Es que ya sabes que me encantan estas cosas,
Que no importa si es muy tonto, soy así.
El tiempo, que cosa tan rara, tan flexible, tan incomprensible, tan extraña, tan relativa: pasa despacio, tan lentamente que es doloroso contemplar y escuchar a los relojes, verlos reflejados en los espejos en los que nos miramos tan autocríticamente, cuando estamos esperando que se acorte y que llegue ese momento; se escurre como agua entre las manos y se desliza con fluidez entre nuestros dedos, perdiendo nuestros seres absoluta noción de ello, cuando nos encontramos sumidos, sumergidos, hundidos en un instante que quisiéramos nunca acabe, un instante durante el cual ese tiempo que corre veloz no es percibido por nuestros sentidos, que se hallan totalmente enfocados en otra cosa.
Sus brazos están rodeando tu cintura, mientras sus manos con suavidad recorren tu espalda, trazando círculos. Su cabeza descansa sobre tu hombro, mientras que con el rostro enterrado en su cuello empezás a sentirte un poco sofocada, pero no te importa en lo más mínimo: se extrañaron durante horas, y aunque parezca ridículo necesitan abrazarse como si hubieran pasado años desde la última vez que se vieron y no menos de un día; necesitan la clase de abrazo que hace que hasta personas que no suelen distraerse fijándose en esta clase de detalles noten la forma en que un cuerpo se amolda al otro, tratando de encajar dos partes de la misma pieza, para volver a estar completos.
Así te sentís ahora: completa.
Las ocho de la mañana con escasos minutos de este soleado viernes de septiembre localizan al encargado del edificio, Gordon Miller – un hombre en sus cincuenta y tantos, de rostro bonachón, ojos grises, abundante cabello entrecano -, pasando el lampazo al amplio recibidor, tratando de disimular sus discretos intentos de observar la escena de ternura de la que es protagonista la joven inquilina del décimo piso, pero vos no te das por aludida.
"Buen día" Tony susurra en tu oído, mientras una de sus manos juega con tu cabello, desordenando tus rulos para poder enredarlos en sus dedos, arrancándote un suspiro.
"Ahora sí es un buen día" respondés sin moverte si quiera un milímetro, sin pensar las palabras antes de decirlas, dejando que esa sensación que te invade cuando estás con él – esa sensación que te permite ser vos misma sin poner barreras a tu comportamiento o ser absolutamente arrastrada a un hoyo oscuro por la timidez – te llene.
Llevás un par de horas despierta, y ya has tenido tu cuota de altibajos, de momentos en los que tu autoestima toma paseos inesperados en una montaña rusa llena de subidas, depresiones, bajadas y más subidas y otras tantas bajadas. Elegir el jean y esa remera de algodón verde oscuro que llevás puestos tomó un tiempo y un esfuerzo que te parecen ridículos ahora que te encontrás en el lugar al que pertenecés, ese lugar en el que jamás sentirías nada que no fuera amor: sus brazos.
"¿No empezaste bien el día?" inquiere preocupado. La pregunta es murmurada en tu oído mientras despacio mece tu cuerpo y el suyo de un costado al otro, relajándote. Ninguno de los dos al parecer se ha percatado de que siguen en el pórtico de tu edificio, pegados el uno al otro, como imanes, conversando en voz baja, ajenos al resto del Universo, ajenos al tiempo, ajenos a los relojes, a los minutos, a los segundos y a todo lo demás, a todo lo que no sea ese pedacito de mundo que sus dos seres ocupan.
No vas a confesarle que rayaste la histeria porque fuiste invadida por un ataque de tus ya familiares desconfianza e inseguridad, durante el cual tu cerebro martilló en tus sienes con la idea de que por mucho que estés convencida de que él te ama con la misma locura que vos a él, eventualmente va a descubrir que tenés poco para ofrecer y que podría estar con una chica más linda, menos complicada, más experimentada, más mujer. No vas a confesarle nada de eso porque no vale la pena, y porque cualquier sentimiento amargo, cualquier sensación punzante que hayas tenido, todo eso desapareció por completo cuando el timbre sonó anunciando su llegada.
"Ahora estoy mucho mejor" te limitás a decir.
Sentís una de sus manos acunando tu mejilla, levantando tu cabeza apenas un poco para nivelar tus ojos con los suyos, para estudiar tu sonrisa detalladamente y espejarla, para dejar que en su mirada observes tu reflejo.
