Sos el paisaje más soñado.

Si supiera lo que estás haciendo en este preciso momento, en esta soleada mañana de domingo, se sonrojaría tanto que el suave color amarillento de su piel desaparecería, transformándose en un rojo furioso y brillante, se ruborizaría tanto que podrías sentir el calor emanando de su rostro, si supiera lo que estás haciendo.

Evitaría que tu mirada encontrara a la suya por mucho que la buscara, y sus ojitos refulgirían llenos de timidez, vergüenza y ternura en estado puro, tratando de evitar tus ojos, que estarían desesperados queriendo fijarse en los de ella, admirarlos, analizarlos, leerlos, queriendo contemplar lo que hace a ese paisaje – al que forman su rostro angelical y su cuerpo – el más soñado, esos ojos que la hacen mil veces más perfecta.

Si supiera lo que estás haciendo, se sentiría incómoda.

Terriblemente incómoda.

Por eso decidiste levantarte temprano, junto con el sol, y hacerlo mientras aún sigue dormida como un ángel, con los párpados caídos, en posición fetal, completamente relajada, completamente despreocupada, envuelta en tu cobertor azul, vistiendo uno de tus sweaters y con sus piecitos protegidos del frío por un par de gruesas medias grises que le quedan enormes, lo cual la vuelve aún más adorable (pero todo en ella te resulta adorable, a decir verdad. No por nada es tu paisaje más soñado, aquel, el de ella dormida en tus brazos, el que contemplás todos los días con amor y locura; te despertás más temprano sólo para mirarla así durante minutos enteros y eternos).

Sus buclecitos sueltos caen alrededor de su rostro, formando el marco perfecto, el color oscuro predominante salpicado con esos suaves destellos de ocre o dorado, desparramados sobre la funda de seda blanca de la almohada de plumas sobre la que reposa su cabeza, y eso hace que parezca un ángel.

Es ella, tu paisaje más soñado, también el ángel más hermoso del mundo.

Y es tuya.

Jamás imaginaste que serías bendecido con algo así, pero lo fuiste. Por eso podés pasar horas y horas mirándola, en silencio, contemplándola, queriendo aprender sus rasgos de memoria (aunque ya los hayas aprendido, a esta altura): porque no podés creer que eso está sucediendo, porque hay momentos en los que te cuesta entender que está es la realidad, que ese paisaje – el de ella envuelta en tu cobertor azul, en tu sofá, con el cabello suelto y usando tu sweater y tus medias y ese jogging gris tres tallas más grande –es real, que es tuyo, tuyo y de nadie más para mirar y admirar.

Escuchás su respiración, pausada y pesada, rítmica, exacta.

Es el sonido más hermoso del mundo, mucho más lindo y mucho más relajante que el del mar. Algunas veces, cuando estás adormecido y todavía tenés control de tus pensamientos a pesar de que gran parte de tu mente ya se ha diluido y muchas de tus funciones apagado, buscás la posición ideal en sus brazos para poder escucharla respirar y sentir su cuerpo moviéndose acompasadamente al ritmo de su respiración; a veces hasta se te ocurre la idea ridícula de grabarla, para poder escuchar esos sonidos dulces y tranquilizadores cuando algunas noches deben irse cada uno a sus respectivos departamentos y no pueden dormir juntos. De hecho, hay otras ocasiones en las que luchás contra el cansancio, luchás contra tu propia extenuación y te deshacés en esfuerzos por permanecer despierto sólo para seguir escuchando con atención desmesurada y casi obsesiva, para seguir escuchando el sonido de su respiración, que es para vos la canción de cuna perfecta.

Prestás atención desmedida hasta a sus respiros.

Así de enamorado estás.

Así de loco estás.

Si durante los primeros meses que pasaron trabajando juntos en la CTU, enamorándose a la distancia y en silencio, estabas absolutamente obsesionado con observarla sin que nadie más notara que lo hacías y aprender todas sus manías, hábitos, costumbres y particularidades para enumerarlos y enlistarlos, ahora que tenés la oportunidad de conocerla más de cerca, de compartir con ella cosas fuera del ámbito laboral, esa lista se ha extendido y forman parte de ella detalles tan pequeñitos, tan ínfimos, tan en apariencia insignificantes para cualquier otro ser humano, que si se lo contaras a alguien podrían acusarte – y con justa razón – de estar totalmente obsesionado con ella, hasta un punto insospechado, quizá hasta un punto que escapa a lo que bordea la sanidad separándola de la locura.

Y es que es cierto: tu locura por ella no conoce límite alguno, y dudás que algún día te topes con algo parecido a él, más ahora que ya no tenés que mantener distancia porque finalmente lo que los separaba – esos cristales con los que habías envuelto a tu alma y a tu corazón después de que ella tirara abajo los muros de acero construidos alrededor de ellos para evitar que alguien más se acercara – ya no existe.

Ahora es toda tuya, y podés observarla tanto como quieras, podés soñarla tanto como quieras, podés prestarle la atención desmesurada que quieras. Ella, tu paisaje más soñado, se volvió realidad. Y tenés cada minuto del resto de tu vida para dedicarlo a adorarla.

En estos veintiún días que llevan juntos, aprendiste – y seguís aprendiendo con cada minuto que pasa – cosas sobre ella que estás seguro nadie más sabe; por ejemplo, exactamente cuántas pequitas tiene en su nariz (porque una vez pasaste casi cincuenta minutos contándolas una a una).

Aprendiste que por costumbre se saca el calzado y lo deja en la entrada, junto a la puerta, como hacen en Japón, porque así se lo enseñó su abuela (y te maravilla ver cuánto cambia entonces la diferencia de altura entre ambos, cuando no tiene zapatos con taco puestos: es mucho más bajita que vos, lo cual hace, por algún motivo, que te invadan aún más fuertes si es posible las ganas de protegerla).

Aprendiste que le encanta andar descalza, que tiene tres lunares formando una medialuna en el tobillo izquierdo, y una marca de nacimiento con forma de corazón en la planta del pie derecho.

Aprendiste que es una experta cuando se trata de Origami; hace unos días, mientras cenaban, estaban hablando de su abuela, y te comentó las muchas horas que pasaban las dos practicando figuras de su libro de Origami.

