Cruzaría los mares sólo por abrazarte.

Tuviste un sueño raro, más bien una pesadilla absurda, en la que un mar inmenso, un océano oscuro y profundo te separaba de él. Podías, de algún modo, ver la otra orilla, verlo a lo lejos, distinguir si silueta y reconocerlo – porque a él lo reconocerías en cualquier parte, sea en medio del desierto después de haber pasado días agonizando sedienta o sea en medio de una multitud gigantesca de miles de millones de personas agolpándose, empujándose -. En tu sueño lo veías, lejos, en la otra orilla, mirándote con las mismas ansias y la misma necesidad, con el mismo amor y la misma locura dulce y descontrolada con la que vos lo mirabas, con la misma cruda desesperación carcomiéndolo por dentro como estaba carcomiéndote a vos. Y en tu pesadilla absurda en la que un océano inmenso te separaba de la única persona de la que no querés separarte jamás, él te pedía a penas moviendo los labios, a penas susurrando, te rogaba con sus últimas fuerzas que lo abrazaras, que cruzaras ese mar gigantesco, ese océano hasta llegar a la otra orilla porque necesitaba que lo estrecharas entre tus brazos.

Y vos, en tu pesadilla absurda en la que si bien las dimensiones pierden sentido y de repente hay un océano inmenso separando una terriblemente lejana orilla de la otra podés ver claramente y escuchar claramente los susurros de alguien que se encuentra separado de vos por un mar, te arrojabas a las aguas heladas sin pensarlo dos veces y empezabas a nadar. Y empezabas a ahogarte, a perder las fuerzas, a debilitarte, si bien con cada pedacito de tu ser estabas luchando, si bien cada hálito de vida estabas tratando de avanzar y llegar hasta donde él te esperaba.

Pero en tu pesadilla ese mar crecía, ese mar era eterno, ese mar era profundo, cada vez más profundo, y por mucho que lucharas para llegar a los brazos de tu amor, no podías. Te ahogabas, te tragaban las aguas oscuras, te envolvían, te empujaban hacia abajo, y a vos no te importaba lo que sucediera con tu cuerpo, no te importaba sentirte sofocada, no te importaba no pode respirar: a vos sólo te importaban esos ruegos que llegaban a tus oídos, esos ruegos que te pedían que resistieras, que aguantaras, que no lo dejaras, que fueras a abrazarlo. Sólo te preocupaba estar hundiéndote y haber perdido las fuerzas para luchar contra ello porque eso significaba que no podrías estrecharlo entre tus brazos, significaba que le fallarías, que lo decepcionarías, significaba que ibas a morir ahogada en ese océano con él pensando que tu amor no había sido lo suficientemente inmenso, lo suficientemente profundo, lo suficientemente puro para ayudarte a llegar a esa orilla, para ayudarte a llegar a sus brazos necesitados de los tuyos.

Despertaste esa madrugada completamente sobresaltada, empapada en sudor frío, con el corazón acelerado y jadeando, sin que el aire te llegara a los pulmones, sintiendo que no podías respirar, que estabas sofocándote, que estabas ahogándote. Como siempre que por un motivo u otro te ves obligada a dormir sin él, uno de tus brazos estaba alrededor de tu osito, mientras que tu rostro se encontraba enterrado en su panza de felpa; es una posición que adoptás naturalmente, casi instintivamente podría decirse, porque desde que tenés memoria, desde que a los dos años empezaste a dormir en una camita en lugar de una cuna, tomaste el hábito de dormir abrazando a la almohada y con la cara completamente enterrada en ella. Ahora ya no es la almohada a lo que te aferrás, si no el simpático animalito de felpa, cuyos ojitos marrones son lo primero que los tuyos lograron enfocar cuando empezaste a calmarte y a respirar con más normalidad.

Fue, sin duda alguna, el sueño más raro, absurdo y casi surrealista que hayas tenido alguna vez, y despertó en vos sin duda alguna la reacción más extraña e inesperada, porque cualquiera que te hubiera visto hubiera creído que acababas de tener una pesadilla terrible.

Notaste lágrimas inexplicables formándose en tus ojos y humedeciendo tus mejillas, dejando pequeños círculos mojados sobre las sábanas, pero no te diste cuenta. Exhalaste profundamente, agradeciendo poder sentir el aire invadir tus pulmones, llenándolos, y te dejaste caer de nuevo en el colchón, hundiéndose su peso en él.

Te quedaste profundamente dormida, hecha un ovillo, con las lágrimas que seguían cayendo libres e incontenibles empapando la panza blanca del osito. No volviste a tener pesadillas. Simplemente soñaste con él, como todas las noches.

Cuando despertaste la mañana siguiente con el sonido del radio reloj y viste los números grandes y rojos anunciando que eran la cinco de la mañana del viernes veintiuno de septiembre – primer día del invierno – no recordabas nada sobre ese sueño que hizo que te sobresaltaras tanto y te redujo a un manojo de nervios.

Sin embargo, tu subconsciente lo tiene archivado en algún lugar, como recordatorio fiel de que llegado el caso, serías capaz de cruzar cualquier mar u océano con tal de alcanzarlo y abrazarlo; llegado el caso, serías capaz de luchar contra cualquier fuerza decidida a hundirte y a impedir que te encuentres en sus brazos, y a diferencia de lo sucedido en tu sueño, en la vida real tendrías las fuerzas necesarias para mantenerte a flote y no ser tragada por las negras aguas.

Al observarte en el espejo esa mañana antes de meterte en la ducha, no te percataste de los rastros que las lágrimas habían dejado en tu piel, no te percataste de la leve hinchazón en tus ojos asiáticos, porque ni siquiera te tomaste la molestia de examinar tus facciones cuidadosamente. Estabas demasiado perdida dentro de tus pensamientos, con una sonrisa curvando tus labios, porque finalmente el calendario marcaba que el viernes había llegado, porque el comienzo del invierno va a darte muchas excusas para robarle más sweaters (hasta ahora te regalo tres, que vas alternando cada noche) y usar sus pares de medias más abrigados para impedir que tus pies propensos a congelarse se enfríen, y porque la perspectiva de no regresar a tu departamento – tan chiquito, tan vacío en comparación al suyo – hasta el domingo por la noche y pasar todo el fin de semana con él otra vez – con suerte sin interrupciones ni problemas – te hacía tanta ilusión que no podías pensar en otra cosa, no podías concentrarte en nada más, mucho menos en el aspecto de tu rostro, el cual examinás cada vez menos para buscarle defectos o llegar a la amarga y punzante conclusión de que sos fea, porque esos demonios están siendo exorcizados de a poco cada vez que él te recuerda lo hermosa que le parecés.

El sueño que tuviste no volvió a aparecer en tu cabeza durante el transcurso del viernes. De hecho, ni siquiera recordabas haberte despertado en el medio de la noche. Como si jamás hubiera sucedido, como si jamás te hubieras sentido ahogada y desesperada porque en no podías llegar a él y abrazarlo.

Sin embargo, por algún motivo, quizá porque los pedazos de ese sueño quedaron desparramados en tu subconsciente, durante las primeras horas de la jornada – si bien te mantuviste dentro de tu papel de empleada modelo, compuesta y profesional en todos los sentidos – prácticamente la piel te dolía y tu corazón se aceleraba porque las ganas de abrazarlo eran incontenibles.

Generalmente durante el día se roban miradas, comparten sonrisas cómplices cuando nadie los mira y vas a su oficina a llevarle papeles o a decirle cosas que podrías haberle comunicado a través de un correo electrónico demasiado seguido, pero las ganas de besarlo y abrazarlo son contenidas. Sabés que estás trabajando, sabés que cuando estás entre las paredes de la CTU hay ciertas reglas que cumplir, sabés lo importante que es cuidar y mantener a salvo ese secreto que es sólo de los dos, sabés que hay ciertos impulsos que no podés permitir te controlen. Sin embargo, ese viernes no podías ignorar la extraña y urgente necesidad de abrazarlo despertada por datos almacenados en tu subconsciente de los que no sos consciente, cinco minutos al menos, y dejar que se pierda en tus brazos durante un breve período de tiempo durante el cual ambos pueden jugar a pretender que el resto del Universo no existe y que están solos en él.

Es una necesidad extraña, se te ocurrió, mientras tecleabas velozmente con los ojos fijos en el monitor, de tanto en tanto volteando la cabeza para chequear los procesos que habías puesto en marcha en las otras computadoras que rodean tu estación de trabajo para asegurarte de que todo estuviera en orden. Esa sensación extraña pasaste varios minutos, varios largos minutos analizando, tratando de entenderla, tratando de comprender por qué tu cuerpo se sentía vacío, porque sentías las venas vacías, el corazón pesado, un nudo de angustia cuya razón aparente distaba de encontrarse dentro de tus conocimientos y que presionaba en tu garganta y en tu estómago, haciendo que esa necesidad aumentara hasta el punto de enloquecerte, hasta el punto de convertir en obsesión la manía de mirar el reloj a cada rato y protestar mentalmente cuando notabas que las agujas se movían demasiado despacio, dándote la sensación de que el tiempo en lugar de moverse hacia adelante estaba dando pasos hacia atrás, queriendo cruelmente alejarte del momento en que podrías estar a solas con él y abrazarlo.

Seguías sin recordar el sueño de la noche anterior, sin sospechar de sus restos dando vueltas en los confines más recónditos de tu mente, en la roca viva de tu subconsciente, generando repercusiones como esa, como las ganas de ir y abrazarlo.

Abrazarlo, nada más. Rodear su cintura con tus bracitos tan chiquitos y livianos si se los compara con los suyos, dejar tu cabeza reposar sobre su pecho para sentir los latidos de su corazón a través de la fina fibra de su camisa, sentir sus brazos cerrándose alrededor de tu espalda y sus manos quedándose en el preciso punto en el cual pueden sentir los latidos de tu corazón bajo sus palmas.

Simplemente querés abrazarlo y quedarte muy, muy quieta, casi sin respirar, estrechándolo tanto como se pueda físicamente, diciéndole sin usar palabra que lo amás y que siempre vas a estar cuando te necesite, pase lo que pase (ese es otro pensamiento raro que estuvo dando vueltas en tu cabeza durante todo el viernes: una vocecita aparecía de la nada y susurraba en tus oídos frases del estilo 'pase lo que pase tenés que mantenerte a su lado, no dejar que te hundan o que te separen de él, pase lo que pase', como si tu intuición estuviera tratando de enviarte un mensaje que no captás completamente porque alguna pieza del rompecabezas falta y no lográs verlo en su totalidad).

Sólo pensar en las horas que tendrías durante el fin de semana para abrazarlo tanto como se te antojase provocaba que una sonrisa se formara en tus labios y cruzara tu rostro de una punta a la otra casi sin que te dieras cuenta que los músculos de tu cara se habían levantado hacia arriba dándote esa expresión de nena de cinco años enamorada por primera vez (bueno, sí es la primera que vez que te enamorás y algunas veces desearías tener cinco años otra vez y disfrutar todas las cosas lindas que por un motivo y otro te perdiste, pero eso no viene al caso).

Y ese pensamiento te llevó a otro pensamiento, y ese pensamiento hizo que en tu rostro se dibujara otra sonrisa, tan linda como la anterior: con él estás viviendo – de apoco, sin apurarse, despacio – muchas cosas de las que te alejaste, de las que pasaste años de tu vida huyendo por miedo.

Miedo al abandono.

Miedo al rechazo.

Miedo a enamorarte.

Miedo a amar.

Miedo a que te amen.

Miedo a la intimidad, también.

Miedo a que tu corazón se astille.

Miedo a entregarte a alguien de forma tal que tu vida nunca más vuelva a ser tuya.

Miedo a depender totalmente de otro.

Miedo a dar tu alma y que te la devuelvan partida al medio.

