Ya no hay nada en el mundo que pueda brillar más que vos.
Así deben ser, así deben sentirse la perfección y la felicidad absolutas. Y si no es esto perfección, y si no es esto felicidad, entonces definitivamente y sin lugar a dudas es lo más cerca que vas a llegar a estar de ellas, porque no crees exista sobre la faz de la Tierra cualquier otra cosa que te haga sentir lo que provocan sus besos, sus manos, su perfume y el brillo de sus ojos.
Así debe sentirse el verdadero alivio; debe ser eso que aflojó todos los nudos que llevabas dentro cuando empezaste a abrirte de a poco, a compartir con ella la razón por la cual elegiste este lugar tan especial, la razón por la cual la trajiste al sitio donde pasaste incontables y larguísimas madrugadas meditando, contemplando, escapándole al sueño para no encontrarte con las terribles pesadillas, sabiamente analizando mil veces las mismas cosas cuando el sueño te escapaba a vos. Al hablarle de eso, dejaste en claro que delante de ella sos vulnerable, que delante de ella no hay barreras ni trabas ni secretos, que sos arcilla en sus manos, y que le das permiso para hacer lo que se le antoje con vos, porque de tu parte no va a encontrar más resistencia.
Obviamente aquellas palabras no son ni un décimo de la gran cantidad que tenés para decirle aún, pero el hecho de haberlas expresado y de haber visto reflejado en esos ojos hermosos que entendió el significado de cada sílaba pronunciada hizo que tu alma se alivianara mucho.
Sabés que tienen por delante conversaciones mucho menos placenteras, relacionadas a qué van a hacer cuando forzosamente el martes llegue y se vean obligados a volver al trabajo, a un mundo en el cual las relaciones entre jefes y empleadas están prohibidas y hay tipos como Ryan Chappelle y Brad Hammond vigilando cada movimiento y enterándose cuando algo está fuera de lugar gracias a los soplos de arpías como Carrie.
Pero no querés pensar en eso; definitivamente pueden esperar hasta más tarde para resolver cómo van a mantener sus vidas personales y profesionales sin que se afecten una a la otra la noche del lunes, a penas minutitos antes de que el reloj anuncie el comienzo del martes. No tenés pensado volver a separarte de ella durante el fin de semana y el día que sigue a él, a menos claro está que se canse de vos y te eche a empujones, pero que suceda te parece poco probable; esos 'quiero estar con vos para siempre' balbuceados un rato atrás mientras se sofocaban a besos daban a entender que sus planes son los mismos que los tuyos.
No, no querés pensar en qué va a suceder cuando llegue el martes. Por ahora no. Hoy no.
Hoy querés regalarle el día perfecto, y el día perfecto implica besos, abrazos, hablarle suavemente, esperar hasta la noche para decirle por primera vez que la amás, y deleitarte con ese brillo único que aparece en sus ojos, ese brillo que nunca antes habías notado, ese brillo del cual sos causante, ese brillo que opaca al resto del mundo, porque todo lo demás pierde interés y hermosura comparado con sus ojos.
Están descansando sobre el mantel vacío, libre de las migas, los contenedores plásticos, las servilletas y los vasos de café de cartón que tiraste al cesto de basura hace ya un rato, vos sentado con las piernas extendidas e inclinado hacia delante para tener la libertad de llenar su mejilla de besos cada vez que quieras, y ella recostada, las rodillas contra el pecho, la cabeza reposando en tu regazo, contemplando la inmensa belleza del mar, mientras vos te perdés examinando su inmensa belleza, estudiando cuidadosamente cada detalle como si fueras a hacer luego una escultura de memoria.
No podías quitarle la vista de encima durante el desayuno, y ahora tampoco podés desviar tu atención a cualquier otra cosa, ni siquiera al mar, que tantas veces te hizo presa de su hechizo.
Es más fuerte que vos.
Mucho más fuerte que vos.
Ya no hay nada en tu mundo que brille más que ella.
Tan fuerte es esa necesidad como la que se apoderó de tus manos, una de las cuales ni por un instante deja de dibujar círculos en su estómago, arrancando de tanto en tanto suspiros o risitas ahogadas, al tiempo que los dedos de la otra juegan con los escasos bucles que enmarcan su rostro porque son demasiado cortos para ser aprisionados por la bandita elástica.
Podrías quedarte así por el resto de tu vida. De hecho, no querés moverte. Tenías pensado llevarla a otro lugar durante la mañana, pero decididamente eso puede esperar hasta más tarde. Ahora solamente necesitás esto.
Esto y nada más.
Se incorpora despacio hasta quedar sentada a tu lado, ambos rostros nivelados y a escasos centímetros el uno del otro. Por unos instantes no hacen más que intercambiar miradas cargadas de dulzura, hasta que sus palabras rompen con la quietud en la que se hallan inmersos.
"Quiero que me enseñes a conocerte de memoria, Tony" te pide, sus dedos delineando el contorno de tus facciones con tanta gentileza causan que tus párpados se vuelvan pesados y se cierren lentamente por un par de segundos.