Te pidió un par de hojas de papel y en cinco minutos – sin que lograras descifrar cómo – con unos pocos movimientos de las manos y algún que otro doblez por allí y por allá hizo un gatito perfecto (pensando en la rosa de papel que trataste de crear con servilletas esa primera mañana, esa rosa deforme que ella insiste en conservar porque dice que es hermosa, te sentiste bastante tonto y bastante avergonzado). Sonriendo como una criaturita te pidió un marcador para dibujarle los ojitos, los bigotes, las orejitas y un círculo redondo muy grande en el pecho. Luego sirviéndose de un alfiler hizo dos perforaciones casi invisibles, cortó un poco de tanza del rollo que tenés en uno de los cajones de la cocina y un rato después la figura de papel estaba colgada junto a la pequeña ventana que da al patio trasero del edificio, después de que insistieras y la convencieras de que el gatito era lo suficientemente adorable como para querer conservarlo de adorno para siempre.

Aprendiste que, a pesar de su adicción al café con leche, sabe mucho sobre tés: cuáles son los mejores, dónde comprarlos, cómo prepararlos. A su abuela le encantaba el té, y de chica bebió muchos y de muy diversos tipos, por lo cual tiene el paladar entrenado.

Aprendiste que la mejor forma de relajarla cuando no puede conciliar bien el sueño porque está demasiado inquieta es frotando su espalda con la palma de una de tus manos mientras tarareás en su oído una melodía cualquiera, cosas sin sentido, inventadas en el momento.

Aprendiste que a veces habla medio dormida, especialmente si tuvieron un día muy agotador en el trabajo. Tus sentidos siempre están alerta, activados a la espera de recibir señales de cualquier tipo que indiquen que está teniendo una pesadilla, para poder sacarla de ella cuanto antes, por lo cual en las ocasiones en las que se pone a murmurar no podés evitar despabilarte lo suficiente como para entender lo que está diciendo.

Lo más lindo es que, hasta ahora, todas las veces que sucedió no musitó palabras inentendibles o sin sentido: simplemente se acurrucó aún más, enterró su rostro en el hueco entre tu hombro y tu cuello y susurró varios 'te amo' que derritieron tu corazón con una facilidad sorprendente.

Aprendiste que ama los osos panda. La noche del jueves vieron juntos un documental sobre ellos en Discovery Channel y te confesó que desde que tiene memoria sueña con abrazar a un panda bebé, al menos un ratito. Esa conversación llevó a que te contara que nunca tuvo una mascota, porque su abuela no era muy fanática de que los animales estuvieran encerrados todo el día en un departamento. Ahora que es adulta no se le ocurriría comprar una porque debido a su trabajo no tendría suficiente tiempo para prestarle la atención debida. La amaste mil veces más que antes cuando dijo que no le gustaría tener a un animalito encerrado y no estar ahí para hacerle mimos o mantenerlo acompañado y entretenido. Te enamoraste de nuevo, una y otra vez de ella, la abrazaste tan fuerte como posible y bromeaste diciéndole que podés ser su osito panda hasta que cumpla su sueño de conocer a uno de verdad.

Aprendiste que domina casi a la perfección el Japonés desde que es muy chica – aunque lleva años sin practicarlo -, pero como es demasiado tímida no querés presionarla a que demuestre sus capacidades si no se siente cómoda. También sabe comer sushi usando esos dos palitos que nunca vas a entender cómo agarrar o cómo manejar sin hacer gala de torpeza (qué gracioso y a la vez también casi patético, ¿no?: podés manejar diversas armas de fuego de todos los tamaños pero no podés con dos palitos de madera... Cosas de la vida).

Cuando le hiciste a ella ese mismo comentario – que podrás ser muy eficiente para algunas cosas pero realmente un tonto para otras -, te besó en la frente muy despacio y luego te dijo:

"Puedo enseñarte cuando quieras. Realmente no es tan difícil. Además" siguió, con una sonrisa dulce cruzando su rostro "no se llaman 'palitos', se llama hashi" te corrigió, ensanchándose aún más su sonrisa cuando vos la espejaste en tu propia cara.

Y esa misma noche, mientras proseguía su conversación sobre el sushi, la comida japonesa en general y el Origami, aprendiste algo más, algo que te conmovió en lo más profundo de tu ser: según sus propias palabras, ama hablar con vos de esas cosas, de esas culturas distintas, porque nunca antes había tenido a nadie que le gustaría empaparse de ellas, nadie que le prestara atención, le hiciera preguntas y se mostrara genuinamente interesado.

Fue tu turno de besarla en la frente muy despacio y arrancarle una sonrisa.

En veintiún días aprendiste tantas, tantas cosas, tan pequeñas y tan comunes, tan cotidianas, pero que para vos son tan importantes, tan inmensamente importantes, porque son parte de la personita a la que amás, son parte de esas cositas que hacen que ella sea lo que es, que ella sea la luz en tu mundo, la luz de tus ojos.

Aprendiste tanto y estás llegando a conocerla tan profundamente que sabés que si fuera consciente de lo que estás haciendo ahora mismo, si estuviera despierta y te viera haciendo lo que estás haciendo, sería comida viva por la timidez, se sonrojaría tanto, se avergonzaría tanto, insistiría como loca hasta que te detuvieras.

Por eso decidiste levantarte un poco más temprano, junto con el sol que se alzó sobre la ciudad de Los Angeles iluminando el cielo color celeste con algunas nubes blancas que parecen hechas de algodón diseminadas por toda su extensión, darte el gusto de observarla con dulzura mientras duerme (a ella, a tu paisaje más soñado, a ese ángel que antes solamente podías imaginar, que no creías pudiera existir, que no esperabas existiera y fuera para vos) y trazar círculos en su estómago con las yemas de tus dedos antes de abandonar tu reconfortante y tibia posición a su lado en el sillón, abrigarla bien con el cobertor color azul (al cual ya llama suyo, y eso te encanta) y dejarla sola en la sala de estar durante los minutos que tardaste en conseguir las cosas que necesitabas.

Duerme profundamente, como el angelito que es, por eso tenés la seguridad de que no va a despertarse. Por eso tenés la seguridad de que va a seguir así de perdida en el mundo de sus sueños incluso después de que hayas terminado de hacer lo que estás haciendo.

Ella se moriría de vergüenza si supiera – por eso nunca va a saber, al menos no por ahora -, y aunque sentís que estás traspasando una barrera, una línea, un límite que en realidad deberías respetar, no podés evitar sentir cierto placer culpable al hacer esto.

No pudiste contenerte, no pudiste evitarlo, no pudiste manejar las ganas. Después de todo, amás los paisajes exóticos, y ella es tu paisaje más soñado.