Y es entonces cuando luego de lo que parece una eternidad su voz profunda vuelve a alcanzar tus oídos, diciendo palabras que te desarman por completo, que te derriten, que te dejan temblando por dentro:
"Sos hermosa, Michelle"
Tu cerebro está dividido en dos hemisferios: uno totalmente presa del atontamiento y otro que no puede dejar de analizar las cosas. Es esa parte la que hace que notes que utilizo el verbo 'ser' en lugar del verbo 'estar', significando que no considera que hoy en particular lucís bien, si no que en su opinión siempre sos hermosa.
Son pequeños gestos, pequeños detalles probablemente inconscientes e involuntarios los que llegan al alma y cavan profundo.
Te cuesta creerlo, realmente. O aceptar que él te considere hermosa, porque cuando vos te mirás en el espejo ves una imagen muy distinta. Pero te gusta que te lo diga, que se pierda en tu mirada y diga esas palabras, que tenga la capacidad de hacer que te sientas la criatura más especial del mundo, y que ya no te preocupe si elegiste la ropa correcta, si tu cabello está demasiado revuelto o si deberías o no haber usado más maquillaje.
Sus labios silencian los tuyos con un beso delicado e inocente que acaba tan rápido como comenzó antes de que tengas tiempo de pensar una contestación, y la verdad es que en el fondo estás agradecida por ello: no es costumbre para vos recibir cumplidos, y no sabés cómo reaccionar a ellos correctamente.
"¿Vamos?"
Sus dedos y tus dedos se entrelazan, y tomados de la mano caminan hacia donde está su auto.
Todavía te cuesta habituarte a verlo 'de manera informal', por llamarlo de algún modo; en la oficina siempre usa camisas y pantalones de vestir, generalmente negros y mantiene la forma profesional ante todo. Ahora, sin embargo, su aspecto es el de un hombre muchísimo más relajado, y te encanta. Te encanta no poder quitarle los ojos de encima aún cuando estás tratando de que no sea evidente el hecho de lo atractivo que te resulta cuando usa sólo un jean y una remera deportiva blanca.
"Ya podés decirme a dónde estamos yendo" no es una petición, más bien es una afirmación que escapa de tu boca una vez que ambos se encuentran con los cinturones de seguridad bien abrochados y el vehículo está en marcha.
"No" ladea la cabeza de un lado al otro en negación "Es sorpresa"
"¡Tony!" insistís, sin poder evitar la sonrisa que se dibuja en tu cara y que agrega brillo a tus ojos.
"No, Michelle" finge seriedad, frunciendo el seño, sin dejar de negar con la cabeza, mientras se mantiene concentrado en el camino "Son varios los lugares a los que vamos" agrega pasados unos segundos, a modo de pista "Vas a ir descubriéndolos a medida que el día pase"
"Está bien" finalmente accedés; en el fondo te encanta la idea de que quiera sorprenderte, y te causa ternura que se haga el misterio "Voy a dejar de hacer preguntas" prometés.
"Me parece bien" coincide "¿Podrías encender el estéreo?" requiere luego.
Te sorprendés gratamente cuando la voz de Phil Collins comienza a sonar, llenando el pequeño ambiente en el que se encuentran. No es el disco que estuvieron escuchando esa noche mientras él preparaba la cena, es otro, pero es igual de disfrutable.
Son esas pequeñas cosas, esos pequeños detalles. Podrán parecer a otro insignificantes y sin valor, pero a vos te gustan, te arrancan sonrisas. El dolor, la angustia, la nostalgia son menores cuando la vida se llena de esas pequeñas cosas que te encantan, y él al parecer tiene la habilidad nata de saber exactamente cómo llenar cada espacio de tu vida con esas pequeñas cosas.
Tarareás suave y rítmicamente al compás de la canción, Taking it all too hard; es una melodía triste, es una historia de amor triste, pero los instrumentos combinados son hermosos. Amás la música, tan profundamente como él la ama; amás poder relajarte mientras escuchás a Phil Collins, observando a Tony mientras conduce, deleitándote con esa media sonrisa que cruza su rostro, sonrojándote cada vez que se desconcentra durante segundos apenas y se pierde mirándote, fallando horrorosamente si lo que trata es disimular las ganas que tiene de frenar el auto y simplemente pasar el resto del día comiéndote con los ojos.
Cuando ya no aguantás más el ardor en las mejillas que ya están de un rojo brillante, preguntás con fingida inocencia a la vez que imitás lo que podría considerarse la voz de una profesora de quinto grado indignada porque uno de sus alumnos no está siguiendo la lección:
"¿Qué hay tan interesante en el asiento del pasajero, señor Almeida, que no puede dejar de desviar su atención?"
