Y en palabras dije muchas cosas,

Pero en mi corazón todavía queda tanto por decir.

Deshojando esa margarita eterna que se asemejaba más bien a un círculo vicioso sin escapatoria estabas, debatiéndote entre llamarlo o no, torturándote dolorosamente tratando de decidir qué hacer, cuando el teléfono sonó y tu corazón se detuvo por una fracción de segundo, hasta que tus manos temblorosas se abalanzaron sobre él y lo tomaron.

Al abrirlo y ver que el identificar de llamadas mostraba su nombre, tus pulsaciones se reanudaron más aceleradas que lo normal. Trataste de respirar hondo pero no dio resultado, y cuando pulsaste el botón verde de 'iniciar conversación' ya habías de alguna manera decidido no fingir, no mentir, no ocultar tus sentimientos.

Porque con él podés ser vos misma.

Porque con él podés dejar al descubierto tu costado más vulnerable sin miedo a ser herida.

Porque sabés que él va a cuidarte, siempre.

Abrazada a la almohada, pensás en él: en sus besos, en su sonrisa, en sus ojos, en sus labios, en su cuerpo y el tuyo amoldándose cuando se abrazaron, como si siempre hubieran pertenecido el uno al otro.

Ustedes dos siempre pertenecieron el uno al otro.

No sabés cómo, pero es así.

Te hizo bien compartir con él lo que estabas sintiendo cuando te llamó, decirle que las pesadillas no te dejaban en paz, confesarle tus problemas para conciliar el sueño, dejar finalmente que las lágrimas caigan sin tener que estar luchando para contenerlas, escucharlo decirte que lo tenés hipnotizado, que no puede sacarte de su cabeza, tranquilizarlo asegurándole que nada de lo que pasó es mentira, animarte a preguntarle si podían pasar la noche juntos.

Se dieron ya tantas, tantas cosas con palabras y con la piel, pero aún queda tanto por decir. Tenés el corazón lleno de emociones y sentimientos que no sabrías cómo expresar, pero que te gustaría tratar de hacérselos saber de alguna forma, de alguna manera.

En tu corazón queda tanto por decir, que no podés esperar a que finalmente llegue para empezar a desahogarte.

Querés saber exactamente qué siente, aún cuando es obvio y puede verse con tanta claridad en sus ojos. Querés que te cuente también sobre las razones de su insomnio. Querés que te diga cómo fue que de pronto las paredes levantadas alrededor de su corazón fueron derribadas y dejó que entraras. Querés que te susurre cosas lindas al oído. Querés que te abrace. Querés que te mime. Querés sentirte amada. Querés dejar de esconderte detrás de esa fachada de persona compuesta, fuerte e indestructible, aflojarte y ser vos misma.

Con él podés ser vos misma, sin necesidad de fingir, temer, esconderte o preguntarte si tus actitudes van a alejarlo, si la tristeza que llevás dentro y con la cual venís cargando desde hace tanto tiempo va a ser causante de problemas. Con él sabés que podrías compartir tu historia entera, cada pedazo, cada retazo de decepción, abandono y angustia, y sentirías el alivio que buscás desde hace tanto tiempo.

En él podés confiar.

Porque él va a cuidarte siempre, y sería incapaz de hacerte daño. Lo sentís, sencillamente es algo que te abraza desde adentro y te devora, con más fuerza que cualquier otra emoción, incluso aquellas que están plagadas de memorias tortuosas.

En tu corazón queda mucho, tanto por decir, tanto que implica palabras que jamás murmuraste a otro ser humano, secretos que nunca dijiste a nadie, que siempre guardaste dentro de vos y permitiste que se anidaran ahí y eventualmente acabaron haciéndote mal.

Todo eso querés decírselo, confiárselo; no esta noche, no todo de golpe, no todo de un tirón, pero sí de a poco, de a partes, cuando tengas fuerzas para convertir los recuerdos y sensaciones en frases.

Hoy es buen momento para que tu corazón empiece a hablar, a expresar lo que queda por decir.

Abrazás la almohada un poco más fuerte, y sonreís por primera vez desde que saliste del edificio de la CTU.

Decidís que va a ser mejor que ordenes un poco tu habitación y te cambies de ropa antes de que él llegue. No vas a arreglarte demasiado ni a aparentar estar bien porque no es así, pero por mucho que estés convencida de que no va a importarle verte vistiendo un jogging gris y una remera de algodón rosa, preferís ponerte algo que no sea tan 'de entre casa', por falta de un mejor término para describirlo. Algo sencillo, como el pantalón de jean azul oscuro que encontrás colgando de una percha en tu pequeño vestidor y un sweater de hilo fino color uva.

Mientras escuchás la lluvia azotando furiosa y sin piedad, echás un vistazo al reloj y calculás que con este clima probablemente le tomen otros quince minutos llegar. Te preocupa que ande manejando bajo este diluvio, pero a la vez te alivia enormemente saber que está dispuesto a combatir una tormenta de esta magnitud simplemente para ir a buscarte porque no querías estar sola. La sonrisa que se te escapa ante este pensamiento mitiga la preocupación que en forma de calambre estaba comenzando a armar nudos en tu estómago, y la ves reflejada en el espejo del cuarto de baño, que es donde estás ahora.

Te lavás la cara con agua tibia, queriendo deshacerte de los rastros de las lágrimas lloradas que ya se secaron y dejaron manchas en tu piel. Luego tomás una bandita elástica del montón que yace sobre el mueble auxiliar y aprisionás tus bucles en una cola de caballo floja y volvés a mirarte en el espejo.

No te gusta mucho tu cabello. Tampoco te gustan tus ojos orientales, o el color amarillento marfil de tu piel. Ni las pecas microscópicas en tu nariz (tampoco te gusta tu nariz). Ni tus mejillas tan propensas a ruborizarse. Ni tus labios sonrosados, suaves y en forma de corazón. Y definitivamente odiás tus orejas profundamente.

A decir verdad, nunca te gustaste mucho a vos misma, al menos la parte de afuera (y nunca tuviste mucha suerte lidiando con los daños hechos a la parte de adentro y la forma en que quedó luego de consumados los destrozos). Cada pedazo de tu aspecto físico te recuerda a ellos, y pensar en ellos es doloroso.

Sacudís la cabeza levemente como queriendo quitarte esos pensamientos, espantarlos, alejarlos, ahuyentarlos.

