Estoy enamorado y siento tanto miedo,

Tanto miedo que no puedo dormir,

Que no puedo creer que estoy enamorado,

Hipnotizado, y que

No es mentira.

Hace rato que abandonaste la ridícula idea de quedarte dormido, incluso antes de que la tormenta que venía avecinándose se desatara con toda su furia sobre la ciudad de Los Angeles y pudieras usar a los truenos y al ruido del agua cayendo sobre los techos y las aceras como pretexto para evitar reconocer que no lográs conciliar el sueño porque estás demasiado absorto pensando en ella.

Las partes más hermosas de ese día trágico que por momentos se hacía interminable no dejan de reproducirse una y otra vez en la pantalla de cine de tu mente, ganándole a las escenas más triste y nefastas que acontecieron en el medio de los instantes de amor, dulzura y pasión que compartieron los dos, que quieren meterse por entre tus recuerdos para torturarte. Pero no lo logran, porque en tu memoria sólo hay lugar para repasar sus besos, sus sonrisas, sus palabras, la imborrable sensación de su cuerpo acunado contra el tuyo cuando la abrazaste, sus miradas, sus gestos, su piel comunicándose con tu piel.

Pasaron de 0 a 120 tan de golpe que, ahora con un poco de tiempo en tus manos para examinarlo detenidamente, te cuesta creer que haya sucedido, que esas imágenes no sean pedazos de los sueños en los que te dormís acurrucado todas las noches, que no es mentira que se animaron a dar los primeros pasos.

Te tiene enamorado, hipnotizado, y ya no temés gritárselo al mundo. A nada temés, sólo a desilusionarte por la mañana si lo que pasó resulta haber sido simplemente el sueño más dulce, más tierno y más vívido que alguna vez hayas tenido.

Por eso no querés dormir.

Por eso no podés dormir.

Por eso estás ahí, con los ojos fijos en el cielo raso, acariciando tus labios con las yemas de los dedos, rememorando el beso más dulce que alguna vez te hayan dado, ese beso que tanto anhelaste, prácticamente desde que se conocieron y te obsesionaste con su boca, sus labios tan perfectos, incluso si te llevó tiempo reconocerlo, admitirlo.

Dormir, ridícula idea. ¿Quién podría pegar un ojo después de todo lo que pasó?, ¿quién podría sin más conciliar el sueño?

Todavía no podés creer que todo eso haya pasado, que sea cierto, pero lo es. No es mentira. Y es absurdo, ridículo que tengas miedo, tan ridículo como la idea de poder cerrar los ojos y pederte en el mundo de Morfeo. Es absurdo, ridículo que tengas miedo, porque es verdad que estás enamorado, hipnotizado, completamente dispuesto a entregarte, ya sin barreras o muros levantados alrededor de tu corazón y tu alma.

Pensar en lo que va a llegar mañana también es parte de lo que te mantiene en vigilia, sin poder relajarte y caer presa del cansancio. Es como si no pudieras sentir otra cosa que no fueran las mariposas acariciándote el estómago ante la perspectiva de lo maravilloso que se siente ser finalmente libre de tus propios demonios (o al menos de la mayoría de ellos, los que estaban manteniéndote atado y estacando, viendo el agua pudrirse, soñándome mil veces las mismas cosas y contemplándolas sabiamente, hundido en un círculo que daba vueltas y vueltas y parecía jamás iba a cortarse).

Lo que querés es abrazar a la almohada, pensar en Michelle y lograr quedarte dormido. Pero claro, dormir es una idea ridícula bajo estos eventos. ¿A quién se le ocurriría?

No, dormir no podés. Estás demasiado hipnotizado recordando cada caricia, cada sonrisa, cada mirada.

Estás demasiado enamorado contando los segundos que faltan para que la noche se escurra entre tus manos y llegue el día de mañana y puedas llamarla.

Chappelle te avisó que no se los espera en las oficinas de la CTU hasta el martes de la semana entrante, pero eso no quita que no puedan verse fuera del trabajo; de hecho, te encanta la idea de que tengan licencia en los días que siguen, porque va a darles la oportunidad de pasar tiempo juntos fuera del trabajo, algo que hasta ahora nunca antes ha ocurrido.