Está repitiendo una de las frases que le dijiste, una de esas frases románticas que jamás te creíste capaz de elaborar hasta que la conociste a ella y dentro tuyo florecieron emociones y habilidades que dudabas podrías desarrollar alguna vez.
"Esa es mi línea" apuntás, preguntándote mentalmente adónde querrá dirigirse con esto pero adorando lo tierna que suena esa misma oración caída de su boca.
"Es lo más hermoso que alguna vez me hayan dicho" confiesa en voz baja "Todas las cosas que vos me decís son hermosas, pero ésa es especial, porque siento exactamente lo mismo: quiero conocerte de memoria, palmo a palmo, y quiero enseñarte a conocerme, de a poquito. En eso pensaba mientras estábamos en silencio" continua, y la sinceridad que emana te conmueve de tal forma que sentís tu corazón vibrar dentro de los confines de tu cuerpo ": muero por saber todo de vos, y por primera vez sé que encontré a alguien a quien puedo contarle todo de mi"
Tus dedos vuelven a enredarse en ese par de bucles rebeldes mientras se besan, más lento que nunca y a penas rozándose los labios, a penas robando un par de mordidas inocentes, a penas entornando los ojos, a penas cerrando los párpados. Y son a penas susurros los que escapan de tu boca, ahogados por la suya pero aún así audibles, aún así entendibles.
"Yo muero por aprender qué te hace bien, y qué te hace mal; qué te hace feliz, y qué te entristece; cómo secar tus lágrimas y cómo causar tus sonrisas"
No dejás que responda, no dejás que diga nada, no dejás que se aparte: la atraés más hacia vos, intensificando lo que comenzó apaciblemente.
Es increíble: tu cerebro se apaga cuando tu boca juega con la suya, tus sentidos se centran solamente en ella e ignoran al resto del mundo, quedando cualquier pensamiento postergado para más tarde; es algo que te sorprendió la primera vez que se besaron en ese corredor oscuro de la CTU, y sigue sorprendiéndote cada vez que se besan: el mundo se reduce a ella, y el resto del Universo deja de existir.
Sin embargo, ahora es distinto: tu mente sí está ocupada por un pensamiento que se expande a medida que el beso se intensifica, llegando al punto en que el oxígeno comienza a faltarles a ambos.
Es un detalle que nunca antes se te había ocurrido, y que ha salido de la nada sin previo aviso, como una luz que se enciende para iluminar una oscuridad de la que no eras consciente: nunca la viste con el pelo suelto.
Jamás.
Siempre lo lleva prolijamente atado, quizá para dar a su aspecto un toque de madurez, quizá porque lo considera un toque profesional, pero nunca la viste llevar el cabello suelto a la oficina.
Nunca la viste con el cabello suelto.
"Soltate el pelo" pedís dulcemente entre besos, levantando los párpados y reposando tu frente contra la suya, jalando su labio inferior por última vez antes de tomarte unos segundos para recobrar el aire.
Querés deshacerte de esa bandita elástica y ver sus bucles cayendo libres, enmarcando sus preciosas, exóticas facciones; muy quieto y callado, imaginás por un segundo cómo luciría Michelle si sus rulos no estuvieran 'en cautiverio', y el retrato que se forma en tu mente es parecido al de un ángel.
Tu propio ángel, ahí, sobre la Tierra, brillando más que cualquier otra cosa en este mundo.
"¿Qué?" pregunta extrañada, con esa media sonrisa que te enloquece, aún tratando de que su respiración se normalice.
"Soltate el pelo" repetís "Quiero verte con el pelo suelto"
En su mirada aparece una mezcla de vergüenza y timidez que combina a la perfección con el rojo ardiente del que se tiñen sus mejillas ahora. Te encanta la facilidad con tenés para hacer que se sonroje incontrolablemente: es lo más dulce del mundo.
"Tony, generalmente yo no…, no uso el pelo suelto" explica, fijando sus ojos en cualquier parte menos en los tuyos "No me gusta cómo me queda" concluye, esperando que olvides tu petición, contribuyendo aún más a tu teoría de que detrás de su figura de agente federal compuesta y preparada para arriesgarse por su trabajo se encuentra acurrucado un angelito necesitado de mimos y actitudes que le den seguridad en el plano personal.
"Por favor" insistís una vez más, tratando de persuadirla poniendo tu mejor carita de perrito abandonada bajo la lluvia, consiguiendo varias risitas ahogadas en respuesta, pero al parecer no tiene intenciones de complacerte, por lo cual decidís no presionar "Demos un paseo" proponés, luego echás un vistazo a tu reloj "Son las once de la mañana" Dios mío, cómo vuela el tiempo cuando estoy con ella "Podemos caminar un ratito antes de la hora del almuerzo"
Doblar el mantel, tomar el jarrón con las flores, llegar hasta el lugar donde estacionaron el auto y guardar todo en el asiento trasero antes de emprender la pequeña caminata no les lleva más que unos diez minutos, y durante ellos no hacés más que observar atentamente cada uno de sus movimientos, preso de su hechizo, perdido bajo su encanto, conteniendo tus ganas de encontrarla desprevenida, deslizar suavemente la bandita elástica y liberar sus rulos.
