Lo más resbaladizo es creernos sin memoria.

Tu cuerpo y mente se pusieron en piloto automático como parte de un mecanismo de autodefensa para evitar pensar en el día que dejás atrás y todos los sucesos – buenos o malos – que formaron parte de él.

Hace diez horas que te fuiste de la CTU.

Acompañaste a Danny – que seguía un poco atontado por los efectos del calmante que la suministraron - al edificio de habitaciones en el que vive, le serviste una taza de café bien cargada y te sentaste con él en una de las dos sillas. Durante tres horas lo oíste pedirte perdón en susurros y palabras incomprensibles mientras las lágrimas caían de sus ojos y rodaban por sus mejillas. Luego, a medida que iba recobrando las fuerzas, pudieron mantener una conversación sincera en la que te contó lo mal que se siente y lo difícil que las cosas se ponen a veces.

Ahora que lo pensás mejor, fue más bien un monólogo, porque te limitaste simplemente a quedarte ahí, en silencio, y escuchar.

Siempre fuiste buena escuchando.

Siempre te gustó más escuchar a los otros que hablar de vos misma.

Cerca del mediodía calentaste en el horno microondas unas cuantas patitas de pollo y puré de papas instantáneo que encontraste en un recipiente plástico en el pequeño refrigerador (probablemente las sobras de la noche anterior); te ocupaste de que comiera una ración más o menos abundante antes de que tomara la dosis de medicación que le correspondía.

Pronto estaba profundamente dormido otra vez.

Entumecida como estabas no sentías ya el cansancio en el cuerpo, el dolor en los músculos, las punzadas en la herida de la mano, el hambre protestando ruidosamente en tu estómago.

No sentías nada.

No pensabas nada.

Después de más de veinticuatro horas, finalmente estabas en blanco.

En piloto automático, moviéndote por la pequeña habitación tratando de no hacer ruido mientras limpiabas un poco; sabías que Danny no iba a despertarse porque estaba bajo los efectos de los remedios, pero durante los años que viviste con tu mamá tomaste el hábito de moverte siempre sigilosamente y respetar al silencio. Incluso en tu propio apartamento de dos habitaciones rara vez se oyen sonidos ajenos a los de tus pies descalzos andando por la alfombra, y cuando ves televisión o escuchás música el volumen siempre es el máximo dentro del mínimo.

De chica lo aprendiste, lo absorbiste, se grabó en vos.

"Mamá necesita descansar, Michelle. Cuando está despierta llora, y no queremos que llore, por eso el doctor le da estos remedios, para que duerma sin pesadillas y pueda ponerse mejor pronto. Vos querés que mamá esté mejor pronto, ¿no, Michelle? No hay que hacer ruido, para que pueda dormir tranquila. Cuando se mejore vamos a ir los cuatro al parque a tomar un helado"

Tus ojos instintivamente se movieron en dirección a la esquina del cuarto, a la cama de una plaza en la que estaba recostado Danny envuelto en una frazada, y por un instante saliste de tu entumecimiento general cuando el recuerdo doloroso de los días que pasó en el hospital luego de su intento de suicidio afloró a la superficie, trayendo consigo restos de circunstancias igual de duras con las que tuviste que toparte a lo largo de tu vida y que te gusta pensar lograste enterrar para siempre, por más que de tanto en tanto en tus momentos de mayor vulnerabilidad te asalten las reminiscencias.

Nunca fuimos al parque a tomar ese helado.

Cuando sentiste los ojos cargándose de lágrimas, rápidamente los cerraste para dejarlas correr por tus mejillas, las cuales enseguida secaste con el dorso de la mano. Respiraste hondo, te ordenaste a vos misma dejar de ir a lugares de tu mente que no necesitás frecuentar, y te dispusiste a hacerle un último favor a tu hermano antes de marcharte.

Sabías que en el refrigerador iba a haber alcohol. Se supone que no debe tomar, que está trabajando en eso con su terapeuta para ganar el control sobre las ganas de beber. Se supone que las medicaciones que le suministró el psiquiatra dicen en sus prospectos que la ingesta de alcohol está terminantemente prohibida, pero es evidente que a tu hermano no le sale bien practicar la obediencia.