Estás demasiado asustado como para irte a dormir, porque por mucho que te repitas una y otra vez que no es mentira, una parte de vos tiene tanto miedo de despertar y encontrarte de vuelta en el casillero en el que estabas hace dos días...

No, dormir es una idea ridícula.

Te levantás, vas a la cocina y te servís un vaso con agua. El televisor te mira desde la sala de estar, a lo lejos yace desafiante sobre el pequeño mueble de algarrobo con su pantalla negra y lustrosa devolviendo tu reflejo, como tratando de intimidarte a que lo enciendas y te empapes nuevamente con todo lo que los medios deben estar diciendo sobre los atentados, la bomba y el intento de asesinato a David Palmer luego de la conferencia de prensa que dio esta mañana a las ocho para asegurar que la Nación estaba fuera de peligro.

Cuando hablaste con Ryan unas dos o tres horas atrás te dijo que la situación del presidente era complicada, pero que los médicos tenían confianza de que las cosas saldrían bien y volvería a estar pronto en condiciones óptimas. También aprovechaste para preguntar por Jack, y la respuesta fue que – gracias a Dios – se encontraba estable, recuperándose, y que pronto podría marcharse a su casa, con su hija.

Voy a ir a verlo en cuanto pueda pensás mientras tomás tu teléfono celular de manera automática en respuesta al pitido que emite para avisarte que está quedándose sin batería. Buscás el cargador en uno de los tantos cajones del aparador de la cocina donde tenés guardadas toda clase de cosas – desde aquellas que son útiles hasta esas que deberías tirar o regalar pero que nunca encontrás el tiempo para dedicar a clasificarlas y sacártelas de encima -, lo enchufás, lo conectás al aparato y lo encendés para ver si te han llamado o dejado mensajes durante el período breve que estuvo apagado. El período breve durante el cual intentaste llevar a cabo la ridícula idea de dormir.

El ícono en la pantalla te indica que hay correo de voz, y por un instante breve tu corazón salta para luego dejar de latir y contraerse de emoción, pensando que quizá Michelle te llamó.

Sin embargo, la voz que encuentra a tus oídos un segundo más tarde pincha tus ilusiones hasta desinflarlas como a un globo.

"Anthony, soy yo. Estoy con Kiefer, fuera de la ciudad, desde el sábado pasado y no nos enteramos de lo que sucedió si no hasta ahora. Sé que estás bien porque caso contrario nos hubieran avisado, pero me gustaría que me devolvieras la llamada cuanto antes. Quiero verte, Anthony, y en lo posible pronto"

Marcás el número rápidamente, sabiendo que lo mejor va a ser tranquilizarla antes de que empiece a mover cielo y tierra para contactarse con vos.

"Hola" su voz siempre seria y más bien propia de una mujer de cuarenta años nunca falla en arrancarte una sonrisa.

"Martina, acabo de escuchar tu mensaje" decís, y la oís suspirar de alivio.

"Me alegra que estés bien. Debe haber sido bastante duro, ¿no?" comenta, su voz inconcientemente reduciéndose a un susurro.

"Lo fue" admitís, sin entrar en demasiados detalles "¿Estás con Kiefer fuera de la ciudad?, ¿cuándo volvés a Los Angeles?"

"En unos días. Tengo tantas cosas para contarte, Anthony" vuelve a suspirar, y agrega "No te das una idea"

Vos tampoco te das una idea.

Pero no vas a decirle nada aún, mucho menos por teléfono, muchos menos antes de haber hablado largo y tendido con Michelle (aunque realmente crees que entre ambos las palabras dichas con otro lenguaje que no sea el de la piel sobran), no antes de haber hecho un par de cosas de las que querés ocuparte primero.

"Ya va a haber tiempo para ponernos al día, ¿sí?" prometés.

"Anthony, tengo que colgar" no podés evitar sonreír ante su manía constante de llamarte por tu nombre completo "Voy a ir a visitarte cuando llegue a Los Angeles"

"Te tomo la palabra" reís "Te quiero"

"Y yo a vos"

Cuando cortás la comunicación, notás por primera vez el dolor punzante en la pierna. Seguramente el analgésico que tomaste debe estar perdiendo efecto, y sumado a la humedad y clima general causado por la tormenta que está azotando ferozmente a la ciudad, la dolencia empeora.

