No quisiera cambiarte
Y no quiero que pierdas tu personalidad

Dos segundos después de haber dejado a Michelle en la puerta del edificio en el que vive, ya estabas extrañándola terriblemente, como si no pudieras funcionar cual ser humano normal en su ausencia, como si necesitaras de ella para simplemente existir.

Mientras manejabas de vuelta a tu departamento, pedazos de una conversación sostenida entre los dos ayer por la mañana resurgieron de entre ese sector de tu cerebro en que se almacenan los recuerdos más placenteros, y las imágenes aparecieron en color vividos frente a tus ojos y podrías haber jurado que el ruido del tráfico, de las bocinas, de los autos y de los transeúntes desaparecieron para dar paso a tu sonido favorito en este mundo: su voz, esa voz que estás seguro debe escucharse todo el tiempo en el cielo, porque una voz tan hermosa tiene que ser de un ángel.

"Ocupás mucho más que un huequito, Michelle. De hecho, si no me ando con cuidado, vas a terminar significando mi vida entera"

"¿Y vas a andarte con cuidado o vas a mantener la guardia baja?"

"Sos libre de hacer conmigo lo que quieras, Michelle"

Reíste en ese momento y chasqueaste la lengua, reacción y gestos característicos de tu persona, así como también lo es la costumbre de rascarte el costado de la cara cuando estás nerviosa, muy concentrado o no sabés qué pensar o decir. De hecho, luego de reír y chasquear la lengua tus dedos rasparon suavemente una de tus mejillas, y te quedaste detenido frente al semáforo en rojo analizando ese fragmento de conversación en particular.

La guardia ya la tenés baja hace rato, incluso antes de admitir tus sentimientos y decidir que era hora de aflojar, incluso antes de reconocer que ella logró romper las paredes de cristal que envolvían a tu corazón, no sin antes haber derribado los gigantescos muros de acero que habías construido a su alrededor después de 'la experiencia Nina'.

En realidad, visto con cierta perspectiva, te das cuenta que empezaste a bajar la guardia – inconscientemente, al principio – el segundo en que la conociste, el segundo en que viste ese par de enormes ojos asiáticos.

Desde ese día en adelante, tu vida cambió por completo – por momentos sin que te percataras de esos cambios que estaban aconteciendo -, hasta llegar al punto en que se resuelve sólo alrededor de ella, hasta llegar al punto en que la necesitás a ella para ser feliz, para vivir, para respirar. Hasta llegar al punto en que ella significa tu vida entera, hasta llegar al punto en que confiás en ella para dejarle hacer de vos lo que se le ocurra, sin temer a las consecuencias, porque lo único que te importa es tenerla a ella, lo único que necesitás es tenerla a ella.

En eso pensaste durante el camino de vuelta a tu departamento, en eso y en lo mucho que te preocupa la inestabilidad de su historia familiar, lo mucho que te intriga aún no saber nada, porque desde el desconocimiento no podés ayudarla a lidiar con sus heridas. Y no hay nada que quieras más que sanarla; no te alcanza con escucharla decir que tus palabras curan todos sus males: querés saber por qué está dañada, querés saberlo para poder ser el antídoto que necesita.

Hasta ahora contás con pocos datos.

Por lo que podés ver, Danny no es un ejemplo de hermano mayor modelo, al parecer es bastante complicado y depende mucho de Michelle y de sus cuidados. Te enorgullece y te provoca admiración saber que se preocupa por él, que se hace cargo y lo ayuda en estos momentos difíciles que está atravesando, con su divorcio, su depresión y sus problemas con el alcohol. Ver este costado tan humano de Michelle hace que te enamores mil veces más.

Sabés que su abuela falleció seis años atrás, y que al parecer jugó un papel importante en su infancia.

Y sabés, por lo que te dijo mientras cenaban después de que brevemente le contaras la historia de tus padres, que los suyos no tuvieron un final feliz.

Por algún motivo, los padres de Michelle no tuvieron un final feliz.

Esas palabras pueden guardar muchos significados, desde un romance trunco, pasando por un divorcio turbulento hasta quizá una posible orfandad en una edad demasiado temprana…

En ese momento, a escasas cuadras de tu lugar de destino, hiciste un movimiento con la cabeza como si trataras de ahuyentar a una mosca y sacudiste esos pensamientos hasta mandarlos al fondo de tu mente.

Preferís ahorrarte el trabajo de sacar conjeturas y dejar que ella venga a vos cuando lo crea necesario y te cuente cómo son las cosas, no sólo respecto a Danny y todo lo que sucedió con Carrie, si no también respecto a todo lo demás. Ella sabe que puede recurrir a vos, sabe que siempre tus brazos van a estar abiertos y que vas a estar feliz de escucharla y consolarla cuando ella lo considere apropiado.

Mientras tanto te conformás con simplemente poder abrazarla, besarla, mimarla…

Eso se suponía íbamos a hacer el día de hoy: estar juntos pensaste al entrar a tu departamento, al tiempo que un suspiro de resignación escapaba tus labios, pero enseguida te diste cuenta que estabas siendo bastante egoísta, por lo cual decidiste distraerte un poco de tu necesidad de tomar el teléfono y llamarla para ver cómo estaban yendo las cosas.

Te duchaste, te cambiaste de ropa – pantalón de vestir sencillo color crema y otra de tus camisas deportivas, esta vez color celeste y de mangas largas, y debajo una camiseta blanca - y luego te tiraste en la cama sin siquiera quitar el cobertor, con intención de recargar energías y reponerte del cansancio que sentías, cansancio del cual no te habías percatado para nada la noche anterior en la playa, mientras los dos se besaban, miraban las estrellas y se perdían en esos 'te amo' susurrados tan despacio que eran a penas audibles.

La forma perfecta de terminar la cita perfecta. La forma perfecta de terminar el día perfecto.

El mejor día de mi vida, sin comparación, y fue sólo el primer día. El primero de muchos, muchos otros días hermosos que me esperan con ella.

Mientras el sueño se apoderaba de tu cuerpo hasta aflojarlo, relajarlo y nublar tu mente, tus últimos pensamientos vagaban alrededor de la idea de dormir un par de horas, comer algo ligero y luego llamar a Michelle. Si las cosas con Danny mejoraron, se te ocurrió, y se siente tranquila dejándolo solo, quizá pueda venir a cenar.

Voy a cocinar pollo al honro continuó planeando esa voz interior que habita tu cabeza y que da forma a los pensamientos que surgen en ella, mientras tus ojos se volvían cada vez más y más pesados y perdías consciencia de tus alrededores y hasta de tu propio cuerpo. Y buñuelitos de acelga y papas a la crema para acompañar. Para el postre puedo comprar helado…

Antes de que siquiera lo notaras, estabas profundamente dormido, acunado por la expectativa de tal vez volver a ver a Michelle más tarde y pasar lo que quede del día con ella, los dos tranquilos, solos y alejados del resto del mundo, hablando de todo o de nada, viendo una película clásica o dibujos animados (claramente podrías imaginar a Michelle acurrucada en el sofá, en tus brazos, viendo dibujos animados, y la sola idea te resulta adorable).

Ninguna pesadilla ni mal recuerdo acudieron para perturbar tu descanso, como si una burbuja cómoda y reconfortante se hubiera levantado a tu alrededor, formando un caparazón, un refugio.

