Se cierran heridas, se curan mis días si te tengo aquí.

Es sencillamente un vicio, uno de esos vicios que disfrutás casi sin culpa. Uno de tus pocos vicios, porque en realidad no tenés muchos.

Cuando eras chica tu abuela solía compensar tus excelentes calificaciones llevándote a la heladería; aunque la mayoría de las veces solía utilizar la excusa de 'ir a tomar un helado' en esos momentos durante los cuales las cosas se ponían pesadas en tu casa (el mejor y más recurrente ejemplo: tu mamá sufría esos ataques de llanto que la llevaban a arrojar cosas contra las paredes de su habitación mientras gritaba desesperada, en el estado eufórico que precedía al pozo depresivo en el que terminaba hundiéndose al empezar a hacer efecto su sedante favorito: el alcohol).

Obaasan Lee, criada en Japón y por lo tanto muy disciplinada en cuanto a los hábitos, los horarios y las comidas, sólo permitía dulces bajo circunstancias especiales. Y esas circunstancias especiales generalmente se resolvían alrededor de tu madre perdiendo rápidamente la sobriedad para luego desquitarse violentamente consigo misma, gritar hasta rasgarse la garganta y más tarde colapsar sumida en el más venenoso dolor, a diferencia de las veces en las que simplemente se ahogaba en alcohol y tranquila se hundía en el mundo de los sueños.

A eso te recuerda el helado, más que a nada: el dolor de saber que tu mamá sufría, la terrible impotencia de no poder hacer nada para mitigar la angustia que la carcomía por dentro, tu propia angustia destrozándote en pedazos, tus ojos llenos de lágrimas que te negabas a dejar caer porque 'las nenas buenas no lloran', tu abuela tomándote de la mano e insistiendo en que salieran a dar un paseo, paseo que siempre terminaba en la heladería del barrio.

Un gran cono de frutilla con chispas de chocolate, eso pedías, y mientras lo saboreabas muy despacio conversabas con tu abuela sobre el libro que estuvieras leyendo en aquel momento o sobre alguna de esas películas clásicas que miraban juntas los sábados por la noche mientras hundían las narices en un gran tazón de pochoclo (no podés creer todavía que a Tony no le gusta el pochoclo), haciendo de cuenta que todo estaba bien, que esa salida no era una excusa para irse de casa hasta que las aguas se calmaran, que era simplemente una salida normal, común y corriente, una salida típica entre una abuela y su única nieta.

El helado siempre hacía que te sintieras mejor, y hoy en día muchas veces luego de una jornada difícil en el trabajo te salteás la cena, reemplazándola por un poco de helado. No es saludable en lo absoluto y lo sabés – así como tampoco es saludable que te mantengas viva gracias a la comida rápida -, pero es uno de esos gustos que te das de tanto en tanto, cuando tenés el corazón a punto de astillarse y necesitás algo con que mitigar el dolor, algo con que reforzar las piezas rotas y vueltas a pegar de tu corazón destrozado para que no se desmoronen otra vez.

De hecho, ahora que pensás en eso, todas las ocasiones en las que comiste helado empezaron igual: con tu corazón lleno de agujeros.

Pero ahora es distinto.

Esta vez es distinto.

Sentada en una de esas sillas de fórmica color azul claro, muy del estilo de los años '50, frente a la adorable mesita circular de la tienda de dulces a la que te llevó para el postre, se te ocurre que esta es la primera vez en mucho, mucho tiempo que vas a comer helado con una sonrisa en la cara y una sensación de felicidad tan inmensa que podría hacerte explotar; es la primera vez que vas a comer helado por puro placer y no porque haya algún enorme, profundo, terrible vacío emocional que requiera ser llenado a cucharadas.

Pero cuando instintivamente tus dedos acomodan un mechón detrás de tus orejas (sí, esas orejas que tanto odiás, esas orejas que te valieron muchas cargadas cuando eras chica), tu mente deja de divagar entre pensamientos sobre conos, cucuruchos, chispitas de chocolate y abuelas cuando es asaltada por una seguidilla de recuerdos desagradables que desde los diez años venís reprimiendo, enterrando, aislando, recuerdos que vuelven a vos de tanto en tanto para perseguirte en forma de pesadillas, recuerdos que definitivamente no querés invadan la gran casa de historias que tenés en la cabeza justo en este momento.

Es verdad que no te gusta tu pelo, es verdad que no te gusta cómo te queda suelto, es verdad que preferís llevarlo sujeto – hace que luzcas más madura, más profesional -, pero hay otras verdades aún no reveladas escondiéndose detrás de las razones por las cuales catorce años atrás decidiste sólo usar el cabello suelto durante los cuarenta minutos diarios que tardás en darte un baño, lavarlo y secarlo antes de nuevamente aprisionar los bucles con uno de tus múltiples ganchitos mariposas o banditas elásticas, o sólo en las eventuales visitas a la peluquería, las cuales tampoco suceden con muchas asiduidad.