Podrías tomarte otro calmante, pero no querés andar dependiendo de las pastillas, así que vas a acumular otro motivo más para agregar a la lista de por qué dormir es una idea ridícula.

Vas al baño a examinar la herida del rostro otra vez, esa color morado que te quedó después del golpe que te diste al caer cuando esa bomba explotó en la CTU. Es enorme y te cubre gran parte del costado izquierdo de la cara, pero se ve mucho mejor que cuando arribaste a casa esta mañana. Aplicás de nuevo esa crema que compraste en la farmacia de camino a casa y rogás que se desinflame pronto, que pase el dolor ahí también.

Cerca de las ocho y media de la noche el diluvio es ya torrencial e incomparable con cualquier otra cosa que hayas visto antes, y el ruido del agua cayendo feroz y furiosa es, de algún modo, bastante relajante, por lo cual si bien no llegás a adormecerte en el sofá en el que yacés mientras contemplás el cielo razo de tu sala de estar, te hallás mucho más cómodo y con la mente tan en blanco como las cuatro paredes que te rodean, como si te hubieran quitado el alma del cuerpo y dejado la cáscara vacía, como si te hubieran vaciado de tus miedos, deseos y síntomas del enamoramiento e hipnosis de los que sos presa desde que caíste en su hechizo de suave adicción.

Acunado por el sonido de la lluvia, se cierran tus párpados, sin que lo notés, y una sensación calida te abruma, preparando a tu cuerpo para finalmente rendirse en los brazos del descanso.

Sin embargo, un minuto más tarde, algo –la intuición, quizás – activa tu cerebro adormecido y comienza a punzarlo con dolorosa, suave y desgarradora lentitud, invadiéndolo de preguntas que una a una van saltando, disturbándote, sorprendiéndote, haciendo que veas que la idea de dormir es, después del día que viviste ayer, ridícula.

Son interrogantes relacionados, por supuesto, con ella.

¿Dónde estará Michelle?, ¿seguirá con su hermano o ya estará en su casa descansando? Juzgando por la hora que es, probablemente esté en su casa, durmiendo, reponiéndose, ¿no? Eso te dijo esta mañana que iba a hacer: llevarse a su hermano e irse a descansar. Eso le dijiste que debía ir y hacer: descansar. Pero ahora te arrepentís de no haberle pedido que se fuera con vos, o que se vieran más tarde después de que se ocupara de Danny, lo que sea, cualquier alternativa que implique dormir con ella en tus brazos y no solo.

¿Cómo estará Michelle?, ¿a ella también le costara dormir?, ¿estarán las pesadillas invadiéndola?, ¿tendrá dificultades para conciliar el sueño?, ¿los recuerdos más oscuros estarán atormentándola?

¿Estará necesitándote tanto como vos a ella?

Si el amor que sus ojos muestran es cierto, si es cierto que esos ojos en los que te encanta mirarte son fiel reflejo de los tuyos, entonces sí: debe estar necesitándote terriblemente.

Te morís porque te necesite terriblemente.

De pronto esperar hasta mañana te parece un calvario imposible de soportar, tanto que la sola idea de esperar hasta un horario razonable como las nueve o las diez para llamarla te resulta tan ridículo como intentar dormirte y no ser despertado por tu máquina de pensar y sentir que al parecer no quiere hacer caso a tus deseos de que queda inactiva por un rato.

Si la llamás, estás arriesgándote a despertarla, a interrumpir su descanso, a disturbar su tan merecida paz, pero para ser sinceros, sabés que no va a importarle, y por eso no te importa a vos. Sabés que te equivocaste al dejarla ir esta mañana sin haber podido musitar más que la promesa de 'verse al otro día'.

En realidad no es que quieras sentarte a hablar, a analizar las cosas, a ponerte a hacer un estudio detallado de algo tan profundo que jamás ninguno de los dos sería capaz de entender. En realidad lo que querés es estar con ella. O al menos escuchar su voz, asegurarte de que esté bien, hacer que se siente cuidada. Simplemente eso.

Tomás el teléfono celular de nuevo en tus manos y lo observás durante minutos que se esfuman como si fuera agua que tratás de retener en un cuenco hecho de arena, hasta que tus dedos comienzan a pulsar despacio uno a uno los dígitos de su número de teléfono.