Tus ojos se posan en el estuche de tela en el que guardás utensilios básicos de belleza – delineador, sombra, esmalte, algodón, rímel, rubor, dos o tres cremas, entre otros –, y por un breve instante considerás aplicar un poco de corrector para mejorar tu aspecto, por el simple hecho de que tu bajo autoestima y esa partecita que dentro de tu cabeza sigue rehusándose a creer que un hombre tan apuesto, tan sexy y tan encantador como él te haya elegido a vos de entre tantas mujeres más atractivas te dicen que por mucho que estés segura de que no va a importarle el cuerpo que envuelve tu alma no deberías dejar que te vea luciendo así.

Esa es otra de las dudas que albergan tu corazón y tu cabeza, otra de las tantas cosas que quedan por decir o, mejor expresado en este caso, por preguntar: qué vio en vos físicamente, qué lo atrae a vos físicamente, porque no podés creer que te haya besado y abrazado de esa manera a vos, que te mire tan provocadoramente a vos, que te devore con los ojos a vos, cuando podría tener a cualquier otra mujer que quisiera y cualquier otra mujer estaría interesada en tenerlo a él.

Nunca te imaginaste enamorarte tan perdidamente de un hombre, nunca te imaginaste caer así bajo un hechizo tan fuerte, especialmente porque pasaste la mayor parte de tu existencia temiendo al amor, a lo que el amor puede hacerle a las personas, a sus corazones, a sus almas… a sus mentes, hasta que lo viste a él, empezaste a conocerlo, y todo eso se fue por la ventana. Lo que tampoco te imaginaste fue que ese amor tan grande sería correspondido, pero sin embargo durante los meses que pasaron trabajando juntos notaste pequeños detalles aquí y allá, ilusiones que crecían, las semillas de su encanto germinando en vos, tus ganas de conquistarlo floreciendo, la atmósfera tensa a punto de quebrarse, a punto de romperse… hasta que ayer se rompió.

Y ayer viste amor en sus ojos.

Y oíste amor en su voz.

Y sentiste amor en sus caricias.

Y ya estás completa e indudablemente segura de que te ama, que es tu alma gemela, el amor de tu vida, tu destino, incluso si no se te ocurre qué habrás hecho para merecerlo.

Estás sumida en tus pensamientos, de pie frente al espejo, observando tu reflejo sin realmente prestar mucha atención, cuando desde lejos te llega el sonido del timbre, devolviéndote a la realidad y haciendo que tu corazón se acelere, que tus pulsaciones se convierta en veloces, que la ansiedad de pronto te invade y tu estómago se llena de mariposas que sufren de hiperactividad.

Antes sentirte así dolía, que te provocara estas sensaciones dolía, pero ahora ya no. Ahora los efectos que tiene en vos te encantan, porque estás convencida de que – por algún extraño motivo – el destino ha decidido que su camino y el tuyo tienen que entrelazarse, que su alma y la tuya nacieron para ser una sola, y el amor los ha embrujado a los dos con el mismo hechizo enloquecedor.

Respirás hondo y te dirigís a la puerta, deseosa de verlo, sentirlo, respirarlo.

Apagás todas las luces en tu camino fuera del departamento, y tan desesperada estás por llegar a sus brazos que pasás por alto contestar el portero eléctrico, o tomar un paraguas; simplemente te precipitás al ascensor y pulsás el botón que indica 'planta baja' para iniciar un recorrido de diez pisos que no lleva más de un minuto, pero esos sesenta segundos hasta que el pitido se escucha, la botonera se ilumina anunciando que llegaste a destino y te encontrás en el enorme recibidor del edifico se te hacen eternos, interminables, insoportablemente largos.

Lo primero que notás no es la forma salvaje en que las gotas caen a cántaros del cielo, el ruido del agua mezclándose con los truenos y el firmamento iluminándose con la luz de los relámpagos; cada sentido está demasiado enfocado en la figura alta, fuerte y masculina de Tony Almeida que yace de pie en el pórtico, a escasos metros de los portones de vidrio, empapado hasta la médula, con los cortos mechones enrulados de cabello oscuro pegándosele a la frente y las rompas mojadas como si se hubiera metido vestido debajo de la ducha y quedado ahí por horas.

Va a agarrarse una pulmonía por mi culpa pensás mientras introducís la llave en la cerradura, pero no podés evitar la sonrisa que se te forma en los labios. La segunda sonrisa que ese hombre te arranca en menos de una hora.

La ráfaga de viento helado – tan poco común en un clima como el de la ciudad de Los Angeles – que te llega cuando abrís la puerta hace que tu parte racional (o lo que queda en funcionamiento de ella) despierte en vos el pensamiento de que deberías haberte abrigado un poco más, pero eso no dura mucho flotando en el océano que es tu mente, porque el frío queda reducido a nada cuando por dentro te invaden otro tipo de sensaciones mucho más placenteras y acogedoras: seguridad, tranquilidad, alivio, amor, dulzura, todo junto mezclándose y causando que tus ojos brillen, que tus mejillas se ruboricen y que esa sonrisa se acentue más.

Los dos permanecen ahí de pie, separados solamente por la fina línea que divide el pórtico del interior del edificio, él chorreando agua sobre el inmaculado e impecable piso de mármol y vos contemplándolo abrumada por esa larga lista de sensaciones sin saber que decir. Él tampoco habla, solamente te mira, y sus labios espejan tu sonrisa.

En silencio, sin palabras de por medio. Curioso, ¿no? Tu corazón rebosa de cosas que quisieras decir, pero no te sale nada.

Sentís su mano fría y húmeda tomar la tuya con suavidad para guiarte fuera del edificio y hacia el auto.

El perfume de la lluvia invade tus sentidos y si bien el trayecto hasta el auto es breve – a penas unos escasos metros – y tus pasos y los suyos son apresurados, es inevitable que te empapes hasta la médula, ya que al parecer él tampoco se acordó de tomar un paraguas antes de salir. Pero no te importa calarte hasta los huesos; de hecho, las gotas sobre tu piel, el viento, los escalofríos subiendo y bajando por tu espalda, la esencia de la tormenta combinados con la energía que desprende su cuerpo y el tacto de su mano cerrándose alrededor de la tuya, entrelazando sus dedos con los tuyos, hacen que te sientas más viva que nunca, que te des cuenta que después de todo lo que pasó, vos de entre muchos otros seguís viva.