Sentado sobre la mullida alfombra blanca, en posición india. La distancia entre el lugar en el que estás y el sillón en el que ella duerme envuelta en esa manta es la correcta: podés ver el panorama completo, podés apreciar cada detalle en su totalidad sin perder vista de nada, pero estás lo suficientemente cerca como para admirar todo hasta en lo más mínimo y poder empaparte en la belleza que irradia no sólo su cuerpo, su expresión de nena-mujer, sus ojos de forma exótica cerrados, ocultos bajo sus párpados de piel ultra sensible, esa piel que besás todo el tiempo, sin parar, siempre que podés. No hay nada que te guste tanto como besar sus párpados.

El silencio envuelve la mañana de este domingo, siendo roto sólo por dos cosas: su dulce respiración, en perfecta sincronía con la tuya, y el rasgar de los diversos lápices sobre la hoja de papel blanca, en la que – nacida directo de tus manos – ha tomado forma la imagen de una mujer acurrucada en un sofá, envuelta en una manta, hecha un ovillo cual gatito que descansa a la luz del sol en una tarde de infierno particularmente fría, con los ojos cerrados, el semblante relajado, la piel de marfil de sus mejillas ligeramente ruborizada y algunos buclecitos mezcla de castaño oscuro y dorado cayendo alrededor de su cara, enmarcándola.

Acabás de terminar lo que podría considerarse la copia de una obra de arte: ella, para vos, su belleza exótica, su belleza tan rara, tan única, tan exquisita, es la obra de arte más natural del mundo, la obra de arte más hermosa del mundo, y es tuya. Ese paisaje tan soñado es tuyo, y de nadie más.

Y vos acabás de retratarla, mientras duerme pacíficamente, sin tener conciencia de que estás sentado ahí, de que llevás sentado ahí casi dos horas, con una hoja de papel blanca y un juego variado de lápices finos de todos los colores, queriendo copiar tan terrible exquisitez, una exquisitez desgarradora que a veces hasta duele mirarla cuando está así, dormida, relajada, más hermosa que nunca, brillando para vos y para ningún otro con esa luz cálida que irradia, esa luz cálida que te llena, que te ha llenado desde que la conociste.

Desde que tus ojos se posaron sobre ella casi diez meses atrás – o tal vez desde hace mucho, mucho antes, tal vez desde hace miles de vidas anteriores – ella se convirtió en tu paisaje más soñado.

Examinás tu trabajo con cuidado. La Michelle que dibujaste no se acerca ni remotamente a ser tan terriblemente hermosa como la verdadera Michelle, la que – sin saberlo – sirvió de modelo. La que – sin saberlo – hizo que meses atrás, después de mucho tiempo sin hallar inspiración en ninguna parte, después de no poder salir de ese pozo depresivo que impedía que te expresaras como solías hacerlo antes, te impulsó a querer tomar el lápiz otra vez y lanzarte de nuevo a crear arte, incluso si no es la gran cosa, incluso si es solamente el trabajo de un aficionado.

Pero dibujar te hace feliz, siempre te hizo feliz, y poder dibujarla a ella es definitivamente un placer más grande lo que podrías haber imaginado.

Dibujarla a ella es dibujar a tu paisaje más soñado.

Sin embargo, hay pequeñas cosas que hacen que lo que salió como fruto de tu talento, como fruto de tu dominio de los lápices, como fruto de esa obsesión que Michelle te despierta, diste mucho de encerrar la magia y el encanto que tiene ella, la que es tuya y de nadie más, la que es de carne y hueso, la que respira, la que siente, la que está ahí, a dos metros de distancia, dormida, quieta, ajena al mundo que la rodea, completamente tranquila, después de haberse quedado hasta tarde con vos durante casi toda la noche del sábado conversando hasta que el cansancio en sus gestos y en sus movimientos era tan evidente que la obligaste a recostarse y descansar, acunándola durante un largo rato.

La Michelle que dibujaste y la Michelle real son distintas: la que es de verdad, la real, es muchísimo más hermosa. La verdadera, la real, la de carne y hueso, la que respira, la que besás sin parar con una devoción nunca antes vista, a la que le hablás al oído prometiéndole la luna y las estrellas si eso es lo que quiere, es muchísimo más hermosa, tanto que verla así te deja sin respiración.

Es tu paisaje más soñado. Y está ahí, a escasos metros, dormida en tu sillón.

Después de haber estado casi una hora y media trabajando hasta perfeccionar el dibujo tanto como posible, te das por satisfecho, con una amplia sonrisa cruzando tu rostro y una sensación de bienestar recorriéndote el cuerpo que hace que te sientas tan bien que es inexplicable.

Con mucho cuidado, sin hacer ruido, levantás la cajita de lápices, los metes a todos dentro de ella, y tomando el dibujo con la otra mano con tanta delicadeza que uno podría pensar que se trata de un tesoro (para vos lo es, para vos es muy valioso) vas a tu estudio, donde guardás los materiales en su lugar y el dibujo en un folio dentro de una carpeta, donde la madrugada del martes pasado – presa del insomnio que te hace su víctima cuando no podés dormir con ella – ordenaste todos tus otros dibujos, esos que son de sus ojos, esos que hiciste a veces casi sin darte cuenta de que el la birome o el lápiz habían tomado control de tus manos.

Luego de situar la carpeta en su lugar, en el fondo de un cajón, y pensando en lo hermoso y relajante que va a ser seguir dibujándola todas las mañanas mientras duerme (aunque eso signifique amanecer más temprano y tener que guardar silencio absoluto para no despertarla, para que no sospeche nada), dirigís tus pasos hacia la cocina.

Michelle ama tu taza de Chicago Cubs. Ama usar esa taza; de alguna manera, siente que la confianza que tenés en ella, esa confianza tan grande que no conoce límites y que supera cualquier otra cosa que jamás hayas sentido, esa confianza que solamente ella te inspira, se materializa física y visiblemente cuando le servís el desayuno en esa taza que ninguna otra persona, jamás, había tocado antes.

Por eso ahora pasó de ser tu taza a ser la taza de los dos. La usan los dos. En realidad ella la usa durante el desayuno y vos – por primera vez desde que tenés doce años – tomás tu café de la mañana en una taza blanca de porcelana, normal, común y corriente sin significado alguno; durante el resto del día, la taza de Chicago Cubs vuelve a ser usada sólo por vos, pero en el desayuno está reservada para ella, por denominarlo de algún modo.

Nunca te cansás de ver la sonrisa que ilumina su rostro cuando ve que nuevamente serviste el café, la leche, el azúcar y la crema en esa taza.

La tomás entre tus manos, y la mirás con cariño, ya no sólo porque fue un regalo que te hizo tu abuelo, ya no sólo porque representa tu pasión por el baseball, si no también porque es otra cosa que compartís con Michelle. Otra de las muchas cosas que te encanta compartir con ella, y con nadie más.

