El reloj de pared anunciando las 6:23
Cinco de la mañana, treinta minutos. Faltan exactamente dos horas y media para las ocho.
Tus ojos se abren y lo primero que ven arranca de tus labios la primera de las muchas sonrisas que tenés el presentimiento van a iluminar tu rostro hoy: es la rosa, tú rosa de papel, la que él con sus propias manos hizo especialmente para vos. Descansa en el mismo sitio donde la depositaste anoche antes de meterte bajo las sábanas, cerca del radio reloj y junto a tu teléfono celular.
Puede que Tony piense que no es más que un par de servilletas y que deberías tirarla al cesto de la basura, pero para vos es importante porque te hace sentir especial. Sus acciones logran que te sientas especial, siempre, y para una persona que no está acostumbrada a ello, el cambio es inmenso y también lo son los efectos que produce, tan inmensos como extraordinarios.
Cinco de la mañana, treinta y siete minutos. Siete minutos menos. Dos horas, veintitrés minutos más.
Intentar volver a quedarte dormida parece bastante imposible, y es poco probable que puedas relajarte y descansar un rato más cuando las mariposas en tu estómago van de un lado al otro aleteando salvajemente, provocándote cosquillas que aumentan aún más cuando estirás el brazo para alcanzar tu celular y releer de nuevo los mensajes de texto de la noche anterior, aunque ya conozcas cada palabra de memoria.
Cinco de la mañana, cuarenta y dos minutos. Cinco minutos menos. Dos horas, dieciocho minutos hasta las ocho.
Tus pies descalzos se deslizan por el frío suelo de loza del corto pasillo que comunica tu habitación con la sala de estar, y desde allí vas hacia la cocina, aún vestida con el jogging azul y el sweater gris. La visión de los estantes de tu heladera cuando la abrís es descorazonada y hasta podría ser descripta como estéril: están casi vacíos, mayormente ocupados por diversas bebidas como un bidón plástico de jugo de naranja, un cartón de leche descremada y una botella de ginger ale.
A comparación del refrigerado de Tony y lo bien provisto que éste está, el tuyo es propio de un desahuciado; en realidad, tu cocina es propia de la de un desahuciado al lado de la de él.
Buscás un vaso de vidrio alto y servís un poco de ginger ale. Observás el líquido amarillento mientras bebés despacio de a sorbos.
De tanto en tanto la nostalgia te invade y cuando estás en el supermercado comprando un par de cosas básicas y ves una botella de ginger ale no podés evitar tomarla de la góndola y meterla en el canastito de plástico rojo junto con lo demás.
Una vez abierta es consumida cuanto antes para que no pierda el gas, pero a veces pueden llegar a pasar días enteros hasta que toques la tapa o siquiera recuerdes que está ahí entre las otras pocas cosas que guardás en el refrigerador.
"A tu papá le encanta tomar ginger ale. Le encantaba. Le encantaba, en pasado. Qué tonta que soy, Michelle, a veces me siento como si siguiera acá, con nosotras, eso es lo que siento a veces. A veces compro ginger ale o alguna edición de Reader's Digest cuando voy a la tienda, como si él estuviera vivo; compro cosas que le gustan… gustaban. O preparo la tetera pensando que en cualquier momento la puerta va a abrirse y tu padre va a entrar, con el periódico en una mano y un chocolate para Danny en la otra, aunque ya le dije… aunque yo le decía que no se permiten dulces antes de la cena"
Hoy no es día para que pienses en estas cosas, Michelle.
Hoy es un lindo día, ¿no ves que los primeros rayos del sol entran por la pequeña ventana de la cocina? Si te asomaras, o si fueras hasta la sala de estar y salieras al balcón, verías el cielo de un color azul profundo maravilloso, lleno de pequeñas nubes blancas que parecen hechas de algodón. El temporal de los últimos dos días ya se fue, y el clima típico californiano está regresando.
Hoy va a ser un buen día, Michelle. Un día hermoso. No dejes que tus pensamientos divaguen entre esos recuerdos, porque la sección de tu mente que los alberga es tan pantanosa que podrías hundirte y ahogarte.
Una ducha caliente va a hacerte bien.
El vaso de ginger ale a medio tomar queda sobre la mesada de mármol.
Cinco de la mañana, cincuenta y nueve minutos. Dos horas, un minuto para las ocho.
Sentada en posición fetal bajo el agua casi hirviendo, dejando que caiga libremente sobre tu espalda y tu cabello, abrazada a tus piernas y con la cabeza reposando sobre las rodillas, tus músculos se relajan, el movimiento de las mariposas en tu estómago se tranquiliza hasta convertirse en un cosquilleo disfrutable, y tus párpados se cierran solos. No estás durmiendo: estás soñando despierta con sus besos, sus palabras, y preguntándote por enésima vez qué clase de sorpresa será a la que se refirió.