Entonces el material del que estaban hechas las pesadillas que no te dejaban en paz cuando tratabas de dormir vuelven a vos como flashes, como diapositivas en blanco y negro que pasan veloces ante tus ojos, tomándote por sorpresa de forma tal que tus pies dejan de moverse y quedás detenida ahí, en la acera, bajo ese diluvio, con Tony a tu lado, mirándote con preocupación, notando como tus ojos se han nublado tanto o más que el cielo sobre sus cabezas y reina en ellos ahora una mezcla de confusión, angustia, dolor y culpa

Al tiempo que un trueno suena y los relámpagos iluminan el firmamento, las lágrimas que rápidamente se han acumulado en tus ojos empiezan a caer, a deslizarse por tus mejillas hasta llegar a tus labios para morirse ahí, mientras sin saber cómo volcar lo que llevás en el corazón permanecés quieta, siendo tomada rehén por las peores imágenes de un día del que no vas a olvidarte jamás, pensando en lo injusto que es que vos hayas vivido mientras que otros que seguramente lo merecían más – como Luke, Mason, Paula, Clark y tantos otros – fallecieron; nunca más van a sentir la lluvia cayendo sobre ellos, nunca más van a respirar, nunca más van a estar en los brazos de las personas que amaban, pero vos tenés esa posibilidad.

¿Vas a dejar que la culpa del sobreviviendo, como la llaman, te carcoma y haga que te sumerjas en lo demás, en lo que no es importante?

Parados debajo de una lluvia torrencial, él y vos, en la oscuridad de la noche, empapados, vos llorando en silencio y Tony acercándose despacio con la preocupación dulcemente plasmada en los ojos, hasta quedar su rostro y el tuyo a centímetros. Tus párpados se cierran solos al sentir sus manos acunando tu rostro entre ellas, acariciándolo con sus pulgares tal como hizo menos de veinticuatro horas atrás en medio de la madrugada, en ese pasillo oscuro de la CTU.

Se te ocurre por un momento que va a llevar sus labios a los tuyos, pero en lugar de hacer eso besa tus mejillas desesperadamente, apenas rozándolas, mezclándose en sus labios tus lágrimas y las gotas de lluvia.

Tus brazos rodean su cintura, como si quisieras evitar que se fuera a cualquier parte, y escuchás tu propia voz deformada por el sufrimiento decir:

"No puedo dejar de pensar en ellos" sollozás, y ya no sabés si sus manos están húmedas por el agua o por tu llanto "Todas esas personas… muertas… Y yo estoy viva" tragás con dificultad, tratando de encontrar la manera de expresarte, pero es tanto lo que queda por decir que no se te ocurre por dónde empezar "Yo viví, pero ellos no, y no entiendo por qué… Cierro los ojos y los veo a ellos, y te veo a vos, muerto…" es el mismo relato de tus pesadillas que le diste cuando hablaron por teléfono hace un rato, con la diferencia de que esta vez no sólo su voz te consuela, si no también sus caricias.

"Estoy acá" murmura despacio "Estoy acá, estoy acá con vos. Vamos, ¿sí?" asentís con la cabeza, aún sollozando "Voy a cuidarte, ¿sí?" promete, y vuelve a tomar tu mano para guiarte hasta donde está el interior cálido y seco de su auto.

Te recostás en el respaldo del asiento del acompañante y de repente el frío de tu cuerpo se vuelve más crudo, y aún cuando hay calefacción ahí dentro tus temblores y sacudidas se vuelven más violentos, lo cual no pasa desapercibido por él, quien acaba de arrancar y con muchísima cautela va conduciendo, alejándose de la calle en la que vivís.

"Debés estar congelándote" su consternación es obvia, y eso te encanta.

"Vos también" respondés, ya más calmada "Vas a agarrarte una pulmonía por mi culpa" decís en tono de disculpa el pensamiento que había cruzado tu cabeza cuando al llegar al recibidor del edificio lo viste de pie en el pórtico.

"No es para tanto" le resta importancia. Y luego agrega ": Prefiero estar quince días en cama antes que dejar a mi princesa sola en una noche como ésta"

Sus palabras te sorprenden gratamente, pero no podés dar crédito a tus oídos: Tony Almeida acaba de llamarte su princesa, tal y como en tus sueños, esos sueños que tenés cada noche prácticamente desde que lo conociste, prácticamente desde que admitiste haberte enamorado de él. Él, emocionalmente inalcanzable, herido profundamente, con problemas para confiar en los demás después del infierno por el que fue vilmente arrastrado, no sólo durante los sucesos del día de ayer dejó caer todas las barreras y prácticamente se entregó a vos en toda su vulnerabilidad, si no que ahora también está mostrando un costado suyo con el que antes solamente podías fantasear, un costado suyo en el que te llama su princesa.

Todavía no estás segura de cómo catalogar tu relación con él, aún cuando lo amás con locura y tenés en claro que es con quien estás destinada a pasar el resto de tu existencia, cada segundo de vida que te quede. Antes de ayer eran compañeros de trabajo y amigos. Hoy van rumbo a ser algo más, y realmente no te importa mucho qué: simplemente lo necesitás a él, estar cerca suyo, ser la única a la que mime, la única a la que cuide, la única a la que llame princesa.

El recuerdo de esas dos palabras baila en tu cabeza y hace que te relajes. Luchás contra tus párpados para que no se caigan, pero finalmente te rendís y das la batalla por perdida cuando lo escuchás decir con voz serena y dulce:

"Cerrá los ojitos, Michelle. Descansá"

No te quedás dormida, pero pasás el resto del trayecto desde tu casa hasta la suya sumida en algo así como un trance, relajada y tranquila, escuchando la lluvia aminorar, respirando su perfume, experimentando un alivio enorme que te acaricia por dentro con la misma dulzura que sus manos a tu piel.

"Michelle…" llama tu nombre despacio media hora más tarde "Ya llegamos" anuncia.

Cuando salen del auto – tomados de la mano, lo cual te das cuenta podría estar convirtiéndose en un hábito -, ves que está a punto de largarse a llover con más fiereza, como si esos quince o veinte minutos apaciguados hayan servido solamente para que las nubes se cargaran más y se prepararan para atacar con más fuerza luego.

