Y si para nuestro amor

No encuentro un buen adjetivo

Es porque te amo mucho,

Mucho más del

'Te amo' que te digo.

El cielo se tiñe de color celeste oscuro en la ciudad de Los Angeles, escapándose las nubes a algún otro sitio, desapareciendo el sol de a poco, lentamente, extinguiéndose su luz para dar paso al brillo de la luna y las estrellas – son, al principio, pequeñas luces opacas, como fantasmas - que van tomando de a poco el liderazgo sobre el firmamento dando inicio así al crepúsculo prematuro de una noche de primavera.

El cielo se tiñe de color celeste oscuro en la ciudad de Los Angeles y la luna y las estrellas tímidamente se asoman, pero vos no estás prestando atención a esta lenta y progresiva transformación de la atmósfera, que en un acompasado degradé va transfigurándose, dibujando alrededor de ustedes el marco perfecto para la perfecta escena romántica propia del más hermoso de todos los cuentos de hadas.

Ese espectáculo de la naturaleza – el sol desvaneciéndose del cielo en exquisita cámara lenta, el color del firmamento cambiando muy despacio para que todos admiren la belleza encerrada en algo tan simple y cotidiano como lo son los últimos destellos del día -, los últimos destellos del mejor día de tu vida hasta la fecha pasan desapercibidos por tus ojos, porque están cerrados. Estás con los ojos cerrados, perdido en la dulce sensación que como un fuego encendido quema tu estómago, despertada por el simple hecho de estar detenido en el tiempo, abrazándola.

Nunca te gustó mucho dar abrazos. En realidad, pensándolo bien, muchas de tus relaciones anteriores fallaron porque 'no eras lo suficientemente romántico' o 'no eras lo suficientemente cariñoso' o 'no expresabas tus sentimientos muy a menudo'. Pero con Michelle es distinto; con ella vos sos distinto. No exagerás al decir que mutás por completo en su presencia, que todos tus patrones de comportamiento se ven alterados. No exagerás al decir que podrías pasar el resto de tu existencia así, en un Universo que sea sólo de los dos y ajeno al mundo real, simplemente envolviéndola tan fuerte y tan cerca como el cuerpo te lo permita.

El lugar que elegiste para la cena es una pintoresca bodega en el muelle, cerca de la playa y a pocas cuadras de un teatro antiguo donde en vez de exhibir las últimas novedades en materia de cine se dedican a repetir grandes obras de la historia del séptimo arte y algún que otro film de los últimos años, especialmente aquellos favoritos de la década del '90.

Cuando arribaron al lugar era aún demasiado temprano para cenar, y a Michelle se le ocurrió una idea para dejar correr el tiempo hasta que sus estómagos se pusieran de verdad demasiado molestos y empezaran a quejarse.

"Bajemos a la playa" propuso "A esta horas está casi vacía. Podemos buscar un lugar tranquilo, sentarnos a orillas del mar y mirar el atardecer juntos"

Recorrieron el muelle de la mano, en silencio, buscaron un punto desierto y se dejaron caer sobre la arena, muy cerca de la orilla, tan cerca que el gusto a sal podía sentirse en el aire.

Te tomaste al atrevimiento de quitar las chatitas verdes que llevaba puestas, ejecutando cada movimiento con ternura absoluta y sin dejar de sostener su mirada con la tuya, como pidiendo permiso para desnudar sus pies. Depositaste el calzado a un lado, y con éste fuera del camino finalmente tuviste delante de tus ojos otra prueba de lo perfecta que es su anatomía.

Sus pies pequeñitos, notaste, encierran en su simpleza el mismo aspecto frágil y delicado que sus ojos, su boca, sus manos, sus bucles, esos detalles que hacen que parezca una muñeca de porcelana. Acariciaste con la yema de tu dedo índice el empeine de arriba hacia abajo varias veces, sintiendo leves estremecimientos, comprobando así que la piel allí es extra sensible, al igual que la de su nariz, sus párpados y la de alrededor de sus ojos, que son casualmente tus zonas favoritas para besarla.

El silencio sólo rajado por el romper de las olas y el suave mecer del océano se extinguió minutos más tarde, cuando aún seguías contemplando la belleza del color champagne de su piel combinando con el de la arena y mentalmente deseabas tener una cámara para fotografiar tanta belleza junta: sus pies descalzos, el mar, los primeros signos del atardecer que acontecería pronto, las aguas agitándose al compás de un ritmo calmo, su sonrisa tímida y esos hoyuelos adorables resaltando aún más el tono rojizo de sus mejillas, el viento jugando con sus rulos, desacomodándolos y alborotando su cabellera.

Tu hermano menor quería ser fotógrafo, desde que tenía siete u ocho años sabía que quería ser fotógrafo, y muchas veces lo acompañabas en sus 'excursiones', como las llamaba, esos paseos que daba en las tardes de los sábados mientras tus padres y abuelos dormían la siesta durante los cuales disparaba el flash de la pesada y costosa cámara para la que tanto había ahorrado contra todo lo que le llamara la atención, capturando escenas o momentos que al ojo de cualquiera podrían parecer carentes de significado u ordinarios, pero que para él escondían cierta belleza, cierto encanto, y que una vez revelados e impresos en papel lucían aún mucho más hermosos.

A veces te prestaba su cámara y dejaba que tomaras tus propias fotografías. Nunca salían tan bien como las de él (tenía un talento nato, después de todo), pero era divertido pasar esas horas juntos, y te gustaba mucho aprender las técnicas que él mismo descubría o sobre las que leía, tanto que en una época consideraste guardar algo de dinero y comprar tu propia cámara.

Pero luego él murió, súbita e inesperadamente, cuando tenía sólo doce años. Y vos nunca más volviste a tomar una fotografía o a interesarte por esa rama del arte.

Sin embargo, en ese momento, te hubiera encantado retratar a Michelle para siempre, congelar ese instante, suspenderlo en el tiempo, convertir a la memoria en algo tangible a lo que recurrir dentro de muchos, muchos años, cuando ambos sean viejitos y quieran recordar el primer día que pasaron juntos fuera de las paredes que forman a la CTU.

Esa herida imborrable y profunda que llevás en el alma, esa que se marcó a fuego dentro de vos cuando viste a tu hermano respirar por última vez antes del fin de su corta vida, está sanando, porque por primera vez en años sentiste que podrías haber tomado una cámara y capturar esa imagen sin ser asediado por la nostalgia, el remordimiento, la angustia, la bronca o el dolor.

Otra herida más que gracias a ella comienza a sanar pensaste.

Otra herida más que quiero dejar en sus manos para que sane.

Y en ese preciso instante te invadió la demoledora necesidad de estrecharla más fuerte que nunca, cerrar los ojos, esconderte en sus brazos y quedarte ahí para siempre, así como estás ahora, mientras el atardecer que ambos se suponía verían juntos a orillas del mar pasa desapercibido por los dos.

Lo que más te gusta es enterrar la cabeza en ese huequito entre su hombro y su cuello, respirar su perfume e inhalar casi con intención de intoxicarte.

Lo que más te gusta es acariciar su espalda con los dedos de una mano y dejar la palma de la otra muy quieta sobre el punto exacto donde pueden sentirse los latidos de su corazón retumbando.

Lo que más te gusta es atraerla hacia vos tanto como sea físicamente posible, pegando un cuerpo al otro para que ella también sienta en su pecho los latidos de tu corazón acompasados con los del suyo.

Y te encanta que sus dedos sepan exactamente cómo masajear tu cuello logrando que te relajes bajo su tacto, y que su respiración tibia se mezcle con la tuya, y te encanta cerrar los ojos y perderte en el momento, y escuchar los suspiros que se escapan de sus labios cada tanto. Y te encanta saber que los dos están finalmente en el lugar al que pertenecen: con el otro.