Espera hasta llegar a la señal de alto que los aguarda a unos escasos metros para contestarte, con su mirada perforando intensamente tu mirada:
"Una cosita preciosa, ojitos oscuros, cabello enrulado, tiene el habito de sonrojarse muy a menudo" esto último hace que sientas la cara hirviendo "Naricita perfecta cubierta de pequitas" la yema de su dedo índice acaricia la punta de tu nariz, provocando que tus labios se curven hacia arriba, causando que él agregue ": Y esa cosita tiene una sonrisa hermosa"
"Seguí manejando" espetás con simulada autoridad al ver que las luces del semáforo cambian de rojo a amarillo y de amarillo a verde, esperando que una vez reanudado el trayecto se mantenga en silencio y deje de hacer que tu rostro se encienda y quede del color de la nariz del reno Rodolfo.
El resto del recorrido – al cual prestaste mínima y prácticamente nula atención (podría haberte llevado fuera del estado y no lo habrías notado, tan concentrada como estabas en mirarlo a él) - transcurre sumido en una quietud durante la cual no podés evitar pensar que – aún cuando te avergüenzan un poco y la falta de costumbre te lleva a no saber cómo encararlos -, te gusta que te alague con tantas cosas lindas, incluso si te cuesta creerlas.
Veinte minutos más tarde estaciona el auto, se baja, abre tu puerta, toma tu mano y te indica que te bajes vos también. Y así, de la mano, comienzan a caminar.
Te tomás unos segundos para echar un vistazo a tu alrededor: están en un paseo marítimo desierto, en la costanera de la ciudad de Los Angeles, en uno de esos sectores alejados del ruido, los turistas, los habitantes que salen a caminar por allí a esas horas de la mañana y de los negocios multitudinarios como McDonald's, Arby's o Starbucks u otros sitios de comida rápida; las pocas tiendas que hay en esta sección son pequeñitas, la mayoría de ellas dedicadas a las industrias artesanales, algunas de las cuales acaban de levantar sus persianas, y otras muchas que no estarán abiertas al público hasta pasadas las diez de la mañana, y se encuentran todas bastante alejadas del sitio en que se hallan ustedes.
Puede verse el mar, hermoso y magnífico, las olas meciéndose suavemente con un sonido arrullador, perdiéndose su color con el del cielo, mezclándose de forma tal que sería imposible decir dónde empieza uno y dónde termina el otro, la calma en el aire tan penetrante que podés sentirla físicamente.
Parado detrás de vos, sus brazos rodean tu cuerpo y sus manos entrelazadas con las tuyas quedan descansando sobre tu estómago, jugando sus dedos a acariciar tus palmas.
Con un beso en la sien te quita de tu ensimismamiento, y luego posa su cabeza en tu hombro, inclinándola hacia un costado para poder observarte.
"Me gusta mucho este lugar" comentás en voz baja y sin apartar los ojos del paisaje, temiendo romper la serenidad si hablás en tono normal.
"A mi también. Es uno de las zonas más tranquilas de toda la ciudad a estas horas. Por eso pensé que sería ideal"
Respirás el aire puro, y otra vez sos atacada por esa punzada en el estómago que aparece prácticamente cada vez que la felicidad total te invade.
Es la culpa del sobreviviente.
Es ese remordimiento involuntario ante el hecho de que tus pulmones se llenan de oxígeno mientras contemplás el mar acurrucada junto a la única persona sobre la faz de esta Tierra con la cual deseás estar, sus labios suavemente presionados sobre tu hombro, ambos cuerpos meciéndose lentamente al compás de las olas, experimentando una felicidad tan inmensa que no entendés cómo aún no explotaste, porque es imposible que tanto de ella pueda caber en un mismo ser.
Y otros están… muertos. Simple y sencillo: muertos. Y vos estás viva.
Un espasmo recorre tu espalda, y él lo percibe.
"¿Tenés frío?" pregunta, creyendo que es la brisa del océano lo que provocó tus temblores.
"No" susurrás, determinada a quitar de tu mente cualquier mal recuerdo, determinada a empujar la culpa lejos y terminar con esa tortura silenciosa.
"Tenías que decir que sí" murmura en tu oído, fingiendo reprocharte "; eso iba a darme la excusa perfecta para abrazarte más fuerte"
"No necesitás excusas para abrazarme más fuerte"
"Qué bien" comenta contento, apretujándote un poco más contra sí, no tanto como para lastimarte o cortarte la respiración, pero sí lo suficiente como para que no puedas mover un músculo "Ahora te tengo atrapada y no voy a dejar que vayas a ninguna parte" canturrea bajito en tu oído.
