No sé cuántas rosas te habrán regalado ya,

Pero tengo todavía la esperanza de saber

Que de todas esas rosas que te dieron

Ninguna fue de papel.

Pasaste toda la noche despierto, quizá adormeciéndote de tanto en tanto pero sin llegar a caer presa total de Morfeo, con el amor de tu vida hecho un ovillo en tus brazos, su perfume mezclado con el tuyo convertido en una esencia dulcemente tóxica y el resto del Universo reducido a nada, porque tu mundo entero se resume en ella.

Hace bastante dejaste de sentir el dolor en la pierna. El médico que te revisó en la CTU tenía razón: era cuestión de unas horas hasta que el tobillo se desinflamara. Además, cuando estás con ella crees difícil poder ser consiente de cualquier clase de malestar, porque lo único a lo que prestás atención es a sus movimientos, sus ojos, sus labios, sus palabras, sus sonrisas, la forma en que te mira, su frágil dulzura y su dulce fragilidad.

Durante horas escuchaste la tormenta romper, aminorar, ceder, desaparecer; romper, aminorar, ceder, desaparecer; romper, aminorar, ceder, desaparecer, una coreografía que se repetía como círculo sin fin. El ruido de las gotas de lluvia cayendo, golpeando la acera, los techos de los autos y las terrazas de los edificios de la ciudad de Los Angeles se mezclaba con los sonidos de su respiración acompasada con los latidos de su corazón, que podías sentir pulsando al unísono con el tuyo; ambos cuerpos estaban tan pegados que era imposible saber dónde terminaba uno y dónde empezaba otro.

Todas esas horas que permaneciste sumido en la oscuridad de la sala de estar, recostado en un sillón que nunca antes te había parecido tan cómodo, las pasaste de un modo que antes sólo imaginabas posible en sueños: dejando que tus dedos se enreden en los bucles que son demasiado cortos para que la bandita elástica con la que siempre ciñe su cabello los aprese, besando sus sensibles y delicados párpados (esos párpados detrás de los cuales se esconden sus enormes, hermosos y tan expresivos ojos asiáticos), rozando con las yemas sus mejillas siempre sonrosadas y preguntándote qué clase de ascendencia habrá en su árbol genealógico para tener rasgos tan finamente exóticos y un color de piel marfilado tan raro, por momentos amarillento y por otros más oscuro.

Pasaste esas horas velando su sueño, contando una a una sus casi invisibles y microscópicas pecas, y de tanto en tanto frotando muy despacio la punta de tu nariz con la de la suya en una especie de beso esquimal, restregando despacio de un lado al otro para no despertarla, aunque más de una vez con el cosquilleo de esas dos zonas tan sensibles rozándose hiciste que un suspiro automático se escapara inconscientemente de sus labios.

Y mientras vigilabas su sueño para salvarla en caso de que las pesadillas aparecieran, también pensabas, recordabas y sonreías con cada memoria que surgía de las horas anteriores: estar parados los dos solos en medio de la calle, debajo de la tormenta, y empapar tus dedos con sus lágrimas; ayudar a que se sintiera mejor; ver lo hermosa que luce con tu ropa puesta, ropa que le queda sencillamente enorme; animarte a abrazarla, a llenarle las mejillas de besos, a enterrar tu rostro en su cuello e intoxicarte con su perfume; cocinar para ella, mientras sus brazos pequeñitos rodeaban tu cintura y podías sentir su cabeza reposando en tu espalda; empezar a decir muchas de las miles de cosas que quedan aún en sus corazones; poder actuar cariñosamente de manera natural, algo a lo que no estás acostumbrado pero que en presencia de ella te encanta hacer; tranquilizarla cuando el miedo apareció nuevamente, escuchar sus reflexiones sobre las heridas y marcas visibles e invisibles que a ambos ese día fatídico les dejó, prometerle que todo estaría bien y susurrarle frasecitas sin sentido hasta que finalmente se quedó profundamente dormida con el cuerpo anidado contra tu pecho, como si fuera una criatura.

Y es que al observarla tan en detalle, algo en ella te recuerda a una nena, a una muñequita de porcelana, frágil y delicada, siempre corriendo el riesgo de rasgarse y romperse, siempre corriendo el riesgo de hacerse añicos si no es tratada con suavidad y dulzura.

Te cuesta creer que una persona que en el ámbito laboral es responsable, fuerte, exigente, trabajadora y capaz de llegar a extremos insospechados con tal de cumplir su deber pueda lucir tan inocente, tan frágil, tan necesitada de cuidados y afecto, tan necesitada de amor, tan necesitada de que su vida sea convertida en un cuento de hadas.

Esas necesidades que podés presentir despiertan en vos cosas que nunca antes consideraste posibles, sensaciones que hasta ahora solamente ella ha logrado provocarte, junto con la necesidad arrolladora de cuidarla y el deseo incontenible de regalarle ese cuento de hadas del cual te causa ternura imaginar desde chica quiere ser princesa.

Con ella querés eso: vivir un cuento de hadas. Por eso decidiste ir muy, muy despacio, que vas a tomar cada paso a su tiempo y sin apresurar nada, para no apurar las cosas y perderte detalles, momentos, esas cositas simples y chiquitas que hacen grandes diferencias.

Pasaste parte de esas horas despierto con tu frente presionada contra la suya, abrazándola tan fuerte como el cuerpo te lo permitiera, meciéndola despacio como a un bebé.

Pasaste parte de esas horas planeando el comienzo de ese cuento de hadas (un comienzo 'oficial', por denominarlo de algún modo), y cuando ya como en un mapa estaba marcado en tu cabeza, lentamente y sin darte cuenta fuiste cediendo al cansancio agotador, adormeciéndote aún más, cerrando los ojos despacio sin siquiera percatarte de cómo tus párpados pesados se caían, tus músculos se relajaban y todo a tu alrededor se ennegrecía.