Esas son las memorias que están aflorando justo ahora, las del día en que llevaste el cabello suelto por última vez.

El último día que viste a tu mamá, antes de que se fuera lejos.

Llevabas el cabello suelto, ese día. Tus bucles libres y salvajes, esos bucles que tu abuela decía eran tan difíciles de domar, esos bucles iguales a los de tu mamá, los llevabas sueltos, por mucho que te incomodara, por mucho que no te gustara porque el ambiente estaba caluroso y sentías la nuca hirviendo.

Era de mañana, un sábado de verano, y tu mamá se despidió de vos por última vez, arrodillándose para que sus ojos color avellana quedaran a la altura de los de su hija de diez años.

Enredó sus dedos en tus rulos, como solía hacer siempre y te hablo con voz suave pero un tanto ronca.

"Voy a volver pronto, Michelle, lo prometo. Y cuando vuelva, voy a estar mejor. Todo va a estar mejor, ¿sí, Michelle? Las cosas van a cambiar, te lo prometo. Tengo que irme lejos para ponerme bien, para curarme. Y cuando me haya curado, voy a volver. Mamá va a volver, y vamos a hacer juntas un montón de cosas. Mientras tanto, Danny y la abuela van a cuidarte, ¿sí, hija?"

De rodillas frente a vos, con lágrimas lentamente recorriendo sus amarillentas mejillas, lucía como una nena desahuciada y abatida por la vida y no como la mujer de treinta y siete años que era. Su cuerpo flacucho, recordás, pensaste iba a quebrarse ahí mismo. Lo único que conservaba el aspecto jovial y dulce que mostraban las fotografías de épocas más felices en las que tu papá vivía eran sus rulos, esa cabellera abundante e indomable que heredaste de ella.

No te gustaban tus rulos en esa época porque hacían renegar mucho a tu abuela a la hora de peinarte, no te gustaba llevarlos sueltos porque en días como ése convertían al calor en aún más insoportable, pero sí te gustaban los rulos de tu mamá. Eran bonitos. Era lo único que brillaba en ella, lo único que parecía darle algo de vida a ese ser consumido que se asemejaba más a una muñeca rota que a un ser humano.

Desde ese día, te rehusaste a volver a llevar tus bucles sueltos, como resultado de algún extraño mecanismo de defensa, para eludir el recuerdo de la última vez que viste a tu mamá, para evitar por accidente mirarte en un espejo, o en la vidriera de algún negocio y ser transportada de vuelta a ese sábado en que te abandonó, prometiendo falsamente regresar 'cuando estuviera mejor y pudiera ser una buena mamá'.

Nunca regresó.

La esperaste durante años, pero no volvió.

No querés pensar en eso.

No querés pensar nada que no sea lo maravillosamente que te sentís hoy gracias a él.

No querés pensar en nada que no sean las fuerzas que él te da, esas fuerzas que te llevan a combatir a tus propios demonios interiores y ganarles.

Hoy, viernes 7 de septiembre, él te dijo que quería verte con el pelo suelto, y aunque al principio te rehusaste y metiste trabas y excusas, acabaste finalmente cediendo a sus deseos, no porque haya insistido o porque te haya obligado de algún modo, si no porque a él nada podés negarle.

Nada.

Aún resuenan en tus oídos sus palabras, diciéndote que sos preciosa y que para él no hay en el mundo otra luz brillando que no seas vos, y aún sentís sus besos quemando tus labios y las caricias dibujadas por sus dedos ardiendo en tu piel. Aún sentís la sonrisa plasmada en tu rostro, y las mejillas teñidas de rojo furioso bajo su mirada de adoración, esa mirada que daba a entender que así, con el cabello suelto, lucís muchísimo más hermosa.

Así te sentís en este preciso momento, por sobre todas las cosas: hermosa.

Feliz, hermosa y amada, lo que nunca creíste llegarías a experimentar, lo que siempre anhelaste pero diste por sobreentendido que la vida había decidido negarte.

Siempre soñaste con ser feliz, siempre soñaste con ser profundamente amada, siempre soñaste con que los ojos de un hombre te vieran hermosa, y de pronto la vida dio giros inesperados y esos sueños se ahogaron para luego emerger en la superficie convertidos en una realidad.

Una realidad que aplaca tus miedos, tus malos recuerdos, tu angustia, los minimiza y los hace desaparecer, los vuelve pequeños e indefensos ante la magnitud de este amor, cuya luz traga todo y lo absorbe y entonces de pronto aunque sea un poquito te incomoda menos usar el cabello suelto, y si bien esas memorias tristes que tratás de reprimir afloran justo en este momento porque es inevitable que suceda, al menos es más fácil combatirlas, ignorarlas, empujarlas lejos, eludirlas cuando él está mirándote así, mientras uno de sus dedos juega con tus rulos y en frente de los dos yace el primer helado que vas a comer sin sentir dentro un agujero cavado por la pena que necesita ser llenado con frutilla y chispas de chocolate.