En cuanto empezás a hacer el café, suena tu teléfono móvil.

Te apresurás a atenderlo, y cuando ves la pantallita iluminada con esa luz verde fluorescente lees el nombre de una de las dos únicas personas que serían capaces de llamarte un domingo a las ocho de la mañana.

"Hola Martina" saludás, manteniendo el tono de voz al mínimo.

"Buen día Anthony, ¿cómo estás?" por lo despejada que suena, probablemente esté de pie desde las cinco de la mañana "No estabas durmiendo, ¿verdad?" se apresura a agregar, no a modo de disculpás: más bien es una manera de expresar curiosidad.

"No" es tu respuesta, pero no das a conocer ningún otro dato sobre lo que estabas haciendo hasta hace un ratito.

"Quise llamarte durante la semana que pasó, pero tuve muchas cosas dando vueltas en mi cabeza y realmente no encontré el tiempo"

"¿Por eso me estás llamando un domingo a las ocho de la mañana?" inquirís, divertido, con media sonrisa surcando tu rostro, mientras la mano que no está sosteniendo el aparatito rasca despreocupadamente el costado de tu cara, gesto habitual y ya casi automático e involuntario en vos.

"Me dijiste que no estabas durmiendo" espeta.

"Pero podría haberlo estado" seguís el juego, sólo para irritarla un poco.

Es algo que hacés prácticamente desde que a los escasos meses de edad aprendió a hablar con una fluidez más o menos normal: fastidiarla para que se ponga nerviosa y llegue al límite, algo que odia. No hay nada en este mundo que moleste a Martina Almeida tanto como llegar al borde, al punto previo a perder el control, sea por la situación más mínima, estúpida, absurda o pequeña que sea.

"Pero no lo estabas, Anthony" zanja la cuestión, con un suspiro de impaciencia "Te llamé por un motivo importante" retoma el rumbo de la conversación antes de que puedas decir cualquier otra cosa "Estaba releyendo una demanda que la fiscalía va a presentar el lunes y de pronto me acordé; tuve que llamarte porque si lo dejaba pasar probablemente más tarde no encontrara el tiempo" luego sigue sin más rodeos ": Me enteré que en tu oficina están llevando a cabo un proceso de contratación"

"Es cierto" afirmás, sorprendido.

Durante la semana que pasó, desde el lunes 24 de septiembre hasta el viernes 27, estuvieron entrevistando a la primera tanda de posibles candidatos para cubrir los puestos que quedaron vacantes y los puestos nuevos que van a agregarse, luego de que División aprobara el proyecto, el presupuesto y les llevara la interminable montaña de carpetas con los datos – más bien biografías en detalle concreto, dirías vos, juzgando por el grosor y el contenido – de aquellos con mayor potencial, altas recomendaciones y buenas posibilidades de encajar en el perfil que están buscando.

Son alrededor de unas doscientas personas, y a todas ellas se le asignó por sorteo (aunque no sabés bien cómo fue, en realidad, porque de eso se encargó la gente de administración, y no tenés intenciones de ir a indagar o a meter las narices donde no te corresponde – suficiente tenés con hacer tu trabajo como para ir a cuestionar el de los demás -) una fecha y un horario para una primera entrevista de treinta minutos con el Director de la Unidad Antiterrorista de la ciudad de Los Angeles y la Jefa de Personal y segunda en comando (es decir, en palabras más sencillas: una entrevista con Michelle y con vos). Es tarea de ustedes eliminar al menos a un veinte porciento de los postulantes y seguir citando al resto para entrevistas más exhaustivas, hasta llegar a cubrir los espacios necesarios para armar al nuevo cuerpo de empleados de la parte de la CTU que estará abocada a la informática e inteligencia, mientras que van a esperar a que Jack Bauer esté en condiciones de reincorporarse la semana entrante para que se encargue él de lo relacionado con el departamento que va a dirigir.

Fue una semana larga, tediosa y aburrida durante la cual no hicieron más que entrevistar técnico tras técnico, analista tras analista, agente tras agente, individuo tras individuo, hasta que todas las caras, nombres e historias se volvieran demasiado similares, y luego se convirtieron en demasiado borrosas y al final de cada ciclo de entrevistas tu cabeza estaba llena de datos innecesarios que amenazaban con hacerla estallar. Lo único bueno de las horas que pasaste desde el lunes hasta el viernes sentado detrás del escritorio escuchando a toda clase de seres humanos hablando sobre por qué aportarían cosas valiosas a la Unidad si fueran elegidos para formar parte de ella fue que Michelle estuvo sentada a tu lado todo el tiempo, sonriendo amable y educadamente, guiando la conversación y encargándose de casi todo, gracias a su tacto y capacidad para inspirar confianza; vos te limitaste a hacer las preguntas básicas de rigor, a fingir que prestabas atención cuando tu mente no lo soportaba más y se daba el permiso de divagar un rato, a contestar las preguntas que correspondían al director de la Unidad, y eso fue todo.

Cuando el viernes les dijeron que seguirían con el mismo proceso durante la semana siguiente (la semana que empieza mañana, lunes 30 de septiembre) prácticamente quisiste lanzar un quejido de frustración, pero te contuviste porque a Chappelle no le hubiera interesado escuchar tus razones por las cuales tenés mejores cosas que hacer que llevar a cabo un proceso preliminar para ir preseleccionando, rechazando, considerando y demás a candidatos que podrían ser entrevistados por alguna de las agencias de Recursos Humanos del gobierno y enviados a tu oficina para una aprobación final. No, Chappelle quiere que hagan todo ustedes; incluso pretende que reciban también a los que se postularon para trabajar en la parte del departamento de operaciones de campo que va a usar computadoras y equipos tecnológicos, por lo cual la carga de trabajo es doble.

El único consuelo que es que al menos – si bien no podés dejar que nada se entrevea, si bien no podés perder la compostura ni un segundo y mantenerte siempre fiel a tus conductas profesionales – Michelle está ahí, sentada a tu lado, de tanto en tanto regalándote esa sonrisa que te enloquece.

El tema es, ahora, ¿cómo se enteró tu hermana que pasaste los últimos días entrevistando gente y que el proceso aún no acaba?, ¿cómo sabe que ese penoso proceso de entrevistas preliminares continua mañana?

Fruncís el ceño y verbalizás tu duda:

"¿Cómo lo sabés?"

"Me contó un pajarito" comenta en tono sarcástico, e inmediatamente después, luego de chasquear la lengua, agrega ": Conozco a alguien que fue postulado por las oficinas de Washington DC para ocupar el puesto de analista en CTU Los Ángeles" revela finalmente.