Encontraste mezclados entre nimiedades varias como un paquete sin abrir de queso rayado, pasta congelada y tres tomates una botella de vino blanco a medio tomar, un cuarto de una botella de vodka y un pack de seis latas de cerveza al cual le faltaban dos.

"Los japoneses creen que el cuatro es un número de mala suerte, pero tu papá dejó de creer en eso cuando nos besamos por primera vez: fue un 4 de abril. Un año y medio más tarde naciste vos"

Abriste una a una las latas de cerveza y vertiste su contenido dorado en el lavabo de la cocina, dejando que el líquido se arremolinara y se perdiera dentro del fregadera. Hiciste lo mismo con lo que quedaba en las otras dos botellas. Luego abriste el grifo y dejaste el agua cristalina correr un rato para que los restos acabaran de diluirse.

Nunca te gustó el alcohol. Jamás. De hecho, ni siquiera bebés en fiestas o eventos sociales.

El alcohol no es bueno. Destruye. Mata.

Eso también lo aprendiste desde muy chica.

Lo aprendiste de la manera difícil.

Una lástima que de la misma lección Danny haya entendido un mensaje muy distinto.

"Mamá está dormida, Michelle"

"¿Se siente mal otra vez?"

"Algo así"

Esos recuerdos asaltándote, de pronto hicieron que por un momento se apagara el piloto automático y te sintieras débil, cansada, triste, e invadida por las ganas de esconderte del resto del mundo y que el alma se te deslice del cuerpo, dejando la cáscara vacía hasta que estuvieras físicamente recuperada.

Antes de marcharte te acercaste a Danny e impulsivamente depositaste un beso en su frente.

Y más memorias que no recordabas tener guardadas salieron a la superficie.

"Buenas noches, Michelle. Te quiero, espero que lo sepas. No soy la mejor mamá del mundo, pero te quiero"

De regreso a casa manejaste casi sin sentir el volante debajo de tus manos, arrancando cuando los otros coches arrancaban y frenando delante de los semáforos cuando los demás frenaban.

Antes de que te dieras cuenta, habías llegado a destino.

Te bañaste, lo cual significó un grandísimo alivio. Te cambiaste de ropa, eligiendo una remera sin mangas de algodón color rosa y un jogging gris oscuro. Sentada en el piso del cuarto de baño y con el maletín de primeros auxilios abierto, volviste a vendarte la mano; el corte no lucía tan mal (esperabas que presentara un aspecto peor), pero el dolor era el mismo, y no pudiste evitar desear que Tony estuviera ahí con vos, para volver a besar la herida.

Cuando estabas yéndote te dijo que se verían al día siguiente; con una sonrisa enorme lo dijo, y no pudiste contener la risita tonta de enamorada que se te escapó.

Pero hace dos horas, mientras intentabas en vano tragar un poco del pan con manteca que te preparaste y beber un vaso de jugo de naranja que terminó de vuelta en la heladera sin siquiera haber sido tocado, recibiste una llamada de Ryan Chappelle avisándote que por ley te corresponden tres días de descanso para reponerte.

Hoy es miércoles. Mañana es jueves. Pasado mañana es viernes. Van dos días, porque el de hoy no se cuenta como parte de la breve licencia. Sábado y domingo nunca los trabajás. Luego viene el lunes.

Recién el martes van a volver a verse.

El martes.

Falta casi una semana para eso.

Una semana sin verlo, después de todo lo que pasó ayer.

Dios, sólo pensarlo te causa una sensación horrible en la boca del estómago, y hace que el cuerpo entero te duela por dentro, como si saber que faltan más de cien horas para verlo estuviera despedazándote.

Te fuiste a tu cuarto a las cinco y media de la tarde, un rato después de que el cielo se llenara de nubes negras y comenzarán a caer las que serían las primera gotas del diluvio que ahora escuchás azotando la acerca y los techos.

Son las seis y ya diste más de treinta vueltas tratando de encontrar una posición cómoda para finalmente cerrar los ojos y dormir.

No podés.

No te sentís cómoda de ninguna manera.