Él hace todo más fácil, incluso lo que durante años fue dolorosamente difícil.

Él te hace tan feliz con el más pequeño de los gestos, que el resto del mundo deja de importar. Porque el resto del mundo es sencillamente ruido de fondo.

Él te dice que sos hermosa, y vos – que pasaste gran parte de las primeras horas de esta mañana sufriendo frente al espejo porque no te gustás a vos misma, después de haber vivido los últimos años aborreciendo a ese espejo y a la imagen que devolvía – le creés. Podría decirte que va a bajarte un pedacito de estrella, y le creerías. Podría prometerte un pedacito de luna, y le creerías, lo creerías capaz de ir hasta allí a buscarlo sólo para traértelo a vos.

Pero no querés un pedacito de estrella, o un pedacito de luna: lo querés a él, y con eso ya es más que suficiente, más que cualquier otra cosa que podrías haberte animado a imaginar.

No querés un pedacito de estrella, o un pedacito de luna: querés cosas simples, sencillas.

Querés que te mire a los ojos y te diga que tus rulos son perfectos como los de un ángel, que te dé besos porque sí, que te arranque las sonrisas más amplias de todas, que dibuje con caricias en tu piel, que despierte las mariposas dentro de tu estómago con sus mimos o que confíe en vos lo suficiente para contarte detalles tiernos de su infancia que cualquier otro hombre adulto encontraría embarazosos, o pedazos íntimos de su historia que raramente haya compartido con más personas que las que pueden contarse con un puñado de dedos, como esa breve mención que hizo al fallecimiento de dos de sus hermanos.

No querés ni la luna ni las estrellas: lo querés a él. Él, que es más que cualquier príncipe azul con el que te hubieras animado a soñar. Él, ahoga todos tus sueños con el peso de la realidad, que es mucho más hermosa e idílica.

"¿En qué estás pensando?"

Su voz te sustrae lentamente, rompiendo la burbuja reflexiva en la que no pudiste evitar caer mientras esperabas a que regresara del mostrador hasta la mesa con ambos helados.

No vas a mentirle diciéndole que no estabas pensando en nada, pero tampoco vas a entrar en detalle. No vas a arruinar un día tan brillante y tan perfecto hablando sobre el alcoholismo de tu mamá, los múltiples sacrificios que tu abuela hizo para criarte a vos y para criarlo a Danny, quien ni siquiera era su nieto biológico, o sobre lo muy devastada y despedazada que tu familia quedó luego de la súbita e inesperada muerte de tu papá cuando tenías apenas meses de vida.

No, esos pedazos de tu historia escritos por el puño de la tristeza después de haber sumergido su pluma en el tintero de la tragedia podés contárselos otro día, un día lluvioso en el que el cielo esté lleno de gigantes nubes grises, un día en el que puedas acurrucarte a su lado, cerrar los ojos y descansar en sus brazos.

"En muchas cosas" contestás con un suspiro al tiempo que se deja caer suavemente en la silla junto a la tuya.

"Me gusta la expresión pensativa que se forma en tus ojos cuando estás muy concentrada en algo"

Sus palabras te llegan mientras estás a punto de llevarte a la boca la cucharita de plástico verde que acompaña al gigantesco cucurucho, y no podés evitar detener tu mano a mitad de camino disfrutar ese centenar de mariposas acariciando las paredes de tu estómago.

"Nunca me canso de observarte" sigue, tímidamente, mirando hacia abajo, muy interesado en su helado de vainilla, aparentemente, aunque en realidad sabés que está más que nada interesado en que no notés lo mucho que se sonroja cada vez que confiesa algo tan tierno como esto "Todos tus gestos son tan dulces, creo que podría mirarte días enteros sin aburrirme"

Están en una heladería cuyas mesas se hallan repletas de chicos y chicas alborotados de entre quince y dieciocho años, la mayoría de ellos comportándose llamativa y ruidosamente y conversando muy animados; la otra mitad de los clientes está compuesta por personas mayores que – un tanto apartadas del sector ocupado por los jóvenes – conversan mientras escarban en sus pasteles o helados, y padres o abuelos con sus pequeños que lidian con un montoncito de servilletas tratando de limpiar el enchastre hecho por los nenes.

Los únicos que hablan en susurros son ustedes.

Los únicos sentados imposiblemente más cerca uno del otro son ustedes.

Los únicos tomados de la mano por debajo de la mesa son ustedes.

Los únicos sonrojados como nenes de cinco años delante del compañerito de jardín de infantes que les gusta son ustedes.

Los únicos que actúan como si el resto del mundo no existiera son ustedes.

"Eventualmente te aburrirías" apuntás en un murmullo, tratando de disimular lo mucho que te arden las mejillas, mientras te encargás de hacer desaparecer gran parte del contenido de tu cono.

"No, nunca me aburriría" insiste.

"Te aburrirías"

"No"

"Sí"

"No"

"Sí"

"No. Fin de la discusión"

Y antes de que puedas replicar, sus labios están sellando los tuyos, callando cualquier cosa que tengas para decir, robándote de a poco el aire e hipnotizando todos tus sentidos.