Porque eso es Michelle para vos, incluso cuando no están físicamente juntos y sólo habita en tu cabeza, en tu alma y en tu corazón: un refugio.

Tu refugio.

El tiempo se detuvo en los relojes el segundo en que Morfeo te hizo su presa, o al menos se detuvo para vos.

Ése es tu problema: cuando caes en un sopor hondo sin preocupaciones que agiten las aguas del mar que hay dentro de vos, el mundo se para en seco y no se reanuda si no hasta que finalmente tus párpados se levantan cuando despertás. Al hacerlo, siempre tenés la sensación de que han pasado sólo escasos minutos desde que tu cuerpo se relajó, se hundió en el colchón y quedó allí inmóvil, y generalmente al fijarte en el primer reloj que tengas a mano te sorprendés al ver que los números te dicen que pasaron en realidad tres o cuatro horas.

Cuando despertaste hace un rato, eran casi la una de la tarde.

Revisaste tu celular, en búsqueda de algún mensaje de texto o llamadas pérdidas. Nada.

Revisaste el contestador de tu casa. Tampoco encontraste novedades ahí.

Dirigiste tus pasos hacia el pequeño estudio donde tenés cosas relacionadas con el trabajo, varias computadoras, un escritorio, archivadores repletos de papeles, una mesa de dibujo bastante amplia y otros muchos cajones llenos de materiales que van desde lápices de punta fina pasando por acuarelas, temperas, óleos, hojas de todos los tamaños y texturas, reglas, escuadras, compases, pinceles de lo más variados, frasquitos de tinta china de todos los colores y marcadores de diversos grosores (definitivamente dibujar es un pasatiempo que en tu vida ocupa un espacio sólo comparable al que le das a la música y al baseball).

Encendiste tu computadora personal – esa que tiene de todo menos archivos relacionados al trabajo –, chequeaste tu casilla de correo electrónico (nada interesante excepto compilados de chistes o las típicas presentaciones de Power Point relatando impresionantes historias de vida, hechos milagrosos, dando consejos para vivir mejor o alertando acerca de estafas crediticias o nuevos métodos para timar a las personas y sacarles dinero, los cuales borraste sin siquiera mirar dos veces) y estabas a punto de apagar el equipo e ir a la cocina a prepararte un almuerzo liviano cuando escuchaste el sonido del timbre.

Sonreíste de oreja a oreja, pensando que tal vez Michelle había tomado la iniciativa de ir directo a tu departamento después de haber tranquilizado a su hermano. Recorriste el tramo de pasillo hasta la cocina – donde está el portero eléctrico – pensando que lo que iba a ser un almuerzo sencillo y solitario frente al televisor se convertiría en algo muchísimo más placentero.

Tomaste el auricular en tu mano y con el corazón alterado de alegría dijiste 'hola', pero tus ilusiones se pincharon y desinflaron como si de un gigantesco globo rojo se trataran cuando una voz que conocés bien y que dista mucho de parecerse a la de Michelle dijo:

"Anthony, soy yo"

Sólo dos personas en este mundo te llaman Anthony: tu mamá – quien estás seguro no viajó desde Chicago hasta Los Angeles en las últimas veinticuatro horas – y tú hermana menor.

De ella se trataba.

"¿Martina?" respondiste sorprendido.

"¿Estabas esperando a alguien más?" la abogada en ella entró en el campo de juego, y podrías haber jurado que sus músculos estaban tensándose, poniéndola a la defensiva.

No se le escapa nada. Nada de nada.

Sí, honestamente estabas esperado que fuera alguien más, otra persona con la confianza suficiente para pasarse por allí y tocar el timbre sin invitación previa. Pero no se lo dijiste a Martina; cuando le hables de Michelle, querés hacerlo en persona y con detalles, no a través de un portero eléctrico.

Además, conocés a tu hermana y sabés cómo es, sabés que un 'sí, estaba esperando a mi novia' sería suficiente para desquiciarla.

"Ya bajo" fue tu única contestación antes de volver a depositar el auricular en su lugar.

Ahora estás en el ascensor, presionando el botoncito que dice 'Planta baja', observando tu aspecto en el espejo que cubre una de las cuatro paredes.

No lucís tan mal para alguien que acaba de despertarse de la siesta que tomó por la mañana. De hecho, lucís bastante bien: la ropa no tiene arrugas, no estás despeinado ni quedaron las marcas de la almohada en tu cara.

Te gusta estar prolijo y arreglado en presencia de tu hermana, porque su obsesión compulsiva con el orden la lleva a ser bastante insoportable cuando se topa con personas desaliñadas, provocando actitudes que pueden variar mucho y alcanzar diversos grados de locura. Recordás cuando a los ocho años pasó toda una tarde cociendo los botones de tus camisas para que quedaran perfectos y reforzados, simplemente porque los notaba 'flojos' y tenía la sensación de que iban a salirse en cualquier momento. O esa vez en la que te sermoneó durante al menos cuarenta minutos porque no te habías afeitado.

Sí, tu hermana es definitivamente un caso muy particular.

Pero la verdad es que la amás igual, y no la cambiarías por nada del mundo, ni a ella ni a su forma de ser. La amás por lo que es, incluso si es bastante rara y peculiar para la mayoría de las cosas, incluso si es terriblemente distinta a cualquier criatura de diecinueve años que haya habitado esta Tierra, incluso si una personalidad como la suya es bastante difícil de manejar a veces… Bueno, su personalidad es algo con lo que uno no puede lidiar la mayoría del tiempo, pero si no fuera así de excéntrica, obsesiva y distinta, entonces no sería tu hermana.

Llegás al vestíbulo del edificio y ves a través de los vidrios de los gigantescos portones una figura que inconfundiblemente es la suya.

Un metro sesenta y siete de altura, muy delgada sin llegar a tener un esqueleto raquítico, estilizada pero no voluptuosa, erguida como una bailarina (clases de ballet profesional desde los tres años hasta los trece, y si no hubiera sido becada en Harvard probablemente habría considerado el baile una carrera en lugar de tenerlo ahora como pasatiempo eventual), con el cabello castaño largo y lacio suelto, distinguís a los lejos su silueta dándote la espalda, sosteniendo en una mano lo que parece una bolsa de papel madera con manijas y con uno de sus muchos bolsos Luis Vuitton colgando de su otro brazo.

Cuando introducís la llave en el cerrojo y de un solo movimiento abrís la puerta, se voltea al percatarse de tu presencia detrás de ella, a escaso medio metro suyo.

"Hermanita" suspirás contento antes de darle un beso en la mejilla "¡Qué sorpresa!" sentís sus brazos alrededor de tu ancha espalda, estrechándote de manera cariñosa aunque de forma breve, ya que no resulta muy cómodo dado que sus dos manos están ocupadas, una con las azas de la bolsa de papel madera y otra con un par de anteojos de sol y las llaves del auto.

"Una agradable sorpresa, espero" te dice cuando se separan, curvando sus labios finos y propensos a resecarse (lo cual la convierte en la fanática número uno de la manteca de cacao en barra) en una media sonrisa.