"Wow" te cuesta ocultar tu sorpresa, y por un momento dejás a un lado los preparativos del desayuno para prestar atención completa a Martina, sintiéndote intrigado "¿Cómo es eso?" pedís que te explique.

"Es una historia larga y aburrida que probablemente vaya a carecer de interés para vos, así que voy a tratar de hacerla tan corta como posible" promete.

Pero por algún motivo te cuesta creerle. Con Martina, ninguna historia es corta. Cuando tenía cuatro años e insistía en contarte su versión de Los tres chanchitos, sabías que llevaría al menos cuarenta minutos de tiempo.

No, con Martina Almeida no es posible que una historia sea corta, no cuando ella la cuenta.

"¿Alguna vez oíste hablar de un foro especial al que sólo pueden acceder los coeficientes más altos del mundo?" te pregunta, a lo que respondés con una negación "Me lo suponía" agrega luego, con su normal y – a pesar de que muchos no lo interpreten – para nada malintencionada condescendencia "Al ingresar a la página hay un código muy complejo para descifrar, el cual se dice solamente puede ser resuelto por mentes que superan por mucho a la inteligencia normal, volviendo la tarea imposible para una persona con capacidades normales como vos" qué bien Martina, gracias por halagarme tanto "Una vez que la respuesta correcta es ingresada, podés acceder al foro y registrarte. Básicamente es un lugar para discutir sobre variados temas como música, literatura, matemática, astronomía, idiomas, religión, filosofía, física, política, escribir lo que sientas o lo que pienses y recibir comentarios de otros usuarios" vuelve a chasquear la lengua "… En fin, es un lugar para que todos los genios del mundo nos reunamos y podamos conocernos mejor" sí, Martina, deberían darte un premio por ser tan humilde "Hice varios amigos ahí…"

Al llegar a este punto, te ves obligado a interrumpirla, tu estado entre divertido y estupefacto. Volvés a rascarte el costado izquierdo de la cara con la mano derecha mientras hablás:

"Dejáme ver si entendí: no tenés amigos en la vida real porque te cuesta relacionarte con la gente y sos esencialmente antisocial, pero sí tenés amigos de alrededor de todo el mundo con los cuales te comunicás a través de la pantalla de la computadora" resumís, algo atónito y sorprendido.

"Son personas que me entienden, que están en un nivel similar al mío. Con ellos no me aburro, y cada día aprendo o enseño algo nuevo cuando conversamos o cuando exponemos pensamientos, ideas o compartimos conocimientos" defiende el caso poniéndose en su postura de abogada, y te arrepentís de haber señalado que en la vida real le cuesta relacionarse con otros individuos, porque en su tono de voz escuchaste algo así como un dejo de sentimientos heridos y sangrantes que te despierta en la boca del estómago una chispa de culpa.

"Lo siento, Martina" te disculpás "A veces me olvido que para vos algunas cosas no son tan fáciles como para los demás"

No podés acusarla de nada. Al menos ella trata de hacer amigos, sea por el medio que sea. Vos, desde que entraste a la Marina y en los años siguientes a eso – especialmente durante el período que siguió a la 'experiencia Nina' – te alejaste de todo el mundo, de todos los que te importaban, e impediste que personas que no fueran de tu familia entraran a tu círculo, exceptuando las múltiples eventuales 'conquistas', por denominar de algún modo a las muchas mujeres con las que te acostaste, la mayoría de las veces por pura y simple necesidad física y no porque realmente quisieras estar con ellas.

No podés criticar las formas que tu hermana elija para socializar con el resto del mundo cuando hace rato que vos – por diversos motivos, principalmente relacionados con la forma en que tu trabajo afecta a las personas – hace rato que no tenés un grupo de amigos con los cuales juntarte a hablar, a ver partidos de baseball o simplemente a matar el tiempo. Lo único que tuviste durante todos esos años fue a tu familia, hasta que llegó Michelle y te cambió la vida por completo.

"Lo que te estaba diciendo" retoma "es que llevo varios meses conversando con una chica que hasta hace poco trabajaba para una de las oficinas del gobierno en Washington. Es realmente un genio, Anthony" notás un entusiasmo desbordante, lo cual no es natural en tu hermana cuando está hablando de un tercero que no sea Kiefer ", es realmente impresionante lo que sabe sobre matemática, computadoras, ciencias, libros… Sabe más que yo, y eso es decir mucho"

Sí, viniendo de vos, Martina, que reconozcas que existen personas más inteligentes es algo tremendamente extraño.

"Yo resolví el acertijo para ingresar al foro en seis horas: ella lo resolvió en veinte minutos. Nunca conocí a nadie con tanta capacidad para la electrónica; en realidad, nunca conocí a nadie con tantas múltiples y tan bien desarrolladas capacidades"

"¿No crees que es alabar demasiado a alguien que conocés solamente por internet?" cuestionás.

"Nuestra amistad empezó a través de la red hace un año, pero recientemente ella se mudó a Los Angeles, hace tres semanas, y nos conocimos personalmente"

Si tu mamá supiera que tu hermana se encontró con una extraña que conoció en un foro, probablemente pegaría el grito en el cielo, pero ignorás ese pensamiento, haciéndolo a un lado.

"Al parecer su antiguo jefe le recomendó aplicar para una posición como analista en la CTU; le dijo que tiene más que los requerimientos necesarios y que sus increíbles habilidades podrían ser bien utilizadas. Su fecha de entrevista es este lunes, me lo contó unos días atrás cuando hablamos por teléfono"

Tu hermana definitivamente no habla por teléfono con cualquiera. Esta tiene que ser una amiga muy especial, casi igual a ella, con la que se entiende a la perfección, lo suficiente como para 'desperdiciar' su tiempo en llamados telefónicos.

"Martina, no puedo hacer nada para garantizar que tu amiga vaya a obtener el puesto" vaya, utilizar 'Martina' y 'amiga' en la misma oración es raro "Además, esta es una etapa preliminar de preselección, en la que básicamente estamos descartando a todo aquel que no encaje con nuestro ambiente de trabajo, así que supongo que si ella viene bien recomendada desde Washington no tendrá problema alguno…"

"Anthony, no te llame para pedirte que acomodaras a mi amiga, que le dieras un trato preferencial o nada por el estilo" te interrumpe, un poco indignada "Solamente quiero hacerle un favor a ella, que se encuentra muy nerviosa ante la perspectiva de postularse para este puesto, avisándote , para que lo tengas muy presente, que es absolutamente brillante más allá de su em… pequeño problema"

"¿Pequeño problema?" repetís luego de que haya dicho esas mismas dos palabras tratando de agregarlas en el contexto de la conversación sin que sobresalieran, sin que resonaran demasiado o levantaran alguna clase de sospecha.