Te carcome por dentro esa inseguridad que pareciera a veces apoderarse de ella, esa inseguridad que se dibuja en sus gestos cuando le decís que es hermosa, o esa pizca de miedo sobresaliendo entre el tono de broma cuando aseguró que jamás se iría a alguna parte por miedo a que durante su ausencia decidieras que sos demasiado bueno para ella.
Te carcome por dentro lo evidentemente bajo que es su autoestima, y a la vez te ilusiona tener la oportunidad de cambiar eso, y convencerla de que para vos no hay nada en el mundo que pueda brillar más que ella, que nada brilla más que ella desde el momento en que la viste por primera vez, desde esa mañana unos nueve meses atrás en la cual te quedaste tan pasmado que tuviste que aguantar el comentario de George, quien te aconsejó que 'disimularas más y la miraras menos'.
Te carcomen las ganas de empezar a nutrirte con conocimientos sobre los rincones más íntimos de su alma, para entender finalmente por qué se menosprecia tanto, por qué se gusta tan poco, y qué podés hacer para corregir eso.
Están adentrándose nuevamente en las callecitas repletas de negocios, ahora a penas un poco más concurridas que antes, con algún que otro grupito de turistas merodeando por ahí, parándose frente a los escaparates y haciendo comentarios antes de continuar camino, cuando te ves obligado a convertir en palabras tus pensamientos.
"¿Por qué no usás el pelo suelto?" preguntás casualmente.
"Mi pelo es un desastre. Muy difícil de manejar. Muy salvaje. Es un descontrol. Si lo llevara suelto a diario, sería un problema" expone "Además, odio cómo me queda, me queda muy mal" un instante de silencio sigue a eso. Ambos se detienen frente a una vidriera y fingen estar mirando algo, pero ninguno de los dos está en realidad prestando atención "¿Por qué te interesa tanto el asunto, Tony?" curiosea pasados algunos minutos.
"Michelle, cabello suelto o sujeto, quiero que sepas que para mí sos preciosa" declarás, y antes de que tenga tiempo de ruborizarse más furiosamente, seguís ": Cabello suelto o sujeto, seguís siendo la única luz brillando en el mundo para mí" tu corazón late con una fuerza increíble, y las emociones empiezan a acumularse en tu pecho, acelerando tus pulsaciones "Hoy te dije que quería aprender sobre las cosas que te hacen bien, las cosas que te hacen mal, lo que te hace feliz, lo que te entristece" enumerás "…, lo que te gusta, y lo que no. Tus rulos no te gustan, no te gusta llevarlos sueltos, y saber eso es parte de conocerte. Pero a mi me encantan" volvés a enredar tu dedo en uno de ellos "Son como rulitos de ángel. O al menos así me imagino yo a los ángeles…"
"¿Con el cabello hecho un calamidad?" inquiere divertida, aunque en sus expresiones podés leer lo que se esconde: tus palabras están realmente moviendo fibras dentro de ella.
"No" respondés con seriedad "Los imagino perfectos como vos, de verdad" aclarás, por si acaso le quedan dudas "Tenés que creerme cuando te digo que sos bonita, cuando te digo que me fascina todo de vos. Eso es parte de que me conozcas a mi, saber que nunca te mentiría o que nunca te menospreciaría en ningún sentido"
Una lágrima inicia el recorrido por su rostro, pero tus caricias la frenan antes de que llegue demasiado lejos.
"Debés pensar que soy un tonta que llora por estupideces, o una histérica demasiado pendiente de su pelo, o una loca que se larga a llorar frente a la vidriera de un negocio…" comienza a hablar rápido.
"Nada de eso, mi vida" interrumpís "Con todo lo que pasó, es natural que estés un poco más sensible. Es bueno que expreses todas tus emociones, aunque te parezca tonto, princesa"
"Me gusta que me llames princesa" el brillo en sus ojos se ha acentuado aún más. Siempre brillan más sus ojos cuando la llamás así.
"Ya sé" sonreís, tus dedos aún jugando con los bucles en cuestión, y el dorso de tu otra mano acariciando su mejilla, trazando círculos.
"Me podés de punta a punta cuando me llamás así"
Rodeás su cintura con tus brazos y la atraés hacia vos, mecés su cuerpo de un lado al otro, algo que te diste cuenta resulta relajante para ella.
"Vos me podés de punta a punta a mí" confesás en su oído, y la vulnerabilidad que sentís invadiendo por dentro, llenando cada rincón de tu ser, es probablemente tan inmensa que podría quitarte el aire, sofocarte, asfixiarte. Pero no te importa: nada importa cuando ella te encandila con su luz.
Se quedan así, abrazados, y los segundos se escurren por entre tus manos casi sin que te percates de ello. Podrían haber pasado mil milenios o dos minutos cuando se separan a penas lo suficiente para que sus rostros queden a escasos centímetros de distancia, y vos no sabrías diferenciarlo.
"¿Querés verme con el pelo suelto?" es una pregunta retórica, obviamente, formulada por una Michelle que parece brillar más que nunca mientras toma tus manos en las suyas y te da besos en la punta de la nariz.
"Sólo si vos querés soltártelo, mi vida"
Está a punto de deshacerse de la bandita elástica, cuando la frenás, súbitamente asaltado por una idea.