Seis de la mañana, diecinueve minutos. Sólo una hora, cuarenta y un minutos. Una hora con cuarenta y un minutos y ya son las ocho.
Al salir de la ducha una corriente de frío eriza tu piel, y aún seguís sintiéndola incluso después de haberte envuelto firmemente en una toalla.
Pero no crees que se trate de una corriente de frío, nada más. No crees que eso sea lo único causándote estremecimientos.
No, la razón de que de pronto te sientas así es otra.
La razón es que, sólo envuelta en una toalla y de pie frente al espejo de tamaño natural que tenés en tu habitación (ese que perteneció a tu abuela, que no regalás porque te daría pena deshacerte de él pero que desearías guardar en un desván o sótano para no tener que verlo a diario) contemplás tu imagen, y una pregunta que para algunas mujeres conlleva a pasar horas revisando su guardarropas, hablando con amigas acerca del tema, probándose diversos atuendos y actuando con falsa histeria pero en el fondo divertidas frente a la situación, aparece en tu cabeza: ¿qué vas a ponerte?
Sí, muy de adolescente, ¿no? Pero la verdad es que te preocupa no tener ni idea sobre qué vestir en tu primera cita con él. Sabés que no va a fijarse en la ropa que elijas, sabés que no es la clase de persona que juzga a la gente por su exterior… Eso no quita el hecho de que querés verte bien, sentirte linda de verdad, algo que nunca lograste hasta ahora a través de los años, porque lo que para otras mujeres es una experiencia divertida, para vos es un calvario. Para vos es revisar percha tras percha llegando a la conclusión de que ninguna prenda te gusta, o que ninguna prenda te resulta cómoda.
Los atuendos que llevás al trabajo son los únicos con los que te sentís 'protegida', por llamarlo de algún modo, pero es obvio que no se encuentra dentro de la lista de opciones terminar eligiendo una falda y una blusa.
El problema es que el resto de los componentes de tu lista de opciones, sabés, no van a conformarte.
El reloj de pared anunciando las 6:23, lo ves reflejándose en el espejo, junto a tu imagen tímida y angustiada que yace de pie allí, de espaldas a él, en medio de esa habitación, sintiéndote insignificante y pequeñita , poca cosa para un hombre tan lindo y tan interesante como Tony Almeida.
Tenés una hora, diecisiete minutos para resolver el problema.
Abrís las puertas de tu placar y lo que ves te desanima.
Ni siquiera sabés a dónde van a ir, lo cual vuelve mucho más difícil la ya de por sí terrible tarea de escoger la vestimenta adecuada. Una vocecita sensata que logra resaltar en medio de tanta confusión y caos te recomienda inclinarte por algo casual y clásico, lo cual es una buena idea.
Tenés varios pares de jeans y decidís que alguno será el que uses, pero no sabés cuál.
Seis de la mañana, cuarenta minutos, y Michelle Dessler sigue mirando fijamente cuatro pantalones extendidos sobre la colcha de su cama.
Te reís ante esta imagen de vos misma, porque de otro modo tendrías que largarte a llorar desesperada, y te gustaría pensar que una agente del gobierno que se dedica a ayudar a detener, atrapar y procesa terroristas es lo suficientemente fuerte para no derrumbarse frente a la perspectiva de no saber qué ponerse.
El problema con vos siempre fue ése: frágil y débil en tu vida personal, demasiado segura de vos mima y reforzada con acero en tu vida profesional. Dos caras distintas para la misma moneda, aunque el resto del mundo sólo ve a aquella que es decidida y dedicada, no a la nena chiquita necesitada de afecto que todavía abraza la almohada para dormir de noche.
El único que te vio así – rota, quebrada, llorando, expuesta, vulnerable – y el único al que dejarías verte así es a Tony. Porque confías en él. Porque él te permite alimentar esa confianza. Porque sabés que quiere y va a cuidarte. Porque sabés que nunca te haría daño de ningún modo. Porque sabés que le importás de verdad.
Tony, el hombre con el que vas a salir hoy, el que va a buscarte hasta tu casa en medio de un temporal, el que te cocina la cena, y te abraza, y deja que elijas la música que van a escuchar, el que se queda despierto toda la noche porque le confesaste que tenías miedo de dormir en caso de que las pesadillas regresaran, el que te prepara el desayuno y angustiado porque no pudo salir a comprarte flores hace una rosa de papel con servilletas, y el que después vuelve a quedarse dormido abrazándote, los dos recostados en el suelo, sin que nada más importe.
Tony, el que estás segura va a hacerte muy feliz, el que hace que olvides el resto, porque el resto sencillamente es ruido de fondo.