Tal vez Martina sea compleja a veces, pero en algunas ocasiones sos capaz de 'leer' entre líneas cuando de ella se trata.

"Anthony, ¿sabés lo que es el síndrome de Asperger?"

Dios, con esta chica siempre hay que hablar de temas complicados, una voz canturrea en tu cabeza.

"Es algo parecido al autismo, ¿no?" aventurás.

Realmente no sos experto en el tema, y a decir verdad no entendés a qué viene toda esta conversación, a dónde se dirige, qué es lo que tu hermana pretende, y eso está irritándote un poco, especialmente porque son las ocho de la mañana y te encantaría estar disfrutando del silencio que reina en el resto de tu departamento, preparándole el desayuno a Michelle y haciendo planes para pasar el domingo con ella en lugar de hallarte en medio de la cocina hablando con Martina sobre una desconocida, una 'amiga' que de pronto aparece en su vida, y sobre algo llamado síndrome de Asperger sobre lo cual no sabés mucho.

Y, te das cuenta tarde, admitir delante de Martina Almeida que no sabés sobre un tema significa firmar una sentencia de muerte que implica escuchar cada pequeño dato y minúsculo detalle que ella pueda proporcionarte al respecto para aniquilar la falta de conocimiento e ignorancia.

Porque si las historias son largas cuando ella las cuenta, las explicaciones sobre temas que le interesan son eternas.

"Es un trastorno neurológico que forma parte del espectro de trastornos autísticos. Las personas con este síndrome no son empáticas, no pueden reconocer los estados emocionales ajenos mediante los estados cognitivos o el lenguaje corporal" define robóticamente, como si lo hubiera aprendido de memoria de un libro de texto, aunque en realidad tu hermana todo lo que sabe lo sabe porque con leer algo una vez le queda grabado en el cerebro, para siempre. Es parte de sus increíbles capacidades, esas capacidades tan extrañas que forman parte de lo que es, parte de la personita que – a pesar de todo y con todo – jamás cambiarías.

Pero, ahora, examinándolo desde otro plano: ¿para qué necesitás saber eso a las ocho de la mañana de un domingo cuando podrías estar con Michelle disfrutando una bandeja de tostadas?

"Tienen una especie de ceguera emocional" Martina sigue elaborando "Se les escapan las implicaciones ocultas que les son dichas de forma directa o verbal. Es un trastorno con severidad variable; en el caso de mi amiga, se aproxima bastante a un nivel normal de comprensión, pero muchos de los síntomas de su enfermedad salen a la luz sin necesidad de buscar demasiado…"

"¿Martina, estamos yendo a algún lado con esto?" inquirís.

"Sí, Anthony" reacciona irritada "Por favor, necesito que me escuches" insiste.

Y vos dejás que siga hablando, tratando de prestar atención, porque es tu hermana, y está hablándote de una amiga, ¿y cuántas veces sucede eso cuando tenés por hermana a Martina Almeida?

Hasta ahora, no había sucedido esto. Jamás.

"La mayoría de los que sufren de Asperger tienden a ser superdotados, ya que el cerebro se concentra intensamente en temas específicos y desarrolla cualidades extraordinarias, particularmente relacionado con la física, la lógica, la matemática, cualquier área que sea abstracta o que no requiera interacción social. Pero" se apresura a agregar, remarcándolo para darle especial importancia "a pesar de su condición pueden lograr llevar una vida sin complicaciones. De hecho, manifiestan un razonamiento refinado sorprendente, son muy ordenados, tienen un poder de concentración asombroso y una memoria perfecta"

"Martina, si pudieras explicarme a dónde estamos yendo…" pedís.

"Ya vamos a llegar" te corta tajante, con tono de voz firme, para luego seguir explicándote ": En su caso" está refiriéndose a su amiga, interpretás "sus síntomas saltan a la vista para el ojo entrenado como el mío, que he leído cientos de libros sobre psiquiatría y neurología, pero tal vez para quienes no tengan muchos conocimientos en el campo sea dificultoso verlos y reconocerlos como síntomas, por eso es más fácil despreciarla, dejarla de lado" ¿es acaso bronca lo que ahora tiñe su tono? "y tildarla de 'rara'" luego comienza a enumerar "En su caso, tiene sensibilidad al tacto y a los ruidos fuertes, es un poco torpe, tiene problemas comprendiendo las emociones de otras personas, a menudo habla en voz alta y monótona consigo misma, no le gustan mucho los cambios en la rutina diaria…"

Ya empezás a entender a dónde quiere ir tu hermana con todo esto, y solamente porque sabés que va a molestarse si la interrumpís de nuevo no lo hacés y permanecés callado, escuchando, dejando que termine,

"…, tiende a decir las cosas menos indicadas en los momentos menos indicados porque habla antes de pensar, tiene dificultades haciendo amigos, no entiende el método de razonamiento o los pensamientos de otras personas…"

"Básicamente" reflexionás en voz alta "no entraría entre el grupo de individuos que encajarían naturalmente en un ambiente de trabajo como el de la CTU"

"¡Pero tiene otras cualidades maravillosas!" se apresura a defenderla "Tiene memoria fotográfica, visual, musical y numérica, sigue las normas al pie de la letra porque es una obsesiva cuando concierne a respetar protocolos" pareciera como si se hubiera estudiado esto paso por paso, como si se tratara de un cliente al que va a representar frente a un jurado "Es una mente brillante, Anthony, tenerla en tu oficina te facilitaría muchísimo las cosas" continua con su defensa, mostrando por qué es una excelente abogada a pesar de su corta edad "Por eso quería hablarte de ella: tiene dificultades sociales, tiene problemas para relacionarse con las personas en cualquier ámbito, es terriblemente tímida, se siente incómoda en todos los ambientes y es muy propensa a meter la pata, pero realmente es un genio. Esos estúpidos de Washington no supieron entenderla, no fueron capaces de ver más allá, por eso la recomendaron para varios puestos en Los Angeles e insistieron en que probara suerte en las agencias de esta ciudad"

"¿Tu llamado se debe a que querés avisarme que probablemente esta chica haga una malísima primera impresión pero que más allá de eso debería darle la oportunidad de demostrar que tiene más cosas buenas que malas y que sus múltiples dificultades se verían compensadas?" sintetizás, para asegurarte de haber entendido bien, y porque sabés que después de dar explicaciones largas a tu hermana le gusta que su interlocutor dé muestras de haber captado a grandes rasgos la idea general de su exposición.