"Michelle… ¿Qué hizo que cambiaras de opinión?" odiarías haberla forzado de algún modo a darte el gusto.
"La dulzura con la que me hablás al oído, lo bien que me hace escucharte decir que soy preciosa, la delicadeza con la que secás mis lágrimas, lo lindo que es escucharte decir que para vos soy la única luz brillando en el mundo"
Vos, que nunca antes habías sido así de romántico, mutaste por completo, evidentemente. Vos, que nunca habías sido del tipo poético, cambiás de manera drástica cuando ella está en tus brazos.
"¿Sigo enumerando o ya es suficiente?" es consciente de que si continua poniéndote en evidencia de este modo vas a acabar siendo sofocado por el rojo furioso de tus mejillas.
Dejás que proceda, observando hipnotizado las ondas que se forman y caen cubriendo parte de su espalda, enmarcando su rostro, haciendo que luzca de verdad como un ángel.
Nada en el mundo puede brillar más que ella.
"Sos hermosa" repetís sin poder contenerte, haciendo que se ruborice violentamente otra vez "Y tus rulos son perfectos" agregás con la voz llena de sinceridad "El que te haya dicho que te quedan mal, realmente no sabe nada de nada"
"A mi abuela Lee" ¿Abuela Lee? Quizá después de todo sí tenga ascendencia asiática "no le gustaría escucharte decir eso" ríe mientras toma tu mano para que reanuden la caminata: al percatarse de tu mirada inquisidora, se explaya un poco más "Cuando yo era chiquita siempre se quejaba de lo tortuoso que era peinarme"
Ese pequeño trozo de información te lleva a cuestionarte a vos mismo cuántas cosas tendrás por delante para descubrir sobre su familia, su infancia. Lo único que sabés sobre eso es que tiene un hermano mayor, Danny, a quien tuviste el 'agrado' de conocer la otra noche cuando apareció a las tres de la madrugada en la CTU, trató de estrangular a Carrie y luego fue sedado por los guardias de seguridad y llevado al ala médica. Sacando eso, ella podría tener padres, abuelos, otros hermanos de cuya existencia no tenés idea.
"¿Tenés una abuela?"
"Tenía" sentís que instintivamente su mano se cierra más fuerte alrededor de la tuya "Falleció unos seis años atrás, cuando yo tenía dieciocho y estaba en mi segundo año de la universidad"
"¿Fuiste a la universidad a los dieciséis años?"
¿Acaso te sorprende? Tu hermana menor ingresó becada a Harvard a los trece y cuatro años más tarde, con apenas diecisiete años, ya estaba doctorada en Derecho Penal. Está bien, claro que Martina es un caso especial, siempre fue un caso especial, pero no debería resultarte tan extraño haber cruzado caminos con otra mente brillante, sólo que con Michelle corrés la ventaja de que su personalidad no se parece en nada a la de Martina, empezando por el hecho de que, a diferencia de los de tu hermanita, su ego y autoestima no son descomunales, más bien lo contrario.
"Me adelantaron unos años durante la escuela primaria, terminé la secundaria rápido, y a los dieciséis empecé a estudiar en una universidad bastante modesta cerca de casa; mi abuela no quería que me mudara al campus siendo tan chica, y a mi tampoco me gustaba mucho la idea. Siempre me sentí más cómoda en casa, porque como habrás notado soy bastante tímida"
Está empezando a abrirse, a hablar, a compartir detalles de su vida. Te encanta, te encanta y querés dedicarle cada gramo de atención, cada fibra en tu cerebro, cada uno de tus sentidos; no querés que nada te distraiga, aunque las únicas distracciones que podrían cruzarse en el medio son las que tienen que ver con protegerla a ella; ya van abriéndose camino por una parte no muy concurrida pero sí con mucho más movimiento, habiendo dejado atrás la sección tranquila del paseo marítimo, y si bien nunca antes fuiste un fanático de la seguridad vial, estando con Michelle prestás atención a todas las señales, todos los semáforos, los autos que pasan, los que frenan cuando deben y los que siguen cuando no deberían, todo debido a tu abrumadora necesidad de protegerla hasta en circunstancias tan inocentes como caminar por la calle.
Echás un vistazo al reloj: van a ser las doce. Es temprano para almorzar y si bien regresar al coche podría llevarles una media hora de caminata no querés volver, no todavía.
"Empecemos desde el principio" la interrumpís, tus ojos brillando tanto como los de ella simplemente porque estás mirando dentro de ellos, guiándola hasta uno de esos bancos de cara al mar y haciendo que se siente a tu lado "Quiero saber todo sobre vos desde el día en que naciste en adelante" no, no es exagerado: es la verdad.
"Conseguí una almohada primero, para que la postura no te lastime el cuello cuando te quedes dormido de aburrimiento" bromea, dejando que entreveas lo cruel que puede ser con ella misma su propio sentido del humor, o quizá dejando que entreveas que es demasiado pronto o demasiado fuerte sentarse y contarte la historia de su vida en detalle así de golpe.