Encontraste un vicio mucho más placentero y adictivo que el helado de frutilla, un vicio del que crees estás volviéndote dependiente en extremos insospechados: la sensación de sus labios jalando los tuyos, su boca muy despacio forzando a la tuya a abrirse, la sensación de su mano acunando uno de los lados de tu cara para atraerte más hacia sí y profundizar el contacto.

En tus años de adolescente nunca te comportaste como tal; de hecho, en tus años de adolescente te viste obligada a comportarte como una persona mayor, seria y compuesta. Salías poco, no tenías muchos amigos, te concentrabas principalmente en tus estudios, y la timidez absoluta de la que sos presa prácticamente desde el segundo en que naciste complicaba aún mucho más el cuadro. Ahora, sin embargo, no te interesa estar en un lugar público, no te interesa quiénes puedan estar observándolos, no te interesa qué puedan estar pensando aquellos que los observen, no te interesa nada que no sea asfixiarlo y morir vos asfixiada por él, consumida a fuego lento por la magia en estado puro que sentís recorriéndote las venas en este preciso instante.

Minutos más tarde, cuando la falta de oxígeno los obliga a separarse, mantenés los ojos cerrados y tu frente presionando contra la suya y esperás a que tus patrones de respiración vuelvan a normalizarse, aunque tener los pulmones vacíos te interesa tanto como el mundo que te rodea y los habitantes por los que está compuesto, hasta que finalmente recobrás la capacidad de formar oraciones coherentes y convertir los pensamientos en palabras.

"¿Es así cómo planeás terminar todos nuestros argumentos?"

No responde verbalmente, sólo se limita a esbozar esa sonrisa adorable que te enloquece, y regresa su atención al helado de vainilla.

Rompe el silencio íntimo entre ambos, ese silencio que no puede ser perturbado por los ruidos provenientes del resto del mundo, cuando ya casi ni quedan restos de los cucuruchos.

"¿En qué estabas pensando hace un rato?"

Deborás el último bocado que te queda antes de contestar, y la honestidad que nace desde dentro de tu corazón es tan pura que hasta podría resultar tóxica. Dulcemente tóxica.

"Estar con vos me hace feliz. En eso pensaba"

"Vos también me hacés muy feliz, Michelle. Creo que nunca en mi vida fui tan feliz"

"Yo que nunca en mi vida fui tan feliz" enfatizás, uniendo los dedos de una de tus manos con los suyos, gesto del cual se aprovecha para impulsarte hacia arriba con suavidad e indicarte que tomes tu cartera "¿Adónde vamos ahora?" inquirís curiosa, la sonrisa aún plasmada en tu rostro.

Por única respuesta recibís un apenas perceptible roce de narices antes de dirigir tus pasos detrás de los suyos de vuelta a la calle, donde estacionaron su auto, y eso es suficiente para que entiendas que va a seguir haciéndose el misterioso, que va a seguir sorprendiéndote.

No te molesta, a decir verdad: te encanta la idea de que quiera llenar el día de sorpresas, porque te das cuenta cada una es más linda que la anterior, especialmente porque a medida que pasan las horas la confianza entre ambos crece y crece, y van acercándose más y más, y van conociéndose más y más, y cada dos segundos te encontrás amándolo más locamente que antes, pero mucho menos de lo que vas a adorarlo después.

Tres calles más tarde, cuando se detienen frente a un semáforo en rojo, decidís reanudar la conversación profunda que él trató de iniciar el martes en la CTU, cuando los dos estaban tapados de problemas, con los sistemas nerviosos crispados y las agujas del reloj pisándoles los talones sin mostrar piedad, esa conversación que aconteció una media hora después de que te animaras a dar el primer paso y sugerir la idea de salir alguna vez, esa conversación durante la cual tenía la intención de revelar por qué decidió cambiar de opinión respecto a eso de mantener lo profesional y lo personal separado, conversación que se vio frustrada cuando sonó el maldito teléfono, devolviéndolos a una realidad en la cual lo prioritario era encontrar una bomba nuclear y desarmarla antes de que la ciudad de Los Angeles volara en pedacitos.

Pero ahora disponen de todo el tiempo del mundo, y querés satisfacer tu curiosidad.

"Tony, hay algo que quiero preguntarte" comenzás "El otro día, cuando estábamos hablando en mi escritorio y nos interrumpieron porque a Bob Warner le dio un ataque y tuviste que ir a calmarlo" asiente con la cabeza, dando a entender que sabe a qué te referís "… ¿Qué era lo que ibas a decirme?"

Sin apartar los ojos del camino pero visiblemente sofocado por el mismo torbellino de emociones que te recorre a vos por dentro, comienza a hablar. Y vos nuevamente dejás de prestarle atención a cualquier otra cosa, dedicando cada fibra de tu ser a perderte en él, dedicando cada fibra de tu ser a escucharlo.