Si a Tony no le importa lo que vistas (porque estás segura de que no va a importarle), si Tony tiene esa capacidad maravillosa de hacer que te sientas bien, segura, protegida, especial, ¿entonces realmente vale la pena agonizar sobre cuatro pares de pantalones?, ¿vale la pena mirarte al espejo y torturarte?
No, no vale la pena, esa es la respuesta a la que llegás.
Pero de todos modos hay una parte que le gana a la coherencia, la parte que tiene miedo al abandono constante que venís sufriendo desde que naciste, ese abandono que te ha destrozado tanto y ha llevado a que tu mundo se divida en dos: hay un pedazo en el que sos fuerte, y otro en el que no lo sos tanto. Hay una partecita de tu ser que teme profundamente al abandono, y que te dice que quizá algún día Tony se dé cuenta y te cambie por otra, por una más linda, por una de esas típicas rubias de ojos azules…
No.
Basta, Michelle, no te tortures.
No te mires al espejo tan críticamente. Hace mucho que pasaste esa etapa, la etapa en la que te mirabas al espejo y no te gustaba lo que veías. Ahora tampoco es que te encanta el reflejo que es devuelto, pero al menos habías logrado llegar a cierto balance, a aceptarte, a no odiarte, si bien aún seguís viéndolos a ellos inmortalizados en vos y esto duele.
¿Por qué estás volviendo a juzgarte de esta manera ahora?
Espejito, espejito… A ella no le gustan sus ojos orientales. Ni las pequitas de su nariz. Ni sus mejillas sonrosadas y un tanto rollizas. Ni su piel amarillo marfil. Ella no se gusta.
Pero a él le gusta ella. Por dentro y por fuera.
¿Y si cambia de opinión?, ¿si se da cuenta que podría tener algo mejor?
No. Él está loco por ella. Si hay alguien capaz de ayudarla a aceptarse a sí misma, a quererse a sí misma un poco más, ése es él. Él puede hacer que ella se sienta bien, que se sienta linda, que se sienta más segura.
Espejito, espejito, ¿quién se quedaba a un costado en el patio de juegos en los recreos porque las demás nenas la discriminaban y la llamaban 'Yoko Ono' para molestarla? Espejito, espejito, ¿quién no dio su primer beso hasta los quince (un primer beso desastroso) por haber sido siempre demasiado tímida? Espejito, espejito, ¿quién solamente tenía amigos 'por interés', para que hiciera sus deberes de Matemática?
Pero él es distinto. A él le gusta de verdad. Él quiere cuidarla. Jamás la lastimaría. Jamás la dejaría. Jamás la haría sentir menos. Solamente la haría sentir hermosa, por dentro y por fuera. Él es el único que la hace sentir hermosa, por dentro y por fuera, cuando la mira a los ojos. Él mismo se lo dijo: ama cuidarla y protegerla, y eso es lo que quiere hacer de ahora en adelante.
Esa especie de batalla interna focalizada en tercera persona acaba cuando te apartás del espejo, respirás profundo y tu mirada cae en la rosa de papel que sigue reposando sobre la mesita de noche.
Hoy va a ser un día especial, tan especial como lo es él. No podés dejar que algo estúpido como lo es la ropa lo arruine, que te entristezca y merme tu buen humor. No podés dejar que tu costado vulnerable, ese que sigue con las astillas del rechazo y el bajo autoestima aún clavadas, te haga mal.
Seis de la mañana, cincuenta y ocho minutos, y te queda una hora solamente, una hora con dos minutos antes de que tu príncipe azul llegue.
El reloj de pared anunciando las siete en punto de la mañana, único y silencioso testigo reflejado en el espejo – un espejo al que ahora no estás prestando atención – mientras elegís al azar uno de los jeans, y tratando de no pensar en lo poco que te gustás a vos misma tomás una remera de algodón sin mangas, color verde inglés y la liberás de la percha de plástico negro que la sujeta.
Siete de la mañana, diez minutos. Cincuenta minutos hasta las ocho.
Un poco de maquillaje, detalles básicos: algo de sombra (apenas perceptible), rímel, delineador, nada de rubor porque tus mejillas ya de por sí tienden a sonrojarse todo el tiempo. Sigue a eso un toquecito de brillo en los labios, pero decidís limpiarlo con papel tissue al darte cuenta de que no querés nada incomodándote cuando lo beses.
Siete de la mañana, veinte minutos. Cuarenta minutos quedan.
Un par de medias cortas, cortísimas, y zapatillas cómodas; si van a pasar todo el día juntos, tenés que asegurarte de llevar un calzado que te permita andar en pie sin sentir el dolor punzante que te provocan los tacos. Sin embargo, las zapatillas te parecen poco atractivas, y rápidamente son – junto con las medias - reemplazadas por unas chatitas también verdes haciendo juego; más elegantes sin dejar de ser agradables.
Siete de la mañana, veinticinco minutos. Treinta y cinco minutos más.