Cerca de las cinco de la mañana te quedaste profunda, pacíficamente dormido. Y lo que parecieron ser segundos más tarde, despertaste al sentir sus dedos recorriendo el contorno de tu rostro causando que esos mismos párpados pesados se abrieran, para encontrarte con su mirada clavada en la tuya, reflejando tu aspecto desorientado y confuso.

¿No acabas de aletargarte por un momento diez segundos atrás?, ¿cuándo fue y cómo entonces que acabaste yaciendo sobre tu espalda y con ella encima?, ¿cuándo y cómo fue que se taparon con el cobertor que estaba doblado a los pies del sofá?

Todo su peso (que a decir verdad no es mucho) se halla distribuido de forma tal que nada de él cae sobre la pierna lastimada, y ayudándose con los codos se mantiene un poco erguida, para que sus dos cabezas queden a la misma altura. Luce contenta, descansada, mucho más tranquila y despejada, lo cual te lleva a pensar que en realidad perdiste la noción del tiempo y pasaron más de diez segundos desde que tu cerebro se desconectó y te permitió flotar en el océano de la inconsciencia.

"Buen día" la oís susurras despacio, con una sonrisa tímida surcando sus labios "¿Dormiste bien?"

Juzgando por la mejoría general en tu estado físico: sí. Aunque francamente no te acordás de haber 'dormido'; tu última memoria antes de este preciso instante es la de tu sala de estar sumida en la oscuridad total, Michelle completamente ovillada y semi-escondida en el hueco en forma de medialuna que era tu cuerpo, el diluvio allí afuera en todo su apogeo... Después de eso, no recordás nada más.

Debés haberte adentrado tan profundamente en la Tierra de los Sueños que los minutos que pasaron desde ese entonces no fueron registrados, pasaron desapercibidos.

"Dormí muy bien" contestás "¿Y vos?"

"También. Me desperté hace un ratito, a las diez, cuando empezó a llover de nuevo"

¿Dijo que se despertó a las diez?

Acabás de entrar en estado total de alarma: jamás te imaginaste que fuera tan tarde. ¿Son más de las diez de la mañana? Dios, la última vez que dormiste hasta tan entrado el día fue hace mucho, cuando después de la terrible 'catástrofe Nina' te dieron un tiempo libre y te mudaste provisoriamente a casa de tus padres; durante esas dos semanas no hiciste otra cosa que funcionar robóticamente: comer un poco, dormir, comer un otro poco, dormir, conversar un rato con tu mamá para que no se preocupara tanto y creyera que te encontrabas mejor de lo que en realidad estabas, y luego irte a la cama temprano y dormir de un tirón hasta el mediodía del día siguiente. Cuando regresaste a Los Angeles luego de tu breve visita a Chicago comenzó tu guerra contra el insomnio y las pesadillas, pero ésa es otra historia.

Sin decir nada te fijás en tu reloj pulsera, y ves la manecilla más pequeña marcando el once y la más grande marcando el cinco.

Son las once y cinco de la mañana, lo cual significa que debe llevar una larga media hora ahí aburriéndose; lo cual significa que la primera parte de ese tan elaborado plan de cuento de hadas en el que te levantabas antes y sin hacer ruido salías, caminabas unas cuadras, le comprabas flores, regresabas, preparabas el desayuno y después de eso la despertabas se fue volando por la ventana.

"¿Cómo está tu pierna?" su pregunta cargada de preocupación te sustrae de tus pensamientos.

"Mejor" respondés con honestidad. Ahora es tu turno de formular los interrogantes ": Michelle, ¿por qué no me despertaste?"

"No sé, me dio ternura verte dormir; parecías un osito de peluche gigante" ríe, se sonroja; mientras, sus dedos suben hasta tu cabeza y se enredan en tu pelo "Además supuse que estabas cansado. Te quedaste despierto casi toda la noche, ¿no?" asentís levemente y antes de que puedas hablar ella continúa "¿Ves?: sos tierno cuando estás dormido pero sos aún más dulce cuando estás despierto"

"¿Vos me tapaste?" la respuesta es obvia, dado que seguramente no fueron los duendecitos del cuento del zapatero los que desdoblaron la manta y la echaron encima de los dos, pero necesitás ocupar tu cerebro en algo antes de que sus palabras hagan que tus mejillas se tornen de un color rojo furioso.

"Sí"

Por todo agradecimiento te inclinás hacia adelante para besar su frente, descendiendo lentamente por su nariz, pero te detenés cuando tus labios quedan a medio centímetro de los suyos.

"Tenía pensando prepararte un desayuno especial" confesás, y el aire que respiran se mezcla, convirtiéndose el que ella inhala en el que vos exhalás, y viceversa "Incluía rosas" agregás con el fantasma de una sonrisa jugando en tu rostro.

"Ya lo sé. Me lo dijiste anoche antes de que me quedara dormida"

Te asombra que lo haya escuchado, más aún que lo recuerde tan claramente, porque a esa altura pensaste que ya estaba del otro lado, pero el hecho de que sepa la idea que tenías en mente contribuye a que el hecho de 'haber fallado en la misión' – por denominarlo de algún modo - te frustre y moleste aún más.

Como si pudiera leer la decepción en tus facciones, dice:

"Tony, no hace falta que te esfuerces por impresionarme, en serio"

"Ya lo sé" susurrás "Pero de todos modos quería" te cuesta expresarte, porque lo cierto es que no estás muy acostumbrado a exponer tus emociones "… Quería consentirte un poco"

"Ayer me consentiste demasiado" te acusa, y luego baja la cabeza hasta dejarla reposando en tu hombro, toma una de tus manos y entrelaza tus dedos con los suyos.

"No es cierto" desmentís.

"Ah, ¿no? Viniste a buscarme en medio de una lluvia torrencial, cocinaste para mí, y te quedaste despierto toda la noche por culpa de mis estupideces y mi incapacidad de manejar yo misma mis miedos y pesadillas y…"

"Michelle" impedís que siga hablando, utilizando en tu tono de voz cierto dejo de firmeza ", no son estupideces. Cualquier ser humano habría caído derribado luego de pasar por la mitad de lo que vos tuviste que atravesar el otro día. Es normal que queden secuelas, es normal que las heridas tarden en sanar, pero vas a estar mejor, ¿sí? Te lo prometo"

"Gracias, Tony" murmura, y sabés que está haciendo un esfuerzo para no largarse a llorar.