"¡Exactamente!" asiente entusiasmada "Hemos pasado largas horas hablando, tanto a través de la computadora como luego por teléfono o personalmente, y llegué a conocerla muy bien: el secreto está en saber cómo tratarla, pero no muchos tienen lo que se necesita para aprender eso y poder ponerlo en práctica. Quizá carece de facilidad o medios para entenderse bien con el noventa por ciento de los seres humanos, pero tiene una facilidad para entenderse con las computadoras nunca antes vista. A tu unidad le vendría muy bien alguien así"

"Estoy seguro de que tu amiga es brillante, Martina" decís con honestidad "Tiene que serlo, si estás tan entusiasmada respecto a ella. Pero el tema es" respirás hondo y exhalás, porque sabés que no va a gustarle lo que tenés para decir "que no puedo arriesgarme a contratar a alguien que evidentemente tuvo que dejar la agencia para la que trabajaba en Washington por problemas de adaptación. En la CTU hay mucha gente capaz y las cosas funcionan bien porque nos las ingeniamos para trabajar en equipo y mantener un ambiente laboral dentro de todo saludable, sin inconvenientes"

Dios, Almeida, sonás como Ryan Chappelle dando uno de sus sermones.

"Anthony, puedo asegurarte fehacientemente que ella es muchísimo más capaz que cualquier otro que tengas trabajando en esa oficina, vos incluido"

Sí, acaba de entrar en estado de agresividad pasiva.

"Lo que una persona normal puede hacer con una computadora en cuarenta minutos ella lo hace en cinco. ¿Sabés por qué quería hablarte al respecto antes de que la entrevistaras el lunes?" notás que comienza a ponerse un poco alterada, casi indignación puede escucharse en la forma en la que suelta las palabras; prácticamente está acusándote ": porque sabía que lo único que ibas a ver delante de vos sería una nerd extraña, rara, bastante quisquillosa y metepatas, una antisocial, y que no te fijarías en sus capacidades como profesional. La gente tiende a juzgar mal, Anthony" su tono ahora es mucho más calmo, pero sigue firme y con un dejo de acusación muy parecido a aquel que utiliza tu madre cuando quiere meterle a alguien sentimientos de culpa", y en su caso, ha sido dejada de lado, rechazada, discriminada o hecha sujeto de bromas porque no se anima a contar que la explicación a su rareza es ese síndrome del que sufre. Necesita este trabajo, lo necesita mucho, pero, principalmente: ustedes no pueden dejar pasar a alguien tan brillante. Genios como ella se encuentran uno en un millón. Quería contarte sobre ella no solamente porque es mi amiga y porque no me gustaría que se quedara sin la oportunidad de continuar trabajando en una oficina del gobierno solamente porque antes de aprender a conocerla la gente la tilda de 'rara' o 'nerd' o porque las primeras conversaciones siempre son incómodas: también quería hacerlo por vos, porque sé que estás esforzándote muchísimo para desempeñarte en tu puesto de director. Anthony, no dejes pasar la chance de reclutarla, realmente va a hacerte la vida más fácil"

Suspirás, sin saber realmente qué pensar.

Es decir, son las ocho de la mañana. Es domingo. Te despertaste al alba debido a un fugaz dolor de muela que no duró mucho pero que te dejó totalmente despabilado, seguido de cerca por un dolor repentino e igual de fugaz en la pierna cuyo tobillo está lastimado y que por momentos pareciera no terminó de recuperarse. Te quedaste al menos una hora observando a Michelle, debatiéndote entre ir a buscar un juego de lápices y una hoja para dibujarla, o seguir recostado a su lado contemplándola sin hacer nada más que acariciarla y besar sus párpados cerrados de tanto en tanto. Luego, hasta hace un rato, estuviste sentado en el suelo a pesar de las eventuales punzadas en la pierna, concentrado en capturar a la perfección cada detalle, cada rasgo, cada pequeña cosita de ese paisaje perfecto que ella forma, y guardando el mayor silencio posible para no despertarla y causarle un ataque de timidez.

Conclusión: tu cerebro podrá estar activado para prestar desmesurada y obsesiva atención a Michelle, pero no está lo suficientemente activado como para tener con tu hermana una conversación cuyos origines, motivos y dirección apenas entendés. No sabés qué decir, realmente, y a la vez sabés que el hecho de que no sepas qué decir va a molestarle a Martina. A ella siempre le molesta que las personas no puedan contestar a sus argumentos.

Resolvés utilizar tanta simpleza como posible:

"Martina, entiendo que esta amiga significa mucho para vos"

Pero claro, tu hermana tiene que interrumpirte otra vez:

"Es la primera amiga de verdad que tengo en mucho tiempo. Nos entendemos perfectamente. Y haber encontrado a alguien que tiene muchas más dificultades sociales que yo…" suspira "Hasta casi me da ganas de querer aprender a sociabilizar más. Me da ganas de ayudarla, porque a diferencia de mí, ella no tiene una familia que la contenga y soporte a pesar de sus múltiples excentricidades. Y, a diferencia de mí, lo que ella tiene es una enfermedad. No eligió ser así, no eligió comportarse así. Yo elegí ser antisocial, poner trabas en el camino de los demás cuando quieren acercarse a mí, crear muros a mi alrededor, mantenerme lejos del resto, no ser siempre simpática y generar una especie de rechazo a través de mis acciones tan frías y de poco tacto. Ella no tuvo elección, ella es así"

"Martina, honestamente, voy a tener que entrevistar a tu amiga basándome en los mismos parámetros que usamos para el resto de los candidatos"

Estás empezando a irritarte… un poco. Las ganas de terminar de preparar el café para poder tomar una primera taza empiezan a desbordarte, sumado al dolor de la muela que ha regresado por un breve momento y a las punzadas que a veces atacan tu pierna, y el hecho de que es imposible hacer que tu hermana entienda que por muy brillante que sea esta persona alguien con síndrome de Asperger no puede trabajar en una unidad antiterrorista donde todos dependen de todos y donde los canales de comunicación efectivos, limpios, rápidos y eficientes son fundamentales porque hay vidas en juego, hace que empieces a perder la paciencia.