Elegante y con estilo, como siempre, su vestimenta mezcla retazos de la profesional que es a pesar de su corta edad, de la mujer madura como la que actúa la mayor parte del tiempo, de la muñequita de porcelana perfecta y de la curiosa, amante del arte bohemia que podría pasar horas leyendo a autores rusos y escuchando música clásica, para luego decidir que tiene ganas de escuchar rock a todo volumen o mirar alguna serie de televisión del estilo de CSI o Law & Order.

El bolso Luis Vuitton es color crema, nada ostentoso; eso es algo que le agrada de tu hermana: no le gusta ostentar, con nada en lo absoluto, y aunque no es tímida, siempre se desprende de ella esa sensación que da a uno entender que si pudiera desearía pasar desapercibida en ciertos ámbitos y bajo ciertas circunstancias. Por eso sus ropas – si bien de diseñador -, son sencillas, como la blusa beige de mangas cortas que lleva ahora, o sus jeans azul claro.

Con tu trabajo siendo lo que es y la increíble lista de actividades que tu hermana tiene tiempo de meter entre sus horarios de trabajo en la firma de abogados de su suegro y sus cursos complementarios en la Universidad, no se ven tanto como les gustaría, por lo cual sus encuentros están plagados de largas conversaciones en las que se ponen al día con lujo de detalles.

"Sí, una sorpresa muy agradable" coincidís, asintiendo con la cabeza.

Tu hermana menor es tu confidente. Es la única con la que alguna vez hablaste de Nina y del modo en que te afectó su traición, aunque tampoco ahondaste mucho en ese tema porque dolía demasiado. Es la única a la que le contás cosas de tu trabajo, aunque sean nimiedades típicas de cualquier oficina común y corriente (aunque la CTU dista de ser una oficina común y corriente). Es la única con la que discutirías cualquier cosa (bueno, casi cualquier cosa).

Honestamente, aunque en un principio te sentiste un tanto desilusionado de que no fuera Michelle la que tocó el timbre, te alegra que Martina esté acá, te alegra que te haya dado esta sorpresa.

"¿Ya almorzaste?" pregunta casualmente durante el viaje en ascensor.

"Todavía no; estaba a punto de preparar algo"

Tu idea de un sándwich obviamente ha quedado descalificada. La presencia de Martina amerita algo especial, como unos tallarines Alfredo o pastel de carne.

"Qué bien" sonríe, y levanta la bolsa de papel madera ", porque en el camino hacia acá pasé por un restaurante de comida mexicana y traje un par de cosas"

Comida mexicana, cuándo no.

Martina tiene mucho apego a las raíces de tu familia y sus orígenes latinos, por lo cual generalmente se define a sí misma como 'mitad mexicana, mitad argentina, nacida en los Estados Unidos de América'.

De chicos tus padres y abuela les hablaban en Inglés y en Español para que aprendieran ambos idiomas al mismo tiempo, por lo cual vos y tus hermanos son fluidos en esas dos lenguas, pero tus padres – también fieles a sus orígenes – los instaban a utilizar el Español dentro de la casa para comunicarse entre ustedes o con ellos, los alentaban a mirar televisión en Español y de hecho les inculcaron la costumbre de considerar al Español su primer lengua. Es por eso que la mayor parte del tiempo tu cabeza funciona en Español, y naturalmente, de forma automática y sin pensarlo al hablar con tus compañeros de trabajo y demás personas con las que te relacionás las palabras salen solas en Inglés sin necesidad de que te esfuerces mucho.

En el caso de Martina – que además habla Francés, Portugués e Italiano – el de sus ancestros es un idioma tan preciado y tan especial que debe reservarse sólo para ocasiones especiales, siendo éstas cuando está muy enojada o cuando está demasiado feliz, para verbalizar sus pensamientos dentro de su cabeza y mantener discusiones internas y para comunicarse con sus hermanos y padres cuando en presencia de personas que desconozcan la lengua quiera decir algo sin que los demás se enteren de lo que está diciendo.

Una vez dentro del departamento van directo a la cocina y comienzan a preparar la mesa para comer – mantelitos individuales, platos, vasos, servilletas, una botella de gaseosa sobre la mesa -, mientras conversan.

"Estoy feliz de que hayas venido" comentás con absoluta sinceridad.

"A decir verdad, fue un plan de último momento" confiesa; notás que sus manos de dedos largos y finos que terminan en uñas prolijamente arregladas y barnizadas con una capa de brillo natural acomodan con meticulosidad los mantelitos y la vajilla hasta que quedan perfectos y a su gusto "Kiefer y yo íbamos a…"

"Deberías relajarte y ser menos minuciosa" deslizás el consejo, interrumpiendo su explicación sobre qué la llevó a visitarte inesperadamente, al tiempo que te dejás caer en una de las banquetas y gesticulás para que ella se siente frente a vos antes de empezar a servir la quesadilla, los burritos y los tacos.

"Anthony, no empecemos" te pide con delicadez, diciéndote en pocas palabras que el simple hecho de que señales su obsesión con las pequeñas cosas no va a hacer que eso cambie, y recordándote que tampoco tendría que tener intenciones de cambiarla.

Y la verdad es que no tendrías por qué sugerir cambios: es como es, y es tu hermana.

"Estaba diciendo…" la animás a retomar lo que interrumpiste.

"Kiefer y yo íbamos a pasar el fin de semana juntos" Dios, está tan enamorada de Kiefer que tiene que meterlo en todas las conversaciones grita tu parte celosa, pero rápidamente la hacés a un lado, porque ahora entendés lo que es estar loca y perdidamente enamorado de una persona: si por vos fuera, pasarías horas y horas hablando de Michelle, y por mucho que el resto del mundo se hartara de escucharte vos no te cansarías.

Así es tu hermana con él, llegando al punto en que la familia Almeida en toda su extensión sabe prácticamente de memoria la biografía de Kiefer Vayssiere narrada según Martina Almeida.

Cabello color arena, ojos grises, cuerpo atlético obtenido gracias a su fanatismo por el rugby y otros deportes (cualquier clase de deporte excepto el baseball, una partecita tuya agregaría con irritación; te cuesta entender como a un ser humano en sus cabales no le interesa el baseball), ronda los veinticuatro años, conoció a tu hermana en su primer año en Harvard cuando asistió a una lectura complementaria sobre el Código Penal en la cual ella era asistente del profesor.

Hijo único de una familia de Pasadena, su padre es socio principal de un importante bufete de abogados que se encarga de llevar todo tipo de casos desde turbulentos divorcios donde criaturas inocentes y bienes costosos están implicados en medio de un enredo de entredichos, engaños, mentiras, confusiones, odios y broncas, pasando por fraudes crediticios y estafas, hasta conflictos laborales de toda índole, acabando gloriosamente con la frutilla del postre: la mayoría de los abogados penalistas de esa firma colaboran con la fiscal de distrito hablando por los que han perdido sus voces o han quedado indefensos - víctimas de asesinatos, violaciones y abusos, entre otras cosas -, sector en el cual trabaja tu hermana haciendo revisiones, redacciones, señalando errores y observando puntos que otros pasan por alto.

Martina tenía catorce años y estaba en su segundo año de Harvard cuando empezó a trabar amistad con Kiefer – quien acababa de ingresar al colegio - ; ambos estaban flechados el uno con el otro según tu hermana porque se percibía entre ellos 'un fuerte magnetismo y entendimiento a nivel intelectual'.