"Después de lo que pasó, tomé la decisión de nunca volver a mezclar lo personal y lo profesional. Me prometí a mi mismo que no iba a cometer ese error dos veces" respira profundo "Pero apareciste vos y rompí esa promesa" tu sonrisa se acentúa aún más cuando lo ves rascarse el costado de la cara con la mano que no tiene cerrada alrededor del volante, como hace siempre que está nervioso "Desde que nos conocemos hay algo suspendido entre nosotros, y no creo que sea una casualidad" otro semáforo en rojo, oportunidad perfecta para desviar la mirada del tránsito y fijar sus ojos en los tuyos, haciendo que te derritas por dentro "Va a sonar como una locura, pero si Dios existe, y sé que existe, te hizo para mí, para que llegaras a mi vida y dieras vuelta todo, para que le dieras significado, para que me rescataras de mi mismo" sentís las lágrimas formándose en tus ojos, pero no te esforzás por retenerlas ahí: permitís que caigan, lentamente descienden por tus mejillas, porque estas son lágrimas de felicidad, y no te molesta llorarlas.

El resto de los autos ya han vuelto a arrancar, pero ustedes no. Ustedes siguen ahí, estacionados a un costado de la calle, ignorados por el resto de la ciudad e ignorando al resto de la ciudad, sumido el uno en el otro, fundidas tu alma y su alma, fundiéndose más con cada palabra que nace de su corazón.

"Te miro y veo en vos el sentido que no le encontraba a muchas cosas"

Ágilmente dos de sus dedos presionan ése aparato color naranja cuyo nombre no recordás para liberarte del cinturón de seguridad, y así más fácilmente tomarte de los codos y hacer que te inclines hacia adelante, hacia él, para que puedas escuchar sus susurros.

"Te miro y veo la clase de sueño hermoso que quiero tener todas las noches, el único sueño capaz de ganarle a mis pesadillas" cerrás los ojos, disfrutando la sensación de sus pulgares borrando los rastros dejados por las lágrimas, y sus índices acariciando tus párpados tan dulcemente que temblás por dentro "Michelle, vos lograste que dejara de escarbar en el pasado, evitaste que siguiera hundiéndome en un pozo sin fin"

Morís por hablar, morís por decirle que él fue el que te rescató a vos, que él le dio sentido a tu vida, pero a la vez querés callar y seguir escuchando esas frases hermosas, propias de una novela romántica o cuento de hadas. Frases que nunca pensaste él te diría, murmurándolas débilmente porque la emoción de la que su voz es presa ha tomado el control.

"Al principio traté de no dejarme llevar por mis sentimientos, de no romper la promesa que me había hecho a mi mismo, pero llegó un punto en que tuve que rendirme a vos, llegó un punto en que tuve que cambiar la perspectiva" su frente reposa en tu frente otra vez, sus manos enmarcando ambos lados de tu rostro, la punta de su nariz y la tuya tocándose "Me prometí tomarme un tiempo hasta dar el primer paso, ir de a poco, ir despacio, esperar a que sanaran mis heridas… Pero el otro día entendí que la vida es corta"

La mención de esas veinticuatro horas que encerraron tantas cosas es suficiente para que de pronto toda tu anatomía se sienta débil e indefensa, y la necesidad de tenerlo cerca físicamente se vuelve insoportable, por eso te inclinás aún más hacia adelante, hasta que tu cabeza cae en su hombro y enterrás el rostro en el cuello, rodeás su cintura con tus brazos y ahí permanecés inmóvil, estremeciéndote sólo un poco cuando te sorprenden gratamente sus caricias en tu espalda.

"La vida es demasiado corta" suspira en tu oído ", tan corta que no vale la pena perder el tiempo porque en realidad no hay segundos que sobren para desperdiciar. Por eso ya no me interesa si lo personal y lo profesional se mezclan, porque ya no importa. Ya no quiero perderme en eso. Quiero vivir sin miedo, sin tener que contemplar las cosas sabiamente. Y lo único en lo que quiero perderme es en vos"

Tiene razón.

Tiene toda la razón del mundo.

Eso fue lo que George quiso decirte en su oficina cuando te contó sus sueños frustrado y dejó que vieras un costado suyo que tenía bien oculto: la vida es demasiado corta, y la mayoría de las veces nos perdemos en el ruido de fondo, en lugar de concentrarnos en encontrar algo que nos haga felices y dedicarnos a ello, ignorando ese ruido de fondo.

Tal como ustedes hicieron en la heladería cuando se besaron, tal como están haciendo ahora mientras los autos pasan y frenan al encontrarse con el semáforo y arrancan y luego vuelven a frenar y arrancan y frenan, y siguen con sus vidas sin preocuparse por el coche que se halla aparcado a un lado de la calle, así como a ustedes tampoco les interesa lo que sea que esté pasando allí afuera, porque están demasiado concentrados sumergiéndose cada vez más en ese íntimo y privado océano de felicidad que como un oasis en el desierto encontraron en medio de sus vidas.

