Nunca hubo un sonido más dulce que escuchar tu voz.

Si hay que ser sinceros, la realidad es que tu hermano siempre tuvo problemas para controlar su ira y su temperamento, siempre fue de reaccionar violentamente si sentía atacado y nunca tuvo buen carácter, algo que con los años y a medida que entrabas en tu vida adulta te diste cuenta tenía que ver con el hecho de que su padre lo abandonó antes de nacer y se vio obligado a pasar gran parte de su niñez yendo de refugio en refugio, al cuidado de una madre adolescente carente de recursos para cuidar bien de su hijo y ni poseedora de una educación que le permitiera encontrar un buen trabajo y avanzar económica y socialmente. De seguro esas cosas se graban en el subconsciente de una criatura y generan traumas que marcan a fuego sus patrones de comportamiento, volviéndolos agresivos, desconfiados y poco predispuestos a compartir sus emociones en lugar de reprimirlas, embotellarlas y luego inevitablemente hacerse daño cuando estallan.

Aprendiste estas cosas leyendo libros de Piscología y Psiquiatría, esos volúmenes gigantescos y gordísimos llenos de temas que siempre encontraste interesantes; cuando trabajabas en la biblioteca de la universidad para ganar un sueldo que te permitiera ayudar a Danny a pagar sus cuentas y asegurarte de que no le faltara algo que comer, sacabas grandes cantidades de libros al mismo tiempo, los llevabas a casa y los leías por las noches o durante la cena, para sentirte menos sola cuando Danny – que en ese entonces vivía con vos en el departamento que alquilaste luego de la muerte de tu abuela – simplemente se llevaba su plato a la sala de estar y comía sentado en el sillón, frente al televisor, porque estaban dando alguna película o deporte que le resultaban más divertidos que compartir la cena con vos, conversar, hacerte compañía.

En ese sentido te sentís muy identificada con Matilda, la nena de la película que Tony y vos vieron en el cine la otra noche. Desde la primera vez y en adelante, siempre que ves esa película te sentís profundamente identificada con Matilda: ella también se sentía sola, ella también tenía una necesidad terrible de dar y recibir afecto. Ella también encontró en los libros el mismo mensaje que vos hallaste en ellos: 'no estás sola'.

Crecer sin un papá, con una mamá alcohólica y una abuela que daba más de lo que podía para cuidar de su nieta y del hijastro de su fallecido único hijo no fue fácil. De hecho, dejó en vos marcas, así como la historia de Danny dejó sus marcas en él. La diferencia es que tu manera de exteriorizar las heridas que llevás en el interior es totalmente opuesta, mucho más pasiva. La diferencia es que Danny creció con furia, ira, rencor y bronca, mientras que vos creciste plagada de miedos.

Miedo al abandono.

Miedo al rechazo.

Miedo a enamorarte.

Miedo a amar.

Miedo a que te amen.

Miedo a la intimidad, también.

El mensaje en los diarios de tu mamá, esos diarios que leíste a los doce años a escondidas cuando tu abuela estaba fuera de casa, era bastante claro: la mayoría de los hombres te usan como un objeto, hacen que creas que les importás, que te aman, sólo para usarte, luego te abandonan, te destruyen. El único hombre que jamás te usaría, el único que jamás te destruiría, el único que jamás jugaría con vos, el único que te cuidaría ante todas las cosas, es aquel que te ama realmente. Eso también se te grabó a fuego, eso también aumentó tu miedo a amar.

Miedo a que tu corazón se astille.

Miedo a entregarte a alguien de forma tal que tu vida nunca más vuelva a ser tuya.

Miedo a depender totalmente de otro.

Miedo a dar tu alma y que te la devuelvan partida al medio.

Miedo a que te lastimen del mismo modo en que tu mamá pasó años siendo lastimada, física y psíquicamente, hasta que encontró su lugar en el mundo, el lugar donde se sentía segura y protegida… pero todo acabó demasiado rápido y esos daños nunca pudieron ser remediados.

Miedo a los recuerdos.

Miedo a la nostalgia.

Miedo al opuesto de la soledad, se use el nombre que se use para definirlo.

Cuando eras chica, a veces tu mamá 'conversaba' con vos al encontrarse sumida en su estado de ebriedad pacífica, ese estado previo a caer víctima de un pesado sopor provocado por la ingesta excesiva de alcohol, o - en algunos casos en los que su autocontrol le permitía mantenerse lejos de la botella – el efecto de las pastillas para poder dormir y escapar de sus demonios que tomaba. Te miraba con sus ojos entrecerrados porque los párpados le pesaban demasiado ya como para hacer el esfuerzo de mantenerlos abiertos, y te hablaba, probablemente sin tener conciencia de que realmente estabas ahí, probablemente con la idea en su cabeza de que era todo un sueño, de que no era un escenario real si no uno creado por su mente.

Te hablaba de tu papá, te decía que él había sido lo único bueno en su vida, lo único que le había traído consuelo y felicidad, el único hombre que había hecho se sintiera como una persona capaz y no simplemente una indigente sin oportunidad ni inteligencia algunas para superarse a sí misma y convertirse en algo mucho mejor que todos esos desgraciados que la habían lastimado y denigrado.

Te decía que había nacido con nada, había crecido con nada, había llegado a la vida adulta con nada excepto un hijo al cual cuidaba con todo su esfuerzo a pesar de las circunstancias, y que tu papá había sido el primero en darle algo, en darle esperanzas, en darle amor, en darle un hogar, en hacer que se sintiera bien consigo misma.

Era demasiado bueno para ser verdad, te decía. "Tan bueno que Dios, si es que existe, me lo arrebató demasiado rápido y demasiado cruelmente y me quedé sola otra vez, con dos hijos de los que no puedo cuidar y un dolor en el corazón que es tan insoportable que desearía morir. No te enamores nunca, Michelle" te decía "porque solamente van a hacerte daño. No confíes en los hombres, tampoco, no te acerques a ellos, porque solamente van a lastimarte. Es mejor que estés sola. La soledad es mejor a conocer su opuesto y después sufrir hasta el día que te mueras cuando la vida te arranque a tu amor de los brazos"

Esas palabras que escuchabas a tu mamá murmurar, quizá en sueños porque crees en el fondo que de haber sabido que realmente estabas ahí escuchándola no las hubiera dicho, fueron las que construyeron en tu cabeza y en tu corazón todos esos miedos.

La escuchabas gritar de noche, a veces, llamando a tu papá, pidiéndole que volviera, preguntando en voz muy alta mientras su garganta se desgarraba por qué había tenido que morir, por qué había tenido que dejarla.

Esas noches siempre tenías pesadillas, por eso también les temés a ellas, temés no poder despertarte de ellas, temés que te atrapen y arrastren y nunca más puedas salir de ese hoyo negro, de ese inframundo.

Por eso preferiste quedarte despiertas mientras Danny dormía. Por eso preferiste quedarte ahí sentada, en silencio, con los ojos bien abiertos y tratando de concentrarte en el libro que tenías entre las manos, rogando que los minutos, los eternos minutos que te separaban de Tony pasaran más rápido, que las agujas del reloj no se movieran tan exasperantemente despacio.

Tony tiene en él algo que te calma, algo que hace que te sientas segura, algo que te relaja y te permite bajar la guardia, algo que te deja dejar de fingir que sos fuerte y compuesta cuando en realidad esa es una máscara que solamente podés vestir para ir al trabajo, algo que hace que sientas que nunca nada malo va a pasarte en su presencia, que nunca nada va a lastimarte si están juntos.