Ella no vivía en el campus, porque a tus padres no les hacía mucha gracia que su hija pequeña anduviera rodeada de jóvenes mayores y a ella tampoco le atraía mucho ese estilo de vida porque nunca fue partidaria de 'irse de fiesta y beber hasta explotar', por lo cual tu abuela Rosita vivía con ella en un departamento cercano a la universidad; en esa época Rosita Almeida tenía plena función de sus facultades mentales y dirigía su propia mediana empresa; no le importó mudarse unos años con su nieta, de hecho, lo disfrutó bastante porque el tiempo pasado en Massachusetts le fue útil para extender aún más su negocio (pensar que ahora no recuerda siquiera su nombre…).

Cuando tu hermana tenía dieciséis años y él rondaba los veinte comenzaron a salir, y las cosas se volvieron formales cuando fue presentado oficialmente a la familia como 'el primer novio de la pequeña'.

Un año más tarde Martina concluyó sus estudios y se quedó viviendo en Massachusetts hasta que Kiefer finalmente se graduó tiempo después. Ya con sus licenciaturas en Derecho – aunque especializados en distintas ramas –, Kiefer se mudó a Los Angeles para trabajar con su padre, tu abuela Rosita – quien ya comenzaba a manifestar los primeros signos del Alzheimer aunque nadie se percataba de ello – regresó a Chicago y Martina rentó un apartamento Pasadena para comenzar su carrera en el bufet de su suegro.

Desde hace más o menos un poco más de un año y medio tu hermana vive sola en un piso que queda a escasas calles de la casa de su novio, tiene un empleo extremadamente bien pago, asiste a diversos cursos en la Universidad 'sólo para satisfacer su curiosidad e incrementar sus conocimientos' no porque 'no pueda hacerlo por sí sola si no porque quiere tener un título y un diploma que lo abale' y viaja regularmente a Chicago para ver a sus padres.

Así de independiente es: una mujer atrapada en el cuerpo de una adolescente.

Su única dependencia es Kiefer, y hasta hace poco te burlabas abiertamente (sólo para hacerla enfadar) del hecho de que no se hayan separado prácticamente ni dos días seguidos desde el momento de su primer beso, pero ahora ya no te parece ni tan absurdo ni tan ridículo ni tan propio de una novelita romántica de Danielle Steel, porque ahora sabés lo que se siente. Porque ahora vos sentís la misma dependencia, la misma necesidad cuando se trata de Michelle, las mismas ganas de estar con ella todo el tiempo, y hablar de ella todo el tiempo, sin parar, sin importar que quieran o no escucharte, simplemente feliz de poder pronunciar su hermoso nombre en tus labios y llamarla 'tuya'. Tu Michelle, y de nadie más.

Sos arrancado de tus pensamientos por la voz animada de tu hermana.

"Pero el socio que se ocupa de llevar los casos importantes en cuanto a divorcios y situaciones familiares recientemente inició una licencia inesperada por motivos de salud, y por alguna causa que escapa a mis conocimientos septiembre es el mes en que las rupturas y conflictos judiciales maritales son más populares, así que esa área del bufete está tapada de trabajo. Su padre lo llamó esta mañana y le pidió que fuera a ayudar supervisando la redacción de algunas demandas. Nada muy interesante, pero probablemente esté todo el fin de semana con las narices metidas en eso" concluye con un suspiro de resignación.

"Por eso para pasar el rato se te ocurrió venir a visitar a tu viejo y aburrido hermano mayor" fingís un tono de voz acusadora que denota sentimientos profundamente heridos.

"Anthony, no seas tonto" te reta, y te sorprende lo mucho que puede sonar como tu mamá a veces, en especial cuando ese acento producto de hablar varios idiomas con fluidez aparece más marcado "Llevo semanas queriendo venir a verte" te recuerda "Te llamé el otro día y acordamos que dadas las circunstancias" está refiriéndose a la bomba y a todos esos sucesos desagradables que se desencadenaron "nos reuniríamos pronto. Bueno, hoy surgió la posibilidad"

"Me alegra que hayas venido" repetís.

"Además" sigue ", mamá ha estado las últimas setenta y dos horas enloqueciéndome" agrega con un inexplicable tono de reproche.

"¿Enloqueciéndote?" preguntás antes de que los cables en tu cabeza hagan contacto y compredás a lo que Martina está haciendo referencia.

Sobreviviste a una bomba, fuiste parte de un operativo para impedir que estallara una segunda arma nuclear más poderosa y te las arreglaste para probar al Presidente David Palmer que estaba a punto de comenzar una guerra innecesaria contra tres países inocentes basándose en acusaciones falsas y pruebas forjadas por malvados que sólo tenían en mente sus propios intereses, y en el medio empezaste una nueva relación con la que sabés es la mujer de tu vida.

Tuviste 'un día de aquellos', y no fuiste capaz de levantar el maldito tubo y llamar a tu mamá.

"¡Ella tampoco me llamó!" protestás, en un vano intento de excusarte, cuando te das cuenta de qué va todo eso.

"Papá la convenció de que te dejara en paz, de que te diera espacio para respirar. Dijo que sería mejor dejarte solo y que vos los llamaras cuando creyeras conveniente. Al principio ambos estaban preocupados, pero cuando les dije que había hablado con vos y que estabas bien se quedaron más tranquilos y decidieron no perturbarte"

"Pero mamá te pidió que pasaras a verme y me leyeras los cargos de los que se me acusa por ser un mal hijo" sacás tus propias conclusiones sin necesidad de que Martina sea más explícita en su versión de los hechos.

"Sí" reconoce, asintiendo la cabeza y sonriendo, lo cual otorga un brillo especial a sus enormes ojos pardos.

"Voy a llamarla esta noche" te prometés a vos mismo.

"Va a ponerse contenta cuanto te escuche así"

"¿Así cómo?" inquirís con curiosidad.

"Así: mejor, feliz"

Mejor que la última vez que me vio, mucho más feliz, porque ahora tengo un motivo por el cual ser enteramente feliz, algo que me importa más que nada y que hace que todo lo demás empalidezca.

"Estoy mucho mejor" reconocés.

"Se nota a la legua. Se nota en tus ojos, en tus expresiones, en tu risa" enumera, y luego se detiene antes de comentar dulcemente "… Extrañaba tu risa, Anthony. No esa risa que forzabas para hacernos creer que estabas recuperándote" te acusa, y vos te sonrojás con el corazón cargado de culpa ": esta es una risa natural y sincera. Tenés mejor color" prosigue "; antes parecías un cadáver con la piel cetrina pegada a los huesos enflaquecidos…"

"Ey, hermanita, gracias por los halagos" la frenás.

Pero lo cierto es que estás disfrutando esto, estás disfrutando que se dé cuenta del cambio radical en tu aspecto y en tu ánimo, porque entonces cuando le cuentes sobre Michelle, cuando le digas que encontraste al amor de tu vida y que se prometieron vivir el cuento de hadas más hermoso juntos, en lugar de ponerse a la defensiva y comenzar con un interrogatorio exhaustivo y tensarse ante la mínima mención del tema, va a tomarse las cosas de forma más relajada, con otra predisposición, sin sentir la necesidad abrumadora de sobreprotegerte y cargarte de consejos para que 'la experiencia Nina' no se repita con otra compañera de trabajo que 'podría terminar siendo otra de ésas que apuñala por la espalda'.