Reís antes de dejar salir una confesión que esconde más, mucha más seriedad que la que puede percibirse en tu voz:
"No tengo intenciones de irme. No me animaría. ¿Qué pasa si cuando vuelvo vos ya no estás?, ¿o si te das cuenta de pronto que sos demasiado bueno para mí, que no te merezco?"
Tu propósito fue que sonara como una broma, como parte de esa travesura casi infantil de provocarse inocentemente, pero al parecer su alma y la tuya están unidas de tal manera la una con la otra que él puede darse cuenta: algo se esconde en el fondo de esas palabras, algo que no te animás a verbalizar sin rodeos. Y ese algo es tu miedo al abandono.
Son esas pequeñas cosas las que te llenan de felicidad y alivian cualquier carga que pueda estar lastimando tus hombros, esas pequeñas cosas que te encantan, y una de ellas es la facilidad de Tony para presentir cuando más que nunca necesitás sus mimos.
Sin decir nada, te guía despacio tomándote de los codos, haciendo que gires sobre tus pies hasta quedar frente a él. Acunando un lado de tu rostro con una de sus manos y reposando la otra en la base de tu cabeza, te atrae imposiblemente más cerca, tomándose todo el tiempo del mundo para mirarte a los ojos, dibujar círculos en tu mejilla con el pulgar, besar la punta de tu nariz repetidas veces, queriendo asegurarte que es real, que no es un sueño, que está ahí con vos.
Cuando tu labio superior queda capturado entre los suyos, cerrás los ojos y te dejás llevar, respondiendo al juego, al principio con timidez, para luego acabar cediendo por completo, aferrándose tus dedos a su cabello para sujetarlo firmemente contra tu boca, apagándose tu cerebro rendido, aflojándote de forma tal que el peso de toda tu anatomía recae para ser soportado por sus brazos – que sabés jamás te dejarían derrumbarte - , quedando liviana por dentro y con la ilusión de estar flotando.
Te alegra haber decidido que usar brillo labial no era una buena idea, porque de haber ignorado aquel fugaz pensamiento que cruzó tu mente mientras te alistabas y esperabas a que el reloj diera las ocho, hubiera resultado difícil besarse de esta forma dulce, profunda y apasionada sin acabar manchándose y quedando pegajosos con los residuos del cosmético. Sin embargo, es un detalle en el que vas a reparar mucho más tarde, no ahora: ahora estás demasiado empapada en las maravillosas sensaciones despertadas por él como para distraerte con algo tan tonto como un lápiz labial.
Es tan extraordinario el estado en el que caíste, que no podés contener la protesta que pugna por escapar de tus labios mientras lentamente rompe lo que él mismo empezó, pero sin embargo la privación de aire a la que fuiste tan tiernamente sometida hace que lo único que te salga sea una mezcla de jadeo y suspiro, mientras presionás tu frente contra la suya y luchás para volver a respirar con normalidad.
"Jamás vuelvas a decir eso" pide, prácticamente suplicando.
Tus párpados se levantan con lentitud.
"¿A decir qué?" preguntás sin entender, aún un poco atontada, aún un poco agitada.
"Que algún día de pronto se me ocurriría la ridícula estupidez de considerarme demasiado bueno para vos" explica "Nunca, jamás dejaría que te escaparas de mis brazos, no ahora que finalmente estás acá. Soy un tonto si alguna vez te di motivos para pensar algo como esto"
Quisieras explicarle que tus miedos e inseguridades vienen de otro lado, que él no tiene nada que ver, que es una suma de cosas, que es un conjunto de situaciones que vienen metiéndose dentro de vos y dejando sus profundas e imborrables huellas prácticamente desde la primera vez que respiraste.
Ya vas a ir diciéndoselo.
Todo a su tiempo, y de a poco.
"Por favor, prometé que nunca más vas a volver a pensar eso, Michelle" implora.
"Te lo prometo"
Son tres palabras simples, pero la sinceridad con las que fueron dichas hacen que valgan muchísimo.
"¿Podés quedarte acá mientras voy a buscar algo?" pregunta con la misma voz dulce que siempre usa para hablarte, mientras acomoda un par de bucles rebeldes detrás de tus orejas (esas orejas que tanto odiás y que más de una vez te valieron chistes desagradables en tus años de escuela primaria).
"No puedo acompañarte porque es parte de 'la famosa sorpresa', ¿verdad?" establecés de antemano.
"Exactamente" te roba un último beso antes de separarse y empezar a caminar en la dirección que tomaron para llegar "Van a ser solamente cinco minutos" asegura. "¿Vas a ir a pie?" inquirís. "Sí, son sólo unas pocas cuadras"
Lo ves alejarse, caminando por la pequeña calle pavimentada, desviándose del paseo marítimo y perdiéndose de vista al dar la vuelta en la lejana esquina.