En silencio entran al recibidor, suben al ascensor, recorren los seis pisos (y las mariposas en tu estómago se mueven de un lado al otro cuando te percatás de que su mano sigue en la tuya), y así permanecen hasta llegar a la puerta de su departamento, sobre la cual hay una pequeña letra 'B' de bronce.

"No es la gran cosa" advierte, rascándose el costado izquierdo, lo cual denota que bien podría estar nervioso o tal vez hasta invadido por un ataque de timidez ante la perspectiva de que vos estés ahí en su departamento, lugar que – te preguntás si habrá sido así – probablemente ninguna otra mujer haya visitado desde lo que pasó con Nina.

Entran, te deja pasar primero, y te tomás unos instantes para observar tus alrededores y saciar la curiosidad.

La sala de estar hace las veces de comedor diario; hay un sillón grande tapizado de cuero color crema a cuyos pies se haya doblado un cobertor de lana azul, una mesita auxiliar baja y rectangular, un televisor, varios estantes llenos de discos compactos, libros y películas, una mesa de caoba con cuatro sillas haciendo juego, y una repisa con fotos que presumís son de su familia, aunque apenas visibles de lejos. A tu izquierda hay una puerta corrediza pintada de blanco que seguramente conduce a la cocina, y a la derecha se abre un pasillo que debe comunicarse con el baño y las habitaciones principales.

"Me gusta mucho" comentás con sinceridad, reparando en lo limpio y prolijo que es su departamento, sin llegar a tener ese aire de obsesión compulsiva que hay en el tuyo debido a que cuando el insomnio se apodera de vos y quedarte dando vueltas en la cama se torna insoportable te dedicás a pulir, fregar y acomodar cuanto encuentres a tu paso.

"Voy a traerte algo de ropa seca para que te cambies, ¿está bien? Si te quedás con eso puesto vas a cazar un resfrío o algo peor" su actitud protectora – sobre protectora, mejor dicho – es una cualidad que definitivamente te gusta; te hace sentir una seguridad que nunca antes experimentaste, porque nunca antes hubo en tu vida alguien dispuesto a cuidarte.

"Está bien" respondés con una sonrisa, y lo ves desaparecer por el corredor.

Mientras esperás a que regrese, seguís reparando en detalles que no examinaste con atención porque no resaltan a simple vista, como el color gris oscuro de la mullida alfombra, los cojines también color crema de las sillas, las revistas deportivas sobre la mesita auxiliar, la ausencia de ceniceros.

Tus pies ruegan que los dejes conducirte hacia el lugar donde se hayan las fotos; sabés que sus padres están vivos y que tiene muchos hermanos y sobrinos, y te encantaría conocerlos al menos a través de las imágenes, ver cómo son, cuánto se parecen a él, ver cómo es tener una familia de verdad.

Sin embargo, su voz y su proximidad te sorprenden antes de que puedas moverte del lugar en el que estás.

Se cambió (ahora lleva una camisa negra parecida a la que vestía ayer, y otro par de jeans), y tiene en sus manos otras dos prendas prolijamente dobladas.

"Mi ropa va a quedarte enorme, pero no tengo nada más" se disculpa con una sonrisa que enseguida espejás, al tiempo que te tiende un sweater gris y un jogging azul oscuro "El baño es la primera puerta a la derecha" indica el pasillo con el índice.

Despojarte de tus ropas empapadas, dejarlas secándose y escabullirte dentro de las suyas (que son al menos tres tallas más grandes) no te lleva mucho, pero te quedás en el baño unos minutos más, sentada sobre la tapa baja del váter, no precisamente porque haya algo entretenido o digno de resaltar - es un cuarto común y corriente, con azulejos color celeste pastel y mobiliario mayormente blanco nacarado -.

No estás acostumbrada a usar ropa de hombre, pero irreversiblemente podrías acostumbrarte a usar su ropa: te encanta que esté impregnada de su perfume y que te quede gigante – tanto que tenés que darle al menos dos vueltas a las mangas para poder usar las manos – porque eso resalta lo pequeñita y frágil que sos a comparación suya y reaviva tu necesidad de que te proteja. De alguna manera ese simple sweater y ese jogging hacen que te relajes y tranquilices aún más, y te demorás en el baño disfrutando un poco de esa sensación.

"Es verdad, me queda grande" comentás cuando retornás a la sala de estar, mirando hacia los costados en búsqueda de Tony. Lo encontrás en el otro extremo de la habitación, frente a los estantes que contienen su colección de discos.

"Pensé en poner algo de música" dice al darse vuelta, con una media sonrisa en la cara ", ya sabés, para distraernos un poco" continua, y mientras te acercás a él se te ocurre que la idea no es mala, especialmente para seguir manteniendo alejados a los pensamientos sombríos y tristes que te atacaron antes, y mitigar el ruido de la lluvia que pareciera no tiene intenciones de cesar.

Examinás despacio el nombre de los que forman parte de las decenas y decenas de artistas a los que admira; es evidente que no mentía cuando dijo que no podía vivir sin la música, y el hecho de que quiera compartir un poco de eso con vos te encanta tanto como usar su ropa, tanto como estar en su casa, tanto como que te haya tomado de la mano al bajar del auto y que no te haya soltado ni siquiera cuando buscó la llave del departamento en su bolsillo y la hizo girar dentro de la cerradura.

"The Smiths, Frank Sinatra, John Lennon, The Cranberries, Robert Plant, The Beatles, The Strokes, Pink Floyd, The Cure, U2, Led Zeppelin, The Police, Velvet Underground…" vas nombrando de a poco, cuando de pronto sos sorprendida por sus brazos cerrándose alrededor de tu cintura, abrazándote desde atrás, atrayéndote hacia sí, queriendo pegar tu cuerpo al de él. Deja su cabeza reposar en tu hombro, y no podés evitar el estremecimiento que te recorre cuando lo sentís enterrando la cara en tu cuello e inhalando tu perfume, buscando intoxicarse en vos.

"Elegí lo que quieras escuchar" murmura despacio mientras te rodea aún más fuerte, y sentís su respiración arrullando tu piel, sus labios rozándote cuando se mueven para hablar, sus manos acariciando tu estómago, dibujando círculos con las palmas.