Todos esos miedos que fueron plantados en tu cabeza, en tu corazón, en tu alma, que se metieron debajo de tu piel desde que eras muy chica y veías a tu mamá sufrir por amor, que crecieron y se ramificaron hasta llegar más y más profundo dentro de vos y echar raíces firmes cuando a la edad de doce años empezaste a leer de su puño y letra lo mucho que tu madre había sufrido…, todas esas cosas y tu timidez natural te llevaron a convertirte en la clase de chica que pasa más tiempo con el rostro enterrado detrás de los libros, la clase de chica que aprende a pensar y a tener la mentalidad de un adulto desde su más tierna infancia, la clase de chica que no tiene amigos y tiende a ser un tanto antisocial porque siente que no encaja en ninguna parte.

Fuiste la clase de nena que tenía un "hogar problemático", la nena cuya familia pasaba "circunstancias difíciles", por denominarlo de alguna forma.

Y si se observa detalladamente tu árbol genealógico, si se hace un estudio detallado de tu vida, se puede entender con facilidad cómo fue que te transformaste en esa nena con miedo a sentir, con miedo a expresarse, que nunca pudo gustarse a sí misma, que siempre se vio fea, que siempre se sintió menos, que siempre se sintió sola, que recién a los veintitrés (casi veinticuatro años) conoció a su primer verdadero amor, que recién a los veinticuatro años está viviendo ese primer amor, ese amor dulce, puro, inocente y eterno con el que todas las nenas sueñan desde chicas pero que piensan nunca van a encontrar porque, de hecho, tienen miedo a lo que pase cuando lo encuentren.

Al llegar estos pensamientos a tu cabeza, la sonrisa se quedó en su lugar, pero se tiñó de tristeza, de una tristeza que hizo que las mariposas en tu estómago se volvieran no menos inquietas pero sí un poco amargas.

Y las ganas de abrazarlo, de subir las escaleras que conducen a su oficina y pedirle dos minutos de su tiempo para fundirte en sus brazos un ratito porque la necesidad de hacerlo estaba enloqueciéndote como nunca creíste posible sucedería, se volvió mucho más intensa cuando en un instante aparecieron en tu mente toda clase de deducciones y pensamientos que generalmente mantenés lejos o que solés reservar para esas noches de insomnio en las que luego de un día difícil en lugar de pelearte con vos misma tratando de conciliar el sueño decidís torturarte analizando, reflexionando, recordando, pensando, buscando explicaciones freudianas que encajen con tu personalidad y las cosas, los factores, las personas, las vivencias, las circunstancias que te llevaron a ser así como sos, la nena asustada y tímida que se esconde detrás de la máscara de eficiente, valiente y decidida agente federal que en actos de patriotismo daría la vida.

Padre: fallecido.

Nunca lo conociste. O, mejor dicho, no lo recordás. No recordás esas cosas que tu mamá en sus estados de ebriedad pasiva y nostálgica te contaba. No recordás a tu papá dándote de comer haciendo de cuenta que la cuchara era un avioncito para que te rieras. No recordás a tu papá hablándote en japonés para que lo aprendieras desde la cuna. No recordás a tu papá cantándote canciones en su lengua materna. No recordás a tu papá acunándote para que te durmieras.

Tuviste un papá que te quería y te cuidaba, pero eso fue hace mucho tiempo y no duró. Tu mamá culpaba a Dios, al destino, a la mala suerte, a cualquiera que se le ocurriera en sus estados de ebriedad. Vos nunca culpaste a nadie. Son cosas que pasan. Pero eso no quita que la falta de un papá no te doliera, eso no quita que cada día de tu vida te preguntes cómo habrían sido las cosas si tu papá no hubiera fallecido.

A los once meses pasaste a ser "la pobre nena cuyo papá murió de un paro cardíaco cuando ella era una bebita", "la pobre nena que nunca va a acordarse de su papá porque era muy chiquitita cuando él falleció", "la pobre nena que no lo recuerda porque era demasiado pequeñita la última vez que lo vio", "la pobre nena cuyo único recuerdo de su padre es la muñeca de trapo que le regaló cuando tenía seis meses" porque tu mamá al abandonarte cuando tenías diez años usando de excusa esa mentira de ir a rehabilitarse se llevó absolutamente cualquier foto o pertenencia que haya sido de tu papá; incluso se llevó todas tus fotos hasta esa fecha, tus cosas de cuando eras bebé, todo. Sólo dejó sus diarios, los que leíste más adelante, y la muñeca, porque jamás te separabas de ella.

Todavía conservás esa muñeca, junto con una mantita que a los cuatro años llevabas a todas partes, en una caja de cartón rosa que de tanto en tanto cuando te invade la nostalgia y necesitás sentir que estás en el hogar tradicional que nunca tuviste buscás en los estantes más altos de tu ropero, sacás ambas cosas y quedás largo rato contemplándolas, tratando de no ahogarte pensando en lo lindo que hubiera sido tener un papá, una mamá, un lindo hogar.

Qué lindo hubiera sido que tu papá viviera unos años más, que siguiera dando a tu mamá la felicidad que ella tanto disfrutaba a su lado.

Qué lindo hubiera sido que su historia de amor hubiera durado unos años más.

Qué lindo hubiera sido que él tuviera más tiempo para enseñarle a quererse a sí misma y a valorar las cosas que nos da la vida.

Qué lindo hubiera sido tener una familia típica.

Madre: alcohólica, depresiva, bipolar.

Enviudar a los veintisiete años, con su suegra como único sostén, un problemático hijo de doce años enojado con la vida, violento y poco propenso al estudio y una beba de once meses que con sus enormes y expresivos ojitos orientales observaba desde la cuna, sin entender realmente pero percibiéndolo todo con sus sentidos, cómo la familia que podría haber llegado a tener pero que nunca tendría se destruía a pedazos, dejó a quien un día cambió el nombre Elle van Hessen por Ellis Dessler (Ellis, así la llamaba él, el amor de su vida, tu papá, el único que la quiso, el único que la cuidó) destrozada, desgarrada, hundida en un pozo sin fondo, un pozo demasiado profundo como para que alguien pudiera rescatarla, la dejó hundida en el mismo pozo del cual él la había sacado, sólo que esa vez nadie sería capaz de ayudarla, nadie sería capaz de domar su alcoholismo, su depresión y su bipolaridad.

Pero sus problemas, sus traumas, venían de antes. Su alcoholismo, su depresión, su bipolaridad, su dependencia de sustancias que la dejaran fuera de la realidad para poder ignorar el dolor, todo eso venía de antes, desde que era pequeña, desde que viajó desde Europa a los Estados Unidos cuando aún era una nena.

Ser abusada sexualmente de muy jovencita la llevó a desarrollar una personalidad triste y paranoica. Nunca lloraste tanto ni tuviste tantas náuseas como cuando llegaste a la parte en uno de sus diarios que describe esos abusos por parte de su padrastro. Nunca lloraste tanto ni tuviste tantas nauseas como cuando leíste, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón en la garganta, las palabras elegidas por tu propia madre para describir cuanto sufrió en esa relación clandestina y enfermiza con un hombre que a los trece años le prometió rescatarla de un infierno y la llevó a otro.

A tu mamá la lastimaron mucho en ese aspecto, tanto que durante años, desde muy pequeña, se sintió ultrajada, usada, maltratada, abusada. El camino recorrido por ella antes estuvo lleno de circunstancias que la dejaron demasiado lastimada como para llegar a recuperarse. Lo único que otros hombres hicieron con ella antes de que encontrara al indicado fue aprovecharse de su inocencia, de su necesidad de afecto, de su necesidad de sentirse protegida incluso cuando en realidad en el fondo ella sabía que no iban a protegerla, pero cada vez que se daba cuenta de ello y trataba de escapar, resultaba ser demasiado tarde para salir de la boca del lobo.

Quedar embarazada a los quince años de un hombre mucho más grande que ella que la engañó para simplemente utilizarla mientras se le diera la gana y luego la dejó abandonada en la calle la llevó a desconfiar aún más del resto del mundo y a temer al contacto humano de cualquier tipo. Ella creía estar enamorada de él, a pesar de la diferencia de edad, creía que él quería ayudarla, aunque no fuera cierto. Y nuevamente fue hecha añicos, nuevamente se quedó con el corazón roto, el alma hecha jirones y su futuro arruinado, con una criatura no deseada creciendo en su vientre, apenas lo necesario para comer, enferma y débil, dependiendo de la ayuda de extraños que se aprovechaban de ella incluso en su condición.

Eventualmente la salvaron, la rescataron de las calles, de la miseria en la que estaba sumida, limpiaron sus heridas y le enseñaron a vivir otra vez.

Eventualmente encontró el verdadero amor, aquel que prometió cuidarla siempre, protegerla con su vida, quererla, respetarla, ayudarla a sanar.

Eventualmente encontró a un hombre que no la vio como a un objeto del cual disponer cuando le viniera en gana, un hombre que poco a poco fue valiéndose de su confianza, un hombre que le devolvió esa confianza perdida, un hombre que puso en su rostro la sonrisa que hacía tiempo allí no aparecía, un hombre que le demostró no todos los de su género tratan mal a las mujeres despreciándolas y deshonrándolas, un hombre que hizo que viera que existen buenos padres dispuestos incluso a criar hijos que no son suyos. Un hombre que le enseñó lo maravilloso y dulce que puede ser el sexo cuando el amor domina al acto y las dos personas están conectadas la una con la otra emocional y espiritualmente, pensando en cuidarse y no simplemente en satisfacer sus propias necesidades.

Ser rescatada de su adicción a las drogas y de las garras de los fríos y crueles barrios bajos por el que acabaría siendo su único y verdadero amor le devolvió su dignidad y su auto respeto y le dio una segunda oportunidad para tener una vida mejor y darle una vida mejor a su hijito.

Pero antes de conocer a tu papá tu mamá tuvo que pasar por más de un infierno. Antes de encontrar su lugar en el mundo, cometió muchos errores, muchas equivocaciones, fue víctima de muchas atrocidades y de muchos engaños, fue herida de por vida, le robaron cosas que no pueden recuperarse, cosas que cuando te faltan te dejan tan hondamente marcado que nunca volvés a ser vos mismo.

Cuando era chica le robaron la inocencia.

Cuando era apenas una adolescente de trece años un hombre le prometió ayudarla y cuidarla, pero no hizo más que seguir abusándola emocionalmente (de acuerdo a las palabras de tu mamá, él la amaba pero de una forma extraña e incomprensible), para luego a los quince años echarla a la calle cuando la embarazó.

Cuando aún le quedaba algo de capacidad para confiar, se encontró con otros desalmados que la convencieron de entregarse a ellos por un poco de comida y unas monedas, y a veces hasta por un poco de droga.

Y cuando perdió por completo cualquier capacidad de confiar en otro ser humano, empezó a lastimarse a sí misma consumiendo más drogas en un intento por entumecerse y no sentir el dolor, la vergüenza, la angustia, la desesperación.

Hasta que tu papá cruzó el camino de ella, ella cruzó el de él, y fue salvada.

Sí, a tu mamá la salvaron.

Sí, eventualmente tu mamá supo qué era el amor (y cuando lo perdió de pronto, cuando lo único bueno en su vida le fue arrebatado de pronto, cuando le arrancaron a ese amor, agonizó hasta salirse de control, hasta enloquecer. Si bien han pasado catorce años desde la última vez que la viste, dudás que siga con vida, porque haber perdido a ese amor la mató).

Sí, tu mamá vivió un tiempo de felicidad en el cual comenzaron a repararse los destrozos hechos a su cuerpo, a su corazón, a su mente, a su alma.

Sí, las cosas terminaron trágicamente, pero al menos en medio de tanta oscuridad que rodeó a su complicada y triste vida tu mamá vio algo de luz y sintió algo de ese calor.

Pero antes tuvo que pasar por tantos infiernos…

Y leer sobre esos infiernos te marcó a vos. Marcó tu personalidad. Ayudó a que te convirtieras en la clase de persona tímida, introvertida y vergonzosa que sos vos, la chica que durante años tuvo miedo a hacerse mujer y por eso decidió aferrarse a su inocencia tanto como pudiera, la inocencia que a su mamá le arrebataron de golpe y sin pedirle permiso.