Querés decírselo ahora. Podrías decírselo ahora. Te morís de ganas, no hay nada en este mundo que deseés más que acunar su carita entre tus manos, llenarla de besos y decirle que la amás, que es la razón por la cual respirar vale la pena, incluso sabiendo que este mundo dista de ser perfecto, que el sufrimiento siempre está aguardando a la vuelta de la esquina listo para atacar, que nada es fácil y que son más las cosas difíciles que las sencillas. Te morís por decirle que la amás con locura, que estás perdidamente enamorado de ella, que nunca sentiste tanto amor por ningún otro ser humano, que la amás más de lo que creíste posible imaginar, más de lo que alguna vez pudiste concebir en tu mente, que te sentís a punto de estallar porque tanto amor no cabe dentro de un mismo ser humano.

Esta tarde cuando estaban dirigiéndose a la juguetería y te preguntó qué te había llevado a reconsiderar tu decisión respecto a mantener lo personal y lo profesional separados, le contestaste con una honestidad que nacía desde el más profundo centro de tu propia alma. A penas podías respirar, a penas podías articular las palabras, porque te sentías demasiado abrumado por las emociones, a penas podías contener el corazón dentro del pecho.

Fuiste sincero, con una pureza en cada frase dicha que podías sentir la dulzura en la lengua y en los labios al hablar, y al besar las lágrimas que rodaban por sus mejillas; podías sentir sus palpitaciones descontroladas cuando se abrazaron – ahí, dentro del coche, aparcados a un costado de la calle, sin que el resto del mundo les importara -.

Le dijiste las cosas más lindas del mundo, te abriste a la mitad y dejaste que viera gran parte de lo que llevás dentro, confesaste verdades recónditas que jamás te hubieras atrevido a susurrar en los oídos de cualquier otra, porque ninguna mujer que no sea ella hubiera sido capaz de despertar en vos lo que ella tan fácilmente despierta. Incluso expresaste en voz alta tu pensamiento de que debe ser un angelito que Dios te envío desde el cielo para que sanara todas tus heridas con su risa, frase que antes de conocerla a ella hubieras catalogado como adecuada sólo en el contexto de una trama propia de una novela romántica, pero que ahora describe lo que ves cuando ves a Michelle brillando tanto que el resto de las luces del mundo se opacan.

Pero todavía no le dijiste que la amás.

Todavía no dijiste ese 'te amo', ese 'te amo' que fácilmente podría deslizarse ahora, mientras están solos en la playa, sentados a orillas del mar, abrazados y sumergidos en el silencio.

Pero por mucho que te mueras de ganas, por mucho que te consuman las ganas, vas a aguantar, vas a esperar unas horas más, porque querés que la escena sea perfecta, querés que la primera vez que esas dos palabritas acaricien sus oídos las cosas se desarrollen como en un cuento de hadas, querés que esa primera vez sea inolvidable.

Sabés que ella sabe que la amás. Sabés que ella sabe que sabés que ella te ama. Por eso no es necesario verbalizar nada. Por eso no es necesario apurarse, apresurarse. Por eso podés esperar un poco más, hasta la medianoche, cuando regresen de nuevo a la playa y el cielo esté cubierto de estrellas y la luna sea la reina del firmamento, cuando el viento sople con más fuerza y el mar se revuelva inquieto, creando los sonidos melodiosos que van a ser la música perfecta para un instante perfecto.

Todavía no le pediste oficialmente que sea tu novia, pero en realidad no creés que haga falta. Ya le dijiste que es tu ángel, tu princesa, tu vida entera, y eso significado muchísimo más que cualquier etiqueta que puedan darle a su relación.

Sabés que ella sabe que la adorás con locura, y que querés que sea tuya para siempre, sin necesidad que nada de eso sea verbalizado.

Sin embargo, cuando llegue la medianoche, vas a llenarla de besos y a decirle que la amás, y a pedirle formalmente que sea tuya hasta el último minuto de tu vida.

"¿Sabés por qué me gusta tanto abrazarte?" pregunta tímidamente, y ese susurro te distrae de tus reflexiones.

Levantás la cabeza a penas para que tu boca quede próxima a su oído.

"¿Por qué?" respondés con otro interrogante, y ya podés sentir la sonrisa tomando forma en tu rostro, la sensación agradable en tu estómago subiendo por tu garganta hasta llegar a las comisuras de los labios, jalando de ellas.

"Porque en tus brazos me siento hermosa y protegida"

"Sos hermosa" le asegurás, ahora sí incorporándote hasta quedar los dos en el mismo nivel "Y te protegería con mi vida, siempre"

¿Demasiadas expresiones profundas para una primera cita? No. Porque a ella la amás desde el segundo en que la conociste, nueve meses atrás. Porque a ella la amás cada día con mayor locura. Porque no podés evitar seguir enamorándote de ella, con cada pequeña cosa que hace o cada pequeña cosa que dice, con cada beso y con cada mirada, con cada palabra y con cada gesto. Porque probablemente se hayan amado mil veces en otras mil vidas pasadas. Porque probablemente hayas nacido sólo con el propósito de encontrarte con ella, enamorarte y pasar el resto de tu existencia sobre esta Tierra adorándola por sobre todas las cosas, defendiéndola con tu propia vida, cuidándola.

"Ya casi anocheció" comenta de pronto al desviar la mirada al cuelo, pronunciando cada palabra despacio y en voz baja, girando lentamente hasta quedar de cara al mar, contemplando el firmamento mientras envolvés tus brazos alrededor de su cintura y dejás que repose su espalda contra tu pecho para observar los dos los últimos segundos del crepúsculo.

El sol desaparece, se pierde en el lejano horizonte, arrojando los últimos rayos de luz sobre el mar mientras la atmósfera se tiñe de un color más oscuro y la luna y las estrellas antes de aspecto fantasmal van cobrando brillo de a poco.

Mecés su cuerpo hacia adelante y hacia atrás, con lentitud, y le hablás al oído:

"Esta no es la primera vez que veo un ocaso"

Viste muchos, a lo largo de toda tu vida. Viste muchos, en los últimos meses, cuando necesitabas algo de serenidad, un poco de espacio para estar con vos mismo y con lo que habita en tu interior. Contemplaste muchos ocasos mientras pensabas, muchos ocasos te contemplaron delante del mar, sintiéndote pequeño comparado con su sublime grandeza.

"Pero el hecho de que estés acá conmigo lo hace muchísimo más especial"

Por un momento guardás silencio, dudando acerca de si conviene seguir o no, dudando acerca de continuar abriéndote de esta forma, porque por mucho que confíes en ella incondicionalmente, por mucho que hayas tenido que rendirte a ella porque no te quedaba opción alguna más que aceptar que no existe ni existirá control alguno sobre lo que sentís por mucho que al principio hayas tratado de manejarlo, por mucho que estés seguro de que Dios o quien sea que está allí arriba dirigiendo las cosas hizo que se encontraran en esta vida otra vez para que todo el daño que te hicieron en los últimos años desapareciera bajo su hechizo, por muy natural que resulte exponer tu vulnerabilidad delante de ella, todavía te cuesta a vos reconocerte en esta situación, comportándote de una manera totalmente extraña y diferente a lo que estás acostumbrado, todavía te cuesta entender cómo es, cómo funciona el mecanismo que te lleva a transformarte desde adentro hacia afuera y viceversa.

Pero luego empezás a recordar uno de los muchos momentos que compartieron hoy, temprano esta mañana. La memoria reproduce las imágenes en tu cabeza y resuena el diálogo en tus oídos como si se tratara de una película muy vieja que alguna vez viste y olvidaste, pero que súbitamente regresa a la superficie cuando un disparador causa que la tapa del cajón en que estaba guardada se abra. La única diferencia es que no sucedió en una película: sucedió en tu vida, sucedió hace escasas horas, y los protagonistas fueron ella y vos.