Sabés que va a estar de regreso a tu lado pronto, pero no podés evitar extrañarlo.
Es increíble, sorprendente y hasta te asusta la dependencia que desarrollaste hacia él en cuestión de días, una dependencia que probablemente venía gestándose dentro tuyo desde que lo conociste y te enamoraste a primera vista, una dependencia que seguramente empezó cuando tenías que restregarte las manos y morderte los dedos para evitar abalanzarte sobre el teléfono en tus días libres y llamar a la oficina sólo para satisfacer tu necesidad de escuchar su voz, pero que ahora está mostrándote sus síntomas y consecuencias con una fuerza que jamás creíste posible.
Contemplando el mar, respirando hondamente, sonriendo como una tonta mientras una vocecita en tu cabeza te dice que con él cada beso es definitivamente mejor que el anterior, frotándote los brazos porque sin su presencia el frío se siente calando en los huesos incluso cuando es un lindo día de verano típico de California, pasás los siguientes minutos, analizando cómo la vida puede cambiar drásticamente de un día al otro.
Por muy tonto que parezca, por mucho que haga que te sonrojes furiosamente con sólo pensarlo, por mucho que jamás lo hayas admitido delante de otro ser humano, lo cierto es que en tus escasos veinticuatro años nunca nadie te amó de esta manera, nunca nadie te cuidó o se interesó en vos (en parte gracias al distanciamiento que te esforzaste en poner entre vos y el resto del mundo), y la necesidad helada y penetrante de pertenecer a alguien agrietó tu alma de tal modo que como consecuencia surgieron vacíos que jamás creíste podrían llenarse… Pero él sí los llena, los llena de esas pequeñas cosas.
Él, a quien amaste en silencio durante meses, el hombre emocionalmente inalcanzable, diez años mayor (¿se habrá dado cuenta de la diferencia de edad entre nosotros?), con heridas tan tremendas que muros de acero levantó con sus propias manos alrededor de su alma y de su corazón para evitar que alguien más llegara a ellos (muros que yo derribé, pensás, y tu sonrisa se agranda, y el color de tus mejillas se intensifica, y las mariposas en tu estómago estallan), ése hombre con el que soñaste durante noches desde el día en que lo conociste unos nueve meses atrás, gracias a él muchos interrogantes que te quitaban la paz interior han sido respondidos.
Ahora sabés por qué estás en ésta Tierra: porque sos la mitad que lo completa. Para eso naciste.
Y puede que tal vez el problema que tuviste con Carrie cuando trabajabas en División, ése problema que te llevó a pedir que te transfirieran a la CTU para alejarte de sus abusos psicológicos (todavía te duele recordar las palabras filosas que soltó la noche que estabas en la sala de espera del hospital aguardando noticias sobre Danny) haya sido puesto en forma de dificultad en tu camino para llevarte de algún modo a donde estás ahora.
Y puede que sea cierta esa teoría de que las cosas malas suceden para que después podamos disfrutar de las cosas buenas cuando nos llegan.
Y puede que los recorridos previos a esos tiempos felices estén llenos tristeza para que aprendamos a valorar esos pequeños detalles, esas pequeñas cosas que aparecen cuando menos las esperamos y nos hacen sentir tan felices que podríamos estallar.
Así te sentís: estás tan completa que temés la felicidad no pueda ser contenida dentro de los límites de tu existencia física, y termines explotando.
El sonido de las olas balanceándose de un lado al otro, el color del agua mezclándose con el color del cielo, esa imagen relajante tan hermosa se convierte en negrura cuando tus ojos son cubiertos por una mano.
Su mano.
Das un respingo; tan ensimismada estabas, tan perdida en tus reflexiones, que no lo oíste aproximarse, mucho menos posicionarse detrás de vos.
"Me asustaste" reís, aún segada.
"Michelle, ¿confías en mí?" susurra la pregunta en tu oído, tomándote por completa sorpresa, y provocando que cada centímetro de tu piel se erice.
"Por supuesto" respondés sin tener que meditarlo si quiera dos veces, sin tener que pensarlo o siquiera procesar la cuestión: él es la persona en la que más confiás.
"¿Puedo vendarte los ojos, entonces?" pide "Todavía tengo que preparar una parte de tu sorpresa"
Asentís levemente.
"No espíes" advierte antes de retirar la mano para proceder a atar alrededor de tu cabeza lo que pareciera ser – de acuerdo a la textura – un pañuelo de seda, o de alguna otra tela muy fina.