A los doce años, después de haber leído ese pasaje de su historia escrito en esos diarios con su propia letra y de su propio puño, formaste en tu cabeza un concepto sobre el sexo y la intimidad entre dos seres humanos bastante extraño para el siglo en que vivimos pero tampoco tan raro si se tiene en cuenta y analiza la forma en que tu abuela te crió siguiendo firmemente las costumbres y creencias orientales.

Haber leído todo lo que le hicieron a tu mamá, todo lo que sufrió, lo mal que se sentía, lo sucia, despreciable y decepcionada consigo misma después de prostituirse estando embarazada para poder comer, después de leer sobre el daño terrible que le habían hecho algunos que decían amarla, decidiste que algo tan hermoso, tan dulce, tan íntimo como debería ser entregarse totalmente a otro, mostrarse totalmente vulnerable frente a otro, desnudar no sólo el cuerpo si no también el alma, ofrecerle a otro algo tan propio como lo es nuestro cuerpo y cada emoción dentro de él, a veces puede llevarnos a situaciones en las que terminamos heridos de por vida, situaciones que nos dejan profundamente destrozados, situaciones que dejan marcas, huellas, cicatrices que jamás sanan, agujeros que nunca cierran y que nunca paran de sangrar.

Juraste que aprenderías de los errores de tu mamá; ella, necesitando escapar de su casa, necesitando escapar de su abusivo padrastro, necesitando escapar de una madre que no la defendía y quería cegarse para no ver la realidad, confió en el hombre equivocado, en un tipo capaz de aprovecharse de la debilidad y falta de afecto de una nena de trece años, convencerla de que estaban enamorados, persuadirla para huir con él, mantenerla encerrada en su casa durante dos años diciéndole que 'estaba cuidándola' y luego arrojarla bajo la lluvia como a un perro callejero cuando la embarazó. Confió en alguien que decía amarla, y acabó aún más despedazada que antes.

Juraste que no creerías en cualquiera, que no confiarías en cualquiera, que no te entregarías a cualquiera tan fácilmente.

Juraste que no te quitarían ninguna de las cosas que le arrebataron a tu mamá tan fácilmente.

Si bien eso condujo a que hasta ahora pasaras una vida solitaria, temiendo a amar, temiendo a enamorarte, temiendo a los hombres, temiendo a lo que éstos pudieran hacerte si te engatusaban, engañaban y te hacían creer que en realidad nada más querían cuidarte cuando lo único que pretendían era usarte, te enorgullece haber comprobado que esperar al indicado vale la pena, te enorgullece haber comprobado que la teoría que elaboraste a los doce años es cierta: el corazón te avisa cuando encontrás a la persona en la que siempre vas a poder confiar, la persona que fue hecha para vos, la persona a la que podés entregarte sin miedo a que te lastimen, la persona a la cual podés entregarle no sólo el alma y el corazón si no también el cuerpo.

Sí, tu mamá – si bien nunca ejerció su papel de madre y te abandonó cuando tenías diez años, cerrando la puerta detrás de sí con la promesa de volver pero sabiendo que estaba mintiéndote descaradamente – te marcó mucho.

Su historia, de la que te enteraste a través de las palabras escritas en esos diarios, te marcó mucho.

Y después, la otra gran figura en tu vida, la que influenció mucho en tu personalidad, fue tu abuela.

Tu abuela: japonesa de raza pura, estricta, severa, educada en una aldea en Japón, casada con un hombre japonés hijo de una nipona y un francés, madre de un único varón, extremada y exageradamente fanática de la cultura de su país.

Con ella cada cumplido había que ganárselo trabajando duro, honradamente, alcanzado metas, mirando más allá, queriendo algo más, superándose. No te felicitaba porque sí, no daba recompensas porque sí, no te premiaba porque sí.

Siempre te trató como a un adulto, no tenés memoria de haber sido tratada como una criatura por ella, jamás. Siempre fuiste, a sus ojos, un adulto más, quizá porque eras sorprendentemente perspicaz e inteligente, quizá porque simplemente así estaba acostumbrada a tratar a las personas, quizá porque no sabía cómo lidiar con un nieto adoptivo que no quería acercarse a ella e insistía en herirla con sus comentarios, una nuera alcohólica, depresiva y bipolar que resultaba una amenaza constante para todo el entorno familiar y que luego de años de lucha abandonó a su hija, una nieta que a los once meses quedó huérfana de padre y con una madre prácticamente muerta en vida, y un hijo enterrado seis metros bajo tierra.

Quizá siempre te trató como un adulto porque necesitaba alguien con quien hablar, alguien con quien compartir sus intereses, alguien con quien mirar clásicos del cine, leer y comentar clásicos de la literatura, discutir temas de adultos.

Sí, tu abuela influenció mucho en tu personalidad, desde siempre.

Tu abuela – estás segura de que no fue intencionalmente, estás segura de que no sabía cuánto te afectaría de grande – impidió que hubieran en tu infancia cosas que habrías querido tener, cosas que ahora que sos una chica de veinticuatro años mirás con anhelo, cosas que desearías haber tenido, y las reemplazó por otras que incentivaron tu inteligencia, tu imaginación, tu sentido de la responsabilidad y tus hábitos de adulto.

Por eso a los cinco años no sólo eras la nena huérfana de padre, hija de una madre alcohólica y depresiva que apenas podía hacerse cargo de ella. También eras la nena que ya sabía leer y escribir a la perfección, pero no porque se hubieran sentado a su lado cada noche para que antes de dormir escuchara historias como las de la Cenicienta, Blancanieves, Pulgarcito, Caperucita Roja y Los Tres Chanchitos. No, a vos nunca te leyeron cuentos infantiles, a diferencia de tus compañeritos que estaban empapados en esa cultura que Disney luego llevaría al cine, porque tu abuela prefería tomar esos grandes volúmenes repletos de relatos de la mitología japonesa y enseñarte parte de la cultura de su país, del país del que procedía la familia de tu papá.

Eras la nena que nunca vio dibujitos animados; solamente, de vez en cuando, algún que otro episodio de Hechizada, Mi Bella Genio y esas series de los años sesenta que te fascinaban, porque a tu abuela le gustaba sentarse y verlas con vos. Pero la mayor parte del tiempo veías películas como La Novicia Rebelde, Mi Bella Dama, Dos en la carretera, ese tipo de clásicos. Cuando hablabas de esas cosas, obviamente, tus compañeritos no te entendían y te ignoraban, porque era más fácil hacer de cuenta que la chica asiática demasiado flacucha y demasiado inteligente no existía en lugar de tratar de entender las cosas que le gustaban. Era más fácil dejarla de lado en lugar de hacerse amigos de ella.

Eras la nena que no conocía (ni conoce) muchos juegos de mesa porque a ella su abuela le enseñó a jugar al ajedrez y a las damas chinas para que pusiera en práctica su impresionante ingenio y alimentara su inteligencia.

Eras la nena que podía pasar horas ejercitando distintas figuras del libro de Origami que su abuela le regaló cuando cumplió seis años.

Eras la nena a la que llevaban de paseo muy raramente, por lo general a la heladería a comer un cucurucho de frutilla cuando su mamá se ponía demasiado agresiva consigo misma y empezaba a gritar hasta desgarrarse la garganta. La mayoría de los fines de semana, si no, te quedabas en tu casa leyendo, dibujando mariposas para pegar en las paredes de tu cuarto, viendo películas clásicas, practicando japonés, conversando con tu abuela o acariciando la cabeza de tu mamá mientras dormía pesadamente luego de alguno de sus arrebatos de locura, que siempre la dejaban exhausta.

Eras la nena que fue adelantada unos años debido a su excepcional y sorprendente inteligencia y que consiguió una beca en uno de los mejores colegios de la ciudad porque su abuela – para mantener a su nuera alcohólica, a su nietita y a su nieto adoptivo – consiguió trabajo trapeando pisos, limpiando ventanas y sirviendo almuerzos allí, a pesar de su avanzada edad y el dolor en sus manos causa de los primeros síntomas de la artritis.

Fue tu abuela la que te inculcó el hábito del silencio: moverse despacio, moverse con gracia, moverse delicadamente, no hablar de más, no hablar cuando no es necesario, ser educada, ser respetuosa, ser puntual, ser prolija, pero por sobre todas las cosas ser silenciosa, estar siempre callada, porque tu mamá necesitaba un ambiente tranquilo para dormir y porque el disturbio y el ruido arruinan el equilibrio. Por eso ahora prácticamente no se escucha en tu departamento más que el sonido de tus pasos sobre la alfombra o sobre el frío suelo del pequeño pasillo: porque tomaste al silencio como un hábito.

Fue tu abuela la que te enseñó a ser una luchadora, a mantenerte en pie, a nunca caer y a levantarse en caso de hacerlo (y es que es cierto: caíste muchas, muchas veces, pero lograste levantarte).

Fue tu abuela la que te enseñó a retener las lágrimas y no derramarlas. Pensó que así estaba haciéndote un bien, nunca se imaginó lo dañino que puede ser retener esas lágrimas, ocultar el llanto, esconderlo en lugar de liberarlo.

Tal vez para ella era más fácil.

Tal vez para vos sentir esa angustia acumulada y aprisionada es más difícil.

Fue tu abuela la que te enseñó a caminar siempre con la cabeza en alto y a no dejar que tus compañeritos te menospreciaran por no ser rubia y de ojos azules como ellos, por se de otra raza, por abrazar una cultura diferente. Quizá no aprendiste la lección porque valían más las palabras crueles de esos nenes que las de tu abuela, pero al menos intentó que entendieras que no debías avergonzarte por ser lo que sos.

Fue tu abuela la que quiso inculcarte valores como trabajar duro para conseguir las cosas que se desean, resaltar la inteligencia por sobre la belleza, destacar las virtudes y ocuparse de mejorar los defectos, superarse a uno mismo constantemente.

Fue tu abuela la que quiso inculcarte amar el suelo en el que naciste pero también amar el suelo en el que habían nacido ella y tu padre (sentís que en ese punto la decepcionaste cuando dejaste de mostrar interés en aprender japonés, en leer cosas sobre Japón, coleccionar fotos de sus ciudades o hacer dibujos con tinta china porque eras americana, no japonesa).

Tu abuela te crió lo mejor que pudo, dejó la vida literalmente tratando de darte un buen hogar, tratando de criarte para ser una buena persona, una buena ciudadana, un buen ser humano. Tal vez fue muy severa y estricta, tal vez impidió que tuvieras cosas que a cualquiera le hacen falta en la infancia (ir al cine, darse un atracón con golosinas de tanto en tanto, ir al parque de diversiones, ir a la feria, ordenar comida chatarra en lugar de siempre alimentarte con vegetales, escuchar música a todo volumen, leer cuentos tradicionales, salir a pedir dulces la Noche de Brujas disfrazada con el vestido de princesa que tanto anhelabas tener), tal vez cometió un error al criarte como a un adulto, pero sabés que hizo lo mejor que pudo dadas las circunstancias, sabés que te quería, que se preocupaba por vos, y que dio su mejor esfuerzo.

Y esa nena se convirtió en una jovencita tímida, callada, brillante, culta, flacucha, insegura respecto a su cuerpo poco atractivo, temerosa de mirarse en el espejo porque nunca le gustaba lo que el reflejo le devolvía.

Y esa jovencita tímida no difería mucho de la nena que había sido antes: seguía sola, seguía sin tener amigos, seguía sin gustarse a sí misma, seguía sin quererse a sí misma, su pánico al abandono crecía día a día, sus miedos parecían devorarla cada día un poco más, seguía sintiéndose discriminada (después de todo, los mismos compañeritos de escuela primaria se transformaron en adolescentes con los que fue a la secundaria).