"En lo que a mis heridas respecta, no puedo sanarlas solo: te necesito a vos para eso. Dios te puso en mi vida para eso, para que me cures. Y con cada día que pasa van cicatrizando, y el dolor desaparece. Con sólo tenerte ahora en mis brazos nada en el mundo me parece lo suficientemente fuerte como para derribarnos. Si te tengo conmigo, ninguna herida es imposible de sanar"

Ninguna herida es imposible de sanar.

Esa es, de todas las frases hermosas que te dijo, la que resuena más poderosa que cualquier otra, la que rebota contra las paredes de tu mente y conmueve tu alma: vos también estás llena de heridas, vos también necesitás que te curen, vos también pasaste años pensando que esas heridas eran imposible de sanar.

Pero ahora sabés que no.

Ninguna herida es imposible de sanar.

Y Dios probablemente lo puso a él en tu camino para que sanara esas heridas que quedan aún sin cicatrizar, para que su efecto terapéutico curara todos tus males.

Sus manos sujetan tu rostro otra vez, sacándolo de su escondite en su cuello, acercándolo al suyo. Sus dedos capturan las lágrimas que siguen cayendo silenciosas, y limpian los restos de esas otras ya lloradas; sus labios besan tus pestañas y tus párpados repetidas veces hasta que finalmente abrís los ojos, y cuando su mirada se encuentra con la tuya ves reflejado en ella ese 'te amo' todavía no expresado verbalmente, pero que podés oír a gritos de todos modos, acompañando cada pequeño gesto, cada pequeño detalle.

Desde que le confesaste que tu punto débil cuando se trata de cosquillas es la nariz, no deja de darte besos esquimales a cada rato sólo por el puro placer de arrancarte risitas sofocadas. Cuanto más suaves los roces de su nariz contra la tuya, más cosquillas provoca

"Tu risa es la más linda del mundo, y sos mil millones de veces más hermosa cuando reís. ¿Ves?, esa risa es la que sana mis heridas"

"Tony" susurrás despacio, recobrándote del impacto emocional que sus palabras y sus mimos tienen en vos, buscando la manera correcta de transformar lo que querés decir y convertirlo en palabras que a su vez formen oraciones coherentes ", nunca dejes de decirme cosas lindas" pedís, casi rogás "porque esa es tu manera de sanar mis heridas"

El silencio cae entre ambos, y los minutos pasan sin que se den cuenta, sin que se percaten de la manera en que se escurre el tiempo. Están demasiado perdidos uno en el otro como para percibir eso; él está demasiado ocupado haciéndole cosquillas a tu nariz con los leves frotes de la suya mientras sus pulgares acarician cada palmo de tu cara, empezando por la frente hasta llegar a la boca, y vos estás demasiado deleitada disfrutando de esas muestras de afecto como para interesarte por la posición de las agujas del reloj.

Un rato más tarde, ya con el rostro y los ojos secos, te apartás de él, volviendo a recostarte sobre el respaldo del asiento. Lo observás, la timidez nuevamente creciendo dentro de vos después de ese momento tan dulce y tan íntimo que acaban de compartir – definitivamente el momento más romántico de tu vida -, tomás una de sus manos en las tuyas y jugás con sus dedos.

"Me encantan tus manos" confesás, estudiando fijamente la que reposa entre tus dos manos, tan pequeñitas si se las compara con ella.

"Y a mi me encanta escuchar tu voz" te toma por sorpresa el comentario, deslizado a la par que vuelve a encender el motor del auto y éste comienza a andar de nuevo por la calle, en estos momentos tranquila y despejada "Hablame hasta que lleguemos. Quiero escucharte a vos y a nada más" te pide.

"¿De qué querés que hable?" preguntás risueña, maravillada ante el hecho de que ese hombre puede hacerte reír, llorar, volver a reír, llorar un poco más y después reír.

"De lo que se te ocurra. Del calentamiento global, de ballet, de cocina" no, de cocina mejor no. No me pidas que te hable de cocina, por favor ", de cualquier cosa"

"Me gusta coleccionar revistas Reader's Digest" es lo primero que se te ocurre; olvidaste mencionarlo cuando le dijiste que eras una lectora voraz, pero crees que sería buena idea contarle sobre tu adicción a los artículos de esa publicación antes de que visite tu departamento por primera vez y se encuentre los largos estantes llenos de ejemplares "Empecé cuando tenía doce años, y desde ese entonces no paré. Pasé literalmente la mitad de mi vida esperando al primero de cada mes para leerla, y de tanto en tanto releo ejemplares viejos"

Seguís con tu pequeño monólogo, sonrojándote cuando te das cuenta de la desmesurada atención que está prestando a tus palabras, palabras que en realidad por sí solas no significan mucho pero que para él son especiales porque vos estás diciéndolas.

