirte con otra persona, fusionarse, juntar dos cuerpos para unir las mitades que forman una misma alma.

Nunca deseaste tanto que el tiempo se detenga, que se derritan los relojes y que el mundo se resuma en su boca, sus manos y la forma en que todo su ser pareciera haber sido hecho para complementarse con el tuyo.

Demasiado rápido para tu gusto se termina, pero los restos del éxtasis quedan como si acabaran de darte una dosis directa a las venas.

Ambas frentes están presionadas una contra la otra, su nariz acaricia muy despacio el puente de la tuya causándote un cosquilleo, sus manos acunan tu rostro y dejan huellas con cada caricia. Levantás los párpados porque podés sentir su mirada fija en vos, y al hacerlo sus ojos encuentran a los suyos devorándote. Entre jadeos los dos intentan normalizar sus patrones de respiración mientras siguen arrullándose antes de volver a empezar con los besos.

Pero no tiene mucho tiempo para disfrutar de dos segundos más de intimidad, porque antes de que tu cerebro pueda volver a conectarse por sus propios medios y procesar lo que acaba de acontecer de golpe y sin previo aviso el hechizo en que están envueltos es roto y ambos se ven obligados a volver a la realidad al tiempo que el infierno se desata cuando una vocecita cantarina cargada de malicia quiebra el silencio que hasta el momento sólo estaba siendo interrumpido por sus suaves jadeos entrecortados.

"Tony, Chappelle está buscándote"

Es Carrie.

Carrie.

Carrie Turner, de pie a escasos metros de ustedes, que enseguida sienten una descarga eléctrica recorriéndolos de pies a cabeza que causa que se separen de inmediato.

Dos cosas son seguras: no está en tan mal estado físico como aparentó cuando la revisaron los paramédicos, y llegó a ver lo suficiente para saber que estaban besándose, llegó a ver lo suficiente como para tener un as bajo la manga, que seguramente va a usar en el futuro inmediato para perjudicarte a vos – o a los dos – y obtener algo a cambio, o quizá simplemente divertirse torturándote.

Dejás reposar la cabeza contra la pared, todavía tratando de volver a respirar, pero esta vez la falta de aire y la dificultad para inhalar y exhalar no duelen en lo más mínimo.

Jamás creíste que pudiera gustarte tanto sentirte sofocada.

Pero te encanta.

Solos de nuevo en el pasillo oscuro, se miran a los ojos una vez más antes de que él se vaya, sin decir nada, porque realmente las palabras sobrarían.

Los dos, igual de extasiados, igual de sofocados, igual de asfixiados.

Amás dejarlo así.

Amás que te deje así.

Te quedás sola, entonces, con el corazón latiendo desaforadamente, el gusto a café agridulce todavía en la lengua y los labios, cada terminación nerviosa vibrando, los problemas, preocupaciones y circunstancias que te rodean volviendo a invadir tu cabeza que se reconecta.

Pero nada es suficientemente importante comparado con el éxtasis y placer absorbentes que te llenan por completo, incluso cuando un minuto más tarde – una vez que lograste volver a funcionar como un ser humano más o menos normal – estás dirigiéndote de vuelta a tu escritorio para seguir tratando de acceder al software CPB y comenzás a ser atacada por la más variada clase de pensamientos.

Se entabla una discusión entre tu cerebro y tu corazón.

No deberías haberlo besado, no eran el lugar ni el momento.

No aguantaba más, fue un impulso, cuando quise darme cuenta era tarde.

Podrías haber frenado, y sin embargo no lo hiciste.

Él tampoco frenó.

Pero vos tenés mucho más autocontrol. ¿Qué pasó, Michelle?, ¿te olvidaste de cómo controlarte?

Él me siguió, él me abrazó.

Pero vos lo besaste.

Sí, y él también me besó.

Es hombre. ¿Qué esperabas que hiciera?

No me arrepiento de lo que hice, ni me arrepiento de cómo reaccionó.

No, claro, pero, ¿y ahora qué? Si hubiera quedado entre ustedes, un secreto entre los dos... pero Carrie sabe. Carrie sabe, y no va a dejar que salgan impunes. Va a perseguirlos y a torturarlos y a sacar ventaja de lo que descubrió.

Lo hecho, hecho está. Carrie iba a tratar de hacerme la vida imposible de todas formas, supiera esto o no. Ya me lastimó otras veces y estaba indefensa, pero ahora puedo cuidar de mí misma.