"No es bueno que contengas las lágrimas, ¿sabías?" le decís al oído como si estuvieras contándole un secreto, e inmediatamente después se te ocurre que quizá necesita algo de espacio, algo de tiempo sola para llorar sin ser vista, en privado. Tal vez no se siente preparada para volver a desmoronarse frente a vos, tal vez precisa un poco de soledad.

Sin embargo, sus siguientes palabras dejan sin valor los pensamientos que un segundo atrás te invadieron:

"No quiero arruinar una mañana tan linda convirtiéndome en un manojo de nervios, pero cuando necesite ceder vas a ser el primero y el único al que voy a recurrir"

"Está bien" volvés a besarle la frente, atrayéndola hacia vos con fuerza, estrujándola aún más, y el par de minutos siguiente transcurre en silencio, hasta que preguntás "¿Tenés hambre?"

"Sí, un poco"

"Muy bien, entonces" te incorporás, haciendo el cobertor a un lado, dolorosamente separándote de ella por primera vez desde que ayer a la noche te animaste a abrazarla cuando estaban de pie frente a los larguísimos estantes que contienen tu colección de discos favoritos.

Ves como la falta de tu peso en el sillón hace que su cuerpo se hunda aún más en los gigantescos almohadones de pluma tapizados de cuero color crema.

Te arrodillás junto a ella, para que sus miradas queden al mismo nivel, y automáticamente como si tuvieran mente propia tus dedos vuelven a perderse en sus bucles – aún sujetos por la bandita elástica -, mientras que el pulgar de tu otra mano traza círculos en su mejilla.

"¿Qué querés desayunar?"

"Cualquier cosa" contesta, enredándose aún más en el gigantesco pedazo de lana azul, envolviéndose en él completamente "En serio, lo que sea que tengas ganas de preparar" repite cuando nota la 'mueca de desaprobación' que surca tu rostro.

"No voy a tomar eso como respuesta" insistís, deseando que se acostumbre a tus deseos de consentirla, que no sienta que está mal de vez en cuando dejarse mimar (aunque conociéndote a vos mismo, sabés que ese 'de vez en cuando' va a transformarse en un 'permanentemente', y lo cierto es que dicha perspectiva te encanta). No podés creer lo que ves en sus ojos, que se han transformado para vos en algo así como la ventana abierta de par en par que da directo a su alma, esa alma tan transparente que no tiene absolutamente nada que esconder al mundo: lo que ves es que Michelle Dessler no está habituada a ser tratada así, como una princesa, lo cual te resulta la mar de raro porque, entonces, ¿qué clase de hombres idiotas, ciegos, insensibles y desquiciados hay ahí fuera en el mundo que no están matándose los unos a los otros para tenerla encerrada en una cajita de cristal?

Vos querés cambiar eso.

Vos querés hacer que se sienta especial, que se sienta de verdad una princesa, y que termine acostumbrándose a ello, tanto que cuando hayan pasado los meses no se acuerde cómo era la vida antes de ser la luz de tus ojos.

"Las opciones son: tostadas, yogurt de frutilla, cereales, ensalada de frutas, tocino, jugo de naranja, scones, brownies…" empezás a enumerar.

"¿Vas a ponerte a hornear scones o brownies?" te interrumpe, divertida, alzando una ceja en señal de incredulidad.

"Puedo ir a comprarlos a la panadería" contestás con timidez.

Te gusta cocinar, pero la especialista en cosas como scones o brownies es tu mamá, no vos.

Pero por ella serías capaz de cualquier cosa, incluso de irte hasta la mejor panadería de Los Angeles en una mañana lluviosa sólo para comprarle scones y brownies.

Se incorpora, sentándose frente a vos. Es inevitable pasar desapercibida la forma en que su rostro está iluminado, la forma en que tiene la capacidad de iluminar una habitación entera, de iluminarte a vos por dentro.

"Tostadas y café con leche está bien" decide.

"Muy bien" sonreís satisfecho "¿Querés ver la televisión un rato mientras estoy en la cocina?" ofrecés "Quizá el tipo que augura el clima tenga alguna pista respecto a cuándo va a parar esto" añadís, refiriéndote al diluvio que acaba de reanudarse escasos segundos atrás, arremetiendo directamente con toda su potencia, sin calentamiento previo.

"De hecho, me gustaría ducharme, y tal vez haya por ahí un cepillo de dientes de repuesto que puedas prestarme" es más bien una pregunta, no un comentario o una contestación; es su forma tímida de pedirte permiso.

"Hay un juego de toallas dentro del armario blanco, son nuevas. Tu ropa ya debe estar seca, pero si no lo está no quiero que vuelvas a ponerte eso; pega un grito y voy a dejarte otro sweater y otro jogging en la puerta. Tengo muchísimos, así que esos podés quedártelos también" adorás el sonido ahogado de sus pequeñas carcajadas, y lo bien que se sienten sus brazos mientras se envuelven alrededor de tu cuello "Voy a darte una bolsita para que guardes estos" tironeás un poco de la manga del sweater que lleva puesto, ese sweater gris que le queda enorme ", y no tengo un cepillo de dientes de repuesto, pero podés usar el mío, si querés" te apresurás a agregar, esperando no estar yendo demasiado rápido, aún cuando eso es lo que menos deseás.

"No vas a hacer una locura e irte a comprar esas flores mientras estoy duchándome, ¿no?"

Es como si hubiera leído tu mente, como si hubiera sabido que justo en ese instante estabas pensando en hacer eso: escabullirte, ir con el coche hasta la florería, elegir la docena de rosas blancas más hermosa de todas y volver justo a tiempo para preparar un desayuno espectacular que acompañe a las flores.