"¿Puedo preguntar algo, Anthony?" no es timidez lo que se encierra en esa frase, porque Martina con vos no es tímida, mucho menos cuando se trata de hacer preguntas; más bien es cierta cautela, como si estuviera temerosa de meter el dedo en la yaga, como si no quisiera pulsar la tecla equivocada y abrir viejas heridas que aún no cicatrizan bien.

"Lo que quieras" es tu contestación.

"¿Seguís teniendo pesadillas?"

"Ya no" estás orgulloso de poder decirlo y que sea verdad, y no sólo una mentira dicha al auricular del teléfono para tranquilizar a tu alterada madre (a Martina jamás le mentirías – ni en la cara ni por teléfono ni por ningún medio posible- porque se daría cuenta enseguida).

Cualquier pesadilla queda reducida a nada cuando te dormís pensando en Michelle, cualquier pesadilla pierde fuerza comparada con el recuerdo de su risa, el brillo de sus ojos y el sabor de sus besos. Ni siquiera los sueños más horribles del mundo podrían resistir si se enfrentaran a ella, a esa sensación tibia que invade tu estómago cuando pensás en lo lindo que se siente abrazarla y escuchar su corazón latiendo junto al tuyo, acompasados ambos ritmos, como si fueran dos mitades de un mismo ser.

Te gustaría contarle eso a Martina. Te gustaría contarle que finalmente entendés lo que significa amar a otra persona tan loca y apasionadamente como ella ama a su novio. Querés decirle que finalmente comprendés ese brillo que aparece en sus ojos cuando habla de Kiefer, y esa necesidad de meterlo en cada conversación. Te gustaría contarle cómo tu personalidad se transforma cuando estás con Michelle, cómo te volvés alguien totalmente distinto. De hecho, sólo con Martina te animarías a hablar de estas cosas que el amor provoca en vos.

"Voy a lavar los platos" anuncia al notar que ambos han terminado sus raciones.

"No hace falta" le decís cuando se pone de pie sosteniendo ambos platos uno en cada mano "Yo puedo hacerlo"

"No, Anthony, en serio, yo lo hago" insiste, dirigiéndose al fregadero "Podés preparar un té de vainilla para mí y un café para vos" sugiere.

"¿Por qué no café?" inquirís extrañado.

Otra cosa que compartís con ella es tu adicción por la cafeína, aunque tu hermana no es tan extremista como para pensar que cualquiera que ose a suavizarlo con leche y azúcar es un demente sin remedio.

Eso pensabas vos, hasta que conociste a Michelle y notaste que la que para todos los demás era 'la chica nueva' tenía por costumbre tomar varias tazas diarias de ese líquido claro capaz de provocarle un coma diabético a una persona sana, y comenzaste a preguntarte cómo sabrían café, crema, leche y azúcar juntos si los probabas en un beso suyo.

Luego llegó ese día fatídico menos de una semana atrás (por momentos se te hace como si de esa madrugada del pasado miércoles te separar años, siglos, milenios, vidas), cuando en ese corredor oscuro y vacío se besaron por primera vez mientras las lágrimas caían de sus ojos y ella temblaba de pies a cabeza, sostenida por tus brazos para no caer, y finalmente comprobaste que el café con leche, crema y azúcar no es tan malo ni tan aberrante como creías si lo probas de su boca.

Si le contaras a Martina que besaste a una compañera de trabajo en medio de una crisis global en la cual peligraba la paz de este país y la de muchos otros, no te lo creería, por mucho que sea capaz de darse cuenta cuando mentís y cuando decís la verdad. Se te ocurre que hasta pondría en duda su capacidad de leer a las perdonas en lugar de creerte enseguida.

Y si le contaras que minutos después de eso dejaste a otro ser humano tocar tu preciada taza de Chicago Cubs, y que antes de eso la llenaste con café, crema, azúcar y leche, definitivamente te recomendaría hacerte ver por un terapeuta.

Sonreís mientras ponés agua dentro de la jarra de la cafetera, preguntándote cómo reaccionará Martina cuando le cuentes sobre Michelle y la forma en que las cosas se desarrollaron, tan de golpe que por momentos sentís ganas de pincharte para comprobar que no es un sueño, que no es mentira, que es verdad que finalmente están juntos.

"Anthony" escuchás la voz de tu hermana llamando tu atención.

Cuando levantás la cabeza para verla, la encontrás en la otra punta de la mesada, terminando de secar los platos y los vasos, y por el brillo en su mirada y basándote en el sonido de tu nombre al ser pronunciado, te das cuenta que hay algo detrás de todo esto, algo que la preocupa, algo que quiere compartir con vos.

Tu primer instinto te lleva a pensar que mintió acerca de Kiefer y ese fin de semana que tiene que pasar en la oficina tapado de papeles y que en realidad discutieron; tu hermana y su novio nunca discuten, de hecho, es como si Dios los hubiera hecho el uno para el otro (algo que antes no comprendías y que ahora comprendés porque encontraste esa otra mitad que le faltaba a tu alma), pero ninguna pareja está libre de meterse en problemas…

Sin embargo antes de que los engranajes de tu cerebro puedan seguir maquinando teorías, Martina finaliza lo que empezó a decir.

"No puedo tomar café" es su respuesta "Tengo dos semanas y media de retraso: existe la posibilidad de que esté embarazada" anuncia con más formalidad de la que cualquier otra mujer usaría para comunicar algo así.

Lo dijo como si estuviera hablando con un colega sobre una demanda contractual o como si estuviera haciendo un comentario casual sobre el clima, pero vos podés ver más allá de todo eso: podés ver la preocupación que la envuelve, el miedo, la angustia, la incertidumbre, todos sentimientos que Martina Almeida definitivamente no está acostumbrada a experimentar; debe ser rarísimo para alguien tan compuesto y perfeccionista en cada pequeño detalle de su vida y a quien le gusta tener todo planeado a su gusto verse de pronto enfrentando una situación inesperada.

Así que esas eran las novedades suspirás para tus adentros.

No decís nada, simplemente dejás la cafetera a un lado haciendo su trabajo, tomás a tu hermana del brazo y lentamente la conducís hacia la sala de estar para que se siente en el sillón. Te dejás caer lentamente a su lado y exhalás. Tratás de abrir la boca y hablar, pero nada sale: esto te ha tomado tan de sorpresa como probablemente a ella. No sabés qué decir. No se te ocurra qué decir, porque tampoco sabés qué es lo que Martina necesita escuchar.

"¿Cuáles son tus síntomas?" no sabés mucho del tema, pero si tenés conocimientos básicos, los que poseen las personas en general.

"Sólo el retraso. Y me siento más cansada de lo normal"

"¿Es por eso en realidad que viniste a verme, ¿para contarme de tu posible embarazo?" no sonás acusador en lo absoluto, simplemente la curiosidad te mueve a preguntar.