Tony es el único ser sobre esta Tierra capaz de exorcizarte de tus miedos y tus demonios, es el único capaz de tranquilizarte. Hace tan solo cuatro días que están juntos (parece mentira, que solamente cuatro días han pasado desde que todo estalló) pero cuando estás en sus brazos, escuchando su voz – el sonido más dulce del mundo –, cuando sus manos se pierden entre tus rulos y sus dedos se enredan en tus bucles y te llama su princesa, entendés que tus miedos de verdad eran inmensos y difíciles de controlar, que eran más grandes que vos, que probablemente hubieran terminado consumiéndote y alejándote del resto del mundo, destruyéndote si no se hubieran visto obligados a enfrentarse a algo más grande que ellos: el amor.

Aprendiste a tenerle miedo al amor, miedo a enamorarte, miedo a entregarte, miedo a depender de otra persona. Aprendiste a esconderte detrás del disfraz de mujer capaz, fuerte y preparada para vencer todo y enfrentarse a todo, cuando en realidad debajo de todas esas capas no sos más que una nena tímida, solitaria, asustada y necesitada de afecto.

Lo que no aprendiste, lo que nunca te enseñaron, lo que nunca te dijeron, lo que tu mamá no te mencionó mientras hablaba con fantasmas que no sabía si estaban de verdad o no en la habitación porque estaba a mitad de camino del 'país de la inconsciencia', es que cuando el amor verdadero llega, no hay manera de detenerlo. Ni siquiera los miedos pueden detenerlo, nada puede frenarlo.

El miedo a las pesadillas – ver a Paula de nuevo debajo de esas vigas derrumbadas, enterrada entre los escombros, hundiéndose en un charco de sangre, muriendo, sacrificándose por el bien común; ver el rostro demacrado y el aspecto débil y moribundo de George Mason, imaginar cómo habrán sido sus agonizantes últimos minutos de vida volando ese avión para estrellarlo en el desierto, sintiendo una punzada filosa y cargada de veneno que te apuñala en el estómago recordándote que él no tuvo oportunidad de ser feliz, de cumplir sus sueños o alcanzar sus metas, que su existencia fue miserable y mayormente cargada de decepción, angustia y amarga soledad; ver los rostros de los agentes que murieron en servicio, todos los que perecieron en esa explosión, aquellos que dejaron este mundo súbitamente y sin posibilidad de despedirse de sus seres queridos – impide que duermas.

Sólo vas a descansar cuando estés de vuelta en sus brazos, y lamentablemente eso no va a ocurrir hasta la noche de mañana, porque uno puede hacer planes y pensar que las cosas van a salir de acuerdo a esos planes que se hacen, pero la realidad es que el destino y las circunstancias pueden torcerlos y cambiarlos a su antojo sin preguntar primero.

Las imágenes del día que estás a punto de dejar atrás se reproducen nuevamente ante tus ojos, como una colección de diapositivas tomadas recientemente pero cuyo aspecto es añejo.

Estabas (seguís estando) tan cansada físicamente que todavía no entendés cómo te las arreglaste para hacer todo lo que hiciste durante la tarde, ir a todos los lugares a los que fuiste y mantenerte lúcida y con todas tus funciones intactas, sin que la extenuación las nublara y entumeciera.

Danny despertó pasados cuarenta minutos del mediodía, sintiéndose mucho mejor y mucho más calmado, probablemente porque la conversación previamente mantenida con vos lo ayudó a desahogarse, relajarse y sacarse de encima parte del peso que viene llevando desde que ese monstruo lo engatusó y logró que cayera preso de sus bien tejidas y filosas telarañas.

Le preparaste una taza de café bien cargada y con varias cucharadas de azúcar para despabilarlo y mientras la bebía – aún sentado en el colchón raido de la vieja cama de madera roída – le hablaste con voz suave, arrodillándote nuevamente frente a él y posando una de tus pequeñas manos en su hombro.

"Danny, quiero comprarte un par de cosas que me doy cuenta te hacen falta"

Quiero que este lugar al que llamás tan despectivamente 'pocilga' se parezca un poco al hogar que cualquier ser humano, más allá de sus defectos y errores, se merece tener.

"Mi seguro de desempleo no me permite…" empezó a suspirar cansinamente.

"El dinero no es problema" dijiste con resolución "Yo puedo ayudarte con lo que precises hasta que consigas un trabajo y puedas valerte por vos mismo" aclarás "Tenemos que ser optimistas: ya va a aparecer algo. Mientras sigas sin empleo, yo puedo ayudarte económicamente"

Cuando eras chica nunca te faltó nada, pero porque crees que 'la mano de Dios' o algún otro poder superior intervinieron: fuiste a una de las mejores escuelas de Los Angeles porque tu abuela se encargaba de la limpieza y consiguió que la directora – una señora muy amable – te concediera una beca completa. Jamás pasaste hambre, tu abuela se ocupó de eso: se rompía la espalda trabajando para que tu hermano y vos no sufrieran carencias. Tenías un lindo hogar, en un lindo barrio, y si bien no era ni muy grande ni muy lujoso tu abuela se las arreglaba para que el ambiente siempre fuera agradable, limpio y prolijo. No tenías todos los libros o muñecas que te hubiera gustado poseer, pero ibas a la biblioteca seguido y cuando fuiste más grande leías tus Reader's Digest, esas que esperabas ansiosa durante días y devorabas el primero de cada mes, sentada en el rincón favorito de tu cuarto, y en cuanto a los juguetes, aún conservas la muñeca de trapo que tu papá te regaló cuando eras simplemente una bebé, siempre fue tu compañera de lectura favorita y nunca quisiste reemplazarla por ninguna otra – más allá de que todas tus compañeritas de la escuela, rubias y adineradas, siempre estaban ostentando sus nuevas Barbies; vos preferías quedarte con tu única muñeca en un costado, dibujando enormes y coloridas mariposas para decorar las paredes de tu habitación.

Nunca te faltó nada porque tu abuela trabajó duro para encargarse de eso y nunca sentiste que te faltaba algo porque en realidad tenías lo que necesitabas.

Ahora que ella ya no está, crees que le gustaría saber que sus ejemplos se grabaron en vos y que aprendiste lecciones valiosas, siendo una de ellas que siempre hay que ayudar a la familia cuando se halla en necesidad, especialmente si – como en tu caso – lograste llegar a tener una posición económica holgada.

Resistiendo la tentación de ir a esconderte al pequeño cuarto de baño y llamar a Tony (debe estar descansando, mi pobre osito pensaste, se quedó despierto toda la noche conmigo, y cuando yo me adormecí él ni siquiera cerró los ojos, estuvo cuidándome) e ignorando la pregunta de tu hermano respecto a por qué estabas sonriendo, tomaste tus cosas y lo llevaste a comer a un pequeño restaurante a algunas calles de distancia: agua mineral para él y jugo de durazno para vos, dos ensaladas completas y compartieron un pedazo de pastel de manzana para el postre.

"Vamos a ir al supermercado a comprar provisiones" le anunciaste; no era una propuesta, más bien estabas informándole que quisiera o no, se lo permitiera su orgullo o no, ibas a rescatarlo una vez más "También quiero que pasemos por ese negocio que vende sábanas, acolchados y ese tipo de cosas, el que queda cerca del centro"

Tu tarde transcurrió entre góndolas repletas de carnes, lácteos, verduras y artículos de limpieza, y luego el escenario cambió cuando llegaron a la tienda donde compraste un colchón nuevo, sábanas, un acolchado y uno cobertor, además de una almohada de plumas con su respectiva funda haciendo juego.