"¿En qué pensabas?"

"Al principio mi mente no era más que un gran nudo hecho de angustia, miedo, agujeros negros, desorden… Después de a poco fue aclarándose todo, y el nudo se aflojó, hasta que desapareció y quedó espacio para pensar solamente en vos"

"¿Mirabas el mar y pensabas en mí?"

"Sí, miraba el mar y pensaba en vos"

"¿Y ahora?"

"Te dije que preferí que desayunáramos acá porque me pareció una idea más romántica, pero también porque es mi forma de demostrarte que cuando se trata de vos, tengo la guardia totalmente baja, y no me importa que queden expuestas mis vulnerabilidades, ni mis cicatrices, o cualquier rincón de mi alma. Quiero que conozcas cada pedazo de mi, y quiero que me enseñes a conocerte de memoria"

Antes de que puedas analizar y descifrar lo que eso significa, comienzan a diluirse las imágenes y el sonido, y recuerdos un poco más recientes los reemplazan, empujándolos de a poco para quitarlos de la pantalla de cine que habita en tu cabeza y ocupar su lugar.

"Tony, nunca dejes de decirme cosas linda, porque esa es tu manera de sanar mis heridas"

Y te das cuenta que no importa si vos no entendés cómo fue que cambiaste tanto, cómo fue que de pronto te encontraste a vos mismo intentando hacer rosas de papel con servilletas, y buscando el mantel más lindo entre las encimeras y cajones de la cocina de tu casa porque se te ocurrió que sería un lindo detalle para el picnic perfecto, o cómo fue que te convertiste en el prototipo ideal de protagonista de las telenovelas que a tu mamá le encantan, o cómo funcionan los mecanismos de tu cerebro y de tu corazón que quedan indefensos y desprotegidos frente a ella. Lo único que tiene que importarte es el brillo en sus ojos cuando le hablás, el sonido de su risa y el simple hecho de que la hacés feliz.

"Estar con vos me hace feliz. En eso pensaba"

"Vos también me hacés muy feliz, Michelle. Creo que nunca en mi vida fui tan feliz"

"Yo sé que nunca en mi vida fui tan feliz"

Instintivamente la estrechás con más fuerza contra tu cuerpo.

"En estos últimos meses, cada vez que miraba el atardecer pensaba en vos" confesás.

"En los últimos meses" empieza tímidamente, entrelazando sus dedos con los tuyos "yo no hacía otra cosa que pensar en vos, no podía sacarte de mi cabeza. Y todas las noches soñaba con vos, y a la mañana cuando me despertaba sola con el sonido del radio reloj me quedaba aferrando a la almohada un ratito más, queriendo robar otros cinco minutos para estas con vos en mis sueños, y cuando finalmente me levantaba, no podía dejar de decirme a mi misma que tal vez, quizá, algún día me besaras así, y me abrazaras así y me pidieras que fuera tu princesa. Y ahora que te tengo, me doy cuenta que esto supera con creces cualquier sueño que mi subconsciente haya sido capaz de fabricar. Yo soñaba con el príncipe azul que creía podías llegar a ser, pero el príncipe azul que en realidad sos es muchísimo mejor"

Ese 'te amo' podrías decírselo ahora, podría deslizarse por tus labios y viajar hasta sus oídos ahora, podrías susurrarlo ahora. De hecho, sentís las palabras agolpándose en tu garganta, posicionándose en la punta de tu lengua, esperando para ser dichas en voz alta por primera vez.

Pero te detenés.

Vas a esperar un poco más, porque querés que el momento sea perfecto. Vas a esperar a que este cielo ya bastante oscuro esté lleno de estrellas, miles de ellas, y de una luna redonda y brillante. Vas a esperar hasta la medianoche, como planeaste desde un principio.

Por eso simplemente la tomás por los hombros y hacés que gire muy despacio para poder besar sus mejillas y sus párpados, antes de enterrar nuevamente tu rostro en su cuello, inhalando su perfume y escuchando allí sus pulsaciones, mientras sus dedos se pierden en tu pelo y sus suspiros contentos y relajados llenan el aire.

"¿Sabés por qué me gusta tanto abrazarte?" susurrás, repitiendo la frase que ella murmuró en tu oído hace un rato.

"¿Por qué?" te sigue el juego, eligiendo el mismo interrogante que vos formulaste a modo de respuesta cuando fue ella quien te preguntó a vos.

"Porque si un par de años, o incluso un par de meses atrás me hubieran augurado una princesa en mi futuro, no les habría creído. Y si me hubieran dicho que terminaría siendo el príncipe azul de una cosita tan linda como vos, tampoco les hubiera creído" respirás hondo "Tenerte cerca, sentir los latidos de tu corazón, acariciarte, respirarte, me convence de que esto no es una fantasía, o el recuerdo de una vida pasada. Me convence de que sos real, de que somos reales, de que estamos acá. Me convence de que todavía estamos acá"

Todavía estamos acá.

Después de ese día cocinado en el infierno, después de todo por lo que tuvieron que pasar, después de esas veinticuatro terribles horas, siguen acá, están acá. Y están juntos.

Ella entiende el significado de esa frase, entiende lo que se esconde detrás de esas tres palabras: sobrevivieron, eso significa. Significa que sobrevivieron, incluso cuando por momentos temieron que el sol no volviera a alzarse y que el mañana quedara extinguido para siempre.

"Todavía estamos acá" repite, y sentís sus largas pestañas acariciando tus mejillas en forma de besos mariposa "Esa es otra razón muy linda para agregar a la lista de por qué me gusta abrazarte" no podés verla, pero podés sentir su sonrisa ": para convencerme de que es cierto que todavía estamos acá"

Cuando finalmente se levantan para irse, ya es de noche, y ni siquiera si tu vida dependiera de ello podrías calcular mentalmente cuánto tiempo pasaron sentados a orillas del mar, simplemente perdiéndose los dos en la sensación de estar tan cerca, hablando en susurros o a veces sólo entregados al silencio.

Tomados de la mano caminan hacia el restaurante, y en este momento hay un puñado de cosas de las que estás tremendamente seguro: ella es el amor de tu vida, ella hace que todo valga la pena, por ella darías todo y te quedarías con nada sólo para protegerla, en sus brazos es donde querés pasar el resto de tus días y si ella es tu princesa entonces no necesitás nada.

Durante la cena – que consiste en ravioles rellenos de calabaza con salsa blanca - abordan temas de conversación de lo más variados, retomando esa especie de 'juego de las veinte preguntas' que habían iniciado en la mañana.

"¿Programa de televisión favorito?"

"CSI" es una de las pocas cosas que encontrás en la televisión que te interesan ver y que te distraen "¿Te gusta el algodón de azúcar?" es un interrogante salido de la nada, como lo fueron todos los demás.

"Amo el algodón de azúcar" responde "¿Tu videojuego favorito?"

"Tetris" contestás "¿Y el tuyo?"

"Pacman, pero puedo derribarte en el Tetris cuando quieras" te desafía.

"¿Asignatura que siempre lograba que te quedaras dormida en clase?"

"Nunca me quedé dormida en clase" manifiesta orgullosa "Pero Geografía y Biología a veces podían ser bastante aburridas, por lo cual me sentaba al fondo y pasaba las horas leyendo"

Imaginás a una versión de Michelle un par de años más joven, con esos mismos rulos aprisionados por un broche de plástico, más pequitas que las que tiene ahora cubriendo su naricita perfecta y un par de lentes de montura y patillas finas, la imaginás con la cara enterrada en algún libro, y no podés evitar sonreír al tiempo que tu estómago es invadido por esa ya muy familiar cálida sensación.