A esta altura tu cabeza ya dejó de pensar en las largas hileras de cajitas plásticas que hay delante de vos, y estás totalmente sumergida en disfrutar de esos mimos, por lo cual te relajás en sus brazos, aflojás los músculos tensos de tu espalda, y decidís apagar el cerebro porque ya no te interesa responder a preguntas relacionadas con cómo fue que avanzaron tantos casilleros de golpe, cómo fue que llegaron a estar donde están ahora, cómo sucedió que de pronto las distancias que venían manteniendo (principalmente a causa de sus miedos e inseguridades) ahora ya no existen.

"Tomé una decisión... hace un tiempo de tratar de mantener los ámbitos personales y los profesionales por separado…"

Eso te había dicho, pero luego el teléfono sonó, interrumpiéndolos, y no pudo terminar. Sobre eso también quisieras saber, sobre eso también quedan muchas cosas por decir, pero por el momento es mejor dejarlo de lado; actuar normalmente por un rato, escuchar música, hablar de trivialidades, distraerse de las cosas que acontecieron ayer va a hacerles bien a los dos.

Leventás la mano derecha y la llevás a donde está su cabeza – descansando en tu hombro – y dejas que tus dedos se pierden en su cabello azabache, masajeando despacio, jugando con algunos mechones cortos.

"Tiene un gusto musical impecable y muy variado, señor Almeida" susurrás un par de minutos después. "¿Qué tal Phil Collins?" con cuidado agarrás por los bordes la cajita de entre las dos que la preceden y continúan respectivamente.

Por toda respuesta deposita un beso suave en tu mejilla, y toma la cajita plástica que contiene al compact, separándola a un lado en el estante.

"¿Ya cenaste?"

Enseguida recordás el jugo de naranja que así como salió del recipiente plástico volvió al estante medio de la heladera en un vaso alto de vidrio, y la rebanada de pan con manteca a medio comer que no pudiste lograr pasar por la garganta porque la tenías cerrada, bloqueada por ese nudo de angustia que te impedía responder a las necesidades naturales de cualquiera que lleva casi cuarenta y ocho horas a base de café, leche y azúcar.

Pero ahora que gracias a él estás mucho más relajada y aliviada podrías intentar comer algo.

"No. Traté de comer algo a la tarde, pero no pude" confesás.

¿Ya habrá cenado él? Son más de las nueve de la noche, quizá haya comido antes de llamarme. Tal vez debería haberle mentido y dicho que sí, que ya cené.

Pero no me habría creído, te contradecís vos misma.

"¿Tenés hambre?" pregunta mientras sigue llenándote de inocentes besos cortos el lado derecho del rostro, logrando con estas muestras de afecto – a las que no estás para nada acostumbrada – que te debilites más y más en sus brazos y pierdas la capacidad de hablar, de pensar, de hacer cualquier otra acción que no sea la de sentir los latidos de su corazón en tu espalda, sus labios dibujando mariposas en tu mejilla, sus manos acariciando muy despacio tu panza a través de la tela del sweater que llevás puesto.

Su sweater, ese sweater impregnado de su perfume.

"¿Qué tal si preparo algo rápido para los dos?" propone, y debés reconocer que la idea de Tony Almeida cocinando para vos, así lo único que haga sea poner agua a hervir y echar arroz en la cacerola (lo cual es mucho más de lo que tus dotes culinarias abarcan), causa un crecimiento en tu apetito.

"¿Lo considero un halago?" inquirís en tono de broma, sin dejar de arremolinar su pelo entre tus dedos.

"Depende" se ríe, chasquea la lengua "Vos podés considerarlo como quieras" agrega en tono serio", pero si me dejás prepararte la cena yo lo consideraría un placer"

Te das la vuelta despacio, aún atrapada en su firme abrazo, y clavás tu mirada en la de él, que aprovecha tenerte de frente para observar tu rostro con dulzura y trazar sus líneas delicadamente con la yema del dedo índice.

"¿Puedo ver trabajar al chef?"

Su mirada dice 'sí', sus dedos largos y suaves vuelven a entrelazarse con los tuyos, su otra mano toma el compact de Phil Collins que elegiste y te guía despacio hacia la puerta blanca en la que te fijaste hace un rato cuando escaneaste rápidamente el departamento.

Es verdad que sos un desastre con cualquier cosa que implique encender una hornalla, cortar vegetales, pelar frutas o meter algo al horno, y que te verías en tremendo aprieto si te pidiera que jugaras el papel de 'asistente' (tendrías que confesarle la verdad: que con una sartén en la mano representás un riesgo en potencia para cualquiera en un radio de diez cuadras y una amenaza mortal para el edificio entero, y honestamente no te gustaría andar desplegando tus debilidades y puntos flojos delante de él tan pronto, aunque eventualmente va a tener que enterarse de que tus experiencias culinarias se limitan a llamar por el teléfono a restaurantes de comida rápida y recalentar platos congelados en el microondas), pero desde siempre sentiste cierta fascinación por sus manos, fascinación que se acentuó cuando te contó sobre sus pasatiempos y los instrumentos que toca, y cualquier oportunidad de verlas en acción no debería ser desaprovechada, aún si te exponés a que la velada termine con la confesión de que no te animás a tostar pan y por eso pasaron siglos desde la última vez que probaste una tostada.

La cocina es un ambiente bastante grande, con un desayunador de madera con banquetas tapizadas en cuero rojo oscuro, y empotradas en las paredes blancas repisas y alacenas que seguramente están llenos de utensilios que en tu vida vas a aprender cómo usar, que fallarías terriblemente en su uso si alguna vez intentaras, y que deben tener nombres que jamás escuchaste. El horno es de esos aparatos modernos, hay dos lavabos amplios y profundos en la mesada de mármol gris, y una heladera gigante de dos puertas, de esas que viene con frízer y hielera, y a un costado en un rincón de la mesada hay un pequeño equipo de música – de esos que vienen con radio, casetera y disquetera -, a través de cuyos parlantes la voz suave y romántica de Phil Collins comienza a sonar después de que Tony haya introducido el compact y pulsado el botón de 'reproducir'.

Notás la ausencia de máquina lavaplatos – vos tampoco tenés una -, pero lo que te llama la atención es que no haya a la vista un microondas, electrodoméstico fundamental en tu vida porque de esa manera descongelás las pizzas y bandejas de pastas que comprás en el supermercado, las sobras de la noche anterior o la comida enlatada.