"¿Me creerías si te digo que no?" preguntás con tu mejor carita de jamás haber roto un plato.

"No" responde divertida, pero luego añade con seriedad y preocupación ": Es peligroso que salgas con éste temporal" más que un consejo, está pidiéndote que no lo hagas.

Y a ella no podés decirle que no bajo ninguna circunstancia.

"Te prometo que voy a portarme bien y a quedarme acá, mi vida"

"Además" continua ", no necesito flores, Tony"

Sus palabras se reducen a eso, pero en su mirada hay aún más. Su mirada está diciéndote que no necesita ni flores ni ninguna otra cosa, porque todo lo que quiere es a vos.

Y con esa sensación cálida recorriéndote por dentro de pies a cabeza, te dirigís a la cocina mientras ella se pierde dentro del pequeño pasillo que conduce al baño.

Obviamente además del café y las tostadas vas a llenar con otras cosas la enorme bandeja de mimbre que guardás en alguno de esos muchos estantes de las enormes alacenas empotradas en la pared.

Pronto las rebanadas de pan que cortaste están en el fuego tostándose, la cafetera trabaja a la perfección, ya serviste en un vaso jugo de naranja, preparaste una copa con yogurt de frutilla y cereales, y acabás de sacar del refrigerador el tarro de mermelada de durazno y uno de esos envases plásticos de manteca para untar.

Cuando terminás de acomodar todo (sabés por la forma en que luce su escritorio que le encantan el detallismo y la prolijidad, por lo cual te esmeraste), seguís sintiendo que falta algo, que las rosas deberían estar ahí, pero le prometiste que no ibas a salir con esta tormenta, y pensás mantener esa promesa.

Sin embargo, mientras contemplás la bandeja de mimbre llena de platitos de porcelana, las tazas, los utensilios, la azucarera, el jarrito con la crema, el vaso y la copa de vidrio… seguís sintiendo que falta algo, que al menos una rosa debería haber.

Y es entonces cuando se te ocurre una idea un tanto loca y que probablemente jamás antes haya cruzado tu cabeza, idea que te asalta de pronto cuando abrís uno de los cajones en búsqueda de tus mejores servilletas y te topás con un paquete de paños descartables, esos de papel blanco.

Una rosa de papel, eso podrías hacer. Es una idea digna de un adolescente de quince años que está enfrentándose al amor por primera vez, pero aunque seas veinte años mayor lo cierto es que no hay mucha diferencia en el cuadro comparativo que se te aparece en la mente mientras con mucho cuidado ponés en práctica tus escasas dotes artísticas hasta, minutos más tarde, lograr un resultado bastante lejano al que tenías en tu imaginación.

Es, por mucho, algo que merece ser abollado sin piedad y tirado al cesto de la basura, y eso estás a punto de hacer – suspirando frustrado, resignado y cargado de bronca porque lo que en tu mente era la rosa de papel perfecta acabó siendo simplemente un par de servilletas arrugadas formando una suerte de tallo y pétalo – cuando sentís la presencia de Michelle al lado tuyo, volviendo a rodear tu cintura con sus brazos y descansando la cabeza en tu espalda, enviando a tu espina dorsal un cosquilleo al sentir su cabello húmedo - que de nuevo está apresado por esa bandita elástica - empapando la camisa que tenés puesta.

Tan absorto estabas intentado que esa rosa de papel quedara como las que venden los artesanos en las ferias a las que eventualmente una de tus hermanas te arrastra – tan lindas, tan delicadas, tan perfectas - que no escuchaste el ruido del agua cayendo en la ducha apagarse, ni el ruido de sus pasos siendo sofocados por la alfombra mientras se dirigía a la cocina.

En un ataque de pánico y esperando que no haya reparado en ese adefesio, atinás a estrujarlo con una mano para destruir cualquier evidencia de tu intento fallido, pero obviamente sus ojos son más rápidos y lo captan enseguida.

Lo que te sorprende es lo que te dice antes de que tengas tiempo de reaccionar de alguna otra manera:

"Nunca me regalaron una rosa de papel" comenta, y aunque no podés ver su rostro apostarías que está sonrojada y sonriendo.

Si pudo darse cuenta de que es una rosa, entonces no debe haber salido tan mal te animás a vos mismo.

"Nunca antes había hecho una rosa de papel" confesás.

Tomás la bandeja con ambas manos y te dirigís de vuelta a la sala de estar, seguido de cerca por ella, que está vistiendo las ropas del día anterior y tiene dobladas colgando de su brazo las prendas de su 'pijama nuevo'.

Regresan al sillón, se sientan ahí, posás la bandeja sobre la mesa rectangular frente a ustedes y tomás el jogging y el sweater, dejándolos a un lado.

Es raro, después de haber recorrido tantos tramos difíciles durante el último año y medio, después de haber visto tanto y lidiado con tanto –externa e internamente -, después de haber pasado noches enteras, días enteros, semanas, meses estancado, buscando ser rescatado de ese océano en el que te ahogabas, esperando una luz que te guiara fuera de la oscuridad, ahora estás en tu casa, desayunando con ella, completamente abierto con tus sentimientos. Es que no podés evitar que te resulte raro haber pasado de golpe a encontrarte untando con manteca una pila de tostadas, feliz, sin preocuparte por el resto del mundo.

"¿Sabés cómo está Jack?" te pregunta luego de un breve, cómodo silencio, durante el cual se dedicaron principalmente al café, las tostadas y el yogurt.

"Va a quedarse un par de días en el hospital" contestás, andando con cuidado porque presentís que están por adentrarse en terreno 'fresco', por llamarlo de algún modo, terreno plagado de cosas relacionadas a los eventos de ese horrible día de septiembre que por momentos sentís cercano y por otros instantes cuando recuerdos pertenecientes a él se te aparecen de improvisto es como si fueran memorias de algo que sucedió hace muchos, muchos milenios.