No pretendés robarlo mucho tiempo, nada más una conversación breve para dejarle saber que estás pensando en ella, que te preocupás por ella, que lo que pasó – todo – significó mucho y que ya no vas a dejar que el pasado y sus reminiscencias se interpongan entre ustedes, que ya aprendiste la lección: la vida es una sola y puede pasar tan rápido que no hay que perder el tiempo cuando tenés tan cerca algo que podría hacerte el hombre más feliz.

Mientras escuchás el suave tono de llamada, se te ocurre que una vez que hayas hablado con ella vas a sentirte muchísimo mejor y vas a lograr ir, acostarte, cerrar los ojos y llevar a cabo la hasta ahora ridícula idea de conciliar el sueño.

Pero cuando escuchás su voz al contestar la llamada ese pensamiento se evapora en un dos por tres.

Conocés bien la costumbre de atender de esa manera, dando por todo saludo tu apellido, porque luego de años trabajando en la CTU se ha vuelto un hábito del que no podés deshacerte, por lo cual no te sorprende el 'Dessler' que recibís como saludo; lo que te sorprende es el sonido de esas siete letras que en una época usabas combinadas para dirigirte a ella porque te costaba pronunciar su nombre, un sonido que delata enseguida lo que obviamente ella quiere ocultar. Delata enseguida hechos que te parten el alma.

Delata que estuvo llorando.

Delata que está agitada.

Delata que está triste.

Delata que las heridas duelen y van a tardar en cicatrizar.

Delata que necesita un abrazo.

Delata que te equivocaste al dejarla ir pensando que podría ir a casa 'a descansar'.

Dormir después de lo que aconteció, Dios, qué ridícula idea. ¿A quién se le ocurriría?, ¿cómo se te ocurrió dejar que se fuera sola, a enfrentarse sin nadie más a las pesadillas, los recuerdos, las llagas y magulladuras emocionales, la culpa del sobreviviente, los millones de pensamientos tan negros como las nubes que en este momento cubren el cielo de Los Angeles, pensamientos que debe estar haciéndole daño por dentro?

"Michelle, ¿estás bien?"

No preguntaste cómo estaba porque la conocés, la conocés mejor de lo que pensás, y seguramente hubiera mentido, hubiera dicho que no le pasa nada, hubiera tratado de disuadirte de la idea de que su voz – aquella que simplemente escuchaste encerrada en el sonido de su apellido cuando atendió el teléfono pero que bastó para que te dieras cuenta de que ella está mal – expresa la forma en que se siente por dentro.

No. Preferiste preguntar si está bien, y aunque sabés que va a mentir de todos modos, no vas a dejar que se salga con la suya, por llamarlo de alguna manera. No vas a dejar que te mienta cuando la verdad es clara y traslúcida, incluso si la descifraste guiándote sólo por la forma en que su apellido sonó al escaparse de sus labios.

Pero, para tu asombro, te dice la verdad.

"No puedo dormir" confiesa en susurros débiles que hacen que te estremezcas por dentro "Traté, pero las pesadillas no me dejan"

"Yo tampoco puedo dormir" decís despacio, y las palabras salen quebradas porque por dentro cada palmo de tu ser está temblando ante la abrasadora sensación de que serías capaz de cruzar la ciudad con este temporal tan sólo para llegar a su lado, acunarla como a una criatura y hablarle al oído hasta lograr que caiga rendida al cansancio y sin miedo a que los recuerdos más horribles se arrastren hasta la superficie para atormentarla.

"Me aletargo pero enseguida veo a Paula, al señor Mason, a Luke, a todos los que fallecieron" sigue contándote, y aunque odiás saber que está sufriendo te consuela que confíe en vos, que se apoye en vos para compartir cosas tan íntimas como sus inquietudes y congojas, y que te dé la oportunidad de ayudarla a encontrar algo de alivio "Sigo reviviendo el momento de la explosión" un sollozo ahogado le causa dificultades para modular ", y te veo tirado en el suelo, muerto, entre los escombros" a medida que se afloja y las cosas van saliendo, su estado empeora más "Me desperté hace un rato y desde entonces no paro de llorar"

"No debería haberte dejado sola, mi vida" te lamentás en un murmullo, y sin darte cuenta la llamás de esa forma por segunda vez, de esa forma que se siente tan natural "Decime qué puedo hacer por vos, para que te sientas mejor" casi rogás.