Esa nena adulta se convirtió en una joven adulta. Una joven que pasaba la mayor parte del día estudiando, jugando al ajedrez con ancianos en el parque, con el rostro enterrado dentro de un libro, una joven que se escondía por las tardes para leer los diarios de su mamá, esos que encontró escondidos en polvorientas cajas de cartón, esos que fueron contándole la historia de la mujer que se fue para no volver diciéndole a su hija una última mentira antes de marcharse para siempre, esos diarios cuyo contenido marcaron a esa joven tanto, tan terriblemente.

Esa joven adulta eras vos. Esa es la joven adulta que fuiste.

La que, por ejemplo, era tan tímida, tan insegura, se sentía tan fea y estaba tan sola que no dio su primer beso si no hasta los quince años (y fue realmente desastroso).

Todavía te acordás del pobre chico, que estaba más nervioso que vos. Se llamaba Leo, y era de origen hindú, de padres hindúes con residencia en la ciudad, por lo cual sobresalía entre ese mar de muchachos rubios de ojos claros y pequitas diseminadas por sus blancas pieles tanto como vos sobresalías por ser la única asiática. Leo fue algo así como tu primer 'noviecito' hasta que tres meses más tarde su familia - compuesta por diplomáticos que eran relocalizados constantemente - se mudó a Suiza, y vos comenzaste la universidad más temprano que lo que hubiera sido normal.

En realidad no sentías por él más que un cariño de amigos, y hasta podría considerarse que fue tu primer verdadero amigo, uno de los pocos que tuviste a lo largo de tu vida. Después de ese primer beso, apenas de tanto en tanto se animaba a tomarte de la mano y solamente hubo roces de labios demasiado inocentes como para ser considerados besos.

Viéndolo desde cierta distancia, simplemente se mantenían acompañados el uno al otro y trataban de soportar juntos la discriminación, las burlas, la indiferencia… Su personalidad era parecida a la tuya, y como era callado y le gustaba leer estabas a gusto con él.

Fuiste la jovencita de la que todos se rieron cuando a los dieciséis años dijiste en una de tus primeras clases en la universidad – compuesta mayormente por adolescentes de entre dieciocho y diecinueve años, todos mayores que vos porque eras la única adelantada - sin vergüenza y orgullosa de tus valores que querías llegar virgen al matrimonio como lo había hecho tu abuela. Se rieron de vos, todos y cada uno de ellos. Incluso la profesora – una señora de unos cincuenta años – comentó sorprendida que era extraño escuchar a alguien de tu generación expresar una convicción como esa. Recordás ese día, esa clase de Historia en la que habían estado hablando sobre valores culturales, religiosos y personales, y no te sentís avergonzada de haber dicho lo que creías, lo que crees, lo cual probablemente se debe al hecho de que algo aprendiste de tu abuela cuando te decía que era importante mantener la cabeza en alto.

Fuiste la jovencita que no tuvo amigos en la universidad, principalmente porque todos le llevaban al menos dos años y porque ella estaba demasiado concentrada estudiando, trabajando duro para conseguir sus metas, para superarse, para ser mejor cada día, para hacer que su abuela se sintiera orgullosa de ella, para fomentar su inteligencia y demostrar sus capacidades. Mientras todos ellos iban de fiesta en fiesta, se emborrachaban, hacían trampa en los exámenes y pasaban los días y las horas despreocupadamente frente al televisor, esa joven que eras vos se desvivía por obtener las mejores calificaciones, se desvivía siendo responsable.

A los dieciocho tuviste tu segundo 'noviecito', y no es para nada sorprendente que se haya tratado de otro nerd, otro ignorado, otro marginado. Se llamaba Mark. Le gustaban las computadoras, le gustaba leer, le gustaba jugar al ajedrez con vos, era demasiado caballero y prácticamente te pedía permiso antes de darte un beso (y cuando te besaba la realidad es que no sentías nada de nada). También era – te confesó un año más tarde – homosexual. Te había invitado a salir porque quería tratar de definirse, porque nunca antes había tenido una novia y quería saber si era posible que – como esperaban sus padres – fuera normal y le gustaran las chicas. Recordás haberlo abrazado y consolado cuando te contó la verdad, recordás haberle prometido que podía contar con tu amistad siempre (y es que más que novios durante ese año habían sido buenos amigos).

Recordás haber derramado vos muchas lágrimas cuatro semanas más tarde cuando se suicidó porque – luego de contarle la verdad a su familia – lo deshonraron y le dijeron que no pagarían más para enviarlo a la universidad a menos que 'se volviera normal'.

Ese fue otro evento trágico que te marcó profundamente: la pérdida de alguien a quien considerabas un buen amigo, un buen confidente, una buena persona. La pérdida de un excelente ser humano debido a que las personas que deberían haberlo protegido, las personas que deberían haberlo aceptado, las personas que deberían haberlo apoyado le dieron la espalda, lo abandonaron, lo dejaron librado a su suerte, lo lastimaron, porque no tuvieron la capacidad necesaria para entender que el hecho de que fuera diferente no significaba que fuera malo.

Fuiste la jovencita que a los diecinueve años se puso muy contenta cuando Fred Peterson – joven, alto, atlético, inteligente – la invitó a salir, y fuiste la misma jovencita que se sintió indignada cuando – cuatro meses más tarde – se enteró que Fred Peterson simplemente estaba con ella porque había apostado con un amigo que podía aguantar seis meses a la nerd experta en computadoras y en algebra y fingía respetarla porque mientras ella estudiaba y trabajaba para ayudar económicamente a su hermano y creía en llegar virgen al matrimonio él se acostaba con cuanta atorrante rubiecita apareciera en su camino.

Escuchar a Fred burlarse de tus creencias, de tus valores, de la importancia que le dabas al estudio, de la importancia que le dabas a cuidar tu cuerpo, de la importancia que le dabas a ayudar a Danny hizo que reforzaras aún más esas creencias, esos valores y que te esforzara incuso el triple para demostrar cuán equivocados estaban ellos al burlarse de vos.

Sin embargo, esa vez lloraste, y mucho. Lloraste durante varios días, no por Fred y por todo el asunto porque la realidad es que no valía la pena y por Fred no habías sentido nada que no fuera cierta simpatía; lloraste porque te entró pánico de que el príncipe azul al que estabas esperando jamás llegara, que jamás lo encontraras, que jamás se cruzaran tu camino y el suyo.

Esa joven a los veintiún años se volvió una trabajadora compulsiva sin vida social, totalmente recluida dentro de sí misma, con un rechazo terrible hacia los hombres en general, con una esperanza cada vez más honda y desgarradora de morir esperando a su príncipe azul y con sus convicciones aún más firmes después de que la vecina del departamento de al lado fuera salvajemente violada por su novio, en quien pensaba podía confiar (esa noche lloraste no sólo por ella, no sólo porque te dio pena ver su expresión casi moribunda cuando los paramédicos se la llevaron en una camilla, si no también por tu mamá, porque alguna vez ella había estado en la misma terrible situación. Más de una vez había estado en esa terrible situación).

Esa jovencita que eras creció y entró a la edad de la adultez, aún sintiéndose sola, aún siendo tímida, aún llena de miedos, aún sintiéndose tonta a veces por seguir esperando a un príncipe azul que no estaba segura llegaría a su puerta, aún sin muchos amigos, aún sin haber sentido mariposas en la panza siquiera una sola vez, aún sin haber amado una sola vez, aún sin saber qué era amar, aún sin saber qué se siente que te besen de verdad, que te abracen de verdad, que te cuiden de verdad.

Cuando el viernes por la tarde - con los dedos arqueados, suspendidos en el aire, como si te hubieras quedado congelada a punto de comenzar a escribir en el teclado – reparaste en el reflejo que te contemplaba desde el monitor, no viste a esa chica que una vez fue joven y que antes de ser joven fue una nena.

Diez minutos acababan de escurrirse por entre tus manos como si hubieran sido arena, diez minutos durante los cuales hiciste un repaso mental de tu vida, de tu personalidad, de lo que te llevó a construir esa personalidad y de muchos otros factores que te llevaron a ser lo que sos. Y cuando finalmente saliste de entre tu maraña de recuerdos, pensamientos y reflexiones y al ser liberada de ese trance en el que habías caído prestaste atención a tu reflejo, viste algo que hizo más urgente, más honda, más desesperante, más terrible la necesidad de correr a su oficina y abrazarlo al menos un ratito.

La joven que te devolvió la mirada distaba de ser la chica tímida, sensible, introvertida, ignorada, rechazada y discriminada que durante años sufrió, la que tuvo que esperar veinticuatro años para saber qué es el amor, para sentir mariposas en la panza, para que sus miedos vayan desapareciendo, para que sus heridas vayan sanando, para saber qué se siente que te amen con locura de verdad, la que dijo su primer 'te amo' dos semanas atrás porque nunca antes había tenido a quién decírselo, porque nunca antes había conocido a alguien a quien valiera la pena decírselo.

Lo que viste en el espejo fue a una chica cuyos ojos brillaban y cuyo corazón prácticamente rogaba con cada latido que fuera satisfecha la necesidad inexplicable, inesperada, incontrolable, extraña de subir una veintena de escaleras para llegar hasta los brazos de su príncipe y quedarse en ellos al menos un ratito (incluso si durante ese ratito se suponía ambos tenían que estar trabajando, disimulando, aparentando, manteniendo la compostura para conservar intacto el secreto que los dos protegen).

Lo que viste fue a una joven que ya no esperaba a su príncipe azul, porque ya lo había encontrado, lo que viste fue a una joven cuyos miedos, temores, inseguridades y recuerdos tristes poco a poco perdieron significado cuando conoció al amor de su vida, al amor que cambiaría absolutamente todo.

Lo que viste no fue a esa joven que solía pasar horas y horas trabajando, escondiéndose del mundo, sin hablar con nadie, sin animarse a hacer amigos porque pensaba que sería rechazada, abandonada y discriminada otra vez, sin animarse a confiar, sin animarse a salir de la confortante burbuja hecha de libros, computadoras y música que había construido para sí misma, para ocultarse del resto del mundo y de cualquier cosa que pudiera herirla, para encerrarse ahí y esperar la llegada del hombre que haría que todo valiera la pena.

La joven que te devolvió la mirada te dijo sin palabras que nuevamente mutaste, que así como una vez pasaste de ser la nena adulta a ser la joven adulta y luego a ser la chica tímida, adicta al trabajo, vergonzosa y llena de heridas imborrables de todo tipo cruzando su alma de palmo a palmo, ahora te convertiste en la princesa que siempre quisiste ser, la que sabe lo que es sentir mariposas en la panza, la que sabe lo que se sienten los besos de verdad, la que todos los días escucha cosas lindas susurradas en su oído, la que no tiene frío de noche porque duerme en los brazos de la persona más importante en su mundo, la que se animó a enfrentar al hombre que ama e invitarlo a salir cuando se dio cuenta que no podía quedarse esperando a que la vida le pasase sin hacer nada por conseguir aquello que podría hacerla feliz, la que se animó a comerle la boca en medio de un pasillo oscuro después de casi haber sufrido un ataque de nervios y con una crisis mundial acercándose, la que ahora sonríe naturalmente todo el tiempo porque sí, la que ya no se evade del resto del universo enterrándose en el trabajo y puede pasar minutos enteros tildada, con la vista suspendida en un punto fijo al que en realidad no está prestándole atención porque sus pensamientos la han atrapado y la han llevado hondo y lejos en su memoria para mostrarle en un breve viaje compuesto de fotografías grises y sepia las personas, los momentos, los instantes, las palabras, las pequeñas cosas que durante el trayecto recorrido la marcaron y la llevaron a estar donde está ahora.

Y entonces, en tu revuelto de pensamientos y reflexiones, se te ocurrió que quizá la razón por la cual de pronto te invadieron incontrolables ganas de abrazarlo incluso si eran las tres de la tarde y estaban en medio del día laboral, en un ambiente en el que sólo tienen permitido actuar de manera estrictamente profesional, es porque él, su amor, su dulzura, te cambiaron tanto, te poseen tanto, tocan tantas emociones dentro tuyo al mismo tiempo de una manera tan tierna y tan inocente, que ya no te sentís incómoda en todas partes, ya no te sentís como si no pertenecieras a ningún sitio, ya no te sentís como si no encajaras en ningún lugar, ya no necesitás dejar que el trabajo te absorba, ya no sos una nena tímida e insegura, ya no sos el patito feo.