"¿Y usted, Señor Almeida? Seguramente dormías en la mitad de las clases, ¿no?"

"En la mayoría de ellas, sí" te declarás culpable, sonrojándote un poco "Dormía, le mandaba papelitos a alguno de mis amigos, o dibujaba"

"¿Te gusta dibujar?"

"Es mi turno de hacer preguntas, señorita Dessler" la retás, robándole uno de los últimos ravioles que quedan en su plato.

"Okay" acepta, resignada, y finge una mueca de decepción y enfado frunciendo el ceño y mordiendo el costado izquierdo de su labio inferior, lo cual hace que luzca adorable.

"¿Esa es tu carita de enojo?" la provocás.

"Sí" sonríe "Ahora tenés que contestarme: ¿te gusta dibujar?"

"¡Ey!" llamás su atención "¡Aún no formulé mi pregunta!" te quejás.

"Sí lo hiciste: preguntaste si esa era mi carita de enojo, y yo respondí 'sí'. Ahora es mi turno"

Robás otro raviol de su plato, indignado, pero no decís nada más. Debés reconocerlo: es terriblemente más inteligente que vos, mucho más despierta. Y, sumado a eso, está el hecho de que te tiene entre sus dedos.

"¿Te gusta dibujar?" repite por tercera vez.

"Mucho. Las cosas lindas que la naturaleza tiene para ofrecer, sobre todo" te explayás "Paisajes, ríos, el mar, flores exóticas, ojos como los tuyos" te inclinás hacia adelante al tiempo que se sonroja furiosamente, y acariciás sus párpados con tus labios, y luego besás la delicada y sensible piel que rodea ambos ojos, sin percatarte del acto fallido que acabás de cometer.

"¿Alguna vez dibujaste mis ojos?" inquiere, ya no en tono de broma, ya no como parte del juego: quiere saber de verdad. Quiere saber si alguna vez, durante algunos de esos fines de semana plagados de aburrimiento y pensamientos a los que querías escapar, la dibujaste a ella. Quiere saber.

La respuesta es sí. Unos meses atrás, durante una reunión con George y los jefes de División, estabas tan aburrido que arrancaste una hoja de tu libro de notas, tomaste un lápiz y empezaste a dibujar. Al principio no te diste cuenta de lo que estabas haciendo, pero minutos más tarde el par de ojos más hermosos del mundo te devolvía la mirada desde el papel, luciendo más expresivos que cualquier otra cosa que jamás hayas trazado con tu propio puño.

Eran sus ojos. Los ojos exóticos, los ojos orientales de la chica nueva, esa a la que todos estaban haciendo pagar el derecho de piso. Eran esos dos ojos, los ojos de Michelle, la chica nueva, cuyo nombre no te atrevías a pronunciar aún – por eso al principio la llamabas Dessler -, la chica cuyo nombre escuchabas hasta el cansancio en ese viejo tema de Harrison que no tardó en convertirse en uno de tus favoritos.

Doblaste la hoja en dos antes que alguien más pudiera verla y la guardaste en el fondo del cajón de tu escritorio, donde sigue a pesar de que han pasado muchos meses y muchas cosas.

Sin embargo, tu obsesión con sus ojos siguió y aumentó hasta alcanzar escalas insospechadas, y pronto te hallaste a vos mismo plasmándolos en papel muy seguido, sea en tu casa y con los elementos necesarios, o en la oficina un día lento y tedioso, usando una hoja vieja y alguna birome encontrada por ahí.

Todos esos dibujos están en el fondo del cajón de tu escritorio, los que hiciste en la oficina. Y otro tanto similar los guardás en una gaveta en tu casa.

Algún día voy a mostrarte esos bosquejos. Algún día voy a retratarte, voy a pedirte que poses para mí y voy a pasar horas enteras dibujándote. Alguna noche mientras duermas voy a quedarme despierto observándote, y voy a dibujarte mientras descansás como un angelito.

"Es mi turno, Dessler" tratás de eludirla.

Pero se ha dado cuenta de lo que la carencia de una respuesta directa significa, o al menos eso interpretás cuando sentís sus labios besando tus dedos y la escuchás murmurar 'ahora tus manos me encantan aún más'.

"Es tu turno" te recuerda dulcemente, sin dejar de dibujar círculos en las palmas de tus manos.

"¿Te gustan Los Simpsons?" preguntás, esperanzando de que en ese aspecto comparta tu mismo sentido del humor. A vos te encantan Los Simpsons, pero muchas mujeres lo ven como una pérdida de tiempo o como 'televisión basura'. De hecho, Nina solía decirte que sólo los ignorantes veían ese programa, y que hablaba muy mal de tus capacidades intelectuales el hecho de que te sentaras en el sillón frente al televisor como un nene de cinco años y te rieras de esa sarta de chistes de mal gusto.

"Amo Los Simpsons" casi suspirás de alivio "¿Tu juego de mesa favorito?"

"Táctica y Estrategia para la Guerra" contestás.

"No lo conozco" comenta interesada.

"Mi tío Eduardo, el hermano de mi mamá, vive en Argentina, y es un juego bastante popular ahí. Cuando yo era chico solía visitarnos a menudo siempre que podía, y en una de esas visitas nos trajo el juego. Es muy interesante, y una partida puede durar horas, hay que ser bastante ingenioso para cumplir con las estrategias sin que los demás jugadores se den cuenta de lo que estás tratando de hacer. Durante varios años fui invencible" sonreís con orgullo, y por primera vez en mucho tiempo no sentís una punzada de dolor destrozándote como solía suceder antes al emerge una memoria perteneciente a las épocas de tu infancia en las que tus dos hermanos aún vivían ", pero luego nació Martina, y cuando tenía cuatro años le enseñé a jugar y… Bueno, digamos que desde ese entonces no volví a ganar"

"Me encantaría que me lo enseñaras algún día"

Estás a punto de tomar tu turno para indagar, cuando ella te interrumpe incluso antes de que llegues a abrir la boca.

"¿Tu tío vive en Argentina?"

"Sí"

"Pensé que tu familia era de México"

Bueno, llego la hora de empezar a hablar de tus padres; es un tópico que no te molesta en lo absoluto, pero dado que ella a penas ha mencionado a los suyos y sólo se ha limitado a hablar de su abuela, no querés que se sienta obligada a compartir detalles que no esté lista para contarte sólo porque vos le hablaste de esa parte de tu familia.

"Mi papá, Alejandro, es oriundo de México, donde vivió hasta su adolescencia con su mamá y dos hermanas mayores. Mi abuelo varios años atrás se había mudado a Chicago; trabajaba en la estación de trenes, y les enviaba el dinero que ganaba, esperando algún día poder ahorrar lo suficiente para que su esposa e hijos se mudaran a Estados Unidos con él. Mi mamá, Ana, es Argentina"

"¿Dónde se conocieron?"

"Fue cuando eran ambos muy jovencitos. Mi mamá, sus padres y hermanos estaban visitando a una tía en México. Se enamoraron durante ese verano. Ella tenía trece años y él diecisiete. Durante años sólo se enviaron cartas y mi mamá lo llamaba por teléfono a escondidas"

Amor a la distancia, así les gusta llamarlo cuando cuentan esa parte de su historia.

Ambos aún guardan esas cartas atadas por sendas cintas rojas, tu papá en la misma caja de zapatos que utilizó en ese entonces para atesorar los papeles llenos con la letra y las palabras de tu madre, y ella en un hermoso cofre color rosa con ribetes de oro, el mismo cofre que su abuela le había regalado por su décimo cumpleaños.