No dice nada más, pero tus otros sentidos perciben que está moviéndose sigilosamente, tratando de hacer el menor ruido posible, alejándose un poco de vos, a penas un par de metros. Unos minutos después vuelve a tu lado, entrelaza sus dedos con los tuyos y hace que camines muy despacio hacia adelante, hasta que unos pocos pasos luego se detienen.
Oís su respiración nerviosa acariciando el costado de tu rostro, y sentís como su mano es asaltada por temblores involuntarios apenas imperceptibles: es obvio que está nervioso, y a la vez que te resulta adorable también despierta en vos una intriga gigantesca acerca de sobre qué podrá ser todo esto.
Suspira impaciente antes de deshacer el nudo flojo del vendaje y deslizarlo a un lado.
Tus párpados se abren, y la imagen que tenés delante te resulta aún más hermosa que la del mar azul perdiéndose contra el cielo, paisaje que ahora queda empalidecido al ver lo que Tony preparó para vos.
Extendido en el pavimento gris yace un mantel bastante amplio, de esos que se ven en los picnics de las películas y tienen bordados enormes cuadrados rojos y blancos, sólo que los cuadrados de este mantel no son rojos si no azules, haciendo que combine con el mar.
Sobre el mantel fueron prolijamente diseminados dos de esos altísimos vasos plásticos de café, bandejitas con diferentes comestibles dentro y, en el centro y dentro de un hermoso jarroncito de vidrio, una docena enorme de hermosas rosas blancas.
Son esos pequeños detalles que te encantan, aunque parezca infantil o tonto, esos detalles que arrancan sonrisas como la que se forma gigantesca ahora, iluminándote por completo.
Depositás un beso muy suave en su mejilla en forma de agradecimiento.
"Es la sorpresa más linda y más dulce que alguna vez me hayan dado" confesás en un murmullo, como si estuvieras contándole un secreto "Y vos sos el más dulce y el más lindo" agregás, sólo para tener el placer de lograr que por una vez él se sonroje al menos un poco.
"Primero pensé en llevarte a la mejor confitería de toda la ciudad" explica una vez que se han sentado ambos arriba del mantel; al parecer sus nervios han desaparecido con la misma rapidez que les llevó tensarlo cuando estaba a punto de quitarte la venda. Sus manos siguen firmemente unidas, los dedos entrelazados y las palmas rozándose de tanto en tanto para formar caricias; con su mano libre abre las cajitas de plástico para ir dejando ver las más absolutas delicias: brownies, scones, tarta de manzana, panquecitos, pastel de chocolate ", pero luego se me ocurrió que esto sería más em… romántico"
"Lo es" asegurás "Es el lugar perfecto. Y vos sos perfecto. Gracias por haber preparado todo esto para mí"
"No fue nada, Michelle, en serio"
Sus ojos delatan lo feliz y complacido que está por ser el responsable de que sonrías de esta manera, por ser el responsable de que tu mirada brille tanto.
Para romper el silencio que cayó entre ustedes dos durante el par de segundos que no hicieron más que mirarse fijamente, con un gesto te anima a probar un panquecito.
"A unas pocas cuadras está la mejor panadería que conozco. Es un local pequeño y no es muy famoso, pero jamás probé nada tan rico como lo que preparan ahí, y el café es bueno también"
Tiene razón: el café es delicioso, los panquecitos, el pastel, los scones, todo es delicioso, mucho mejor que cualquier otra cosa que hayas comido antes, excepto los platos que él cocinó para vos la otra noche, pero cuando se trata de eso realmente no crees poder ser muy objetiva.
"Así que por eso te fuiste" lo acusás sin dejar de sonreír.
"Sí, fui hasta ahí y luego a comprar las flores y después al auto a buscar al jarrón y el mantel; los había guardado ahí esta mañana antes de salir"
"Ahora sos vos el que tiene el hábito de sonrojarse muy a menudo" comentás, refiriéndote a la conversación previa que tuvieron en el auto de camino hacia allí, cuando señaló indirectamente el hecho de que tus mejillas tienden a encenderse a cada rato… por él.
"Eso" comienza a explicar con una exhalación "es enteramente culpa tuya. Yo no soy así de… así de…"
"¿Adorable?, ¿tierno?, ¿sensible?, ¿dulce?" tratás de ayudarlo al ver que le cuesta encontrar el adjetivo indicado.