"No me aburriría escuchándote hablar, pero quizá sí exageré un poco" reconocés "; no pretendía ponerte en la posición de tener que sintetizar tu autobiografía en cinco minutos. Podríamos empezar con pormenores básicos" sugerís.
Gira su cuerpo sobre el banco, subiendo las piernas y cruzándolas en posición india, toma tus manos entre las tuyas y empieza a jugar con tus dedos.
"Podemos hacer algo así como el juego de las veinte preguntas: yo pregunto algo y vos contestás, vos preguntás y yo contesto, y así sucesivamente" propone.
Aceptás, aunque te das cuenta que te incomoda un poco la idea de tener que andar indagando: ¿qué pasa si cometés el error de sacar un tema que no está preparada para discutir, por muy inocentes que sean tus intenciones? Querés aprender más sobre su abuela y sus años en la universidad, sobre su infancia y su familia y todo lo que eso envuelve, pero a la vez querés ir despacio.
Son sentimientos y emociones contrariadas: un instante morís por conocer cada detalle de su existencia, pero luego la precaución se apodera de vos y disminuís la velocidad.
Arrancás con algo tan tonto que no puede evitar romper en carcajadas.
"¡Tony, sabés cuándo cumplo años!" te reta, aún riéndose "De hecho, fue hace poco y me saludaste esa mañana en el trabajo"
"Sé cuándo cumplís años porque está en la base de datos de la CTU, no porque me lo hayas dicho vos" señalás, y al parecer entiende tu punto porque deja de reírse "Así que voy a repetir mi pregunta" respirás hondo y con voz cándida formulás la pregunta otra vez, causando otra seguidilla de risitas ahogadas "Michelle, ¿cuándo cumplís años?"
"Cumplí veinticuatro el 1 de agosto" contesta, sin dejar de trazar círculos en la palma de tu mano derecha, despertando un leve cosquilleo "Ahora es mi turno" anuncia "¿Cuándo cumplís años?"
"Cumplí treinta y cuatro el 28 de junio"
El silencio cae entre ambos durante unos segundos.
"¿Crees que la diferencia de edad vaya a ser un problema, Tony?" inquiere preocupada; notás que es un tema que la angustia un poco, como si una parte de ella temiera que te arrepintieras de haberte enamorado de alguien mucho menor que vos.
Ella tiene veinticuatro años, un mes y seis días; vos tenés treinta y cuatro años, dos meses y diez días.
Diez años de diferencia.
Diez años, un mes y tres días de diferencia.
Pero son solamente números, son solamente sumas y cálculos que no vienen al caso.
El amor es ciego a esas cosas, completamente ciego.
Y, honestamente, incluso antes de reconocer y aceptar que te enamoraste perdidamente de ella ya la considerabas mucho más inteligente y mucho más madura que cualquier otra mujer de su edad. Mucho más inteligente y mucho más madura que vos.
"No" contestás con absoluta franqueza "La edad es un número, nada más. Podré ser mayor" elaborás tus pensamientos ", pero eso no significa que sea más inteligente o más maduro; tampoco significa que haya vivido más cosas, o que necesariamente tenga más experiencia. Lo único que significa es que nací y que voy a necesitar usar audífonos antes que vos"
El chiste te cuesta un leve golpe en el brazo, pero se ve que tu respuesta en general le gustó bastante, porque se deja caer suavemente hasta quedar recostada sobre el banco, con la cabeza reposando en tu regazo otra vez del mismo modo en que lo estaba un rato antes mientras descansaban sobre el mantel, sólo que en esta ocasión se encuentra acostada boca arriba y con sus ojos fijos en los tuyos, y sus rulos ya no son más prisioneros de esa bandita elástica: ahora podés entretenerte con más que un par de bucles rebeldes mientras conversan. El problema es que la conversación cesó en cuanto te tildaste observándola y pensando lo hermosa que es y lo mucho que opaca al resto del Universo.
"Ahora es tu turno" te avisa, sacándote del ensimismamiento en que caíste viéndola yacer ahí.
"¿Cuál es tu color favorito?"
"Siempre fue el lila, pero también me gusta el gris. ¿Y tu color favorito?"
"Azul, nada muy original. ¿Cuál es tu insecto favorito?"
"¿Mi insecto favorito?" ríe ante lo raro de la pregunta "Las mariposas. Cuando era chiquita dibujaba mariposas y las pegaba en las paredes de mi cuarto"
Imaginás una versión más pequeña de Michelle, con los mismos rulitos enmarcando su rostro y los mismos hoyuelos formándose cada vez que sus labios se curvan en una sonrisa, pegando mariposas de papel pintadas por sus propias manitos en las paredes de su habitación, y te enternece tanto que instintivamente llevás una mano a su estómago, pensando en lo lindo que sería tener un hijo con ella, una réplica exacta de Michelle con uno o dos detalles tuyos dando vueltas por ahí.
No te adelantes, Almeida.
"¿Un país que quieras conocer?"
"Muchos. Prácticamente toda Sudamérica y toda Europa. ¿Tu golosina favorita?"
"Chocolate con nuez. ¿Qué dibujos animados veías cuando eras chiquito?"
"Promete que no vas a estallar en carcajadas" pedís antes de dar cualquier otra información sobre el tema.