"No" niega con la cabeza "Es cierto que Kiefer tiene que trabajar este fin de semana y es cierto que tenía ganas de verte y asegurarme de que estuvieras bien" se explaya "; pero parte de querer que nos viéramos se debe a… esto" concluye, tan compuesta como si estuvieran hablando de un tema de interés general y no de algo tan delicado como lo podría ser un embarazo.

"Martina…" comenzás, pero ella te interrumpe.

Ibas a decirle que dejara de actuar como una profesional en el estrado, que se aflojara un poco y dejara libres sus emociones, pero evidentemente ella quiere hacer las cosas a su manera, la manera en la que está acostumbrada a manejar los problemas, la manera con la que se siente más cómoda.

No sos quién para cambiar a tu hermana, no sos quién para obligarla a actuar como la mayoría de las mujeres lo harían, no si no encaja con su personalidad.

Amás a tu hermana por lo que es, y te alegra que sea ella misma en toda situación.

"Kiefer es el hombre perfecto. Su familia es perfecta. Él sería un excelente padre, y mis suegros serían excelentes abuelos"

"Y vos serías una excelente madre" acotás.

"Ya lo sé, Anthony" dice con un dejo de exasperación "El problema es que no sé si estoy lista para tener un hijo. Tengo diecinueve años, mi carrera acaba de empezar. Podría estar trabajando en la fiscalía dentro de dos o tres años, podría llegar a fiscal antes de los treinta años si me lo propusiera, y es lo que me propongo…"

"Pero ser madre no está en tus planes" resumís, tratando de ayudarla a abrirse y compartir lo que sea que lleve dentro.

"A esta altura de mi vida, no" suspira, un suspiro largo y pesado cargado de tensión antes bien disimulada pero que ahora puede notarse un poco más "¿Sabés cuáles son mis principales preocupaciones respecto a esto?" no espere que contestes, obviamente, por lo cual continúa hablando antes de que tengas tiempo de abrir la boca para replicar "Quedarme estancada en mi carrera y ser simplemente una abogada que colabora con la fiscalía no sería lo peor; podría dedicarme a otras cosas. Podría escribir libros, dar conferencias, dar clases de Derecho en UCLA, incluso. Y creo que si me esforzara podría llegar a ocupar el puesto de fiscal algún día; la maternidad y mi carrera no tendrían por qué excluirse la una a la otra, a decir verdad" reflexiona.

"Lo que te preocupa es otra cosa, entonces" la animás a seguir, intuyendo de qué se trata todo esto.

"Lo que me preocupa es el escándalo que mamá armaría. Eso me preocupa" confirma tus sospechas.

Tu mamá es una mujer… especial. Fue criada en una familia de católicos practicantes, muy tradicionalistas, y no hay nada para tu madre más importante que apegarse a seguir las tradiciones.

Cuando eras chico te llevaban a vos y a tus hermanos a misa todos los domingos, bien temprano. Los ataviaba con sus mejores ropas y debían sentarse ahí durante varias horas y prestar atención, porque luego de regreso a casa tu mamá les hacía preguntas sobre el servicio religioso y el contenido de éste, insistiendo en explicarles las cosas que no hubieran entendido y animándolos a discutir sobre teología, incluso si eran sólo criaturas que no pasaban los diez años. Recordás también que debían comportarse ejemplarmente en la iglesia si querían tener la tarde del domingo libre para jugar.

Sí, tu mamá es amorosa y dulce, una madre dedicada y una excelente persona, pero también puede ser muy estricta con algunas cosas, muy exigente, muy anticuada.

Una de esas cosas es respetar las tradiciones católicas al pie de la letra, y eso incluye conservar la virginidad hasta el matrimonio.

Tus otras hermanas – Eva, Gabrielle y Fiona – se casaron muy jóvenes con muchachos de otras respetables familias católicas, los tres también de origen latino. No te interesa saber sobre sus vidas íntimas, por lo cual no vas a poner en duda que satisficieron los deseos de tu madre; después de todo, ella nunca tuvo razones para sospechar lo contrario, porque todo lo que veía era a sus hijas comportándose ejemplarmente como señoritas bien educadas y obedientes.

Esa es otra cosa que hay que saber de tu mamá antes de conocerla: no la lastima lo que no puede ver, por eso en sus ojos Martina sigue siendo una jovencita igual de encantadora, educada y obediente que tus otras tres hermanas, que pacientemente va a esperar hasta el día en que se case para entregarse a su marido.

De hecho, tu mamá está tan acostumbrada a ignorar lo tácito para no ser herida por ello, que solías creer que no asumió el hecho de que vos tuviste sexo con muchas mujeres sin intención de casarte con ninguna de ellas hasta que durante ese día de Acción de Gracias en el cual Nina visitó la casa de tus padres para conocer a tu familia 'la arpía' se encargó a través de pequeños e 'inocentes, para nada malintencionados gestos' de que tu madre se enterara que tan activa era tu vida sexual.

En realidad, cuando hablaste con ella – con tu mamá – después de que las aguas se calmaran luego de las indebidas actitudes de Nina, te dejó en claro que no era lo suficientemente estúpida o ingenua para creer que su hijo varón de más de treinta años seguía esperando a 'la mujer indicada' (sos un hombre, al fin y al cabo, nunca esperé que siguieras las tradiciones en las que creo al pie de la letra, te dijo), pero te recordó que las expectativas que ella tenía puestas en vos según la forma en que te educó implicaban que no menospreciaras ni trataras como un objeto a mujeres con las que podrías iniciar una relación seria, que no te enamoraras de una mujer capaz de considerar tener con un hombre 'asuntos de una sola noche', que no te enamoraras de una cualquiera que pasó por los brazos de muchos hombres y que no decidieras casarte con una chica con un 'pasado', porque no sería esa la clase de madre que le gustaría para sus futuros nietos.

Sin embargo, tu mamá sí es lo suficientemente ingenua como para creer que Martina y Kiefer no hacen más que agarrarse de la mano y darse besitos inocentes mientras miran una película de Julia Roberts.

"Kiefer y yo prácticamente vivimos juntos, él tiene más cosas en mí departamento que en el suyo propio; si mamá se enterase de esto pegaría el grito en el cielo, por eso todavía no nos mudamos a una casa en común, aunque hemos discutido el tema" continúa "Honestamente, Tony" vuelve a suspirar "no veo nada de malo en hacer el amor con mi novio fuera del matrimonio. El concepto de mamá en cuanto a qué diferencia a una dama de una 'cualquiera' está equivocado. No apruebo a aquellas que tienen relaciones casuales con hombres que ni siquiera conocen o que dejan que las traten como objetos, pero…"

"Martina" la interrumpís al darte cuenta que está yéndose de tema y que por mucho que se esfuerce en no perder el control por dentro debe sentirse alterada ", coincido con vos en cuanto a que mamá a veces es demasiado anticuada y estricta" ponés una mano en su hombro "Probablemente le dé un ataque si le decís que estás embarazada, en el caso que lo estuvieras, pero papá sabría como calmarla y hacer que entre en razón; él tiene la mente mucho más abierta"

"Porque a él sí le llegó la tarjeta de 'bienvenido al siglo XXI', evidentemente" comenta con sarcasmo y una sonrisa genuina se pinta en su rostro.