De a poco te convertiste en una princesa perdidamente enamorada de su príncipe, e incluso si a veces te cuesta creerlo, incluso si a veces te cuesta entenderlo, incluso si te rehusaste durante años a creer en los cuentos de hadas porque pensabas que eran algo hermoso pero que nada más formaba parte de la ficción y que no podía existir en el contexto de la realidad, ya no te resulta tan extraño o tan atípico soñar despierta, ya no tenés que imaginarte qué se siente que te besen y te abracen con ganas, ya no tenés que dormirte aferrando a la almohada a la espera de que lo mejor de tu vida comience.

Simplemente cambiaste.

Él te cambió.

Él va cambiándote de a poco.

Él va sanándote.

Él va haciendo que todo valga la pena.

Él va curándote, de a poquito, con cada beso y con cada caricia, con cada risa que te roba, con cada una de tus sonrisas que dibuja con las yemas de sus dedos sobre tu rostro, con cada carcajada que te arranca, con cada palabra que susurra en tu oído.

Hace casi diez meses que lo conocés.

Hace casi diez meses que lo amás cada instante un poco más, cada instante con más locura, con una locura desmedida, con una locura que consume cada fibra de tu ser.

Hace catorce días que sos su princesa. Los mejores catorce días de tu vida. Los primeros catorce días de una vida entera a su lado, porque sabés que es con él con quien debés pasar el resto de tu existencia, sabés que es él a quien estabas esperando, sabés que es él quien nació para hacerte feliz, para borrar todas las marquitas dejadas por los momentos tristes, por las circunstancias difíciles, por las noches de insomnio, por la incertidumbre.

Como no recordabas ese sueño que habías tenido la noche anterior, ese que hizo que te despertaras sobresaltada, angustiada, triste, desesperada y que te había llevado a volver a quedarte dormida abrazando a tu osito mientras las lágrimas caían de tus ojos incuso después de haber caído en un mar profundo de inconsciencia, después de pensar, después de meditar, después de reflexionar, después de descifrar pequeñas cosas, después de notar todos esos cambios que han tenido lugar en sólo catorce días la explicación que encontró tu corazón fue la más sencilla, y no aquella correcta que es también la más enredada, la que involucra a tu subconsciente y a ese sueño olvidado.

Según tu corazón, es natural que te agarren ganas de abrazarlo todo el tiempo, incluso en momentos y en lugares para nada oportunos, es natural que sientas la urgencia de estrecharlo entre tus brazos y dejar que él te estreche en los suyos como nunca nadie lo hizo, porque cambiaste, porque ahora estás enamorada, porque ahora sos su princesa, porque ahora sos distinta de lo que eras días atrás, porque ahora son tus sentimientos los que te denominan y ya no sos prisionera de tu cabeza, de tus miedos, de tus heridas, de tu bajo autoestima o de tus inseguridades.

Sí, a esa conclusión llegaste, porque ignorabas que la noche anterior habías sido víctima de esa pesadilla.

A esa concusión llegaste, luego de pasar diez minutos en una suerte de stand by.

Y cuando estabas a punto de regresar al trabajo, cuando estabas a punto de dejar caer tus dedos sobre el teclado para comenzar a actualizar programas, registrar satélites, revisar protocolos y preparar bases de datos, fuiste distraída por el sonido del teléfono, el cual terminó de sustraerte y te devolvió a la realidad, una realidad en la que de repente se escuchaban pasos de colegas yendo y viniendo, voces hablando las unas con las otras, risas, comentarios, los dedos de otras personas atacando con furia otros teclados, máquinas emitiendo sonidos que indicaban estaban cumpliendo con sus procesos y otros teléfonos como el tuyo sonando.

Tomaste el tubo con tu mano derecha y automáticamente dijiste tu apellido a modo de saludo:

"Dessler"

No te sorprendió escuchar su voz del otro lado de la línea, y poco te faltó para convencerte de no ceder a la tentación de hacer que tu silla girara un poco, lo suficiente para cambiar el ángulo hasta quedar en una posición que te permitiera mirar cómodamente hacia arriba, hacia su oficina, hacia donde él estaba, y a la vez no parecer demasiado obvia, pasar desapercibida por el resto del piso central de la CTU, compuesto por técnicos y analistas que se hallaban demasiado concentrados en lo suyo como para reparar en vos, técnicos y analistas que aún ahora que sos su jefa ni siquiera reparan mucho en vos a menos que tenga que ver con algo relacionado al trabajo.

No te importa que no reparen en vos. No te importa que pasen a tu lado como si no existieras, casi temerosos de entablar amistad con la que nueve meses atrás era la chica nueva, aquella a la que hacían pagar el derecho de piso, y que ahora gracias a su esfuerzo, patriotismo, dedicación e increíble inteligencia se ha convertido en la segunda en comando de la Unidad. Lo único que te importa es que a través de esos vidrios transparentes que hacen las veces de paredes de su oficina él acostumbra a mirarte atentamente, clavando sus ojos en vos, como lo estaba haciendo en ese preciso momento, teléfono en mano también, y una media sonrisa cruzando ese rostro que querés sea lo primero que veas cada mañana por el resto de tu vida.

"Hace diez minutos que tenés esa carita pensativa, y no puedo sacarte los ojos de encima" fueron las palabras que te arrancaron una sonrisa enorme e hicieron que subiera el color de tus mejillas, que de por sí son bastante sonrosadas, siempre contrastando el ligero color amarillento de tu piel.

Te aseguraste de que no hubiera nadie cerca de vos escuchando – sea por accidente o, en el caso de Carrie, a propósito -, pero nadie estaba por allí, ni siquiera la arpía, porque se encontraba en IT ocupándose de un tema relacionado con algún software, así que te permitiste relajarte mucho más de lo debido y compartir con él un poco de esa felicidad explosiva que llevabas dentro, acariciando las paredes de tu estómago con las alitas de las mariposas que volaban libres dentro de él, después de ese tiempo que pasaste colapsada dentro de tu mente, hallando vos misma una explicación errada pero hermosa para justifica tus incontenibles ganas de abrazarlo.

"Me tildé pensando en vos" confesaste, y si creías imposible ruborizarte más, entonces en ese momento todas tus teorías fueron tiradas por la ventana.

Volviste a fijar la mirada en la pantalla de tu computadora para evitar seguir enrojeciéndote bajo sus atentos ojos, que aún desde lejos seguían surtiendo en vos el mismo poderoso efecto.

"Pero estaba a punto de volver a ponerme a trabajar" agregaste; después de todo, también es tu jefe, y si bien cambiaste mucho y ahora el trabajo no te tiene esclava ni tampoco tu necesidad de llenar agujeros con él, no significa que vas a empezar a descuidarlo, a dejar de cumplir con lo que tenés que hacer en el tiempo en que tenés que hacerlo.

Ignoró totalmente lo último que dijiste y continuó la conversación como si estuviera partiendo desde la primera línea:

"Yo también estaba pensando en vos. Bueno" agregó con un chasquido, y cuando lentamente te diste vuelta para mirarlo de reojo confirmaste el presentimiento de que estaría rascándose el costado de su cara con la mano que no estaba sosteniendo el teléfono ", la verdad es que eso no es raro: no hay un solo segundo en el que no esté pensando en vos, o mirándote, o queriendo abrazarte" continuó enlistando al darse cuenta, incluso desde el piso de arriba y a través de una pared de vidrio, que estabas sonrojándote cada vez más y más, como siempre que te dice esas cosas lindas ", o queriendo besarte, o preguntándome qué está cruzando esa cabecita hermosa tuya, o imaginando tu carita de ángel cuando te quedás dormida…"

Sí, definitivamente valió la pena esperar hasta que él llegara a mi vida.

"Sos consciente de lo mucho que estoy sonrojándome ahora, y te encanta" lo acusaste, a lo cual respondió con una risita "Es muy cruel de su parte, señor Almeida" dijiste luego en voz baja.

"Como si no te encantara que te dijera todas estas cosas lindas…" devolvió tu acusación con otra acusación.

"Me encanta" admitiste, y luego reduciendo tu voz a un susurro "Amo cada cosita que me decís. Pero ahora mismo ambos deberíamos ponernos a trabajar y a ocuparnos de lo que sea que hayamos dejado de hacer, yo por tildarme pensando en vos y vos por tildarte mirándome. Además" continuaste ", estuve todo el día muriéndome por abrazarte y no sé cuánto más pueda aguantar" confesaste finalmente, y la cantidad de mariposas aleteando en tu estómago aumentó de tal manera que hasta podías sentir las cosquillas en la garganta "Así que si sigue endulzándome los oídos de esta manera, agente Almeida, me voy a ver forzada a subir a su oficina y obligarlo a pasar el resto de la tarde abrazándome"

Estabas bromeando, por supuesto. Pero tampoco era que te faltaban ganas de hacerlo. Simplemente no podías darte el gusto por el simple hecho de que si no acababas pronto de adelantar cosas, actualizar programas, controlar, escanear y vigilar los satélites, tendrías que hacer horas extras para mantenerte al día y dejar todo en orden para el fin de semana, y lo que menos querías era quedarte más tiempo en la CTU en lugar de irte directo a su casa a las seis en punto y no volver a estar entre esas paredes hasta el lunes por la mañana.

"¿En eso estabas pensando?" eligió otra vez ignorar lo último que dijiste, eso de que debían volver a ocuparse de asuntos relacionados con la CTU en vez de actuar como dos adolescentes enamorados ", ¿en que tenías ganas de abrazarme?" inquiere con voz suave y profunda.

"Supongo que estoy empezando a encariñarme con vos" bromeaste, como restándole importancia, y acompañaste el comentario con una risita, haciéndote la difícil a propósito "y de tanto en tanto – sólo de vez en cuando - me agarran impulsos o antojos locos y todo lo que quiero hacer es estar con vos y con nadie más y pretender que el resto del mundo no existe, lo cual me resulta demasiado fácil cuando estás conmigo. Lo cual está sucediéndome ahora" notaste que estabas hablando un poquitito más rápido, pero no te importó ", en este momento, mientras hablamos: siento que el resto del Universo no existe" miraste a tu alrededor para asegurarte de que no hubiera nadie más escuchando ", que estamos los dos solitos" y luego susurraste, en broma ": Es uno de esos antojos raros que me agarran de tanto en tanto"

"Puedo considerarme afortunado, entonces" te siguió el juego ", porque esta vez te dieron ganas de abrazarme a mí"

Soy yo la que debería considerarse totalmente afortunada sólo por el simple hecho de que vos quieras abrazarme a mí, de que me dejes abrazarte.

"Lo cual es muy conveniente" continuó "porque los viernes es la promoción especial de 'abrazos y besos': besos y abrazos ilimitados a cambio de una sola cosa"

"¿Ah, sí?, ¿a cambio de qué?" una de esas pantallitas anunciando que uno de los procesos iniciados acababa de terminar saltó en la computadora, pidiéndote que siguieras dándole órdenes a la máquina. Sin embargo, no dejaste de prestarle atención a lo que él te estaba diciendo, incluso si tenías que sostener el auricular ayudándote con el hombro y con un costado de tu cabeza para poder usar ambas manos sobre el teclado, incluso si al mismo tiempo que te perdés en su voz están leyendo, procesando información e ingresando logaritmos.

"Quiero llevarte a un lugar, pero es sorpresa" eso definitivamente captó cada partícula de tu atención, y dos segundos después de haberte ocupado de que las máquinas a tu alrededor siguieran cumpliendo sus múltiples funciones para mantener los sistemas andando, te olvidaste de tu pensamiento anterior relacionado al trabajo y volviste a estar total y absolutamente pendiente de él y de las siguientes palabras que estaban escapándose de su boca "Si venís conmigo, te prometo que podés darme tantos besos y tantos abrazos como quieras durante el resto del fin de semana"

¿Qué tal durante el resto de mi vida? pensaste.

