Escucho el tic-tac, tic-tac,

Dulce tic-tac.

Cuento los segundos que faltan para verte.

Tic-tac, tic-tac,

Dulce tic-tac.

Es mi corazón que se muere por tenerte.

Los tic-tacs que el reloj emite rítmicamente coinciden con los latidos de tu corazón; acompasado con el pequeño aparato, cuando las manecillas marcan que un segundo menos falta para verla y que estás un segundo más cerca de ese momento, tus latidos responden de la misma manera, imitando esos tic-tacs.

La extrañás con locura, aún cuando la viste hace menos de veinticuatro horas. Pero no podés evitar sentir la fuerte necesidad física de estar junto a ella, en su presencia. Por eso contás tan desesperado los segundos que faltan para verla. Por eso estás pendiente de cada tic-tac del reloj: porque tu corazón muere lentamente, muere de ganas de estar otra vez en sus brazos, como ayer.

Cada segundo estás contando, cada tic-tac.

De cada tic-tac estás pendiente, cada tic-tac del reloj resuena en tus oídos, haciendo eco dentro de vos. Y tu corazón imita el sonido, desesperado por enterarse de por cuánto más tendrá que atravesar la agonía de no tenerla, de no poder estar con ella.

Te levantaste temprano, te duchaste, te vestiste, tomaste una taza de café negro bien cargada para despabilarte por completo, y a las siete en punto ya estabas sentado frente al volante; tenías que encargarte de un par de asuntos antes de buscar a Michelle, realizar un par de llamados, comprar dos o tres cosas, cargar otras dos o tres en el baúl del coche.

Querés que todo salga perfecto, que la imagen formada en tu mente del día de hoy sea hecha realidad al pie de la letra, pedazo por pedazo, sin que ninguno de los detalles en los que pusiste especial atención quede desatendido, sin que existan posibilidades de que algo, por más mínimo que sea, se arruine.

El clima te favorece, mucho; un cielo así de radiante con el sol brillando en todo su esplendor, el color azul profundo más maravilloso que nunca y las nubes tan perfectas que parecen hechas de algodón hacen difícil creer que a penas cuarenta y hoco horas atrás un diluvio torrencial azotó a Los Angeles.

El clima definitivamente combina con tu idea de cómo debe desarrollarse este día especial: en tu vida ha habido muchas tormentas. Seguramente también ha llovido mucho en su vida; podés verlo a veces reflejado en sus ojos, pudiste sentirlo las veces que se abrazaron. Las tormentas tienen que terminar, para ambos, y tienen que venir días de sol, como el de hoy. Así como el temporal se fue ayer, también tiene que llegar para ustedes el momento en que salga el arcoíris y parezca difícil creer que alguna vez en sus cielos existieron enormes nubarrones negros. Vas a asegurarte de que así sea.

Y con ese pensamiento en la cabeza, con una sonrisa en los labios y con el corazón latiendo al compás del tic-tac del reloj, pasaste los siguientes sesenta minutos, encargándote de todo.

Cada segundo parecía de plomo, incluso estando ocupado dando las últimas pinceladas a tu idea. El tiempo no pasó lo suficientemente rápido, y si bien las agujas del reloj emitieron sus tic-tacs obedientemente y tus latidos respondieron enseguida, los sonidos llegaban a tus oídos como si estuvieran en cámara lenta, como si cada fracción del tiempo transcurriera en un espacio distinto en el que una hora es un milenio.

Un largo milenio durante el cual no hiciste más que pensar en ella.

Ahora tu auto está estacionado frente a su edificio, y ver que son las 7:55 causa que tus pulsaciones se aceleren.

No tenés quince años, esta no es tu primera cita, sos un hombre muy experimentado, pero no podés evitar que los nervios te hagan su prisionero, especialmente cuando analizás la situación general.

Ninguna otra mujer que hayas conocido logró hechizarte de esta manera, con ninguna sentiste atracción más allá de lo físico, ninguna te inspiró tanta ternura, ninguna despertó en vos la necesidad de protegerla. Michelle es distinta, y por lo tanto presentís que tu historia con ella – adonde sea que está destinada a llevarte – va a ser distinta también.

Por eso estás nervioso, ansioso y prácticamente muriendo de impaciencia mientras aguardás a que ese tic-tac que suena acompasado con los latidos de tu corazón marque que ya llegaron las ocho, que ya se acabo la espera, la penosa espera.

Tic-tac, tic-tac, los segundos son de plomo.

Tic-tac, tic-tac, tu corazón duele dulcemente porque ya no aguantás más.

Tomás inconscientemente tu labio inferior entre los dientes, mordiendo despacio y con suavidad, y sonreís, desplegándose en tu mente diapositivas brillantes que muestran tu visualización de las siguientes horas.

Tic-tac, tic-tac, pareciera que el tiempo se arrastra.

Tic-tac, tic-tac, tu corazón sigue muriendo despacio, muriendo de ganas.

Vas a llevarla a desayunar a un sitio muy personal, esa es la primera parada. Después, un lugar que pensás va a encantarle (esperás que le encante tanto como crees). Más tarde, el almuerzo, y luego otro sitio especial al que querés ir con ella. Para terminar, cena y cine, y por último, la pregunta.

Suspirás nervioso cuando notás que las manecillas de tu reloj pulsera están posicionadas anunciando que es tiempo de que vayas a buscar a tu princesa, de darle a tu corazón el gusto, el antídoto perfecto para que deje de doler tan dulcemente, para que deje de estar pendiente de cada movimiento de las agujas del reloj.

Tic-tac, tic-tac, ahora también se suman a ese sonido no sólo el de tu corazón latiendo desaforado si no también el de tus pasos, que pareciera van demasiado despacio para tu gusto.

Tic-tac, tic-tac, estás finalmente en el enorme pórtico del edificio, frente al panel de botones. Presionás el que corresponde a su departamento, y aguardás a que baje, para comenzar juntos el que sabés va a ser un día hermoso, el más hermoso en mucho, mucho tiempo.

Escuchás el tic-tac, el dulce tic-tac, contado esta vez sí los segundos exactos que faltan para verla.