¿Y a él quién va a cuidarlo, Michelle? Él es el director de la CTU, tu jefe, y Carrie Turner lo vio besándose apasionadamente con una empleada cuando debería haber estado ocupándose de dirigir la Unidad Antiterrorista de la ciudad de Los Angeles en un día en el que el país podría iniciar la tercera guerra mundial. Si Chappelle se entera que estaba distraído a los besos con vos, va a tener problemas. Y ese 'si Chappelle se entera' puede ser traducido como 'cuando Carrie le diga'.

La contienda entre tu parte racional y tu corazón es interrumpida cuando suena el teléfono, repiqueteo que hace que te sobresaltes, como si estuvieras saliendo de un trance, y te des cuenta que de alguna manera después de caer en absoluto estado de inmersión dentro de tu persona y las cosas que suceden entre los confines de tu mente que ha quedado un poco sedada después de lo que pasó entre Tony y vos llegaste hasta tu escritorio, te sentaste frente al monitor de la pantalla y te quedaste en blanco mirándolo por quién sabe cuánto tiempo, sin tener conciencia del espacio o de tu propio cuerpo, simplemente adentrada y sumergida en la batalla entre tu raciocino y tus sentimientos.

Atendés y alguien del otro lado te dice que tuvieron que sedar a tu hermano para tranquilizarlo, que ahora está dormido en la clínica de la CTU y que van a llamarte en cuanto se despierte una vez pasados los efectos de la medicación para que vayas a verlo y firmes el alta. Contestás monótonamente, volvés a depositar el tubo en su sitio y la batalla se reanuda.

Porque Carrie sí va a ir a decirle a Chappelle, no creas que no. Y Tony va a estar en problemas. Por tu culpa. Porque no supiste contenerte. Porque te abalanzaste sobre él y lo besaste. Y Carrie los vio. Ya sabés que Carrie va a delatarlos, ¿no?

Basta.

Sí, yo puedo callarme ahora. Pero cuando Tony quede en la mira y tenga que vérselas con Chappelle o con Hammond vas a sentirte tan culpable que vas a lamentar haber hecho lo que hiciste, vas a lamentar haberlo metido en aprietos. Y probablemente él lamente haber respondido al beso. Probablemente se dé cuenta que no valés la pena y decida alejarse.

No va a alejarse porque me ama.

¿Tan segura estás que te ama?

Sí.

¿Muy segura?

Muy.

¿Por qué?, ¿acaso te lo dijo?

No tiene que decírmelo, esas cosas se sienten y se perciben.

¿Y desde cuándo sos tan perceptiva?

Desde que encontré a mi alma gemela.

Ah, claro, ahora a 'gustarse, atraerse físicamente y descargar la tensión a los besos' se le llama 'ser almas gemelas'. Probablemente quiera usarte. No aprendiste nada de la historia de tu mamá, ¿no? Vas a terminar igual.

No.

Sí.

No, porque me ama y yo lo amo a él.

Me olvidaba que el amor siempre triunfa sobre todo. ¿Crees que su 'amor' por vos va a ser fuerte como para soportar ver a su carrera hacerse añicos ante sus ojos justo cuando acaba de despegar por culpa de ese pequeño impulso tuyo?, ¿crees que va a decir 'no me importa, me alcanza con tenerte a vos'? Qué ilusa que sos.

No soy ninguna ilusa.

Sí lo sos. Carrie va a contarle a Chappelle para vengarse de vos, va a lastimarte a través de él, vas a ver. Vas a ver que fácil le resulta destrozarte ahora que conoce tu debilidad; si no fuera por tu historial de peleas y odios con Carrie, quizá los dejaría en paz. Pero no. Deberías ir pidiéndole perdón, al menos para que sepa que lamentás haber desencadenado lo que seguramente va a meterlo en problemas hasta el cuello.

El teléfono vuelve a sonar. No sabés cuántos minutos pasaron desde que los médicos llamaron para informarte sobre la condición de Danny.

"Dessler" contestás en un susurro ahogado, con la voz apagada; el efecto del beso está empezando a irse, y el cansancio físico y los temores están regresando. Sabés que podés combatirlos, pero eso no quita que tengan repercusiones en vos.

"Ey" es él, él con su voz que tan fácilmente puede calmarte y hacer que te sientas bien aún cuando hace dos segundos estabas en medio de dos extremos - tu corazón y tu cerebro - mientras se despedazaban el uno al otro en un intento por ver quién le arrancaba los ojos a quién, quién triunfaba: si el amor sobre la razón, o la razón sobre el amor "¿Ya te avisaron algo de tu hermano?" pregunta.