Cuando finalmente regresaron al lugar donde Danny vive, eran cerca de las cinco de la tarde y aún no habías recibido ni una llamada ni mensaje de Tony; vos tampoco lo habías llamado ni habías intentado comunicarte con él, porque no querías que tu hermano sospechara algo y comenzara a hacer preguntas que carecías de deseos de responder.

Pasar tiempo con tu hermano fue disfrutable para ambos y crees que le hizo bien salir un poco, despejarse, relajarse, distraerse y no pensar tanto en sus problemas, pero lo cierto es que durante cada maldito milisegundo la mitad de tu mente, la mitad de tus funciones y decididamente cada partícula de tu alma y tu corazón estaban abocados a extrañar a Tony con una intensidad dolorosa que jamás pensaste un ser humano sería capaz de experimentar.

"Michelle, me gustaría que te quedaras para la cena. Puedo cocinar algo" Danny ofreció cuando terminaron de ubicar en la alacena la última lata de arvejas, después de haber llenado los estantes del pequeño refrigerador y el congelador.

"Lo lamento mucho, Danny, pero no puedo quedarme. Tengo que ir a casa, darme una ducha y dormir tanto como pueda para reponerme antes del martes, que es el día en que vuelvo al trabajo"

Mientras encendías tu auto y posicionabas ambas manos en el volante, se te ocurrió que la versión de la excusa que le diste no distaba en realidad tanto de la verdad, aunque tus planes eran un poquito diferentes, con la salvedad que luego de bañarte y ponerte ropas frescas ibas a llamar a Tony para avisarle que irías a su departamento y preguntarle si quería que en tu camino allí compraras algo de cenar.

Las primeras dos partes salieron bien: te bañaste por segunda vez en el día (es algo que solés hacer: una ducha por la mañana, otra por la tarde y algunas veces incluso una tercera ducha antes de irte a la cama), bebiste un poco de jugo de naranja, escogiste otro jean y una remera de esas sencillas y cómodas, y luego finalmente tomaste el teléfono y marcaste el número de Tony.

Cuando escuchaste la voz con la que dijo 'hola', te diste cuenta enseguida que tus suposiciones eran ciertas: probablemente pasó todo el día sumido en un muy necesitado profundo sueño.

"Hola, mi principito" susurraste dulcemente, y cerraste los ojos imaginando lo lindo que hubiera sido estar ahí con él, enredando tus dedos en sus buclecitos negros, enredándolos lentamente en esos rulos cortitos y, a diferencia de los tuyos, domables.

"Hola, angelito" casi pudiste sentir escapándose de sus labios el bostezo que por poco no logró reprimir "¿Cómo estás?" casi pudiste verlo claramente desperezándose.

"Estoy bien, y Danny está mucho mejor" tomaste conciencia de tu propio enorme alivio cuando lo oíste plasmado en las palabras que decías "Estabas durmiendo, ¿no?"

"Sí, me recosté un momento en el sillón, cerré los ojos para descansarlos un ratito y al parecer pasaron horas" ambos rieron suavemente.

"¿Te desperté, entonces?" preguntaste con un dejo de culpa en la voz.

"Sí, mi vida, pero no importa" te aseguró.

"No te llamé antes porque supuse que estarías durmiendo, y además no quería que Danny hiciera preguntas; es muy celoso y al estar tan sensible se pone peor" explicaste "No es un hermano con el que sea muy fácil lidiar" agregaste luego a modo de disculpás, mordiéndote el labio y dejando escapar una risita.

"Al parecer nuestros hermanos se pusieron de acuerdo para darnos trabajo hoy" comentó, suspirando, y enseguida por su tono de voz supiste que algo había pasado. Siguió hablando antes de que tuvieras oportunidad de preguntar o de sacar tus propias conjeturas "Michelle, Martina vino a verme al mediodía, cayó de sorpresa, no sabía que iba a venir" exhaló hondamente.

Reaccionaste al notarlo preocupado.

"¿Le pasó algo, Tony?, ¿ella está bien?"

"Ella está bien, pero" sus palabras se convirtieron en susurros bajos "… tiene un retraso y cree que podría estar embarazada" hubo una breve pausa durante la cual ninguno de los dos dijo nada, simplemente escuchaste su respiración llegando a tus oídos a través del auricular del teléfono "No quiere decirle nada a su novio porque teme ilusionarlo y que al final haya sido todo una falsa alarma. Está un poco desconcertada y… asustada" dejaste que siguiera hablando, a su ritmo, sin interrumpirlo "Llevaba varios días sin dormir bien, probablemente la preocupación le causó insomnio… Me preguntó si podía quedarse conmigo este fin de semana; su novio va a estar trabajando en la oficina y ella necesita distraerse un poco" suspiró una vez más "... Michelle, no pude decirle que no" se disculpó, aunque realmente no hacía falta porque ni por un segundo cruzó por tu corazón la más mínima chispa de enojo.

"Tony, hiciste lo correcto" le aseguraste.

"Me moría de ganas de estar con vos" susurró despacio "Me muero de ganas de estar con vos, pero… es complicado. Martina está muy angustiada respecto a la idea de qué va a decir mi mamá en caso de que sí esté embarazada, y aunque en menor plano sé que también le preocupa que esto ponga impedimentos en su carrera" seguiste en silencio, escuchándolo, dejando que se desahogara, porque evidentemente precisaba compartir eso con alguien "Tiene miedo de quitarse la duda, por eso todavía no compró una prueba de embarazo, pero al mismo tiempo la duda no la deja en paz… Es complicado" volvió a repetir.

"Tony, tu hermana te necesita, necesita a alguien con ella en este momento, alguien que la ayude a decidir lo que tiene que hacer o que simplemente la acompañe mientras toma sus propias decisiones. Es muy jovencita y debe estar confundida" exhalaste "Yo también me muero de ganas de verte y estar con vos, pero en este momento tu hermana es más importante"

"Nada es más importante que vos" te corrigió, y eso te arrancó una sonrisa incontenible que cruzó tu rostro de oreja a oreja y alivió un poco la sensación de tristeza provocada por el hecho de que obviamente no ibas a verlo hasta el día siguiente "Me hubiera gustado contarle sobre nosotros" prosiguió ", contarle todo sobre vos… ¿Sabés qué me dijo?: que me notaba más contento, más tranquilo" tu sonrisa aumentó más en tamaño, y hasta podías sentir el brillo en tus ojos "Me encantaría que vinieras a casa y la conocieras, pero… no es el momento indicado y… digamos que preferiría hablar con ella primero, aclararle que sé sin duda alguna que no sos como cualquier otra, que no vas a lastimarme, que puedo confiar en vos. Quiero contarle lo maravillosa que sos" tu corazón se aceleró y tus mejillas se ruborizaron furiosamente ", y cómo amarte me salvó la vida… Pero hoy fue… El día de hoy fue complicado"

"Te entiendo" te apresuraste a asegurarle "Además, creo que en este caso lo que ella necesita es tiempo a solas con su hermano. No es el momento indicado para que nos conozcamos" coincidiste "Quiero conocerla pronto, y al resto de tu familia también, pero como vos dijiste, ahora es complicado" esa vez fue de tu boca que se escapó un suspiro.