Es cierto: tu papá es mucho más comprensivo, mucho más abierto y mucho más propenso a entender este tipo de cosas, quizá porque al trabajar en el hospital está en contacto con una realidad un poco más cruda que refleja costados de la sociedad que tu mamá se niega a ver o a aceptar como parte del mundo en el que viven.

"No quiero que mamá se sienta desilusionada" confiesa.

"¿Cómo podría sentirse desilusionada de vos, Martina?, ¿o decepcionada?" tratás de animarla, frotando su espalda.

"Mamá me considera algo así como la perfección encarnada" es verdad pensás, pero no se lo decís "y yo también me considero perfeccionista en extremos, en el noventa y nueve porciento de los ámbitos de mi vida. Me gusta la presión, me gusta ser exigida, pero no me gusta complacer a los demás: me gusta complacerme a mi misma, basar las acciones que llevo a cabo en mi vida privada en lo que yo creo correcto y no en lo que otros creen que es mejor. Sin embargo, odiaría despertar en mamá sentimientos de decepción"

"Creo que lo importante es, antes de preocuparte con todas estas suposiciones, es quitarte la duda" sugerís, no sabiendo cómo abordar un tema que en tu opinión debería discutirse sólo entre mujeres porque para algunos hombres podría resultar dolorosamente incómodo "¿Hablaste de esto con Kiefer?" preguntás, dándote cuenta que hasta ahora no fue mencionado ese detalle, el cual es bastante importante.

"No. Sé que debería decírselo, pero no quiero ilusionarlo o generarle expectativas cuando ni siquiera yo estoy segura. Hasta ahora no es más que una duda, y sé que si se lo dijera empezaría a hacer planes y… No quiero lastimarlo, no quiero que en su cabeza se formen ideas y que después tenga que dársela contra la pared. En caso de que sea sólo una falsa alarma, prefiero que no se entere. Prefiero decírselo una vez que yo lo haya confirmado"

Un breve instante de silencio cae entre ambos, durante el cual las pequeñas manos de su hermana toman una de las tuyas entre ellas. Cuando la mirás a los ojos, ves por primera vez en mucho tiempo lágrimas brillando ahí, y una expresión de susto e incertidumbre que jamás creíste se reflejarían en el rostro de Martina Almeida.

En este instante más que nunca la ves como lo que es, más allá de todo: una joven de diecinueve años con una vida rara y poco usual, pero que en el fondo a pesar de aparentar ser fuerte y compuesta bajo cualquier circunstancia tiene miedos y dudas como el resto del mundo.

"Es tonto, ¿no es cierto?, ¿que yo me encuentre débil ante una situación como ésta?"

"No, Martina, no lo es" le asegurás, deseando que pudiera permitirse llorar, que se dé la oportunidad de expresar sus sentimientos más abiertamente que de costumbre "Nunca te gustaron las cosas inesperadas, siempre te ponen de mal humor" comentás, tratando de mejorar un poco el ánimo y el ambiente en general.

"Este bebé, en el caso de que existiera, dista de ser mi mayor preocupación" te recuerda "Mamá y lo que ella opine o piense o sienta al enterarse son mis preocupaciones principales"

"Mamá nunca dejaría de quererte, Martina, no por algo como esto. Por nada, en realidad…"

"De todos modos, la perspectiva de escuchar un sermón sobre la decepción, la deshonra a las tradiciones y demás no me hace mucha gracia" comenta con cierto sarcasmo agrio.

"Martina, insisto: deberías quitarte la duda primero, y luego juntos con papá podemos encargarnos de manejar a mamá" proponés.

"Anthony" suspira ", estas últimas dos semanas y media las pasé tratado de armarme de coraje, comprar una maldita prueba casera de embarazo en una farmacia y tomarte cinco minutos para descubrir si estoy esperando un hijo o si simplemente tengo un retraso debido a una anemia, a un cuadro de estrés o a cualquier otra cosa que avale los síntomas. Sucede que nunca logré encontrar ese coraje" concluye, exhalando profundamente otra vez "Nunca tuve miedo a nada, y de repente esto…"

"De repente esto te demuestra, hermanita, que aunque seas una persona muy especial seguís siendo un ser humano de carne y hueso" la interrumpís, sonriendo dulcemente y depositando un beso en su cabeza.

"Tengo esta angustia, este nudo en el estómago, al que no estoy acostumbrada" trata de respirar "… y sé que no va a irse hasta que sepa si estoy embarazada o no, pero no puedo hacer esto sola" suspira, cansada "Anthony, llevo casi diez noche prácticamente sin pegar un ojo, trato de actuar normal delante de Kiefer para que no sospeche y me cuesta mucho, y la duda ya es tan grande que siento que voy a explotar, sumado a lo mucho que me preocupan las repercusiones que esto pueda tener en mamá…"

"Martina" volvés a depositar un beso suave en tu cabeza ", me alegra que estés compartiendo esto conmigo" confesás. Si bien al principio te habías sentido incómodo con la situación en general, te pone contento saber que tu hermana confía en vos lo suficiente para venir con sus problemas, mostrar debilidad y fragilidad – dos cosas que nunca antes había admitido – y pedirte, aunque sin verbalizarlo en palabras, contención.

"Con vos y con Kiefer comparto todo, Anthony, pero lo conozco muy bien a él: se sentiría devastado si no estuviera embarazada. Si le dijera que existe la más mínima posibilidad de estar esperando un hijo, amaría la idea enseguida, por mucho que no lo hayamos planeado. Y si el resultado fuera negativo, le costaría tolerarlo"

"Es algo muy lindo que quieras protegerlo"

Esta vez entendés esa necesidad de cuidar a la otra persona: es la misma necesidad que te invade a vos cuando pensás en Michelle y en lo mucho que desearías evitar que cualquier daño le sea hecho, lo mucho de lo que serías capaz con tal de que jamás le hicieran mal.

"Anthony, ¿puedo quedarme a dormir acá?" te pide, y aunque sigue hablando, parte de tu cerebro está escuchando lo que dice y otra parte está pensando en las ideas que tenías para el resto del día, para la noche, esas ideas en las que estaba sumergida tu mente unas horas atrás mientras ibas quedándote dormido acunado por la idea de llamar a Michelle, ir a buscarla y pasar tiempo con ella "Kiefer va a volver tarde a su departamento, así que le dije que probablemente me quedaría en tu casa todo el fin de semana. Además, aún no me contaste sobre lo que pasó en tu trabajo…"

Lo que pasó es que la mujer más hermosa del mundo y yo finalmente fuimos unidos por el destino. Y ahora cada segundo lejos de ella duele terriblemente.

Que tu hermana conozca a Michelle bajo tanta presión con todo el tema de su posible embarazo no te parece buena idea, en especial teniendo en cuenta que Martina no se lleva bien con la gente enseguida; además, te gustaría explicarle detenidamente quién es Michelle, cómo es y cómo es tu historia con ella en lugar de presentarla como a tu novia y compañera de trabajo: después de lo ocurrido con Nina, probablemente desconfiar de ella sería parte de los instintos naturales de Martina y no aflojaría o bajaría la guardia por largo tiempo.