"No soy nada de eso" insiste "Nunca antes había hecho algo como esto" con un movimiento de la cabeza gesticula indicando el lugar y la posición tan relajada en la que se encuentran, desayunando justo frente al mar "Es la primera vez que las ganas de estar todo el tiempo con una misma persona son tan grandes que no concibo la idea de que estemos separados ni un minuto"
"Yo tampoco concibo la idea de estar separada de vos" dejás escapar, acariciando la parte de atrás de su cabeza, recordando lo mucho que lo extrañaste durante esos cinco minutos en los cuales se fue a buscar lo que necesitaba para preparar tu sorpresa.
Su voz de pronto se ha vuelto más grave, más suave, más profundo, más seria.
"Vos tenés la culpa de que me transforme en una especie de 'osito de felpa gigante' en cuanto te veo" está costándote no derretirte ahí mismo: así lo llamaste ayer a la mañana, le dijiste que dormido parecía un osito de peluche gigante ", y que me sienta bien compartiendo cosas íntimas, como éste lugar"
"¿Este lugar es especial?" inquirís con auténtica curiosidad, lo cual puede verse reflejada en tu rostro sonriente.
"Muy" deja a un lado el vaso de café vacío y con el dorso de su mano acaricia el contorno de tu cara repetidas veces, sin agregar nada más.
Las cosas que te dijo fueron suficientes para dejarte desecha por dentro, y desearías tener las fuerzas para poder expresar adecuadamente cuán importante es para vos saber que lo que despertás en él nunca antes lo había experimentado con nadie más, compartir pedacitos de su mundo, esos pequeños detalles que forman a su persona que nunca antes fueron mostrados a otro ser humano, pequeñas cosas que solamente vos podés ver, como este sitio, que por algún motivo es importante.
"Vine mucho a este lugar durante el último año y medio" explica, sin dejar de frotar suavemente cada milímetro de piel, deteniéndose un poco más en tus labios y en tu frente antes de que sus dedos vuelvan a reiniciar el circuito ", algunas veces antes del amanecer, otras muy entrada la noche. Me quedaba sentado por horas enteras sin percatarme de nada, simplemente pensando, mirando el mar, escuchando el silencio roto por las olas y por mi propia respiración"
Una parte de vos sabe la respuesta, mientras que otra parte tiene sus dudas, mientras que una tercera parte muere por oírlo decir lo que la primera parte sabe y lo que la segunda parte aún no cree, por eso no podés contenerte y preguntás:
"¿En qué pensabas?"
"Al principio mi mente no era más que un gran nudo hecho de angustia, miedo, agujeros negros, desorden" besás su palma cuando llega nuevamente cerca de tu boca, sorprendida una vez más de lo natural que resulta ser cariñosa con él, incluso si al principio la timidez te frena ", después de a poco fue aclarándose todo, y el nudo se aflojó, hasta que desapareció y quedó espacio para pensar solamente en vos" concluye, sofocado.
"¿Mirabas el mar y pensabas en mí?" no es que no hayas entendido, o que hayas oído mal: simplemente querés cerciorarte, querés que lo repita, que mientas vos probablemente yacías contemplando el cielo raso de tu cuarto e imaginando cómo sería la vida si él fura un príncipe y vos su princesa o bien adormecida y soñando con esos besos que ahora sos dueña de robar cada vez que te plazca, él estaba despierto, y muchas de esas horas de insomnio las pasó en este lugar al que te trajo hoy a desayunar, con su mente enfocada en vos.
"Sí, miraba el mar y pensaba en vos" sigue antes de que puedas interrumpirlo de alguna forma "Éste es un sitio al que nunca antes había venido acompañado; me gustaba considerarlo un lugar seguro: si nadie sabía de su existencia, nadie podía invadir mi espacio, quebrar los muros a mi alrededor, atacarme, lastimarme. Puede que suene tonto, pero éste es el sitio en el que buscaba refugio cuando me sentía sofocado o triste o preocupado"
"¿Y ahora?" lo animás a seguir hablando, dándote cuenta de lo mucho que en verdad le cuesta abrirse de este manera frente a vos, y apreciando enormemente el hecho de que esté siendo tan honesto con sus sentimientos, el hecho de que esté esforzándose para expresarlos del mejor modo posible, incluso cuando no está acostumbrado a actuar así.
"Te dije que preferí que desayunáramos acá porque me pareció una idea más romántica" traga con dificultad ", pero también porque es mi forma de demostrarte que cuando se trata de vos, tengo la guardia totalmente baja, y no me importa que queden expuestas mis vulnerabilidades, ni mis cicatrices, o cualquier rincón de mi alma" cerrás los ojos involuntariamente, perdiéndote en su voz y en el contacto de su piel contra la tuya "Quiero que conozcas cada pedazo de mi, y quiero que me enseñes a conocerte de memoria"
No podés contener las lágrimas y dejás que rueden libres hacia abajo, siendo detenidas algunas por sus caricias, otras cayendo y dejando manchas húmedas en el mantel. Son lágrimas de felicidad, porque lo que acaba de decirte es lo más hermoso que alguna vez hayas escuchado, incluyendo todas esas frases de películas o libros románticos que durante el curso de tu existencia hayas visto o leído, incluyendo todos tus sueños, incluyendo todas tus fantasías.