"Mañana por la noche quiero que nosotros dos cenemos juntos" propuso "Mi hermana va a volver a su departamento en la tarde, probablemente; la conozco, sé que el lunes no va a faltar al trabajo, y además no puede pasar mucho tiempo sin ver a Kiefer" esta vez la risa se escapó de sus labios.

Así como yo no puedo pasar mucho tiempo sin verte a vos pensaste, y te mordiste el labio. ¿Tenés que esperar hasta el domingo a la noche? Eso es mucho tiempo, son más de veinticuatro horas. Pero no te quedó otra opción que aceptar las cosas como surgieron, las cosas como se dieron.

"Me parece una excelente idea. Voy a estar contando los minutos y los segundos" literalmente.

"Yo también" otro suspiro "Te amo, Michelle; de verdad lamento mucho que nuestro fin de semana juntos se haya estropeado" se disculpó otra vez.

"Mi vida, vamos a tener muchos otros fines de semana para pasar juntos" ¿estabas consolándolo a él o estabas consolándote a vos misma? "Además" exhalaste pesadamente "el martes tenemos que volver a la oficina, y ahí vamos a necesitar echar mano a todo nuestro autocontrol; es mejor que aprovechemos las circunstancias para practicar" reíste suavemente, aunque la realidad es que no tenías (ni tenés en estos momentos) muchas ganas de visionar el martes y los días que sigan a él en la CTU: reconstruir todo desde abajo prácticamente y con Chappelle y Hammond respirándoles en las nucas no va a ser ni fácil ni divertido.

"Yo pensé lo mismo"

"Te amo" dijiste de repente, de la nada, necesitando decirlo, porque te encanta como suenan esas dos palabras cuando las pronunciás, te encanta cómo suenan esas dos palabras cuando viajan por el aire destinadas a alcanzar sus oídos, los suyos y los de nadie más "más que a nada en el mundo"

"Yo también, princesa. Te amo mucho más del 'te amo' que te digo"

Tardaron diez minutos en despedirse, diez minutos que te parecieron demasiado cortos, porque por si vos hubiera sido jamás habrían cortado esa comunicación telefónica. Pero entendés que no pueden depender tan terriblemente el uno del otro (bueno, en realidad sí pueden, porque de hecho lo hacen, y no ves motivos o razones por los cuales eso vaya a cambiar próximamente), así que llegó un punto en que tuviste que suspirar 'te amo' por última vez y luego presionar el botón de 'terminar llamada', o caso contrario pasarían el resto de la noche al teléfono.

Sentada en el sofá, escuchando nada que no fuera el silencio, pensaste en cómo el destino mueve las fichas y retuerce las cosas a su gusto para que encajen a la perfección con sus planes. Si Danny no te hubiera llamado temprano en la mañana, probablemente hubieras ido a casa de Tony, y hubieras estado ahí cuando su hermana llegara de sorpresa, cargando con ella sus preocupaciones respecto a ese posible embarazo. Las cosas definitivamente si hubieran complicado bastante más, ¿no?, especialmente teniendo en cuenta que de acuerdo con lo dicho por Tony conviene que él le hable de vos y de tu relación con él antes de que se conozcan. Además, si hubieras estado ahí, no habría podido hablar tranquila con su hermano respecto a la situación que la llevó a él en primer lugar, por lo cual no habrías estado haciendo más que 'entrometerte' – por denominarlo de algún modo – en el lugar menos adecuado.

Sí, es mejor que las cosas hayan salido como salieron, quizá, aunque ahora tengas que pasar la noche de sábado sola, cansada, con los párpados pesados porque tu cuerpo está tan exhausto que no te extrañaría desmayarte de un momento a otro (tal vez desmayarte no estaría tan mal), peleando para no quedarte dormida porque tenés miedo a las pesadillas que podrían ir a atacarte si cedieras a la extenuación.

Te encargaste de meter en el tambor del lavarropas las prendas sucias acumulada en el cesto de plástico, echaste algo de jabón líquido y suavizante y dejaste la máquina funcionando.

Ordenaste algunas cosas, aunque en tu departamento nunca nada necesita ser ordenado porque todo siempre está en su lugar; tan sólo necesitabas moverte, distraerte del cansancio acumulado ante el cual no querías rendirte y tratar de empujar lejos la sensación de lo mucho que te hubiera gustado que las cosas hubieran salido distintas por ambas partes, así podrías estar con Tony, en sus brazos, tranquila, durmiendo sin pesadillas.

Viste televisión un rato, sin encontrar realmente nada interesante pero lo cierto es que tus capacidades de concentración estaban demasiado mermadas como para poder juzgar qué era interesante y qué no lo era. Apagaste el aparato cuando el dolor de cabeza comenzó a hacerse presente.

No tenías mucha hambre, pero te obligaste a 'cenar' algo de todos modos: una taza de té – con azúcar, no té amargo como el que tomaste esta mañana con Danny – y dos pedacitos de budín de limón. Tu abuela a veces hacía eso cuando no quería irse a la cama con el estómago pesado: tomaba una taza de té y 'picaba' algo liviano. Lo único liviano que encontraste entre el no muy variado contenido de tu alacena fue ese budín envasado que habías comprado unos días atrás para tener algo dulce a la hora del desayuno.

De acuerdo a lo que leíste, tener el estómago muy lleno provoca problemas para conciliar el sueño, perjudica el descanso y aumenta las posibilidades de tener pesadillas.

Cerca de las nueve de la noche entraste a tu habitación, aún sintiendo una especie de cosquilleo en los dedos porque no aguantabas las ganas de llamar a Tony o mandarle un mensaje de texto pero que estabas tratando de contener para no interrumpir su tiempo con su hermana. Tenías la idea de recostarte ahí, abrazar muy fuerte a tu osito (el osito de ojitos marrones que él te compró) e intentar escapar a las pesadillas, apretar los párpados con mucha fuerza y concentrarte sólo en buenos pensamientos, en cosas lindas.

Dos horas han pasado, y seguís sin poder dormite.

Hace rato que el radio reloj que te observa desde la mesita de noche marcó las once. Hace rato que estás debajo de la frazada (la noche es más bien fresca, una típica noche de verano, pero por algún motivo tenés muchísimo frío), con las rodillas al pecho, la mitad de tu cabeza enterrada en la almohada y los brazos alrededor del osito, aferrándote a él, rogando poder quedarte dormida, poder cerrar los ojos y relajarte sin que los gritos de tus compañeros después de que la bomba estallar y las imágenes de los cuerpos sin vida vengan a capturarte.

No podés dormir, porque por mucho que te esfuerces, las pesadillas van a venir igual.

El dolor de cabeza es tan fuerte que a penas podés respirar, te arden los ojos y los sentís hinchados y la necesidad de seguir llorando, de lavarte por dentro y dejar salir de algún modo tus emociones respecto a las cosas que pasaron el martes es tan grande que podría hasta describirse como algo que está encarándose en dolor físico.

Necesitás dormir, necesitás descansar, pero tenés miedo.

Y el único que puede sacarte los miedos no está ahí con vos.

Y tampoco podés ir corriendo a sus brazos.

"Si alguna noche no puedo estar con vos para abrazarte, o si alguna vez estás triste o preocupada y yo no puedo estar con vos físicamente para secar tus lágrimas y hacerte muchos mimitos y darte besitos esquimales para que te rías… Bueno, se me ocurrió que un animal de peluche podría reemplazarme por un rato"

Eso te dijo cuando te llevó para que eligieras el osito, pero lo cierto es que si bien ayuda a aliviarte un poco saber que ese osito simboliza sus ganas de cuidarte todo el tiempo, lo cierto es que un animal de peluche no puede reemplazarlo, un animal de peluche jamás tendría en vos el efecto que Tony te produce, aunque para ser honesta no estás tan desesperada o asustada como lo estarías si no tuvieras a esa cosita suave y gordita para abrazar. En cierto punto te calma… un poquito.