"Sí" tu voz suena igual de apagada, como si no estuvieras ahí en realidad, como si fueras una cáscara vacía dentro de la cual se halla el fantasma o los restos de la persona que estaba dentro antes. Es como si estuvieras ausente "Me dijeron que iban a llamarme cuando se despierte"

"¿Vos cómo estás?" nada te puede tanto como su preocupación, por lo cual una sonrisa tenue se dibuja en tus labios.

"Bien. ¿Vos?"

"Estoy bien"

Yo que vos le pediría disculpas anticipadas, Michelle, por haberlo puesto en la posición en la que está ahora. Probablemente te haya llamado para eso: para decirte que lamenta mucho haberse dejado llevar de esa manera y que mejor dejen lo pasado en el pasado y traten de seguir trabajando sin que ese pequeño desliz interfiera. Salva tu dignidad y pedile disculpas vos primero.

"Respecto a lo que pasó antes... Lo siento, no debería haber..."

Pero no llegás a terminar de dar forma a ninguna de las dos oraciones incoherentes que quedan inconclusas cuando su voz, más firme y más decidida que nunca, te detiene, dándole la razón absoluta a tu corazón y dejando al cerebro abatido y fuera de combate, probando que todos sus argumentos no eran más que mentiras.

"No, no, no, no. No lo sientas. Yo no lo siento"

No lo sientas. Yo no lo siento.

No podés evitar girar un poco la silla al tiempo que tu cabeza tuerce el ángulo para mirar hacia arriba, donde está él, sentado a su escritorio con el tubo del teléfono en la mano, mirándote a vos con la misma intensidad.

"¿De verdad?" estás al borde de las lágrimas, no solamente porque el agotamiento y lo exhausta que te encontrás hacen que quieras seguir descargándote y desahogándote hasta quedar vacía, si no porque te causa una sensación hermosa escuchar en palabras lo que ya sabías: que no tiene ningún arrepentimiento, que disfrutó de ese beso tanto como vos.

"De verdad" confirma, y ves la media sonrisa que cruza su cara.

"¿Qué hay de Carrie?" preguntás de repente, volviendo a mirar a la pantalla de tu computadora. Carrie va a usar lo que sabe en contra de ustedes, eso sí es verdad, y tenés miedo de que le haga daño a él de alguna forma. Odiarías que sufriera por culpa tuya, y aún si a él no le importara, vos no te lo perdonarías jamás. Tenés que avisarle, tenés que protegerlo.

"No te preocupes por Carrie"

"La conozco. No va a dejar que esto se le escape"

"No es asunto de ella" ya lo sabés, pero Carrie no tiene problemas en meterse en asuntos ajenos "No te preocupes, va a estar todo bien"

"Esta bien" respondés automáticamente.

"Quiero verte un ratito" te pide en un susurro, y su tono está tan impregnado de dulzura que sentís como el alma que te robó hace un rato vuelve a tu cuerpo. Podrías derretirte ahí mismo, podrías morirte de amor ahí mismo. Y morirías feliz "Jack todavía no llega, y no hay nada que hacer hasta que no tengamos el chip. Necesito verte un ratito" repite, quizá porque cree que tiene que convencerte. ¿Convencerte de qué?, ¿acaso todavía no se dio cuenta que a él jamás le negarías nada?

Además, vos también querés y necesitás verlo, incluso si es sólo un ratito.

Mirás el reloj que llevás en la muñeca: son casi las tres de la madrugada.

Depositás el tubo del teléfono en su lugar y te dirigís a su oficina, a la que llegás menos de veinte segundos más tarde; es como si en tu desesperación de tenerlo cerca otra vez tus pies se movieran más rápido de lo normal sin que te des cuenta, ansiando llegar a su lado cuanto antes.

De pie en el rellano de la puerta, lo observás: las muletas apoyadas a un lado contra la pared y su taza de café de cerámica blanca con el loco de Chicago Cubs impreso en una mano. Te sonríe, le devolvés la sonrisa con timidez, y justo cuando estás a punto de dar un paso adelante para acercarte te dice la cosa menos romántica que se le podría haber ocurrido:

"Chappelle llamó. Está viniendo para acá"

Qué bien, justo lo que quería escuchar: que Ryan Chappelle está viniendo para acá y vamos a pasar las horas que siguen sintiendo su respiración en nuestras nucas.