Y cerrar los ojos ya trataste, pero cada vez que lo hiciste aparecieron imágenes horribles persiguiéndote: Mason demacrado, la hija de Jack herida porque no la encontraron a tiempo, Jack con quemaduras en la cara porque tuvo que estrellar el avión, tus compañeros fallecidos, Tony muerto después de la bomba, Paula debajo de esas vigas, tu hermano de rodillas en el suelo llorando junto a los cadáveres de tus sobrinitos...

Sabés que si te quedás dormida las pesadillas van a venir a buscarte. Te sentís tonta por haber pensado que después de haber vivido lo que viviste podrías ir a tu casa como si nada, bañarte, comer, acostarte y dormir sin problemas.

Probablemente pase mucho tiempo hasta que puedas dormir sin que las secuelas de ese día te persigan para atormentarte.

Das vueltas en el lugar una vez más, y no podés evitar preguntarte qué estará haciendo él. Cómo estará. Si habrá comido. Si habrá podido conciliar el sueño.

Probablemente esté durmiendo.

Ese es el pensamiento que evita te levantes, tomes el teléfono y lo llames.

Quisieras escuchar su voz, sabés que eso te tranquilizaría. Hablar con él al menos un ratito. Preguntarle si sabe cómo van las cosas con la investigación por el atentado contra la vida de David Palmer. Conversar de cosas triviales, incluso. Solamente querés escuchar su voz para exorcizarte de los demonios que viven en tu memoria.

Pero debe estar durmiendo. Descansando. Recobrando fuerzas. Merece algo de paz; no querés molestarlo.

Por eso seguís dando vueltas en la cama, tapándote porque tenés frío, destapándote porque tenés calor, mirando el techo, enterrando la cara en la almohada, mirando al techo otra vez.

Hasta que finalmente cerca de las siete de la tarde los párpados se te cierran solos, vencidos por el cansancio, por mucho que intentes pelear y mantenerlos abiertos porque sabés que indefectiblemente vas a estar adentrándote en un túnel hecho de retazos de tus memorias más oscuras y tristes, tanto viejas como las que fueron recientemente agregadas.

Soñás con tu mamá.

Soñás con tu papá.

Soñás con las tragedias que destrozaron tantas vidas en tan poco tiempo, y con las tragedias que podrían haber destrozado tantas otras.

Agitada, cubierta en sudor frío, seguís dando vueltas, balanceándote fuera y dentro del plano de la inconciencia, rogando por un lado quedarte dormida profundamente y no soñar, y queriendo por el otro despertarte para que los fantasmas dejen de perseguirte.

Y cuando tu pesadilla llega al punto en que te ves envuelta en humo y caminando entre escombros para encontrar a tus pies el cuerpo sin vida de la persona que más te importa sobre esta Tierra, con un grito desgarrador te despertás.

Sentís las lágrimas corriendo libres por tus mejillas, la taquicardia causándote un dolor en el pecho, tus jadeos nerviosos llenando la habitación, cada músculo temblando inconteniblemente.

Abrazás a la almohada tan fuerte como podés y clavas los dientes en la tela suave que envuelve las plumas para ahogar tus gritos de espanto, repitiéndote una y otra vez mentalmente que él no murió, que está bien, que está vivo, que los dos sobrevivieron.

Qué ilusa que fuiste, qué resbaladizo fue creerte sin memoria, cuando la realidad es que después de días como ese la memoria de lo que fue y las imágenes de lo que podría haber sido son los instrumentos de tortura perfectos.

Lo extrañás y necesitás más que nunca.

El teléfono te mira burlón, desafiante, desde el sitio que ocupa en la mesita de noche que yace a menos de un metro de distancia; si extendieras el brazo, podrías tomarlo. Podrías llamarlo y pedirle que vaya a hacerte compañía. Podrías compartir tus miedos y tus pesadillas, tus recuerdos, tus memorias teñidas de tristeza.

¿Lo llamás?, ¿no lo llamás?

¿Lo llamás?, ¿no lo llamás?

Es como deshojar un margarita cuyos pétalos nunca se acaban. Arrancás uno y crece otro, arrancás uno y crece otro, y así el círculo nunca termina.

¿Lo llamás?, ¿no lo llamás?

¿Lo llamás?, ¿no lo llamás?