Pero no le dijiste eso, porque hubiera sonado sacado de una novelita romántica de bolsillo de esas que venden en los grandes supermercados, porque hubiera sonado sacado de un guión digno de una película protagonizada por Julia Roberts o Sandra Bullock, porque hubiera sonado como un cliché – incluso si dista de ser un cliché, incluso si es simplemente la pura verdad -, porque hubiera sonado como algo propio para el final de un film clásico como Desayuno en Tiffany's, cuando Paul y Holly se encuentran y abrazan bajo la lluvia torrencial de la ciudad de New York, pero definitivamente no es algo que fueras a decir en ese momento, sentada frente a tu escritorio, en medio de la CTU, a las tres de la tarde.

Está cambiándote, su amor va cambiándote, ya de hecho te cambió demasiado, pero es un proceso que va concretándose de a poco. Quizá dentro de dos días logres empezar a decir muchas de las cosas que pensás sin ponerte colorada como una frutilla y sin sentir tu timidez y tu vergüenza (las cuales aún no han sido totalmente aniquiladas) devorándote, pero esa tarde, ese viernes, preferiste decir, al contrario:

"¿Por qué siempre todo tiene que ser sorpresa?" protestaste, y tu tono de voz sonó parecido al de una criatura caprichosa pero lo suficientemente tierna para que se le soporten sus caprichos.

"Porque sé que en el fondo, aunque digas que no y te quejes, amás las sorpresas" replicó.

Tiene razón.

"Entonces a cambio de que vaya con vos a este lugar sorpresa, ¿tengo permiso para estar prácticamente lo que quede del viernes, todo el sábado y todo el domingo aprisionándote?" preguntaste, sólo para estar segura, siguiéndole la corriente, con una media sonrisa dibujada en la cara.

"Exactamente" confirmó.

Miraste hacia arriba, y tus ojos se encontraron con los suyos. Con tu vista clavada en la de él, dijiste:

"Es un trato, entonces" te concentraste nuevamente en la pantalla de una de las computadoras que te rodeaban "Pero te advierto que voy a mimarte tanto que en determinado punto vas a cansarte de mí" le aseguraste.

A lo que él respondió:

"Eso no va a pasar nunca, ardillita"

Ardillita. Te encanta que te ponga esos apodos tan dulces, tan tiernos. Lo hace todo el tiempo, y cada vez que escuchás uno nuevo tu corazón se saltea un latido, y se guarda ese apodo en tu memoria, en una cajita que imaginás es chiquitita y de cristal color rosa, donde podés atesorarlos. Cuándo le preguntaste por qué de pronto se le ocurría una nueva manera de referirse a vos cariñosamente, con toda la simpleza del mundo tomó tu rostro entre sus dos manos, te llenó de besos y te dijo que serías la primera a la que le avisaría el día en que lograra comprender por qué y cómo sos capaz de despertar en él tanta ternura y convertirlo en un osito de felpa gigante y mimoso que actúa como un tonto enamorado.

Tus favoritos hasta ahora son los más atípicos, los más extraños, que a la vez resultan ser los más lindos: ardillita, sirenita, ratoncito de biblioteca (ese surgió un domingo que pasaste investigando su interminable colección de libros de todos los tipos y tamaños; siendo una lectora voraz, no pudiste evitar sentir una fascinación impresionante al ver tanta literatura y de tanta variedad toda junta en esos estantes de madera), incluso te encanta que te diga patito, porque eso te recuerda que para él sos hermosa.

Y sin poder contenerte, esas dos palabras se escaparon de tus labios, no sin que antes hubieras dado una rápida mirada a tú alrededor para asegurarte de que todos siguieran concentrados con lo que se les había asignado en aquel día tranquilo y aburrido sin noticias interesantes:

"Te amo"

"Yo mucho, mucho, mucho, mucho, mucho más"

Y luego finalmente cortó la conversación para volver a concentrarse en sus múltiples tareas de director de la Unidad, dejándote con una sonrisa todavía más tierna, sintiéndote como una nena, completamente feliz cual criatura despreocupada que no conoce ninguno de los males de la vida, estando en medio del salón principal de la unidad antiterrorista de una de las ciudades más grandes del mundo, en uno de los países más bélicos y atacados por criminales internacionales del mundo.

Si bien lograste enfocarte nuevamente en el trabajo y pasaste el resto de la tarde dedicándote a ello, una partecita tuya seguía sonriendo, tarareando inconscientemente como hacés a veces cuando estás con la cabeza muy metida en algo, contenta porque esa tarde pudiste reflexionar, meditar, reparar en muchas cosas que antes quizá evitabas, mantenías guardadas y escondidas y sólo contemplabas a la luz cuando te sentías demasiado triste, demasiado devastada, demasiado sola o con demasiadas ganas de auto infligirte dolor. Esa tarde las pensaste, las reflexionaste, las meditaste, las contemplaste desde un punto de vista distinto, con algo más de sabiduría, notar con claridad la forma en que te afectaron, la forma en que te llevaron a convertirte en la clase de persona que sos, la forma en que muchos de los raspones, muchas de las heridas, muchas de las marcas que hasta hace poco te impedían hacer, decir o sentir ciertas cosas se fueron yendo, fueron desapareciendo, hasta convertirse en más pequeñas, todo gracias a él y al efecto que su amor tiene en vos, el efecto que su mera presencia en tu vida tiene en todos y cada uno de sus aspectos.

Durante el resto del viernes no dejaste de sonreír, pensando en el lugar sorpresa al que te llevaría esa noche, aunque realmente no te importaba demasiado: con él irías a cualquier parte, y con él te sentirías segura, feliz y amada en cualquier sitio del planeta. No dejaste de sonreír, pensando en todos los besos y abrazos que tenían por delante ese fin de semana.

No recordaste, por ningún motivo, el sueño que te llevó a despertar sobresaltada en medio de la madrugada, con lágrimas cayendo de tus ojos, tus pulmones llenos de nada, doliendo porque no podías respirar, y la sensación de estar ahogándote tan fuerte que prácticamente respirar era algo imposible. No recordaste en ningún momento el dolor que sentiste clavándose en tu pecho cuando no lograste llegar al otro lado de la orilla, en tu sueño, donde estaba él, esperándote, pidiéndote que lo abrazaras, rogándote que llegaras pronto para acurrucarlo en tus brazos, y quedándote perdida en el camino porque fuerzas mucho mayores que vos hicieron que las aguas oscuras y frías te tragaran.

No, ese sueño no resurgió de entre las tinieblas de tu subconsciente, por lo cual pasaste el resto del viernes trabajando, de tanto en tanto dejando que tus ojos miraran hacia arriba, de tanto en tanto robándole sonrisas desde lejos cada vez que lo veías deambulando por el piso principal, dando instrucciones, haciendo preguntas o controlando cosas, esperando pacientemente a que el reloj marcara las seis.

Y ni una sola vez cruzó por tu cabeza el recuerdo de ese sueño, no. Porque ese sueño fue generado por tu inconsciente. Porque ese sueño fue hecho por tu inconsciente, valiéndose de retazos que ni siquiera vos sabés de dónde sacó, ni siquiera vos sabés que esos retazos existen. Ni siquiera vos sabés de qué están hechos los sueños. No, ese sueño no lo recordaste, porque tu subconsciente se encargó de enterrarlo bien, bien hundido en algún lugar de tu memoria, a ese sueño y a las consecuencias que acarreó en vos la noche en que lo tuviste, la noche de ayer, la anterior a este viernes que se está escapando de tus manos.

¿Sabés cuál es uno de los principales motivos por los cuales no recordás haber tenido ese sueño? Porque si lo recordaras, te parecería absoluta y totalmente absurdo en todo sentido. Porque si lo recordaras, lo considerarías algo totalmente imposible: porque según tus creencias, no hay fuerza, no hay montaña, no hay océano tan enorme, tan grande, tan increíble que pueda impedir que luches hasta llegar a los brazos de tu amor cuando él más lo necesite. No existe cosa en este mundo capaz de mantenerte lejos de él, no hay aguas o fuego sobre los cuales no vayas a caminar con tal de alcanzar sus brazos si alguna vez desesperado te pide que lo hagas porque necesita que lo acunes en los tuyos.

Puede que para vos eso sea ridículo, absurdo, imposible, pero eso no significa que en un futuro muy cercano no existan quienes quieran separarte de él, apartarte de él, aparatarlos al uno del otro. No sabés todavía que eso va a suceder, distás de saberlo, pero creéme, Michelle: va a suceder.


A las siete y media de la tarde del día viernes 21 de septiembre, el primer día de un invierno que esperás pasar muy abrigada y mimada en sus brazos, después de una jornada tranquila en cuanto al exterior que te rodea pero bastante agitada en tu cabecita, te hallás refugiada en el mejor lugar del mundo, entiéndase éste por 'cualquier sitio sobre la faz de la Tierra mientras estés a su lado'. En este caso, te encontrás recostada sobre el asiento del acompañante de su auto, dejando que te lleve a donde quiera, a donde se le ocurra, a donde mejor le parezca, dejando que te lleve lejos.

"¿Estamos yendo a un restaurante?" intentás adivinar, riendo suavemente al sentir los dedos de la mano que no está en el volante acariciando la palma de una de las tuyas, haciéndote cosquillas.

"No. Voy a prepararte algo de cenar cuando lleguemos a casa"

A casa.

Amás su departamento. Te mudarías con él ahora mismo, si no estuvieras prácticamente desde los doce años tan decidida a hacer todo a la antigua, a seguir las tradiciones que te inculcó tu abuela, las tradiciones en las que crees.

Pero lo cierto es que te encanta estar con él en su departamento, por varias razones, las cuales podrían enlistarse fácilmente sin seguir un patrón específico.

Es espacioso, es moderno, siempre está limpio y prolijo pero con un aire relajado, no con ese aire de obsesiva compulsión que reina en el tuyo.

Tiene una cocina gigantesca llena de cosas que en tu vida vas a entender cómo utilizar; eso – que no sabés cocinar, que dejar que te acerques a una hornalla es altamente peligroso – es algo que todavía no le contaste, un tema que estás evitando bajo cualquier medio.

Los pasillos que comunican las múltiples habitaciones son largos, las alfombras que cubren el suelo se sienten muy suaves bajo tus pies descalzos y la cerámica de los pisos del baño y la cocina siempre tienen ese color blanco inmaculado brillante.

Amás el estudio que él denomina pequeño pero que para vos es enorme. Amás que esté lleno de estantes con libros de todo tipo, no sólo libros con páginas llenas de literatura pura, si no también libros sobre Historia, Geografía, Arquitectura, Matemática, Computación, libros sobre fotografía, sobre arte, sobre cientos de temas interesantísimos. Te fascina su estudio porque está lleno de cosas para dibujar, incluso una de esas mesas especiales para eso. Tiene muchos archivadores, también, y cajones llenos y llenos de lápices, fibras, marcadores y otros instrumentos ideales para dibujar (lo cual, ahora que lo pensás, te recuerda que todavía no le pediste que te mostrara los dibujos que alguna vez hizo de tus ojos).

Te gusta el hecho de que sea su casa a donde estuviste yendo la mayoría de las noches después del trabajo durante estos últimos días, te gusta el hecho de que sea su manta la que junto con sus brazos te envuelve de noche para que no sientas frío, te gusta que sea su sillón en el que duermen tan acurrucados, te gusta que te preste sus sweaters, te gusta que cocine para vos, te gusta estar rodeada de sus cosas, te gusta escuchar sus discos, te gusta mirar sus películas, te gusta estar en su hogar porque ahí te sentís mejor que en ningún otro sitio.