Tiene la capacidad, sólo él tiene esa capacidad, de superar cualquier expectativa que puedas tener en cuanto al amor (que a decir verdad no son muchas: creciste temiendo al amor, creciste temiendo a las debilidades que provoca, creciste asustada porque las historias de amor que conocés, ninguna de ellas terminó bien. Nadie que conozcas que se haya enamorado terminó bien).
Tony tiene la capacidad de evaporar tus miedos, de llegar hasta tu alma casi sin tener que esforzarse, de hacer que te sientas hermosa incluso si jamás consideraste que ese fuera un adjetivo apropiado para tu persona, y las sonrisas parecen fluir naturalmente cuando estás en su presencia.
Tiene el don de hacerte feliz, con esos pequeños detalles, con esas pequeñas cosas tan simples para algunos pero tan inmensas para vos.
Y felicidad es todo lo que alguna vez anhelaste.
Acunás su rostro entre tus manos y lo acercás despacio al tuyo, hasta que sólo medio milímetro separa una boca de la otra.
"Gracias" susurrás "Gracias por confiar en mí, y hacerme un huequito en tu vida…"
"Ocupás mucho más que un huequito, Michelle" te corrige "De hecho, si no me ando con cuidado, vas a terminar significando mi vida entera"
"¿Y vas a andarte con cuidado o vas a mantener la guardia baja?" preguntás; tu rostro arde tanto que probablemente esté hirviendo, pero no te importa, y espeja la misma sonrisa que surca sus labios.
Son esas pequeñas cosas, esos pequeños detalles, que van más allá de lo material, que van más allá de las rosas de papel o las rosas de verdad, o el hecho de que se haya esforzado por preparar el que es definitivamente el mejor desayuno que has tenido en mucho tiempo; son otras cosas las culpables de que no puedas parar de reír mientras se besan, y de suspirar inconteniblemente, cosas más profundas: la forma en que te habla, la forma en que te mira, su don de quitarte cualquier peso o dolor.
"Sos libre de hacer conmigo lo que quieras, Michelle" ésa es la respuesta a la pregunta que quedó sin contestar cuando decidió que la mejor manera de aclararte que no tiene intenciones de volver a subir la guardia era pegando su boca a la tuya. Ésa es la respuesta, susurrada entre besos, mientras te atrae hacia sí más y más.
Son esas pequeñas cosas las que reafirman nuevamente que estás destinada a pasar el resto de tu eternidad donde te encontrás ahora: en sus brazos.
Para empezar, quiero agradecer la enorme cantidad de hermosos comentarios que he estado recibiendo. Me encantaría responder a cada uno de ellos, pero lamentablemente si bien puedo entender Portugués no sé hablarlo (aunque estoy tratando de aprender, ya que es tiene cosas bastante similares al Inglés y al Castellano, que son mis dos primeras lenguas).
De todos modos, esta pequeña nota es para decirles que lo que era una historia escrita básicamente para sacarme las ganas de practicar mi Español acabo convirtiéndose en algo muchísimo más importante ahora que sé que hay una cantidad inmensa de personas leyendo, y que una vez terminado cada capítulo me dejan sus comentarios, lo cual hace que mis ganas de continuar crezcan aún más y mi entusiasmo desborde.
En cuanto al curso que va a tomar la historia, digamos que va a ser tan larga que probablemente terminen aburriéndose de mí. Tengo planeado explorar cada detalle de los tres años entre el Día 2 y el Día 3 en profundidad absoluta, sin dejar nada sin ahondar, así que en respuesta al comentario de Danielle: no te preocupes, no voy a dejar nada librado a la imaginación y voy a agregar muchas otras cosas.
Y para todos aquellos que quieren ver a la familia de Tony entrar en el cuadro, les aviso que tengo planeado jueguen un papel importantísimo en la historia; ya van a ir apareciendo de a poco, pero no sé si todos van a agradarles, porque algunos de ellos van a estar en contra de su relación con Michelle (no voy a decir más, porque se arruinaría la sorpresa).
Y en cuanto a Carrie, no se preocupen: va a volver a aparecer.
Les agradezco por adelantado los hermosos comentarios que sé van a dejarme.
Daiana (Little Latina)