"A Danny nunca le gustaron mucho los libros, él siempre se interesó por los deportes. En eso somos muy distintos" en eso y en tantísimas cosas "Yo, por el contrario, nunca fui muy buena en ningún deporte, lo cual me costó bastantes cargadas cuando iba a la escuela; nunca me elegían para ningún equipo, pero no me importaba mucho porque realmente no me interesaba jugar"

Te asombra otra vez la facilidad con la que te aflojás en su presencia, y mostrás pedacitos de tu alma que nunca dejaste ver a nadie, pedacitos de tu alma que vos misma ignoraste, pedacitos de tu alma que están heridos de un modo u otro, y que él con sus sonrisas y la ternura con que te mira va sanando, incluso si no se percata de ello, incluso si estás ahorrando detalles, como el hecho de que no sólo eras poco popular en las clases de gimnasia, si no que tampoco tenías muchos amigos en otros ámbitos porque te discriminaban por tu origen humilde, por tu descendencia japonesa tan distinta a la de tus compañeritos – todos rubios de enormes ojos azules, o irlandeses pelirrojos con ojos verdes como esmeraldas y zafiros - y por el hecho de que estuvieras becada porque tu abuela era la señora de la limpieza y la directora le hizo el enorme favor de aceptarte y no cobrar la suntuosa cuota propia del mejor colegio de la ciudad.

No pienses en eso ahora, Michelle. Podés contárselo algún otro día, en otro momento.

Minutos más tarde, estaciona el auto delante del destino al que se dirigían, y no podés dar crédito a lo que ves, lo cual debe reflejarse en tus facciones, porque Tony se apura a explicar:

"Elegí este otro lugar por varios motivos. Michelle, hay algo en vos que me recuerda a una nena, a una muñequita de porcelana delicada, y me invade una necesidad arrolladora de cuidarte que no sé si podría explicar adecuadamente. Quería regalarte algo, y estuve varias horas pensando qué, pero no se me ocurría nada, hasta que de pronto me di cuenta que una cosita tan dulce como vos merece otra cosita igual de dulce"

Cuando se bajan del auto segundos luego, aún no dejaste de sonreír, y esa sonrisa se acentúa más cuando de la mano cruzan la puerta e ingresan a uno de los lugares más lindos a los que alguna vez te hayan llevado.

Es un negocio enorme, con paredes pintadas de distintos colores, colores vivos y brillantes, y aparadores, cientos y cientos de aparadores llenos de los más hermosos, originales y variados animales de peluche, peluches de todos los tipos, diseños, materiales y tamaños, desde aquellos tan pequeñitos que entran en un puño, hasta esos que son gigantescos.

Te quedás boquiabierta, observando todo.

"¿Te gusta?" susurra en tu oído tímidamente, abrazándote desde atrás y reposando la cabeza en tu hombro. Y aunque querés responder a su pregunta, estás tan maravillada que tu boca se abre pero ningún sonido sale "Tenía miedo de que te pareciera demasiado infantil, o demasiado ridículo…" notás que está temeroso de que tu silencio signifique 'no', temeroso de haberse equivocado al escoger ese sitio.

"Tony" lo frenás, girando lentamente hasta que tus ojos y los suyos quedan a la misma altura ", no me gusta: me fascina"

Lo oís suspirar aliviado.

"¿Sabés por cuál otro motivo decidí traerte acá, además del hecho de que quería encontrar un regalo tan tierno como vos?" inquiere.

Negás con la cabeza al tiempo que los dos comienzan a caminar tomados de la mano, perdiéndose entre las altas e interminables estanterías repletas de muñecos, caminando entre los padres, abuelos, tíos, nenes y nenas que deambulan por la monumental tienda.

"El otro día, me dijiste que te parecía un osito de felpa cuando estaba dormido, y los dos sabemos bien que me convierto en un osito de felpa gigante en cuanto te veo, por mucho que me cueste ser romántico y todo eso" aunque tus ojos estén fijos en un cocodrilo cuyo largo probablemente sea similar al de tu cuerpo entero y que tiene en la cabeza un sombrero de día de campo muy simpático y una margarita entre los dientes, sabés que está sonrojándose, con las mejillas de un ardiente rojo furioso, y te encanta que sea ése el efecto que tenés en él "… En fin, si alguna noche no puedo estar con vos para abrazarte" quiero que me abraces todas las noches ", o si alguna vez estás triste o preocupada y yo no puedo estar con vos físicamente" no quiero ni pensar en eso, no quiero ni imaginar lo que va a costarme estar físicamente lejos de vos después de hoy "para secar tus lágrimas y hacerte muchos mimitos y darte besitos esquimales para que te rías… Bueno, se me ocurrió que un animal de peluche podría reemplazarme por un rato"

"Tony, ningún animal de peluche podría reemplazarte" reís suavemente, dándole vos a él besos en la nariz ", pero amo los peluches y amo este lugar" y te amo a vos, pero todavía no voy a decírtelo, porque sé lo orgulloso que sos, sé que vas a querer decirme vos 'te amo' a mí primero, y como soy buena voy a darte el gusto "y me encantaría que me regalaras uno de estos animalitos"

Recorren cada centímetro del local, lo cual les lleva al menos una hora y media, una hora con cuarenta y cinco minutos, pero ninguno está pendiente del reloj, así que esos son detalles que escapan a sus conocimientos.