Te ves obligada a volver frente al espejo por mucho que no te guste la perspectiva de pararte frente a un enemigo cuando estás casi lista y el reflejo que va a devolverte podría llevarte a querer elegir todo de vuelta, destrozando en segundos la autoconfianza de la que te armaste.
Pero para peinarte necesitás el espejo.
Para domar tus rulos salvajes necesitás el espejo.
Siguen algo húmedos, tus bucles, pero gracias a la ducha que tomaste son algo más fáciles de manejar, por lo cual enseguida quedan prolijamente aprisionados por una de las muchas banditas elásticas que guardás en una cajita, exceptuando algunos pocos tirabuzones rebeldes, esos que son demasiado cortos para atrapar y que quedan colgando alrededor de tu rostro en forma de corazón, enmarcándolo.
Siete de la mañana, treinta y cuatro minutos. Veintiséis minutos hasta que el reloj anuncie las ocho.
Elegís una cartera haciendo juego, también color verde inglés, una que tu cuñada te regaló junto con los zapatos, antes de que Carrie arruinara la vida de tu hermano y te llevara a pelearte con su ex esposa, con la que antes te llevabas muy bien. No es una cartera muy grande – no te gustan esos bolsos gigantes -, pero es espaciosa, y entran las cosas necesarias: un paquete de pañuelos descartables, tu teléfono celular, el monedero, la billetera, las llaves, esa clase de cosas. Cuando acabás de meter todo dentro la sentís vacía, y sólo para hacerla menos liviana y por lo tanto más fácil de cargar agregás un libro que balancee el peso.
Siete de la mañana, cuarenta y ocho minutos. Doce minutos y el reloj va a dar las ocho.
El último toque: perfume. Ése que a él tanto parece gustarle, ése con el que da la impresión quisiera intoxicarse. Te preguntás si sabe que usás Johnson & Johnson Baby porque es lo único que tu piel tan terriblemente sensible tolera. Y porque, a decir verdad, no te gusta ostentar con fragancias francesas caras, ni con cosas raras. Sos una chica simple.
Siete de la mañana, cincuenta minutos. Quedan diez minutos hasta las ocho.
Ya estás lista. Vestida. Peinada. Maquillada. A la espera de tu príncipe azul.
Intentás matar el tiempo pensando en trivialidades, pero no podés.
Por un momento la mente se te va a Paula, y a tus otras compañeras de trabajo que fallecieron el martes. Ellas no van a volver a salir con un hombre. O a verse con sus novios, o maridos. O conocer al amor de sus vidas. O formar una familia. Porque están muertas. Pero vos estás viva.
Rápidamente te deshacés de la llamada 'culpa del sobreviviente', recordándote que el día de hoy es para que lo disfrutes, para que seas vos misma, para que pierdas el miedo a soltarte y aflojarte, para que lo disfrutes a él.
Sonreís, y las mariposas regresan felices a tu estómago aún más hiperactivas que antes.
Sonreís, y aunque vos no te gustes cuando te ves en el espejo, aunque nunca te hayas gustado, sabés que en cuanto lo veas a él, va a decir o a hacer algo causando que automáticamente te sientas segura, contenta, bonita. Su sola presencia va a hacer que te sientas especial.
Vas a tu dormitorio, tomás la rosa de papel, y la acaricias despacio con la yema de tus dedos, de pronto totalmente convencida de que tu gran amor, el amor de tu vida, te miraría con la misma adoración pura aún si estuvieras despeinada y sin maquillar, en pijama, solamente vistiendo su sweater gris y su jogging azul, que ahora son tuyos.
Espejito, espejito, la presidenta del Club de Ciencias, ésa que iba al Club de Ajedrez, la nerd de cabello enrulado y ojitos orientales, va a salir con el que seguro en sus épocas de colegio secundario era el más lindo de la clase.
Espejito, espejito, ella no se gusta, pero sí le gusta a él.
Espejito, espejito, él puede llegar a hacer que ella se guste a sí misma.
Espejito, espejito, si estuvieras reflejándola ahora, verías la sonrisa dibujada en su rostro, porque sabe que no te necesita a vos cuando tiene sus espejos favoritos: sus ojos, los ojos de su amor, donde siempre se ve linda.
El reloj de pared anuncia las ocho de la mañana. Y cuando las agujas de ese mismo reloj marcan que han pasado ya tres minutos, el portero eléctrico suena.
Tuviste una mañana difícil, con emociones encontradas y pequeños berrinches sobre tu apariencia que hacía bastante no tenías, pero ahora te sentís definitivamente mucho mejor, porque dentro de unos instantes vas a verlo a él, y sin proponérselo va a aliviar tus miedos, tus inseguridades, tus temores y tus fantasmas.
Espejito, espejito, ¿importa la apariencia cuando él ya dejó en claro que quiere que ella sea su princesa?