"En dos ocasiones más ella visitó México; se escapaba cuando nadie se daba cuenta, y pasaba la tarde con él. Cuando mi papá cumplió diecinueve, viajó becado a Estados Unidos para estudiar Medicina y conseguir un pasar económico mejor, dado que dudaba la familia de mi mamá aceptara que ellos se casaran algún día si él era pobre, porque tenían mucho dinero y una posición acomodada en la sociedad"

Tus abuelos nunca lo aceptaron, jamás le perdonaron a tu mamá haberse casado con un hombre de origen humilde. Jamás los conociste, porque ellos nunca quisieron conocerte. Los únicos que siguieron en contacto con tu mamá a través de los años fueron sus hermanos, Eduardo y Clara, quienes resultaron ser los mejores tíos del mundo.

"Cuando mi mamá cumplió dieciocho años, viajó desde Argentina para encontrarse con mi papá, con quien había sido 'novia por correspondencia' durante cinco años. A su familia eso no le gustó mucho, especialmente porque sus planes para mi mamá eran que siguiera estudiando piano en el conservatorio y llegara a convertirse en una famosa concertista, pero a ella eso no le interesaba, o al menos no tanto como para considerarlo una prioridad"

Tu mamá ama la música, al igual que tus hermanas, al igual que tus fallecidos hermanos, al igual que vos. Fue de ella que heredaste tu amor por la música, por los instrumentos, por los acordes, por la sensación maravillosa de crear arte. Era, y es, una mujer talentosa, cuyos dedos al volar sobre las teclas arrancan los sonidos más desgarradores; es una mujer que se expresa a través de cada pieza que interpreta. Es una mujer que podría haber triunfado, una mujer que podría haber sido exitosa, pero renunció a eso porque se interponía entre ella y su amor.

"Abandonó sus sueños, sus expectativas y todo para lo que había sido educada, abandonó los lujos y el dinero para casarse con mi papá en una ceremonia sencilla y luego mudarse con él a un departamento de una sola habitación donde a penas cabían una cama, una mesita y un par de sillas"

Viste fotos de esa época, fotos que tomaban con la para ese entonces sofisticada cámara que a tu mamá le habían regalado poco antes de que en un acto de rebeldía y liberación tomara sus ahorros y los invirtiera en un pasaje a Estados Unidos para ir a encontrarse con el hombre de su vida.

En esas fotos lucen sonrientes, felices, enamorados, a pesar de que tu papá pasaba las mañanas estudiando, las tardes y las noches trabajando, y cuando regresaba a casa ya de madrugada tenía que estudiar un poco más para el día siguiente y conformarse con las escasas horas de sueño que pudiera tener. Y tu mamá también era feliz, a pesar de que esa nueva vida era distinta a lo que había dejado atrás, a pesar de haber tenido que cambiar las mejores carnes, los mejores dulces y los mejores vinos por comida enlatada y cupones de descuento para comprar en el supermercado, a pesar de que el edifico en que vivían quedaba en un barrio humilde, no tenía calefacción central y el papel tapiz de las paredes estaba amarillento y viejo.

Eran felices porque estaban juntos, porque tenían sueños en común y estaban dispuestos a luchar para verlos realizarse, costara lo que costara, requiriera los esfuerzos que requiriera.

"Meses más tarde nacieron Eva y Christian" estás mencionando su nombre en voz alta, el de tu otro hermano, por primera vez desde que falleció, y no duele "Mi mamá tuvo que conseguir dos trabajos para poder mantener a su familia"

Nunca antes había tenido necesidad de ganar su propio dinero, pero cuando nacieron sus hijos mellizos debió arremangarse. Dejaba a tus hermanos al cuidado de tu abuela Rosita, que para ese entonces ya se había trasladado a Chicago y vivía con tu abuelo en una casita prefabricada cerca de la estación de trenes, donde pasaba las horas con sus nietos, escuchando la radio y cosiendo algunas prendas que le encargaban, sin sospechar que ese pequeño trabajo un día la haría acreedora de una fortuna.

"Mi abuela cuidaba a mis hermanos, y mi mamá pasaba toda la jornada dividida entre sus dos empleos, uno por la mañana como encargada de limpieza en un bufete de abogados, y otro por la tarde en un taller textil. Al final del día estaba exhausta, pero nunca se quejó. Creo que era feliz con sus hijos y su marido sin necesidad de tener ninguna otra cosa material. Y a mi papá tampoco le importaban esos sacrificios que tuvo que hacer por el mismo motivo" concluís.

"Es una historia de amor hermosa" te dice con voz suave y cargada de emoción, mirándote a los ojos y acariciando el dorso de tu mano con sus nudillos.

"Las cosas mejoraron para ellos" asegurás "Cuando yo nací cuatro años más tarde vivían en un departamento, mi papá ya se había graduado y trabajaba en la sala de emergencias de un hospital y mi abuela, a quien siempre le gustó coser, había iniciado su propio negocio con una modesta clientela, que después terminó expandiéndose mucho más de lo que alguna vez pudo imaginar"

"¿Y tu mamá?"

"Cumplió su sueño de dedicarse a la música, en cierto modo: se convirtió en profesora de piano"

Una muy estricta profesora de piano podrías agregar.

"¿Tus abuelos maternos…?" vacila un poco, dudando acerca de preguntar o no qué pasó con ellos, si alguna vez aceptaron a tu papá a pesar de sus humildes orígenes.

"Mi mamá nunca volvió a verlos, no pudieron perdonarle que 'manchara su apellido' prácticamente escapándose a un país extranjero para casarse con alguien de 'menor posición'" resumís "Yo no los conocí. Pero hasta el día de hoy mantenemos una buena relación con mis tíos"

"Es muy triste que no hayan sabido ver más allá de las clases sociales" suspira "Perdieron la oportunidad de tener un nieto maravilloso" besa la punta de tu nariz muy despacio "La historia de tus papás es hermosa" te dice de nuevo, acariciando tu mejilla con el dorso de una de sus manos "Tuvieron un final feliz aunque en el medio se encontraron con muchas trabas y dificultades. Son afortunados, porque eso está reservado para unos pocos"

Por un momento el brillo en sus ojos se vuelve aún más fuerte, pero un destello de tristeza lo acompaña, como si grandes nubes estuvieran acumulándose en su mirada.

"¿Qué pasa, mi ángel?" susurrás con preocupación.

"Mis padres no tuvieron el mismo final feliz" es lo único que murmura.

Querés saber qué salió mal, querés saber que se interpuso en el camino, pero decidís no preguntar el por qué; algo en ella te dice que no está lista para contarte ese pedacito de su vida, al menos no ahora. Vas a esperar a que ella recurra a vos buscando refugio, un lugar en el cual anidarse, el sitio donde pueda contarte las cosas que pasaron en su vida que la dejaron marcada a fuego, los causales de las heridas que ella dice que con tus palabras vos podés sanar.

Te limitás simplemente a besar sus labios con delicadeza, rozándolos con suavidad, dejándola saber que estás ahí para ella y siempre vas a estar ahí, sin necesidad de verbalizarlo porque entre ustedes los diálogos en algunos casos son innecesarios.

"Nosotros dos" susurrás despacio, presionando tus labios contra su boca y moviéndolos sobre los de ella al hablar "vamos a vivir el cuento de hadas más lindo de todos. Te lo prometo"

"Cualquier cosa que me prometas… Automáticamente yo creo en eso. Si me prometieras la luna, si me prometieras robar una estrella para dármela, te creería sin un segundo de dubitación" contesta, sin moverse de la posición en la que están, con sus dedos entrelazándose en los rulitos cortos que se forman en tu cabellera azabache ", pero la realidad es que a veces los finales no son felices" suspira con un dejo de amargura, y sentís la media sonrisa que transforma su rostro clavarse en tu alma como un puñal envenenado.