Pero lo que de verdad te calmaría es Tony.

Ya no aguantás más, te incorporás, tomás tu teléfono móvil y tecleás tan rápido como podés.

"Necesito que me des las buenas noches"

Cuando lo envías, sonreís como una quinceañera tonta; podrá sonar como un cliché o algo sacado de una película romántica de Sandra Bullock o Julia Roberts u otra de esas actrices, pero lo cierto es que un 'princesa' o un 'te amo' podrían relajarte un poco, realmente podrían hacer una diferencia en tu estado de ánimo. Podrías acariciar esas palabras por horas enteras hasta tal vez caer en un sueño tranquilo y libre de demonios, libre de bombas, libre de compañeros de trabajo muertos, tirados en el suelo ya sin vida, cubiertos por el polvo y la cal.

Dos minutos más tarde sentís el aparatito vibrar en tu mano.

"Llevo horas pensando en mandarte un mensajito, pero creí que ya estarías durmiendo. No deberías estar despierta, bebé, deberías estar descansando. Cerrá esos ojitos hermosos y soñá con los angelitos. Buenas noches"

Lees el mensaje varias veces, al menos diez, y la última parte hace que tu corazón se saltee un latido: no podés soñar con los angelitos, ése es precisamente el problema, la razón por la que estás despierta aún, dando vueltas sin sentido, girando de un lado al otro, peleando contra tu cansancio físico porque si cedieras acabarías sumida en un oscuro agujero.

"No quiero soñar con los angelitos; quiero soñar con vos" te quedás contemplando la pantalla iluminada del teléfono, con el pulgar sobre el tablero de botones, pensando que probablemente él esté ocupado con Martina o quizá incluso ya listo para irse a dormir; va a ser mejor que no lo entretengas más y que de una buena vez por todas te esfuerces y aprendas a lidiar sola contra tus miedos o aguantarte las consecuencias, al menos por una noche "Te amo, mi vida. Espero que tu hermana esté mejor. Que duermas bien"

Con un suspiro dejás el aparatito sobre la mesita, te das la vuelta sobre tu costado y te acostás dándole la espalda, sin esperar que Tony vuelva a contestarte.

Abrazás el osito con todas tus fuerzas, enterrando la cara en su pancita, y cerrás los ojos, tratando de ahuyentar los flashes que empiezan a aparecer. Sendos e igual de desagradables escalofríos te recorren de arriba abajo cuando recordás involuntariamente lo horrible que fue tener que interrogar a Syed Ali o la forma en que te miró ese sujeto despreciable al que Jack mandó a traer temprano la mañana del martes cuando recién comenzaban a investigar las pistas que tenían sobre la amenaza de una bomba nuclear en los Ángeles.

Cuando estás a punto de largarte a llorar debido a los nervios, la impotencia y el cansancio, oís el sonido que tu celular emita al vibrar contra la madera de la mesita de noche.

No esperabas que Tony contestara tu mensaje, pero ahí frente a tus ojos está la respuesta.

"Mi hermana está muchísimo más tranquila, gracias a Dios"

¿A caso está iniciando una conversación vía mensaje de texto como la de la otra noche? Bueno, dado que él respondió a tu mensaje cuando ni siquiera creías que lo haría, vos respondés al suyo.

"Me alegra que esté mejor. ¿Qué están haciendo?"

"Ella está dormida, al parecer sigue sin quitarse el agotamiento de encima. Yo estoy muy aburrido"

Te reís cuando ves la carita triste que agregó junto a lo escrito; no podés evitar encontrarlo adorable.

Sin darte cuenta, hay una sonrisa en tu rostro y tus músculos están mucho más relajados.

"Yo también estoy aburrida"

En realidad no estás aburrida. La realidad es que estás aterrorizada, y que los fragmentos de ese día horrible que tuvieron que vivir no te dejan en paz cuando cerrás los ojos y hacés el esfuerzo de conciliar el sueño.

La siguiente vez que tu celular vibra en tus manos, ves la luz verde enciendo la pantalla: está llamándote.

"Hola" contestás con un suspiro contento, reclinándote hacia atrás hasta que tu espalda queda soportada por las dos almohadas, la sonrisa ampliándose más hasta convertirse en una de oreja a oreja, tus ojos brillando a pesar de que están hinchados y enrojecidos.

"Hola, princesita"

Su voz, el sonido más dulce del mundo, es suficiente para que los nudos dentro tuyo se aflojen y puedas respirar mejor, es suficiente para que los nudillos de tus manos regresen a su color natural y pierdan ese blanco mortecino producto de que tus puños hayan estado apretando las sábanas tan fuerte, clavándose las uñas en los pliegues de la tela porque tu cuerpo entero y cada nervio estaban tensos. Te relajás, te aflojás, y los miedos – aunque siguen ahí – ya no parecen tan grandes ni tan terribles, porque su voz es el sonido más dulce del mundo, un sonido tan dulce que cualquier miedo se vuelve pequeño.

Nunca hubo en tu mundo un sonido más dulce que escuchar su voz. Su voz es, en tu mundo, lo único que puede calmarte, lo único a lo que podrías aferrarte en medio de la más terrible tempestad.

"¿Te desperté cuando mandé ese mensaje?" preguntás, y la sensación cálida que invade tu estómago siempre que hablas con él aumenta y sube por tu garganta, haciéndote cosquillas.

"No, mi vida. La siesta que tomé esta tarde fue tan larga que probablemente no pueda dormirme hasta las cinco de la mañana; tengo energía de sobra" ríe, y vos reís con él sólo porque ese es el efecto que provoca en vos su risa.

Te gustaría haber podido dormir una larga siesta, te gustaría poder sacar de algún lugar las energías para mantenerte despiertas sin enloquecer, sin sentir como tu anatomía entera te pide a gritos un descanso que no podés darle por mucho que quieras.

Quizá su voz, escucharla un ratito, te ayude a conciliar el sueño finalmente. Quizá abrazarte a su voz una ves que acabe la conversación te ayude a pelear contra los miedos, las pesadillas, la angustia.

"Mi hermana está mucho mejor" te cuenta, aliviado "Al parecer sí fue todo una falsa alarma"

"¿Sí?" te encanta que comparta esto con vos; te encanta la manera en que de pronto te sentís parte del mundo porque sos parte de su mundo, y es una sensación reconfortante que nunca antes habías experimentado.

"Sí. Digamos que recibió la visita que llevaba varios días esperando" explica, incómodo ante un tema típico del género femenino "De acuerdo a sus teorías, em… un retraso común la asustó tanto que su cuerpo no volvió a funcionar normalmente hasta que se quitó la angustia hablando de eso con alguien"

"Es bueno que tu hermana confíe en vos y que comparta sus cosas con vos"

Es la clase de relación que te hubiera gustado tener con Danny desde siempre. Antes de que su vida comenzara a descarriarse y tuviera problemas económicos o problemas con su vida matrimonial, Danny y vos raramente compartían algo. De hecho, durante el tiempo en que vivió con vos mientras estudiabas en la universidad y trabajabas en la biblioteca para ayudarlo a mantenerse, lo cierto es que tampoco se mostraba predispuesto a compartir algo. No fue si no hasta que Haylie quedó embarazada y tuvo que enfrentarse a sus deberes como padre y convertirse en hombre de familia que empezaron a compartir más cosas, charlas más íntimas, discusiones más serias, alguno que otro evento en familia.