"Tony, ¿no crees que deberíamos ir a la CTU de todos modos, aunque nos hayan dado estos días libres? Quiero decir, el Presidente Palmer fue atacado y…"

Sabés a dónde está yendo y en su lugar probablemente hubieras propuesto lo mismo cuarenta y ocho horas atrás, cuando tu vida entera se resumía en despertarte, ir al trabajo y regresar a casa. Pero ahora la tenés a ella, y no vas a desperdiciar tiempo libre que podrían pasar juntos yendo a ayudar a agencias del gobierno que seguramente tienen todo bajo control y que estarían más que molestas si a alguien se le ocurriera ir a meter las narices sin ser llamado.

"Michelle, el FBI y la Interpol están ocupándose de eso" interrumpís "El estado del Presidente Palmer es delicado, es verdad, pero va a reponerse, y van a encontrar a los culpables" asegurás "Nosotros ya hicimos nuestra parte, y merecemos un descanso. No deberías presionarte y exigirte demasiado, Michelle" no querés que suene como un reto, pero cierto dejo de ello se percibe en tus palabras. Pero con lo que agregás a continuación las cosas se suavizan un poco ": Además, estaba pensando que quizá podríamos aprovechar y pasar estos días juntos"

"Eso me gustaría mucho" te regala una de sus sonrisas, esas que mezclan dulzura, inocencia y timidez, y te alegra tener el poder para convencerla de no siempre tener la mente puesta en el trabajo, en sus obligaciones, en la CTU.

Trabajar para el gobierno puede ser muy absorbente, tanto como lo era para vos en tus épocas en la Marina, y desde que la conocés aprendiste que una de las características de su persona – en el ámbito profesional – es la de ser la primera en llegar y la última en irse, no solamente porque es abocada a su trabajo y le gusta hacer las cosas bien, si no porque probablemente haya detrás de ese patrón de comportamiento otra serie de motivos para que actúe así, motivos relacionados con una vida tan cargada de soledad como la tuya, una vida en la que es mejor pasar cuantas más horas posibles encerrado entre las paredes de la CTU antes que regresar a un departamento vacío para enfrentarse al silencio, para enfrentarse a ciertos pensamientos, ciertos recuerdos, ciertos demonios difíciles de exorcizar. Por eso para algunos es más fácil dejar que el trabajo los trague, que los absorba, que los esclavice, que los destroce, que los convierta en robots programables que existen solamente para eso, para dedicar las veinticuatro horas de cada día de sus existencias a sus obligaciones como agentes, olvidándose de todo lo demás, porque realmente ese 'todo lo demás' no tiene nada bueno que ofrecerles.

Vos eras así antes en algunas cuestiones, y Michelle está acostumbrada a ser así por alguna razón, razón que todavía te queda averiguar, razón que seguramente va a aparecer cuando comiencen a contarse las miles de cosas que tienen para decirse; probablemente la misma razón o una razón similar a aquella que la lleva a actuar con tanta timidez frente a algunas situaciones, a mostrarse desacostumbrada a recibir cumplidos o a ser tratada de manera especial.

"Así que, no vamos a hablar de trabajo hasta el martes" dice resuelta, más para sí misma que para vos, tratando de recordarse que estos son días libres y que como tales tienen que ser disfrutados – dentro de lo horrible de las circunstancias en que fueron otorgados – con la mente desenchufada de cualquier cosa relacionada a la CTU.

Va a ser difícil (para ambos, para vos también), pero vas a encargarte de que ese 'no vamos a hablar de trabajo hasta el martes' suceda. Sin embargo, antes de poder seguir adelante con esa idea hay un pequeñito detalle del que tenés que ocuparte, detalle que acabás de recordar ahora.

Detalle que por mucho que te encantaría empujarlo lejos, sabés que será mejor atenderlo pronto para olvidarte de ello y disfrutar del resto de tu corta licencia sin esos fantasma atosigándote.

"Em, de hecho, creo que deberíamos em" odiás cuando las palabras se acumulan y agolpan en tu garganta pero no pueden subir hasta tu boca en el orden correcto, cuando se traban de esta manera y se mezclan y se vuelven débiles e incoherentes "… A decir verdad, em" el hecho de que esté sonriendo ante tu falta de capacidad para decir lo que querés decir solamente causa que tu lengua se enrede aún peor "Hay un par de cosas que quisiera em… sacar del camino, antes de que nos olvidemos del trabajo por completo" lográs terminar.

"Okay" asiente con la cabeza, dispuesta a escuchar.

Respirás hondo: lo que vas a decir envuelve hechos de ese día que tan desesperadamente precisan ser dejados atrás, hechos cuyas causas y consecuencias considerás es preciso aclarar antes de seguir dando más pasos o subiendo más escalones o cualquier metáfora que sirva para describir el largo y lento camino que vas a iniciar con ella.

El problema es que tenés miedo de decir algo incorrecto, o expresarte de manera tal que tus palabras se malentiendan, o no poder hablar, o trabarte, o equivocarte, o sentir ese horrible nudo en la garganta a medida que las frases quieren formarse pero por algún motivo se enredan y terminan cayéndose, transformándose en esa acidez lastimosa que quema a tu estómago cuando te ponés nervioso.

Con una mano te rascás el costado de la cara, tratando de ganar tiempo, y la otra sin que te des cuenta se cierra fuertemente sobre esa suerte de rosa de papel que quedó sobre la bandeja de mimbre.

Enseguida sentís los dedos de Michelle separando de entre tu puño cerrado ese par de servilletas con el que trataste de improvisar lo que en tu cabeza sería una obra de arte.

"Vas a romper mi rosa" comenta divertida, apartándola a un lado.