"Lo prometo"
"Tom y Jerry, La Pantera Rosa, El coyote y el correcaminos, Los Supersónicos, Los Pica Piedras"
Qué bien, Almeida. Treinta y cuatro años, agente federal, director de la CTU, y acabás de confesar que de chico te sentabas frente al televisor y te enojabas cuando el coyote no podía atrapar al correcaminos.
"¿Qué te gustaba ver a vos en la televisión?"
"Hechizada y Mi Bella Genio. A veces cuando me enojaba con Danny movía la nariz o pestañaba esperando que se convirtiera en un topo, o algo por el estilo. Obviamente nunca funcionó"
Amás que sea tan natural cuando habla, cuando gesticula; amás ver este costado de ella, tan relajado y tan divertido; amás que se sienta cómoda, lo suficientemente como para hacer chistes y contarte anécdotas de su infancia, especialmente porque sabés lo compuesta y reservada que es en el ámbito laboral.
Siguen con el juego durante una hora más, incluso durante el camino de vuelta al lugar donde estacionaron el auto cuando decidís que es hora de ir a almorzar, mientras vuelven a andar el mismo recorrido tomados de la mano, lo cual se ha convertido en hábito, deteniéndose eventualmente cuando la abstinencia por llevar más de dos minutos sin besarse es demasiado dolorosa para soportar.
Así te enterás que le encanta leer con voracidad, que su helado favorito es el de frutilla, que ama andar descalza por su departamento, que su punto débil cuando se trata de cosquillas es la nariz, que le gusta dormirse escuchando música y que una de sus metas es aprender a hablar Español y a tocar algún instrumento.
Así fue enterándose que de chico tu sueño era jugar en las ligas mayores de baseball, que odiás ir al dentista, que tocás la guitarra y el piano, que tolerás cualquier golosina menos el pochoclo, que sos seguidor de todos los deportes menos del tenis, que rever tus episodios favoritos de CSI es parte de tus actividades los fines de semana lluviosos y que podrías convivir con cualquier mascota menos con un gato porque no te agrada que sean tan independientes y tan poco cariñosos.
Están a unas pocas cuadras de llegar al restaurante que escogiste para el almuerzo.
"¿Es verdad eso que dicen en la oficina sobre tu taza de los Cubs?, ¿que desde que tu abuelo te la regaló nunca dejaste que nadie más la toque?"
Nunca, hasta que el miércoles a la madrugada compartí con vos ese café capaz de provocarle a cualquiera un coma diabético.
Sonreís. Adorás hablar de tu abuelo. Adorás hablar de estas cosas con ella.
"Mi fanatismo por los Cubs surgió gracias a él, veíamos baseball juntos prácticamente desde que nací. Me regaló la taza cuando cumplí doce años. Mis hermanas tenían cierta tendencia a destruir todo lo que tocaban, así que solía esconderla en el estante más alto del mueble de la cocina detrás del tarro de las especias. Nunca dejé que nadie en casa la usara por miedo a que la rompieran, especialmente porque mi abuelo falleció poco tiempo después, y fue el último regalo que me hizo" tomás aire, preparándote para sentirte avergonzado por tus propias palabras incluso antes de haberlas dicho "Vos sos la única a la que dejé usarla"
"¿En más de veinte años nunca dejaste a nadie más usar la taza por miedo a que la rompieran?"
"Ridículo, ¿no?" comentás, mordiéndote la comisura de la boca.
"No. Es tierno. ¿Y sabés que más es tierno?" negás con la cabeza, sin despegar los ojos del espejo retrovisor, y rogando no distraerte demasiado y chocar el auto cuando sentís sus labios en tu mejilla y su voz en tu oído "Que haya sido yo la primera en quien confiaste lo suficiente para compartir esa taza sin miedo a que se rompiera"
Es como si estuviera hablando de tu corazón, y no de una taza de cerámica. Al menos así lo interpretás, y crees que eso es lo que ella quería que interpretaras.
"Mi turno" decís al frenar en el siguiente semáforo "No tenés otros hermanos además de Danny, ¿cierto?"
Querés conversar sobre su familia, pero no sabés por dónde empezar en realidad, porque notás cierta tensión recorriendo su cuerpo cuando menciona a Danny o a su abuela, y hasta ahora no ha mencionado a su mamá o a su papá, por lo cual el terreno que transitás es desconocido y no querrías pisar en falso.
"Somos sólo él y yo" confirma.
Rompen con el juego al estacionar frente a la pequeña cafetería italiana, y permanecen en silencio hasta que, minutos más tarde, están ubicados en una de las mesitas más apartadas, esperando a que llegue lo que pidieron.
"Este lugar tiene la mejor pizza de toda la ciudad"
Lo descubriste gracias a Kiefer, el novio de Martina, unos meses atrás. Una noche salieron a comer los tres juntos y él los llevó ahí porque tu hermana 'tenía antojo de comida italiana'; Kiefer siempre la consiente demasiado, en extremos que no son buenos, en extremos parecidos a los que vos llegarías con tal de complacer a Michelle, a decir verdad, pero que en ese entonces te parecían exagerados porque nunca antes habías estado enamorado.