No deberías haber mencionado a tus padres. No deberías haberte entusiasmado tanto y entrado en detalles sobre su historia. Deberías simplemente haberle dicho que tu papá es mexicano y tu mamá argentina, que tu tío vive en Buenos Aires, y luego regresar al juego de las preguntas. Ahora ya es demasiado tarde para corregirlo, pero seguís arrepintiéndote de haber ahondado tanto: porque esas cosas que dijiste la llevaron a comparar la historia de tus papás con la historia de los suyos, y la comparación hizo que se entristeciera, que sus ojos se nublaran y su sonrisa se volviera agridulce, llegando a la conclusión de que a veces no todos los finales son felices.

Te apartás a penas, quedando a medio centímetro tu rostro del de ella, y tomás una de sus manos entre las tuyas.

"Tenés razón, Michelle: a veces no todos los finales son felices" reconocés, odiando que el Universo sea tan complicado y esté tan lleno de esa gran cantidad de cosas incontrolables e inmanejables que pueden causar que de un segundo al otro todo pierda el equilibrio y acontezcan desastres, esas cosas que escapan de las manos de los hombres de carne y hueso y que pueden desembocar en almas rasgadas y corazones rotos "Dejame reformular mi promesa, entonces" te aclarás la garganta, acunás su rostro entre tus palmas y te hundís profundo en los dos océanos negros que son sus ojos "Michelle, hoy, 7 de septiembre, con el salero, el pimentero y nuestros platos completamente vacíos porque los ravioles estaban para morirse como testigos" tratás de alegrar el ambiente y hacer desaparecer la tensión y arrancarle esa suave carcajada que está escapándose de su garganta ahora mismo "te prometo, princesa, que voy a dedicar cada día de mi vida a esforzarme por regalarte el cuento de hadas más lindo de todos"

"Me alcanza con que seas mi príncipe, con eso es suficiente" dice entre besos, permitiendo a sus labios viajar desde tu sien hasta debajo de tu mandíbula, mimándote con lo dulce y frágil de su tacto.

Cuando un rato más tarde dejan la pequeña bodega italiana y se van caminando, acortando con cada paso las pocas cuadras de distancia entre el lugar donde cenaron y el cine, su brazo está alrededor de tu cintura y su cabeza reposa en tu hombro.

Ingresan al edifico, se adentran en el hall principal, y algo te llama la atención: el ambiente está mucho más bullicioso que de costumbre, con varias parejas con sus hijos, o abuelos con sus nietos, todos ellos sosteniendo enormes baldes rebosantes de pochoclo (odiás el pochoclo con pasión), latas de gaseosa y golosinas varias.

Se acercan a la boletería con intención de averiguar cuáles son los clásicos que se exhiben esta noche, y la jovencita que los atiende les dice algo que definitivamente no esperabas escuchar, algo que desbarata todos tus planes:

"Los viernes es noche familiar, señor" anuncia "Sólo proyectamos clásicos infantiles"

Sólo proyectamos clásicos infantiles.

Esa frase resuena en tu cabeza, retumba, repiquetea, taladra tus tímpanos.

Sólo dan clásicos infantiles esta noche, seguramente algo así como Bambi o esa película en la que los muñecos cobran vida y hay un vaquero con gorrito marrón y un tipo disfrazado de astronauta (y estás enterado de estos detalles porque la última vez que visitaste a tus sobrinitos tuviste que sentarte con ellos y ser torturado durante largos penosos noventa minutos).

No podés creerlo.

Elegiste este complejo de cine porque tiene fama de repetir los mejores films de la historia, films interesantes, aclamados, films como Extraños en el tren, Casablanca, Desayuno en Tiffany's, films que a Michelle le encantaría ver en la pantalla grande.

Pero ahora resulta que a alguien se le ocurrió que los viernes el encargado de manejar el proyector debe quedarse dormido al compás de La Cenicienta, Blancanieves o ese otro bodrio de Disney en el que una chica linda se enamora de una bestia que tenía secuestrado a su padre en un castillo (otra película que tuviste que ver durante el fin de semana que pasaste en casa de tu hermana Gabrielle).

La tomás de la mano y la llevás a un costado.

"No sabía esto, Michelle" te disculpás "Podemos buscar el auto e ir al cine del centro; deben estar pasando algo mejor que La Bella Durmiente" proponés.

"No" niega con la cabeza y se pone en puntitas de pie para alcanzar tu nariz y restregar la suya contra ella "Quedémonos acá, ¿sí?" te pide, con esa vocecita adorable y esos ojitos brillantes que te deshacen por dentro "Me gustan este tipo de películas" confiesa tímidamente, sonrojándose "Antes de que Danny se divorciara, algunos sábados él y su mujer salían y yo cuidaba a mis sobrinitos; teníamos nuestras propias sesiones de cine y nos empachábamos con chocolate" explica.

Dios, nunca cesa de sorprenderte la cantidad de cosas de las que sos capaz por esta mujer.

"Está bien, bebé, quedémonos" aceptás, besando su frente.

Vuelven a formarse en la fila de personas que esperan para comprar sus boletos, y pronto están otra vez frente a la misma joven que los atendió un rato atrás.

Sus opciones son Beethoven, El Rey León, La Sirenita, Un ratoncito duro de cazar y Matilda. Dejás que ella elija; probablemente pases toda la función perdido en su belleza, contemplando su rostro y sus facciones iluminadas por la luz que emite la pantalla gigante, jugando con sus rulos y acariciando sus mejillas con el dorso de tus manos, de tanto en tanto distrayéndola para robarle un beso.

"¿Viste alguna vez Matilda?"

"No"

"Es una historia hermosa, basada en un libro de Roald Dahl" parece verdaderamente entusiasmada, y su sonrisa brilla con intensidad cuando le extendés uno de los dos tickets que la muchacha detrás del mostrador te entrega.

"¿Querés uno de esos baldes gigantescos de pochoclo?" ofrecés cuando pasan frente al puesto donde venden los dulces.

"Elijamos algo que nos guste a los dos, algo para compartir"

"¿Qué tal una tableta de chocolate con nueces?" sugerís, recordando que durante el transcurso del día de hoy te dijo que esa era su golosina favorita.

Comprás la tableta de chocolate más grande de todas, tan grande que dudás el hígado de una persona sana pueda soportarlo, dos latitas de Sprite y una balde mediano de pochoclos, porque sabés que a ella sí le gustan, y no querés privarla de nada.

"Tony, el pochoclo no hacía falta, de verdad" te regaña al tiempo que se sientan en las butacas de la última hilera; la sala está llena de niños entre cinco y trece años con sus padres, abuelos, tíos, primitos y otros miembros familiares. Escaneando el sitio rápidamente, confirmás tu sospecha de que son los únicos dos adultos que entraron a ver la película sin la compañía de una criatura. Pero al observar a Michelle a tu lado tomando pequeñas palomitas de maíz entre sus dedos se te ocurre que ella luce como una nena: tan dulce, tan inocente, tan hermosa.

"¿De qué se trata la trama?" susurrás a la par que la sala va llenándose más y más, quedando la mayoría de las butacas ocupadas.

"Si te cuento no tiene gracia"

Antes de que puedas objetar, las luces comienzan a apagarse, hasta dejar el ambiente totalmente a oscuras, y las primeras imágenes comienzan a aparecer en la pantalla.

Pasaste la siguiente hora con treinta y cuatro minutos intentando prestar atención, y si bien captaste algunas cosas, lo cierto es que no hiciste más que distraerte siendo mimado por Michelle, con tu cabeza reposando sobre su hombro y adormeciéndote bajo la sensación de sus dedos masajeando tu cuero cabelludo. Las risas y las reacciones del público en general llegaban a tus oídos como ecos lejanos.

