Tantas noches en vela aferrado a la almohada
Repasás mentalmente otra vez tus planes, incapaz de conciliar el sueño, rogando poder dormirte pronto antes de que la ansiedad te aniquile y soñar con ella, rogando que llegue el momento en que vuelvas a verla, a abrazarla.
Pero con cada minuto que pasa, te despabilas más, sumido en las grandes expectativas que tenés para el día de mañana, hasta que cerca de las dos y media de la madrugada no soportás más dar tantas vueltas y bajo la excusa de tener sed te dirigís a la cocina, ese mismo pedazo de tu departamento en el que esperás pronto volver a estar con ella, como hace una noche atrás.
Un vaso de Coca Cola, un bocadillo de queso, tomate y albahaca con pan francés; ese es tu refrigerio tardío.
Sentado en el desayunador con el ambiente en semi penumbras porque sólo encendiste una de las luces laterales en lugar de todas, sonreís para vos mismo sintiéndote un poco tonto mientras las mariposas pasean por tu estómago.
Seguís imaginado las doce horas perfectas que van a pasar juntos, lo bien que va a salir todo, los lugares a los que vas a llevarla, los posibles temas de conversación…
Cada detalle ha sido planeado meticulosamente, sin dejar nada fuera.
Querés regalarle un día especial.
Martina y vos solían tener 'días especiales' cuando era más pequeña, generalmente algún sábado del mes, pero ya hace mucho de eso: ahora tiene diecinueve años, a pesar de que la mayor parte del tiempo se comporta como una mujer madura de cuarenta y tantos. De hecho – y sonreís ante esto -, cuando era apenas una nena en edad de preescolar ya actuaba con una madurez y perspicacia únicas.
Pero con Martina esos días especiales eran distintos a lo que tenés planeado para Michelle. Tu hermana menor generalmente acababa arrastrándote a la biblioteca, o a algún museo, o a una de esas exposiciones llenas de profesionales, grupos de estudiantes, extranjeros y gente mayor pasando el rato para salir un poco de la rutina de sus vidas de jubilados.
Lo que pensaste para Michelle es muy distinto, y estás tan ansioso que las manecillas del reloj parecen arrastrarse en vez de correr, como si estuvieran cargadas de plomo.
E impaciente luego de haber pasado una esponja húmeda con detergente al platito y al vaso y dejarlo secándose en el fregadero, regresás al sofá y envolvés tu cuerpo en el cobertor azul, en el que aún quedan restos de su perfume.
Por eso elegiste cambiar la comodidad de tu cama de dos plazas por el sofá de tu sala de estar: su perfume sigue ahí, ahí es donde durmieron la noche anterior, protegidos por esa misma manta del frío de la mañana lluviosa, ahí fue donde desayunaron, y mientras los dos descansaban ahí te animaste a besarla.
Aferrás con fuerza la almohada, cerrás los ojos apretándolos e intentás ignorar ese cosquilleo dentro tuyo que te pide vayas a buscar tu celular y releas los mensajes que estuvieron enviándose antes que le dijeras que sería mejor que se fuera a dormir, que necesitaba descansar.
Vos también necesitás descansar.
Vos también deberías estar ya dormido.
Pero la ansiedad y las ganas de pasar ese día especial con ella te mantienen despabilado.
Al menos tu insomnio se debe a que mañana finalmente vas a empezar a escribir el primer capítulo de tu cuento de hadas con Michelle (el prólogo considerás es ese manojo de hechos desprolijos y apresurados cargados de toda clase de emociones que pasaron el día de la amenaza de bomba).
Al menos esta no es otra de las tantas noches que pasaste aferrado a esa almohada escapando de las pesadillas, torturándote sin misericordia sumido en la culpa, reviviendo momentos de tristeza.
No, esto es diferente.
Repasás en tu cabeza tus planes una y otra vez hasta que finalmente sin darte cuenta caes dormido, aferrado a la almohada.
Tantas noches en vela aferrado a la almohada…
Pero esta vez lo que te mantuvo en vela es la perspectiva de que en unas horas comienza oficialmente la mejor etapa de tu vida.
La mejor etapa de sus vidas.