"No tenés microondas" comentás sorprendida a la vez que te sentás en una de las banquetas para verlo trabajar desde lejos sin estorbarlo.

"Nunca vi la necesidad de comprar uno" explica mientras abre las puertas de la alacena del medio y comienza a sacar un par de cosas, entre las que distinguís un paquete de harina, un bol de vidrio y dos latas "La mayoría de las veces si tengo que calentar algo utilizo el horno; queda mejor, no se pierde el sabor"

Se dirige a la heladera para sacar más cosas, y te maravilla ver tantos ingredientes juntos, cuando lo máximo que vos tuviste en la mesada de tu cocina fueron un paquete de mezcla para bizcochuelo, un cartón de leche y dos huevos esa vez que intentaste cocinar una torta para tu sobrinita (demás está decir que acabaste yendo a comprar una a la panadería porque de ningún modo ibas a presentarte en casa de tu hermano con ese montículo deforme incinerado por fuera y crudo por dentro).

Guardás silencio, reparando en que la lluvia es casi inaudible ya; al parecer la tormenta llegó a su fin. Lo observás durante un par de minutos, cuidando de no disturbarlo de ninguna manera, simplemente viendo como sus manos toman el pelador de verduras y comienza a sacarles las cáscaras a las papas con habilidad.

Es increíble lo bien que te hace, la influencia que ese hombre tiene en tu estado de ánimo: de ahogarte en llanto y dar inútiles brazadas para luchar contra la corriente de un océano hecho de tristeza y dolor pasaste a estar sumergida en un acto tan doméstico como estar envuelta en esas ropas que te quedan gigante, sentada en la banqueta de su cocina, con las rodillas al pecho y la cara entre las manos, sintiendo su perfume impregnado en las mangas del sweater que tenés puesto, con los sonidos relajantes de la música de Phil Collins sonando de fondo en el estéreo, viéndolo a él preparar la cena para los dos usando esas mismas manos que un rato atrás trazaban círculos en tu panza, llenándola de mariposas, mientras su cabeza reposaba en tu hombro y sus brazos te rodeaban.

De repente las ganas de abrazarlo te invaden, y sin darte cuenta tus pies descalzos comienzan a moverse por el suelo, deslizándose silenciosos, hasta que te encontrás parada detrás de Tony. Sin pensarlo dos veces y asumiendo que uno mimos no van a molestarlo rodeas su cintura con tus brazos, recostás la cabeza en su espalda y cerrás los ojos por un momento.

"¿Podemos quedarnos así toda la noche?" te pide en un susurro, robando de tu garganta una risa leve.

"¿No soy una garrapata molesta que te impide cocinar tranquilo?" preguntás en broma, pero al parecer él se lo toma bastante en serio.

"Para nada. Nunca se te ocurra pensar eso, princesita" al oírlo llamarte así instintiva y automáticamente lo estrujás más fuerte.

Sigue pelando papas y moviéndose de un costado al otro preparando salsa y cortando en trozos un pollo mediano, todo el tiempo con vos completamente pegada a él, escuchando los latidos de su corazón en su espalda, sintiendo el calor que irradia su piel a través de la fina tela de la camisa que lleva puesta.

"Tony" rompés la quietud unos minutos después, porque algunas de esas cosas que quedan por decir urgen por ser finalmente dichas ", me siento especial cuando me llamás princesa" a pesar de que no podés verle el rostro, podrías jurar que sus labios se curvaron en una sonrisa "Como si fuera importante" agregás con voz tímida y empequeñecida, exponiendo así delante de él una de las causas más complicadas, uno de los agujeros más profundos y vacíos de tu pobre corazón: esa necesidad eterna, enorme, penetrante, inmensa de sentir que sos algo para alguien, que te quieren, que se preocupan por vos, que hay un ser humano sobre la faz de esta Tierra para el que significás algo, alguien con ganas de cuidarte.

Esa persona está ahí ahora, con vos, y no vas a dejarla ir nunca. Sólo pensar en eso causa que lo aprietes aún más fuerte y entierres la cara en su espalda, dando permiso a tus labios para satisfacer el deseo de desparramar besos ahí.

"Sos especial. Michelle, no te das una idea de lo especial que sos para mí" deja el cuchillo a un lado sobre la tabla de picar y da media vuelta, quedando acorralado contra el borde de la mesada y en tus brazos.

Sentís enseguida su dedo jugando con uno de los bucles rebeldes que no fue aprisionado por la bandita elástica. Llevás la palma de tu mano a su rostro para acariciar el contorno mientras él te habla en susurros.

"No puedo entender cómo fui tan tonto, cómo tardé tanto tiempo en entregarme a vos, si me hechizaste desde el primer segundo en que te vi" cerrás los ojos automáticamente, reacción inconsciente causada por la sensación que sus palabras despiertan dentro de vos "Es que tenía tanto miedo" continua ", pero ayer me di cuenta que no puedo vivir para sufrir, no cuando cada día me arriesgo a que mi vida se acabe en un segundo" como le pasó a Paula, como le pasó a George tu parte pensante añade, y maquinalmente la presión de tus caricias sobre su piel aumenta "Hay tantas cosas que me muero por decirte" sigue.

"Yo también" murmurás "Muchísimas"

"De a poco vamos a ir soltándolas todas" promete ", tomándonos nuestro tiempo" toma uno de tus dedos entre sus labios y lo besa despacio "Lo único que te pido es que me perdones por haber demorado tanto en admitir lo que era obvio, y que te quedes conmigo de ahora en más"

"Sí" asegurás sin un ápice de duda "Ahora que te tengo así ni se te ocurra que voy a dejarte ir a alguna parte" los dos se ríen, pero ambos saben que lo que acabás de decir dista de ser broma.

"Ya no voy a ser tan estúpido y dejar que lo que no salió bien en el pasado me impida ser feliz"

"No fue estupidez, Tony. Es natural que lo que sucedió te haya dejado marcas, marcas que tardaron en sanar. Yo estaba dispuesta a esperarte el tiempo que hiciera falta hasta que pudieras abrir la puerta de tu corazón otra vez"

"Vos me sanaste, vos me robaste la llave, abriste la puerta, la cerraste y te quedaste ahí. Hace mucho que sos la única acá adentro" libera tu bucle y se señala el pecho "y acá" lleva ese mismo dedo a la sien, indicando su cabeza "Y si supiera donde es que el cuerpo guarda el alma, también la señalaría"

La felicidad inmensa que te colma, que te desborda, que te tiene prisionera, es imposible describirla. Es imposible describir la taquicardia que hace que dentro de vos todo retumbe, las pulsaciones descontroladas que causan que la sangre viaje más rápido en tus venas, el cosquilleo subiendo y bajando por tu espina dorsal, las doscientas mil mariposas que dan vueltas por tu estómago. Es imposible explicar, no hay modo de expresarlo, no hay manera humana de hacer que otro lo entienda.