"No es un rosa" te reprimís a vos mismo, un tanto avergonzado "Traté de que lo fuera, pero no soy muy bueno con las manualidades. Es una servilleta abollada, debería estar en el cesto de basura"

"No" toma el objeto en cuestión y lo hace a un lado, depositándolo en la mesa ratona lejos de tu alcance, y cuando vuelve a mirarte a los ojos y te habla tan suavemente por un segundo te olvidás de la larga lista de explicaciones y aclaraciones que querés darle antes de no volver a mencionar la CTU "Es la primera vez que me regalan una rosa de papel, y me encanta. Y aunque vos pienses que no es linda, sí lo es"

"¿En serio?" inquirís un tanto incrédulo, aunque por dentro estás contento, contento porque ese simple gesto tuyo sirvió para que su rostro se iluminara, para que sonriera como sonríe ahora, para que se sonrojara como está sonrojada ahora.

No fue una docena de rosas blancas de verdad, pero al menos esa rosa de papel la hizo feliz. No es la rosa perfecta, no quedó en lo absoluto igual a la idea que tenías en mente, pero lo importante es que cumplió con su objetivo: arrancarle una sonrisa a ella.

"En serio" repite, poniendo en palabras lo que puede ser leído con claridad en sus ojos "Ahora, ¿qué es eso de lo que querías hablarme?" te anima, acercándose más a vos en el sofá, hasta quedar prácticamente a medio centímetro tuyo.

Sin pensarlo dos veces, pasás un brazo alrededor de sus hombros para atraerla aún más hacia vos, dejando que su cuerpo entero se hunda junto al tuyo, y finalmente ayudándola a recostarse de nuevo, quedando su cabeza reposando sobre tu regazo, tu cuello levemente inclinado para que sus miradas puedan encontrarse, una de tus manos buscando la suya para dejar que sus dedos se entrelacen otra vez, mientras tus otros dedos nuevamente se guían por sí solos hasta su cabeza, perdiéndose en el mar de bucles húmedos.

Y así, mirándola a los ojos profundamente, queriendo hundirte en esos dos océanos oscuros cuya forma es tan exóticamente atrayente, empezás a tratar de formar frases. Empezás a tratar de hacer un primer esfuerzo para que ese día vaya quedando atrás, para que empiecen a lidiar con ese día y con lo que significó, con las cosas que trajo, buenas o malas.

"Ayer te dije que hoy íbamos a comenzar a ocuparnos de lo que queda por hablarse. Bueno, antes que cualquier otra cosa, quiero pedirte perdón por haber desconfiado de tus intenciones cuando decidiste ayudar a Jack y cometer el enorme y garrafal error de enviar a Carrie a vigilarte" ves sus labios separarse para acotar algo, por eso aumentás la velocidad en la que hablás, evitando ser interrumpido "En ese momento estaba tan absorto en ajustarme a ser director, tenía tanta presión sobre los hombros… Intentaba actuar robóticamente, pero al mismo tiempo mis propios sentimientos me devoraban por dentro. Debería haber confiado en vos desde el comienzo, Michelle, tal como vos siempre confiaste en mí. Debería haber sabido que estabas haciendo lo correcto, que si estabas arriesgándote a tanto para ayudar a Jack era porque tenías motivos válidos…"

"Tony" escuchás tu nombre cayéndose de su boca, y sentís su dedo índice acariciando tus labios para que dejes de hablar "… Sé que hiciste lo que creíste correcto. Sé que no tenías ni idea de lo que sucedió con Carrie y con mi hermano y conmigo… Además, estoy segura de que ella tuvo mucho que ver con eso de vigilarme; debe haberte llenado la cabeza, ¿no? Para ella ponerte en mi contra y conseguir autorización para meterse en mis asuntos debe haber sido una diversión, debe haberse esforzado mucho para convencerte de que le dieras luz verde"

"Sí, pero no es un justificativo, Michelle" arremetés, sintiendo la culpa volviéndose un nudo en tu garganta al recordar cómo te dejaste llevar por los jueguitos de Carrie "Mi estupidez podría haberlo arruinado todo" te lamentás.

Pero ella sabe exactamente cómo calmarte.

"Pero cuando más importaba hiciste las cosas bien, y terminaste prácticamente jugándote la cabeza por hacer lo correcto. Y me enorgullece de vos"

Tus párpados se caen, y durante unos segundos simplemente permanecés muy quieto, sintiendo su pulgar trazando círculos en la palma de tu mano, y luego sus caricias en tu mejilla, y en silencio agradecés a quien sea que decidió crear ese angelito y expulsarlo del cielo para que cayera directo en tus brazos.

Cualquier otra mujer consideraría un acto de desconfianza extrema la equivocación que cometiste al dejarte llevar por Carrie, hacer que con sus comentarios filosos sembrara sospechas y te impulsara a enviarla a vigilar a Michelle.

"En ningún momento cruzó por mi cabeza la idea de que fueras como..."

Querés pronunciar ese nombre, pero no te sale.

"¿Como Nina?" te ayuda, consiente de lo difícil que es para vos este tema en particular.

"Sí" respondés, y tus párpados se levantan de nuevo "Jamás, Michelle. Simplemente…"

"Hiciste lo que cualquiera en tu posición hubiera hecho, Tony. Yo estaba yendo en contra del protocolo, yo estaba rompiendo las normas, yo estaba sublevándome, y sé que lo que hice en ese aspecto estuvo mal"

"Mi vida, nada de lo que hiciste estuvo mal"

"En teoría sí. Pero ya no importa qué hice yo, o qué hiciste vos, o qué no hicimos"

"No" coincidís.

Te sentís realmente mucho mejor ahora que de su propia boca escuchaste que no guarda ninguna clase de resentimiento o rencor por esas dos horas en las que las cosas se pusieron tensas entre ustedes, esas dos horas de agonía durante las cuales el ambiente caldeado por poco los consumió.