Pero, por otro lado, hay otros dos hechos en la balanza que hacen peso, inclinándola hacia el otro costado: primero, lo mucho que siempre te esforzaste por mantener conversaciones tranquilas con Martina incluso en momentos como estos – de máxima obstinación y terquedad -; por el otro lado, está el autodenominado 'efecto Dessler', el cual te provoca – viene provocando, mejor dicho – algo así como sentimientos mucho más humanos, sentimientos que nacen del corazón y que doblegan a los razonamientos o pensamientos que se forman en tu cabeza y que, meses atrás, te hubieran llevado a decirle a Martina un 'sí, no te preocupes', apurarte a finalizar la conversación en buenos términos antes de que pudiera recriminarte que estabas siguiéndole la corriente como a los locos sólo para dejarla contenta, y luego presentarte el lunes al trabajo y – en conocimiento de los antecedentes de esta genio brillante – hacer una breve entrevista a su amiga basada puramente en la cortesía y proceder a descalificarla inmediatamente.

Desde que estás con Michelle, desde que empezaste a enamorarte de ella, te volviste más humano, mucho más humano, más propenso a escuchar a los demás, a sentir lo que te dicen. Te sensibilizaste, muchísimo. Sólo con ella te volvés el osito de peluche tierno al que le gustan los abrazos, pero has notado que hay ciertas actitudes para con los demás que se modificaron.

En este caso, quizá, puede verse reflejado en el hecho de que te invade de pronto – a pesar de la irritación, el repentino cansancio, el dolor de muela que viene y va y la molestia en el tobillo que te sube por el músculo hasta la rodilla – una oleada de comprensión. Es raro, es inexplicable, pero aparentemente el Anthony Almeida que eras va mutando, sigue mutando cada día, influenciado por la bondad, la hermosura, la comprensión y la facilidad para tratar a otros que emana de ella, de la mujer que pasó a significar tu vida entera, de la mujer que es tu paisaje más soñado.

Entonces, tu tono de voz se suaviza, y naturalmente reaccionás como crees que Michelle reaccionaría, porque querés ser igual de perfecto que ella, porque querés ser tan bueno como ella, tan paciente como es con su hermano, tan… No hay palabras para describirla. Querés mejorar tu carácter, querés mejorar tu capacidad para tener paciencia, tu capacidad para escuchar y entender a los demás, porque es obvio que en algunos puntos estás lleno de defectos – defectos normales en los seres humanos – y querés deshacerte de ellos, corregirlos, para convertirte en la clase de persona que un angelito como Michelle merece tener a su lado.

"Pero voy a mantener en mente lo que me dijiste sobre su síndrome" no querés llamarlo enfermedad. Al seguir hablando, elegís las palabras con especial cuidado, algo que no hacés siempre, algo a lo que no estás habituado, pero a lo que podrías acabar habituándote "Voy a concentrarme en sus buenas cualidades" prometés.

"Y vas a tratar de ser amable con ella y ayudarla a sentirse relajada, incluso si da una pésima primera intención, mete la pata constantemente y muestra una terrible incomodidad" agrega Martina, casi como una imposición, como una orden dada amablemente pero con cierto dejo de autoritarismo cortés.

"Voy a tratar de que se sienta cómoda y que esté lo menos presionada posible" coincidís.

"Por favor" te pide una última cosa ", no le digas que te hablé. Se sentiría aún más nerviosa si supiera que intercedí por ella, y además es tan orgullosa que no me lo perdonaría, pensaría que es injusto o algo por el estilo haber ido a una entrevista en la cual su futuro jefe ya estaba avisado de antemano sobre cómo tratarla"

"No te preocupes" luego una duda cruza tu mente "¿Sabe que sos mi hermana?"

"Sí. No es que le ande contando a todo el mundo que tengo un hermano que trabaja en el gobierno" se apresura a aclarar "; ya me conocés, soy terriblemente reservada. Pero cuando me comentó esto el otro día sonaba verdaderamente nerviosa y alterada, con miedo a ser rechazada o a que su torpeza arruinara las cosas. Le dije que ese tal Anthony Almeida que iba a entrevistarla es mi hermano, que sos un tipo sencillo y que generalmente las personas tienden a sentirse cómodas con vos"

"No le hablaste de tu nueva cuñada, ¿no?" aventurás.

Lo menos que necesitás es una persona en la CTU que sepa de ustedes, de Michelle y de vos. En ese caso, si Martina le contó que la segunda en comando y el director están sentimentalmente involucrados, va a quedar automáticamente descartada, por muy genio que sea. No vas a poner en peligro el secreto que Michelle y vos vienen guardando con tanto cuidado y recelo.

"No, en lo absoluto" te garantiza, y una oleada de tranquilidad te recorre "Esos temas son tuyos, Anthony, y sé lo mucho que estás manteniendo tu relación a resguardo de los demás. Ni siquiera entré en detalles con Kiefer, y eso que a él le cuento todo. Respeto mucho tu privacidad"

"Gracias" suspirás "Martina, tengo que seguir preparando el desayuno" te disculpás, indicándole que deben ir terminando la conversación para que vuelvas a concentrarte en preparar el café, las tostadas y – como es domingo y los domingos crees que cualquiera, y sobre todo tu princesa, debe recibir unos mimos extras – también panqueques.

"No te di los datos de mi amiga aún" te recuerda "Si no te lo digo, no vas a saber cuál de todas las personas que vas a entrevistar es" señala la obviedad, y luego en tono mordaz añade ": Probablemente hubieras pensado 'debe ser aquella con aspecto de nerd, anteojos grandes de patillas gruesas color marrón, habla entrecortada y voz nasal'" dice, con un chasquido de la lengua en señal de disgusto "Lo cual no encaja en lo absoluto con su descripción" aclara.

"No, Martina" le asegurás con suavidad "Decime su nombre, voy a anotarlo. Y te prometo de verdad intentar que se sienta cómoda y pasar por alto sus dificultades para relacionarse con otras personas. Voy a darle una oportunidad de demostrar que es tan genial como decís" volvés a prometer, mientras buscás en uno de los cajones de la cocina una birome y uno de esos papelitos amarillos.

Vas a cumplir lo que le estás diciendo a tu hermana, y por eso vas a anotar el nombre de su amiga, para tenerlo presente. Vos sos un hombre que se caracteriza por cumplir las promesas que hace, mantenerse fiel a ellas sin importar qué suceda (hasta ahora, sólo Michelle puede hacer que rompas una promesa, sólo ella podría llevarte a quebrar un juramento).

"Voy a confiar en tu criterio, hermanita" decís, mientras con la boca le quitás el capuchón a la lapicera.

"Gracias, Anthony, significa mucho" luego, dice la línea final de la conversación antes de que cuelguen, regresando cada uno a sus respectivos planes para el domingo "Es la chica a la que van a entrevistar a las once de la mañana. Su nombre es Chloe O'Brian"