"De a poquito vamos a ir diciéndonos todo" repite su promesa ", lo que sea que todavía quede dentro de nuestro corazón que no haya sido puesto en palabras"

"En palabras dije muchas cosas, pero en mi corazón queda tanto por decir…" sus labios en tu frente te silencian, y por un rato permanecen ahí, y los dos caen quietos e inmóviles, fundidos uno en la presencia del otro, con Phil Collins sonando bajo, llenando el ambiente con su música.

"Va a ser mejor que termine de preparar la cena, ya es tarde, y quiero que te alimentes bien" apunta después de un rato que no serías capaz de medir en segundos, minutos u horas ni siquiera si tu vida dependiera de ello, porque perdiste la noción de todo.

Él hace que pierdas absolutamente la noción de la existencia del resto del Universo.

Te separás un poco para permitir que se dé vuelta y regrese a ocuparse de las verduras y la salsa y el pollo que quedaron olvidados.

"Puedo poner los platos y cubiertos en la mesa" ofrecés.

"Están en ese armario" indica "y podés sacar la bebida que quieras de la heladera"

La heladera – esa enorme de dos puertas que parece un ropero gigante – tiene tantos víveres que no podés contra tu curiosidad y te demorás un poco fisgoneando, reparando en la cantidad de verduras, botellas, recipientes y lácteos que tiene, más de los que probablemente vos haya comprado a lo largo de tu vida y que se compensan con el número de imanes con las direcciones y teléfonos de casas de comida rápida que vos tenés pegados en la puerta de tu – comparado con el suyo – modesto refrigerador.

"¿Cuál es el menú?" preguntás antes de decidirte entre las botellas que estás contemplando, para ver cuál de todas ellas queda mejor con lo que van a comer. No tenés ni la más mínima idea de qué clase de comida puede prepararse con pollo, un paquete de harina, huevos, salsa, papas y el paquete de pasta que acaba de echar en la cacerola con agua hirviendo.

"Para empezar, croquetas de pollo y puré. Después, espagueti"

"¿No es demasiado para dos personas?" reís.

"Estoy cocinando de más así tengo una excusa para invitarte a que te quedes mañana a almorzar las sobras"

Estás a punto de rematar su comentario cuando te das cuenta de algo: en los estantes hay Coca-Cola, un bidón de jugo de naranja, leche de soya, un cartón de jugo de manzana, leche con chocolate (lo cual te resulta tierno), Sprite y agua mineral, pero no hay una sola bebida alcohólica.

"¿No tenés cerveza?" inquirís de golpe, asombrada.

"No tomo alcohol" contesta.

Me enamoré del hombre perfecto.

"Yo tampoco" una vez depositada la botella de Coca-Cola sobre la mesa vas a buscar los platos y cubiertos "No me gusta el alcohol" rogás que no se haya notado el nudo que se te formó en la garganta, porque no estás segura de querer hablar de ese tema hoy.

Terminás de ubicar los platos, los vasos, dos pares de cuchillo y tenedor y regresás a su lado para seguir observando mientras se ocupa de las croquetas, manteniendo cierta distancia.

"No hay postre si no abrazás al chef" te advierte con una mueca de desaprobación al ver que te quedaste de pie a cierta distancia.

"Qué tonto que sos…" lo arrullás mientras envolvés su cintura con tus brazos otra vez.

"¿Ya te dije que el hecho de que parezcas descomunalmente pequeñita dentro de mi sweater te hace cien veces más adorable?"

"¿Ya te dije que amo usar tu ropa porque tiene tu perfume?" le seguís el juego, feliz de poder actuar tan natural a su alrededor, tan normal, de poder ser vos misma, de sentirte por primera vez en casa, de tener fuera de la mira de tus pensamientos lo que hasta hacía unas horas atrás estaba devorándote tan violentamente.

"Te lo regalo"

"No hace falta que…"

Te interrumpe:

"En serio, Michelle. Te queda mucho mejor a vos que a mí"

"Gracias" te sonrojás "Acabo de conseguirme un pijama nuevo, entonces"

"Cuando llegue marzo podés revisar mi placar y elegir la remera que más te guste para la temporada primavera-verano"

No deja de sorprenderte la capacidad que tiene para arrancarte carcajadas de la nada, simplemente con sus comentarios graciosos y chistes inocentes, y esa muequita que se forma en la comisura de sus labios cuando dice alguna broma, y el brillo en sus ojos, y la manera en la que usa la mano que tiene libre para jugar con tu pelo.

Un rato más tarde la cena está finalmente lista, y los dos se encuentran sentados en las banquetas, cada uno con un plato delante, a escasos centímetros de distancia.

"Obviamente esto no cuenta como primera cita" te aclara "Me gustaría llevarte a un lugar mejor, que sea más lindo, más especial…"

"Tony, podrías llevarme a un McDonald's y no me importaría"

"Merecés más que eso"

Te falta poco para que los ojos se te llenen de lágrimas; nunca jamás creíste merecer nada, siempre te metieron en la cabeza la idea de que no merecías nada, y que debías contentarte con las pocas migajas que la vida te arrojara. Sin embargo, ese hombre maravilloso que está sentado junto a vos parece pensar lo contrario.

"Lo único que pretendo es que me abraces y digas que soy tu princesa, el resto no tiene importancia"

"Yo quiero darte más que eso" insiste.

"Sos muy dulce"

"No" ladea la cabeza un lado al otro ", generalmente no soy así de… em" busca la manera adecuada de expresarse "… No suelo ser tan tierno"

"Y yo que ya me había hecho la idea de que íbamos a dormir acurrucados como cucharitas" decís en broma.