El único cuarto de su departamento que no conocés es su habitación. Él se da cuenta de lo tímida que sos, hasta crees que intuye tu total falta de experiencia y se imagina que – aunque sabés que no te obligaría a nada – te sentirías demasiado tensa al principio (nada que no pueda solucionarse con unos mimos). Por eso hasta ahora te conformás con dormir en sus brazos, en el sillón. Seguramente es un cuarto tan hermoso y tan cálido como es el resto del lugar; seguramente su perfume está en las sábanas, en el cobertor y en las almohadas; seguramente, algún día muy cercano, en esa habitación va a suceder uno de los momentos más mágicos e inolvidables de tu vida cuando te ame por primera vez y te enseñe lo que es amar.

Pero por ahora sigue siendo, su cuarto, un rinconcito desconocido de su departamento.

El resto de ese palacio del que sos princesa, te encanta de punta a punta.

Te encanta que te lleve a su casa casi todos los días después del trabajo, que sostenga la puerta abierta para vos, que te haya sorprendido el otro día con un cepillo de dientes violeta, nuevo, para poner junto al suyo, que cocine para vos, que te mime tanto, que te lleve el desayuno todas las mañanas para que puedas dormitar un ratito más, te encanta que en catorce días te haya dado el hogar que buscaste durante veinticuatro años.

Porque nunca sentiste ningún sitio tu hogar, no hasta que él te abrió las puertas del suyo. Viviste con tus padres durante once meses y considerás eso un primer hogar, pero todo acabó antes de que pudieras construir memorias, y cuando tu mamá se marchó se llevó consigo cuanto recuerdo existía (fotos, grabaciones, peluches, juguetes, ropita de bebé, todo. Te arrancó todo. Sólo dejó atrás sus diarios, en esas cajas, juntando polvo). Con tu abuela y con Danny viviste hasta que te independizaste a los dieciocho años (aunque siempre fuiste independiente; desde los dos años que sos independiente para muchas cosas que la mayoría tarda años en aprender a hacer), pero con ellos nunca tuviste lo que imaginabas sería un hogar, no tuviste esa sensación que crees un verdadero hogar despierta en los seres humanos.

Esa sensación la conociste hace poco, esa noche lluviosa en la que cruzó la ciudad para ir a buscarte, llevarte a su casa y cuidarte.

Esa sensación es la que vas a tener por el resto de tu vida, porque planeás hacer tu hogar cualquier sitio en el que él esté.

"¿En qué estás pensando, hermosa?"

Sonreís.

"Estaba pensando en la reunión que tenemos con la Oficina de Seguridad Nacional la semana que viene" mentís, solamente para tomarle el pelo.

"Ah, claro" te sigue el juego, mientras estaciona el auto frente a un hermoso y tranquilo parque perfectamente iluminado por una sucesión de faroles altos, cuyas luces amarillas parecen esferas mágicas que flotan suspendidas en el aire, como algo sacado de alguno de los libros de Harry Potter que tanto te gustan "¿Y eso estaba haciendo que sonrieras?" inquiere no tan inocentemente.

"Si ya sabías de antemano que estaba pensando en vos y en lo muy feliz que soy ahora" comenzás, al tiempo que abre la puerta de tu lado del auto y extiende una de sus manos para ayudarte a salir, entrelazando luego sus dedos con los tuyos, cosa que ya se ha vuelto un hábito ", ¿entonces por qué preguntás?"

Comienzan a caminar por el sendero de cemento que se abre entre ambos lados del parque, cuyo césped verde brillante se halla cubierto de rocío. Notás que a los costados del sendero hay muchos rosales plantados, rosales con flores hermosas, grandes, rojas, blancas, amarillas, durazno, de todos los colores. Es un parque precioso para dar una caminata nocturna, con la luna brillando sobre sus cabezas como contraste con el cielo negro azabache, mientras se escuchan distantes los ruidos del resto de la ciudad y se cruzan con las pocas personas que están allí.

Unos breves segundos después, segundos que han pasado sumidos en silencio, segundos que pasaste admirando esos rosales, se detiene, causando que vos también te detengas, toma tu rostro entre sus manos y mirándote a los ojos contesta la pregunta retórica que medio minuto atrás había quedado sin respuesta:

"Cada vez que te veo sonreír, quiero saber que yo soy el que te arranca esas sonrisas, quiero que me digas que es por mi que aparece ese brillo en tus ojitos, quiero pasar cada minuto que me quede de vida sabiendo eso: que te hago feliz" confiesa en un susurro, acariciando tus mejillas con sus pulgares, que fríos contrastan contra el calor de tu piel.

"Voy a hacerte una promesa, entonces" suspirás, acunando su rostro con tus manos también, dejando que tus dedos acaricien el contorno de su cara, marcándola suavemente, muy despacio, deteniéndose tus pulgares en sus labios para bordearlos una y otra vez, acariciándolos para mantenerlos cerrados y que no interrumpa lo que vas a decir ": cada sonrisa mía, es tuya. Cada lágrima mía, es tuya. Cada latido de mi corazoncito, es tuyo. Cada suspiro mío, es tuyo. Cada vez que respiro, respiro por vos. Cada cosita que sueño, es tuya. Cada pensamiento en mi cabecita, es tuyo"

"¿Todos tus besos son míos también?" inquiere.

Jamás pensaría en besar a cualquier otro. Nunca.

"Besos, caricias, mimos, palabras…" empezaste a enumerar, pero él te interrumpió.

"¿Los besos esquimales también?" insiste, entusiasmado como una criatura en Navidad.

¿Se sorprendería si le dijeras que él te dio tu primer beso esquimal?, ¿que nunca antes habías experimentado lo dulce que es frotar tu naricita contra la de otra persona?, ¿que en realidad considerás seriamente olvidarte de todos los besos anteriores a los que te haya dado él (la verdad es que ninguno es demasiado memorable, seamos honestos: con ninguno sentiste absolutamente nada más que un vacío emocional interno, un vacío producto de saber que aún no habías encontrado a tu príncipe) y considerar tu primer beso ese que le robaste en medio de un pasillo oscuro y en una madrugada llena de angustia, desesperación y miedo?

"Todos mis besos son tuyos" murmurás.

Inmediatamente después, tu cuello es tomado por sus manos, siempre tan dulce y delicado su tacto, e impulsándote hacia adelante con suavidad, haciendo que te pongas en puntitas de pie para que tus ojos queden a la misma altura que los tuyos, comienza a besarte despacio, apenas rozando sus labios contra los tuyos, jalándolos despacio.

Nunca nadie, ninguno de los pocos novios que tuviste (con los cuales no duraste mucho, porque nunca amaste a ninguno, ellos tampoco te amaban, y, vamos a decir las cosas como son: el miedo a involucrarte con alguien siempre te mantuvo lejos de tener amigos y de conocer personas, el deseo de esperar al indicado siempre hizo que te mantuvieras a un costado, en el margen, y eso sumado al terror al abandono y al terror a ser rechazada… Digamos que no son combinaciones que den como resultado a una persona social dentro del ámbito personal) supo cómo besarte o mimarte con tanta dulzura, con tanta delicadeza, con tanta ternura, y a la vez con la pasión suficiente para hacer que te derritas en sus brazos, que te tiemblen las rodillas y mueras por perderte con él, en esos besos.

Nunca nadie pudo ver a través de tu inocencia, nunca nadie pudo sin palabras, sólo con la piel, entenderte como te entiende él, leerte como te lee él, con sólo recorrer el contorno de tu rostro con sus dedos, con sólo mirarte a los ojos, con sólo dejar que sus manos se pierdan en tus rulos, esos que tanto le gustan, esos que detestás menos cuando él los revuelve a propósito y te dice que sos hermosa.

Nunca nadie entendió tu delicadeza, tu necesidad de sentir que las manos que te acarician saben lo frágil que sos debajo de ellas. Nunca nadie hizo que te sintieras tan segura, tan protegida, tan aceptada, tan respetada, tan cuidada.

Él, sin embargo, cuando – como ahora – acaricia tus mejillas con sus pulgares, lo hace como si creyera que estás hecha de azúcar, que podrías romperte, desvanecerte, quebrarte, deshacerte si no te toca con exquisitez extrema. Esa es una sensación que no querrías perder por nada del mundo: la de sus dedos deslizándose sobre tu piel, incluso si están haciéndolo de la forma más pura e inocente de todas. Esa es una sensación que querés experimentar hasta cuando seas muy viejita. Y mientras sigue besándote, claramente podés imaginarte a los ochenta años, aún en sus brazos, con esos mismos pulgares recorriendo una a una cada arruga que vaya a aparecer en tu rostro a medida que envejezcas.

Él con sus besos, con besos como este – tan profundo, tan dulce, tan adictivo, tan lento - te dice lo mucho que quiere devorarte, pero al mismo tiempo lo mucho que está dispuesto a esperar hasta que estés lista para pasar a algo más allá de acurrucarse juntos y quedarse dormidos así, besándose, mirándose a los ojos hasta que el cansancio les gana y sus párpados se vuelven demasiado pesados como para mantenerlos abiertos un segundo más.

Pensar en todo esto, recordar la urgencia desesperante que sentiste hoy cuando casi te dolían las manos porque no podías abrazarlo, te lleva a estrecharlo con toda la fuerza de la que sos capaz, dejando que tus dedos se entierren en sus mechones cortos de pelo color azabache, enredando tus brazos en su cuello y atrayéndolo hacia vos, pegando aún más ambas bocas hasta que, llegado un punto, te resulta imposible respirar, y tu cerebro termina por apagarse.

Solamente podés sentir su boca comiendo tu boca casi en cámara lenta, sus labios siendo mordidos por los tuyos, sus manos ahora recorriendo tu espalda, tus pulmones doliendo por la falta de aire.

El resto del mundo no existe.

El resto de la ciudad no existe.

No existe otro sonido que no sea el de tu corazón y su corazón latiendo juntos.

No existe el parque en el que están.

No existe el suelo de cemento, el caminito ese, sobre el que están parados (aunque realmente vos sentís como si estuvieras flotando).

No existen ni el tiempo ni el espacio.

No existen los recuerdos, no existe la memoria, no existen ni las marcas, ni los rasguños, ni las heridas, no existe nada.

No existe el pasado.

No existen ni los sueños ni las pesadillas, ni siquiera esas que no recordás haber tenido y que viven en tu inconsciente, enterradas en lo profundo; esa pesadilla que tuviste la noche anterior a la de este viernes, esa que no recordás, esa que hizo que durante todo el día murieras por abrazarlo, esa que despertó en vos sensaciones que tu corazón acabó explicando valiéndose de otras cosas, tampoco existe en este instante.

Solamente existen ustedes dos.

Y te gusta que sea así.

"Mmmh" oís su suspiro mientras te deja ir, apenas, mientras se separa de vos escaso medio centímetro, permitiendo que reposes tu frente sobra la suya. Cuando abrís los ojos, los de él están mirándote fijamente, y cuando escuchás su voz notás que, al igual que a vos, también le falta el aire "Me alegra saber que todos tus besos son míos" comenta, sonriendo.

Y no podés hacer más que espejar esa sonrisa.

"Todo lo que quieras de mí es tuyo" susurrás.

Y lo decís en serio.

Tomados de la mano, empiezan a caminar otra vez, sumidos nuevamente en el silencio, dejando que el sendero de cemento los lleve a donde sea que conduzca. Apoyás tu cabeza en su brazos (tu altura y la suya no se compensan los suficiente como para que llegues a su hombro) y por un momento permitís que tus párpados cansados se caigan y descansen, confiando en él para que te conduzca, sincronizando tus pasos con los suyos.

"¿Estás cansada, Michelle?" pregunta luego de un ratito.

"No" respondés, abriendo los ojos "Me encanta que me hayas traído acá" confesás "Es un lugar hermoso para caminar de noche. Gracias" tomás una de sus manos y la besás "; es una manera muy linda de distraerse los viernes después de semanas cargadas de trabajo"

"Si, el hecho de que Palmer haya sido trasladado a un nuevo centro de recuperación y todo el operativo que tuvimos que ayudar a coordinar para que llegara a salvo y sin ser notado fue bastante agotador" coincide "También lo fue el papeleo" continúa ", y los múltiples llamados de todas esas agencias que sin nosotros no son nada y requieren asesoramiento constante" se te escapa un risita cuando dice eso "… Pero si bien coincido con vos en que es un lugar precioso para caminar y relajarse, no es sólo por eso que quise traerte acá"

"¿No?" es una pregunta retórica, por supuesto, despertada por la curiosidad.