No sabés qué contestar a eso. En realidad pensaste que quería verte, que necesitaba verte para hablar de todo menos de trabajo.

"Las cosas van a ponerse difíciles" sigue, y respondés con un leve asentimiento ", y antes de que se compliquen más necesitaba estar un ratito con vos"

Si no te desmayaste inmediatamente después de que te diga eso, entonces sos mucho más fuerte de lo que pensabas, se te ocurre mientras se pone de pie. Tratando de no apoyar su peso en la pierna lastimada se acerca a vos, guardando una distancia aceptable entre un jefe y una empleada por si hay miradas curiosas espiando desde abajo, buscando captar algo a través de las paredes de vidrio (aunque la realidad es que el resto de la CTU está demasiado ocupada en sus propios asuntos), y extiende la mano que sostiene por la empuñadura el pequeño jarrito.

Al mirar dentro de la taza ves que su contenido es un líquido caliente color claro muy distinto al que acostumbra verse dentro de ese cilindro blanco de cerámica. Él toma café, negro, sin azúcar, bien fuerte (ni hablar de mencionar la palabra edulcorante), sin crema, sin leche, sin nada; café negro en su más puro estado, café negro capaz de agujerearle el estómago a cualquiera, y en su taza inmaculada e intocable de Chicago Cubs. Pero esta vez dentro de esa misma taza hay otra cosa.

"Mitad café, mitad leche, tres de azúcar y media de crema" lo recita como si fuera una fórmula que se aprendió de memoria.

Así tomás el café vos, y él suele burlarse porque dice que es apología criminal arruinar una bebida y arriesgarse a un coma diabético, todo en uno. Sin embargo, acaba de preparar una taza siguiendo esa fórmula, y no cualquier taza: su taza, que ahora extiende hacia vos para que la agarres y pruebes un sorbo.

"Gracias" susurrás, sonriendo de oreja a oreja.

Tomás un trago, y luego sentís su mano acariciando el dorso de la tuya muy levemente antes de que proceda a quitarte la taza para llevársela a los labios.

Prueba un sorbo. Sí, Tony Almeida está tomando café capaz de provocarle a cualquiera un coma diabético.

"Tus besos son más dulces" murmura suavemente, haciendo que te sonrojes, provocando que otra sonrisa tímida se forme en tu cara.

No decís nada, simplemente bebés otro sorbo y luego lo observás a él tomar el suyo, en silencio.

Están ahí, cuando el reloj debe andar cerca de dar las tres de la madrugada, en su oficina, de pie, tomando café con leche, azúcar y crema que fue servido en su taza de Chicago Cubs, comunicándose con los ojos porque las palabras sobran, después de – menos de media hora atrás – haberse besado por primera vez en un pasillo oscuro en el que te viste víctima de un ataque de nervios que te dejó desecha, llorosa, asustada y rendida a los pies de tu cansancio. Parece mentira que luego de casi veinticuatro horas trabajando, corriendo una carrera contra el tiempo, a punto de enfrentarse a una cantidad de obstáculos que ni se imaginan están por llegar, puedan encontrar el momento indicado para desconectarse, esconderse del resto del mundo y hacer de cuenta que el Universo entero es sólo de ustedes mientras comparten una taza de café.

Amás que te deje temblando cada vez que su mirada se posa en cualquier parte de tu anatomía.

Amás que te deje sin respiración cuando te besa.

Amás que te diga que tus besos son dulces.

Amás que tenga la capacidad de hacer que tu corazón lata fuera de control.

Amás que te haga perder el control.

Amás que te haga sentir cosas que nunca antes sentiste.

Amás que te cuide tanto.

Amás que te abrace fuerte, tan fuerte que es sofocante.

Amás que sea la razón por la cual agradecés estar viva.

Amás que te deshaga con el más mínimo y simple de los gestos.

Amás que elija pasar los escasos minutos libres que acaba de encontrar con vos.

Amás que te deje así: sintiéndote perdida y locamente enamorada de él.

Veinticuatro horas atrás jamás imaginaste que esto sería posible, pero siendo casi las tres de la madrugada del 5 de septiembre podés admitir sin dudas que estás más loca y perdidamente enamorada de Tony Almeida de lo que estabas diez segundos atrás, y sabés que dentro de otros diez segundos tu locura va a crecer, y a crecer, y acrecer.

Y lo más lindo es que si quisieras podrías gritarle al mundo que Tony Almeida está loca y perdidamente enamorado de vos.