La voz de Tony, esa voz dulce de la que jamás querrías exorcizarte, te distrae de tus reflexiones sobre la clase de relación fraternal de la que te hubiera gustado disfrutar; la clase de relación que seguramente los padres como los de él enseñan a sus hijos, la clase de relación que él debe tener con sus hermanas.

"Todavía no le conté sobre nosotros, pero voy a hacerlo pronto" promete "Hace un rato llamé a mi mamá, para decirle que estoy bien y que solamente tengo una muy leve torcedura en el tobillo que ya casi no duele y tranquilizarla respecto a todo lo que sucedió" por la forma en que pronuncia las palabras, podés imaginarlo claramente rascándose el costado de la cara mientras habla ", y aunque durante media hora la escuché reprenderme por no haber ido a un hospital a que me sacaran más radiografías en el tobillo y por no haberla llamado de inmediato, al final de la conversación comentó que me escuchaba muy bien" las mariposas en tu estómago comienzan a hacerte cosquillas, despertando la cálida y dulce sensación a la que estás volviéndote adicta "Pronto va a saber por qué, te lo prometo. Quiero que sepa que hay un angelito cuidándome ahora"

"Tony, no tenés por qué apresurar las cosas" lo tranquilizás "Yo tampoco le dije a mi hermano…"

Entendés que a veces con las familias es complicado hablar sobre nuevas relaciones. Además, estás segura de que los padres de Tony y sus hermanas deben ser muy protectores de él, especialmente después de lo que sucedió la última vez que se involucró con alguien románticamente: Nina era, como vos, una compañera de trabajo. Nina era, como vos, una mujer a la que conoció en la oficina. Y Nina lo dejó destrozado, abatido, devastado. Obviamente su familia va a actuar de manera aún más protectora de ahora en adelante.

"Podés tomarte el tiempo que quieras. Me gustaría que hablaras con ellos primero, a decir verdad, que sepan que yo no… no soy como ella" terminás rápidamente, intentando no entrar en detalles. Luego, para alegrar la conversación, agregás "No tenemos que publicarlo en los diarios"

"No me molestaría ver en todas las primeras planas que me amás" bromea.

Abrís la boca para contestar, pero sin darte cuenta se te escapa un bostezo.

"Mi vida, va a ser mejor que vayas a dormir" sugiere, y el pánico se clava en tu estómago, provocando algo así como una punzada aguda y filosa.

No querés que se acabe la conversación. Querés que siga hablándote. Querés sentir su voz en tus oídos. Querés relajarte escuchándolo hablar, hablar de lo que sea, cerrar los ojos y perderte en esa voz.

"No estoy cansada" te apresurás a mentir, pero otro de esos bostezos incontenibles e inesperados te contradice.

Maldición.

"No me lo creo" escuchás ese tono de voz y tu corazón comienza a latir más fuerte; es inevitable, te pasa siempre que te habla de ese modo, siempre que te habla como si supiera realmente lo que estás sintiendo, lo que estás pensando, cada vez que te habla como si pudiera leer tu alma sin necesidad de esforzarse demasiado.

"¿Por qué no lo crees?" inquirís, sin confirmarlo ni negarlo.

"Porque te conozco, Michelle" exhala "Las pesadillas… no te dejan dormir, ¿cierto?" ahora exhalás vos, echando el cuerpo hacia adelante hasta que tu pecho y tus rodillas se tocan "Vos misma me lo dijiste, mi vida" se apresura a añadir, como si temiera que fueras a contradecirlo o a mentirle diciéndole que estás bien.

Parte de la conversación mantenida la noche del miércoles mientras estabas en sus brazos se reproduce en tu cabeza.

"Michelle, ¿tenés miedo de dormirte?"

"El día de ayer nos dejó un par de rasguños: este moretón, mi mano herida… Pero hay otras marcas más graves y profundas que no son visibles, y que no van a irse fácilmente aplicando cremas o vendajes"

"Lo sé por experiencia propia"

"Son recuerdos traumáticos imborrables, y si me quedo dormida van a aparecer otra vez"

"Es verdad" admitís pasados unos segundos, y las palabras salen débiles y pequeñas, reflejando el estado de tu alma, que en estos instantes se siente débil y pequeña "Las pesadillas siguen volviendo" confesás "Ni siquiera logro quedarme dormida, las imágenes aparecen en cuanto cierro los ojos" sentís las lágrimas acumulándose, y tus párpados se cierran debido a la hinchazón.

Esas mismas lágrimas caen libremente, y la necesidad de contenerlas desaparece porque sabés que no vale la pena luchar contra vos misma para reprimir tus emociones, porque finalmente estás en tu refugio, en tu lugar; no físicamente, pero aunque sea a través de un teléfono, aunque sea mediante una conversación, aunque cuadras de distancia los separen y no puedas acurrucarte en sus brazos, él está ahí con vos, escuchándote, preocupándose por vos.

Podés romperte, podés quebrarte, porque aunque no sea físicamente, él está ahí con vos.

Te hace bien poder quitarte estos pesos de encima, poder hablarle, y escuchar su voz, y sentir que te ama con cada palabra que dice. Poder abrirte y mostrarte vulnerable y triste, poder bajar la guardia, poder dejar de fingir que sos fuerte y compuesta cuando la realidad es otra.

"Tengo miedo de quedarme dormida, Tony, porque no quiero soñar. No quiero ver esos cuerpos otra vez, o escuchar esas voces pidiendo ayuda, todos esos cuerpos sin vida, y esos rostros y esas personas que… que se quedaron sin sus familias…" tus sollozos son interrumpidos por el dulce sonido de su voz, ese dulce sonido capaz de tranquilizarte incluso en medio de la más terrible tempestad.

"Michelle, mi vida" te habla suavemente, en susurros calmos ", después de todas esas cosas horribles que pasaron, princesa, es normal que tengas problemas para dormir"

"Me siento culpable" continuás, descargándote, tratando de quitarte de encima ese peso que tenés adentro "Ellos vivieron y yo no. ¿Por qué algunos murieron y yo sobreviví?"

Son preguntas sin respuesta, y tu parte racional lo sabe bien. Pero a la vez son preguntas que no podés evitar formularte a vos misma en noches como esta, cuando la quietud y la calma caen y con cada latido de tu corazón nuevos flashes de lo que sucedió en la CTU vuelven, resurgen para torturarte, como si estuvieran castigándote por haber sobrevivido cuando muchos otros que tenían familias e hijos que dependían de ellos tuvieron que perecer, enterrados bajo los escombros, con los rostros ensangrentados aplastados contra las baldosas frías…

"Michelle, algunas cosas injustas suceden y no tienen explicación aparente, o sí tienen explicaciones pero son poco satisfactorias, o son justificaciones que en realidad no deberían aceptarse como válidas" te explica suavemente, con la voz llena de emoción, con la ternura desbordando, y es como si su voz tomara la forma de sus manos y te acariciara muy despacio, haciendo que tus ojos se cierren y tus músculos se relajen durante unos segundos "Mi vida, esas personas que fallecieron… Lo siento tanto por ellas como lo sentís vos, pero no podés dejar que la culpa te devore. Michelle, lo sé por experiencia propia: la culpa destruye, la culpa mata"

Claro que destruye, claro que mata. Tiene razón. Tiene razón en todo lo que dijo. Pero vos eso no podés verlo con simpleza, eso – que no escapa a tu raciocinio, porque lo cierto es que lo entendés – queda nublado por tus miedos, tus inseguridades y tus abrumadores sentimientos.