"No, mi vida"

Llegan a un punto en el que el sendero se abre, marcando dos caminos: uno hacia la derecha, otro hacia la izquierda, ambos bordeados también con hermosos rosales. Toman el primero, y siguen hasta, unos metros más adelante, llegar a un punto en el que él se detiene, causando así que te detengas vos también.

Hay un banco de madera, uno de esos bancos que se encuentran en los parques, pensado para que las personas se sienten a descansar, a tomar aire fresco, a contemplar la naturaleza, a conversar, a admirar los rosales que se encuentran frente a él, ese rosal que se encuentra justo en frente al banco, donde los dos toman asiento. Ahora sí, tu cabeza cae sobre su hombro, uno de sus brazos te rodea y te acerca más hacia él, dejando que te acurruques en su pecho, y su cabeza cae sobre la tuya.

"Esta es la razón por la que estamos acá, Michelle" anuncia luego, quitándote del ensimismamiento en el que habías caído contemplando las estrellas que iluminan el firmamento "¿Ves este rosal, Michelle?" apunta a él con su dedo índice. Es el que está justo en frente del banco en el que se sentaron, aquel que tiene hermosísimas rosas rojas y unos pocos pimpollos a punto de florecer saliendo por entre las hojitas de color verde oscuro.

Asentís con la cabeza en señal de afirmación, llena de intriga y curiosidad.

"Es bellísimo"

"Mi abuela lo plantó"

Su abuela, sobre la que empezó a hablarte el sábado anterior mientras desayunaban, antes de que Danny llamara y tuvieran que salir corriendo a la comisaría.

Su abuela, de ella siguieron hablando durante el resto de ese fin de semana, por lo cual sabés bastante sobre ella, sabés bastante sobre la importancia que tuvo siempre en la vida de Tony, y sabés lo mucho que le duele a él que su mamá lo presione para que la llame cuando la sola idea de escuchar su voz y saber que esa mujer a la que tanto quiso no lo reconoce, que no se acuerda de él, que no es más que una persona que se perdió dentro de su memoria, hace que un agujero enorme, profundo y lleno de angustia se forme en su alma.

"¿Tu abuela lo plantó?" sonreís suavemente, y tu mirada busca y encuentra a la suya.

"Sí, hace un par de años, cuando me visitó por última vez"

Vaticinás que una conversación profunda se avecina, por lo cual te acomodás hasta quedar recostada en el banco, casi en posición fetal, con tu cabeza sobre su regazo, observándolo, y él inclinándose un poco para poder observarte a vos más de cerca, para poder pasar una y otra vez el dorso de su mano por tu frente y tus mejillas mientras habla.

"Su nombre es Rosita, por eso mi abuelo siempre le regaló rosas para todas las ocasiones. E incluso algunas veces le regalaba rosas porque sí. A ella le encantan, especialmente porque su libro favorito es 'El Principito'"

Da por sentado que lo leíste, claro. ¿Quién no leyó ese libro? ¿Qué ávido lector no tuvo ese libro en sus manos?: vos.

Vos no lo leíste.

Porque siempre escuchaste que deja enseñanzas maravillosas y tiene pasajes hermosos, pero que también es triste, conmovedor, lo suficientemente profundo como para llenar el alma de uno pero también hacer que varias lágrimas caigan de sus ojos.

Eso te dijo tu abuela cuando le preguntaste si podía regalártelo para tu noveno cumpleaños. Eso te dijo tu mamá cuando, en uno de sus extraños momentos de lucidez, te animaste a acercarte a ella y preguntarle si podía darte dinero para que lo compraras. "No, Michelle, ese libro va a hacer que llores, mejor no lo leas". Podrías haberlo conseguido de grande, obviamente, podrías haberlo buscado en una biblioteca pública o podrías haber ido a una librería, pero nunca quisiste, porque sabés que te va a hacer llorar.

Has llorado leyendo otros libros, cientos de otros libros, pero llorar leyendo ese libro que tu abuela y tu mamá te dijeron que mejor no leyeras significaría recordarlas a ellas constantemente, una página detrás de la otra, significaría… No sabés cómo expresarlo. Sólo sabés que ese libro mundialmente famoso y considerado algo que todos los seres humanos deberían leer, nunca lo leíste.

Antes de que puedas agregar algo, Tony sigue hablando, dando por sentado que leíste el libro, dando por sentado que sabés de qué se trata. Así que te limitás a escuchar.

"Ella eligió mi nombre, insistió en que mis padres me llamaran Anthony, que es una variación del nombre del autor" sonríe "Para resumir" suspira ", las rosas son las favoritas de mi abuela. Y también eran las favoritas de mi abuelo" otro suspiro "Unos años atrás, cuando se acercaba el aniversario de su muerte, mi abuela me visitó, la invité a que pasara unos días acá, para que se distrajera, en lugar de concentrarse únicamente en su trabajo y que eso la absorbiera" vuelve a suspirar "Me preguntó si conocía este parque, y le dije que no. Luego me contó que había leído en una revista que es un lugar donde las personas que perdieron a un ser querido suelen venir y plantar un rosal en recuerdo de esa persona, en memoria de esa persona que perdieron"

Podés sentir las lágrimas acumulándose en tus ojos cuando el cuarto suspiro se desliza por entre sus labios, los labios que minutos atrás estaban capturando a los tuyos.

"Yo no sabía de la existencia de este parque, o del significado de estos rosales" gesticula, señalándolos ", pero cuando mi abuela me habló de esto y me pidió que plantáramos uno juntos, en memoria de mi abuelo y en memoria de mi hermanito Ricardo…"

Ricardo, su otro hermano, del que todavía no sabés mucho.

"… no pude negarme. Entonces un sábado por la mañana vinimos, y plantamos este rosal, justo en frente de este banco, para que nos sirviera de referencia para saber exactamente cuál es nuestro rosal"

"Es hermoso, Tony" murmurás, alzando una de tus manos y acariciando su frente despacito "Es algo muy lindo, lo que hicieron vos y tu abuela"

"Quería compartirlo con vos, porque a partir de hoy, todas estas rosas son tuyas"

"¿Mías?" inquirís con curiosidad, incorporándote hasta quedar sentada a su lado otra vez.

"Sí" te besa despacio, muy lentamente, muy suavemente, apenas rozándote los labios, antes de contarte en susurros mientras frota muy despacito la punta de su nariz con la punta de tu nariz": Una de las últimas conversaciones que tuve con mi abuela, antes de que enfermera, fue respecto a este rosal. ¿Sabés por qué no lo plantó en Chicago, donde ella vive? Porque quería que el rosal estuviera en esta ciudad, donde yo vivo, para que el día en que encontrara a mi gran amor pudiera traerla acá, sentarme con ella en este banco, mirar el rosal que mi abuela plantó en memoria de su gran amor, abrazarla y prometerle todas las rosas del mundo, como mi abuelo le prometió a ella"

Sí, definitivamente hay lágrimas deslizándose por tu rostro, lágrimas que enseguida él comienza a secar con sus besos.

"Ahora que te encontré, me pareció apropiado traerte a este lugar. Mostrarte otro pedacito de mi historia. Mostrarte estas rosas, que son tuyas. Compartir con vos otro pedacito de mí" concluye "Y sé que esta es la clase de cosas que hacen los típicos chicos rubios y de carita bonita de las películas de Hollywood" ríe, sonrojándose, y, para variar, es bueno ver que no sos la única que puede ponerse roja como una frutilla ", pero esto no lo saqué de un guión, Michelle. Esto es lo que siento. Esto es parte del cuento de hadas que quiero escribir para vos, para que te sientas de verdad una princesa y no un patito feo"

Aún con lágrimas en los ojos, dejás que tu mirada y la suya se fundan la una en la otra, y este viernes pasa delante de vos, en tu cabeza, como una colección de diapositivas: cada sensación, cada palabra, cada pensamiento, cada instante, cada beso, cada abrazo, esas ganas de abrazarlo que te consumieron terriblemente, esas explicaciones que tu corazón dictó a tu cabeza porque la verdadera razón está enterrada en tu inconsciente, cada recuerdo, cada marca, cada persona en la que pensaste hoy, cada acontecimiento de tu vida en el que pensaste hoy, cada sonrisa que él provocó en vos, cada caricia, cada rosa en la que reparaste mientras caminaban por ese sendero.

Dicen que antes de morir, vemos nuestra vida reducida en un segundo.

Vos, con él, morís y renacés mil veces al día.

En este preciso instante, acabás de volver a nacer.

Y, confirmás nuevamente, que el resto, lo que aconteció en el pasado, lo que aconteció en el pasado, ya no importa, ya no interesa, ya está, ya pasó. Esos hechos te influenciaron y te llevaron a convertirte en esta agente fuerte, inteligente, capaz, decidida, patriota y compuesta que en realidad por dentro es una nena débil, asustada, tímida, vergonzosa, inocente y necesitada de afecto. Esos hechos, todos ellos, se desvanecen cuando él te mira así, cuando él te dice estas cosas, cuando él con cada gesto y con cada actitud te demuestra que ya no tenés que esperar más, porque él es tu príncipe azul, con el que siempre soñaste, con el que vas a pasar el resto de tu existencia sintiéndote una princesa, el que puede hacer que mueras de amor y renazcas mil veces en un mismo día.

"Lo único que necesito" te detenés un milímetro antes de que sus labios se toquen "para sentirme una princesa, es a mi príncipe" susurrás.

Cuando empiezan a besarse otra vez, frente a ese rosal que él plantó con su abuela para que las rosas que crecieran fueran del amor de su vida – al que aún ni siquiera conocía, al que todavía estaba esperando -, un segundo antes de que tu mente se pierda por completo en la sensación despertada por sus caricias y sus besos un flash del sueño que tuviste la noche anterior aparece frente a tus ojos, pero con una rapidez que no te da tiempo a descifrarlo, ni siquiera a percatarte de lo que acaba de suceder.

Ese sueño, ese en el que estás dispuesta a cruzar un océano para abrazarlo pero hay fuerzas superiores que quieren ahogarte, vas a volver a tenerlo.

Vas a tenerlo muchas veces.

La única diferencia es que la próxima vez que te ataque, cuando te levantes temblando y llorando, él va a estar abrazándote, vos vas a recordar perfectamente de qué se trató esa pesadilla, y él va a besarte y a consolarte hasta que te calmes otra vez, prometiéndote mil veces que nunca nadie va a separarlos, que no existe océano capaz de tal cosa, y que si lo existiera, vos no tendrías que nadar para llegar a la otra orilla, porque él lo cruzaría por vos, porque él cruzaría los mares sólo por abrazarte.

Pero falta mucho para que vuelvas a tener ese sueño, para que tu inconsciente lo desentierre y haga que vuelva a surgir a la superficie.

Ahora, en este momento, viernes 21 de septiembre, primer día del invierno, estás en sus brazos, en ese parque lleno de rosales hermosos, robándole todos los besos que te prometió ibas a poder darle ese fin de semana, sintiéndote la princesa más linda del mundo, incluso si llevás a cuestas en tus hombros veinticuatro años llenos de cosas que te dolieron, que te lastimaron, que te hicieron mal, que te dejaron enseñanzas, que te marcaron y que te convirtieron la personita que sos hoy, la personita que no te importa ser, porque hay dos puntos de los que estás segura: él te ama con locura por lo que sos, y aquellos detalles que deban ser cambiados para tu propio bien, él de a poco va a ayudarte a cambiarlos.


Nota de la autora:

Puse muchos pequeños detalles de apariencia insignificante que definitivamente van a ir apareciendo de a poco a lo largo de la historia y tomando importancia. Ahora en este momento podrán parecer pequeñísimos detalles, pero luego van a convertirse en puntos clave.