Sabés bien qué te haría sentir mejor a vos: tenerla en tus brazos y cuidarla para que los recuerdos y las fantasías retorcidas de lo que podría haber pasado no la persigan y atosiguen, pero tenés miedo de proponer ir a verla porque no te gustaría apresurarla, apurarla, invadir su espacio, hacer que se sienta presionada a seguir avanzando casilleros a los trompicones.

Luego de unos instantes de silencio durante los cuales lo único que resuena es su respiración agitada debido al llanto contra el cual está luchando, vuelve a hablar:

"No quiero estar sola esta noche" confiesa con un dejo de vergüenza y timidez.

"No tenés por qué estarlo"

"Necesito salir de acá, estoy volviéndome loca entre estas cuatro paredes. ¿Puedo ir a tu casa?" pregunta, y oís que guarda cierto temor a que le digas que no, a que la rechaces, a que la dejes sola. Temor al abandono, a estar sola, a no tener a nadie.

"No quiero que manejes con este diluvio torrencial"

La lluvia ha agudizado, mucho. El cielo está, literalmente, cayéndose. No te gusta para nada la idea de que Michelle salga con este temporal, se suba a su auto y vaya hasta tu casa. No tomaría más de media hora, pero sería una media hora larguísima durante la cual te comerías las uñas y sentirías el estómago estrujado en un nudo como consecuencia de la preocupación y el deseo de que llegue pronto, sana y salva.

"Está bien, entiendo" contesta con voz queda, quizá pensando que lo que acabás de decir es una excusa.

"Voy a ir a buscarte" no es una propuesta, o una sugerencia; no estás consultándolo a ver qué opina. Es una afirmación: vas a ir a buscarla, vas a traerla a tu casa, vas a dejar que busque en vos el refugio que necesite, que hable, que llore, que grite de dolor si es necesario.

"No, Tony" dice rápidamente, queriendo disuadirte "Tenés razón: está lloviendo torrencialmente, y andar con el auto por la calle es peligroso. Además, tu pierna debe seguir doliéndote. No quiero molestarte"

"Michelle, no es una molestia" insistís, frustrándote un poco ante el hecho de que no se dé cuenta que para vos cuidarla es un placer más que cualquier otra cosa, que serías capaz de caminar sobre el agua o sobre el fuego, de juntar el infierno con el cielo, de hacer lo que sea con tal de llegar a tiempo para ponerla a salvo, para darle abrigo y protección.

Sentís que está a punto de protestar o intentar convencerte otra vez, por lo cual intervenís primero:

"Una de las razones por las cuales no logré pegar un ojo hasta ahora es porque no paro de pensar en vos" te sincerás, y notás que expresar tus sentimientos no es en realidad tan difícil como creíste que resultaría "Sacarte de mi cabeza es imposible, es como si me tuvieras completamente hipnotizado" seguís, y aunque no podés verla jurarías que está sonriendo y sonrojándose "No puedo conciliar el sueño porque tengo miedo de despertar y descubrir que todo fue una ilusión, una fantasía, que es mentira"

Nunca creíste revelar algo así tan fácilmente y por teléfono, pero en ella podés confiar. Ella es distinta, ya lo demostró. Ella no va a lastimarte, todo lo contrario.

"No es mentira" te tranquiliza dulcemente, y la piel se te eriza al escucharla "Es verdad que las cosas pasaron de golpe, y que tenemos tanto de que hablar..."

"Entonces deja que vaya a buscarte" volvés a suplicar.

Tardaste tanto en entregarte, en lanzarte, en liberarte, en dejar caer los muros, en darte cuenta que la vida es hoy y que hay que aprovechar la luz del sol mientras éste brilla, tuviste que ver tanta tragedia y sentir tantas emociones juntas para comprenderlo, para entender que no querés pasar un solo día más sin ella, que ahora estás enloquecido, desesperado por volver a verla.