"Con vos es distinto. Ser tierno me nace de adentro, sin pensarlo. Me gusta ser cariñoso con vos"

El resto de la comida transcurre en uno de esos silencios cómodos plagados de eventuales miradas cómplices y sonrisitas tontas mientras van vaciándose los platos. No recordás la última vez que tuviste una cena casera, pero es obvio que fue hace mucho, mucho tiempo, y ninguna fue tan especial como ésta.

La voz de Phil Collins se apaga finalmente cuando él está pasándote el último de los platos para que lo seques y acomodes de vuelta en su lugar.

Estás tan relajada, tan contenta, tan tranquila, tan satisfecha (emocionalmente, sobre todo) que el cansancio acumulado empieza a vencerte, a ganarte la batalla, y tus párpados se vuelven pesados, detalle que Tony percibe.

Argumentando que estás exhausta, te lleva de la mano nuevamente a la sala de estar mientras en el camino apaga las luces de la cocina. No podés evitar que el cuerpo entero entre en tensión ante la perspectiva de dormir con él, probablemente pegados uno al otro, como tantas veces imaginaste.

Se recuestan los dos en el sillón, cada uno en costados opuestos quedando tu nariz a medio centímetro de la de él, e inmediatamente sentís uno de sus brazos envolviéndote de nuevo y el otro acariciando tu espalda de arriba a abajo, mientras que tus dedos se pierden en su pelo azabache otra vez.

El te amo que se lee tanto en sus ojos como en los tuyos podría fácilmente escaparse de tus labios, pero no querés apresurar las cosas o arriesgarte a plasmarlas en palabras, especialmente cuando entre ustedes todo puede decirse a través del lenguaje de la piel sin necesidad de agregar nada explícito.

"Cerrá los ojitos, Michelle" repite la frase que te dijo en el auto al notar que estás luchando contra tus párpados porque querés seguir sosteniéndola la mirada, perdiéndote en esos dos profundos océanos negros, viéndote reflejada en ellos, que son tus espejos favoritos.

"Mmmh, no estoy quedándome dormida" mentís, y los mantenés abiertos a duras penas.

La verdad es que temés que si te dejas caer en las garras del sueño aparezcan nuevamente las pesadillas y los malos recuerdos para atraparte, para acorralarte y torturarte, y que ni siquiera él sea capaz de rescatarte de las profundidades del vasto infierno de tu memoria.

Te anidás aún más en su pecho, ovillándote hasta quedar reducida a una cosita pequeña de longitud suficiente para abarcar su tórax nada más.

"Michelle, ¿tenés miedo de dormirte?" pregunta suavemente, leyendo en tu rostro la razón por la cual seguís combatiendo a tus párpados que de tan pesados parecen de plomo.

"El día de ayer nos dejó un par de rasguños" tus dedos se mueven despacio sobre la marca morada que le quedó en el costado de la cara como recuerdo del atentado contra la CTU al que sobrevivieron ": este moretón, mi mano herida" enumerás "… Pero hay otras marcas más graves y profundas que no son visibles, y que no van a irse fácilmente aplicando cremas o vendajes"

"Lo sé por experiencia propia"

"Son recuerdos traumáticos imborrables, y si me quedo dormida van a aparecer otra vez"

"Las pesadillas me persiguieron por mucho tiempo" confiesa ", hasta que aprendí primero a esconderlas fuera de mi vista, luego a empujarlas fuera de mi cabeza. Ya voy a contarte sobre eso" promete.

"Vamos a tener mucho tiempo para contarnos todo" decís esperanzada "Para decirnos todo lo que queda por decir"

"Sí, princesa"

Te acaricia los labios con la yema del dedo, y el tacto es tan relajante que por un minuto cedés y empezás a adormecerte contra tu propia voluntad.

Viendo el efecto tranquilizante que tiene en vos, lentamente te atrae aún más hacia sí si eso es posible, y empieza a acunarte, meciéndote de un lado al otro, calmándote en susurros. Te dejás llevar por su voz, concentrándote en ella para ahuyentar las imágenes macabras que amenazan con formarse.

"Necesitás descansar, princesa. No te preocupes por las pesadillas: yo voy a quedarme despierto cuidándote"

Por un momento se acumulan en tus gargantas las palabras, pero no llegan a salir. Ibas a decirle que no hace falta que pase la noche en vela por vos, que él también necesita descansar, pero la fatiga está arrastrándote al país de Morfeo, y tus capacidades se merman a medida que él sigue meciéndose y llenando de susurros tus oídos.

"Voy a hablarte de algo muy, muy aburrido hasta que te quedes profundamente dormida, y después voy a seguir mimándote para que sepas que estoy acá"

Asentís levemente con la cabeza, empleando las últimas fuerzas que te quedan.

"¿Sabías que los Chicago Cubs cuando fueron fundados en 1870 tenían el nombre de Chicago White Snakers? Tienen el nombre actual desde 1902. Y en las décadas del '20 y el '30 tenían un logo distinto; no era tan lindo como el de ahora. Mañana si querés te lo dibujo, vas a ver que el de ahora es mejor"

Su voz comienza a volverse lejana, más y más lejana, hasta que finalmente caes en un estado de sopor previo al sueño, y lo último que lo oís decir mientras te besa la frente es:

"Mañana voy a despertarte con el desayuno y una docena de rosas blancas"

"Mmmh…"

"¿Te gustan las rosas blancas, Michelle?"

"Mmmh…" desearías poder contestar que sí, pero los labios te pesan mucho como para separarlos y lograr que salgan de tu boca sonidos coherentes.

"Y vamos a pasar la mañana abrazaditos, hablando de todas esas cosas que nos quedan por decir, ¿sí, princesa?"

Con un último suspiro te quedás dormida, sin pesadillas ni tormentosos recuerdos ni retazos de memorias tristes persiguiéndote para hostigarte. Lo único que tenés es el corazón hinchado de palabras que esperan su turno para llegar a sus oídos, y sentimientos que esperan su turno de ser transformados en palabras.

Queda mucho, muchísimo por decir dentro de tu corazón, y dentro del suyo, pero el alivio que sentís ahora, la seguridad, la tranquilidad, la felicidad, hace que el alma se te aliviane, se te aligere, y una paz interior que dudás haber experimentado antes te empape mientras él te arrulla, te acuna, y te mece despacito de un lado al otro, sin dejar de acariciarte, mientras el diluvio que había cesado horas atrás retoma desde donde dejó, azotando a la ciudad con sus gotas de lluvia.