"Tengo un bolsito con una muda de ropa en el coche. Podríamos quedarnos despiertos jugando a las cartas, al TEG, ver una película… Cualquier cosa para distraernos de nuestros problemas. Debés haber quedado muy herido emocionalmente después de lo de la bomba en la CTU; te vendría bien algo de compañía. Nos vendría bien mantenernos acompañados…"

Toda la compañía que quiero es a Michelle. A Michelle en mis brazos. No necesito nada más que eso. No quiero nada más que eso.

Podrías decirle a tu hermana que tenés otros planes, podrías fingir estar demasiado cansado, podrías tratar de mentir aunque sabés que no tendrías éxito. Pero por otro lado, a Martina le cuesta abrirse, le cuesta mostrarse vulnerable, y ella acudió a vos con un peso sobre los hombros en búsqueda de consuelo, consejo y alivio. No podés dejarla sola. Es tu hermana. No podés. Así como Michelle dejó de lado sus ganas de estar con vos para ir a ayudar a Danny, vos tenés que hacer lo mismo con ella, aunque te duela terriblemente, aunque la abstinencia del amor de tu vida te mate.

"¿Qué decís, Anthony?"

"Me parece una buena idea" asentís con la cabeza automáticamente.

Vas a tener que llamar a Michelle y decirle que no van a poder verse hasta el lunes. ¡Hasta el lunes! Son casi cuarenta y ocho horas sin besarla, sin tocarla, sin acariciarla, sin abrazarla. Pero vas a tener que aguantar; te va a servir de entrenamiento para cuando sólo puedas verla a lo lejos durante las horas de trabajo, es el pensamiento consuelo que te regalás.

La voz de Martina te extrae de tu burbuja de reflexiones.

"Incluso hasta quizá podría ir a una farmacia, comprar la prueba de embarazo y deshacerme de esta duda de una buena vez por todas, ¿no?" sonríe tímidamente, tratando de armarse de coraje y esforzándose por parecer más compuesta de lo que en realidad lo está, más adulta de lo que en realidad es, algo que generalmente le sale muy bien pero que en este caso no.

Las circunstancias son definitivamente más grandes que cualquier otra cosa que haya tenido que enfrentar, y se nota en la forma en que de pronto esa chica joven que ante los ojos de cualquiera pasaría por una mujer de edad mucho mayor, profesional y lista para llevarse el mundo por delante y sostener la carga más pesada se empequeñece ante la perspectiva de decepcionar a su madre y a sus 'expectativas' en ella.

Definitivamente lo que tu mamá piense u opine le importa demasiado. Le importa más de lo que debería, en realidad. Le preocupa correr el riesgo de que su perfección se haga añicos, tal vez porque prácticamente desde que a los dos años aprendió a leer y a escribir sola – sorprendiendo a toda la familia y a todos los pediatras y psicólogos a los que visitó – tus padres han estado alabando sus logros, alabando sus capacidades intelectuales, su responsabilidad, su facilidad para aprender cualquier cosa y para tener éxito en todo lo que emprendiera.

Y ahora siente que todo eso puede deshacerse simplemente porque no escuchó a tu madre y a su eterna cantinela de 'reservarse para el matrimonio', lo cual podría descubrirse si estuviera embarazada.

Tu hermana es así: perfeccionista, obsesiva compulsiva del orden, rara, complicada, con un coeficiente intelectual altísimo, necesidad de complacerse a sí misma y alcanzar sus metas por satisfacción propia, moderna en cuanto al pensamiento sobre cómo se comporta la sociedad, ermitaña a veces, celosa, poco sociable en entornos desconocidos, sobre protectora de algunas personas que le importan demasiado (entre las cuales te contás), extravagante a veces, excéntrica, clásica, todo al mismo tiempo, todo conviviendo dentro de la misma persona.

Y no la cambiarías por nada del mundo, jamás desearías que perdiera su personalidad: así es tu hermana menor, así fue siempre, y así la querés. Así la apoyás. Así irías con ella hasta el fin del mundo.

"¿Puedo ir a tu pieza a dormir la siesta?" pregunta, y de pronto te ves transportado a las épocas en que tenía cinco años y andaba por la casa cargando grandes volúmenes – libros, enciclopedias, lo que sea, como la nena esa de la película que vieron ayer con Michelle – hasta tu habitación; se sentaba en tu cama y se quedaba ahí leyendo en voz alta por horas, compartiendo con vos datos interesantes u opiniones sobre la historia y los personajes. Luego, cuando se sentía cansada, se metía debajo de tu cobertor y se quedaba dormida con la cabeza enterrada en la almohada y el pesado libro a un lado 'haciéndole compañía'.

"Por supuesto"

Durante el tiempo que duerma puedo llamar a Michelle, ver cómo va todo con Danny y explicarle que tuve… visitas inesperadas, por denominarlo de algún modo, y que probablemente esté todo el fin de semana con Martina.

"Anthony, muchísimas gracias por escucharme, por ser paciente y aconsejarme y entenderme… Por todo. Ahora que te lo conté a vos, me siento más ligera, aliviada" te dice, depositando su mano en tu hombro.

"Para eso están los hermanos mayores. Además, vos siempre estuviste para mí cuando te necesité, especialmente después de lo que pasó con Nina"

"Es la primera vez que te oigo pronunciar su nombre" observa curiosa, y a vos te sorprende darte cuenta la facilidad con que finalmente pudiste mencionar a esa arpía despiadada sin sentir el estómago contrayéndose en un nudo o la sensación de un filoso cuchillo cortándote por dentro.

Todo gracias a Michelle: ella sanó mis heridas y ahora lo que antes me lastimaba ya no duele.

"Realmente estás mejor, y me alegro de todo corazón" sonríe, y antes de que puedas decir algo te da un beso en la frente y desaparece por el pasillo en dirección a tu habitación.

Suspirás, te recostás en el sofá y cerrás los ojos, tratando de mantener la mente en blanco, tratando de no pensar en nada, de distraerte aunque sea unos minutos antes de levantarte, tomar el teléfono y llamarla a ella, antes de llamarla para escuchar su voz de ángel.

Sin embargo, el impacto que la conversación con tu hermana tuvo en vos y el cansancio que aún no terminaste de quitarte hacen que te quedes plácidamente dormido sin siquiera percatarte de ello, sin siquiera sentir los párpados pesados cerrándose sobre tus ojos y sumergiéndote en la negrura.


Nota de la autora:

Este es, de todos los que he escrito hasta ahora, el capítulo que menos me gusta.

Ya llegamos al número 45 - lo cual para mí es motivo de alegría, obviamente: llevó meses, desde septiembre, trabajando arduamente en esto, y ahora que tengo el enorme placer de leer comentarios de las personas que siguen esta historia el trabajo de escribirla, idearla, tejer los hilos resulta mil veces mejor. Para el capítulo 45 quería hacer algo genial, algo importante, impactante, algo interesante.

Sin embargo, fallé, y salió esto, lo cual hace que me sienta decepcionada de mi misma.

Prometo mejores capítulos en el futuro, capítulos donde pueda verse la verdadera personalidad de Martina y no este costado un poco mermado e inhibido, capítulos con contenido más amplio y menos flojo. Prometo hacer algo espectacular para el capítulo 50, en serio.

Gracias por la enorme cantidad de hermosos comentarios que sé van a dejarme :)

Son esos los comentarios que me impulsan a seguir escribiendo con pasión.