Desde ese entonces, es uno de tus restaurantes favoritos, y el hecho de que sea un ambiente cálido e informal también ayuda a que te guste más que cualquier otro; para vos, ese lugar es como estar sentado almorzando en la cocina de la casa de tus padres.
"Me encanta la pizza, podría vivir a pizza y pastas y no me quejaría"
"Entonces cuando pruebes esto vas a quedar encantada" augurás.
Luego la plática vuelve a tomar la dirección en que la habían dejado antes de bajarse del auto
"Contame sobre tus hermanos" te pide.
Seamos honestos: vos tampoco sabés cómo abordar el tema de tu propia familia. Hay algunos detalles que no estás seguro sean apropiados para una primera cita, como el de la muerte de tus hermanos, o el alzhéimer de tu abuela Rosa.
Sin embargo, vas a hacer el intento.
"Mis padres tuvieron siete hijos, yo soy el tercero de ellos" comenzás, y notás lo interesada que parece en el tema "Mis dos hermanos varones fallecieron, uno cuando yo era chico y el otro hace relativamente poco" querés terminar pronto con esa parte de la historia; los pormenores de la muerte de ambos y el modo brutal en que afectó a tu familia definitivamente pueden quedar para más tarde, y al parecer Michelle lo entiende, porque se limita simplemente a asentir con la cabeza, acariciando el dorso de tu mano con sus nudillos y escuchando atentamente "Mi hermana mayor, Eva, tiene treinta y ocho años; Fiona, Gabrielle y Martina son mis hermanas menores. Fiona tiene treinta años, Gabrielle va a cumplir veintisiete en diciembre y Martina cumplió diecinueve en marzo"
"La menor de tus hermanas es mucho más chica que todos ustedes" señala.
"Digamos que mis padres fueron, em… sorprendidos" ambos ríen. Haber mencionado a tus padres hace que te des cuenta que ella todavía no nombró a los suyos, lo cual te intriga bastante, pero vas a esperar a que surjan dentro del marco de la conversación antes de preguntar.
"¿Con cuál de todas ellas te llevás mejor?" su voz te quita de tus pensamientos.
"Fiona y Gabrielle viven en New Jersey, y Eva en New York; las tres están casadas, tienen hijos, una carrera... Nos vemos poco, el contacto que tenemos es mayormente a través de correos electrónicos o llamadas telefónicas. Martina me visita con mucho más asiduidad, pasamos mucho tiempo juntos"
"¿Ya comenzó la universidad?"
La llegada del almuerzo te interrumpe antes de que comiences a describir la maravillosa y complicada historia de tu hermana menor. Por un instante se te ocurre decir que sí, que hace algunos cursos en la universidad, lo cual no es mentira, pero acabás prefiriendo presentar de entrada las cosas como son.
"Martina es abogada penalista" la cara de asombro de Michelle es tan adorable que no podés contener las ganas de besarla "Conozco esa expresión de extrañeza y desconcierto" reís mientras dejás que tu frente repose contra la suya.
Es la expresión de extrañeza y desconcierto que se imprime en los rostros de quienes tienen el ¿placer? de conocer a Martina Almeida.
Te acordás ese Día de Acción de Gracias que Nina se vio forzada a pasar en casa de tus padres, porque tu mamá quería una presentación formal a toda costa y estaba dispuesta a ir a buscarlos a Los Angeles y arrastrarlos todo el camino de vuelta hacia Chicago si era necesario, por lo que no tuviste más opción que rogar hasta que Nina te dio a regañadientes el gusto de aceptar la invitación, empacar sus cosas en una maleta e ir con vos a casa de tus padres.
Recordás lo mal que salieron las cosas y lo mal que se cayeron ella y Martina. No te extrañó al principio, por supuesto, porque a Martina casi nadie le cae bien, pero cuando luego meses más tarde todo explotó en tu cara después de ese día fatídico te diste cuenta que las aptitudes perceptivas de tu hermana no habían cometido error alguno cuando te advirtió que 'esa Nina' iba a apuñalarte en la espalda en cuanto se le presentara la oportunidad.
"Martina también fue adelantada un par de años" resumís "Siempre fue una autodidacta, con todo: leer, escribir, Matemática, Física, Química, usar la computadora, tocar el piano, el violín, interpretar música, aprendió todo sola. A los trece años fue aceptada en Harvard, le otorgaron una beca, y desde los diecisiete trabaja como asesora en la firma de abogados del padre de su novio, y toma algunos cursos en la universidad de California para seguir especializándose. Todavía no llevó ningún caso, es demasiado chica" es inevitable que pase desapercibido lo sobre protector que sos cuando se trata de tu hermanita "Más allá de que le guste actuar como una mujer de cuarenta años, sigue siendo una criatura y lo sabe"
"Tengo ganas de conocerla"
"Y yo tengo ganas de que ella te conozca a vos" decís con sinceridad "No es la típica hermana menor adolescente, pero estoy seguro de que se entenderían a la perfección"
Más allá de lo difícil que es sociabilizar con ella, sabés que a Michelle va a caerle bien. Y sabés que a Martina va caerle bien a Michelle. Estás seguro de que no va a costarle darse cuenta que finalmente encontraste al amor de tu vida, y tampoco crees que a Michelle vaya a costarle interactuar con ella, incluso si a veces es bastante complicado entender a Martina y a sus múltiples excentricidades, como la necesidad de encerrarse en su cuarto y escuchar a Tchaikovski a todo volumen mientras lee sobre la invasión francesa a Rusia, sus habituales altibajos o temas de conversación que pueden cambiar en segundos, yendo de un extremo al otro.