La culpa mata, destruye, aniquila, y no es bueno sentir culpa. No podés sentir culpa por algo que escapaba de tus manos, por algo que por mucho que hayas tratado de evitar escapaba a tu control. La evacuación no pudo hacerse a tiempo, y eso fue culpa del inepto de las Oficinas de Seguridad Nacional que no avisó cuando Jack dio la alerta de que pondrían una bomba, no fue culpa de ustedes. Vos hiciste lo que pudiste, hiciste lo mejor, diste lo mejor, y alcanzó para lo que alcanzó. No es culpa tuya, en lo absoluto. Vos no plantaste esas bombas, vos no te cobraste todas esas vidas, vos simplemente intentaste ayudar. No es culpa tuya, no sos culpable de nada, y tampoco tendrías que sentirte mal por haber sobrevivido, tampoco tendrías que sentirte mal por tener el resto de tu vida por delante, por tener los mejores años de tu vida esperándote.

Acabás de entenderlo recién, porque él acaba de decírtelo. Él, con esa voz y esas palabras capaces de derretirte. Él, con su forma tan suave de hablarte, esa forma tan suave y tan única de llegar a tu corazón y a tu alma, envolverlos y acariciarlos hasta estremecerlos.

"Soy una tonta" reís nerviosamente "Tengo veinticuatro años, debería dejar de actuar como una nena asustada. Soy una tonta" repetís, y reís nerviosamente de nuevo "Tenés razón en todo lo que decís, Tony, pero soy tan tonta que me cuesta comprenderlo. Soy una tonta, maquinándome la cabeza con estas cosas…" te excusás.

Pero con él no hacen falta las excusas, o las disculpas, porque él te acepta como sos y está dispuesto a lidiar con lo que sos. Con él no hace falta que aparentes ser fuerte, con él no necesitás fingir que estás hecha de hierro.

"No, Michelle, no lo sos" te corrige firmemente "Sos un ser humano" nuevos sollozos se escapan de tu garganta, porque las emociones que estás sintiendo necesitan ser expresadas "Está bien que llores, está bien que expreses tu angustia" esto hace que tus sollozos se intensifiquen más "Cosita hermosa, quisiera tanto poder estar con vos…" se lamenta de pronto al escucharte ahogar más sollozos.

Se siente tan bien poder llorar, poder liberarte. Te cuesta respirar, es cierto, pero al menos esta vez estás desahogándote: antes estabas ahogándote en ese mar de llanto reprimido que te comía por dentro, ese mar de llanto reprimido que ahora estás dejando salir, gracias a él, gracias a su palabra, gracias a su voz.

"Lo estás" le asegurás "Cuando escucho tu voz… es como si estuvieras conmigo"

Gracias a su voz, el mundo es más hermoso. Tu mundo es más hermoso. Incluso si en noches como esta la desesperación y las pesadillas estaban acechándote, impidiendo que pudieras descansar. Gracias a su voz, no hay nada que pueda hacerte mal. Gracias a su voz, el miedo, cualquier miedo, empequeñece.

"No es lo mismo" exhala pesadamente "Quisiera poder abrazarte, cuidarte…"

Después de tantos años de angustia, después de tantos años sola, después de tantos años temiendo enamorarte, entregarte, después de todo eso, que alguien, que él quiera cuidarte es la sensación más dulce del mundo.

"Tony, ya estás cuidándome" le asegurás "Cuando me hablás, cuando escucho tu voz, y me decís que está bien llorar, que no tengo que sentirme como una tonta, cuando me decís que quisieras estar acá conmigo… Tu voz es tan dulce y me tranquiliza tanto, es como si estuvieras acá conmigo, es como si estuvieras abrazándome. Me hace bien hablar con vos, Tony" seguís "Tu voz me hace bien, mucho bien"

"Pero estás llorando y yo no puedo secar tus lágrimas"

"Tony, llevaba horas conteniendo el llanto, y ahora finalmente puedo dejarlo salir porque hablé con vos y me aliviaste. Y no hace falta que seques mis lágrimas con tus dedos, porque podés secarlas con tus palabras"

Estás hablando con honestidad: si bien las lágrimas no dejan de caer, poder llorar, poder decir que tenés miedo, saber que hay alguien en este mundo que te ama y que se preocupa por vos, es un gran alivio.

"Puedo cerrar los ojos e intentar conciliar el sueño pensando que estás acá, abrazándome" sugerís "Además, tengo a mi osito" agregás, mirando al animalito de peluche que yace recostado a tu lado "y tengo tu voz grabada en mi corazón"

"Se me ocurre una idea mejor, cosita: no puedo abrazarte con el cuerpo, pero quiero abrazarte con el alma" te dice la misma frase que se cayó de tus labios días atrás cuando estaban en esa sala de la CTU esperando a que vinieran a acusarlos de haber drogado y encerrado a Chappelle.

Antes de que puedas replicar, vuelve a hablarte.

"¿Tu teléfono es uno de esos que tienen la opción de poner altavoz?" la pregunta es desconcertante.

"Sí" contestás, sin entender bien de qué va todo eso.

"Quiero que pongas tu teléfono en altavoz" te pide "y que lo dejes a un costado sobre la almohada junto a tu oído, te hagas un ovillo chiquitito, te tapes con la frazada y abraces muy fuerte al osito"

Sin preguntar para qué, por qué o qué tiene en mente – después de todo, confiás en él y en esa voz más que en cualquier cosa sobre la faz de esta Tierra -, presionás con el pulgar el pequeño botoncito del lado izquierdo del teclado y activás el altavoz; depositás suavemente el teléfono sobre la almohada y luego te recostás con la cabeza junto a él, hecha un ovillo, y tomás al oso en tus brazos para estrecharlo fuertemente.

"Yo también tengo mi teléfono en altavoz, junto al almohadón" prosigue "muy cerca de mi oído para poder escuchar hasta tu respiración"

Tu respiración, que ahora está mucho más calma y relajada, porque el llanto ha cesado y las lágrimas caen más despacio y prácticamente silenciosas, bañando tu ya húmeda y enrojecida piel, arrastrando consigo los rastros de otras anteriormente derramadas.

"¿Ya estás recostada, Michelle?"

"Sí" susurrás suavemente "Estoy con Osito"

"¿Ese nombre elegiste para él?" inquiere divertido.

"Sí, se llama Osito" contestás, sonriendo y apretujándolo aún más fuerte, recordando que él te dijo que ese animalito de peluche iba a cuidarte y a hacerte compañía cuando él no pudiera, y aunque es cierto que ningún animalito de peluche puede reemplazarlo, sentir la felpa suavecita y tibia es muy relajante, casi tanto como su voz.

"Bueno, Osito y yo vamos a cuidarte" anuncia, y podés imaginarte la sonrisa en su rostro y el brillo en su mirada como si estuvieras viéndola "Cerrá esos ojitos hermosos, Michelle" te pide, pero tus párpados no se caen enseguida, es necesario que te insta una vez más "Mi vida, no tengas miedo a las pesadillas, yo estoy cuidándote" te recuerda "Cerrá los ojitos"

Y le hacés caso: lentamente tus párpados se caen, y quedás envuelta en la oscuridad.