Simplemente se pasean de un lado al otro, echando un vistazo a todo, con los dedos meñiques entrelazados, riendo, bromeando, boquiabiertos cada vez que en las esquinas se topan con esos muñecos colosales.

"Mi idea era que viniéramos a la mañana, cuando hubiera menos gente, pero estaba demasiado contento frente al mar y con vos en mis brazos, así que lo pospuse" explica cuando están frente a una colección de unicornios en todas las variaciones posibles de rosa, lila y celeste, con unos cuernos dorados gigantes y varitas mágicas como las de las hadas sujetas por sus patas con pesuñas.

"No me molesta la gente"

De hecho te encanta ver a los nenes y nenas con sus papás o abuelos, corriendo de un lado a otro, queriendo tocar todo, queriendo comprar todo, felices, inocentes, alegres.

Te recuerda a la clase de infancia feliz que no pudiste tener, pero las cosas se compensan, porque todo lo feliz que podrías desear ser, lo sos ahora, con él, caminando entre los estantes de una juguetería.

Finalmente luego de haber examinado cada una de esas adorables criaturitas decidís cuál es la que va a irse con vos a casa.

"Éste" señalás un osito blanco de tamaño mediano, con expresivos ojos marrones, hocico triangular en punta y pancita mullida, cuyas piernas son mucho más grandes que sus bracitos.

Te sentís nuevamente como una criatura; en realidad, así te sentiste durante todo el paseo: una nena otra vez, una nena libre de preocupaciones y tristezas que puede pasearse por una juguetería, mirar los muñecos, reír a carcajadas y ser simple y sencillamente feliz.

"Éste es hermoso, como vos" besás su mejilla suavemente "Y tiene ojitos marrones, como vos"

Cuando ya salieron de la tienda, casi dos horas después de haber ingresado, con una bolsa de papel madera dentro de la cual reposa tu nueva adquisición, comenta:

"Sigo pensando que deberías haber llevado uno de esos pandas descomunales"

"Tony, ese panda era casi más alto que vos" reís "Si hubiera tratado de acurrucarme con eso, probablemente habría acabado aplastada debajo de él"

Echás un vistazo al reloj cuando vuelven a subirse al auto, solamente por curiosidad.

Son casi las seis de la tarde del día más perfecto de toda tu vida, un día que no querés que termine.

"Michelle" tu nombre en sus labios te sustrae de tus reflexiones acerca de lo mucho que desearías tener la capacidad de alargar el tiempo, estirarlo, hacer que las horas se repitan, que esto no se acabe. Girás la cabeza hasta que sos ojos y los tuyos se encuentran ", verte rodeada de todos esos peluches, con esa sonrisa luminosa, lanzando carcajada tras carcajadas" hace una pausa, como si le faltaran los términos adecuados para expresarse "… A eso me refería cuando dije que con vos aprendí que no hay heridas imposibles de sanar: para mi, tu risa es el mejor remedio, y tus ojitos brillando me hacen mejor que cualquier otra posible cura. Me olvido del resto del mundo y nada duele"

"Y a esto me refería yo cuando te pedí que nunca dejaras de decirme cosas lindas" rozás sus labios apenas ": tu voz y tu dulzura logran que me olvide del resto del mundo"

"Definitivamente sos un angelito que Dios me mandó desde el cielo"

Y vos definitivamente sos un ángel también.

Estás a un paso de decirle eso, pero te interrumpe antes de que tengas oportunidad de hablar:

"¿Tenés hambre?" pregunta.

"Sí" asentís con la cabeza, dándote cuenta que han pasado un par de horas desde que comiste ese cucurucho de frutilla con chispitas de chocolate y que tu estómago probablemente va a empezar a quejarse pronto.

"Voy a llevarte a probar las mejores pastas del mundo antes de la película" comenta sin darse cuenta de que acaba de revelar el próximo destino, pero a ninguno de los dos parece importarles demasiado; de hecho, dudás se haya dado cuenta de su pequeño paso en falso, y vos no vas a ser quien lo señale.

Durante el trayecto al restaurante el silencio reina entre ustedes, un silencio cómodo y apacible, que aprovechás para reflexionar y reconsiderar algunos de los pensamientos que ocupaban tu mente mientras esperabas a que él regresara con los dos conitos de helado, y llegás a la misma conclusión que la primera vez: él hace que sientas lo que siempre anhelaste, hace que te sientas feliz, hermosa y amada, pero también tiene la maravillosa capacidad de sanar todas tus heridas, incluso esas que creíste imposibles de sanar.

También tiene la capacidad de enseñarte lecciones valiosas con sus besos, sus caricias y sus palabras. La primera de esas lecciones es que no hay herida imposible de sanar.