"Está bien" acepta finalmente, y jurarías que el rubor natural ha vuelta a llenar sus mejillas y que la sonrisa que tanto adorás curva sus labios. Te apacigua muchísimo notar que su voz se ha relajado, que ya no suena tan triste y alterada como cuando la llamaste minutos atrás.

"En media hora estoy ahí" prometés, sonriendo de oreja a oreja vos también.

"Voy a darte mi dirección"

Procede a decirte la calle, el número y el piso.

"Abrazá la almohada y pensá en cosas lindas hasta que llegue" le decís cuando terminás de anotar la dirección en un pedazo de papel.

"Voy a pensar en vos. Te espero"

Y con esa última línea, la conversación telefónica acaba.

Un alivio abrumador te envuelve desde adentro, porque en poquito vas a estar con ella. Vas a ir a buscarla, a llevarla a tu casa – que agradecés esté ordenada y en condiciones -, vas a poder abrazarla, demostrarle cuánto la querés, cuánto te preocupás por ella, cuánto te importa. Vas a poder alejar las pesadillas que quieran perturbarla, hacerla reír para que se sienta mejor, escucharla si quiere hablar, o simplemente brindarle compañía y silencio si eso es lo que necesita.

El diluvio torrencial que se desata afuera, el dolor de la pierna, la magulladura morada que tenés en la cara, esas cosas no te importan, quedan relegadas a un segundo plano. Lo único que ocupa tus pensamientos ahora es ir a buscarla cuanto antes, secar sus lágrimas, tal vez robarle un beso.

Tomás de tu guardarropa un suéter para abrigarte; cuando llueve en Los Angeles pueden levantarse vientos fuertes. Apagás las luces de la sala de estar y de la cocina, echás un vistazo al reloj, buscás sin éxito un paraguas pero te rendís pronto, resignado a mojarte en el breve trayecto desde tu departamento hasta el garaje donde tenés el auto.

A las ocho de la noche con cuarenta y tres minutos ambas manos están en el volante, The Cure suena en el estéreo hablando de la sirena de cabellos rubios que dejó a un hombre hipnotizado y por tu mente cruzan toda clase de pensamientos que se mezclan y se funden y se dividen y se dibujan y desdibujan y se vuelven a formar mientras conducís cuidadosamente por las calles empapadas, con la vista fija en el parabrisas que se mueve de un lado al otro borrando los restos de la lluvia y los truenos interrumpiendo de tanto en tanto los acordes melodiosos de la música.

Pensás que en tu vida hay una sirenita, de ojos orientales hermosos y cabello castaño rojizo enrulado, que te tiene bajo una hipnosis de la que no querés salir.

Te tiene enamorado, hipnotizado, y no es mentira.

No tenés que tener miedo a nada.

Porque no es mentira.

Pensás que si estar enamorado implica locuras como ésta – manejar en medio de un temporal para ir a buscar a tu princesa -, entonces seguramente en el futuro te aguardan muchos otros actos desquiciados para cometer.

Pensás que mañana cuando amanezcas ella va a estar acurrucada a tu lado, señal inconfundible de que nada fue un sueño, una fantasía, un espejismo o una mentira. Señal de que es verdad: tu vida cambió drásticamente, y otros cambios están a la espera.

Pensás que fuiste afortunado al no poder dormir; si hubieras caído despreocupado y víctima de la fatiga en brazos de Morfeo, nunca la hubieras llamado, nunca te hubieras enterado que estaba mal, nunca hubieras tenido oportunidad de cometer esta hermosa locura, nunca hubieras tenido oportunidad de ir a buscarla, de pasar el resto de la noche los dos juntos.

Dormir, qué idea más ridícula hubiera sido eso. ¿A quién se le hubiera ocurrido? Qué suerte que el miedo te mantuvo despierto, ese miedo que ahora ya es innecesario, que en realidad fue siempre innecesario.

Cuando el reloj marca las nueve de la noche con quince minutos, estacionás tu coche frente al edifico en el que vive.

Algo te dice que la noche que los aguarda a ambos va a ser larga, y que aún juntos dormir va a parecer una idea ridícula, porque tienen mucho para hablar, queda mucho por decir, mucho por compartir, mil cosas para confesar. Mil cosas que querés confesarle mientras la abrazás y con tus caricias hacés que se sienta amada y protegida, a salvo de todo.