"Yo también estoy orgulloso de vos, muy orgulloso, por la forma en que manejaste las cosas" susurrás, ladeándote hacia delante unos cuantos centímetros más para besar la punta de su nariz "Por la forma en que aguantaste hasta el final y me ayudaste a mi a resistir"

"No hubiera podido de no haberte tenido conmigo. Eso que me dijiste, que íbamos a sobrevivir… lo mantuve en mi cabeza todo el tiempo, me dio fuerzas cada vez que estuve a punto de derrumbarte. Fue como si con esas palabras te tuviera ahí conmigo, abrazándome, cuidándome…"

El mareo repentino y temporal que genera lo que está confesando te toma por sorpresa; es como si con cada sílaba estuviera tocándote por dentro, sosteniendo entre sus manos emociones que nunca pensaste pudieran existir dentro tuyo.

"Amo cuidarte y protegerte y es lo que muero por hacer de ahora en adelante. Durante todas esas horas, hubo momentos en los que hubiera sido capaz de cualquier cosa con tal de tener el poder de hacer desaparecer al resto del Universo, quedarme con vos y simplemente abrazarte" compartir con ella tu abrumadora necesidad de velar por ella hace que la realidad que te rodea se siente aún mucho, mucho más real, tan real como las lágrimas que ves nublando sus ojos, agolpándose en ellos. Lágrimas que otra vez se rehúsa a dejar caer cuando mencionás algo que inmediatamente lamentás haber dicho "Cuando explotó la bomba, eras lo único en lo que podía pensar, y hubiera dado absolutamente hasta lo que no tengo para asegurarme de que estuvieras bien"

"¿Podemos… hablar de eso más tarde?" te pide con voz temblorosa "No sé si estoy lista para empezar a escarbar en eso"

"Claro, mi vida" la tranquilizás "No hablemos más de trabajo, ¿okay?" te apresurás a agregar "Solamente quería que supieras cuánto siento lo que pasó con Carrie, y cuánto lamento las cosas que te dije o la manera que actué durante ese par de horas" volvés a dejar caer un par de besos en su frente "De ahora en más hablamos únicamente de cosas lindas, ¿sí?"

Con la yema de tus dedos secás las lágrimas que han comenzado a deslizarse, deshaciéndote de ellas prácticamente antes de que tengan tiempo de empapar sus mejillas.

Y ella se queda muy quieta, sin decir nada.

Y vos tampoco decís nada.

Porque por el momento han decidido implícitamente que las palabras ya no son necesarias.

La lluvia finalmente ha aminorado, y lo que escuchan de fondo no es más que los restos del diluvio, eventuales gotas cayendo de tanto en tanto, rompiendo con el silencio. La bandeja de mimbre con los restos del desayuno sigue sobre la mesa ratona, también la rosa de papel, y durante la última media hora ninguno de ustedes dos se ha movido, como si tuvieran miedo de separarse físicamente, como si tuvieran la terrible necesidad de permanecer juntos físicamente.

No dejás de observar su rostro, no sólo porque es hermoso sino porque hace rato que venís conteniendo las ganas de iniciar el segundo beso, un beso mucho más lento y más suave que el primero, pero cada vez que estás a un paso de decidirte y hacerlo, algo te detiene.

Quizá es el hecho de que luzca tan angelical, semidormida en tu regazo.

Quizá es ese aire de inocencia que la envuelve.

Quizá es que no querés perturbar su descanso.

Quizá es tu deseo de ir lento, de escribir las cosas a mano y letra por letra como en los cuentos de hadas.

Quizá es tu miedo a que la imagen completa se esfume si la besás, que te despiertes y que en realidad todo sí haya sido un sueño.

Pero no deberías seguir perdiendo el tiempo, especialmente porque ya en lo que al tiempo respecta has desperdiciado demasiado.

Por eso, finalmente, casi sin pensarlo, volvés a inclinarte hacia delante y muy despacio rozás sus labios con los tuyos, muy lentamente, apenas tocándolos.

Sentís enseguida sus manos perdiéndose en la parte de atrás de tu cabeza, acercándote a un más a ella, intensificando de a poco el beso, convirtiéndolo en aún más dulce, lento y profundo.

Aumentando hasta límites insospechados esa adicción, esa locura, esa obsesión que ella despierta en vos.

Reduciendo el mundo a ese beso, este instante, este preciso segundo, y haciendo que el resto sea simplemente un fondo borroso, confuso, poco importante.

Es que nada es más importante que lo que estás sintiendo ahora, mientras se besan por segunda vez, tan pesadamente, tan despacio que el placer raya con la agonía.

No es la posición más cómoda y el aire comienza a faltarles pronto, pero ninguno de los dos se separa hasta que el oxígeno es innegablemente necesario.

Podrían haber pasado un milenio, un siglo, diez mil vidas o tal vez un par de minutos desde que iniciaste ese beso, porque el mundo se detuvo mientras te perdías en ella.

Presionás tu frente contra la suya, abrís los ojos para encontrarte con los suyos, y dejás que tus pulmones se llenen de dióxido de carbono. ¿O era monóxido de carbono? No sabés, no te acordás, no te interesa.

"Sos lo mejor que me pasó en mucho tiempo, Michelle" murmurás casi imperceptiblemente.

Ver sus ojos, antes colapsados de tristeza cuando mencionaste la bomba, brillando de nuevo hace que tu corazón se saltee un latido.

"Y vos sos lo mejor que me pasó en la vida" confiesa, también en un murmullo dulce "Sos el único que me hace sentir como nunca pensé que podría llegar a sentirme. Sos el único con el que me abriría, el único al que le diría cosas que nunca dije a nadie. El único capaz de arrancarme sonrisas y carcajadas de esta manera. El único que alguna vez me hizo sentir especial… que hace que me sienta especial" se corrige "El único tan loco como para quedarse despierto una noche entera cuidándome de mis pesadillas, o cruzar la ciudad en medio de un temporal para ir a rescatarme de mi misma…"

"El único que te regaló una rosa de papel" agregás en tono de broma, pero la realidad es que sentiste la urgencia abrumadora de interrumpirla antes de que siguiera hablando y tu corazón tan lleno de emociones explotara.

"Sí" coincide "El único que me regaló una rosa de papel"

"Y voy a regalarte muchas más" prometés, decidido a mejorar tus 'habilidades manuales' hasta conseguir la rosa perfecta "Un día voy a poder lograr rosas de papel tan perfectas como vos"

"Vos sos perfecto" ríe, pero lo dice en serio.