Durante los pocos momentos de concentración que tuviste, fue inevitable que compararas a Matilda con tu propia hermana: brillante, perspicaz, un genio, algo fuera de lo común. Incluso te reíste al imaginar la pesadilla en que Martina se convertiría si tuviera el poder de mover objetos con la mente, si tuviera el poder de manejar las cosas a su gusto con solamente mirarlas fijo (bueno, en realidad, a veces se te hace que tu hermana maneja algunas cosas a su gusto con sólo mirarlas fijo, pero eso se debe a su personalidad tan intimidante y a su manía de siempre salirse con la suya).

Pero a la vez, la nena en la película te recordó a Michelle: dulce, inocente, inteligente, valiente, leal a sus amigos, curiosa, con una sonrisa bellísima y una terrible necesidad de dar y recibir afecto.

Eso percibís en Michelle: una terrible necesidad de dar y recibir afecto.

Eso es lo que sentís en sus besos y en sus caricias, y es lo que ves en sus ojos, y lo que escuchás cuando te habla.

Y vos, que nunca fuiste muy afectuoso o cariñoso o propenso a abrazar a las personas y quedarte muy quieto respirándolas hasta que tus pulmones queden llenos de ellas, acariciando sus espaldas y meciendo sus cuerpos despacio para relajarlos, vos sentís la misma necesidad, sólo que con la variación de que es ella la única persona sobre este planeta a la que querés darle afecto, y la única persona de la cual querés recibirlo.

Es la única persona a la que querés entregarte entero.

Es, ella, tu princesa. Y hoy le prometiste dedicar cada día de tu vida a esforzarte para regalarle el cuento de hadas más lindo de todos.

En este momento, una hora y treinta y cuatro minutos después del comienzo del film, están saliendo de la sala, rodeados de padres y abuelos que cargan en brazos a sus pequeños dormidos y de niños contentos que no dejan de comentar lo que acaban de ver.

"No prestaste atención a la película" te acusa en voz baja, sonriendo divertida.

"Estaba ocupado prestándote atención a vos" te disculpás "Y sí presté atención" agregás luego, porque es la verdad: dentro de todo, estás yéndote con una idea bastante clara de lo que sucedió en el film.

"Me gusta porque el final es feliz" suspira.

Y luego de eso caen en silencio tan cómodo en el que de tanto en tanto suelen caer.

Los dos van caminando callados, ella tomada de tu brazo y con su cabeza descansando en tu hombro, y vos rodeando su cintura firmemente, atrayéndola tan cerca como podés. Los dos están relajados, los dos están contentos, pero vos estás nervioso.

Vos sentís el corazón latiendo desaforado dentro de tu pecho y los nervios crispándose bajo tu piel, porque sabés que el momento llega, el momento en que vas a decirle por primera vez que la amás, el momento en que vas a perderte en sus ojos y murmurar esas dos palabras con todo el significado que les corresponde después de haber vivido casi treinta y cinco años sin saber lo que es el amor de verdad.

"¿No estamos yendo a buscar el auto?" comenta intrigada al darse cuenta que estás dirigiendo tus pasos y los de ella de vuelta a la playa en lugar de ir al sitio donde dejaron el coche aparcado.

Te gusta el hecho de que pasadas varias calles notó que habías cambiado el rumbo, porque es prueba de lo mucho que confíe en vos, lo suficiente para permitir que la guíes y sentirse relajada y segura como para permitir que su cerebro se desconecte, que sus músculos se relajen y que su anatomía y mente se dejen llevar.

"No"

Esa es tu respuesta, y la acepta sin más cuestionamientos.

Pronto están de vuelta en el mismo punto en el cual se sentaron horas atrás para contemplar el atardecer, ese atardecer hermoso que casi se pierden porque estaban sumergidos el uno en el otro, estrechándose con tanta fuerza que por momentos temiste romper su cuerpo frágil.

En esta ocasión el cielo es de un profundo azabache, la luna llena enorme y majestuosa todo lo domina y refleja su luz y su imagen pálida sobre las calmas aguas del mar, y las estrellas desparramadas desordenadamente por el firmamento dan a la escena el toque con el que soñaste cuando planeabas este momento.

"Este lugar me resulta familiar, señor Almeida" bromea cuando vuelven a dejarse caer sobre la arena, y vos otra vez tomás sus delicados pies en tus manos y los desnudas, dejando las chatitas verdes a un lado, acariciando nuevamente con la yema de uno de tus dedos cada centímetro de frágil y sensible piel.

Alzás la cabeza para que tus ojos y los de ella se encuentren, y cuando esto sucede te quedás sin palabras: todas las frases poéticas, todos los adjetivos que habías escogido para describir lo mucho que ella te importa y lo mucho que significa para vos, todo eso queda resumido a nada, todo eso se va, desaparece, se hace humo, se evapora, se convierte en cenizas, abandona tu cabeza dejándote desarmado.

"Michelle" empezás con voz temblorosa, intentando sonar calmado, intentando no ceder al torbellino de emociones que te ataca por dentro, intentando ignorar el hecho de que tu corazón está a punto de estallar ", mi vida, mi princesa" suspirás, bordeando con tu dedo menique el contorno de sus ojos y luego bajando por su mejilla hasta llegar a sus labios, donde se queda sellándolos para que no diga nada "… No soy un poeta, o un escritor; lo que voy a decirte nace directo de mi alma"

Querés asegurarte de que sepa que no estás haciendo nada más ni nada menos que transformar en sonidos tus sentimientos, esos sentimientos que te tienen prisionero, esos sentimientos despertados por el hechizo bajo el cual ella te tiene.

"Desde que nos vimos por primera vez siento que hay una conexión entre los dos, incluso si al principio fui lo suficientemente estúpido como para negármelo a mi mismo" ambos sueltan una risa sofocada "Siento que nacía sólo para esperar treinta y cuatro años hasta el día en que te conocí, y desde ese entonces sos lo único que habita mi cabeza" con uno de tus dedos señalás tu sien "y mi corazón" tomás una de sus manos y la posicionás sobre tu pecho, donde pueden percibirse los latidos "Y en mi alma" agregás "No sé dónde será que los humanos tenemos el alma, Michelle, pero mi alma es tuya" el dedo meñique que sigue acariciando sus labios es mojado por la primera de muchas lágrimas "Quiero que sepas que aunque hayan pasado sólo tres días desde que empezamos a desahogarnos, para mí decirte estas cosas, abrazarte, estar con vos es tan natural, como si todo esto hubiera sucedido en vidas pasadas"

Y quizá si sucedió. Quizá fuiste mía en alguna otra vida. Estoy seguro de que fuiste mía y sólo mía en todas mis vidas anteriores.

"Te miro a los ojos y veo mi futuro. Y veo todas las cosas que quiero hacer, y todas las cosas que quiero ser. Te miro y sé que puedo hacerte feliz, y que vos vas a hacerme muy, muy feliz. Te miro y es para mí como contemplar el resto de mi eternidad. Te miro a los ojos y estoy bien, ya nada duele ni puede hacerme mal, y las cosas que antes me lastimaban de repente ya no importan. Y el mundo podrá ser imperfecto y podrá estar lleno de tristeza y tragedia, pero si te tengo brillando en mi mundo, no hay herida imposible de sanar. Por eso pienso que sos un angelito que Dios puso en mi camino"

Te inclinás hacia delante y besás muy despacio las lágrimas que caen, esas lágrimas perladas que no dejan de fluir.

"Michelle…"

Y de pronto las palabras te escapan otra vez. De pronto te sentís completamente vacío, flotando, como si el resto del mundo no existiera. De pronto no sabés que decir, porque 'te amo' se ha vuelto insuficiente.

Con ella en tus brazos, sus lágrimas en tus labios, sus manos tan pequeñas acunando ambos lados de tu rostro, sus bucles sueltos y libres porque vos le pediste que se deshiciera de la bandita elástica que los aprisionaba, con su perfume reemplazando el oxígeno que tu sistema necesita para funcionar, te das cuenta que 'te amo' es poco.