Escuchás su voz, su dulce voz, el único sonido audible acariciándote los oídos, la piel, el corazón, el alma, envolviéndote, y la negrura a tu alrededor es simplemente eso: negrura. No aparecen fantasmas, no aparecen los rostros de los que ya no respiran, no se escuchan los gritos, no hay humo, no te ves de nuevo arrodillándote junto a aquel cuerpo que pensaste era el de Tony.

La negrura es eso: negrura. Y hasta te atreverías a describirla como cálida, porque con su voz llegando a tus oídos a través del pequeño teléfono, esa negrura no es negrura, es un refugio, es tu refugio. Lo que antes significaba temor ahora está convirtiéndose en el lugar donde nada jamás va a hacerte daño, el lugar donde su voz te mantiene a salvo de todo.

"Mantené los ojitos cerrados" repite "y tratá de relajarte. Yo voy a estar cuidándote" te recuerda "Voy a hablarte hasta que te quedes dormida, y después voy a quedarme acá en caso de que te despiertes"

"Estás loco" murmurás, ya adormecida, ya empezando a perderte, esforzándote por no ceder del todo a esa necesidad de dejarte llevar y caer en el país de los sueños, y poder seguir en la conversación "¿Vas a quedarte al teléfono toda la noche?" preguntás con cierto dejo de incredulidad para cerciorarte de haber entendido bien.

"Sí. Voy a ser tu angelito de la guarda" susurra.

Tus ojos se abren un poco, y ves el teléfono a escasos centímetros de tu cabeza.

"Tony, va a costarte una fortuna si te quedás en línea toda la noche" protestás en un murmullo que sólo él puede oír porque está completamente pendiente de hasta cada vez que respirás, un murmullo medio ahogado por la orejita de Osito, que está muy cerca de tus labios.

"Michelle, no te das una idea de lo que estaría dispuesto a pagar o a hacer con tal de mantenerte a salvo, incluso si es de tus pesadillas que tengo que cuidarte" te asegura, y en esa voz podés escuchar claramente que está hablando en serio, que no hay palabra que se haya caído de su boca que no haya sido sentida y respaldada por su corazón.

No hay sensación en el mundo más dulce que saber que él haría lo que fuera con tal de cuidarte. No hay sensación más dulce en el mundo que saber que pertenecés a alguien, a un lugar, que pertenecés en los brazos del hombre que amás, y que ese hombre sería capaz de caminar sobre el agua o sobre el fuego para mantenerte a salvo de algo tan abstracto como tus miedos o tus pesadillas.

"Sos el más dulce del mundo" susurrás, abrazando más fuerte a Osito "Te amo" suspirás "Sos el amor de mi vida, ¿sabías?" preguntás ya medio dormida, porque tu cuerpo se ha relajado de tal modo que ya el cansancio va haciéndose presente, ganando la partida.

"Yo también te amo, Michelle, y vos sos la mujer de mi vida" te arrulla suavemente "Más que a todo y más que a nada te amo, por eso quiero cuidarte, por eso sería capaz de cualquier cosa con tal de que sintieras que estoy abrazándote, incluso si es sólo mi alma abrazando a tu alma. Descansá tranquila, cosita. Yo estoy acá. No voy a dejar que nada malo te pase"

Intentás abrir la boca para contestar, pero no sale ningún sonido: ya estás más dormida que despierta.

Escuchándolo repetir las mismas palabras una y otra vez, escuchando su dulce voz – el sonido más dulce del mundo – tranquilizándote, es como si él estuviera ahí. Así te sentís: como si físicamente él estuviera con sus brazos rodeando tu cuerpo, meciéndote despacio, su respiración mezclándose con la tuya, su corazón y el tuyo latiendo acompasados, como lo han estado prácticamente desde que el Universo existe.

Su voz, gracias a ella los miedos se van y las pesadillas no vienen.

Gracias a su voz caes sumida en el profundo y pesado sueño que tu cuerpo venía necesitando.

Gracias a su voz caes en una red de seda fina, envuelta en un capullo dentro del cual nada malo puede ni va a pasarte.

Gracias a su voz, los miedos se van. Se van, simplemente desaparecen, no te molestan, no te perturban, no interrumpen tu tan necesidad descanso.

Gracias a su voz, esta noche de sábado podés dormir en paz, sin que la culpa te cause pinchazos en el estómago – donde ahora flotan libres millones de mariposas -, sin que los recuerdos te atormenten, sin que los rostros de los muertos vengan a visitarte para recordarte cuántas vidas se perdieron.

Estás ahí, hecha un ovillo chiquitito, abrazando muy fuerte a Osito (ya vas a contarle por qué elegiste ese nombre para el muñeco de peluche), con la cabeza reposando sobre la almohada de plumas y el teléfono muy cerca, para que él pueda escuchar tu respiración suave y acompasada, para que puedan llegar a tus oídos sus palabras dulces, para que él – que va a pasar la noche en vela, muy atento, cuidándote a la distancia – pueda calmarte enseguida si las pesadillas te visitan.

Pero las pesadillas no van a visitarte.

Los miedos no van a molestarte.

Esos miedos esta noche se fueron, gracias a su voz. Gracias a su dulce voz.


Nota de la autora:

Otro capítulo que no me gusta en lo absoluto, pero eso es porque soy una maldita perfeccionista que jamás queda conforme con nada de nada.

Esta pequeña nota es para dejar enlistadas algunas cosas:

1) Perdón por haberlas decepcionado (¿o debo decir 'haberlos'? No sé si habrá algún lector masculino. Si lo hay, dejénme saber). Ya sé que querían que Martina y Michelle se conocieran, pero mi plan inicial no fue que sucediera en este capítulo, si no dentro de dos o tres capítulos más, de una manera más em... conflictiva. Sí, más conflictiva que Michelle llegando e interrumpiendo a Tony y a Martina antes de que él pudiera hablar sobre Michelle con su hermana o antes de que ella pudiera resolver el tema de su supuesto embarazo. Va a ser más conflictivo, se los prometo, voy a compensar la decepción que deben haberse llevado.

2) Ya sé que a este paso vamos a ser todos viejos y vamos a estar todos grises para cuando llegue a mi versión del Día 5. Solamente han pasado unos cuatro o cinco días desde el día de la bomba nuclear - es decir, desde el día en que tuvo lugar la segunda temporada de 24 -, y les prometo que no pienso escribir estos tres años de noviazgo/compromiso/matrimonio detallando día por día (aunque no me molestaría hacerlo; es decir: amo escribir, mi miedo es que ustedes se cansen de mi manera lenta de encarar las cosas). En fin, por eso el capítulo siguiente va a pasar directamente al lunes a la noche y al martes, día en que van a regresar a la CTU, describiendo MUY brevemente lo sucedido en el medio. De esta manera, las cosas van a ir acelerándose un poquitito más, aunque no de golpe ni a gran escala, al menos que ustedes no tengan inconvenientes en que yo - siendo tan detallista y tan meticulosa y tan descriptiva - siga agregando capítulos larguísimos.

3) Gracias por leer y por dejar comentarios tan lindos. No tienen idea de lo mucho que significan. De hecho, me impulsan a escribir. Escribí este capítulo en 48 horas (estuve toda la semana muy ocupada y no pude dedicarle tanto tiempo como me habría gustado) porque vi esos comentarios hermosos que me dejaron y sentí ganas de sentarme y escribir esto. Ahora mismo comienzo a escribir el capítulo 47, así que estará listo pronto.

4) Avisenme cuando se aburran de mí, eh :)