Si tan sólo tuvieras idea de lo perfecta que sos.

"Michelle, en mi opinión, sos la cosita más perfecta del mundo" decís con honestidad, incluso cuanto tenés el presentimiento de que va a ser requerido más que eso para convencerla, para sanar su a simple vista roto autoestima.

"Nunca creí que llegaría el día en que mi sueño de tenerte sería realidad"

Esos pensamientos exteriorizados te llevan a sentirte culpable por lo mucho que tardaste en llegar a este punto de tu vida, y concluís que deberías empezar a compensar el tiempo perdido cuanto antes.

"¿Te acordás lo que te dije anoche?, ¿que la cena no contaba como primera cita?" asiente con la cabeza levemente, de forma apenas perceptible "Bueno, ¿qué tal si en vez de salir a comer y al cine pasamos un día entero juntos?" proponés, entusiasmado como un nene de cinco años en Navidad.

"¿Así como ahora?, ¿abrazados todo el día?" sugiere con una sonrisa enorme.

"Estaba pensando" estuve toda la noche pensando en esto, en realidad "que podríamos salir, ir a un par de lugares… Pero si te digo dejaría de ser sorpresa"

"Me encantaría"

Vuelve a atraer su rostro hacia el tuyo, robándote otro beso, y luego otro, y otro, y cuando querés darte cuenta no sabés cómo acabaron cayéndose, quedando recostados en el suelo, sobre la mullida alfombra, reposando cada uno en un costado opuesto, besándose pausadamente, rogando que el momento nunca acabe.

Y mientras vuelven a quedarse dormidos, cuando tu reloj de pulsera muestra para interés de nadie que ya son la una de la tarde, se te ocurre que el amor verdadero debe ser esto, así de simple: compartir algo tan sencillo y cotidiano como el desayuno, hablar con palabras y entenderse con miradas y saber cuándo es necesario simplemente disfrutar del silencio, empapar tus dedos con sus lágrimas cuando llora, martirizarte sobre algo tan estúpido como no haber podido despertar antes para ir a comprar una docena de rosas de verdad, y luego recurrir al desesperado intento de tomar unas cuantas servilletas y hacer una rosa de papel.

El amor es, plana y sencillamente, sentir el alma llenándose cuando esa persona adora la rosa de papel – a tu juzgar horrible – que hiciste, y sus ojos se iluminan cuando la mira, y te repite una y otra vez que es la primera rosa de papel que le regalan en toda su vida.

El amor es, sin dar más vueltas, seguir a tus impulsos y romper la calma con un beso, y luego caer en el suelo sobre la alfombra y seguir besándose sin que importe nada que no sean esas pequeñas, dulces demostraciones de afecto.

Sí, el amor definitivamente es esto: dormir hasta las cuatro de la tarde en el suelo de la sala de estar de tu casa, con el amor de tu vida hecho un ovillo en tus brazos, su perfume mezclado con el tuyo convertido en una esencia dulcemente tóxica y el resto del Universo reducido a nada, porque tu mundo entero se resume en ella.

Despiertan al mismo tiempo, sonríen el uno al otro, y cuando estás a punto de preguntarle si quiere salir a estirar las piernas, su rostro relajado se fija en el reloj y al ver la hora que es se entristece y ensombrece, e incluso antes de que hable sabés que lo que tiene para anunciar no va a gustarte.

"Danny lleva bastante solo… Tendría que ir a su casa a ver cómo está, ver que esté tomando las pastillas, que no necesite nada… Al menos hasta que vuelva a ganar algo de control sobre sí mismo"

Lo entendés, entendés perfectamente que está diciéndote que tiene que irse. Y aunque darías lo que fuera con tal de mantenerla ahí con vos, y empezar a besarla de nuevo hasta dejarla sin aire, y volver a quedarse dormidos, y repetir el círculo miles de veces hasta el fin del mundo, también comprendés que no se quedaría tranquila si no se ocupara de Danny.

"¿Querés que te lleve hasta su casa?" ofrecés.

"No, mi vida, no hace falta; puedo caminar, son unas quince cuadras"

En lugar de levantarse y alistarse para irse, entierra la cabeza aún más en el hueco entre tu hombro y tu cuello

"Dios, quisiera quedarme con vos todo el día"

"Yo también, pero tu hermano te necesita, y me enorgullece que no seas egoísta y pienses en él. Te hace aún mucho más perfecta"

Te ponés de pie, tomás su mano y la ayudás a que se ponga de pie ella también.

"Pero mañana sos mía desde las ocho de la mañana hasta las doce de la noche" advertís.

"Voy a estar contando las horas"

"Yo también, princesa"

En menos de diez minutos guardás su 'pijama nuevo' en una bolsita, le prometés que vas a estar puntual mañana en la puerta de su casa a las ocho, y que mientras tanto vas a extrañarla terriblemente cada milisegundo.

"Me llevo mi rosa" es lo último que te dice, tomándola de la bandeja de mimbre y depositándola con cuidado dentro de la bolsa, sobre el sweater y el jogging doblados.

Van, en silencio, de la mano hasta la planta baja, y en silencio la despedís con un roce de labios.

Subís de nuevo hasta tu departamento, y al llegar te dejás caer en el mismo sillón en el cual pasaron la noche y en el cual desayunaron.

No hace frío, pero de todos modos te envolvés en el cobertor azul porque su perfume se impregnó ahí. Cerrás los ojos, y empezás a planear con aún más detalles todas las cosas especiales con las que vas a sorprenderla cuando llegue mañana, no porque necesites impresionarla o demostrarle algo, si no porque adorás mimarla.

No, definitivamente con ella no hace falta que estés esforzándote por impresionarla o demostrarle cosas, no: con ella bastan simplemente los besos y las rosas de papel y los abrazos y todas esas cosas que hacen al amor verdadero lo que es.