Esas dos palabras son poco para vos, para describir lo que ella es, lo que ella significa, lo que ella representa, lo que ella nació para ser y lo que vos naciste para ser en su vida. Un 'te amo' no alcanza, un 'te amo' es insuficiente.

No existen adjetivos para describir el amor que por dentro te consume, que te quema, que te carcome, que domina tu actuar, que maneja tu vida, que se ha adueñado de tu ser. No existen adjetivos indicados, apropiados, adjetivos que abarquen lo loco que te tiene, lo mucho que te gusta, lo mucho que te encanta que te encante, lo terriblemente obsesionado que estás con ella.

No hay adjetivos, no.

Y un 'te amo' dista de ser suficiente.

"Michelle" repetís su nombre como un mantra, mientras otra tanda de lágrimas frescas es apartada por tus dedos y por tus labios ", princesita" ahora es ella la que se inclina más hacia delante, aún con sus manos acariciado tu cabello, y cerrás los ojos cuando empieza a frotar la punta de su nariz contra la tuya, suspirando despacio "… Te amo, princesa" musitás finalmente "Estoy perdidamente enamorado de vos"

Después de nueve meses, lo dijiste.

Y después de ese día fatídico en el que podrían haberse extinguido todos los mañanas que tenían por delante, lo dijiste.

Después de tantas dudas, después de tanto pensar y soñar mil veces las mismas cosas, después de contemplar todo sabiamente, después de romper las promesas que te habías hecho a vos mismo incluso cuando te repetías que acercándote a ella como compañero de trabajo no significaba que lo hecho estaba matando a lo dicho, finalmente susurraste ese 'te amo'.

Finalmente le dijiste que estás enamorado de ella.

Esa es la palabra clave: estás enamorado de ella. Porque no es lo mismo amar a una persona que estar enamorado de una persona, no. Vos amás a tus padres, amás a tus hermanas, amás a tus dos hermanos aún cuando ya no existen físicamente, amás a tu abuela.

Pero Michelle es especial. Lo que sentís por ella es un amor especial, un amor que no puede sintetizarse con dos palabras, un amor para el cual no existen adjetivos, un amor para el cual no podés encontrar adjetivos.

"Estoy enamorado de vos"

Y el mundo se detiene, hasta que segundos más tarde – ¿o fueron acaso milenios más tarde? – escuchás esa voz, tu sonido favorito en el mundo, susurrando en tus oídos.

"Te amo"

Tu corazón se saltea un latido y luego reanuda sus palpitaciones, cada una más desaforada que la anterior.

"Te amo" repite "Te amo, más que a nada en el mundo" su boca se estrella contra la tuya, colapsando, y entre besos siguen repitiendo las mismas palabras, los dos, sofocándose el uno al otro, asfixiándose, murmurando esas palabras.

Te amo.

Lo que los dos ya sabían, finalmente dicho en el lenguaje hablado.

Lo que el lenguaje de la piel ya les había confirmado, finalmente expresado.

La desesperación con la que sus bocas devoran la una a la otra, la desesperación con la que tus labios jalan los suyos y viceversa, esas mordidas inocentes, la dulzura de sus lenguas librando una batalla que ninguna de las dos va a ganar ni perder, todo eso pasa a un segundo plano, porque lo único que importa es escucharse el uno al otro hasta al hartazgo murmurando esos 'te amo' entre los muchos besos que están dándose.

Cuando finalmente respirar se vuelve una necesidad demasiado grande como para ignorarla por más tiempo, jadeando reposás tu frente sobre la tuya y permanecés con los ojos cerrados, sin poder creer aún que no se trata de un sueño, que es verdad que están juntos, sentados a orillas del mar, escuchando el romper de las olas mezclándose con sus propios suspiros, siendo observados desde lejos por la luna y las estrellas mientras los primeros 'te amo' son dichos.

Sin embargo, 'te amo' sigue pareciéndote poco.

Y cualquier adjetivo que puedas utilizar para intentar describir lo que sentís por ella te parece escaso, insuficiente.

"Estoy enamorada de vos" la escuchás decir, utilizando tus mismas palabras "Estoy tan, tan enamorada de vos" su frente sigue presionada contra la tuya, y sus manos están acariciado tu cuello y tu espalda a través de la tela de la remera.

"Yo también estoy enamorado de vos, muy enamorado de vos. Michelle" lográs que abra los ojos y te mire "… Michelle" aún estás esperando a que tus patrones de respiración se normalicen "Mi ángel, un 'te amo' no es suficiente, un millón de esas dos palabras no son suficientes" estás empezando a sonar incoherente, pero no te importa; querés aclararlo, explicárselo, decirle lo que sentís, decirle lo que está pasando por tu cabeza en este preciso instante "Te amo más, mucho más del 'te amo' que te digo" lográs finalmente articular.

Ahora es su dedo el que dibuja el contorno de tus labios, y es su turno de parafrasearte:

"Yo también te amo más, mucho más del 'te amo' que te digo"

"¿Vas a ser mi princesa para siempre?" preguntás, acariciando su frente y el contorno de su rostro.

"Sí" contesta, visiblemente abrumada por las emociones "Sí, mi vida. Para siempre"

Y ese para siempre empieza esta noche.

Se quedaron en la playa hasta el amanecer, simplemente abrazándose, escuchando los sonidos del mar, observando la luna y las estrellas, tratando de poner en palabras lo que solamente puede decirse con el corazón, repitiendo mil veces más lo mismo: te amo más, mucho más del 'te amo' que te digo, dejando que la frase se hundiera muy dentro de ustedes y llegara hasta las profundidades del alma, necesitando sólo besarse muy, muy despacio, extremadamente lento, perdiéndose por completo en la inocencia de esos besos.

En algún momento después de la salida del sol cayó dormida entre tus brazos, pero no cruzó por tu mente la idea de despertarla. Recostaste su cuerpo sobre la arena para que estuviera más cómoda (no querés que su cuello y espalda queden adoloridos por haberse quedado dormida en una posición sentada), con tu mano debajo de su cabeza para que no hiciera contacto con las durezas del suelo, y muy quieto y en silencio te quedaste.

Así estás ahora, a las seis de la mañana en una playa vacía, con el cielo iluminado por un sol tibio que cae sobre ella, sobre tu bella durmiente, bañándola, haciendo que las facciones de su rostro se vuelvan aún más hermosas si eso es posible.

"Te amo, Michelle" susurrás "Mucho más del 'te amo' que te digo" y seguís acariciando sus mejillas con tus dedos.


Nota de la autora:

En el siguiente capítulo voy a explayarme más acerca de la familia de Michelle, y en el capítulo 45 hace su primera entrada Martina, la hermana de Tony; el resto de sus familiares van a ir siendo introducidos de a poco, así como también la historia de cada uno de ellos y la historia de sus dos hermanos fallecidos.

En cuanto a la propuesta de casamiento, tengo algo especial planeado para eso, pero faltan bastantes capítulos en el medio que contienen otros ingredientes que pienso agregarle a la trama.

Soy muy detallista y muy meticulosa, por lo que probablemente me dedique a escribir los años y meses entre las temporadas del show con meticuloso detallismo, y voy a dejar un par de momentos que sólo van a ser mencionados para narrarlos en profundidad tiempo después. Ninguno de esos momentos es importante, son simplemente pequeñas conversaciones o pequeños instantes que van a ser agregados aquí y allá, incluyendo algunos que se refieren a los primeros meses de Michelle trabajando en la CTU, lo cual significa que George Mason y Paula van a volver a aparecer.

Como ya les vaticiné: van a terminar aburriéndose de mí.

Gracias por sus hermosísimos comentarios: son lo que me impulsa a seguir escribiendo cada día más.