No tenés dudas de que, a pesar de todo y con todo, Martina va a terminar adorando a Michelle, porque va a darse cuenta de que es la mujer con la que estás destinado a pasar el resto de tu vida, la mujer que nació para hacerte feliz.
"Es impresionante que haya entrado a la universidad con solamente trece años"
"Es la pequeña nerd de la familia" decís, encogiéndote de hombros "¿Danny es al menos unos siete u ocho años mayor que vos, no?" preguntás mientras servís más Coca-Cola en su vaso.
"Doce años. Tiene treinta y seis"
"No se parecen mucho"
No tuviste oportunidad de estudiarlo en detalle, pero al menos no te dio la impresión de que compartieran rasgos fuertes como lo hacen todos en el 'clan Almeida'; tus hermanas son prácticamente una copia la una de la otra, hasta incluso es difícil distinguir a Fiona y a Gabrielle si no se las conoce bien, pero en el caso de Michelle y su hermano te dio la impresión de que tenían poco en común: los rasgos de Michelle son exquisitamente exóticos, mientras que en Danny nada resalta demasiado.
"No, no nos parecemos mucho" notás algo en su voz que te lleva a pensar que quizá todavía no está lista para hablar de su hermano, por lo cual decidís dejarlo de lado. Quizá ya es tiempo de guardar el resto de las historias familiares para otro momento, para más tarde.
"¿Qué tal está la pizza?" señalás la bandeja circular de madera ya semi vacía.
"La mejor que haya probado" admite, sonriente "Y la mañana que pasamos juntos fue definitivamente una de las mejores de toda mi vida. Mejor dicho: sé que fue la mejor mañana de toda mi vida" tu mano y la de ella siguen entrelazadas sobre la mesa "Gracias. No recuerdo cuándo fue la última vez que estuve tan contenta, porque creo que nunca antes me sentí así de bien. Solamente vos tenés la capacidad de hacerme sentir así, tan… Ni siquiera sé cómo describirlo"
"Yo sí sé cómo"
Acomodás algunos mechones de pelo detrás de su oreja derecha antes de acercar su rostro al tuyo y plantar besos en todas partes antes de llegar a sus labios.
Te gustaría decirle ya mismo que la amás, pero no querés arruinar el momento romántico que imaginaste en tu cabeza cuando planeaste la noche de hoy. Son dos palabras que verbalizan las miles de emociones que vienen sintiendo sin necesidad de comunicarlas con el lenguaje hablado, pero de todos modos les das la importancia que merecen, y querés que cuando sean dichas por primera vez el marco sea perfecto, propio de un cuento de hadas.
Por eso simplemente te limitás a besarla, resumiendo con ese gesto lo que las palabras no pueden describir.
"Sos hermosa" suspirás mientras enredás sus rulos en tus dedos "Y esta también fue la mejor mañana de toda mi vida. Y el mejor almuerzo de toda mi vida. Vos sos lo mejor de toda mi vida"
Y los besos empiezan otra vez.
Y tu capacidad de razonar lentamente va a abandonándote, los pensamientos diluyéndose de a poco, yéndose, quedando reducidos a ecos.
Te gusta cómo vienen saliendo las cosas: empezaron a conocerse, en lo grande y en lo pequeño; prácticamente no pueden pasar más de medio segundo sin al menos acariciarse o tomarse de las manos; la convenciste de lo hermosa que es y aceptó llevar el pelo suelto para vos, lo cual esperás sea un gigante paso en tu camino para sanar su autoestima; la sinceridad con la que se hablan y el amor con el que se miran haría a cualquiera pensar que llevan años juntos y no a penas un par de días, aunque con cada segundo que pasa cobra más fuerza la teoría de que definitivamente nacieron el uno para el otro, y todos los senderos que recorrieron hasta ahora estaban destinados a bifurcarse para llevarlos a encontrarse.
Te gusta pensar en que todavía tenés el resto del día para mimarla, consentirla, sorprenderla y demostrarle lo especial que es para vos, lo mucho que la adorás, lo mucho que deseás hacerla feliz.
Te encanta pensar que tenés el resto de tu vida para perderte en esos dos ojos, para perderte simplemente viéndola ser y sonreír ante la certeza de que ella es lo único que brilla en tu mundo.
La única luz brillando en tu mundo.
Ese es el último pensamiento que cruza tu cabeza antes de que te entregues totalmente y tu cerebro se desconecte del todo, quizá debido a la falta de oxígeno, tal vez porque su perfume te afecta demasiado; no te interesa el motivo.
Ese último pensamiento es que Michelle Dessler se transformó en la única luz en tu mundo, una luz sin la que ya no podrías vivir si alguna vez se apagara.
